martes, 19 de enero de 2016

Los últimos 10 días del año que pasó





Lunes 21 de diciembre

Busco la nueva agenda. Debería pasar algunos datos. Pequeñas anotaciones que he ido haciendo en la contratapa de un cuaderno que siempre llevo en la mochila.
Voy recorriendo la agenda vieja y me detengo en algunas cosas que no tenía presentes. Enero parece pertenecer a un año lejano. Pienso en el modo en que los días van pasando, acumulándose, superponiéndose. Descubro que lo que recordaba sin dudar es un error: el viaje de trabajo a Neuquén no fue en junio sino en septiembre. 
Y fue por ese entonces cuando empecé a llamar incansablemente al techador para que terminara el arreglo que dejó por la mitad. Aquí estamos: las goteras y yo. El causante de esto sigue ausente de los lugares que solía frecuentar.
Pienso que mi memoria es generosa: achica los malos ratos y extiende los buenos.
Ahora sé por qué algunas personas escriben un diario personal. Quizá se trata de llevar un registro de aquello que el recuerdo transforma. Decido observar estos últimos 10 días de 2015. Fijarme en las minucias, los detalles. Darles espacio a las cosas que pueden suceder –o no– en un día.


Martes 22 de diciembre

Voy a Córdoba a hacerme un análisis. Cuando la enfermera prepara la aguja, miro a otro lado. Ver eso me impresiona. Ella se ríe.
Anoche, a las ocho, tomé el último mate. Cuando salgo del laboratorio me siento lánguida como si llevara una semana sin comida. Complacerme: un desayuno completo en un bar con vidriera a la calle. El diario. Café. Manteca. Un placer que es siempre nuevo y perfecto.
Al llegar a mi casa, en Unquillo, prendo el televisor. Veo en la pantalla la protesta de los trabajadores de un frigorífico en Buenos Aires. Corridas, balas de goma, represión. La nueva ministra dice que la decisión se tomó porque no podía impedirse el paso de los hinchas de River que iban al aeropuerto de Ezeiza a recibir a los jugadores de su equipo. Me digo que el sentido del humor de la ministra está en el límite de lo grotesco. Pero no, no ha sido un chiste. Lo ha dicho en serio.
Salgo al patio.


Miércoles 23 de diciembre

Hay un vallado en la Legislatura de Córdoba. Recorte a las jubilaciones. Palabras clave de las noticias: intervenciones, decretos, despidos. Apago la radio.
Todos los veranos, a esta altura del año, en Unquillo suenan los tambores. Los chicos se juntan en las plazas y en los patios a tocar, esperando los días de Carnaval. Este año es diferente. Se oyen bombos. La ciudad está convulsionada.
Después de más de 10 días de reuniones y asambleas, los empleados municipales declaran el paro. La nueva gestión ha anunciado que va a despedir personal. Hay marchas, protestas, apoyos. Se habla de 180 personas que pierden el trabajo en vísperas de Navidad. Aún no han cobrado el sueldo de noviembre. La mayoría son monotributistas, así que la palabra “aguinaldo” es algo que siempre se aplica a los otros.
El verano pasado, Unquillo sufrió las inundaciones más terribles de su historia. Todavía no nos hemos recuperado. Ahora se suma otro verano que va a dejar marcas, desesperación, tristeza.
Acompañando a los empleados que protestan están los chicos que van a la Escuela Popular de Arte, un espacio en el que aprenden, disfrutan y crean lazos. Se dice que el nuevo intendente ha decidido cerrarla.
Acomodo libros, tiro papeles, trato de ordenar las cosas en mi escritorio. Hago un mal movimiento y un dolor espantoso me aparece en la espalda. Me paso el día enfurecida, en un sillón, con una almohada doblada que va cubriendo los pozos que siento en la columna. Me quedo pensando en el extraño mecanismo que nos hace olvidar lo extraordinario que es sentirse bien. Me prometo no olvidar eso cuando el dolor ceda.


Jueves 24 de diciembre

Un día de asueto. Las imágenes desde el Litoral. La gente mirando el río que se lleva todo.
Oigo una sirena. Me asusto. Después de las inundaciones de febrero en las Sierras Chicas, alguien me comentó que iba a instalarse una sirena como señal de alarma en caso de que hubiera problemas. Me pongo un jean , las zapatillas y agarro mi mochila. Cuando salgo a la calle veo, a lo lejos, el camión de los bomberos. Arriba del techo, un señor disfrazado de Papá Noel mueve los brazos como si fuera la reina de la primavera. No encuentro adjetivo para describir la imagen. En medio del conflicto por los despidos de los empleados municipales, los bomberos voluntarios recorren los barrios haciendo sonar la sirena de la autobomba y repartiendo golosinas. De fondo, se oyen los bombos de la marcha.
A la tarde viene una amiga y trae pastaflora. Su esposo ha hecho humus y envía una cazuela. Los dos saben que el gesto de preparar comida para otro se anuda directamente con el afecto. Las cosas sencillas.
El dolor ha ido cediendo pero vuelve de una puntada cuando alzo a mi perra que, de un salto, ha tratado de entrar por la ventana y ha quedado encajada en la reja. Dejo que busque el rincón de la casa donde se sienta mejor. Todos los perros del barrio aúllan. Pirotecnia: fuera de mi comprensión. En la casa de la esquina un bebé llora a gritos. Seguramente también está asustado.


