sábado, 2 de enero de 2016

Lo indescifrable




La víspera

Me pongo los nuevos lentes y un mundo se abre delante de mis ojos. Todos esos matices estaban ahí y yo no los veía. Prefiero no confesarlo. Hace años que repito una rutina y mi oculista la ha descubierto. Bailamos la misma coreografía en cada control anual.

Ella pregunta cómo estoy, yo digo que bien; ella pregunta si los lentes siguen siendo adecuados, yo digo que me da un poco de trabajo leer las letras chicas; ella pregunta si usé las gotas (tres o cuatro veces por día, todos los días, siempre lo dice en el tono en el que uno suele hablarle a un niño de 5 años), yo respondo que a veces; ella hace un movimiento de cabeza que puede leerse como desaliento, cansancio o incluso desesperación.

Es muy agradable mi oculista. Sospecho que ella no piensa lo mismo de mí.

–Tiene que usar las gotas.

–Sí –digo.

–¿Y los lentes?

–Me parece que necesito unos con más graduación.

–No –me dice–, le estoy preguntando si a los lentes los usa.

Silencio. Ella suspira. Yo miro el suelo. Claramente, debería trabajar con niños: tiene una paciencia infinita. Se toma sus buenos 10 minutos para explicarme que lo que estamos haciendo no tiene mucha lógica: ella me examina, me da unos anteojos, yo me olvido de usarlos, fuerzo la vista y vuelvo un año después para decir que no veo bien.

–¿Se da cuenta de que usted cada vez necesita lentes de mayor graduación y que eso es porque no hace lo que le indico?

Muevo la cabeza para asentir.

–¿Se da cuenta de que eso no beneficia a nadie?

–A la óptica sí la beneficia –tengo esa compulsión a hacer chistes tontos en los momentos más inoportunos.

La sonrisa de la oculista se emparienta con la de La Gioconda: nadie sabrá jamás qué estaba pensando esa mujer mientras sonreía. Ella prende la luz de la pantalla, yo siento angustia al no poder descifrar las dos últimos filas de letras. Nueva receta, nueva promesa: “Los voy a usar, doctora. De verdad”.

Acabo de salir de la óptica. Me siento como si hubiera entrado en una película 3D. Todo tiene textura, volumen, matices. El mundo es hermoso.

Acomodo unos papeles en la billetera. Los nuevos lentes revelan algo que permaneció invisible 
durante meses: mi carné de conducir está 
vencido.


La mañana

La chica que me atiende pregunta si quiero un carné por uno, dos, tres, cuatro o cinco años. Elijo el de cinco. Ella responde: “Siéntese allí que ya le van a tomar el examen”.

¿El examen? Pregunto si tengo que traer el auto al playón. La chica sólo mueve los ojos. La mirada atraviesa esa breve franja que queda por encima de sus lentes y dice, con una cara indescifrable: “El examen es escrito”.

Empiezo a sentir cierta inquietud. ¿Qué me van a preguntar? ¿Me mostrarán algunas de esas señales que sólo existen en un camino aislado de Groenlandia? ¿Qué pasa si desapruebo?

Me tranquilizo pensando que el examen de renovación no puede ser más complejo que el que rendí la primera vez.

Y ahí empieza la zozobra: me vienen a la mente los largos 15 días en los que estuve estudiando un manual extrañísimo que parecía escrito por alguien que apenas conocía el español, lleno de términos imposibles de contextualizar.

Tuve que descifrarlo leyendo una y otra vez hasta alcanzar ciertas conclusiones simplificadoras. Por ejemplo: un enorme párrafo que hablaba de bocacalles, giros, transversales y otros etcéteras se resumía en “prohibido doblar en U”.

Dibujé flechas que unían los artículos del manual con su correspondiente traducción a términos básicos del español: prohibido estacionar y detenerse, la derecha tiene prioridad; en rotonda, primero el que viene circulando por ella.

Cuando aprobé aquel examen, puse mis apuntes en la pila de papeles que uso para la parrilla. Nunca pensé que iba a necesitarlos otra vez.

Me digo que ya sé manejar. Que nunca me han puesto una multa. Que no debería preocuparme. Pero sé que el examen tiene otra dificultad: para aprobarlo, no necesito manejar: necesito traducir. Y temo fallar.

No soy la única. En la misma mesa que yo, hay un señor, los dos con nuestras biromes bailando en el vacío, con los ojos recorriendo el techo, con la certeza de que copiar es un gran riesgo porque ambos tenemos la misma cara de estar leyendo un libro en húngaro.

Vamos más o menos a la misma velocidad. Me doy cuenta porque él suspira de alivio un segundo antes que yo. Acabamos de llegar a una pregunta en español sencillo. Algo así como “¿Puedo manejar en estado de ebriedad?”.

El inspector-profesor corrige mi examen. Escribe: “95%”. Me siento como si hubiera terminado un doctorado.


Mediodía

Sólo falta una breve entrevista con la médica. Es una chica joven que está tejiendo. Me pide que apoye la frente sobre un aparato. Otra vez esas horribles filas de letras. Pero esta vez las veo bien, aun sin los lentes. ¿Las veo bien? Me pide que vuelva a leer. Lo que parece una “c” quizá sea una “o”. Quién sabe. El mundo es opaco.

