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martes, 14 de enero de 2020

Entrevista de Valeria Tentoni para Eterna Cadencia



Eugenia Almeida

"Lo que habitualmente llamamos autobiográfico es pura ficción"


"Escribir es una vía posible para sentir algo", dice la poeta y narradora cordobesa sobre su nuevo libro, Inundación. "A veces la escritura no es un a posteriori sino un a priori, una condición necesaria para sentir, para descubrir lo que no hubiéramos visto si no hubiéramos escrito".


Por Valeria Tentoni. 


"Comenzar a escribir tiene que ver con el deseo. Continuar escribiendo, no", escribió Eugenia Almeida en Inundación. El lenguaje del que estamos hechos, novedad que acaba de publicar Ediciones DocumentA/Escénicas en su colección "Escribir". Nacida en Córdoba en 1972, es licenciada en Comunicación Social pero trabajó de muchas cosas antes de coordinar talleres de lectura y clínicas de escritura y de desempeñarse en periodismo cultural: como lavacopas, moza, personal de limpieza, cadete, secretaria, vendedora, artista callejera, profesora particular y recepcionista. "A cada uno de esos trabajos fui con mi equipo de supervivencia: una lapicera y un cuaderno. Esas herramientas, hoy, son parte cotidiana de mi trabajo".

Tres novelas y un libro de poesía había en el acervo Almeida antes de que apareciera este tomo autobiográfico alrededor de la escritura y la lectura: El colectivo, La pieza del fondo (que la consagraron internacionalmente con premios y traduciones) y La tensión del umbral, además de La boca de la tormenta, de poesía. Enviamos algunas preguntas por correo electrónico a propósito de Inundación:


 "Hay que sentir las cosas para poder verlas", escribías en tu libro La boca de la tormenta. En Inundación parecería que la línea continuaría con un "hay que sentir las cosas para poder escribirlas", ¿estás de acuerdo? 

La escritura, creo, es un paso enlazado a la experiencia. A la experiencia real o a la posible. La ficción tiene eso: su hueso está formado de la experiencia potenciada o en potencia. Seguramente se puede escribir sin sentir, como se puede hacer todo sin sentir. Pero ¿qué es eso? ¿Eco de qué? Yo busco la experiencia. Y entonces hago. Parte de ese hacer es escribir. Una parte muy singular porque lo que hace es multiplicar la experiencia. También creo que escribir es una vía posible para sentir algo. A veces la escritura no es un a posteriori sino un a priori, una condición necesaria para sentir, para descubrir lo que no hubiéramos visto si no hubiéramos escrito.

En El colectivo ya leíamos "pasan minutos largos como el agua". ¿Cómo se vinculan tu escritura y lo acuoso? 

El agua es algo que me deslumbra. Cada elemento tiene algo que me atrae pero el agua aparece siempre. Es capaz de tomar cualquier forma. No se detiene. Irrumpe. Mantiene su identidad, sea una gota o el océano. Creo que algo de eso también podría servir para definir el acto de escribir. Las mareas, lo que parece inamovible, lo que cambia todo el tiempo. En lo personal, la vida sería perfecta si pudiera vivir en el agua. Donde no hay peso, donde todo movimiento está cargado de suavidad, donde hay cierta sordera. O cierta capacidad de oír otras cosas. Hay un texto precioso de Ponge sobre el agua. Siempre vuelvo ahí. Y cada vez que lo leo siento que algo que se me escapa. Y que quizás pueda encontrarlo en la próxima lectura.

¿Cómo fue escrito Inundación y con qué dificultades te topaste?

El libro surgió como una invitación de Gabriela Halac, de DocumentA/Escénicas. Gabriela es una gran amiga y toda invitación que viene de ella para mí es una fiesta y un desafío. La boca de la tormenta también surgió así. De una tarde de sol en la terraza preguntándonos qué podíamos hacer juntas. El libro presuponía un cierto territorio porque forma parte de la colección "Escribir" y eso reclamaba ciertas características. Lo fui escribiendo como un juego, serio, profundamente serio, pero juego al fin. Ojalá siempre pudiera escribir así. Quizás lo más difícil fue buscar un registro que tuviera otra relación con la ficción. He escrito novelas, cuentos y poemas. Todos tienen una relación transparente con la ficción. Aquí se trataba de otra cosa. Sin embargo, lo que habitualmente llamamos autobiográfico es pura ficción. Quizás la más refinada porque juega con elementos que parecen reales. No lo son. Nada de lo que nos decimos del mundo, de los otros o de nosotros mismos tienen estatuto de realidad. Todo es ficción. Todo es una narración que hacemos sobre las cosas. Cuando encontré ese registro, pude jugar un poco más.

El libro está en algunas secciones construido a partir de definiciones, de afirmaciones ("El lenguaje es una religión", "La paradoja es una herramienta de disolución de la ceguera", "Todo es relato"), de incursiones aforísticas: ¿por qué creés que echaste mano a estos recursos?  

Es cierto que Inundación juega con estructuras discursivas cercanas a la afirmación de una certeza. Pero si uno lo mira desde ahí, el libro está plagado de contradicciones. Y de eso se trata. De decirse y desdecirse. De buscar en la afirmación y en algo que niegue esa afirmación una especie de refucilo que ilumine, por un segundo, lo que no puede ponerse en palabras. En ese sentido, sí, es un cuaderno de notas. Y más que de notas, diría que es un cuaderno de ejercicios. Quizás ahí esté lo más autobiográfico. No en lo que digo, en el contenido, si no en el movimiento que hago para decir. En todo caso, nunca se trata de lecciones a no olvidar sino más bien lo contrario: un dibujo al que luego habrá que desdibujar para hacer otra cosa. Como un trabalenguas: la única certeza es que no hay certezas posibles.

En el libro hay un pasaje dedicado exclusivamente a listar autoras mujeres, o te dedicás por caso a internarte brevemente en la vida y obra de Irene Némirovsky. Más allá del sentido de justicia, ¿qué es lo que te atrae de la escritura de otras mujeres?  

