lunes, 4 de junio de 2018

Estar en el mundo







Es domingo a la noche. Mañana debo enviar al diario mi columna mensual. Ya está escrita.  Podría enviarla ahora, en esta noche que trae la promesa de una tormenta que aún no llega. Pero, otra vez lo mismo: la realidad estalla y no me deja opción que decir lo que siento que debería decir. El presente me empuja  a escribir otra cosa. Lo que no puedo sofocar.

Este fin de semana participé de una serie de charlas que se dieron bajo el nombre “La frontera es un colador”. El viernes por la tarde fui a escuchar a Diego Sztulwark. 

Sztulwark es un espécimen singular. Alguien que pone en tensión la categoría de académico con una militancia  –un estar en el mundo– sin tregua.  Voy a la charla porque en estos tiempos me resulta indispensable buscar espacios de encuentro y conversación. Espacios en los que pueda soltarse la voz para ir pensando juntos, dejando que la palabra se convierta en herramienta de búsqueda y no de certeza. 

Voy porque la filosofía para mí se ha convertido en un espacio libertario. Un discurso que, en su heterogeneidad, me permite dejar que la incertidumbre guie un proceso de demolición. La filosofía es mi refugio (me consuelo, tomo fuerzas, encuentro una trascendencia, me siento parte de una comunidad). 

Voy a la charla sin fines pedagógicos. Mis fines son libertarios. Casi cada cosa que hago en estos tiempos tiene fines libertarios. Liberarme de las propias jaulas. Lo que el mundo propone y uno acepta. Los modos de mutilar la pluralidad de la que estamos hechos. Ya desde fuera nos programan jaulas sin cesar. Creo que ni siquiera hace falta detallar cuáles son; están a la vista y cada quién verá las que por hora soporta ver. Hablo de la complacencia con ciertas opresiones, lo que aceptamos sin cuestionar, como si hubiera  una naturaleza en eso, una esencia y no una situación a la que uno se acomoda o a la que uno se resiste. 

Busco no ser cómplice, en mi interior, de las prisiones que nos propone el mundo. Abandonar las certezas y ver las cosas con el riesgo de hacerse preguntas sobre lo que uno cree, sobre lo que parecía inamovible y cierto. 


Vivir absolutamente

La pregunta sobre la libertad no trae serenidad. Trae, más bien, zozobra.  No hay serenidad en el riesgo. Esa libertad no es sencilla. Es costosa. Es, como dice  Alain Badiou, lo opuesto a la satisfacción. “Vivir es vivir absolutamente, y (…) desde ese momento ninguna cómoda objetividad puede garantizar esa vida”, dice el filósofo francés. Hay ahí algo inasible y precioso.

Si uno se abre a los gestos libertarios aparece, en algún momento, el peor de los temores: la desintegración, la disolución. El abismo de separar la esencia de lo que somos de todos los discursos sociales que nos atraviesan, nos toman la boca, usan nuestra lengua, sin darnos tiempo a pensar si acordamos o no con lo que nuestros labios dicen. Si nos separamos de esos discursos que hablan en nosotros, si nos permitirnos someterlos a revisión ¿con qué nos quedamos? ¿Seremos algo después de eso? Hay algo tranquilizador en lo que la psicología ha llamado el “yo”. La personalidad. Lo que creemos ser. 

El miedo a la disolución aterra de un modo difícil de explicar. Allí, en ese temor y en ese salto a un territorio donde no hay garantías, es donde los gestos libertarios encuentran lo que buscan.

Voy a la reunión con deseo y  con temor. Deseo de que lo que algo de lo que se diga rompa en mí estructuras cristalizadas que no me permiten ver. Temor de encontrarme con una jerga incomprensible. 

Sztulwark  viene a presentar  un libro de Gilles Deleuze. Lo poco que sé de Deleuze es por boca de otros. Más de una vez mi curiosidad me ha llevado a grupos en los que se usan jergas como puertas cerradas ante los que no son de la tribu. Yo no tengo tribu. No sé hablar en jerga. Creo que cerrar la puerta ante alguien sólo porque no ha leído ciertos libros es un ejercicio abusivo de poder.

