sábado, 5 de diciembre de 2015

Una mañana en la audiencia





Una sorpresa

Hace frío. El auto tiene los vidrios empañados. Afuera hay sol, pero esa luz no llega a calentar el aire. Paso a buscar a una compañera de trabajo y vamos hacia el Parque Sarmiento. Un equipo de mate descansa en el asiento de atrás. Apenas llegamos a los Tribunales Federales, prendo un cigarrillo y sacudo las manos para entrar en calor. Caminamos hasta un quiosco cercano donde nos sirven un café fuerte y caliente.
Hace más de dos meses que esta mañana está incluida en un cronograma. Ya en abril sabíamos que hoy vendríamos a las audiencias de la megacausa La Perla con un grupo de estudiantes extranjeros, en el marco de un programa de derechos humanos.
Sabíamos que vendríamos pero no quién sería el testigo. El juicio va marcando sus tiempos a medida que transcurre.
Somos tres profesores y cinco alumnos. Entramos a la sala. Trato de explicar, brevemente, quién es quién. Los alumnos se quedan mirando hacia la izquierda, donde están los acusados, separados del resto de la gente por una mampara transparente.
Claudio Orosz está de pie, en el pasillo, conversando con alguien. Lo señalo, les digo a mis alumnos que es uno de los abogados de la querella. La referencia que van a guardar de él es “el señor de la corbata roja”.
Una voz pide que nos pongamos de pie. Llegan al estrado los miembros del Tribunal. Su presidente dice que, antes de llamar a la próxima testigo, se verá el documental de su autoría al que se referirá su testimonio. Algunas luces se apagan, el cañón proyecta una imagen sobre la pantalla. Las letras dicen: Escuadrones de la muerte. La escuela francesa. Me sacudo, no sé si he entendido bien. ¿Lo que ha dicho el juez Jaime Díaz Gavier es que luego vendrá Marie-Monique Robin?
El impacto que siento es enorme porque admiro a Robin. Su trabajo es, a mis ojos, imprescindible. Durante años se ha ocupado de abordar temas sobre los que la mayoría prefiere guardar silencio.
Con este documental no sólo obtuvo declaraciones importantísimas de algunos de los responsables de la última dictadura militar sino que sacó a la luz las pruebas que enlazan la “doctrina francesa” aplicada en la guerra de Argelia, la Escuela de las Américas regenteada por los Estados Unidos, el Plan Cóndor y los lazos que hubo entre las diferentes dictaduras del Cono Sur.
Es un documental importante para Argentina, pero también para Francia, donde causó una fuerte polémica por referirse a un tema tabú: la participación francesa en la construcción del horror.


Una pausa

Después de unos minutos de proyección, la película se detiene y vuelve a comenzar desde el principio. Problemas técnicos. La sala –que hasta ahora estuvo en absoluto silencio– se va llenando de voces. Los abogados conversan. Entre quienes estamos acompañando a las víctimas hay sonrisas, muestras de afecto. Saludos. Breves comentarios.
Del otro lado, donde están los acusados, no hay una sola palabra. Ni un solo gesto. En la última fila, uno de ellos duerme. A veces mueve levemente la cabeza. Quizás esté soñando. ¿Con qué sueña un hombre como ese?
Los técnicos logran que la película recomience en el punto en que la dejamos. Allí se narra todo un entramado de “enseñanzas”: la pedagogía de la aniquilación. La tortura como método.
Los escuadrones de la muerte. Las desapariciones. Los helicópteros que tiran cuerpos al mar. Los simulacros de fuga. Manuales detallados sobre los que se construyó luego el terrorismo de Estado en Sudamérica. Me inclino para ver a los acusados. Algunos de ellos están mirando la pantalla. ¿Qué piensan mientras ven esas imágenes?
En el estrado, detrás de los integrantes del tribunal, hay dos banderas oficiales y, entre una y otra, un cristo crucificado. Me resulta extraño ver allí ese símbolo religioso. Una repartición oficial donde se reverencia un culto cuyo principal protagonista fue torturado y asesinado. Muchos de los que están sentados a la izquierda, acusados de torturar y matar, dicen profesar esa misma fe.
A mi lado, una mujer no deja de frotarse suavemente las manos. No llego a saber si es un gesto de nerviosismo, si tiene frío, si está tratando de procesar las cosas que se dicen en la película de Robin. Le convido un caramelo de miel. Me sonríe.
El policía que está justo detrás de la mampara transparente saca una caja de su campera y se mete un chicle en la boca.
Uno de los acusados se levanta de la sala y, antes de salir, suelta un pequeño resoplido. ¿Lo habrá abrumado el documental? La mirada de uno de los camarógrafos está firme en algo que no alcanzo a ver. A veces levanta la vista y hace girar la cámara un poco a la derecha. Al lado de la pantalla, otro policía tiene los brazos cruzados sobre el pecho. El acusado que había salido vuelve a entrar a la sala.


