domingo, 28 de febrero de 2016

La distancia entre lo que está y lo que se ha ido




Irrepetibles

Desde que dejé de fumar tengo sueños muy extraños. Muy vívidos y, en casi todos sus aspectos,  verosímiles. No hay esos pases en los que alguien es una persona y luego otra o esas grietas en las que se viaja en el tiempo o el espacio. No hay transformaciones inesperadas, metáforas a gran escala, disfraces, máscaras, cosas que dicen todo el tiempo “atención, significo otra cosa”. No. Desde que dejé de fumar sueño lo posible. O casi. 

Cada madrugada, cerca de las cuatro y media, me despierto y tengo que quedarme un rato quieta, tratando de averiguar si eso que acabo de ver era un sueño, si estoy soñando todavía, si acabo de soñar que me despierto.

Anteayer soñé con un amigo. Mario. Un amigo que murió la víspera de Nochebuena de 1996. He soñado muchas veces con gente que ha muerto. Muchas, muchas veces. Lo inquietante esta vez no estuvo en el sueño sino en la vigilia. Durante casi una hora una parte de mí estuvo convencida de que Mario estaba vivo. O que yo estaba muerta. O que existe un territorio intermedio. Quién sabe qué fue. No sería exacto decir que soñé con él. Aunque sé que esas son las palabras que debería usar en una crónica en el diario. Digamos, entonces, “anteayer soñé con un amigo”. Pero dejemos asentado que ese verbo no es totalmente adecuado.

Así son los sueños desde que dejé de fumar. Cuando duermo y cuando estoy despierta, las cosas parecen girar en torno a la distancia que existe entre lo que está y lo que se ha ido. 
Pienso en esos juegos que algunos adultos hacen con los bebés. Aquello de “está / no está”. Una rutina de mostrar y esconder (¿de perder y recuperar?) que, por alguna razón, resulta estimulante para muchos niños. Se ríen, festejan. ¿Qué es lo que les llama la atención? ¿Es sólo el hecho de que alguien juegue con ellos? ¿O hay algo en esa dinámica que nos sacude por dentro? Dice la filósofa francesa Simone Weil que la presencia de un muerto es imaginaria “pero su ausencia es muy real” porque ese es ahora “su modo de aparecer”.

Lo que hemos tenido, lo que hemos perdido. La añoranza y ese extraño equilibrio de recobrar en los sueños (o en el juego o en la escritura o en el ejercicio de la fe) lo que alguna vez tuvimos. Lo que nos fue dado. 

Pienso en Mario. Y en su forma de reírse. Eso es lo que me recuerda: las cosas son únicas. Irrepetibles. No importa qué diga la línea de producción de una cabeza embrutecida para ser  funcional. Las cosas son únicas. Por eso en estos días mis sueños son raros. No hay metáfora. Lo que es, es lo que es. Mario es Mario. No puede transformarse en nadie. Es él, incluso hoy. 


Ausencias, presencias, ausencias, presencias

Hace unos meses me regalaron una perra. Es difícil decir cuánta alegría trajo a mi vida. Los primeros días fueron raros. Ella acababa de mudarse, yo trataba de acostumbrarme a esa nueva compañía después de dieciséis años compartidos con otra perra que murió en diciembre de 2014. Son absolutamente diferentes. En el aspecto, en el carácter, en los juegos. Esa diferencia ha hecho más sencillo aceptar la ausencia de una y no atarla a la presencia de la otra. 

Voy a la veterinaria. Vemos el plan de vacunas con una de las doctoras. A la tarde vuelvo con una consulta y otra doctora busca mi ficha en su archivo. Saca un papel, mira a mi perra (negrísima), me mira a mí y dice “No es Colores”. No. No es Colores. Quién sabe por qué, la ficha de la perra que me acompañó dieciséis años todavía está ahí. Hay un segundo de zozobra. La doctora deja a un lado, en el escritorio, los papeles de Colores. Anota algo en un cuaderno. Responde a mis preguntas con la calidez de siempre. Me voy con la sensación de que hay algo en esa ausencia que se está desprendiendo. Seguramente van a romper ese papel. Ya no sirve. Sé bien qué puede pasar con las cosas que deja una persona cuando muere; los infinitos modos que hay de reaccionar ante una herencia, las minucias que a veces uno quiere guardar. Me pregunto qué pasa con los papeles administrativos. No los que tienen los deudos sino los que están en alguna de las oficinas en las que se asientan nuestros datos. ¿Cuánto tiempo se guardan? ¿Dónde quedan? 
Unos doce años después de la muerte de mi madre encontré su nombre en un padrón electoral. 

Ayer envié un mail a muchos destinatarios. Era información sobre una actividad cultural. Abrí mi lista de contactos y fui buscando, una a una, las personas a las que creía que esa invitación podía interesarles. Mis ojos pasaron por los nombres de cuatro amigos que ya han muerto. Me pregunté qué hacer. ¿Borrar esas direcciones de email? Ahí están. Los dueños de la ausencia que los mantiene aquí.

Alguien me comenta que existen cuentas, en Facebook, que funcionan como memoriales. Los perfiles de aquellas personas que han muerto. Algún ser querido tiene que pedir a la compañía que transformen ese perfil en un memorial. Parece que es algo que todos saben. Yo nunca había oído hablar de eso. 


