miércoles, 11 de enero de 2017

Selección de personal




Cuidar niños, limpiar casas, cortar pasto, repartir volantes, cocinar, cobrar, entregar paquetes, hacer trámites, escuchar reclamos, limpiar vidrios, pegar alfombras, servir mesas, cuidar casas, pintar paredes, podar árboles, hacer fotocopias, repartir correo privado, dar clases particulares, producir un programa de radio, musicalizar, recibir gente, escribir gacetillas, leer en voz alta, hacer balances contables, acomodar cajas, arreglar jardines, atender el teléfono, lavar ropa, cantar, coordinar grupos, planchar, diseñar productos gráficos, corregir textos, cargar ­datos, hacer recorridos turísticos, traducir, redactar, escribir para que firme otro, dar clases en un aula.

Hago una lista mental (provisoria, parcial, fragmentaria) de algunas cosas que he hecho desde que empecé a trabajar. Lo que detona el recuento es una cola de gente que se estira por la peatonal. Tienen la marca del que busca, los movimientos nerviosos del que espera, los gestos del que sabe que está a punto de ser evaluado.

Hay pocas experiencias tan incómodas como una entrevista de trabajo. Especialmente cuando uno es joven, es vulnerable y está muy necesitado.


Clasificados

Me veo de pie, en un quiosco. Hace dos semanas que vengo cada día, apenas amanece. Leo los avisos en el diario al que tengo acceso si pago un café con dos criollos.

No sé cuántos años tengo en este recuerdo. Sé que soy muy joven. Veo las mismas caras cada mañana. Cuando uno falta, los demás sospechamos que ha encontrado algo. A veces, los datos se pasan de boca en boca. Pero yo no encajo. Son changas en una obra en construcción, en un campo, en alguna cosa en la que no admiten mujeres. Insisto. Si alguien me explica, yo puedo hacerlo. Me dicen que no. Afectuosamente lo dicen. Pero no.

Y yo termino copiando la dirección de uno de esos avisos que se vuelven sospechosos a fuerza de repetirse (siempre las mismas galerías del centro, siempre locales oscuros, siempre trabajos a comisión). Y allá voy. Y nos dan volantes. Y repartimos papeles que la gente recibe con fastidio y cuando al final del día volvemos a cobrar nos hacen mil preguntas para asegurarse de que no hemos tirado los volantes en lugar de repartirlos.

En mi recuerdo, todos somos muy jóvenes, todos somos muy flacos, todos fumamos nerviosos unos cigarrillos horribles que vienen en una caja de cartón blanca que llevamos en nuestras mochilas, en nuestras bolsos, en nuestros morrales. 


Entrenamiento

Otro recuerdo. Años después, en casa de una amiga.

Tengo una entrevista de trabajo. La tarea me encanta. El sueldo es bueno. Ofrecen estabilidad.

Tengo que superar una prueba física (que no me preocupa) y una prueba psicológica (que sí me preocupa).

Siento una férrea desconfianza por los psicólogos en general, pero particularmente por aquellos que se dedican a la selección de personal. Los veo como una suerte de guardianes del sistema: deciden a quién eliminar de la línea de producción, te pueden señalar y marcar como ineficiente, te pueden sacar del juego. Es la década de 1990. No tener trabajo es lo mismo que pararse en el umbral del infierno.

Por eso me siento con mi amiga, que estudia psicología, a recibir orientación.

Ella cree que todo el mundo está loco. Estudia esa carrera para ser una especie de espía infiltrado. Uno de los nuestros en territorio enemigo. Es decir: ella va a evitar que la maquinaria de destrucción nos atrape a todos. Va a salvar a algunos. Y para eso tiene que pasar inadvertida: hablar la jerga que enseñan en la facultad, sobreinterpretar cada mínimo gesto de sus amigos y hacer referencias idiotas a nuestros padres, los fantasmas, el otro, la sombra, el nombre y el espejo.

Ahora ofrece su ayuda:

–Para mí, te van a hacer algunos tests. Vamos a practicar.


Asociación libre

En pocos minutos, descubro que soy un caso psiquiátrico grave.

Parece que no encuentro sostén en el mundo, no veo salida a las cosas, no puedo proyectar el futuro, tengo problemas para asumir el pasado, no soy capaz de reconocer mis fallas. Y a todo eso lo revelé dibujando una casita y un árbol.

