viernes, 18 de marzo de 2016

Palabras clave






Migraciones

Todavía no estoy segura de cómo llegué hasta aquí. Es un cuarto cerrado, sin ventanas, con una luz artificial que desorienta. Un hombre me hace preguntas que tardo en comprender.

Dos horas antes estaba en el aeropuerto de Madrid, a punto de embarcar hacia Portugal. La felicidad era absoluta: invitada a un congreso de literatura en una  ciudad al borde del mar.

Cuando el avión llegó a Portugal yo tenía el típico dolor de cabeza de los viajes cortos. Creo que eso colaboró con la sensación de estar viviendo un sueño en el que algunos encadenamientos lógicos desaparecían.

Me quedé parada al lado de la cinta transportadora. La gente iba levantando su equipaje y cada vez éramos menos. Me preocupaba la demora, afuera me esperaba alguien enviado por los organizadores del congreso. Se hacía tarde.Finalmente, mi pequeña valija roja apareció en la cinta.

Alcancé a los últimos pasajeros que iban hacia el control de aduana. El hombre que caminaba delante de mí hizo saltar las alarmas del detector de metales. Tres policías se acercaron corriendo. Una señora gritaba “¡tiene marcapasos, es mi esposo, tiene marcapasos!”. La mujer buscó un papel en su cartera y lo entregó a los oficiales.

Cuando pasé yo, el sensor de metales no sonó pero un policía se acercó, me pidió el pasaporte, lo miró y me ordenó que lo acompañara.

Caminamos unos pasos y nos quedamos en medio de un pasillo. Desde el fondo venían caminando cuatro policías más. Tuve la sensación de que todos estaban pendientes de mí. 

En ese momento me di cuenta de que el policía aún no me había devuelto el pasaporte.Lo noté porque él golpeaba la palma de su mano con mi documento. El dolor de cabeza había desaparecido pero empezaba a sentir zozobra. Una lenta opresión en el pecho; una sombra por dentro.

Respiré hondo. Seguramente era un control de rutina. Con la voz más serena que pude, estiré la mano y dije:
–Mi pasaporte, por favor.

Él desprendió el botón del bolsillo de su camisa y lo guardó. Cuando vi como sus dedos cerraban el botón con una leve presión sentí que, definitivamente, algo estaba mal.

Los cuatro policías que venían caminando nos alcanzaron y el oficial que estaba conmigo le entregó el pasaporte a uno de ellos.

–Señora, le voy a pedir que me acompañe.

Pensé que si protestaba todo podía complicarse. Me atuve a la lógica ingenua de “mientras más colabore, más tranquilos van a estar, más fácil va a solucionarse lo que sea que esté pasando”.

Caminamos por un pasillo larguísimo. Atrás, como una especie de escolta de seguridad, venían los otros tres oficiales. Giré apenas la cabeza para verlos y uno de ellos hizo un movimiento brusco. Tuve la sensación de que había llevado la mano a la cadera y que había rozado la culata de un arma. Pero no estoy segura. La única certeza era que me consideraban su presa y que el hombre que caminaba conmigo era el jefe.

Casi sobre el final del pasillo había una puerta abierta. Me indicaron que esperara ahí. Una mesa. Unas sillas. Sin ventanas, con una luz potente que venía de un tubo en el techo.

Me quedé de pie, sola, después de que la puerta se cerró. Miré la hora. Esperé, esperé, esperé. Me resistía a sentarme. No sé por qué, se me ocurrió que cuando el oficial volviera era mejor que yo estuviera de pie. Mi valija estaba sobre la mesa.

Unos diez minutos después llegó el hombre al que le habían dado mi pasaporte. Se sentó, hizo un gesto con la mano señalando una de las sillas.Me senté.

–¿Qué la trae a Portugal?

Preguntas

Empiezo a explicarle, en español, que soy escritora y que he sido invitada a un congreso de literatura. Le pregunto si puedo sacar de mi mochila unos papeles. Se pone de pie. Dice que sí. El sólo hecho de que él esté de pie mientras yo sigo sentada es amedrentador. Pero ¿qué puedo hacer? ¿Pararme yo también? Busco la carpeta que he presentado en la oficina de Migraciones de Madrid. Fotocopias de la carta de invitación, fotocopias del programa donde consta mi participación. Se la entrego. Apenas la mira. La deja sobre la mesa.

–¿Y qué la trae a Portugal?

Creo no haber entendido. El acento de los portugueses no se parece en nada al de los brasileros.

–¿Perdón?

–¿Qué la trae a Portugal?

Es un diálogo de sordos. Sonrío. Es la sonrisa desesperada del que descubre que no conoce las reglas del juego. Señalo la carpeta.

–Esto ya me lo mostró. Usted ¿por qué viene?

Digo algo confuso. Que el intercambio con los colegas, que el encuentro con los lectores, que la posibilidad de visitar Portugal.

Su cara es imperturbable. Hay un silencio. Todo detenido.

–¿Y qué escribe?

–Novelas.

–¿De qué?

“¿Novelas de qué?” Ni siquiera entiendo el significado de la pregunta.

El hombre me pide que le cuente el argumento de alguna de mis novelas. De repente el tono es casi amable. Me desconcierta. ¿Qué hacemos en este cuarto? ¿Qué quiere averiguar?

Trato de explicarle en dos o tres frases de qué trata mi primera novela. Entre las cosas que digo está la palabra “dictadura”.

Él la repite:

–Dictadura…

Le pregunto por qué estamos ahí.

Levanta la mano, con el mismo gesto que un adulto le hace a un niño para que se calle.

Insisto. Le digo que afuera hay alguien enviado por los organizadores del congreso y que si no salgo va a preocuparse. Que necesito avisarle que estoy ahí.