La lista de escritoras fue hecha sin pensar, como una asociación libre de nombres que se me veían a la mente. De hecho, hay muchísimas escritoras que lamento no haber mencionado. Pero el juego era ese. Improvisar. Un poco como una respuesta a tantas situaciones en las que escucho que las mujeres no tienen un lugar destacado en la literatura. Es una locura y una necedad decir eso. Pero lamentablemente lo oímos una y otra vez. Como trabajo recomendando libros, muchas veces me piden nombres de escritoras. Como si no estuvieran ahí, a la vista. Lo hice más como un gesto que como una lista. Un gesto un poco cargado de fastidio por la ceguera voluntaria que muchos parecen tener. ¿Qué es lo que me atrae de estas escritoras y de muchas que no nombré allí? Como toda experiencia, no se puede transmitir. Sólo se puede sugerir a los demás que se asomen a esa experiencia. Esa fue mi intención: que cada quien descubra un nombre que quizás no tenía presente y busque una nueva lectura.

"Mi refugio es la escritura. (...) La soledad preciosa de la escritura": ¿Cómo pensás el vínculo entre escritura y soledad?  

La escritura y la soledad tienen una relación singular. Es indispensable la soledad para escribir pero uno termina haciendo un gesto que tiende hacia un otro (un otro que puede ser uno mismo, claro). No tuve necesidad de desarrollar una cierta soledad para escribir. Desde que tengo memoria, la soledad es mi paisaje. La disfruto mucho. La protejo. Estoy bien en soledad. En nuestra cultura se opone el estar solo a el estar con otros. No creo en eso. Son dos movimientos complementarios. Pero supongo que cada persona tiene sus propias inclinaciones. Yo podría vivir en el medio de la montaña, lejos de todo y creo que sería feliz. De a épocas he vivido así. Quienes me quieren saben convivir bien con mi carácter ermitaño. Conseguir momentos para escribir no se relaciona tanto con la soledad sino con el tiempo. Con el excesivo uso del tiempo que hay que hacer para sobrevivir económicamente. Mi pelea es esa: cómo conseguir más tiempo para escribir. Hay quien trabaja para comprar viajes, ropa, teléfonos, una casa. Yo trabajo para comprar tiempo. Tiempo para escribir: tiempo de felicidad, una especie de tiempo multiplicado.

Además de brevísimos perfiles de escritores, hay un trabajo delicado y abundante con citas, subrayados de tus lecturas. ¿Qué de tu escritura y cómo está hecho de la de otros y otras? 

Creo que todos estamos hechos un poco de los otros, marcados, tocados, cincelados por los otros. Me sería imposible decir hasta qué punto eso juega en mi escritura. Lo que sí puedo decir es que nunca escondo esas lecturas. Las transparento, trato de compartirlas. De las cosas que me han dicho algunos lectores de Inundación, lo que más me ha conmovido es que el libro haya provocado nuevas lecturas, que haya dado ganas de leer otros libros. Que se haya producido una red que, en cada uno, va hacia distintas direcciones.

¿Qué importancia tiene la lectura para vos y cuándo lo advertiste?  

La lectura para mí es fundamental. En sentido literal: es donde encuentro fundamentos para estar en el mundo. Sostén. Reparo. Es lo que más me gusta hacer. Creo que estuvo ahí desde siempre. Incluso en lo que me leían antes de que pudiera leer sola. Creo que es lo único en lo que no he cambiado nada. Siempre entre libros. Siempre buscando y encontrado ahí algo que multiplica la experiencia. Diría que los libros son mi juguete. O el juguete que más me gusta.

Desde el arranque, el suicidio es una presencia intermitente del libro. Hay hacia el final una escena de Simone Weil  negándose a comer en el hospital, y una idea que también aparece y se sugiere en varias oportunidades: la de la escritura como algo que se realiza hasta sus últimas consecuencias, "hasta el último gesto", ¿no? Y también la idea de que el ser y el escribir son lo mismo ("escribir lo que se hace", lo que se ve, lo que se busca). ¿Cómo pensar esto de la escritura hasta sus últimas consecuencias?

Creo que ese "hasta las últimas consecuencias" es mi modo de ver las cosas. No se trata sólo de la escritura. "Vivir intensamente", como decía la canción. Lo que sea, que sea. Sin medias tintas. Muchas veces se contrapone la escritura o la lectura a "la vida". Yo no entiendo eso. Para mí unas forman parte de la otra, potenciándola. Pocas veces me he sentido más viva que escribiendo o leyendo algo. Hay algo extraño que sucede ahí, no sé cómo explicarlo. Una sensación que no se replica en otras cosas.

En Inundación hay un apartado en el que se cuenta cómo nació El colectivo, cómo se publicó. Hay otro tema que ya estaba allí y regresa: la muerte. En La tensión del umbral también se incluye un suicidio. ¿Por qué creés que regresa a tu literatura, o que lo vas a buscar como tema?

Más que la muerte lo que reaparece (también en La pieza del fondo y en La boca de la tormenta) es el suicidio. Es un tema nodal para mí. Mi escritura merodea ese gesto en busca de algo que sé que no va ser respondido pero que necesita ser preguntado. Es inevitable para mí que exista un trazo de la escritura que traiga eso. No es deliberado pero ahí está. Y, sin embargo, aunque parezca paradójico no se trata de la muerte en sí. Se trata del suicidio. Un gesto que uno hace en vida. Me pregunto por el momento exacto anterior al final. No por el final en sí. Todos vamos a morir. Eso nos iguala. Pero ¿cómo es el minuto previo, el antes de un gesto que sirve para quitarse la propia vida? En Inundación hablo de las cartas de los suicidas. Eso. Alguien que, antes de morir, hace un gesto que tiende a los otros. Todavía tiene la voluntad suficiente como para tener fe en el lenguaje y dirigirse a otros.*








viernes, 28 de junio de 2019

Comentario sobre L´Échange ("La tensión del umbral") - Delphine Olympe - La bibliothèque de Delphine-Olympe





Trente ans après la dictature, l'Argentine est-elle débarrassée de ses démons ?

Il y a quelque temps, je vous parlais de La double vie de Jesus, paru chez Metailié. Depuis, cet éditeur a eu la gentillesse de me faire parvenir un roman issu du même continent, L’échange d’Eugenia Almeida, ce qui ne pouvait manquer de m’intéresser. J’ai donc quitté le Mexique pour l’Argentine, mais on ne peut pas dire que j’y ai découvert un horizon beaucoup plus dégagé.
Changement radical de registre toutefois, avec ce texte au style austère, incisif, confinant parfois à l’épure. Rien à voir avec la truculence de Serna.

