miércoles, 30 de mayo de 2018

Alrededor del fuego






Estamos en clase. Un grupo de estudiantes extranjeros cursando “Literatura argentina”. Hay un programa, una propuesta. Y sin embargo, como siempre, lo que transforma las cosas es lo no planeado, lo que llega, lo imprevisto.

Afuera hay un sol que rompe el otoño, es muy temprano, todos tenemos en el cuerpo una resaca dulce de estar aún medio dormidos. Decido dejar a un lado la Revista Contorno, la década del 50, el peronismo y el antiperonismo, la letra como pregunta y como resistencia. Les pido a estos chicos (diecinueve, veinte, veintiún años) que se reúnan de a tres para tratar de recordar sus libros de infancia. Algo cambia enseguida. En las caras, en las voces. Se levantan de sus sillas, se preguntan por un título, un autor, un dibujo, se ríen, se emocionan. Abandonan la regla de oro de hablar sólo en español. Se dejan caer libremente en la lengua materna, en esos sonidos que suenan a lo que son, a la música de la que están hechos. Los dejo, los dejo sin decir nada porque sé bien que cuando la lengua propia nos llama no hay nada que evite ese reencuentro, los dejo porque a veces es demasiado árido permanecer en la lengua extranjera, quedarse corto en un decir ajeno. Los dejo y me permito una de las delicias del oficio cuando en una clase sucede la belleza: personas que descubren y se descubren. 

Los libros de la niñez. Cada uno contará después: un ratón que cocina, jirafas que no pueden bailar, un niño que le pide cosas a un árbol, un pájaro que dice verdades maravillosas,  piedras que cantan canciones de cuna, nubes que llueven al revés. Llegan recuerdos de tapas, de texturas, de colores, de voces poniéndole cuerpo a esos cuentos; la necesidad de oír una y otra vez la misma historia; una madre que juega con su hija sabiendo que cada día va a ser alguien nuevo, una madre que cada mañana pregunta: ¿quién sos hoy? 

Algo pasa. Y es hermoso. Un trago de aire en un mundo difícil de habitar, tan hostil, tan filoso.



Búhos, loras, pueblos, poemas y piratas

Pregunto a alguna gente por sus recuerdos de lecturas de infancia. Llegan muchas respuestas. La mayoría de los mensajes agradecen que algo haya detonado esas memorias. Se van sumando nombres, nombres que se repiten como si fueran una marca de generación. Regalos, herencias, tareas para la escuela, lecturas robadas. De todas esas respuestas me quedo con algunos relatos:

Agustín me cuenta que siempre le leían Pequeño Búho y sus cuentos para la siesta. Un libro que le regaló su abuela. Un libro que, aún hoy, despliega un perfume que trae de vuelta a esa mujer.

Juan Carlos me habla de la siesta, de ese tiempo detenido que se poblaba de voces y cuentos clásicos. Cuando llegó su cumpleaños número siete, su tía Tita le trajo de regalo el primer libro, Bomba en el pantano de la muerte, publicado en la colección Robin Hood. La historia de un chico que se pierde en el Amazonas. La lectura es voraz. El libro se acaba en un día. El lector logra un compromiso: su madre va a comprarle un libro nuevo cada viernes. El primero fue Sandokán. Luego, con los años, llegaría otro hábito y otra colección: la mítica Séptimo Círculo, poblada de policiales.

Laura nació unos meses después de que sus padres tuvieran un accidente. Su padre murió; quienes sobrevivieron quedaron en ese territorio innombrable de la ausencia. La mamá trabajando todo el día, Laura en casa con sus hermanos. El mayor, de catorce, se hizo cargo de la óptica de la familia. Unos años después, cuando Laura tenía siete u ocho, las tardes se iban en ese espacio, leyendo poesía. De los recuerdos viene un libro de Benedetti que su hermano leía en voz alta. El título no quedó en la memoria pero sí un poema que hablaba de un roble. Ahí estaban también los versos de Armando Tejada Gómez. Las voces, las letras, las canciones.

