sábado, 26 de diciembre de 2015

Rostros




Acabo de llegar al aeropuerto. Es de madrugada y llevo dos noches sin dormir. Es difícil mantener los ojos abiertos, esperar las horas previas al vuelo dando vueltas por un espacio mínimo donde hay un centenar de personas en la misma situación.
Decido apoyarme en lo único que logra despertarme: un cigarrillo del otro lado de la puerta de vidrio. Miro la ciudad a oscuras y golpeo el suelo con los pies para espantar el frío.
Al volver a entrar, siento vértigo: todas las caras me son profundamente familiares. Puedo jurar, sin dudarlo, que conozco a cada uno de ellos. La señora que sostiene su valija. La chica que ha decidido acostarse en el piso. El hombre que lee el diario. La pareja que se ríe.
Me digo que es un efecto del cansancio. Que cuando sostengo una larga vigilia, lo real y lo imaginario pueden confundirse. Que no es nada.
Cuarenta y ocho horas después, cuando ese viaje se transforme en una pesadilla, cuando sienta el miedo de no poder volver a casa, cuando me toque atravesar uno de los momentos más tensionantes de mi vida, esa imagen va a envolverme: las caras que he visto en el aeropuerto y la sensación desplazada de haber estado en una escena repetida, habitando una grieta del tiempo.
Rostros desconocidos pero familiares; una señal desde el otro lado de la realidad, desde una zona a la que no podemos llegar voluntariamente pero en la que a veces irrumpimos en momentos límites.
Ese episodio extraño, esa rareza en lo cotidiano, me deja pensando. La puerta de una oficina cercana se cierra con violencia. Un segundo antes una voz grita: “¡Y encima te da la cara!”. Todas esas frases: “es un caradura”; “nunca da la cara”; “no tiene cara”; “no es capaz de decírmelo en la cara”.

Suelo pensar en el lenguaje como un artefacto que cristaliza ciertos modos de ver el mundo. Me gusta observar cómo funciona, buscar una cierta distancia que revele lo que lleva escondido.
En muchas culturas, el concepto de “rostro” se asocia con el prestigio, la dignidad y el reconocimiento que una persona posee. En China, por ejemplo, es muy importante “no perder el rostro”, algo que se puede conservar a partir de comportamientos sociales adecuados.
Pienso en las culturas que, por diversas razones, ocultan una parte del rostro con algún tipo de vestimenta. Pienso que, en un disfraz, lo que nunca puede faltar es una máscara. Pienso en Cesare Lombroso, el médico italiano que se ocupó de enlazar la genética y la criminalidad y propuso un “tipo físico” de delincuente. Aunque su teoría haya sido descartada, sigue viva de un modo perverso cada vez que la policía castiga la “portación de rostro”.

En esa cadena de asociaciones, busco en mi biblioteca El hombre que confundió a su mujer con un sombrero , de Oliver Sacks. En ese trabajo, el neurólogo británico cuenta algunos de sus casos más curiosos.

No encuentro el libro; busco información sobre el autor y descubro una entrevista en la que declara que él mismo padece una enfermedad inquietante: la prosopagnosia, un tipo de agnosia visual que consiste en no poder reconocer los rostros.

Se estima que el dos por ciento de la población sufre prosopagnosia. Necesito hablar con alguien que pueda explicarme cómo es esa experiencia. Me digo que no debe ser tan difícil encontrar a quien estoy buscando. Después de unos días, me dan un nombre, una dirección y la promesa de que están esperándome.

Estela

Llevo flores. Cuando la puerta se abre, veo a una mujer de unos 70 años. Me invita a pasar. Me dice que una antigua vecina le ha dicho que quiero charlar con ella. Le explico que estoy escribiendo una nota para el diario.

Me pregunta si es un reportaje. Le digo que no, le cuento el episodio del aeropuerto, la voy poniendo al tanto del recorrido que me ha traído hasta aquí. Le digo que sólo quiero entender. Sonríe. Me pregunta si van a poner una foto suya en el diario, que preferiría no hacerlo, que mucha gente cree que miente cuando habla de lo que le pasa. Le digo que no habrá foto, que ni siquiera hace falta que digamos su nombre. Ella dice: “Ah, no, el nombre sí. Yo me llamo Estela”.

–Al principio, creían que estaba haciendo una broma. Yo había tenido un accidente a eso de los 9, 10 años. Me había caído de un árbol. Y me llevaron al médico enseguida. Vivíamos en un pueblo. Me revisaron. Me acuerdo que el doctor me pasaba el dedo delante de los ojos para que yo lo siguiera. Estaba todo bien. No sé. Algo no encajaba del todo, pero yo no estaba muy segura. O a lo mejor no empezó enseguida. No me acuerdo, era muy chiquita yo. Pero después empezó a pasar. Con mi mamá no había problemas, porque yo siempre sabía que era ella. Por el olor de la ropa. El perfume. Y por la voz, claro. Pero incluso cuando se me acercaba y no hablaba, yo ya sabía que era ella. En el colegio, era más difícil. Durante la clase, estaba todo perfecto porque siempre nos sentábamos en los mismos lugares, así que yo sabía quién era quién. El recreo era horrible; todo el mundo se movía y yo estaba siempre confundida. Lo más feo fue cuando vinieron mis primos. Eran mellizos. No de esos iguales, de los otros. Los que son más o menos parecidos pero no idénticos. Pero los cuerpos eran iguales. Flaquiiiitos, así, con unas patas de tero. Y tenían un jopo, se les paraba el pelo en la frente. No pude distinguirlos. Creo que ahí me di cuenta de que tenía que hablar con mi mamá. Y le dije. Ella creyó que yo estaba haciendo una broma. Después siempre fue igual. La gente creía que era un chiste o que me estaba haciendo la interesante. O que estaba loca. En fin. Mi mamá se murió sin saber. Prosopagnosia. Así se llama lo que tengo.