Tandis que le cadavre d’une jeune femme gît devant un café, deux journalistes s’interrogent sur les causes de sa mort. Un suicide. Guyot se rend sur place, où l’émotion est palpable, observe l’agitation et tente d’obtenir des informations du commissaire Jury. Mû par une sorte d’intuition, ou de trouble, il va chercher à comprendre ce qui a pu conduire cette femme à commettre l’irréparable. D’autant qu’avant de retourner son arme contre elle-même, elle s’en était servi pour menacer un homme, disparu sans laisser de trace. Au fil de son enquête, Guyot va interroger différentes personnes ayant fréquenté la jeune femme, parmi lesquelles une psychanalyste à la retraite, avec laquelle il va nouer une relation privilégiée. Et va peu à peu surgir l’ombre vénéneuse de la dictature dont les acteurs ou ceux qui en ont tiré parti sont loin d'avoir disparu de la circulation...

Par ses chapitres ultra-courts, le recours quasi permanent à la forme dialoguée et à des phrases très brèves, voire nominales, telles des didascalies, Eugenia Almeida produit un texte théâtral qui propulse le lecteur sur la scène des événements et installe d’emblée une atmosphère oppressante, parfois presque poisseuse. De manière imperceptible, elle fait progressivement monter la tension pour installer son lecteur dans une forme de malaise diffus, pareil à celui qui semble traverser la société argentine.

Il faut accepter d’être déstabilisé par ce texte qui fait entendre différentes voix, sans que l’on sache toujours précisément qui parle, et qui place par conséquent le lecteur dans une position assez inconfortable. On est pourtant happé par l’atmosphère qui se dégage et l’on ne peut s’empêcher de suivre les personnages en différents lieux et différentes situations, qui en disent long sur l’état de la société argentine.

L’auteur s’en explique d’ailleurs fort bien, comme j’ai eu la chance de pouvoir l’entendre lors d’une rencontre organisée par l’éditeur. Eugenia Almeida a en effet sciemment choisi d’installer ses lecteurs dans un certain flou pour traduire cette peur omniprésente et ce soupçon permanent qui caractérisent les régimes autoritaires. Savoir qui parle et à quel titre, c’est avoir la possibilité de cerner sont interlocuteur et maîtriser son environnement. A contrario, la confusion, les discours lourds de sous-entendus, les menaces qu’on laisse planer entretiennent la peur sur laquelle se fondent les dictatures. L’ambition de l’auteure était de traduire les complicités cachées qui perdurent bien après que les tyrans soient tombés, pour transcrire l’angoisse qui en résulte. 

Eugenia Almeida s’est lancée dans une démarche littéraire tout à fait intéressante qui me rappelle, quoi qu’elle revête une forme bien différente, l’expérience menée par un autre écrivain argentin, Leopoldo Brizuela, dans La nuit recommencée. Ces romans se rejoignent dans leurs tentatives originales d’aller au-delà du simple récit pour faire percevoir au lecteur une petite part de ce que l’on peut ressentir lorsqu’on vit sous un régime autoritaire. Des romans évidemment très noirs, à l’image de la très belle couverture du livre d’Eugenia Almeida. 






domingo, 16 de junio de 2019

LOS ENGRANAJES DE LOS IMPUNES | ENTREVISTA en Revista Evaristo Cultural




LOS ENGRANAJES DE LOS IMPUNES 
ENTREVISTA A EUGENIA ALMEIDA

Nicolas Ferraro  julio 1, 2016  Rastros

La tensión del Umbral de Eugenia Almeida es una novela que habla del verdadero poder: el que no se elije ni se se puede sacar con una urna.


“La peor tentación es querer entender” se dice en la novela, dejando en claro que con saber no basta. No sirve. Que, más que nada, lo que se necesita es entender. Me gustaría que te explayaras sobre esta idea.

No hay posibilidad de saber, realmente, si uno no comprende. Esa es una gran confusión de la época: muchísima información que la mayoría traga sin  pensar. Los poderes más oscuros necesitan eso: millones de ovejas que repiten acríticamente lo que les ofrecen medios de comunicación y personajes que responden a esos mismos poderes. Esto, a nivel político.
Sin embargo, en la novela, esa frase está planteada en relación a algo que nunca termina de explicarse: por qué alguien se suicida. Toda respuesta posible es sólo una forma de clausurar lo inabarcable del suicidio.

De la novela se desprende que un rol de medios de comunicación, estaría dado por la saturación de la información que opera, en la práctica, como desinformación y, en ciertos casos, como tergiversación de hechos, desarticulando la realidad, ofreciendo una verdad que responda a sus intereses. ¿Esto fue siempre así o podríamos reconocer un tiempo histórico, como punto de inflexión que marca un antes y un después?

No me animaría a afirmar que fue siempre así. Lo sospecho, pero no puedo asegurarlo. Sí tengo claro que el rol de los medios ha cambiado muchísimo. No es lo mismo el periodismo que se hacía en los 70, en los 80, en los 90, en el 2000 u hoy. Cada vez es más claro que los medios son herramientas básicas para la dominación. ¿Que hay periodistas que tratamos de hacer otra cosa? Por supuesto. Estoy diciendo esto a nivel empresarial.
Es difícil generalizar: no es lo mismo un pequeño medio que un enorme emporio mediático. Incluso dentro del mismo medio, a veces hay secciones muy progresistas dentro de medios que se caracterizan por ser muy reaccionarios. El problema está en cómo reaccionamos nosotros ante lo que nos dan los medios. Actualmente, en 2016, me horroriza la cantidad de gente que acepta, consume y reproduce la inocultable manipulación mediática que se da en torno a la realidad política y social en nuestro país.

La Tensión del Umbral está llena de heridas abiertas del pueblo argentino -Terrorismo de Estado, robo de bebés, la impunidad de los de arriba-. ¿En qué medida se escribe para cerrarlas? ¿Y en qué casos para entenderlas?

Mi intención no es cerrar. No se va a cerrar hasta que no haya justicia. Retomando los temas que mencionas: no se va a cerrar hasta que se haya juzgado a todos aquellos relacionados con el Terrorismo de Estado, no se va a cerrar hasta que se recuperen todos los nietos apropiados; no se va a cerrar hasta que deje de haber impunidad. No tengo una programática mientras escribo pero no soy ingenua: creo que en mis escritos salen aquellos temas que me preocupan. Y son esos.
No sé si el horror se entiende. Pero hay que hablarlo. Una y otra vez.

