domingo, 17 de abril de 2016

El misterio del otro





¿Cómo se construye una entrevista? ¿Es una conversación o la puesta en escena de una conversación? ¿Cuánto de lo que sucede allí puede reflejarse? ¿Cómo prepararse? ¿De qué modo juegan los interlocutores? ¿Qué hace falta para lograr que algo único suceda?

En estos días, las preguntas resurgen mientras leo Las mil caras del autor, el libro en el que Paula Varsavsky presenta sus conversaciones con escritores estadounidenses y británicos. Y no se trata sólo de conversaciones, sino de la meticulosa reconstrucción de cada encuentro. Despachos universitarios, habitaciones en casas con jardines donde cae la nieve, mesas en restaurantes, rincones en un café.

Esa lectura me lleva a buscar otros libros en mi biblioteca. Aparece Danubio Torres Fierro y sus entrevistas a escritores latinoamericanos en Memoria plural. Voy recorriendo páginas y recupero las voces de José Bianco, Alberto Girri, Manuel Puig, el relato de Guillermo Cabrera Infante contando cómo su abuelo mató a su abuela, y la espléndida Olga Orozco hablando con la misma belleza y profundidad que usaba para construir un poema.

Los libros de entrevistas se van apilando en mi escritorio. Hojeo. Cuando me doy cuenta, han pasado dos horas.

Primera persona, en el que Graciela Speranza entrevista a 15 narradores, entre los que están Héctor Tizón, Fogwill, Osvaldo Soriano, Ricardo Piglia y Alberto Laiseca. Silvia Hopenhayn y sus conversaciones con 16 escritores argentinos en torno de las Ficciones en democracia.

Dos títulos de la colección “Grandes reportajes”: Los libros de los argentinos, de Alejandro Margulis, y Voces de la cultura argentina, de Cristina Mucci. Mona Moncalvillo y su Entrelíneas. Liliana Heker y los Diálogos sobre la vida y la muerte. Alberto Catena charla con 12 artistas en Puertas entreabiertas.

Las Confesiones de escritores que, en diversos tomos, recopilan algunos de los reportajes de la revista The Paris Review. Rodolfo Braceli y el libro Escritores descalzos, una colección de lo que el autor llama “azares conversados o conversaciones”; Braceli y su búsqueda de “alumbrar el fenómeno literario hablando lo menos posible de literatura”, guiado por la convicción de que “con la entrega del entrevistador, es posible conseguir otra clase de entrega del entrevistado”.

Y en esa pila de libros, mi preferido: un volumen finito que compro para regalar cada vez que lo veo. Una tapa blanca con el dibujo de una lechuza parada sobre un reloj de arena. Retazos de la memoria. Reportajes en Buenos Aires, de María Esther Gilio. A cualquiera que quiera saber qué es una entrevista, habría que entregarle, en perfecto silencio, ese libro.


Un salto sin red

En el artículo “Hacia una poética del reportaje”, Rodolfo Braceli reflexiona sobre el arte de la entrevista. Las primeras frases guardan la clave de su trabajo: “Todo reportaje que se precie es sin red. Un salto hacia el misterio del otro”.

Me hubiera gustado leer ese texto antes de hacer mi primera entrevista. Debo de haber hecho otras antes, más informales, más centradas en el objetivo de obtener información, conversaciones como fuentes de datos y no como un objetivo en sí. Pero la primera que recuerdo es una en la que comencé con un tropiezo. Un aprendizaje rápido de lo que nunca hay que hacer, impartido por el personaje más impertérrito que me tocó entrevistar. Un día congelado en mi memoria.

Es la década de 1990. Entramos al cineclub El Ángel Azul. Una chica nos pregunta qué queremos. Somos cuatro o cinco estudiantes de primer año de Ciencias de la Información. Tenemos que hacer un trabajo práctico; una entrevista a Daniel Salzano.

La chica nos hace pasar a una sala. Nos sentamos. Salzano nos saluda con una seriedad infinita. No sé por qué, pienso que lo estamos molestando, que le estamos quitando tiempo, que él está a disgusto.

Eso hace que me precipite, prenda el grabador y tire la primera pregunta. Salzano estira la mano, apaga el grabador, el ruido de la tecla que salta rompe un silencio de miedo, su voz grave dice: “No, no, no, empezaste muy muy muy mal”.

Siento un latigazo de frío. Él está tan serio que tengo la sensación de que nunca en su vida ha sonreído. Me mira. Mis compañeros me miran. Claramente lo hice mal. Lo que no puedo imaginar es cómo vamos a salir de esto. Silencio. Salzano resopla. Después dice: “No podés entrevistar a alguien así. Llegás, saludás, conversás un poco, vas charlando y, cuando la cosa marcha, prendés el grabador. De a poco”.

Miro la madera de la mesa como si tuviera cinco años y me hubieran puesto en penitencia. Cuesta remontar. Me siento un gato que acaba de ser apaleado.

Salzano –siempre inmutable, siempre dueño de una seriedad pasmosa– hace algún comentario sobre sus propias torpezas y el clima se afloja. Salgo de ahí pensando que aprendí más de esa llamada de atención que de todos los manuales de periodismo que he leído en la facultad.


El tiempo es veloz

Muchos años después, en 2013, recibo una llamada del diario. Generalmente colaboro comentando libros. Ahora, mi editor me propone hacer una entrevista. Ricardo Piglia acaba de publicar El camino de Ida. Leo la novela esa noche, releo algunos de sus libros anteriores.

Mi editor me pregunta si tengo la tecnología necesaria para grabar desde casa una conversación telefónica. Miro el doble casetera que está al lado de mi escritorio y digo que no. Me ofrece usar las instalaciones del diario.

