viernes, 1 de junio de 2018

La errancia del peregrino






Nos encontramos una vez por semana, en una casa antigua cerca del río. Nos encontramos para leer y compartir lo que nos sucede antes, durante y después: cierto azar o cierta consecuencia de querer estar, juntos, contrarrestando  los mandatos de un mundo cada vez más feroz.

Lo llamamos “taller de lectura”. Y aunque leemos textos, leemos también  una trama que se nos abre frente a los ojos. Sin quererlo, sin buscarlo, uno se revela ante sí (por lo que lee o por lo que siente con lo que lee), uno se revela ante  otros, uno se va deshaciendo de esa capa de sinsentido que nos cubre.

Y a veces leemos cosas que no son, necesariamente, textos. Y abandonamos por un rato la vieja casona y nos vamos a dar vueltas, a buscar algo más, a asomarnos a algunas ventanas.

Es sábado a la mañana. En el Museo de Fotografía Palacio Dionisi nos espera Rodrigo Fierro. La propuesta es compartir con nosotros su muestra “Contexto para la exhibición de un proyecto”, una suerte de pase libre al ojo del ciclón, ese vórtice del cual van surgiendo las cosas –bellas, conmovedoras– que Rodrigo sabe hacer  brotar.

La propuesta es ir a un museo y ver una exposición acompañados por el artista. Pero aquí, hay que decirlo, lo nodal es que se trata de Rodrigo Fierro. Ese hombre  alto y flaco que siempre me hace pensar en un árbol mecido por el viento. Lo miro,  ahora, mientras habla con la gente. Y veo, perfectamente, al chico de diecisiete años que era cuando lo conocí. 


Relatos de viaje

Fierro rompe la idea de muestra: ha convertido ese espacio en una zona que propicia el encuentro. Ahí convoca, ahí espera, ahí recibe. Ahí llegamos nosotros, unas veinte personas con ánimo de leer. 

Fierro inaugura esta nueva sala del Museo –una habitación pequeña, un espacio donde la luz se deja caer de un modo que conmueve¬–. Mientras habla, el sol le da en la cara. Me doy el lujo de quedarme mirando a los que están ahí. Disfrutando de ver cómo entran en el relato, cómo se dejan llevar. Aún hoy, una de las cosas que más me conmueven es presenciar un encuentro. Y mucho más si los involucrados son personas importantes para mí. Y este es el caso.  

En la muestra hay una enorme y hermosa colección de huellas. Papeles, objetos, cajas, dibujos. Huellas. Huellas que alguien deja en el mundo. ¿Qué huellas hemos dejado nosotros? ¿Qué fue trasformado a partir de nuestra presencia? Ese es el tipo de preguntas a los que uno se enfrenta después de pasar un rato con  Fierro. Y ese preguntarse puede ser un regalo liberador o un destello, de frente, en una ruta abandonada.

Entre las cosas que Rodrigo tiene en esa sala, están sus bitácoras. Así las llama. Cuadernos en los que escribió, en los que pegó fotografías, en los que bocetó aquello que luego surgiría. “Bitácora” era el nombre de un pequeño mueble donde el capitán de un barco guardaba todos los papeles relacionados con el registro del viaje. Bitácora: diarios de viaje. 

Fierro es un viajero, alguien que sabe que la única posibilidad es el movimiento, y que, aún en absoluta quietud, hay partes nuestras que se mueven. Esa palabra, para él, es central: “viaje”. Viene pensando y haciendo en torno a eso. Recorre el Río Bermejo. Se va para Cerro Colorado. Le gusta asomarse a caminos que lo llevan a ningún lado. ¿Adónde podría llevarnos un camino más que a nosotros mismos? Parece, a veces, que no hay otro destino posible.  