Esta búsqueda de la verdad y su correspondiente exposición, es un motor de la novela. ¿La verdad, por sí misma, tendría la capacidad de generar cambios sociales y políticos en Argentina? ¿La sociedad argentina exhibe, en la actualidad, una vocación real orientada a querer conocer e interpretar la verdad o esta genera, en la sociedad, más temor que ansiedad?

Uf. Son dos preguntas en una. La verdad puede generar cambios pero no siempre. Hay gente que enfrenta verdades espantosas y no puede reaccionar ante ellas. Sí creo que la verdad es condición indispensable de un cambio posible. Desde hace años gente como Estela de Carlotto y las Abuelas de Plaza de Mayo viene trabajando en ese sentido.
La segunda pregunta es más compleja ¿qué es “la sociedad argentina”? Para mí, sería muy difícil hacer generalizaciones. No soy socióloga, ni politóloga ni historiadora. Espero, deseo, confío en que la mayor parte de la comunidad esté de acuerdo en temas tan nodales como oponerse a la violación de los derechos humanos.

“La dictadura había terminado ya, pero todo era lo mismo.[…] Todos los bichos tienen cría”. ¿Podríamos desarrollar alguna idea sobre los efectos residuales de la dictadura?

La respuesta a eso está en la novela. Redes que lo atraviesan todo.

La novela carga en sus páginas varias muertes y golpizas, las cuales, mayormente, suceden fuera de campo, en elipsis. En un tiempo en que las novelas negras están cargadas de sangre, bordeando lo gore,  proponés otra estética. Me gustaría hablar de eso.

Como lectora y como escritora, prefiero lo que se hacía en las tragedias griegas: si hay algo espantoso (Edipo arrancándose los ojos, por ejemplo), que sea fuera de escena.

Lo que está por encima –o detrás- de la ley, las sombras sin nombres, lo oculto, lo impresentable, ¿incentiva o frena todo intento de correr el velo?

En primera instancia diría que lo frena, claro. Pero creo que también juega con cierta omnipotencia: a veces incentiva una búsqueda que luego castiga. Y quizás sólo lo hace para demostrar que puede hacerlo.

Desde Rastros: Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal de la Biblioteca Nacional, tenemos la hipótesis de que la novela negra, al reposar en la idea de crimen, reflexiona –de manera conciente o no- sobre el derecho como estructura simbólica e imaginaria de la sociedad. En el choque de nociones como Justicia/ley y, en definitiva, en el rol del Estado. Me interesa conocer tu opinión.

Sería muy difícil responder a eso en pocas líneas. Creo que “La tensión del umbral” bordea esta relación entre Justicia y Ley. Creo que se ocupa también de hablar de cuánto estamos dispuestos a hacernos los distraídos con todo lo que pasa en torno a nosotros. Pero el hueso de la novela se relaciona con el modo en que se enlazan la Historia con mayúscula y las historias personales. Creo firmemente que cada gesto tiene una carga política porque construye mundo. Uno de los muchos mundos posibles.

¿Por qué creés que el género negro está siendo consumido con tanta avidez en todo el mundo?

Quizás porque aborda temáticas que nos inquietan. Quizás porque muchas novelas negras tiene como eje un enigma y hay cierto placer en “descubrirlo”, en poder dotar de sentido a las cosas.

¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Cómo se modificó al escribir esta novela en una residencia bajo  el patrocinio del Conseil Général du Départament du Nord (Francia)?

Como la mayoría de los escritores en nuestro país, escribo cuando puedo. En los ratos libres que deja el trabajo. No tengo demasiadas cábalas, me acomodo a lo que se puede.
La experiencia en la residencia de Mont Noir fue extraordinaria. Dos meses para poder dedicarlos completamente a la escritura, un equipo humano que nos atendió como si fuéramos de su familia, conversaciones generosas, encuentros con los lectores, paseos por un bosque enorme. Me permitió crear una cápsula de tiempo donde trabajar con completa tranquilidad.

¿Cómo manejás el clima, la atmósfera, en tus narraciones?

Sólo escribo, voy haciendo lo que puedo. Corrijo mucho. Nunca usaría la palabra “manejar” en relación a la escritura. Se trata, más bien, de dejarse llevar.

¿Cómo abordás en tu obra el trinomio “lenguaje, trama, argumento”?

Qué pregunta más difícil. Para mí, la escritura debe funcionar como si fuera música. Cuando corrijo, leo en voz alta. Si algo desafina, lo trabajo, lo limo, lo saco. Casi nunca agrego. En general se trata de una poda. El argumento y la trama trabajan por su cuenta, yo voy por atrás, corriendo atrás de ellos, tratando de ser fiel en el uso del lenguaje. A veces el lenguaje manda y decide el argumento y la trama. Y cada libro  es diferente.



jueves, 30 de mayo de 2019

Comentario sobre L´Échange ("La tensión del umbral") - Blog Cinéphile m'était conté ...




Progression dans les ténèbres (L'échange)


Si L'échange d'Eugenia Almeida était un film, il serait d'évidence tourné en noir et blanc, dans un style expressionniste, avec des ombres surdimensionnées se dressant à chaque coin de rue du vieux Buenos Aires. 
Le roman frappe par la brièveté de ses chapitres: beaucoup d'entre eux sont des dialogues directs où le nom des interlocuteurs n'apparait qu'avec retard, presque de façon accidentelle. 
L'histoire de L'échange est labyrinthique et prend racine des années plus tôt, le style du livre épouse cette incertitude et ressemble à une progression dans les ténèbres sans qu'il soit véritablement certain que la lumière apparaitra un jour. Un polar ? Un thriller ? Une oeuvre au noir plutôt, oppressante et fascinante, qui magnétise son lecteur avec une économie de moyens prodigieuse. Preuve s'il en est que la poésie peut surgir d'une forme condensée mais puissamment évocatrice. 
Inutile de préciser que le livre est profondément argentin et pas seulement parce que l'un des personnages principaux est psychanalyste à la retraite. Les autres sont journaliste, flic, mafieux, garçon de café ... Certains apparaissent, le roman les accompagne quelques instants et puis, il peut arriver qu'ils disparaissent aussi vite. Ou pas. C'est l'une des particularités du livre : tout peut arriver, ou presque, il y a ce sentiment que la fatalité est plus fort que tout. Du coup, oui, l'on revient à cette idée de caractère argentin, comme une triste rengaine de tango. Pas question de trop évoquer le passé et le sale air de la peur à l'époque de la dictature. Sauf que le procès n'en a jamais été fait et que certains acteurs de cette période courent toujours et n'hésitent pas à agir quand on fouine un peu trop. 
La fin de l'échange est ouverte. On peut craindre que le pire soit à venir. Il faut en tous cas le répéter le plus souvent possible : ce livre est une pépite noire !





