jueves, 14 de enero de 2016

El analgésico más potente del mundo


Un evento desafortunado

2011. Las 8 de la mañana. Hermosa moto azul. Pequeña. 100 centímetros cúbicos. El trayecto al trabajo se vuelve placentero. Hasta que en una esquina de la calle Italia, en Córdoba capital, un taxi dobla y, aunque vengo por su derecha y me corresponde pasar, acelera apenas me ve. Freno. El taxi me choca, la moto patina, vamos las dos rozando el asfalto hasta que, no sé cómo, la moto queda arriba de mis piernas y yo estoy mirando el cielo. Creo que pocas veces he sentido tanta furia.

Trato de incorporarme, pero algo me tira hacia abajo. Por la abertura del casco veo a un hombre, con un gesto de terror, que me pide que no me mueva. Oigo la puerta de un auto cerrándose. Alguien se acerca caminando. Hago que el hombre que me mantiene acostada se corra y me incorporo.

El que se acerca es el taxista, que viene sonriendo y dice: “¡Casi, casi!”.

Logro sentarme. La moto todavía está sobre una de mis piernas.

–¿Casi casi qué?

–Casi chocamos.

–¿Casi?

El taxista se da vuelta y se pone a frotar la puerta del auto, en el punto exacto en que golpeó mi cabeza.

–Por suerte, te vi a tiempo.

–Ah, me viste. ¿Y por qué aceleraste?

–Porque ibas frenando.

–Yo venía por la derecha.

–Pero venías frenando. Bueno, no importa. Por suerte no pasó nada.

El taxista se sube al auto y se va. Yo sigo en el suelo, con la moto sobre la pierna. He logrado sacarme el casco, pero estoy sentada en medio de la calle, acompañada por un señor que me dice: “No se mueva, no se mueva” y una señora que, desde la esquina, dice: “No puedo creer que se haya ido”.

Me ayudan a levantar la moto. Mi única preocupación es ver si puedo pararme y llegar a tiempo al trabajo. Me ofrecen llevarme al hospital. Digo que estoy bien. Pruebo si la moto arranca. Digo una frase que, me doy cuenta después, suena bastante rara: “Estamos bien”. Para mí, es claro que el plural habla de mí y de la moto, pero a las personas que me ayudan les suena mal. Insisto. Me siento bien. Llego tarde al trabajo. Supongo que el calor en las piernas es consecuencia de la bronca.

Me quedan unos cuatro kilómetros hasta el trabajo. La avenida está muy cargada de autos y eso me obliga a muchos cambios de marcha. En mi moto, los cambios se dan con el pie derecho. Tengo mucho, mucho calor. Aunque es invierno.


Fuego

Llego a la escuela en la que doy clases. Entro la moto en el jardín, como hago siempre, y, cuando apoyo el pie para bajarme, siento un hilo helado que va desde los dedos hasta la nuca. Es un segundo. Enseguida pasa.

Todavía tengo unos minutos antes de que se acabe el recreo. Tomo mate con dos amigos en la secretaría. Cuento lo que pasó. Me preguntan si estoy bien. Digo que sí. Me ofrecen llamar a emergencias. Digo que no. Me ofrecen un analgésico. Digo que no. Ya es hora de entrar.

La clase va bien. Los chicos trabajan en grupo y voy caminando entre los bancos para responder algunas preguntas. Como todo está en marcha, me siento en mi escritorio a corregir. Está a punto de terminar la primera hora. Uno de los chicos se acerca y se queda mirándome. Me pregunta si estoy bien. Le sonrío, le digo que sí. ¿Qué podría decirle? “¿Nunca en mi vida he tenido tanto calor?”. Todos están abrigados. Yo me he sacado la campera y el saco de lana.

Pasa un rato más. Me llama la atención que nadie pregunte nada. Hay un silencio inusual. Tengo una molestia en la pierna, no logro detectar dónde. Otro de los chicos se acerca y también me pregunta si estoy bien. Vuelvo a decir que sí. Entonces él pregunta: “¿Y por qué estás llorando?”.

Me desconcierta. Me toco la cara. Es verdad. He estado soltando lágrimas sin ni siquiera darme cuenta. Ahora entiendo el silencio. Los chicos me miran, en ese equilibrio construido a puro afecto. Les digo que tuve un pequeño accidente y que me duele una pierna. Y eso, que he dicho como una explicación para tranquilizarlos, se revela como algo que debería atender. Pido que alguien me reemplace y bajo la escalera que subí hace hora y media.

En la secretaría, pido un analgésico. Deciden que es mejor llamar a emergencias. Protesto: emergencias es para cuando alguien está grave. No me hacen caso. Media hora después, llega la médica.

–¿Cuándo fue el accidente?

–Hace dos horas, quizá un poco más.

–Yo juraría que esto es una quebradura. Pero si el hueso estuviera quebrado, usted no podría aguantar el dolor.

–Un poco me duele.

–No, no, yo le estoy hablando de un dolor insoportable. ¿Qué hizo después del accidente? ¿Qué hizo con el pie? ¿Lo apoyó?

Trato de reconstruir mis movimientos.

–Me levanté, apreté el pedal de arranque, hice los cambios de marcha, apoyé el pie cada vez que detuve la moto, caminé, subí y bajé las escaleras.

