martes, 30 de junio de 2015

Nudos




Sábado

El mundo funciona de un modo extraño. Como si hubiera ahí afuera una maquinaria que produce respuestas a medida que uno formula las preguntas adecuadas.
Acabo de decidir el tema de la próxima columna: las brujas, las videncias, los avisos que aparecen en el diario bajo el rubro “autoconocimiento”.
Hay muchas cosas que no podemos explicar. Eventos que ponen en cuestión nuestras pequeñas categorías de tiempo y espacio.
Misterios, grietas en un universo que preferimos adaptar a lo que podemos comprender.
Lo que siempre me ha sorprendido es cómo algunas personas dicen lograr administrar esos misterios. Qué hace que alguien publique un aviso diciendo que puede ver el futuro. Cómo logra poner esas fuerzas a su disposición.
Siento curiosidad por los rituales en torno de esas prácticas. Los habanos, los collares de caracoles, el humo, el cuerpo que hace ruido, ciertos perfumes, los santos de yeso, las velas, las cintas de colores, el uso de un lenguaje determinado. Tengo el prejuicio de que a mayor ritual, menor misterio; creo que lo verdaderamente inquietante es ver cómo lo extraordinario irrumpe en lo cotidiano.
Pero las imágenes que tengo sobre esos rituales no vienen del mundo real sino de la literatura, del cine. Quisiera poder ver qué pasa en alguna de las consultas que se hacen en Córdoba cada día.
Pienso todo esto en silencio, durante la sobremesa, rodeada de amigos que conversan. Una de las voces se oye más fuerte que las otras: “El jueves voy a ver una bruja”.
No sé quién ha dicho esa frase. Un rato después, identifico la voz. Es la esposa de un amigo que vive en el extranjero y está pasado unos días en Córdoba. Cuando alguien se levanta a hacer café, aprovecho la silla vacía y me siento al lado de ella.
Le digo que quiero escribir sobre eso, que me gustaría acompañarla. Ella se entusiasma. Le hablo sobre la nota, le propongo que visitemos a dos personas más antes de su cita del jueves. Que lo único que pido es que en los tres lugares consulte sobre lo mismo.
No somos amigas. Acabamos de conocernos. Pero un rato después parecemos dos chicos haciendo planes para una aventura.


Pistas en papel

La esposa de mi amigo propone que busquemos en los avisos del diario. Entramos a un mundo desconocido. Lo que encontramos ahí nos hace oscilar entre la risa, la incredulidad, la sorpresa y el temor. Muchos aseguran que “no hay imposibles”.
Hay propuestas de “magia negra”, “trabajos psíquicos de alta potencia”, “alto tarot”, “gente que puede decir todo sin que uno diga nada”, “vudú haitiano”, “magia africana” y “macumba”.
Hay “videntes”, “brujas”, “curanderas espiritistas, “maleras pactadas”, “mensajeras de la felicidad”, “flageladores de hechiceros”, “pitonisas”, “seguidores de Jesús” y “niñas milagrosas”.
Mensajeros del más allá que prometen trabajar “sin miramientos ni contemplaciones”.
Hay quien publica su sitio web y quien aclara que recibe todas las tarjetas de crédito.
El verbo que más se repite es “cortar”. Se cortan el mal, el daño, las cadenas, los bloqueos, los amarres, la angustia, la soledad, la humillación.
La contracara de esa propuesta de liberación son los amarres: cambiar de lugar en la dinámica del amo y el esclavo, convertirse en el dueño del látigo.
Todo lo relacionado con el amor tiene la marca de la sumisión. Alguien promete ser capaz de “atraer, amarrar y dominar al ser amado, quitándole el orgullo y la rebeldía”.
Unas líneas más abajo se lee: “Atraigo, ligo, conquisto, endulzo, entrego dominado para siempre”.
En ese escenario, terminamos por elegir dos avisos discretos y sencillos. Se ofrece videncia, seriedad y respeto. La mujer de mi amigo propone que vayamos a ver a alguno de los otros. A mí me da cierta inquietud molestar a personas que se presentan como dueños de los poderes de la oscuridad.
Después de un rato de conversación, decidimos buscar un punto intermedio.


Martes

Llegamos al edificio y tocamos el portero. El botón que corresponde al tercer piso no tiene nombre, pero alguien dibujó una estrella rayando el metal. Cinco puntas. Un trazo hecho con algo filoso; una llave, quizá.
La puerta se abre y subimos a un ascensor con puertas tijera.
Cuando la máquina se detiene, vemos a una mujer asomada al umbral de uno de los departamentos.
–¿Ana? –pregunta, mirándome a mí.
Señalo a la mujer de mi amigo.
Nos hacen pasar. Cuando ella se aleja para cerrar una persiana, Ana se inclina y me dice en voz baja:
–Mala señal; ni siquiera sabe quién es quién.
Sobre una pared amarilla, hay una Virgen Desatanudos. Pequeños íconos de santos que no conozco. Velas de diferentes colores. Ninguna es negra. Hay tiras de tela roja atadas a la carcasa del ventilador. Se mueven como si fueran las serpientes de la cabeza de un ser mitológico.
Hace demasiado calor.
La mujer que da vuelta las cartas del tarot de Marsella está vestida con ropa oscura. No debe ser fácil con esta temperatura. No ha sonreído. Casi no hace gestos –salvo una expresión indescifrable cuando Ana responde “no” a la pregunta de si venimos por un “trabajo”–.
Menciona al amor, el dinero y la salud. En alguna de esas palabras va a detenerse, para decir que algo grave acecha a mi amiga. Pero que justamente allí tiene algo que puede “alejar el mal”.
Pagamos una pulsera que deberá usar para estar protegida y salimos bajo un sol que nos deja ciegas, en la vereda de una calle del Centro.