Estela hace una pausa. Vamos a la cocina, a calentar el agua para el mate. Ceba directamente de la pava.

Le pregunto si sueña con rostros. Se ríe. Me dice que sí. Que casi siempre. Le pregunto si es capaz de reconocer esos rostros. Me dice que siempre sueña con desconocidos. Nos quedamos un rato en silencio, hasta que la pava empieza a hacer ruido. Me dice que la pregunta le ha hecho pensar que quizá los rostros con los que sueña no son desconocidos. Que quizá son rostros reales, de gente importante para ella, pero que no puede saberlo.

–Aprendí a fijarme en otras cosas. En algún rasgo característico. Algo que me llame la atención y que pueda recordar. No es que no veo las caras. Las veo. Pero es como si estuvieran... No sé... Como si no fueran una sola cosa. No sé si alguien a quien no le pasa puede entender lo que digo. Si alguien tiene una nariz muy grande, yo trató de asociar eso. Y digo: “El portero es muy narigón”. Y voy sumando cosas. Si tiene ropa de trabajo, si tiene olor a cigarrillo y una nariz muy grande, casi seguro que es el portero. Pero, claro, el portero se acaba de bañar para salir y entonces tiene otra ropa y olor a loción y ya no sé... Eso me desconcierta. Cuando la gente aparece en otro lado, en un lugar imprevisto... Ahí me pierdo. Cuando yo era chica, no se sabía mucho de estas cosas. Ahora se sabe un poco más, pero no mucho. La gente no sabe. Ahora que sé el nombre, lo puedo decir.

Ser un detective

Le pregunto cuándo oyó por primera vez la palabra “prosopagnosia”. Me cuenta que hace unos años tuvo que hacerse un chequeo y que la doctora le preguntó si tenía dificultad para reconocer los rostros. Ella dijo que sí. La doctora preguntó desde cuándo. Ella dijo “desde que tengo 9 años, más o menos”.

Estela dice que es una suerte que esa doctora la haya estado escuchando, porque empezó a hacerle preguntas y le dijo que le gustaría que viera a un colega amigo de ella, y entonces acordaron otra cita.

–El neurólogo era muy jovencito. Se puso a explicarme todas las cosas que yo podía hacer para que mi vida fuera “más sencilla”. La doctora se rio, le dijo que yo llevaba más de 50 años viviendo así. Que lo mejor sería que ellos me preguntaran a mí. Ahí me enteré de que lo que yo venía haciendo estaba bien: asociar las personas con algún detalle llamativo. Otra cosa que hago siempre es cuando alguien se acerca a saludarme; le voy preguntando “¿Y vos cómo estás? ¿El trabajo? ¿Tus cosas?”. Y la gente va dando datos, siempre. Es como ser un detective. Porque la gente se pone muy mal si le preguntas directamente: “¿Vos quién sos?”. Se pone mal.

Le pregunto si es capaz de reconocer en los rostros las emociones. Si puede darse cuenta de si alguien está enojado o triste o sorprendido. Se ríe. “¡Por supuesto!”, dice. “No soy ciega”.

Me da un poco de vergüenza haber hecho esa pregunta. Le digo que para mí es muy difícil entender. Vuelve a reírse. “¿Usted puede darse cuenta de si un desconocido está enojado o contento?”. Asiento con la cabeza. “Es lo mismo”, dice.

–A veces, cuando le explico a alguien lo que me pasa, de inmediato me empieza a hablar más fuerte. No sé. Como si les hubiera dicho que soy sorda. En fin. Al principio contaba. Cuando hablé con la doctora y el neurólogo. Porque estaba contenta, porque finalmente sabía qué me pasaba. Es raro eso, como si cuando te dicen cómo se llama lo que tenés, te quedaras tranquila. Ya está. Como si eso cambiara las cosas. Yo estaba contenta y entonces contaba. Ahora ya no digo tanto. Es mucho lío. Te hablan más fuerte, te frotan la espalda. Había una señora de acá del barrio a la que yo le conté, y cuando me encontraba en la calle me gritaba al oído ‘¿Te acordás de mí, Estela? ¿Te acordás de mí? ¿Sabés quién soy?’. A los gritos. Ya me acostumbré. Si se acerca en el barrio y me grita al oído, es esa señora. Bueno, ya no: se murió, pobre. Hace unos meses. A veces me canso mucho. Ya estoy grande. Y usted no sabe toda la energía que uno gasta en tratar de adivinar. ¿Este señor quién es? ¿Y esta señora? Me gusta más quedarme en casa, ahora. Me gusta leer”.

Quisiera saber si Estela es capaz de reconocer su propia cara en el espejo. Pero me parece una pregunta tan íntima que no me animo a hacerla. Antes de irme, agradezco una y otra vez. Ha sido un regalo poder charlar con ella.

Cuando la puerta se cierra y yo camino por barrio General Paz, no dejo de preguntarme cuál de mis rasgos habrá tratado de retener Estela para recordarme si volvemos a vernos. ¿Mi voz? ¿Un cierto perfume? ¿La forma de mover las manos? ¿Cuál de todas las cosas que soy va a ocupar el lugar de mi rostro?


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Los días contados 
La voz del Interior



2 comentarios:

  1. Qué buen día contado. Y buen día para mí, leído. Un abrazo.
    Isabel.
    (ojalá encuentre la vuelta a cómo publicar comentarios!)

    ResponderEliminar
  2. ¡Gracias Isabel! (Se ve que encontraste la vuelta porque aquí está tu comentario). Un abrazo

    ResponderEliminar