miércoles, 6 de junio de 2018

Un modo de estar despiertos






Hay canciones que toman ciertas épocas de nuestra vida. Una o dos piezas que describen el tono en el que estamos. Quizás por eso cuando escuchamos alguna canción vieja, lo que nos conmueve no es tanto esa música y esa letra sino lo que detona en nosotros, las cosas que pone a bailar en el recuerdo para agitarlas, para moverlas, acaso para resucitarlas.

Las canciones llegan de un modo extraño, sin que uno las haya convocado. Aparecen como un murmullo, algo que se balbucea al empezar el día, al armar el mate, al asomarse a la ventana a ver el mundo. Aparecen en esos gestos diminutos que hacemos al descubrir que hay un día más.

Desde hace un tiempo  la palabra que podría describir mis días es “hospitalidad”. Y la que describe mis sentimientos es “gratitud”.  Alguna vez le oí decir a la escritora Gabriela Massuh que la gratitud es una forma de la felicidad. Y así es. Algo indefinible que consiste en reconocer las pequeñas felicidades cuando están ocurriendo, la plena conciencia de ser afortunados.

Y, desde hace meses, la canción que me habita es “El buen modo”, de María Elena Walsh. Una canción que oí por primera vez en un viejo casete que aún tengo. En la tapa se ve a la cantante, de pie, frente a un micrófono, vestida de negro. La postura hace pensar en alguien que tiene algo que decir y la fuerza necesaria para hacerlo. La fecha: 1975. Lo compré en 1986, cuando tenía catorce años, en un local que había en la peatonal. Enormes bateas de discos y casetes desde las que me llamó la atención ese cuerpo de pie, listo para decirme  cosas que yo necesitaba oír. 

La primera canción de ese disco es “Orquesta de señoritas” (“Quien no fue mujer / ni trabajador / piensa que el de ayer / fue un tiempo mejor “). Después están “El buen modo”, “La clara fuente”, “Angelito mexicano”, “Vidalita porteña”, “Alba de olvido”, “Sin señal de adiós”, “No mires fotografías”, “Endecha española”, “Postal de guerra”, “Palomas de la ciudad” y la “Balada del ventarrón”. Doce canciones perfectas que, para mí, se abrieron como un mundo que giraba en torno a “El buen modo”. Porque ahí, en esos treinta y dos versos, se despliega un modo de estar despiertos, conscientes y agradecidos.


Kioscos, café, arroz

“Tengo tanto que agradecer / al que me dio de beber / cuando de sed me moría. / Agua en jarro, gusto a pozo, / pero río caudaloso / me parecía.”

El kiosco que estaba hace años en la esquina de Deán Funes y Avellaneda. El rincón donde íbamos a desayunar, de pie, ante un mostrador en el que Sebastián servía café caliente en taza y una servilleta con dos criollitos. El lugar al que volvíamos –las caras eran siempre las mismas– porque había ahí alguien que nos recibía. Y nos daba mucho más que un desayuno. Sebastián (algunos lo llamaban por su otro nombre: Ramiro), sabiendo un poco de cada uno de nosotros y haciendo siempre la pregunta justa, el silencio a medida, la palabra precisa. Hay gente que tiene ese don: acompañar a otros, sin grandes aspavientos pero con una concreción del afecto que deslumbra.

“Estos ojos no olvidarán / al que una vez me dio pan / cuando el hambre me afligía. / Miga dura, pan casero, / que trigal del mundo entero / me parecía.”

La señora que atendía el kiosco del colegio y que, sin preguntar, me daba dos facturas cuando yo pedía una y me hacía pasar para que tomara el café dentro, en una mesa, en una silla. Laura, sus hermanas y su madre, que en una casa de Cofico hicieron más suave una época de errancia y desamparo, ofreciendo arroz y abrigo cuando no tenía casa. Todos los anfitriones que a lo largo de muchos, muchos viajes, se ocuparon de ofrecer la comida que permitía el sueño. Los hombres y mujeres en los negocios, que al ver una mochila enorme, una cara curtida por el sol y un andar lánguido, agregaban a la compra más fruta, más pan, más queso. 