Miércoles

No he venido aquí a juzgar ni a evaluar si lo que sucede es real o no. Sólo quiero ver. Ser testigo. A nadie parece extrañarle ese rol de chaperona que parezco tener.
Me siento al lado de Ana, pero no digo nada. No pregunto. No intervengo. Y es casi como si no estuviera ahí. Quizás es habitual que las personas que vienen a hacer consultas lleguen acompañadas por un ser querido.
El hombre que está sentado detrás del escritorio tiene los ojos fijos en algo que parece estar atrás, por arriba de nuestras cabezas. Apenas entramos a la casa, oímos una voz que venía de otra pieza: “Sos un estúpido; mirá si te lo voy a llevar hasta allá. Dejate de joder”.
Unos minutos después, la misma voz sólo usa el pronombre “tú”. El cambio nos deja descolocadas. Pero el hombre de la bata dorada insiste en decirle a Ana: “Eres tú quien debe decirme el secreto de tus penas y tus dolores”.
Aquí no reconozco nada. Hay pequeñas estatuas de dioses que imagino extranjeros, venidos de una cultura más antigua, lejanamente exótica.
También este santero dice que es indispensable comprar la llave que abre todos los candados. Pagamos otra vez. Todavía no sé si Ana ha conseguido la respuesta que busca. Supongo que no, porque se ríe de todo.


Jueves

¿Por qué decidimos ir en distintos días? No lo sé. O ahora no me acuerdo. Había alguna razón. Quizá era algo relacionado con el trabajo. O con la posibilidad de tener un margen para tomar un café y charlar. Lo acordamos así.
Lo primero que me llamó la atención fue la casa. Nos atiende un chico de 10 años, pantalón corto, un destornillador en la mano. “Mi mamá ya viene”, dice, antes de irse.
En el living, hay un televisor viejísimo, una mesa ratona, tres sillones. Unos minutos después, por un pasillo, llega esa mujer. Digamos que se llama Alicia. Aunque ese no es su nombre. Viene sonriendo y, cuando ya está cerca, me agarra una mano y dice “¡Por fin!”.
Ana y yo quedamos un momento suspendidas, nos hacemos un lío para explicarle que yo no voy a consultarla, ella sigue sonriendo y me dice: “Nudos, nudos, hay que desatarlos con paciencia”.
Sé que en otra situación estaría incómoda. Pero algo en esa mujer me deja serena, como si yo, por dentro, también pudiera decir “por fin”.
Ana dice que llegamos aquí por sugerencia de una amiga de su madre; que ha venido a consultarla. La mujer levanta una mano con dulzura y me da una fecha. Día, mes y año. Me quedo mirándola. Eso no significa nada para mí. Sonrío y levanto los hombros. Me apoya la mano en la cara y dice “ahí está el nudo”.
Después le habla a Ana, le dice que es mejor que salgan al patio, que está más fresco. Me pide que yo me quede en el living, que tome asiento, que si quiero puedo prender la televisión. Las veo salir. La puerta mosquitera hace un ruido metálico que me recuerda algo antiquísimo. No podría decir qué es, no logro verlo; algo borroso y fugaz.
No sé cuánto tiempo pasó. Acaban de volver a entrar al cuarto. Vienen riéndose. Ana la abraza, ella nos acompaña a la puerta, yo estoy algo aturdida.
Cuando estamos por salir, esa mujer se me acerca y me dice al oído: “No digas mi nombre. Ni dónde vivo. Podés volver cuando quieras”.


Tiempo fuera del tiempo

Siento un cansancio extraño, como si algo se hubiera aflojado dentro de mis huesos. Ana está radiante. Me dice que hablar con esa mujer le ayudó, que ahora se siente en foco, que logró saber lo que necesitaba. Después caminamos en silencio.
Antes de separarnos, me dice que a esa consulta la paga ella y me pregunta cuánto es. Le aclaro que no pagué. “Qué raro”, dice ella, “cuando quise darle dinero, Alicia me dijo que ya había arreglado con vos”.
Mi desconcierto sigue por algunas horas. A la noche, casi de madrugada, cuando estoy a punto de dormirme, siento algo que se parece a una epifanía. Ese día, ese mes y ese año cobran significado. Un significado inquietante: un recuerdo de infancia que nunca he compartido con nadie. Me levanto de la cama.
Corroboro que es esa fecha. Algo que pasó hace casi 40 años. No es posible. Sé que nunca se lo he dicho a nadie. Los protagonistas ya están muertos. No puedo entenderlo.
Cuando la cabeza se cansa de buscar razones, algo en mí entiende que lo importante es otra cosa: la comprensión de que ahí hay un nudo. Que es necesario deshacerlo. Y que alguien, con infinita calma, ha tenido la gentileza de señalármelo. El mundo funciona de un modo extraño. Una extrañeza que a veces se llena de maravilla.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días contados - La voz del interior



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