sábado, 4 de junio de 2016

El desapego es una manera de querernos - Selva Almada




Escenas de la vida familiar

Una niña y su primo. Un velorio. Los preparativos antes de ir al baile. Un accidente en la ruta. La llegada de un circo al pueblo. El asesinato de una chica. Un obrero que muere al caer de un poste. Una noticia que se comparte a la hora de la cena. Una empresa de energía eléctrica. Los trabajadores golondrinas. Un parador de camioneros. Un capataz herido, tirado en una cama, con una pierna deshecha. Un prostíbulo. Una cámara de fotos. Un acordeón. Un incendio. Un camión que transporta un cadáver. Una madre que espera a su hijo. Una fábrica procesadora de pollos. Una llamada desde un teléfono público. Un frigorífico. Un partido de futbol. Un regalo traído de lejos. Una mujer que fabrica piernas ortopédicas. Un padre y una hija devolviendo un pez al río. La vejez. La memoria que se va o que vuelve de una manera feroz. Un suicidio. Cartas y fotografías. Ausencias. Esperas. Vigilias. La muerte. Lo pequeño y lo desmesurado. El mundo, infinito, como una manta que puede cobijar o asfixiar. Las mentiras, los secretos, los viejos rencores, las cuentas pendientes. La trampa en la que nos encierra la mirada ajena.  

Todo eso se cruza en El desapego es una manera de querernos, el último libro de Selva Almada. Una colección de cuentos en los que el centro de gravedad parece ser la familia. Y la infancia, claro: esa enorme extensión de tiempo en la que somos absolutamente vulnerables a lo que nos ha tocado en suerte.

En una entrevista, Almada dijo: “Yo no creo en la familia. Me parece una institución tremenda: todos los abusos, las mentiras, la hipocresía se aprenden ahí, en esos primeros años, en el seno de algo que supuestamente tiene que cuidarte y llenarte de amor. Y no hablo de mi familia en particular, sino de la familia en general, de la familia argentina de clase media, los domingos en familia, lo primero es la familia… todo eso lo critico, lo pongo en cuestión, no me interesa como forma de vida, pero sí como materia de la ficción.”

Esa materia de ficción es el entramado en el que se construyen muchos de los cuentos de la escritora entrerriana. Algo hace eco y trae a la memoria la atmósfera de algunos relatos de Silvina Ocampo. Esa sombra siniestra presente en lo cotidiano, en la mirada extrañada ante lo que hasta hace un minuto nos resultaba familiar. Hay algo inquietante en los cuentos de Almada. Y así como recuerda a Ocampo, hay ciertos sonidos, ciertas opresiones, ciertas sombras que traen a Horacio Quiroga, a Haroldo Conti o a Joseph Conrad. Uno dice nombres como si diera coordenadas. Sólo mojones para hacer un boceto inicial del territorio. Ese territorio que tiene la marca de Selva Almada y que dibuja redes que la ponen en relación con otras escritoras contemporáneas como Samanta Schweblin, Alejandra Costamagna, Ester Cross o Fernanda García Lao.

La capacidad de Almada para retratar ambientes y paisajes es admirable. Con pocos elementos puede recrear en detalle la vida de un pueblo. Bailes, chacareros, trilladoras, tractores. Las calles y las bicicletas. Los televisores en la vereda, iluminando la oscuridad de la noche. El olor a la tierra mojada después del paso del camión regador. El calor sofocante. Un horno de ladrillos. Un sulky. Rutas, campo, animales, gomeras, conejos, perros, murciélagos, pasto. El basilisco, la Luz Mala, las almas-mula. La especie humana luchando contra sí misma rodeada de una naturaleza que cubre, sostiene y aplasta a la vez. 

En El desapego es una manera de querernos hay relatos autobiográficos, postales de la memoria que la escritora trabajó desde la ficción. Hay un abordaje preciso en el uso del lenguaje; diálogos y voces que se sostienen perfectas en su sonoridad. Y hay personajes, lugares y objetos que se repiten y van enlazando las historias en un escenario compacto.

Estos cuentos, escritos entre 2004 y 2014, fueron publicados originalmente  en diversos libros, revistas, diarios y antologías. Es para celebrar la idea de recopilarlos en un solo volumen.

Selva Almada nació en Villa Elisa, Entre Ríos, en 1973. Ha publicado Mal de muñecas (2003), Niños (2005) Una chica de provincia  (2007), El viento que arrasa (2012) Ladrilleros (2013) y Chicas muertas (2014). Algunos de sus libros han sido traducidos al holandés, el italiano, el portugués y el francés.

Actualmente trabaja escribiendo crónicas sobre el rodaje de Zama, la película de Lucrecia Martel basada en la novela de Antonio di Benedetto.




Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





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