domingo, 31 de enero de 2016

Peor el remedio que la enfermedad



Un equilibrio precario

Como ya conté en una crónica anterior, hace unos años tuve un accidente en moto. La principal consecuencia fueron tres huesos rotos. Pequeños, mínimos, tres huesos del pie derecho. El médico que me atendió en la ART quedó impresionado por lo que llamó una 
“inusual tolerancia al dolor”.

Tuvimos una discusión algo extraña en torno de la posibilidad de una operación. Él dijo: “Vamos a evaluar”. Yo dije: “No”. Él dijo: “Quizá sea indispensable”. Yo dije: “De ninguna manera”.

–Señora, usted no está capacitada para decidir esto por su cuenta.

–El pie, ¿de quién es?

–Suyo –dijo él, suspirando.

–¿Entonces?

–Que usted no está en condiciones de elegir. Si la operación es necesaria, vamos a tener que hacerla.

–Si usted me dice que la mejor opción es abrirme el pie con un cuchillo y meter ahí tornillos, clavos o cualquier otra cosa no proveniente de la naturaleza, le aviso ya mismo que me levanto y me voy.

–Lo de levantarse le va a costar bastante...

–Entonces me arrastro y me voy.

El médico y yo contenemos una sonrisa. Nos hemos tentado, pero no podemos dejarnos ir en esta incipiente camaradería, no debemos abandonar nuestros roles. Él debe recordarme que es quien va a decidir qué es lo mejor para mí. Yo debo demostrar que, más allá de mi insoportable tendencia a hacer chistes tontos, voy a mantenerme firme en mi posición: el pie es mío y yo hago con mi cuerpo lo que se me da la gana.

Él tose. Sale del consultorio con mi radiografía. Vuelve unos minutos después.

–Le tengo una buena noticia.

Tiene una sonrisa demasiado jubilosa para lo que está pasando. Yo ya sé de qué se trata. Internamente, está festejando haberse librado de otra larga discusión conmigo.

–No hay que operar.

Luego va a explicarme que no necesito yeso sino sólo una bota de plástico duro. Me llevan a una sala contigua, me van probando botas, hasta dar con una que me queda bien. Soy una especie de Cenicienta posapocalíptica.

El médico me dice dos cosas.

–Una: bajo ningún aspecto apoye el pie derecho. Si lo hace, alguno de los huesos puede desplazarse y deberíamos reconsiderar la necesidad de operar. Dos: no se quite la bota. Ni siquiera para dormir.

Me quedo pensando cómo voy a moverme si no tengo permitido apoyar el pie. La mente es misteriosa cuando se niega a ver. Uno de los enfermeros se acerca con unas muletas. Eso era lo que mi mente tardaba en percibir.

Tengo que doblarme en dos para que las muletas encajen. Son para un niño. O para alguien muy bajito. Mi 1,72 sufre hasta llegar a ese sostén. Me dicen que no hay otras. Me explican que debo ir a la ortopedia y retirar unas de mi tamaño.

Salgo de la ART con movimientos que deben sugerir un ataque de epilepsia. Ya me cuesta coordinar con el cuerpo en buen estado; ahora golpeo a la gente cuando levanto una muleta, me resbalo para un lado; todavía no descubro la lógica de apoyos complementarios que son el fundamento del uso de muletas. Me paro en la vereda y espero un taxi. Por suerte llega pronto.


Clases particulares

El taxista ha tenido la gentileza de pararse bien pegado al cordón. Tarda dos segundos en entender que posiblemente yo me rompa la cabeza tratando de subir. Uno a veces olvida que los movimientos cotidianos están compuestos de miles de etapas complejas que hacemos sin pensar. Yo acabo de descubrirlo en toda su potencia. Y el taxista, también. Baja del auto, se acerca, toma las muletas, me da un brazo, me ayuda a bajar la cabeza. Mientras me siento, pregunta:

-¿Se las acaban de dar?

Yo cabeceo diciendo que sí. Él ya está sentándose y ahora me mira por el espejo retrovisor.

-Ya se va acostumbrar –dice–. Lleva unos días.

Pregunta qué me pasó. Cuando le digo que un taxista me atropelló, prácticamente tiene lo que parece una apoplejía. Se pone bordó y larga una cantidad tan enorme de insultos, a una velocidad tan inusitada y con una pronunciación tan precisa de las che, las erre y las pe que me dan ganas de aplaudirlo de pie.

El eje de su discurso es lo mal que algunos hacen quedar al gremio de los taxistas. El chofer tiene una teoría que podría resumirse así: una chapa la compra cualquiera, pero no cualquiera es taxista. Taxista es una especie de título honorífico que se consigue con millones de gestos cotidianos. Por ejemplo: bajarse del coche para ayudarme a subir.

Tan ensimismado está con lo que dice que nos pasamos unas cuadras. Cuando se lo hago notar, me aclara que ya mismo detiene el reloj, que va a descontar las fichas, que fue sin mala intención, que no vaya yo a creer que esto ha sido deliberado. Lo tranquilizo. Veo que está muy preocupado por mi opinión sobre los taxistas, en especial después de que uno me llevó por delante y se fue sin ofrecer ayuda.

Damos una vuelta a la manzana para volver a la ortopedia. Otra vez se baja del auto para ayudarme, pero ahora, en lugar de ofrecerme el brazo, lo que me da es una clase práctica de movimientos.

–Saque una muleta. Así. Sosténgala con la mano. Agárrese la pierna. Ayúdela a salir. Gire la cintura, saque la otra pierna. Baje la cabeza. Impúlsese con la fuerza de sus abdominales, haga apoyo en la mano que sostiene la muleta. Así. Ahora enderece la cintura. Gire. Busque la otra muleta. Apóyela. Nunca se mueva si no tiene una pierna firme. Nunca haga dos movimientos juntos.