–Entonces, no es quebradura. No podría haber hecho nada de eso. Le recomiendo que vaya a la ART enseguida. Le van a pedir una placa para estar seguros.


Carrera de obstáculos

En la ART, hay un mostrador donde un señor está hablando por teléfono.

–¿Vos te imaginás si nos vamos a la B? ¡El quilombo que se va a armar!

Yo estoy molesta. Molesta por tener que meterme en un mar administrativo de papeles y por este calor que no me da un minuto de respiro. Es como si estuviera parada justo arriba de una fogata.

–Y lo peor es que van y lo ponen al muerto ese, es un pecho frío...

Toso, carraspeo, como una forma de decir que estoy ahí, que el cartelito sobre el mostrador dice “mesa de entrada”, que no hay nadie más que pueda atenderme. El señor que está hablando por teléfono levanta los ojos y me fulmina con la mirada. Agarra una lapicera y finge que está escribiendo algo importantísimo.

–El mundo está lleno de boludos...

Supongo que, aunque se lo dice a la persona con la que está hablando, la frase está completamente dedicada a mí. Me cuesta estar de pie. Pero lo atribuyo al enojo, la furia, el malestar que está tapando el día.

Como sé que a ciertos empleados con vocación autoritaria es mejor no provocarlos, no insisto. Pero hago mi pequeña batalla. Me pongo a cantar, bajito, un tango. Aunque sea para perturbarle la conversación. Se ve que lo molesta. “Yo no quiero que nadie a mí me diga, que de tu dulce vida vos ya me has arrancao...”. Funciona. El tipo dice:

–Te llamo después, hay gente.

Estoy bastante satisfecha de haber pasado tan rápido de la categoría “boludos” a la categoría “gente”.

Entrego el papel que me dio la médica del servicio de emergencias, explico la situación, me da un número y me dice que tome asiento hasta que me llamen. Miro el número del llamador: 24. Miro el mío: 103.

Me siento y saco un libro de la mochila. Leo. Leo. Leo. Leo. Leo. Leo. El libro se termina. Me late la pierna. Van por el número 62. No se me ocurrió que debí salir de casa con dos libros. O con tres. Un par de horas después, alguien grita mi número y cuando quiero levantarme, ahí está, el frío, el fuego en la pierna.

Estoy cada vez más furiosa, quiero irme. Odio al taxista, odio a la escuela, odio al servicio de emergencias, odio al de mesa de entradas, odio a la ART y odio al capitalismo.

Voy caminando y, en el tiempo en que tardo en llegar, la médica repite tres veces mi número y luego salta al siguiente. Un señor se me adelanta corriendo y se mete en el consultorio. Tengo que golpear la puerta y decir que me toca a mí y explicar que me cuesta caminar, que vine lo más rápido que pude. El señor que tiene el número que sigue al mío me dedica la mirada más llena de odio que he visto en mi vida.

La doctora pregunta qué me pasó. Le explico. Ella examina, observa, revisa. Y dice una frase que ya he oído antes:

–Yo juraría que hay una quebradura, pero no. Usted estaría gritando de dolor.

Me mira. La miro. Estoy enojada. Quiero irme a casa.

–Vamos a hacer una placa, para estar seguros.

Paso a una sala de rayos x, un muchacho me mueve el pie derecho como si fuera plastilina. Se me cae una lágrima. No es dolor: es la furia que me da no poder irme ahora mismo.


Analgésicos 

Cuando unos minutos después la médica prende una pantalla y engancha la radiografía, yo me quedo mirando algo que no logro entender: un archipiélago de rayas y puntos blancos. No logro ver un pie en ese dibujo.

Es obvio que ella sí ve algo, porque se levanta de golpe y sale del consultorio. Un minuto después entra con otro médico y me dice que es un traumatólogo.

–Usted tiene tres huesos quebrados.

Silencio.

–¿Le duele?

–No.

Me explica que hay que evaluar si es necesario operar. Que quizá baste con usar una bota por un tiempo. Que, como sea, voy a tener que hacer rehabilitación y fisioterapia. Que va a hacerme los papeles para la licencia.

–No, no, ya mañana vuelvo al trabajo.

El médico me mira de un modo muy raro.

Quizá esté evaluando si el golpe que me di en la cabeza me ha dejado confundida.

–Usted no vuelve. Tiene licencia.

–¿Cuántos días?

–Dos o tres meses. Le voy a recetar unos calmantes. No entiendo por qué no le duele. Puede ser la adrenalina. Pero le va a doler. Y mucho.

Aunque parezco una señora extrañamente calma para tener tres huesos recién quebrados, por dentro tengo tanto enojo que podría llenar de dinamita todas las sedes de todas las ART del país y, si me sobrara algo, una agencia de taxis en particular.

El resto del día va a ser largo. Muy cuesta arriba. Cuando esa noche me despierto a las 2 de la mañana, desesperada por el dolor, entiendo que acabo de descubrir una verdad básica: el mejor analgésico del mundo es el enojo. Y siento un relámpago de solidaridad con aquellos que, alguna vez, se hundieron en la furia para salvarse del dolor.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados



1 comentario:

  1. muyyyy bueno , muy bueno ....casi iba contigo en la moto, estaba en el aula, veìa la cara de los chicos , al boludo de la ART y al que se colò en el consultorio...tu texto es cinematogràfico!!!

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