lunes, 19 de diciembre de 2016

Basura para unos, tesoro para otros





Hambre, hambre, hambre de verdad, por primera vez, a los 16 años. Antes, la comida había sido siempre suficiente. Pero ese año la suerte cambió y yo empecé a dar otro valor a las cosas materiales.

Muchas eran superfluas. Pero el abrigo y la comida entraron en la categoría de tesoros. Cuando había suerte, caminaba por la avenida Vélez Sársfield –en el centro de Córdoba, que en esa época estaba llena de bares– y siempre encontraba a alguien que me invitaba algo.

Mis amigos tenían un par de años más que 
yo, la mayoría estudiaba teatro y solían habitar La Tramoya, el Bar de Rodi, el Castelar. Lugares que ya no existen.

Después de las 22, era fácil encontrarlos ahí. Tomaban cerveza y comían pizzas a las que siempre me sumaban. A veces se reían cuando yo prefería pedir un café con leche y criollos. Pero me daban con el gusto. Yo era una especie de mascota, alguien demasiado joven para ellos, alguien a quien cuidar.

Cuando no había suerte, cuando no había amigos a la vista, la cosa se volvía más complicada. Pero me las arreglaba. Adquirí una habilidad bastante inusual. Al paso, sin detenerme, cuando estaba al lado de una mesa en la vereda en la que alguien acababa de levantarse para irse, con un gesto velocísimo era capaz de levantar –sin que nadie lo viera– los bordes de las porciones de pizza­ que habían quedado en el plato. ¿Por qué la gente dejaba eso? ¿Por qué no los comía? Para mí, siempre fue un misterio y, en esos días, un misterio que agradecía.

Fue entonces cuando empecé a preguntarme cómo lo que alguien desecha puede convertirse en lo que otro desea. Cómo las cosas pueden ser tan extrañas. Nunca volví a ver la basura del mismo modo. En esas noches, las bolsas que había 
en la calle se convirtieron en la materialización de las paradojas. Después la vida mejoró. Pero la mirada ya había cambiado.


Peatones

En 1994, viví un tiempo en el extranjero. Suiza. Un país rarísimo, donde el orden puede llevarte a la locura. Digo “un país”, pero quizá sea una exageración. Sólo conocí una pequeña ciudad del sur. Hice amigos que me fueron contando cómo era la vida ahí. Yo miraba todo con ojos de ex­tranjera. Preguntando, preguntando, volviendo a preguntar.

Una tarde, mi amigo Luca me avisó que en unos días sería la jornada para la basura especial y que eso era algo que yo tenía que ver. Comíamos bien. Pasta, arroz, pan. Pero en cantidad suficiente. No pasábamos hambre. Lo que Luca me invitaba a ver era otra cosa. Algo que yo no había imaginado.

Se llamaba basura “ ingombranti ” y era aquello que no podía sacarse todos los días. Luca me dijo que saldríamos a la noche, pero no muy tarde, antes de que pasaran los camiones que se llevarían lo que la gente había tirado.

La ciudad parecía deshabitada. Nunca había salido a esa hora, la actividad terminaba temprano, casi todos estaban en sus casas. Quizá por el frío, quizá por la cultura.

Ahora caminábamos solos por las calles vacías y yo me acordé de “El peatón”, un viejo cuento de Ray Bradbury. El relato narra la historia de Leonard Mead, un hombre que por las noches camina solo en una ciudad en la que todos están en su casa mirando televisión. Es 2052.

“La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles”. Eso dice Bradbury.

Y así me sentía yo. Salvo que no estaba sola: a mi lado caminaba Luca que, como siempre, venía haciendo chistes. Le hablé del cuento. Él no lo conocía. La historia después se complica: a Mead lo detiene un coche de policía. El precio que paga por ser el único en salir a caminar en lugar de estar viendo televisión en su casa es ser encerrado en el “Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas”.

–Pero nosotros no somos los únicos –dijo Luca, señalando una sombra que cruzaba la calle unas cuadras más adelante. Y ahí vi a muchos otros que, como nosotros, caminaban en silencio, zapatillas blandas, recorriendo las calles y deteniéndose en las esquinas.

Y en esas esquinas, lo increíble. Heladeras, com­putadoras, sillones, cocinas, equipos de ­músi­ca. Di por sentado que nada de eso funcionaba, pero Luca me dijo que sí, que lo más probable era que todo estuviera en buen estado.

Me quedé inmóvil frente a una caja de cartón. Una colección perfecta de discos de música clásica. Me senté en la vereda a verlos uno por uno. No podía creer que alguien se hubiera desecho de ese tesoro. Como si fuera el país de las maravillas, recorrí esas cuadras buscando un tocadiscos que no encontré.

A medida que caminábamos, Luca me dijo 
que la mayoría de los que estaban recorriendo 
las calles eran inmigrantes. Que incluso a 
veces la gente venía desde Italia a buscar algo, pero que era complicado atravesar el control en la frontera.