Viernes 25 de diciembre

Un silencio fresco en el momento en que amanece.
Las noticias de ayer dicen que Chicha Mariani encontró a su nieta. Clara Anahí. Una alegría luminosa.

Sábado 26 de diciembre

La noticia del 24 se deshace. Chicha Mariani aún no ha recuperado a su nieta. A aquella alegría le sigue una tristeza turbia.
Nunca dejo de pensar cómo será el día en que podamos festejar el encuentro de Sonia Torres con su nieto.


Domingo 27 de diciembre

Hago malabares para acomodar los nuevos horarios de trabajo. Dibujo en una fichita de cartón un cuadro donde voy acomodando las clases, los talleres, las capacitaciones.
Equilibrio de una monotributista que, cada diciembre, mira el cielo a ver si viene tormenta. En algunos diciembres con más zozobra que en otros.
En Unquillo, el Concejo Deliberante se reúne. ¿Un domingo? Sí, un domingo. Hay grupos de vecinos que protestan. Intervención policial. La sesión se suspende.


Lunes 28 de diciembre

Voy a la radio a trabajar. Cada lunes, hago una columna sobre libros. Llevo mi ejemplar de La casa de los conejos , de Laura Alcoba. La historia de una niña viviendo en la casa de la que secuestraron a Clara Anahí. Siento que esa novela debería encontrar algún lector entre los oyentes. La sorteamos.
Ya volviendo a casa, oigo los mensajes de aquellos que quieren el libro. Una mujer llama desde un pueblo de las Sierras. Explica por qué le gustaría leer a Alcoba. En dos o tres frases cuenta algo de su vida. Dice la palabra “dictadura”, dice que perdió a su marido, dice que llegó a ese pueblo de Córdoba buscando “una paz difícil de conseguir”.
No sé transmitir hasta qué punto me conmueve ese llamado. Esa voz detona un recuerdo: hace unos días, un amigo que vive en Inglaterra me contó algo de su adolescencia en la década de 1970. Una aventura, una excursión a unas barrancas que había en un barrio del norte de Córdoba. Él y otros chicos llegando a una casa abandonada. Sobre la mesa, un plato servido. Los rastros de lo cotidiano interrumpidos por el horror. La postal de cómo es desaparecer en medio de la vida de todos los días. Cuando me cuenta eso, nos quedamos un rato en silencio.
Nos vemos una vez al año. Cada diciembre, compartimos una tarde de mate. Después él vuelve a su laboratorio en la ciudad de York y yo espero el próximo encuentro.


Martes 29 
de diciembre

Llegan de visita unas amigas de Corrientes. Una de ellas cuenta que el 24 de diciembre toda su familia fue a la casa de la abuela para sacar las cosas que podía llevarse el agua.
Su abuela hizo el gualicho que podía detener la crecida: se paró frente a la línea del agua y la señaló con su bastón.
Cuando oigo eso pienso en las imágenes infantiles de Moisés haciendo un gesto para abrir el Mar Rojo. Un rato después de ese ritual, la abuela brinda y dice que el río ha venido a visitarlos para Navidad.
Pasamos parte del día tomando mate, compartiendo cigarrillos, charlando.
Hablamos del año, de lo que ha traído, de lo que se ha llevado.
Una de mis amigas trabaja en el área de salud mental de un hospital. Hace unas semanas, llegó a la guardia una mujer que oía voces. Ella se quedó varias horas ofreciéndole alternativas hasta que se sintiera mejor. Escuchándola. En medio del relato, la mujer que ha llegado a la guardia dice una frase que brilla. La mujer dice: “falto a mi despertar”. “Falto a mi despertar”. Unos días después se tira de un puente.


Miércoles 30 de diciembre

Escucho la radio. Una catarata de decretos de necesidad y urgencia. Me acuerdo de mi profesora de Historia de la secundaria. Mercedes Albornoz. Una mujer mayor, un rostro bellísimo, rasgos indígenas. Una voz potente. Una dulzura firme, algo dura. Recuerdo sus clases con una nitidez inusitada. El peronismo. El artículo 14 bis, los derechos del trabajador. La división de poderes. Siempre decía que la Historia sólo sirve si nos ayuda a entender el presente.
En el noticiero dicen que ha llegado al país una nueva droga sintética. Una especialista habla de los riesgos físicos y las consecuencias psicológicas. Dice que, dado que esta droga produce un estado disociativo, uno no sabe si después “la mente vuelve a encajar en el cuerpo”. La frase me llama mucho la atención. Me pregunto si mi mente está “encajada” en mi cuerpo.


Jueves 31 de diciembre

Treinta mil evacuados en el Litoral.
Confirmado: 180 personas menos en la Municipalidad de Unquillo.
Recibimos el año nuevo con amigos. Pizzas, patio, vino y charla. A las 2.30, me acuesto.

Pienso en cómo lo público y lo privado se cruzan, siempre, para construir una vida. Pienso en aquellos versos de Theodore Roethke: “En una época oscura, el ojo empieza a ver”. Pienso en Rodolfo Kusch y su concepto de “estar siendo”. Estar presente, todo uno, en el lugar en el que está. Estar despierto. Estar vivo.

En unos días tengo que mandar la columna al diario. Me duermo pensando en las primeras líneas: “Lunes 21: Busco la nueva agenda. Debería pasar algunos datos”.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en la columna Días contados.
Ilustración de Gustavo Dagnino





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