El temor se deshace en los primeros minutos. Sztulwark es una máquina imparable de hacer preguntas y poner en cuestión categorías. Nunca había escuchado a alguien así. Es un verborrágico  maestro zen que juega con un campo de tensiones. No trae respuestas, trae la imperiosa necesidad de hacer preguntas. Pienso, mientras lo escucho, que la filósofa francesa Simone Weil debe haber hablado así en las reuniones en las que participaba. Con fiebre,  con ansia, con pasión. Gestos de rebeldía que se expresan en potencia. 

En esa charla se dice que pensar es hacer cartografías porque la tierra se mueve. Se propone poder atravesar el lenguaje de los demás para crear el propio. Se menciona  el terror de cada uno de nosotros, al interior, un terror que hace que no podamos enlazarnos a los otros. Se dice que la vergüenza es saber que tenemos que hacer algo y no saber qué hacer. 


¿Qué vamos a hacer?

El sábado por la tarde, el dramaturgo Silvio Lang habla de muchas otras cosas. Allí se dice, en algún momento, que el odio es “querer vivir y no poder”. No sé si la cita es exacta. Pero sé que esa exactitud, ahora, no es importante. Que lo que se va pensado es siempre comunitario. Que este ejercicio libertario se basa en eso. Ahí radica la potencia de la palabra “nosotros”. 

El tema del odio está presente porque eso vemos día a día. 

Se habla del odio como un deseo truncado, algo que no ha logrado expandirse, desarrollarse, desenvolverse. Algo envenenado de su propia potencia reprimida. Esa visión del odio me permite desmitificarlo y verlo como una posibilidad que está allí, disponible, para todo aquel que sofoque su potencia.  De eso se está hablando cuando Sztulwark entra en la charla –ha estado a un lado, desde hace un rato tiene los ojos puestos en el celular–. Nos dice que acaban de dar la noticia del asesinato de un mapuche a manos de las fuerzas de seguridad. Un muerto y dos heridos. La realidad se hace presente de un modo en el que es imposible sacarle el cuerpo. Lang ha venido hablando de qué es lo que él hace en su área de trabajo y de qué cosa puede hacer cada uno de nosotros. Sztulwark da la noticia y pregunta algo así como “¿qué vamos a hacer?”. 

Creo que es la pregunta fundamental de la especie. ¿Qué hacer ante el exterminio de otro ser humano? 


El gesto más libertario

Me voy sacudida por la pregunta. No puedo dormir. En la oscuridad de la pieza, en la enorme oscuridad de este tiempo, busco a tientas los anteojos y el celular. Leo la noticia en los portales de los diarios. Me rebelo ante las estrategias discursivas de los títulos y ante los muchos que van a tomar esas estrategias como si fueran un dato de la realidad. Me dejo caer –y caigo, en todos los sentidos– en la sección de comentarios. Allí, el odio se despliega de un modo espantoso. No voy a reproducir los discursos de quiénes celebran la muerte de un ser humano.  

Amanece. Desasosiego. 

Pienso en lo primero que dijo Sztulwark en su charla del viernes. Los riesgos del desánimo; los riesgos de dejarnos convencer de que no hay otro mundo posible. 

Me digo que el gesto más libertario, hoy, es seguir generando espacios de encuentro donde la potencia de cada uno encuentre un entorno para expandirse y desarrollarse. La potencia sofocada es lo que lleva a ese callejón de “querer vivir y no poder”. A ese callejón del odio.

Ya sabemos los monstruos que crea el odio. Deberíamos estar advertidos. Sólo el que odia paladea con placer la palabra “aniquilar”. 

El gesto más libertario hoy, creo, es poner nuestras bocas a decir cosas que quiten densidad al odio. No es delicadeza. Por el contrario: es un gesto de indecible fortaleza. Estar vivos, más vivos que nunca. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior
02/12/2017

Ilustración: Juan Delfini




No hay comentarios:

Publicar un comentario