viernes, 26 de abril de 2019

Comentario sobre L’échange (La tensión del umbral) - Blog Librairie au temps retrouvé





L’échange, de Eugenia Almeida, 
trad. De l’espagnol (Argentine) par Françoise Gaudry, 
éd. Métailié


Nous voilà, nous, lecteurs, plongés dès la première scène dans une situation dont nous avons du mal à démêler la teneur. Dans une ville argentine, une jeune-femme est visiblement sortie d’un bar en menaçant de son revolver un homme, puis elle a retourné l’arme contre elle et s’est suicidée. Nous comprenons que Guyot, à travers qui nous suivons l’affaire, est journaliste, qu’il va rendre compte (ou pas) de tout cela dans ses articles, nous devinons au fil des pages et des scènes en gros plans (toujours), que la police, les journaux, les différents acteurs de l’histoire sont à la fois soutenus et menacés par une organistation « secrète », et que la délation est une institution. Nous redoutons jusqu’au bout ce qui va arriver.

La force de ce livre est de ne jamais nous permettre de nous repérer et de nous faire éprouver, de l’intérieur, cette menace permanente mais non identifiable qui pèse, incarcère, se ramifie de façon irrationnelle. Une construction parfaitement contrôlée, des dialogues omni-présents et très réalistes, ce livre en dit beaucoup sur l’empreinte que laisse une dictature.





jueves, 28 de marzo de 2019

Comentario sobre L´Échange (La tensión del umbral) - La livrophage. Lectrice en campagne




«L’échange» – Eugenia Almeida – Métailié, 
traduit par François Gaudry



Eugenia Almeida, auteure argentine, écrit ici son troisième roman. Pour moi, c’est avant tout la découverte d’une plume très originale dédiée à une histoire en forme de puzzle. En premier lieu, il faut dire que cette écriture et la construction du roman sont  absolument remarquables. Le lecteur est poussé dans un labyrinthe en quête d’une vérité tapie sous une chape de plomb, et il n’a de cesse d’avancer jusqu’à l’issue, revenant sur ses pas, hésitant, se heurtant aux impasses en compagnie du personnage principal, Guyot.

Bien que la dictature soit terminée, ses effets, ses résidus nauséabonds et ses mains armées hantent encore le pays. Une jeune femme braque son arme sur un homme à la sortie d’un bar, mais finalement la retourne contre elle. Suicide? C’est la réponse facile à une mort dans l’indifférence d’une personne ordinaire. Mais c’est compter sans Guyot, journaliste réchappé de la folie et de l’alcool dans lesquels il s’est enlisé après le meurtre de sa femme. Guyot intrigué par cet acte : viser quelqu’un et mettre fin à ses jours…Pourquoi? Que cache cette mort ?

Ici commencent les méandres de l’enquête sur laquelle se greffent de nombreux personnages de la police, des médias, et une psychologue à la retraite qui boit beaucoup de vodka au bar de Bruno. 

Chapitres courts, phrases sèches et brèves, mélancoliques – et même dépressives – énigmatiques, poétiques aussi :

« L’un après l’autre les jours s’enfoncent. des jours comme une lame qui empêche de bouger, de réagir, de se dégager.

Il est difficile de deviner laquelle de toutes les pièces a fait que cet éphéméride n’aura pas de terme. Peut-être que cela a commencé avant.

[…]Il arrive un moment où tout doit être mis en ordre. Les yeux s’ouvrent péniblement sur un monde sans signification. Juste une boîte obscure saturée d’échos.

Celui qui ne sait pas qu’il doit mesurer sa force entre en aveugle dans un monde régi par d’autres. Ce peut être beau ou terrible. C’est pareil. Les figures viennent du dehors, elles s’imposent à nous, nous dansons sur la musique d’un autre. »


Nous sont restitués ainsi les tâtonnements de l’enquête, la narration sautant d’un personnage à un autre; on se sent parfois égaré comme Guyot l’est par les secrets qu’il cherche à percer, comme il l’est par l’horreur de ce qu’il dévoile. Très beau personnage et j’ai particulièrement aimé ses rencontres avec Vera Ostots, la psychologue assez trouble qui n’exerce plus, mais si, encore un peu. Et qui a ses habitudes.


« Elle sourit.

-Le monde réel existe. même si on lui résiste.

En un geste identique au premier, elle vide son verre. Il s’écoule à peine une minute avant que Bruno lui en apporte un autre, par une sorte d’accord tacite qui semble avoir été passé depuis des années. Guyot doit avoir posé sur elle un regard déplacé, car elle reprend sa tasse où reste un fond de café froid et dit:

-Ne faites pas attention. On a tous nos petites habitudes. »


Dans ce roman politique et sombre, Eugenia Almeida triture l’histoire de son pays, la décortique par le biais de ceux qui l’ont faite – défaite – , l’armée, la police, la presse. Secrets intimes et vie publique mêlés, la monstruosité de ce régime surgit par bribes au détour d’une phrase. On comprend aussi que ce pays ne peut se dépouiller sans mal de ce passé encore très proche, et que celui-ci détermine encore et toujours la vie des Argentins. On ne peut jamais être sûr de rien, et l’écriture incisive génère une sorte d’angoisse fébrile, une appréhension sourde; quel talent ! 

Le roman est assez court, je l’ai lu d’une traite parce qu’on suit avec la même inquiétude que Guyot le fil ténu des indices, le double jeu des protagonistes, on veut savoir et dénouer cette sinistre affaire, où le passé démontre qu’il continue son œuvre comme un ver dans un fruit.

La fin éclaire le titre ( même si connaissant un peu l’histoire de la dictature en Argentine, j’ai compris assez vite celle de la jeune morte ), mais surtout cette fin est très très bien choisie, dans la même ambiance que le reste du livre c’est à dire angoissante à souhait :


« La pénombre s’est maintenant muée en complète obscurité.

