viernes, 2 de diciembre de 2016

En las páginas de un libro




Apenas arranca septiembre. Amanece. Me siento a responder los e-mails. Son demasiados. Voy haciendo una evaluación de prioridades a vuelo de pájaro. Qué es imprescindible contestar hoy, qué mañana, qué el fin de semana. Miro el reloj: en 40 minutos tendría que salir. El agua chilla desde la pava. El primer mate.

Despejo el panorama: elimino las promociones que no pedí, envío a una carpeta especial todas las novedades editoriales para verlas luego, contesto a los amigos que conocen mi ritmo y aceptan amorosamente respuestas telegráficas, respondo lo relacionado al trabajo. Avanzo.

Casi sobre el límite horario veo un e-mail, de remitente desconocido, con el asunto “Libro”. Lo abro. Una mujer me dice que necesita hablar conmigo y me pide mi número de teléfono. Es demasiado largo explicar que detesto hablar por teléfono, que sólo lo hago cuando es francamente inevitable, que no es el mejor modo de conversar conmigo. Cómo buscar las palabras para preguntar –de un modo cortés– de qué se trata; como explicarle a alguien que no conozco que, sea lo que fuere, es más sencillo tratarlo por e-mail.

No, los minutos que quedan no alcanzan para eso. Decido hacerlo después. Cuando esa noche abro la casilla de correo para responder el mensaje que quedó pendiente, encuentro otro, del mismo remitente: “Eugenia, perdoná, acabo de darme cuenta de que mi mail anterior pedía mucho (tu teléfono) y ofrecía muy poco (el porqué de ese pedido). Te cuento”.


Herencias

Dos hermanas, sin padres, una tía lejana que muere, una tía a la que apenas conocen, una vieja huraña y esquiva que siempre vivió en una casona de un pueblo de las Sierras. La casa a la que las hermanas llegan para ocuparse de vaciarla, de arreglarla, de limpiarla, de intentar venderla una vez que avance el trámite de sucesión. Un fin de semana ordenando fotos, documentos, manteles, puntillas, todas esas tramas de papel y de tela que había en las casas de antes.

Mientras revuelven la biblioteca –lo que más les interesa, lo que más les entusiasma–, Julia le dice a su hermana que hace poco tiempo leyó un libro en el que una psiquiatra alquilaba una casa llena de cosas del dueño anterior –que había muerto– y que iba mirando las cosas del mismo modo que ahora ellas miraban las cosas de su tía. Julia no se acuerda del nombre del libro ni de su autor. Durante un rato, trata de hacer memoria –su hermana le ha pedido esos datos–, pero no hay forma.

Ana –la hermana menor– está trepada a una escalera para alcanzar un grupo de libros separados del resto. Va leyendo los títulos en voz alta. ¿Por qué están ahí? Como si fueran una isla, un territorio demarcado por una frontera. Julia le pide que los baje. Allí, donde están, son inalcanzables. Ana los va tirando de a uno. Julia los atrapa en el aire. Se ríen. Se sienten como si tuvieran 15 años. Pero tienen más de 40.

Cuando todos esos libros están apoyados en un sillón de cuerina, Ana baja de la escalera y se sientan a verlos uno a uno. Ahí aparecen libros de Miguel Ángel Asturias, Fernando Pessoa, Albert Camus, Silvina Ocampo, Isidoro Blaisten, Lawrence Durrell, Marguerite Yourcenar, Haroldo Conti, Juan Rulfo.

Ana va hojeando los libros y descubre que, en efecto, pertenecen a otra colección. La tía tenía la costumbre inalterable de escribir su nombre en la primera página, justo arriba de la fecha. Ninguno de esos libros lleva esa marca. Las dos hermanas, sentadas en el sofá, mirando.

Encuentran un boleto de colectivo de los viejos. Encuentran un ticket amarillo, de 1987. En algún momento, Ana se acerca con un libro abierto. Una dedicatoria. “Para la maestra de las horas impares, siempre agradecida por tanto”. Y justo debajo de esas líneas, mi nombre. “Esa es la escritora del libro de la psiquiatra”, dice Julia. “No puede ser”, dice Ana.