Aparentemente, he superado el umbral de visión que necesito para manejar, porque la doctora firma, pone un sello, me dice “Buen día” y vuelve a agarrar su tejido.

Aprovecho lo que queda del día para trabajar desde casa. Preparo unos mates. Trato de conectarme a Internet. Un hermoso mensaje de la empresa que ofrece el servicio: “Alcanzaste la capacidad de tu plan”. Los paquetes de datos siempre se agotan cuando uno debe entregar algo urgente. Es prácticamente matemático.

El siguiente paso es apretar un botón rojo donde ofrecen renovarme la cantidad de datos a cambio de un monto de dinero que será cargado en la próxima factura. Aprieto el botón y, contrariamente a lo que esperaba, el universo no vuelve a restaurarse.

Durante una hora, hago todo lo que se me ocurre para poder conectarme. Lo de siempre: caminar por toda la casa con la notebook en la mano, poniéndola en diferentes posiciones y apuntando al norte, al sur, al este y al oeste. Quedarme inmóvil en diferentes rincones del living.

También recurro a procedimientos menos frecuentes: apagar el equipo, volver a prenderlo, sacar y poner el chip del módem telefónico, soplar fuerte todo aquello que pueda tener polvo.

Vivo en una calle de tierra: cinco minutos después, estoy hiperventilada. Ya han pasado dos horas. El mate se enfrió. Decido llamar al centro de asistencia.


La siesta

Me atiende un centroamericano simpatiquísimo al que no le entiendo una palabra, porque parece estar hablando desde el fondo de un pozo. Nos gritamos mutuamente códigos que ninguno de los dos logra descifrar. “¿Seis?”, “¡Tres!”, “¿Seis?”, “¡Tres!”, “¿Seis?”, “¡Tres!”.

Tengo el profundo deseo de decirle que se meta el servicio donde mejor le quepa, pero cuando ya no aguanto más, pienso que somos iguales.

En algún país, él también es rehén de miles de gestos repetidos que construyen una rutina. También debe estar harto de volver a su casa y descubrir que el termotanque (o el gas o la luz o el agua) no funciona.

También charlará con su pareja el sinsentido de haberse pasado parte de su jornada laboral oyendo a una señora que le gritaba desde Argentina una serie de números que él no llegaba a escuchar. Me imagino a su pareja oyendo eso, sirviendo un poco de vino. Casi puedo ver cómo uno de los dos se saca los zapatos y estira los dedos de los pies haciendo el último gesto de cansancio antes de dar por terminado el día. Habiendo pensado esto, decido sostener mi cordialidad.

Me derivan a “servicio técnico”. Vuelvo a explicar la situación, hacen una prueba de la línea –10 minutos de una música que puede detonar un brote de furia en cualquiera– y la operadora me dice que sí, que tengo razón, que han cometido un error.

Desconfío. Definitivamente, algo está mal. Incluso diría que algo terrible está a punto de suceder. Quizá sea el primer signo del apocalipsis: operadores telefónicos confesando que la empresa en la que trabajan ha cometido un error. Me pide disculpas. Me quedo en silencio tratando de distinguir si en ese tono hay ironía o más bien sarcasmo.

Enseguida descubro la trampa: me dice que sólo podré acceder al servicio si apago la computadora y vuelvo a prenderla.

Ya lo entendí, está tratando de deshacerse de mí. De obligarme a llamar otra vez y hablar con otro centroamericano primero y con otro empleado de servicio técnico después.

Quieren perderme en un laberinto de desconocidos a los que tengo que explicar el problema siempre desde cero. La operadora dice: “Muchas gracias por haberse comunicado con nosotros, que tenga buenas tardes”. Y cuelga.


La tarde

Un minuto después llega un SMS de la empresa pidiéndome que responda a una encuesta para evaluar el servicio de atención. Leo las opciones. Ninguna dice: “Sé que ustedes son extraordinariamente viles, pero tuve el extraño azar de encontrarme con dos operadores amables que parecen haber hecho todo para solucionar mi problema pero a los que no les creo una palabra porque sé que son rehenes a sueldo”.

Sospecho que es una frase demasiado larga para ofrecerla como opción. No respondo. Me digo a mí misma: “No voy a responder hasta que sepa qué pasa”. Como si ese fuera un gesto muy revolucionario.

Absolutamente escéptica, hago lo que me han dicho. Y funciona. Es una experiencia nueva. Tengo que sentarme y mirar la pantalla un rato mientras fumo un cigarrillo.

Me gustaría saber el nombre de la empleada que me atendió, para mandarle flores y una tarjetita que diga: “Gracias por no ser una miserable mentirosa”. Estoy conmocionada. Por una vez, los reyes del maltrato y la indiferencia han dicho la verdad. ¿Por qué? Debería saberlo: aun con lentes nuevos, el mundo sigue siendo indescifrable.




Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Los días contados 
La voz del Interior

Ilustración: Juan Delfini

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