No vi una sola cosa rota. O sucia. Yo solía comprar ropa y libros en Cáritas. Un salón donde la organización vendía aquello que la gente donaba. Nunca había visto ropa usada en tan buen estado. Si ese local no hubiera existido, me hubiera tocado un invierno muy duro. El hecho de que la gente donara lo que ya no usaba me parecía bastante lógico. Pero la basura “ ingombranti ” me dejaba perpleja. Una vez al mes, la gente sacaba lo que le “sobraba”. Seguramente porque habían comprado cosas más nuevas.

Yo había visto en Italia a personas que habían escapado de Yugoslavia. Pedían monedas en la calle y tenían el rostro que sólo puede producir el horror. Y unos cientos de kilómetros más al norte la gente dejaba en la basura cosas impe­cables. ¿Por qué eso no se redistribuía de otra forma?

Tiempo después, un estudiante de Economía trató de explicarme las fundamentos más duros del capitalismo, el juego de la oferta y la demanda, la necesidad de consumo ininterrumpido, el lazo indisoluble con el incremento de la producción. Entendí las palabras que decía. Pero no logré entender lo que está en la base. Que hay gente que paga más por algo si ese algo es inaccesible a la mayoría.

Una amiga me contó que en una famosa cadena de comida rápida se toman recaudos especiales para que la gente no abra las bolsas y coma lo que ellos han desechado bajo la premisa de “comida siempre fresca”. No lo entendí entonces, no lo entiendo hoy.


Verdulería

Cuando volví a Córdoba, viví un tiempo con unas amigas y después alquilé un departamento para mí sola. El trabajo alcanzaba exactamente para el alquiler y la comida. Nada más. No me preocupaba, porque había ganado una beca que cubría mis apuntes en la facultad y tenía una hermosa bicicleta que me llevaba y me traía a todos lados.

Cuando el contrato de alquiler iba por el tercer o cuarto mes, el trabajo decayó y el dinero dejó de alcanzar. Tenía que vigilar muy bien el gasto de comida. Los amigos venían de visita con criollos y facturas en una cantidad sospechosamente desmesurada. Alguien insistía en que “probara una nueva yerba” y me traía dos o tres kilos “para ver si me gustaba”.

En una verdulería del barrio, tenían un cajón especial donde dejaban la verdura que no estaba muy buena. En realidad, estaba pasada. Pero no era nada que no pudiera solucionarse con la ayuda del horno o la sartén. Había que ir a una hora determinada, porque éramos muchos los que apuntábamos directamente a ese rincón, donde lo que se vendía era mucho más barato.

Era lo que la mayoría de los vecinos no estaban dispuestos a comprar. Pero nosotros estábamos felices de que alguien no lo aceptara, porque ese desprecio era lo que hacía bajar la cotización de tomates aplastados, papas con enormes manchas negras o duraznos que se deshacían en la mano.

Mi principal problema consistía en que a la hora en que ese cajón se ofrecía, a la tardecita, yo tenía clases. La opción era faltar a la facultad y no estaba dispuesta a eso. Al día siguiente, bien temprano, encontraba lo que quedaba de la tarde anterior. Digamos que el desecho del desecho.

Supongo que el chico que atendía la verdulería entendió lo que pasaba y tuvo la silenciosa y solidaria gentileza de separarme, cada tarde, algo de ese cajón. Por las mañanas, me ofrecía un bolsa surtida con cosas que estaban bastante bien.

Sospeché que esa bolsa había sido preparada es­pe­cialmente para mí. Un día me contó que le de­cía a su patrón que era para llevárselo a su casa y que lo pagaba él, de su bolsillo, cada noche. Se llamaba Carlos y era unos años más joven que yo. Siempre me acuerdo de él. Esa verdulería ya no existe.


Ricota y galletas de limón

Otra vez, la cosa mejoró. Hasta que 2000 trajo la falta de trabajo y la preocupación por conseguir el dinero indispensable para el alquiler.

La convicción de que uno puede apretarse en todo pero no en tener un techo seguro. A la vuelta de casa, había un supermercado mayorista que, sobre la fecha de vencimiento de las cosas, bajaba muchísimo los precios.

Recuerdo haber comprado baratísima una horma de ricota creyendo que era queso. Recuerdo haber comido ricota (fundida, asada, tostada, aplastada, molida, con sal, con miel, con pan) durante dos eternas semanas. Recuerdo haberme jurado no volver a probar ricota en mi vida.

Unos meses después, un conocido que trabajaba en la empresa de recolección de residuos de la ciudad comentó que los supermercados sacaban en bolsas especiales aquella mercadería que había vencido pero que, aunque no podía venderse, todavía podía ser consumida.

Los empleados se ocupaban de hacer llegar esas bolsas a gente que las necesitara. Era algo irre­gular, pero fue un gesto que sostuvo a varias familias.

Recibí dos o tres veces algunas bolsas con latas –a las que había que investigar bastante y abrirlas con un oído entrenado–, fideos convertidos en polvo e innumerables paquetes de galletas. Y ese fue el menú durante un tiempo.

Hermosas, pequeñas, redondas galletas de ­limón.


Eugenia Almeida

Ilustración Juan Delfini
Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior




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