Mi amiga dice en voz baja:

–Ojalá no te hagan dibujar...

Se levanta. Busca un libro. Me explica que ese es uno de los tests más usados. Me muestra una imagen. Me distraigo porque en la hoja de al lado hay una foto de un dispositivo para dar electroshocks. Es una foto histórica, creo. En blanco y negro. No me animo a preguntar, porque mi amiga –que me adora– está prendiendo un cigarrillo directamente de la colilla de otro.

–¿Y?

–¿Y qué?

–¿Qué ves acá? –Su dedo señala la imagen.

–Una mancha.

–Obvio. ¿Y en qué te hace pensar?

Silencio.

–¿En una mancha?

–No, no, no, no, no. ¿Con qué lo relacionás?

–Ropa, lavarropa, lavandina, broche, tintorería japonés, vivero –digo a toda velocidad.

Estoy feliz. Si se trata de asociar palabras a lo loco soy muy buena.

Mi amiga me mira con los ojos desorbitados.

–¿Eso ves en la mancha?

–No. Eso me hace pensar la palabra “mancha”.


Junta médica

Ella suspira. Llama por teléfono a una compañera de la facultad que, un rato después, trae una caja de cartón llena de láminas exactamente iguales a las que vimos antes.

–No son iguales. Miralas bien. ¿Qué ves?

–Manchas.

Mi amiga ya desbarranca a las palabras fuertes. Empiezo a angustiarme. Debo tener algo mal. Parece que la gente ve ahí las cosas más variadas. Cosas increíbles. La compañera de mi amiga da dos ejemplos. Me quedo helada. Hago un esfuerzo.

Veo: una mancha.

Que me sugiere: una mancha.

Que tiene forma de: mancha.

Y la palabra que viene a mi mente es: mancha.

Parece que lo estoy haciendo muy muy mal.

Mi amiga y su compañera entran en una carrera frenética de mostrarme láminas

–Mancha, mancha, mancha. 

La compañera pierde toda cortesía y pregunta:

–¿Se está haciendo la tonta?

–No –dice mi amiga.


Diagnóstico reservado

Me quedo pensando el significado de esa respuesta. Si no me estoy haciendo, ¿será que algo está fallando y recién ahora lo descubrimos? No sufro falta de imaginación. Más bien todo lo contrario. Me paso la vida inventando historias. Pero acá solo veo manchas.

Algo me sacude, algo he visto.

–¡Paren! –grito.

Hay una euforia nerviosa. Me siento Lázaro, el muerto que se levanta y camina y produce una especie de éxtasis.

Me pongo a revisar la pila de láminas hasta que encuentro una. La pongo justo al lado de la que acabo de ver. Las estudio.

Hay un silencio expectante.

Miro a las chicas, llena de felicidad. Señalo las láminas:

–Estas dos son iguales.

Ahora el silencio se oye como una pedrada en el vidrio.

Parece que he dicho algo terrible porque se miran, hacen girar las láminas y se ponen a discutir.

Me siento rara. Siempre me pasa cuando hay algún psicólogo cerca. Aunque sean amigos.

Me voy a la cocina a poner la pava. Desde ahí oigo que la compañera de mi amiga dice:

–¡Estas dos! ¡Iguales! ¡Justo estas dos! ¡A vos te parece!

Mi amiga murmura algo. Su voz hace pensar en una madre que pide disculpas por el desastre que acaba de provocar su hija. Cebo un mate y miro el patio desde la ventana.

Al otro día me levanto a la madrugada. Me baño. Me visto. Voy a la entrevista. Somos varios esperando. Una hora después una secretaria se asoma y nos dice que no van a seguir porque el puesto ya fue ocupado. 

Estoy a punto de preguntar por qué no hacen las entrevistas igual, ya estamos ahí, podrían hacer una lista de espera para futuras vacantes. Pero me acuerdo de mi amiga prendiendo un cigarrillo, moviendo suavemente la cabeza y diciendo: “Mierda, mierda, mierda...”

Cuando vuelvo a casa paso por una librería de usados. Revuelvo el estante de psicología. Compro uno. El título incluye las palabras “selección de personal”. Durante meses queda sobre mi mesa de luz. Nunca llego a leerlo. Quién sabe dónde estará ese libro ahora.



Eugenia Almeida

Ilustración: Juan Delfini
Publicado originalmente en Días Contados





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