Hay algunos boxes desde los que puedo hacer la llamada, un colega me va a prestar un grabador digital. Por las dudas, llevo mi viejo grabador periodista. Dos pilas chicas y un casete. Me pregunto si todavía se venden casetes. En mi casa, tengo tres de 90 minutos. Llevo dos al diario.

He acordado por correo electrónico el horario de la llamada. Respiro hondo, marco el número. Hay que mencionar un detalle: detesto los teléfonos. Todos los que me conocen saben que es mejor enviarme un e-mail o un SMS.

No he logrado acostumbrarme a hablar por teléfono. Y ahora estoy a punto de tener una conversación. Con alguien a quien no conozco. Y tengo demasiadas expectativas: quiero hacer una buena entrevista (mi editor ha confiado en que puedo hacerlo); quiero que Piglia se sienta cómodo; quiero que los lectores se entusiasmen con el libro tanto como yo.

Agreguemos a eso las limitaciones personales ante los teléfonos y la mirada clavada en las rueditas del grabador, para ver si el casete gira o no. Suena una vez, suena dos veces, suena tres veces, responden. Digo mi nombre, explico quién soy. La voz de Piglia es extrañamente jovial y alegre.

Primera sorpresa. No sé por qué, lo había imaginado como alguien solemne. Voy por algunas preguntas que había planeado. Rápidamente la charla camina sola.

Hay un momento en el que olvido qué estoy haciendo en ese pequeño box : Piglia acaba de revelarme que lo que yo creía una invención (una persona que tiene un tiburón en su sótano) es un dato de la más estricta realidad. Me cuenta algunas cosas y nos quedamos charlando sobre el tráfico ilegal de tiburones y orcas en los Estados Unidos.

En algún momento he oído el ruido del casete que se acaba y lo he dado vuelta. El entrevistado se ríe, hace chistes, el tiempo pasa rápido. Le agradezco, nos saludamos, cuelgo.

Lo difícil llega después, cuando escucho la grabación disfrutando de las ocurrencias, el ingenio, la generosidad y la lucidez de Piglia y me enfrento al desafío de reflejar eso en 2.500 palabras. Lamento todo lo que ha quedado en el casete y no podrá llegar a los lectores. Al menos, no esta vez.


La experiencia fundamental

El mismo box en el diario. Seguimos en 2013. Ya hice varias entrevistas. Algunas más sencillas que otras; algunas más profundas que otras.

El teléfono suena. Espero que del otro lado atienda Mauricio Rosencof, que acaba de publicar su libro Diez minutos. Estoy algo nerviosa. No he dormido bien pensando en construir un equilibrio entre la necesidad de hablar del libro y, a la vez, conversar sobre la vida de Rosencof.

Tengo dudas sobre cómo abordar un tema tan delicado. El escritor uruguayo estuvo 11 años en un pozo. Literalmente: los militares que lo detuvieron lo tiraron en un pozo en el que se acostumbró a conversar con un balde.

La voz parece la de un chico de 20 años. Pero, al momento de la charla, Rosencof tiene 80. 80 años de una vida difícil e intensa. Seguramente él sólo avalaría uno de esos dos adjetivos.

Lo que voy a aprender conversando con él es algo que quizá nunca pueda dimensionar. Sólo sé que es enorme, que no tiene que ver con el periodismo y que tengo mucha suerte de que el trabajo me haya traído aquí, a este box , a esta siesta de verano, a este rincón donde veo un campo sembrado mientras una voz uruguaya me habla por teléfono y lo primero que dice es: “Esperame que me voy a sentar en un sillón así charlamos cómodos”.

Rosencof habla como si nos conociéramos desde siempre. Me cuenta algo de su amigo “el Pepe” y da por sentado que no hace falta aclarar que habla de José Mujica, el presidente de Uruguay en aquel momento.

Me dice que cada día trabaja como “un albañil de la memoria”. Me dice: “La vida es una fiesta. Con todas las copas que se rompen y los vidrios y las puñaladas y lo que quieras, pero no conocemos otra cosa mejor que esa”.

Rosencof es alguien que se ha asomado al horror. Ha estado bordeando la locura en esos lodazales adonde lo tiraron los militares. Y ha sabido conservar su alegría. Su entusiasmo. Eso me deslumbra.

Me pregunto qué milagro permite que entre nosotros haya gente como este hombre o como Estela de Carlotto. Me pregunto cómo transmitir esta sensación, cómo ser fiel a la emoción que Rosencof provoca. Cómo escribir para reflejar el tono en el que me dice que no, que no sintió la tentación de dejarse caer, que “el ser humano se prende a la vida como la hiedra al muro”.

Cuando responde, se ríe, me cuenta una anécdota, me insiste, me dice “piba”. Una y otra vez. Esa voz me enseña.

Pienso que las entrevistas, finalmente, son un encuentro. Y, como decía Ryszard Kapuscinski, “el encuentro con el Otro, con seres humanos diferentes, constituye desde siempre la experiencia fundamental y universal de nuestra especie”.

Pienso que tengo mucha suerte de que algo así sea parte de mi trabajo.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en "Días contados" 
La voz del Interior
Ilustración de Juan Delfini







2 comentarios:

  1. Hermoso articulo, Eugenia, te lo agradezco enormemente. Estoy por entrevistar a tres escritoras y tu texto me sirve de brujula. Y me pongo a buscar los libros que mencionas.

    Natalia Crespo

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    1. Mucha suerte con esas entrevistas, Natalia.

      Un abrazo

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