Puede resultar curioso que alguien cuyo hacer artístico es fijar imágenes –detener lo que no puede ser detenido en el ojo humano–, esté tan atravesado por la idea del viaje. Pero esas son las palabras que usaría para hablar de Fierro: el viajero. O mejor aún: el que viaja. Ahora mientras escribo, me acuerdo de una frase de Michel Foucault. Me pongo a buscarla. Me sonrío: Rodrigo vuelve  a hacer lo mismo que ha hecho siempre: abre caminos, te lleva, te impele a buscar, a ir ¿hasta dónde? Hasta donde te lleve tu alma. Cada uno sabrá –o descubrirá–  la distancia que le cabe en los huesos. Sonrío. Sí. 

Encuentro la frase: “Está prisionero en medio de la más libre y abierta de las rutas: está sólidamente encadenado a la encrucijada infinita. Es el Pasajero por excelencia, o sea, el prisionero del viaje.” 

Algo de esa cita me ha hecho pensar en Fierro pero ahora que la recupero veo que no, que él es, más bien, el habitante del viaje. O como lo llamo a veces –sin que él lo sepa–: el peregrino.


Andando se acomoda

Dicen que el mayor tesoro es un amigo. Fierro es uno de ellos. Esas personas que equilibran la balanza cuando el desasosiego nubla el ojo. 

Nos veíamos seguido hace unos treinta años. Después ya no nos vimos. Y hemos vuelto a encontrarnos hace poco. Sigue siendo el mismo chico con el que hablábamos horas de Simenon y sus historias policiales. Compartíamos ese placer. Ahora encontramos otras cosas en común. Por ejemplo: los diccionarios y sus definiciones. Quizás por eso me he puesto a buscar esa palabra. Y dice: “Peregrino. (Del latin, peregrinus, extranjero). Que viaja por tierras extrañas // Dícese de las aves pasajeras // Fig. Extraño, singular”.

Y eso es: el personaje singular que, como un ave pasajera, consciente de su condición, viaja por tierras extrañas. Y pone la mirada en juego.

Fierro convoca palabras que abren camino. El baqueano, le diría uno. Pero incluso el baqueano en tierra desconocida. Quizás porque sabe que el mapa es sólo el amuleto contra lo inesperado, un amuleto que desaparece en cuanto uno pisa el territorio. Un baqueano que sabe que no sabe. Y que no siente miedo por eso sino, más bien, la inquieta alegría de un niño.  

Todo lo que Fierro nos cuenta en este encuentro –primero en la sala, después en el hall del Museo, nosotros sentados en sillas o sobre los escalones de la enorme escalera, nosotros partícipes de una ceremonia única e irrepetible–, todo lo que nos cuenta podría hilarse en algunas palabras clave: intuición, confianza, deriva, errancia. Hay algo en el vagabundeo, en el andar sin plan, algo que permite que las cosas digan lo que tienen para decir. Hay un cierto silencio, una generosidad en la mirada que permite que las cosas se muestren. No es un manifiesto de artista, es un modo de ser y estar. Hace unas semanas, cuando le hablé de un viaje que necesitaba hacer, Fierro se sonrió y soltó esa vieja frase del refranero popular: “andando, en el carro, se acomodan los melones”. Nos reímos, en el umbral de esa vieja casona cerca del río. Y cuando lo vi subirse a su bicicleta pensé que andar cerca de Rodrigo es siempre pisar un umbral que nos recuerda el lado amable del mundo.

Podría decir, además, que en noviembre Fierro va a presentar una exposición en el Museo Evita. Podría decir que está preparando un libro que habla de la mirada en viaje. Podría darles coordenadas. Pero mi forma de señalar un lugar luminoso en un territorio devastado es, hoy, la breve crónica de cómo Rodrigo Fierro nos recibió, nos cobijó, compartió con nosotros su hacer, permitió que nos acercáramos a sus preguntas, nos escuchó, nos hizo confidencias, nos dio, nos agradeció. Atención a las palabras: recibir, cobijar, compartir, hacer, permitir, acercar, preguntar, escuchar, dar, agradecer. Todo eso pasó una mañana de sábado en un rincón de la ciudad. No es poco. Y es bueno recordar que no es poco. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días contados - La Voz del Interior
12/08/2017

Ilustración: Juan Delfini


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