sábado, 28 de octubre de 2017

Belleza y desolación



Hoy, cuando escribo, es 21 de octubre. El día previo a las elecciones legislativas. Estamos en veda. Pero cuando esto que escribo sea publicado, la veda habrá pasado. Será un sábado, quizás el 28.  Quizás ya sea noviembre.
Hace unos días, volviendo de viaje, mientras manejaba en la ruta, prendí el grabador y fui diciendo cosas para esta columna. Hablaba de los viajes y de la hospitalidad. Era el tema que había elegido. Trataba de poner algo de belleza en un tiempo hostil. Ahora, que debería desgrabar eso para reescribirlo, me doy cuenta de que no puedo. Que hoy es un día en que no puedo recortarme de lo que pasa.
Llegan mensajes de los amigos. Todos consternados, todos sacudidos. El nombre de Santiago Maldonado ya sirve para decirlo todo. Esta tristeza infinita que nos ha dado en los huesos. Este temblor. La imagen de un hermano custodiando un cadáver. Palabras de odio y de cinismo, otra vez, horadando el dolor de una familia. Llueve. Llueve de un modo terrible, aunque del cielo no cae agua. “Este dolor no sabe de palabras”, dice el comunicado de la familia. Así es. 


Oficio de lenguaje

Tengo la suerte de trabajar con palabras. Soy consciente de ese privilegio. Lo vivo, también, como un compromiso. No usarlas sin sentido, no faltarles el respeto, no olvidar, no traicionar, no desvirtuar. Es difícil explicarlo, pero es claro en mí. Y ahora, este sábado 21, me siento frente al teclado y sé que lo que debo hacer es esto. Decir que hoy no me sirven las palabras o que hoy no estoy a la altura del lenguaje; que hoy no sé cómo decir lo que habría que decir o cómo hacer el silencio que signifique lo que necesito decir. Hablar –escribir-, es siempre tomar una posición frente al mundo, en el mundo. Decir “aquí estoy, esto veo, esto soy, esto deseo”. Aun si uno no es consciente, eso es lo que sucede. ¿Cómo estar a la altura del compromiso si no soy capaz de decir lo que quisiera decir, si no encuentro el modo, si el lenguaje falla ante lo que necesita ser nombrado? Posiblemente, diciendo que no sé cómo. Eso sería un comienzo.


Escuelas, radios, murales

Ayer tuve el regalo de asistir a una conversación de la escritora Gabriela Massuh con estudiantes de una escuela rural. Fue tal la exactitud de sus palabras, fue tan intenso el encuentro, fue tan hermoso oír a Brandon, uno de los chicos, contarnos que se sentaba en el comedor de su casa y cerraba la puerta y escribía sus historias. Belleza en el mundo.

Al volver de la escuela, una amiga me envía el audio de una colega siendo amonestada por el director de la radio en la que trabaja. Lo oigo una y otra vez porque no puedo creer lo que replica ese audio. Entre muchas otras, una cosa me perturba especialmente. La frase “La línea de Radio Nacional es la falta de línea, no hay línea” me consterna. Ya se sabe –lo sabemos todos, pero más aún quienes trabajamos en los medios-: no hay objetividad posible porque somos sujetos. La mirada del ser humano no es nunca objetiva. ¿Qué podemos hacer para no quedar presos de nuestra mirada? Aceptar que hay otras. Alguna vez alguien dijo que la única objetividad posible es explicitar nuestra subjetividad. No existe algo como “la falta de línea”. Existe el deseo de explicitar nuestra subjetividad o de enmascararla. Y también hay una responsabilidad allí. Hay muchas otras cosas en ese mensaje que lastiman, que ofenden, que alertan. Desolación ante el mundo.

