viernes, 17 de enero de 2014

Trampa para Cenicienta. Sébastien Japrisot.


 





En la oscuridad

Jean-Baptiste Rossi tenía 19 años cuando dejó Marsella para radicarse en París. Su objetivo era conseguir que su primera novela fuera publicada. Por sugerencia de un amigo, fue a una oficina donde se realizaban trabajos de dactilografía. Quería preparar una copia de su manuscrito para presentarlo a los editores. Rossi se equivocó de dirección y fue a parar a un despacho en el que se ofrecían servicios de secretaria para aquellos profesionales que no tuvieran una. Allí conoció a Germaine, una chica que trabajaba como dactilógrafa y que, en un gesto de simpatía insólito, le propuso tipear su novela fuera del horario de trabajo. Tiempo después Rossi y Germaine se casarían.
No sería la primera vez que una equivocación –o una distracción– traería algo bueno a la vida de Rossi. Dicen que, atraído por las tapas de la colección “Pavillons”, se acercó con su manuscrito a Robert Laffont. No había reparado en que esa colección sólo publicaba autores extranjeros. Pidió ver al jefe, insistió e insistió y finalmente logró que su libro fuera publicado. Aunque la novela no tuvo éxito en Francia, fue traducida al inglés y logró cierto renombre en los Estados Unidos.
En 1962, Rossi tuvo un apuro económico. Un amigo que dirigía una colección de policiales le propuso que escribiera uno. La leyenda dice que Rossi presentó una novela la semana siguiente. Le dieron la mitad del dinero que necesitaba. Ocho horas después volvió con otro manuscrito. Pidió la misma suma. Se la dieron. Ese segundo manuscrito era “Trampa para Cenicienta”. Cuando firmó el contrato, decidió hacerlo con un seudónimo, un anagrama de su nombre: Sébastien Japrisot.
Conociendo la historia uno podría caer en el error de creer que “Trampa para Cenicienta” es un libro entre miles, posiblemente estereotipado, algo que puede escribirse en ocho horas. Nada más errado. La novela es impecable. No se puede dejar.
Estructurada en siete capítulos con nombres más que sugerentes –“Yo habré asesinado”, “Yo asesiné”, “Yo habría asesinado”, “Yo asesinaré”, “Yo he asesinado”, “Yo asesino” y “Yo había asesinado”– la historia propone un recorrido alucinante en la reconstrucción del recuerdo.
Una mujer despierta en un hospital. Tiene el rostro, las manos y parte del cuerpo quemados. No sabe quién es. Le dicen que estuvo en un incendio. Le dicen que se llama Michèlle, que pronto vendrá Jeanne a cuidarla; que la otra chica, lamentablemente, murió.
Ella no puede recuperar nada de lo que dicen a su alrededor. Aprende, de memoria, quién se supone que es: tiene 20 años, nació en Niza, vivía en Italia, es huérfana, ha sido la protegida de su tía, es millonaria. A medida que el pasado vuelva, la mujer sin memoria descubrirá una trama que la excede: “Yo era la investigadora, la asesina, la víctima, el testigo, todo a la vez. Lo que había pasado en realidad nadie lo descubriría, solo un pequeño bonzo de pelo corto, aquella noche, o mañana, o nunca.”
“Trampa para Cenicienta” es un policial perfecto. Una maquinaria precisa que nos obliga a preguntarnos qué es lo que nos da una personalidad, cómo nos construimos a partir de nuestros recuerdos, qué implicaría empezar de cero y aprender quiénes somos teniendo como única fuente lo que los demás dicen sobre nosotros.
Una novela que habla sobre los lazos destructivos, los parecidos, el rencor, la pasión y la venganza. Una historia que se sostiene en base a una pregunta: ¿Cuántas versiones es necesario escuchar para entender realmente lo que ha pasado?


 

Eugenia Almeida
Publicado en Ciudad X
Agosto 2013




 

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