domingo, 8 de noviembre de 2015

Contra la interpretación




Si uno piensa en Kafka, lo primero que viene a la mente es la oscura figura de un hombre flaco y desgarbado. Triste. Atormentado por una vida interior que lo tiene siempre en tensión. Vacilante. Dolido. Se piensa en alguien que sufrió hasta los huesos la relación con su padre; que vio morir a dos de sus hermanos en plena infancia; que se enamoró de mujeres a las que nunca terminaba de entregarse. El que sentía latir en su cuerpo las horas de insomnio; el que sabía que era imposible comunicar lo incomunicable; el que pasaba gran parte del día trabajando en una agencia de seguros; el que nunca estaba satisfecho; el que escribía todo el tiempo sobre la imposibilidad de escribir.

Dicen que la paradoja de los estereotipos es que no son completamente falsos. Son, por el contrario, generalizaciones de una verdad parcial. Se toma un aspecto –uno entre tantos– y se lo presenta como el todo. Los mitos sobre Kafka: que era solitario, impaciente, serio, introvertido, un ser acorralado por la desesperación. ¿De dónde ha surgido esa caricatura? Posiblemente de los millones de páginas que se han escrito sobre Kafka, tratando de “explicar” a Kafka, haciéndole decir lo que no dijo. La infatigable empresa de sacar de sus obras una “verdad” que estaría enmascarada en una metáfora. Olvidando lo que el propio Kafka dijo en 1921: “Las metáforas son una de las cosas que me hacen desesperar de la literatura”. 

Lecturas políticas, religiosas, históricas, psicológicas. Interpretaciones. Kafka se ha convertido en el paciente ideal para ser presentado como caso: nada más fácil que opinar sobre un muerto. Aquellos que lo describen como un neurótico de manual, aquellos que resaltan su supuesta condición maníaco-depresiva, aquellos que hablan de su paranoia, posiblemente no han reparado en que todos, vistos de cerca, podríamos ser considerados complejos casos psiquiátricos.


La otra cara de la luna

Quizás Kafka haya sido todo eso. Pero también el adolescente que nada, que se tira en el agua lleno de felicidad. El que se acuesta al sol, el que pasea por los muelles, el que sale de noche, el que admira las cosas que lo rodean. El que siempre quiere aprender algo nuevo, el que se pone a estudiar hebreo, el que cada vez que puede se va de viaje. El que se reúne con sus amigos para leerles el primer capítulo de El proceso y tiene que interrumpir la lectura porque no pueden dejar de reírse a carcajadas. El que adora andar en moto. El que disfruta jugando al tenis. El que atraviesa el río en un barco a remo. El que es capaz de escribirle más de 500 cartas a una de sus parejas. El que, en septiembre de 1909, va a Brescia como periodista para cubrir una exhibición de vuelo y se queda todo el día mirando los aviones, deslumbrando por lo que ve. El curioso que asiste a todas las conferencias que ofrece Praga: Einstein hablando sobre la teoría de la relatividad; clases sobre mecánica cuántica; charlas sobre los fundamentos del psicoanálisis, seminarios de antroposofía. El que participa activamente en los movimientos de apoyo a la educación laica. El que fantasea con ser carpintero y pasar el día rodeado del perfume a madera. El que dibuja incansablemente sus bellos “garabatos”. El que tiene un grupo de amigos con una mesa siempre reservada en uno de los cafés de su ciudad. El que dice: “Es muy fácil estar alegre a comienzos del verano”. 


La herencia traicionada

Quizás parte de esa caricatura trágica surge de las peripecias que sufrió la obra de Kafka después de su muerte. Ya enfermo, el escritor le pidió a su amigo Max Brod que quemara –sin leer– todos sus papeles. Llegó incluso a pedirle que buscara y destruyera los documentos que estuvieran en otras manos, especialmente las cartas. Brod cumple sólo una parte: rastrea todo manuscrito que haya surgido de la mano de Kafka. Y luego desconoce su última voluntad cuando decide publicar lo que ha logrado reunir. Lo que sigue es una larga historia, absolutamente kafkiana, que incluye una expareja vendiendo cartas de amor, la Gestapo registrando y confiscando documentos en diferentes domicilios, el gobierno nazi prohibiendo la edición de las obras de Kafka, Brod huyendo a Palestina con una valija llena de manuscritos, una caja de seguridad en la que aparecen nuevos papeles, herencias ilegales, contrabando, secretos, tironeos diplomáticos entre Alemania e Israel, subastas y juicios. 


Un homenaje

Kafka no es ninguna de las cosas que se han dicho de él. Y es todas ellas. Su potencia radica justamente en la infinita cantidad de lecturas que provoca. Kafka está siempre en movimiento entre una cosa y otra. Hay quien llamará a eso indecisión. Otros lo llamamos vitalidad. Kafka decía: “un libro tiene que ser un hacha que abra un agujero en el mar helado de nuestro interior”. ¿Necesitamos que alguien nos explique en qué piedra fue afilada ese hacha?
Kafka supo hablar de aspectos centrales de la experiencia humana: las relaciones arbitrarias, la extrañeza, las instituciones, la culpa, el absurdo, el castigo, la mirada de los otros, el poder, la postergación, la inútil espera. Para algunos, lo hizo con un tono trágico; para otros, lo hizo con un gesto burlón: algo que atraviesa lo grotesco, lo irónico, lo satírico, perfora lo cómico y nos deja, deslumbrados, del otro lado de la razón.
Kafka logró ver el fondo de las cosas y proyectarlo en una obra literaria que nos regala una nueva palabra: lo “kafkiano”. El inventor de un nombre para algo que necesitaba ser nombrado. 
En La apicultura según Samuel Beckett, Martin Page señala que a veces encerramos a los artistas en la caricatura que se ha construido en torno a ellos. Y dice: “Todo artista es un secuestrado. Olvidarlo con frecuencia, para posar una nueva mirada sobre su obra, es devolverle su libertad.”. Si pudiéramos hoy hacerlo con Kafka, ese sería, seguramente, nuestro mejor homenaje. Leerlo con ojos nuevos.


Eugenia Almeida
Publicado originalmente en Ciudad X




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