-Je vous appelle dans quelques jours. tant que vous respecterez notre accord, tout ira bien.

Il sort en silence. elle n’arrive même pas à se lever pour le raccompagner. Elle restera assise dans ce coin de la pièce jusqu’à une heure avancée de la nuit, jusqu’à ce qu’elle puisse assumer qu’elle vient d’entrer en enfer. »


Quelle manière magnifique et intelligente de fermer le livre ! 






jueves, 28 de febrero de 2019

Comentario sobre L’échange (La tensión del umbral) - En attendant Nadeau





La jungle de Buenos Aires

par Albert Bensoussan

Ce roman d’Eugenia Almeida, qui fait mener l’enquête conjointement par un journaliste et une psy, nous plonge dans le labyrinthe de la mégapole argentine, dans les ultimes soubresauts de la dictature déchue et défunte mais qui survit encore sous forme de sanglantes nostalgies.


Le roman policier a acquis, depuis des lustres, ses lettres de noblesse et ne saurait désormais s’inscrire dans une quelconque infralittérature. De Simenon à Nicci French (célèbre couple britannique, égrenant sa semaine policière, Lundi mélancolie, Sombre mardi…), nous affrontons une écriture, un portrait réaliste et social capables de rivaliser avec les meilleures constructions romanesques. Et d’ailleurs l’enquêteur(se) n’est plus l’inévitable commissaire, ou un détective lambda mais une personne qui normalement n’aurait pas voix au chapitre : chez Nicci French une psychothérapeute, par exemple.

Le présent roman, qui s’intitule L’échange en français, traduisant, sans le traduire, le titre original : La tensión del umbral (« la tension du seuil »), nous introduit sur le pas de la porte de l’enfer, celle-ci étant l’entrée du « Ministère de la Sécurité » – fallacieux programme où la corruption le dispute à la concussion : quelle justice ? quelle police ? quel maintien de l’ordre ? Le mauvais œil est partout et chacun, où qu’il soit, d’où qu’il mande ou commande, n’est jamais assuré du lendemain : règlements de comptes et achats du silence peuplent la morgue. Les rapports de police iront grossir ce qu’on a appelé les « archives de la terreur », qui bouleversèrent l’écrivain Ernesto Sábato, président de la Commission d’enquête sur les personnes disparues en Argentine pendant la dictature.

Ici, la donnée initiale tient en deux lignes : à la sortie d’un bar, une jeune femme met en joue un inconnu, qui, après avoir échangé deux mots avec elle (d’où le titre français), passe son chemin, et alors, au lieu de faire feu contre lui, comme on s’y attendrait, elle retourne le revolver contre elle-même et se tue. Affaire toute simple et vite classée par la police, tant l’évidence du suicide est criante. Et pourtant… et pourtant… En introduisant le doute et le mystère dans ce qui semblait si clair, l’auteure omnisciente nous plonge dans un suspense, une attente indéfinie et infinie qui, au fil d’une enquête aussi brouillonne que les choses de la vie, nous fera découvrir l’horrifiante cité de Buenos Aires – une mégapole traversée par le fleuve Matanza (« massacre ») où s’agitent encore, bien des années après, les fantômes « gravissimes » de la dictature (celle du général Videla et sa junte, de 1976 à 1983, mais jamais mentionnés) et de ce qu’on a nommé la « guerre sale », avec ses quelque trente mille « disparus ».

« La ville est une jungle », nous dit-on, mais cette ville n’est jamais désignée, juste évoquée à travers quelques artères, carrefours et quartiers, les indications se limitant à « Sur le pont », « À un carrefour », « Le kiosque à journaux », « Le bar », ou demeurant dans la vague localisation de ce district appelé « El Bajo », autrement dit les bas-quartiers. Et quelle importance, d’ailleurs, le texte est construit comme un dialogue et les descriptions sont à la portion congrue, apparaissant plutôt comme des didascalies théâtrales. Le fil conducteur est Guyot, un personnage de journaliste qui, traumatisé par le meurtre de sa femme, après un viol manqué, des années plus tôt, entend débroussailler l’écheveau de cette histoire où rien n’est vraiment dit, tout est suggéré en laissant le lecteur égaré dans le labyrinthe. Une psy, qu’on rencontre dans un bar, celui-là même qui fut le théâtre de cette tragédie, apportera de précieux commentaires sur le spectacle de la rue et sa violence. Le maître mot est « solitude ». Mais aussi absence d’amour, frustration, désespoir. Au cœur de l’intrigue, il y a ce couple sans enfant qui hérite d’une fille trouvée par la grâce d’un capo dei capi, qui fut un maître policier au temps des généraux et qui, pris d’amitié pour ce couple, en fait sa créature… jusqu’au meurtre. Jamais clairement nommé, il apparaîtra finalement sous un double nom, qui signe la duplicité de son caractère. Au fur et à mesure que l’enquête avance, les cadavres pleuvent. Plus on croit l’éclaircir, plus l’ombre s’abat sur les pages, sur les plages de l’intrigue.

Finalement, on est près de comprendre, on pense qu’à force de liquider à tout-va (par exemple : « On a tué deux prisonniers pour couvrir les autres ») la sanglante scène va se vider de ses acteurs, et c’est bien la seule chose positive : comme une étoile qui s’éteint peu à peu, le théâtre va plonger dans la nuit, et il ne restera plus que trois personnages : le grand meurtrier (qui a liquidé tous ses comparses, tous ceux qui savaient), le journaliste, encore miraculeusement en vie, mais à condition de tenir une bonne fois sa langue : « Tu écris un seul mot là-dessus et une heure après tu es mort », et la psy qui est tout à la fois l’intermédiaire agissant et le témoin de l’horreur, toujours vissée à sa chaise dans « ce bar », éclusant ses petits verres de vodka, et contemplant les consommateurs qui, parce qu’ils n’ont rien vu et ne savent que dire (« pas vu, pas pris »), sont qualifiés de « club d’aveugles ». C’est elle, en dernier lieu, qui demeurera et s’effacera en fondu au noir dans l’ultime ligne du roman, comprenant enfin « qu’elle vient d’entrer en enfer » et assumant cette malédiction. C’est ce qu’on pourrait appeler une fin ouverte. Mais ouverte sur le vide, le néant, la pauvre Argentine dépecée et sanglante, qui n’en finit pas de panser ses plaies.