En un minuto estoy de pie, en la vereda. Voy a acordarme del taxista a lo largo de dos meses. Siempre el recuerdo trae incluida una especie de bendición para él y su familia. Mientras me dice algo más, un zorro gris hace sonar su silbato y el taxista me señala como diciendo: “¿No ve que la situación es particular?”

Al zorro gris parece no importarle mi proceso educativo y hace un gesto con la mano, algo que podría traducirse como: “Se va ya o le hago una boleta”.


Invisible a los ojos

He quedado sobre el cordón, al borde de la vereda, mirando la calle. De repente me siento infinitamente sola: el taxista no me explicó cuál es el procedimiento para girar sin caer. La gente pasa y me mira. Como si pensaran: “Qué rara esa señora, qué movimientos más extraños”. Algo que se va a repetir: a la gente, en general, le importa muy poco que no puedas caminar, que uses muletas, que estés en silla de ruedas. En general, reaccionan como diciendo: “Ay, sí, qué triste, pero no es mi problema”.

Me doy por vencida. Hay una señora en la parada del colectivo. Hace rato que me mira, pero cada vez que pongo mis ojos en ella, desvía la mirada. La llamo. Se hace la distraída. Apenas vislumbro algo que antes sólo comprendía de lejos: lo difícil que debe ser la vida cotidiana para alguien que necesita pedir ayuda a desconocidos.

Finalmente, me mira como si acabara de notarme. Y, sin embargo, hace 10 minutos que estoy haciendo una torsión de cintura digna de una bailarina árabe. Se acerca. Le pido que sostenga una muleta y, ahora sí, por fin, puedo darme vuelta.

Agradezco, encaro la puerta de la ortopedia y ahí están. Cuatro escalones. Cuatro. ¿A qué genio se le ocurrió habilitar una ortopedia en un local con escalones? A un lado, hay una rampa. Un metro y medio con una inclinación de 45 grados. Algo digno de un levantador de pesas. Si en una superficie horizontal me cuesta mantener el equilibrio, en una inclinada la catástrofe es prácticamente inevitable. Enfrento las escaleras. Y lo logro. Después de 10 minutos, con miradas aterrorizadas a la superficie de mármol de los escalones y a la goma gastada de las muletas.

Nuevo desafío: la puerta es pesadísima. Otra genialidad del que habilitó el local. Como si las personas que no pueden moverse fácilmente fueran condenadas a estar siempre acompañadas y debieran resignarse a ceder su autonomía.

Tengo una pierna doblada hacia atrás, estoy inclinada para poder encajar en las muletas y, por un misterio de la física, tengo que balancearme para no caer hacia adelante. En esas condiciones, es muy difícil abrir una puerta. Golpeo apenas el vidrio y sonrío. Un empleado se apiada y viene a abrirme. Le doy el papel, me mira de arriba a abajo y pregunta:

–¿Por qué le dieron esas muletas?

–No había otras. Era sólo para llegar hasta aquí. Ahora tengo que devolverlas.

No estoy segura, pero juraría que ha sonreído y no con esas sonrisas amables. Más bien, una de las maliciosas. Quizá él sí sabe lo que implica haberme dejado a solas con unas muletas que apenas me sobrepasan la cintura.

Busca otras. Me las entrega, me hace firmar un papel y se va a atender a una señora que acaba de entrar. Ahora hay que girar, abrir la puerta, bajar los escalones y llegar hasta la vereda.

Pero con el hermoso agregado de usar las muletas nuevas y llevar las viejas encajadas bajo el brazo. Cuando termino, me siento una atleta de alto rendimiento. Alguien listo para competir por una medalla olímpica.


Un misterio resuelto

Paro un taxi. Este chofer parece el negativo moral del que me trajo. Mientras yo lucho por entrar al auto, él resopla como un toro, dejándome saber que estoy haciéndole perder el tiempo. Cuando le digo adónde vamos, contesta:

–Si hubiera sabido, no la levanto, son unas cuadras.

–Se imaginará que para mí unas cuadras significan lo mismo que mil kilómetros...

Resopla otra vez.

Al llegar a la ART, le pido que me espere un minuto. Me dice que no puede perder otros clientes. Le digo que esta vez voy bastante más lejos, le doy la dirección. Me dice:

–A mí lo que me conviene es la bajada de bandera.

Le contesto con una frase de la que no me enorgullezco, pero que era claramente inevitable. La frase comenzaba diciendo “Lo que a vos te conviene es...”

Entro a la ART, entrego las muletas viejas. El muchacho que me vio antes, mira las nuevas y dice:

–Estas están bien.

Voy a recordar perfectamente esa frase, porque una semana después –siete largos días de dolor de espalda, de brazos, de manos, además del esperable dolor en el pie–, cuando vaya a la consulta de control, apenas el médico me vea entrar va a preguntar:

–¿Por qué las usa así?

–¿Así cómo?

–Así –dice mientras afloja una tuerca y estira la madera alargando las muletas.

Me las da. Son perfectas. Por fin las reconozco como un instrumento que sirve para ayudar y no como una herramienta de tortura.



Eugenia Almeida

Ilustración: Juan Delfini
Publicado originalmente en Días contados 

La voz del Interior

2 comentarios:

  1. Excelente y divertido texto, Euge. De alguien que usó muletas y luego bastón y recién allí entendió por qué lo/as rengo/as tienen a flor de labios el insulto cuando son atropellado/as, sin miramientos, por su dificultoso andar. Abrazos. Lalatia.

    ResponderEliminar
  2. me encantò esa prosa tan àgil , compleja y divertida!!!

    ResponderEliminar