miércoles, 26 de febrero de 2014

El prisionero del viaje




El prisionero del viaje


“Está prisionero en medio de la más libre y abierta de las rutas: está sólidamente encadenado a la encrucijada infinita. Es el Pasajero por excelencia, o sea, el prisionero del viaje.”


Michel Foucault


El chico tiene catorce años. Tal vez quince. Ha aguantado siete meses pero ya no puede más. Acaba de escaparse del seminario en el Monasterio de Maulbronn.

Hay un gran revuelo familiar. Los padres deciden enviarlo a un hospital privado dirigido por un amigo teólogo. Después, un episodio confuso. Al parecer, el chico ha tratado de suicidarse. El director del hospital lo declara poseído por la “maldad y el satanismo” y recomienda que lo internen en un manicomio. Los padres acceden. Pasa allí cuatro meses. Su diagnóstico: melancolía.

El chico escribe una carta a su padre. “Estimado señor: Ya que usted se muestra tan a las claras dispuesto a hacer sacrificios, quizá pueda pedirle un 7 M o directamente el revólver.” 

Esa es la primera frase. La carta destila dolor, furia y un intento desesperado de recibir afecto. Afecto que busca justamente en aquellos a los que repudia por haberlo encerrado. Se llama a sí mismo “el prisionero”. Su cárcel, el lugar desde el que escribe, es el hospital de Stetten.

El chico desnuda el lenguaje, lo destripa, lo obliga a mostrar lo que nombra y lo que oculta. “"Padre" es una palabra extraña, parece que yo no la entiendo. Debe designar a alguien a quien se puede amar y se ama, desde el corazón. ¡Cómo me gustaría tener una persona así!”.

El chico le escribe al padre. Para desconocerlo. Para reprocharle ese encierro. Para exigirle. “El "querido Hermann" se ha convertido en otro, en alguien que odia el mundo, en un huérfano cuyos "padres" viven. Nunca vuelva a escribir "Querido H.", etc., es una malvada mentira.”

Termina la carta con un ruego: “Por cierto, desearía que ocasionalmente se acercase usted por aquí.”

Va a pasar cuatro meses en esa cárcel. Volverá a la calle, marcado por la incomprensión de los otros, por la urgencia que tuvieron en llamar patología a lo que quizás era sólo el choque de una sensibilidad única contra la complejidad del mundo.

El chico luego será librero. Y mecánico en una fábrica de relojes. A los 22 años publicará sus primeros poemas. Con el tiempo, comenzará a pintar. Más de 3000 acuarelas que usará como escudo ante la tristeza. Sus libros serán prohibidos en Alemania durante el régimen nazi. Cuando cumpla 59 años recibirá el premio Nobel de literatura.

A los 75 años el chico morirá. Los diarios dirán: “Ha muerto Hermann Hesse”. 




Eugenia Almeida
Publicado en la Revista Exhordio
2013


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