Datos, intimidad, identidad y réplicas

Finalmente, todo se trata de la experiencia. De lo que efectivamente hemos vivido. Pienso en cosas extrañas de un modo extraño. Otro de los efectos de no fumar. Mi mente tiene un paso desconocido. Mío, pero nuevo. Y se me ocurren cosas como estas mientras desayuno. ¿Cómo se construye la experiencia? ¿Cómo juegan en eso presencias y ausencias? ¿De qué estamos hechos? ¿Qué dicen de nosotros nuestros datos? 

Hace unos meses, en una capacitación, un especialista en informática nos dijo que según un estudio de 2013, el 90% de los datos digitales existentes se recopilaron ente 2011 y 2013. Vivimos una creciente acumulación de datos. Pero no se trata de cualquier tipo de datos. Son datos recientes. Hay muchísima información (indispensable históricamente) que no forma parte de esa utopía ingenua que dice que ahora podemos acceder a “todo”.

La supuesta accesibilidad. Algunos no acceden a nada. Otros se intoxican. Los especialistas hablan de “infoxicación”. Personas atragantadas por un cúmulo inmanejable de información que no se puede sistematizar ni analizar. Asfixia. Hacernos creer que si no estamos conectados no tenemos existencia real. Asfixia. Dicen en la capacitación: “ansiedad, soledad, pérdida de identidad”. 

Pregunta el especialista: “Las aplicaciones que bajamos a nuestros dispositivos… ¿por qué son gratuitas?” Pregunta básica. Sin embargo, muchos de los presentes (casi todos profesionales y docentes) se sorprenden. “¿Cómo que se quedan con nuestros datos?” “¿Y para qué podrían quererlos?” “¿Para vendérselos?” “¿A quién?” El especialista dedica unos diez minutos a explicar algunos conceptos básicos del Capitalismo. Qué es una mercancía. Cómo se ha logrado que millones de personas entreguen sus datos como moneda de pago. Cómo esos datos se vuelven mercancía que ciertas  compañías venden a otras. Uno de los asistentes a la capacitación dice: “pero yo no tengo nada que esconder; entonces las aplicaciones me salen gratis.” Y comienza el debate. La intimidad, para muchos, parece haberse reducido a “algo vergonzoso que es necesario ocultar”. Siento un escalofrío. Pienso en una novela de Milan Kundera en la que el autor checo decía que cuando una conversación privada se vuelve pública sin que sus protagonistas lo hayan decidido, el mundo entero se transforma en un campo de concentración.

Pienso cómo se relacionan intimidad y experiencia. Cómo llegamos a nuestra singularidad justamente por la infinita cantidad de cosas que pertenecen al ámbito de lo íntimo. Ese territorio personalísimo.

En la capacitación nos dicen que si consideráramos a cada usuario de Facebook como un habitante, esa red social representaría el tercer país más poblado del mundo. Millones de usuarios. No todos suben la misma cantidad de información (no todos “pagan” con la misma cantidad de intimidad). En el ranking de países que mayor cantidad de datos suben a Facebook, Argentina ocupa el segundo lugar. Pienso en miles de computadoras, teléfonos, tablets, titilando con sus luces en la oscuridad de las ciudades, cuerpos inclinados sobre pantallas, agregando datos a una inmensa nube que ni es nube ni está en el cielo, aun si la gente insiste en decir que “sube” archivos a la red. El paraíso de los católicos, al menos en los cuentos infantiles, también participa de ese paradigma de “algo comunitario y extraordinario allá arriba”. Uno de los especialistas en la capacitación dice que, en realidad, la nube implica la pérdida de control sobre los propios archivos. 

Dice el especialista que en nuestro país, el 80% de las personas que acceden a internet tienen al menos un perfil en Facebook. Hace años vi un hermoso chiste de Daniel Paz publicado en la serie “F.Mérides Truchas”, en el diario Página 12. La viñeta mostraba un grupo de personas reunidas. Eran representantes de diversos servicios de inteligencia. Uno de ellos preguntaba algo así como “¿Qué podemos hacer para que la gente, voluntariamente, nos diga quién es, dónde vive, dónde está, qué hace y qué opina?”. Abajo se leía: “El día en que inventaron Facebook”. Busco en la red aquel chiste para corroborar que mi memoria no esté fallando. No lo encuentro. Infoxicación. Miles de páginas que no son lo que busco. Pero encuentro una nota cuyo título es “El holograma de una famosa cantante taiwanesa fallecida dará una gira virtual por China.” Vuelvo a leer. No hay error. Eso es lo que dice. Teresa Teng, muerta en 1995 cuando tenía 42 años. Una de las artistas más importantes en China y Taiwán. Una  compañía estadunidense, Digital Domain, ha desarrollado un holograma de la cantante. Ya ha dado un concierto en Taipéi.  Según dice la nota, para “recrear” a Teng “se usaron miles de vídeos de sus actuaciones y también otros tomados a una fiel imitadora de la artista, para poder captar expresiones lo más humanas posibles.” 

Imagino a miles de ciudadanos chinos reservando por internet las entradas para el concierto que dará la imagen duplicada y virtual de una persona ausente. La repetición de algo. Algo que no está y que se trastoca por otra cosa. No es un fantasma. Un fantasma es único. Un holograma es repetición. Réplica. Prefiero los sueños que tengo desde que dejé de fumar. Aquellos en los que cada cosa, cada gesto, cada nombre es singular. Irrepetible.


 Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días contados
La voz del interior




1 comentario:

  1. Voy a usar una metáfora remanida: como el iceberg,un texto fácil y bello de leer en su superficie con profunda masa de reflexión sumergida para pensar. Un abrazo y un gracias. O sea, como siempre!

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