Dans un style sec, bref, elliptique, haché, souvent haletant, Eugenia Almeida nous communique son angoisse, sa peur, sa colère, son désespoir. On sort d’une lecture, dont on ne peut à aucun moment s’arracher, l’esprit fiévreux et l’âme broyée. Mais le vertige n’est pas seulement dans la tête, il est dans ce pays, cette ville, cette histoire, quand tout a basculé. Et que rien n’est effacé, oublié, pardonné. Plus qu’un roman policier, cette écrivaine argentine qui s’est fait connaître en France par deux précédents titres (L’autobus et La pièce du fond) nous donne ici un roman politique. Implacable, glaçant et justicier.





jueves, 31 de enero de 2019

Comentario sobre L´Échange ("La tensión del Umbral") - Lionel Besnier (Délibéré)




Les habits d’ombre 

Lionel Besnier 

Le genre idéal est noir. Comme un polar, un thriller, une enquête judiciaire ou un roman naturaliste. Et c’est de l’humain, de la tragédie grecque, du meurtre, en série, passionnel, accidentel, d’État, ordinaire parfois.


“Tobias ne le sait pas encore. Si on est trop près, on ne voit rien.” Ainsi pense un journaliste de faits divers, revenu de nulle part après avoir sombré en hôpital psychiatrique et qui accompagne un novice sur les lieux d’un drame, une vie terminée sur un bout de trottoir sous la lumière en cône d’un lampadaire. Un rond jaune dans le noir, premier et dernier coup de projecteur sur une vie jusque là totalement anonyme et destinée à le redevenir dès le lendemain une fois le journal fermé.

Pourquoi ce corps désarticulé plutôt qu’un autre éveille-t-il une telle empathie chez le professionnel des âmes perdues ? Pourquoi s’arrêter un soir sur le Köln Concert de Keith Jarrett et le réécouter sans cesse jusqu’à en intégrer les notes dans le sommeil ? Recevoir une émotion demeure un mystère. Être bouleversé ne s’explique pas toujours. De la même façon, la laideur en politique qui détermine du destin des personnes, n’avance pas à découvert avec des pustules sur les paupières. Elle peut être habillée comme un cardinal en civil et condamner ensuite les exclus de son troupeau à n’être que des bannis économiques, des subversifs à matraquer, des “pointés du doigt” condamnés à l’errance.

L’Argentine Eugenia Almeida pose son récit à l’heure de la convalescence crépusculaire d’un pays martyrisé. L’espoir demeure dans le gris. Elle l’écrit, entre autres phrases : “Il existe toujours le risque que quelqu’un arrive et, de façon inattendue, devienne nécessaire.” Y compris dans le chaos, les brumes et les portes fermées d’une ville marquée par les non-dits. Ce quelqu’un est une inconnue de soixante ans dans un café. Une solidarité inattendue proposée dans une hémérothèque. Le courage gratuit d’un anonyme qui déchire une page. Il pourrait y avoir un peu d’Asphalt jungle dans ce roman par ailleurs servi d’une traduction si remarquable qu’elle donne l’illusion de le découvrir dans sa langue première. La poésie du sombre et des cœurs blessés y va de pair avec l’onirisme dans un pays jamais nommé. Cela pourrait être l’Argentine des enfants volés, la France restée après Vichy du côté de sa majorité silencieuse, l’Italie sous tutelle, la Pologne des pogroms refoulés ou l’Amérique post-dictature, mal guérie d’un triomphe des milices. Cela pourrait être une autre forme de Gotham city, les supers héros en moins ; l’équivalent en fiction de l’univers de Sokal où l’inspecteur traîne en imper, clope au bec, ses obsessions suicidaires ; un homme à tête d’animal issu des mêmes zones troubles et dangereuses que ceux qu’il traque, tous issus d’un passé les tirant de son poids vers le fond.

Cela pourrait être partout où, de l’histoire des dictatures et des coups tordus, remontent des créatures à la gueule grand ouverte. Comme un avertissement involontaire aux conséquences de l’ordre moral, du recul des égalités et de la tentation de l’autorité pour tous ceux qui, à force d’en manquer, rêvent de s’y soumettre.

Le drame ? Une jeune femme sans passé et sans famille, après avoir braqué un homme à la sortie d’un bar, retourne son arme contre elle et se tire une balle entre les deux seins. Sa cible lui a tourné le dos sans se retourner, ni même accélérer au bruit de la détonation. Personne ne sait. Personne ne parlera. Mieux vaut privilégier la thèse de la violence faite à soi-même en ultime désespoir. La facilité du chagrin d’amour. Le suicide d’une femme.

Guyot, lui, veut comprendre. Plus exactement, cela s’impose. Régulièrement des chapitres scandent sa propre enquête et renseignent sur les forces de l’ombre qui le suivent, comme des fantômes derrière les murs, prêtes à venir le prélever du monde des vivants. Un flic est renversé pour avoir ouvert un dossier. Un autre martyrisé. Une guirlande de morts violentes ajoute régulièrement à son serpent de nouvelles ampoules grillées. Nouveau suicide. Accident de la route. Exécution sommaire. Rixe. Guyot avance vers son propre destin tel un fantôme de lui-même plus fort que les menaces. Plus vivant que n’importe qui dans son refus de la défaite humaine drapée sous les traits de la raison. Si la peur est au centre de tout, elle ne le concerne plus. Ni la crainte physique de la torture, ni l’angoisse du licenciement, ni celle de la disparition ou cette terreur banalisée inscrite dans les subconscients, jusqu’au magma de l’être. Ce n’est même pas du courage. Guyot erre le soir dans l’espoir de finir dans un bar à écouter l’histoire d’un autre, la voix d’un autre, la réponse d’un autre. Pour s’oublier, mais aussi forcer la fin des solitudes.

“Si on est trop près on ne voit rien.” Certes. Et si on est seul, on ne va nulle part. Ne pas laisser tomber. Quitte à remonter le temps, quitte à se confronter au pouvoir quasi surnaturel d’un homme terrorisant les plus durs. Les portraits sont fulgurants. L’auteur convoque l’uchronie, l’enquête, le roman noir et la politique fiction et donne vie au genre idéal dans une maestria propre et nette comme la découpe d’une lame au diamant. Eugenia Almeida laisse passer une lumière féroce. C’est magnifique et glaçant. La fille avait un prénom. Des voix conspirent à l’oubli. Des hommes tombent comme des bibelots des étagères. D’autres, tirés de la vase, sèchent comme des anguilles laissées au soleil. La même impunité demeure pour celui qui ne veut que sa tranquillité et s’arroge un droit de vie et de mort. N’est-ce pas finalement le plus horrible ? Cette facilité de tuer les gens d’une phrase, d’un trait, d’un chiffre, d’une décision ? En laissant à d’autres le soin d’exécuter les ordres.