Ficción y realidad

Yo voy a sentir la misma incredulidad cuando, días después, Julia me cuente toda esta historia en un café después de explicarme, por e-mail , que creía haber encontrado un libro mío, que era Redoble por Rancas, de Manuel Scorza, una edición de Monte Ávila, de 1977, que tenía mi nombre escrito en tinta violeta. Todos esos datos me eran familiares y propiciaron un encuentro en un bar y el relato de una historia que, como todas las historias reales, es demasiado inverosímil para poder convertirla en literatura.

En ese café, Julia busca decirme con delicadeza que no se trata sólo de un libro mío, sino de un libro que yo regalé a alguien; a alguien querido, seguramente. Julia está buscando cómo decirme el nombre de su tía aunado al hecho de que acaba de morir. Pero cuando ella dice ese nombre, no hay ningún eco. Nada. No conozco ni conocí a su tía. Por un segundo, pienso que mi nombre y mi apellido no son tan raros, que debe ser de otra persona, pero sé que ese libro de Scorza alguna vez fue mío; lo sé, sé de la tinta violeta que usé durante años.

Julia saca de su cartera un libro de tapa blanca y, ahora sí, el recuerdo se desencadena. No me hace falta leer la dedicatoria para saber a quién se lo regalé, hace casi 30 años. Doy un nombre. Julia mueve apenas la cabeza. Asiente. Una vieja amiga de su tía. Una amiga con la que compartió su casa los últimos años. Un amor, supone Julia; dos mujeres grandes llamando amistad a lo que era amor, para poder vivir tranquilas en su vejez.


La maestra de las horas impares

Una mujer a la que conocí en una colonia de vacaciones cuando yo tenía 14 años y ella, quizá, 50. Una mujer que leía sentada en una silla de mimbre, en una galería, bajo un aguaribay, mientras fumaba. Una mujer que me enseñó a jugar a un juego de naipes que ya no recuerdo; que se horrorizó con mi absoluta ignorancia en relación con el peronismo; que le pareció normal que yo le pidiera un cigarrillo; que me esperó –cada uno de los días de esa semana en que estuve de vacaciones– en el comedor de la colonia, en esas mesas de fórmica, a las 11 de la mañana, para recomendarme libros, hacer crucigramas, jugar a las cartas, explicarme la relación entre Rosas y Perón, conversar. Conversar. Preguntarme cosas. No cosas sobre mí o sobre mi historia (un tipo de interrogatorio que detesto). Ella preguntaba qué pensaba yo de las cosas. De todas las cosas. Y escuchaba.

Ahora, mientras escribo, recuerdo en especial una de esas preguntas. Una canción sonaba en el pequeño parlante del comedor de la colonia. Yo la oí, la reconocí y dije: “Qué buena canción”. Y ella preguntó: “¿Por qué?”. Cuando empecé a dar razones sobre esa canción en especial, 
ella dijo: “No, no. Yo pregunto cómo hacés para saber que una canción es buena. Cómo las distinguís de las canciones malas”.

No me acuerdo qué contesté. Seguramente una tontería. Tenía 14 años, un adulto hablaba conmigo, me escuchaba, elegía compartir tiempo conmigo. Quería impresionarla. Quería que siguiera invitándome, cada mañana a las 11, a compartir un rato. No sé qué contesté. Ella siempre tenía un gesto algo ausente. Era difícil saber qué le caía bien y qué no. Mi única brújula era ver que cada día, al irse, me decía: “Te espero mañana a las 11”. No sé qué contesté. Pero nunca he podido olvidarme de esa pregunta.

Antes de irme, quise regalarle algo. Darle algo mío. Le di lo único que tenía. El libro que estaba leyendo. Redoble por Rancas, de Manuel Scorza. Muchos años después, encontraría esa misma edición en una librería de usados cerca del edificio del Correo. A mi “maestra de las horas impares” nunca volví a verla.

Ahora Julia –otra desconocida– me traía sus noticias: una enfermera retirada que murió hace seis o siete años, que compartía la casa de su tía, una tía que guardó como tesoro, en un estante apartado, los libros más queridos de quien fue su amiga o, quizá, su compañera.



Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Días Contados
Ilustración Juan Delfini




2 comentarios:

  1. Entrañable historia de un libro. Leer "Redoble por Rancas" en mi juventud, fue una marca indeleble. Qué buen agradecimiento hiciste al regalárselo. Enorme, siendo lo único que tenías. Soy Chabela que postea como "anónimo" porque no sabe tecnológicamente hacerlo de otra manera. Un abrazo.

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  2. Mil gracias por la compañía de siempre, Chabela.

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