Conversaciones

“Hoy me acuerdo de aquel que ayer / se supo compadecer / cuando lágrimas vertía. / Era parco su consuelo, / pero Dios con un pañuelo / me parecía.”

Todas esas piezas de pensión, departamentos de estudiantes, bares, cafés, veredas, caminos, calles de tierra, cuartos, colectivos, rutas, montañas y campos habitados por un tiempo sin tiempo. El de la charla, el de la confidencia, el de la escucha. Todas esas palabras y silencios construidos para decir “estoy acá, esto va a pasar, estoy acá”. Todos esos amigos. Una mano que se apoya en mi hombro cundo vamos camino a un entierro. Una voz que trae el teléfono cuando apenas hay fuerza para hablar. Alguien que hace comida, porque hay que comer, porque la vida sigue, porque hay que encontrar las fuerzas. Una par de manos que arman un cigarrillo con tabaco rubio, para construir el ritual de la conversación. El sonido de una cuchara que bate el café mientras la pava suena. El amanecer que llega y se apoya sobre la charla, sobre las voces que siguen susurrando como si aún fuera de noche. Los amigos. 

“Nunca pude olvidarme yo / del que una vez me albergó / cuando techo no tenía. / Rancho pobre, catre chico, / pero caserón de rico / me parecía.”

Leonardo, que me dio casa y comida cuando no tenía lo uno ni lo otro. Que ayudó a que no dejara la escuela. Que me prestaba su bicicleta negra para salir  a dar vueltas por el Parque Las Heras. Que me daba libros de Joyce y ponía discos de Gal Costa en una pequeña casa azul que sirvió de refugio en tiempos de tormenta.  Esos meses viviendo en una pieza donde sólo cabía la cama y un pequeño walkman donde sonaba, una y otra vez, “Artaud”, de Pescado Rabioso. 

Los nombres que me vienen a la boca son una suerte de sortilegio. Los repito como quien invoca ese lazo, esa trama de afectos que  nos ha sostenido cuando no había otro sostén que la generosidad de los pares. Cuando se aprendía, en la adolescencia y aún hoy, que la familia verdadera se construye en el encuentro, que no tiene nada que ver con lo biológico sino con reconocer a quién, en el camino, es feliz si estamos a salvo y se preocupa si estamos a la intemperie.


Encuentros

“Seas siempre bendito /por tu buen modo, / porque al darme poquito / me diste todo. / Antes que la muerte / me robe la ocasión / para corresponderte / aquí te mando mi corazón.”

¿Cuánto nos unen a otros los gestos de generosidad que han cambiado el curso que traían las cosas? ¿Cuánto hay ahí de gratitud, de ese modo de la felicidad –como dice Massuh–, de ese  haber sido tocados, atravesados por la  inusual experiencia de la amistad? Los aliados. Los que están allí, siempre al alcance de la mano.

 No creo en la frase que dicen quienes creen ser el origen de su fortuna. “Yo me hice solo”, dicen algunos. Yo no. Sé que hice lo que hice gracias al amor y a los amigos. A cada uno de ellos, a los que nombro y a los que no. A los desconocidos que no miden sus gestos. A los que no han perdido la capacidad de conmoverse. A los que están dispuestos a escuchar sin juzgar. A los que admiten que no sabemos y se arriesgan a descubrir. 

No somos sólo maravilla. También está el horror. Esto que escribo ahora viene de un fondo turbio. Es mi modo de combatir ciertas noticias que se vuelven insoportables. Las noticias del odio y el coro de voces que celebra ese odio.  

A un gesto lo contrarresta otro gesto. A la desesperación la contrarresta la esperanza. No una esperanza ingenua del que niega la realidad. Digo la esperanza trabajosa, delicada, infinitamente construida. 

Al horror de algunos gestos, decir nuestra palabra. Poner ante los ojos que hay otros posibles. Otros caminos, otras formas, otros modos de estar en el mundo. 




Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior
Ilustración: Juan Delfini
13/01/2018





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