Lionel Besnier




viernes, 22 de junio de 2018

Lecture / Ecriture: Comentario de la versión francesa de "La tensión del umbral"





L’échange - Eugenia Almeida
Prix Transfuge du meilleur roman hispanique – 2016 


 Corruption en Argentine


   "Une gamine s’est suicidée. Voilà ce qui s’est passé. C’est triste. Plus triste que la pluie. Tu as eu la malchance de la voir. C’est tout." 

   La version officielle d’un fait divers que l’on situera dans une ville argentine ne laisse guère planer le doute sur cette mort devant témoins. Après avoir parlé avec un homme, puis l’avoir mis en joue, une jeune femme a subitement retourné l’arme contre elle. 
    
    Appelé sur les lieux, le journaliste Guyot va toutefois trouver cette affaire un peu bizarre, notamment parce que les autorités ainsi que son rédacteur en chef décident très vite qu’il ne s’est rien passé. La consigne est claire : "Ne fais pas de vagues, Guyot. Si tu deviens gênant et qu’on te chope en train de poser des questions, ça va mal tourner pour toi." 
    
   Il n’en fallait bien entendu pas davantage pour exciter la curiosité de notre homme. Au début de son enquête, il ne cherche qu’à comprendre l’enchaînement des faits. Qui était cette Julia Montenegro ? Pourquoi n’a-t-elle pas tué l’homme qu’elle avait au bout de la gâchette ? Quelle raison supérieure a conduit les autorités à étouffer l’affaire ? Au fil des chapitres, on va voir le puzzle se mettre en place. Témoignages, bribes d’informations, coupures de presse, visite au domicile de la défunte vont permettre à Guyot de retracer la vie de Julia. Dans sa quête, il va être secondé par Vera, une psychanalyste à la retraire. Ensemble, ils vont dresser le profil d’un personnage peu recommandable qui voudrait retrouver sa virginité en confiant sa biographie à la jeune femme. Sauf que cette dernière n’entend pas non plus servir de porte-plume sans essayer de creuser un peu dans la vie de son commanditaire, "ajouter des détails à se rappeler, des idées à explorer." 
    
   Erreur funeste ! Alors qu’"il serait très simple de résoudre le problème en pensant que Julia n’était qu’une femme chargée d’écrire des autobiographies". le journaliste s’entête et provoque de nouveaux drames. Après un chien, ce sont des interlocuteurs de Guyot qui sont retrouvés morts. C’est alors que la peur s’installe. C’est alors que l’on comprend que la dictature a laissé derrière elle quelques habitudes nauséabondes, que le "système" fonctionne toujours et que certaines vérités ne sont pas bonnes à dire, quand bien même elles émanent des bourreaux eux-mêmes. 
    
    Au fil des chapitres qui se succèdent avec leur lot de révélations, le dossier devient de plus en plus lourd, l’image de plus en plus nette et le combat de plus en plus inégal. De la police à la justice, la corruption continue à gangréner le pays et à étouffer ceux qui voudraient y mettre un terme. 
    
    Bien plus qu’un récit historique ou un essai politique, c’est une entreprise de salubrité publique racontée comme un polar que nous livre Eugenia Almeida. Pour que les loups ne finissent pas par envahir le pays, pour que les personnes de bonne volonté puissent échapper à la peste qui n’a pas été éradiquée.


critique par Le collectionneur de livres 







martes, 5 de junio de 2018

Onlalu: comentario de Aline Sirba sobre la versión francesa de "La tensión del umbral"





La vérité à tout prix. Vraiment ?


L’œuvre d’Eugenia Almeida est enracinée dans l’histoire de l’Argentine, son pays natal. « L’autobus », qui l’avait fait connaître en France en 2007, racontait à travers une anecdote presque surréaliste la prise du pouvoir par les autorités militaires à la fin des années 70. Tout aussi incisif mais plus noir, « L’Echange » montre que ce pays n’en a pas fini avec son passé.

Sur le seuil d’un bar, une jeune femme menace de tuer un homme avant de le laisser partir et de retourner son arme contre elle. A priori, un suicide ne nécessite pas une enquête bien approfondie, car on pourra toujours trouver de multiples causes à un geste désespéré comme celui-ci. Telle est la conclusion de la police locale qui a tôt fait de classer l’affaire.


Mener l’enquête envers et contre tous

Mais pour le journaliste Guyot, ce suicide en public a forcément une signification, d’autant plus que Julia Montenegro avait vraisemblablement l’intention de tirer sur quelqu’un d’autre avant de changer d’avis. En dépit des mises en garde de son rédacteur en chef et du commissaire, il est déterminé à mener l’enquête. Or, dans le coin, on n’aime pas trop les fouineurs, et Guyot se heurte à des témoins aveugles et muets. Il se tourne donc vers les carnets de la victime noircis de notes sibyllines, examine des photos floues, consulte des archives de journaux, mais plus il creuse, plus les cartes se brouillent, des éléments disparaissent, les menaces contre ses indics se multiplient et les morts s’accumulent autour de lui comme autant d’avertissements.


Une narration vertigineuse

Eugenia Almeida pousse l’art de l’efficacité à son plus haut niveau dans ce roman dépouillé à l’os, constitué en grande partie de dialogues secs, sans fioriture, voix sans visages et silences qui en disent long sur le poids d’une Histoire imprescriptible. Le lecteur est happé par une narration vertigineuse, constamment sous tension, qui progresse en mouvements concentriques, et dont la force tient au démontage minutieux des mécanismes d’une corruption pyramidale. Ce qui est brillant ici, c’est que les révélations réduisent les chances de la résolution de l’affaire, parce que savoir, comme dit un personnage, c’est « assumer d’entrer en enfer ». Et c’est bien l’enjeu philosophique de cette histoire intense : faut-il chercher la vérité à tout prix ? Une chose est sûre, « L’Echange » n’a pas usurpé son prix Transfuge 2016 du meilleur roman hispanique !



Aline Sirba