Solana menciona “La luz es como el agua”, el cuento de García Márquez que su hermano Sebastián le leía en una casa de barrio. Navegantes de la luz, náufragos que escapaban –o no– de esa hermosa y terrible línea de flotación.

Claudia, que creció en Villa Dolores, me habla de Misia Pepa, el personaje de Constancio C. Vigil. Claudia criaba loras, les enseñaba a hablar, jugaba con ellas. Claudia dice que la Misia del cuento era “un personaje imaginativo charlatán y fabulador, que envolvía a sus congéneres pájaros con historias maravillosas de su vida y sus viajes, los embaucaba prometiéndoles regalos y así lograba la atención de unos bichos mediocres que nunca habían salido del terruño, y que lo único que hacían (como el hornero) era planificar una vida tranquila y sin sobresaltos. Por supuesto, era muy criticada por sus formas excéntricas, acusada de mentirosa presumida y que yo recuerde la terminan echando (¿exiliando?) a los picotazos. Yo creo que necesitaba relatos de la gran ciudad, de otras vidas posibles por fuera de la chatura del pueblo, y esta Misia era una aliada para mi imaginación. Me enojaba bastante con el final (moraleja explícita de cómo hay que ser: prudente, sobria, con los pies en la tierra) y me daba pena que siendo Misia tan divertida y audaz la maltrataran los otros pájaros.”


Arneses, autobiografías, citas furtivas

Virginia recuerda un verano inusual. Doce años. El primer enero en el que no pudo ir a la pileta o al río. Un tratamiento para la escoliosis basado en un aparato, una especie de corset de cintura a cuello, hecho de cueros y hierro; un aparato que atrapaba el cuerpo cada día. Y todas esas horas se llenaban de libros. “La literatura me salvó, de la autocompasión y de la vergüenza”, me dice Virginia. 

Pablo escribe: “No leí, ni me leían. Pero gracias a Billiken recibía por episodios Las aventuras de Tom Sawyer, que me impactó al punto tal que en sexto grado empecé a escribir y una novela mimetizada con ese formato llamada “La dulce vida de Michael Wilson”, que no era otra cosa que mi infancia echada con otros escenarios que le daban aquel tinte: por ejemplo, el Mississippi o el Missouri. Esos eran los ríos donde se desplegaban las escenas y no el de Villa del Rosario, que era el más cercano. Había llenado dos cuadernos a mano, de esos doble espiral de ciento noventa y ocho hojas. Mis padres se preocupaban porque pasaba horas encerrado escribiendo en las siestas varillenses. También me investigaban lo que escribía. Así fue que un buen día, ese material despareció de mi casa. Nunca lo admitió públicamente  pero sé que fue mi madre quien lo hizo desaparecer, tal vez porque al ser autobiográfico,  muchas de las escenas eran una crítica al padre. Y ella, directora de escuela primaria, no iba a permitir que alguna maestra mía leyera y supiera.”

Ana María sacaba monedas de su alcancía para comprar libros. Aventuras de piratas, la fiebre y las enfermedades acompasadas por la bolsa de agua caliente y los barcos en el mar. Silvia rescata un viaje en colectivo de Santiago del Estero a Córdoba en el que su mamá le enseñó a recitar “Pajarito Brujo”. Yanina recupera la voz de su abuela detallando los viajes de Gulliver, Melisa deja que el recuerdo detone una búsqueda de algunos textos que leía hace años, Marta me cuenta que en su pueblo pasaba el viajante a vender libros y que sus padres compraron una colección que se llamaba El tesoro de la juventud. Cristina tenía seis años cuando entró a escondidas en una biblioteca que tenía prohibida. Buscó algo, lo que fuera, y encontró un ejemplar de Las mil y una noches. Una tapa hermosa, ilustraciones. Y el hábito secreto de buscar ese libro, furtivamente, cada vez que visitaba esa casa y se escondía para leerlo. 

Relatos sobre relatos. La clase que detonó esos recuerdos terminó en una suerte  de ronda, que se fue armando sola, recuperando algo de la vieja costumbre de reunirnos alrededor del fuego para contarnos historias. Una costumbre que siempre sostiene, que siempre consuela.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior
Ilustración: Juan Delfini

8 de julio de 2017



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