sábado, 10 de diciembre de 2016

Ciudades





Sueños

Viví un tiempo en el extranjero. Durante unos meses me quedé en una ciudad del sur de Suiza; una ciudad pequeña rodeada de montañas. La estación de tren estaba en lo alto y para llegar al centro había que bajar por eternas escaleras de piedra o subir al funicular.

En esa ciudad, encontré refugio en la casa de una amiga. Tenía libre una pequeña buhardilla donde cabían una cama, una caja que cumplía la función de mesa de luz y una ventana que daba a un patio interno. Tercer piso de un viejo edificio con pisos de mosaicos que parecían un inmenso tablero de ajedrez.

La buhardilla estaba en el rincón exacto en el que el techo inclinado prácticamente se tocaba con el suelo. Una habitación mínima donde el espacio impedía ponerse de pie. Ahí leía, ahí escuchaba música, ahí dormía y ahí soñaba con Córdoba.

Era un sueño recurrente: primero veía La Cañada desde arriba. Después, esa imagen se acercaba, como si yo fuera un pájaro que acababa de apoyarse sobre las veredas rojas y rotas, entre las flores amarillas de las tipas. Siempre era la cuadra que va de bulevar San Juan a Duarte Quirós.

No hay nada en mi biografía que explique por qué esa cuadra y no otra. Pero era así. Soñaba que caminaba por La Cañada y veía pasar a la misma gente: desconocidos, extrañamente familiares. Eran rostros de gente real, personas que he visto cientos de veces en las calles de Córdoba.

Las dos señoras delgadas y elegantes –seguramente hermanas– que durante años vi caminar por la esquina de Jujuy y 9 de Julio. Traje sastre, pelo blanquísimo y corto, una distinción salida de otra época. Cuando alguna vez se las mencioné a una amiga, me dijo que tenían una mercería muy cerca del lugar con el que yo soñaba.

La mujer de los perros, a la que no he vuelto a ver. La capitana de una jauría mansa que la seguía por la peatonal, detrás de su carrito de supermercado cargado de bolsas, ropa y cartón.

El hombre ciego que cantaba de cara a la pared de la Legislatura. Él, su banquito, su guitarra, una voz estridente que se oía desde lejos.

Un grupo de chicos a los que durante un año vi sentados al borde de la fuente de plaza Colón. Nerviosos y eufóricos, fumando sus cigarrillos sin tragar el humo, dándose pequeños empujones, uno de ellos acariciando las manos de una compañera con una torpeza y una dedicación infinitas.

El hombre de la zapatería que siempre fumaba en la puerta del local. La mirada perdida en la calle Tucumán, como si esperara que alguien viniera a reemplazarlo y lo liberara de ese rol de centinela.

La señora que preparaba panchos electrónicos en la calle San Martín y que nunca levantaba la vista, ni hablaba, ni sonreía.

El canillita que corría por la calle Alvear con un bolso azul lleno de diarios.

La señora que vendía hilos, agujas, alfileres y dedales en la peatonal. La que se enfurecía si no le comprabas, la que te insultaba a los gritos, la temida.

La chica con ese hermoso rostro de india que pedía cigarrillos en la zona del Neuropsiquiátrico en barrio Juniors. La que sólo te miraba, levantaba dos dedos en V, se los apoyaba en los labios y estiraba la mano esperando que pusieras ahí un cigarrillo. O dos.

Con esa gente soñaba. Una y otra vez. A veces pasaban caminando unos, a veces otros.

Una de esas mañanas en las que me despertaba tratando de ajustarme a una realidad extraña –reconocer esa buhardilla en Suiza, recordar que La Cañada estaba del otro lado del océano–, me di cuenta de que esos rostros y esa cuadra eran mi representación de Córdoba. Eran mi ciudad.


Los desconocidos 
de siempre

Cuando tenía 15 o 16 años, me gustaba charlar con mi amigo Rodrigo. Él tenía 18, era muy amable y compartíamos la fascinación por los libros de Georges Simenon. Cada vez que nos encontrábamos, hablábamos de eso. Me encantaba escucharlo.

Rodrigo tenía una teoría sobre los accidentes. A mí me parecía incomprobable, pero altamente plausible. Decía que la gente que se aglomera –los “mirones”– es siempre la misma. Como si hubiera una claque de artistas, un elenco estable de personas que rodean al accidentado.

Decía que no nos damos cuenta porque es improbable que estemos expuestos al número suficiente de accidentes como para poder hacer una generalización. Y, cuando nos toca, somos víctimas (y no estamos como para andar reparando en la gente que nos mira) o somos curiosos (y nuestra atención está enfocada en el accidente).

Rodrigo decía que ese también es un punto importante: siempre hay alguien que se suma de forma espontánea. Entonces, el “cuerpo estable” de curiosos pasa aún más inadvertido.

A mí me gusta esa teoría. No hemos vuelto a charlar de eso desde aquella época. Ahora, ese chico de 18 años es un enorme fotógrafo, un artista sensible que cada vez que usa su cámara, nos revela un mundo.