Manejo por Costanera. A mano izquierda, bajo el puente que une el Parque las Heras con el centro había un hermoso mural de colores con dos mujeres besándose y una frase que no recuerdo exactamente pero que decía algo así como “que la lucha no nos robe los besos”. Recuperar la belleza del amor en la desolación de la lucha por el reconocimiento del  derecho de cada uno a amar a quien quiera. Al pasar descubro que el mural ha sido intervenido por el odio. En donde estaban esas mujeres ahora hay un cuadrado blanco. Sobre ese fondo blanco, unas palabras que leo al vuelo, a la velocidad que el auto me permite. Dice algo como: “Córdoba es de y para Cristo”. Qué diría Cristo de quienes destruyen, persiguen y atacan usando su nombre. Un gesto de amor tapado por un gesto de odio. Los censores, los que quieren dictar lo que está bien y lo que está mal, los dueños de la ley. Pero hoy no. La ley, en nuestro país, reconoce que el amor se manifiesta de modos diversos. Algunos integrantes de las fuerzas de seguridad también deciden violar la ley cuando detienen a dos mujeres, casadas entre sí, dándose un beso en la calle. ¿Qué los ofende? ¿Qué los asusta? ¿Cuánta violencia tienen que darle de comer a su odio? Detenidas y presas por besarse en la calle. El crimen parece ser el amor.  

Sigo manejando por la Costanera. Pienso en qué clase de cristianos son los que no reconocen el mandato de “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Quizás sea que no pueden amarse a sí mismos. Quizás es que se odian. Y eso tienen para compartir. Desolación. 


Soy de aquí

Alguien me envía un poema de Laura Devetach. Ante mi falta de palabras, me dejo sostener por las de ella. El poema dice: “Si viviera en Holanda / yo sería de esa gente / que le va ganado tierra al mar. / Si estuviera en el Sahara / ganaría lluvias / cultivando rosas / sobre pausados camellos / que conocen la vivienda de las aguas. / Pero soy de aquí / y soy millones / vibrando en el cansancio elemental / de ganarles nuestra vida / a un puñado de crápulas.” Palabras escritas en 1979. Nombrar con belleza la desolación.

Lo hacemos una vez por semana. Un grupo de amigos que se reúne a leer. Tomamos algo, conversamos, sostenemos el ritual de estar juntos. Hace unos días, Clara trajo al grupo un libro. Lost in translation, de Ella Frances Sanders. El subtítulo dice “Un compendio ilustrado de palabras intraducibles de todas partes del mundo”. El libro va de mano en mano, cada uno lee a los otros aquello que va encontrando. Marta se detiene en la palabra “Fika”. Se trata de un verbo sueco. La explicación dice “reunirse en torno a un café y algo dulce para darse un respiro de la rutina y charlar durante horas”. Nos reímos, jugamos con la idea de bautizar a nuestros encuentros con esa palabra. Aparece también el vocablo yámana “mamihlapinatapai”, sustantivo que significa “el entendimiento silencioso entre dos personas que están pensando o deseando lo mismo pero ninguno se atreve a expresarlo”. La explicación dice: “Es un tipo de miradas, en realidad un intercambio de miradas. Esta palabra tan difícil de deletrear expresa a la perfección la naturaleza complicada e inexplicable de un momento cargado de silencio.” En otra página nos espera “Ubuntu”, un sustantivo que proviene del bantú nguni y significa: “encuentro mi valía en ti y tú la encuentras en mí.” Soy afortunada, pienso. Belleza en el mundo. 

Y es eso lo que puedo escribir hoy: la belleza y la desolación se entrecruzan. No deberíamos olvidarlo. Cuando nos toque una, cuando nos toque otra. Siempre recordar que ambas están allí. Y que parecen ser parte de la condición humana.
Amanece. Es una noche en la que no he podido dormir y amanece. Hay una vieja película, cuyo argumento no recuerdo, que se llamaba “Amanece, que no es poco”. A eso me refiero. Un día más para habitar el mundo. Para oponer belleza a la desolación. Para poner en juego la voluntad de seguir hablando con los otros, aunque no nos alcancen las palabras.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior
(Ilustración de Juan Delfini)