El policía me pregunta el nombre y el apellido de la persona que me espera. Le digo que no lo sé.

Silencio.

Él pregunta cómo pensaba reconocer a esa persona. Le digo que lo habitual es usar un cartel con el apellido del pasajero que se espera.

–Almeida –dice él.

–Sí.

–Almeida es un apellido muy común en Portugal…

Vuelvo a apoyar la mano sobre la fotocopia del programa.

–¿Por qué un congreso de literatura en Portugal invita a una escritora argentina?

Es el tipo de preguntas que me desconciertan. Le digo que lo mejor sería que él llame por teléfono a los responsables del congreso.

Se pone de pie. Señala mi valija. Toma entre sus dedos el candado que cuelga a un costado del cierre. Busco la llave en mi mochila.

Ropa, libros, cigarrillos. Eso es todo. Un viaje de cuatro días.

–¿Dónde escribe?

La pregunta es tan amplia que es imposible dar con la respuesta correcta.

–Donde puedo.

El policía me mira con fastidio.

–¿Dónde está su computadora?

–No tengo.

–¿Y dónde escribe?

Busco en la mochila mi cuaderno.

–En esto.

Él abre el cuaderno y va pasando las hojas como si acabara de descubrir una herramienta primitiva.

Lo deja sobre la mesa. Mueve apenas la ropa, recorriendo el contenido de la valija como si buscara algo en especial.


Idiomas

–¿Lleva algún arma?

–¿Un arma?

–Sí.

–No, claro que no.

–Ajá.

Silencio. Su mano sigue moviéndose entre mis cosas.

–Pero la escritura es un arma.

–¿Perdón?

–¿Usted no cree que la escritura es un arma?

No logro descifrar si la frase es una ironía o si ha sido una verdadera pregunta.

Me duele la nuca. Pregunto qué es lo que pasa, por qué estoy ahí. Quiero irme.No sé qué está buscando. Mientras hablo, él saca de mi valija un pequeño libro cuyo título resalta en letras rojas: “¿Quiere usted saber portugués en diez días?”

–¿Usted cree que puede aprender la lengua portuguesa en diez días?

Digo que no, que el título es engañoso, que sólo trataba de aprender algunas frases.

–¿Cómo cuáles?–pregunta él.

Estoy bordeando la desesperación.

–Frases comunes, cotidianas.

–¿Por ejemplo?

Tengo una sola frase en la cabeza. Con la voz quebrada digo:

–“Tive muito prazer em conhecê-lo”.

El hombre arrastra su silla hasta quedar muy cerca de mí. Abre el libro en una página determinada.

–A ver –dice–. Lea esto.

Su dedo índice señala una oración. No soporto estar un minuto más en este cuarto sin ventanas. Necesito fumar un cigarrillo. Necesito salir.Tengo un mínimo arrebato de valentía y digo que, en mi país, cuando uno es detenido tiene derecho a hacer una llamada telefónica.

El hombre sonríe por primera vez.

–En Portugal también. Pero usted no está detenida. Estamos conversando. Lea.

El dedo vuelve a señalar una frase.

–Lea.

–“Senhor, quere fazer o favor de despachar a mina bagagem?”

–No. Eso no se pronuncia así. Lea.

Vuelvo a leer la frase. Él corrige la pronunciación de la palabra “despachar”. Me mira y hace un gesto con el mentón. Yo repito la palabra tratando de imitarlo.

–No compre estos libros. La lengua portuguesa no se aprende en diez días.

Se pone de pie. Con voz seca, dice:

–Puede guardar sus cosas.

Meto todo en la valija lo más rápidamente posible. Él me mira hacer. Abre la puerta y me invita a pasar. Camino. Como en esas escenas estereotipadas de las películas de terror, oigo que a mis espaldas el hombre grita:

–¡Señora Almeida!

Me doy vuelta. Tiene algo en la mano.

–Su pasaporte.

Hago unos pasos, lo recibo y, sin saber por qué–nunca sabré por qué– digo:

–Gracias.

Cuando voy atravesando puertas, algo del aire me despeja. Llego a la sala de arribos. Hay sólo dos mujeres. Una de ellas tiene un papel en la mano. Alcanzo a leer “EIDA”. Me acerco.

Ya en el auto, de camino a la ciudad en la que se hace el congreso, me dicen que estaban a punto de irse, que creían que había perdido el vuelo.Preguntan por qué tardé tanto en salir. Les cuento lo que pasó. Veo que cruzan una mirada.

–Cocaína –dice una de ellas–. Hace una semana descubrieron un cargamento importante. Los pasajeros eran argentinos.

Supongo que el único motivo para demorarme era mi país de origen. Sin embargo, hubo algo más –algo difícil de explicar– en esa conversación extraña que planteó aquel policía en ese cuarto sin ventanas.Muchas veces me acuerdo de él. Del dedo índice que señalaba una frase en un libro y de su voz diciendo: “lea”. No hay nada más inquietante que ser sospechoso de algo que uno desconoce.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en "Días contados" - La voz del Interior
Ilustración : Juan Delfini




4 comentarios:

  1. Me gusta mucho seguir estos días contados. Muchas gracias a vos, porque, yo no compro La Voz y el día contado de hoy contagia absolutamente la angustia vivida por la protagonista. Un abrazo! Isabel

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  2. Quedé atrapada en las primeras frases. Las oraciones ambientaban un salón de diminutas dimensiones pero con grandes palpitaciones. Hace poco que me atrevo a explorar nuevas letras encuadernadas (más allá de las que me ayudan a estudiar y rendir) y me sugirieron su nombre. YA TENGO EN SEÑALADOR DIRIGIDO A SUS LIBROS! Me atrapó! EXCELENTE!

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  3. Muchas gracias, Eliana. Ojalá sigamos encontrándonos en la lectura.

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