Un testimonio

Orosz, desde el pasillo, le hace una seña a Díaz Gavier. El presidente del Tribunal asiente con la cabeza y anuncia que van a hacer una pausa en la película para recibir a la testigo, que acaba de llegar. Se encienden las luces. Marie-Monique Robin entra en la sala y toma asiento. Desde mi lugar, sólo logro ver su espalda. Un saco de lana que juega en un degradé entre el verde, el violeta y el azul.
Cuando Díaz Gavier le pide que diga su nombre, ella pregunta si debe hacerlo en francés o en español. El juez duda, es una pregunta extraña. El nombre debería ser el mismo. Le dice “en francés”. Cuando la periodista responde, su consulta queda clara.
Al pronunciarlo en francés, su apellido suena algo así como “Gobán”. Apenas termina de decirlo, aclara: “Se escribe Robin. Como Robin Hood”. Ya en esa frase está toda ella.
El tribunal le da la palabra a Orosz, quien ha propuesto a Robin como testigo de contexto. La documentalista ha llegado a Córdoba para presentar su última película, pero ese día fue convocada para hablar de Escuadrones de la Muerte. La escuela francesa (2003), el filme presentado como prueba por parte de la querella.
El abogado hace la primera pregunta. Robin se gira levemente hacia la derecha para mirar a Orosz, que está unos metros más atrás. Díaz Gavier le ha pedido que al responder mire al frente, en dirección al tribunal, para que sus palabras queden registradas por las cámaras y los micrófonos.
La testigo cuenta que, al principio, quería hacer un documental sobre el Plan Cóndor. Al comenzar a investigar, descubrió el rol de los militares franceses en esta operación conjunta de las dictaduras en Sudamérica.
Dice haber sentido dolor al descubrir que su país estaba ligado a esa historia. Menciona la “doctrina francesa” y pregunta si es necesario que presente una breve descripción. El tribunal le pide que lo haga.
La “breve descripción” es un relato detallado, preciso y documentado de uno de los temas más incómodos de la historia francesa. Robin comienza hablando de Indochina.
Cuando termine, habrá dibujado un mapa del horror que atraviesa todas las fronteras e inscribe la última dictadura argentina en un contexto mundial. Su análisis tiene en cuenta el momento histórico, los intereses políticos, los móviles económicos, el colonialismo, el entorno social.
Mientras la testigo habla, los abogados de la defensa conversan en voz baja. Si no fuera que la policía, al ingresar, nos ha dicho de manera explícita que debemos apagar los celulares, diría que uno de ellos está enviando un mensaje de texto. Pero seguramente no es así. Debe de estar haciendo otra cosa, algo que lo obliga a tener ambas manos bajo el escritorio y la mirada clavada en el suelo.
En un perfecto español, Robin habla sobre algunos de sus entrevistados. Ramón Díaz Bessone, Reynaldo Bignone, Albano Harguindeguy.
Dice que posiblemente se le escapen algunos detalles, porque no ha traído notas ni material de apoyo.
Dice que en este tipo de presentaciones –ya declaró en otras causas en Argentina– es necesario prepararse, pero que ella no sabía que iba a ser citada. La aclaración parece innecesaria. Su claridad, síntesis y precisión son impresionantes.
El abogado que hasta hace un rato tenía las manos ocupadas ahora mira fijo una carpeta. Tiene una birome roja con la que va subrayando lo que lee. ¿Es un gesto deliberado? ¿Realmente está leyendo en medio de una declaración? ¿Está adelantando trabajo? ¿Desestimando el testimonio?
En más de una ocasión, Robin dirá que quiere ejemplificar contando una anécdota. Esos relatos son como esquirlas, núcleos concentrados de sentido. Demuestran muchísimo a través de la economía de una sola escena. No alcanzaría el espacio de estas líneas para contar esas anécdotas que hacen brotar del público murmullos, suspiros, incluso risas.
Algunos de los defensores siguen conversando. El registro corporal es de indiferencia. Una de las abogadas se ha girado completamente para poder charlar con su colega con mayor comodidad.


Un nombre

Por último, le toca el turno a la defensa. Las preguntas que plantean no son tales; son aseveraciones formuladas en frases difíciles de entender. No sólo para Robin –que más de una vez pide que le repitan la pregunta– sino para todos nosotros.
El presidente del tribunal se ve obligado a preguntarle al abogado defensor cuál es la pregunta luego de un largo párrafo lleno de afirmaciones por demás cuestionables.
Robin también declara con el cuerpo: no se gira para responder a la defensa. Mantiene la posición que le ha pedido el tribunal, pero esta vez no tiene el gesto de intentar mirar a la persona que la interroga.
El abogado defensor pregunta por las diferencias entre una guerra anticolonialista como la de Argelia y lo que sucedió en Argentina, que él mismo define como “una guerra entre hermanos”. En la sala corre un murmullo. Otra vez la vieja teoría de los dos demonios.
Robin no cede a ese juego. Ella ha sido clara: lo que pasó aquí no fue una guerra sino puro terrorismo de Estado, implantado a través de un plan sistemático preparado durante años.
Ya ha dicho antes que en Francia también hay gente que quiere saber dónde están sus seres queridos desaparecidos. Pero que ella cree que eso nunca va a pasar en su país. “Lo que está haciendo Argentina, Francia nunca lo hizo. Por eso me encuentro muy bien estando aquí”.
Un rato después, el tribunal agradece a la testigo su declaración y anuncia que habrá un pequeño receso. Vamos a pasar parte de la tarde charlando con los alumnos. Es poco lo que puedo decirles.
Ellos han visto todo con sus propios ojos. Son conscientes de que han vivido un día histórico. Uno de ellos me dice: “Ahora sé por qué dijo que su nombre se escribía como Robin Hood”.


Eugenia Almeida
Publicado originalmente en Días Contados
Ilustración original: Juan Delfini




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