A veces fantaseo con que, en algún momento, pensando en su vieja teoría, empiece a recorrer las calles buscando accidentes y, mientras todos sus colegas se enfocan en las víctimas, él gire la espalda y haga los perfectos retratos de la troupe de curiosos.

Pienso ahora que debería llamarlo. Quizá podríamos hacerlo juntos. Él con su máquina de fotos, yo con mis cuadernos; etnometodólogos locos tratando de comprobar lo inverosímil.

Pero no. Me doy cuenta enseguida de que quizá sería un error. Develar la identidad de ese elenco pondría en riesgo a esa cofradía.

No dejo de pensar en que, de algún modo, la teoría de Rodrigo y los rostros con los que soñaba cuando estaba en Suiza tienen un punto de contacto.

Quizá esas personas son siempre las mismas, en todos los sueños de los cordobeses que en cierta época estuvieron en un país extranjero, tratando de decidir si permanecer allí o volver a casa; soñando una y otra vez con esa ciudad que dejaron atrás.


Ventimiglia

Pienso en las ciudades que han sido importantes para mí. En algunas he vivido; en otras, sólo he estado unos días.

Ventimiglia es la que escapa a esa serie. Una ciudad fronteriza en la que sólo pasé algunas horas. Un lugar del que sólo conocí la estación de tren.

Era 1994 y un amigo vasco me había invitado a conocer a su familia. Yo vivía en Suiza, el viaje era corto y él me ofrecía pagarlo.

Tomé un tren que salía de Lugano. Me enfrentaba a esa extraña y precisa estrategia de los trenes combinados. Bajar de uno para subir al otro; un enlace que apenas daba 10 o 15 minutos para buscar el nuevo tren y subir. Había que estar atento a las estaciones, saber dónde bajarse.

En medio de la noche, alguien me despierta hablando un idioma extranjero. Tardo en darme cuenta de que es italiano. No entiendo qué es lo que me pregunta.

Sacudo la cabeza, busco mi boleto. Él me señala una y otra vez los horarios y me dice que perdí el tren que debía tomar. Que todos los pasajeros ya han bajado, que el próximo tren pasa en unas horas.

Estamos en Ventimiglia, el último punto italiano antes de llegar a Francia. Bajamos a un andén desierto. Hay viento. Una lámpara que cuelga del techo se mueve con un ritmo lento.

El guarda llama a un policía. Me piden el pasaporte. Los dos van caminando hasta una oficina. Vuelven un rato después. Me dan mis papeles y me dicen que debo esperar en una habitación. Cuando la puerta se abre, veo a un grupo de gente que también espera. Todos parecen conocerse, quizá viajan juntos. Hablan en árabe.

Pasa un cierto tiempo. Es de madrugada. El viento que sopla afuera hace un ruido agudo cuando sacude los burletes de la puerta. No estoy aquí ni allí. Ni en un país ni en el otro. En el territorio difuso de una frontera. Oigo la música del árabe, siempre limpia, siempre hermosa, pero sin entender de qué hablan.

Uno de los hombres que está en el grupo se acerca y me dice algo. Sonrío. ¿Qué hacer sin el lenguaje? Sonreír. Me ofrece un caramelo. Digo una de las pocas palabras que sé, algo que suena parecido a “shukran”. Gracias. Todos se ríen. Una mujer le dice algo al oído a una nena. La nena me señala. Alguien repite “shukran”.

Unas horas después el guarda nos avisa que en un rato va a llegar el tren. Salimos al andén. Me siento como si hubiera entendido algo vital, algo nodal. Pero no sé qué es. Me digo que quizá en algún momento entienda cuál es el extraño movimiento interno que se produjo esa noche, en una sala de espera de una estación de tren en una ciudad fronteriza.

Hace un tiempo tuve un sueño. Estaba en un lugar con mucha bruma. Y en un momento veía a mi madre, que murió cuando yo era una adolescente. Me invitaba a conversar. La escena estaba atravesada de extrañeza. Me sentaba al lado de ella. Hacíamos silencio. 

En un momento me dijo que tenía que irse. 
Me preguntó si quería saber algo. Yo le miraba las manos. No sé por qué. 
Y entonces pregunté: “¿Cómo es?”. Ella sonrió. “¿Cómo es morirse?” 
Hizo una pausa, como si estuviera pensando. 
Y dijo: “Al principio, es muy parecido a Ventimiglia”.

Me desperté con un alivio casi físico. Aunque nunca he podido explicar qué sentido puedo darle a esa frase. ¿Cuál de todos los significados me serenó? No lo sé. Pero esa ciudad se volvió una especie de palabra clave para mí.

Cuando ocurre algo del orden de la maravilla, cuando el mundo se despliega o se desdobla y me muestra otra realidad –una realidad más serena, más reconfortante–, yo me digo a mí misma: “Ventimiglia”.



Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Días Contados
Ilustración: Juan Delfini

http://www.lavoz.com.ar/opinion/ciudades




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