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domingo, 4 de agosto de 2019

Correo basura, estafas, Facebook y la máquina del tiempo





Hace más de un mes, en este mismo espacio, escribí sobre los mails que encontré en la carpeta de correo no deseado. Automotrices que ofrecen créditos para un cero kilómetro, casas de electrodomésticos y sus grandes televisores, promociones de posgrados y clases de inglés, chips gratuitos de una nueva compañía telefónica, ofertas varias.

Luego, una serie de correos que repiten casi a la perfección la misma historia. Una mujer, en un lejano país, ha recibido una herencia, no puede cobrarla y me ofrece compartirla. Los mails hacen referencia a países como Dubái, Kuwait o Costa de Marfil. Están escritos en francés, inglés o en un español muy precario. Todas quieren enviarme su dinero.

Al ver ese patrón, investigo un poco en la web y descubro que, en el rubro de las estafas, hay algo conocido como “El timo nigeriano” o el “timo 419”, haciendo alusión al artículo 419 del Código Penal de Nigeria. Lo que más me llama la atención es que haya personas que caen en trampas como esta.

Sigo leyendo.

En general, las estafas se basan en dos grandes pilares: la credulidad y la malevolencia. Vamos a dejar de lado aquí las que buscan que el estafado se involucre en base a su mala fe. Prefiero centrarme en aquellas que se hacen fuertes en la ingenuidad y la falta de análisis en las que todos caemos.

No es algo que sólo pase aquí. Las estafas a través de internet son una constante en todos los países. En julio de este año, la policía española debió hacer un comunicado especial para alertar a los cibernautas. La estafa en cuestión consistía en hacerles creer a las personas que mediante un hackeo a su computadora se habían obtenido imágenes comprometedoras (relacionadas con el acceso a páginas pornográficas). Quien llevaba a cabo la estafa exigía un pago para no reenviar esas imágenes a todos los contactos de la víctima.

El envío de correos electrónicos para robar datos personales se llama “phishing”, haciendo referencia al verbo inglés “to fish” (“pescar”). Y se llama así porque es necesario enviar miles de esos mensajes para que alguien “pique”. Ofertas especiales, mails que parecen venir del banco con el que operamos, mensajes que hacen alusión a un posible riesgo si no actualizamos inmediatamente un programa informático, hacemos clic sobre algún link o rellenamos un formulario. Los estafadores tienen una enorme variedad de anzuelos.
En algunos casos las estafas están claramente dirigidas. Por ejemplo, aquellos correos que reciben personas que trabajan dirigiendo empresas y en los que se exige una transferencia urgente, simulando ser un jefe o un asociado. Increíblemente, son tan efectivas que ya tienen un nombre: “el fraude del CEO”. Mies de empresas en el mundo son blanco de estas estafas. Según el informe de una empresa dedicada a la seguridad en la red, los ataques aumentaron más de un 100% el año pasado. Según el FBI, en 2017, el fraude del CEO provocó pérdidas de 676 millones de dólares.

En otros casos, como el de la estafa nigeriana, se envían al azar y se espera que la víctima haga una señal desde el otro lado.



El último billete y el juicio de los otros

Hace unos meses me subí a un taxi. Apenas me senté el taxista empezó a hablar sin parar. Política, tráfico, espectáculos; hablaba de todos los temas posibles aún si yo sólo respondía con monosílabos o silencio. Cuando llegamos a destino, le di un billete de 100 pesos. No pongo en duda eso porque era todo el dinero que tenía.

Él busca en su billetera, hace una pausa y me dice: “son cincuenta y cinco”. Mientras levanta un billete de cinco pesos, agrega “le faltan cincuenta”. Le digo que le di un billete de cien. Me dice que no, me pregunta si estoy segura. Le digo que sí, que estoy completamente segura porque era el único billete que tenía. Murmura algo, resopla, se queja y dice “bueno, está bien, le cobro eso nomás”.  Y es en ese momento cuando  me doy cuenta de que no es un error, es una estafa. Le digo que no, que me va a cobrar cincuenta y cinco pesos y que como yo le entregué cien, me va a dar los cuarenta y cinco pesos de vuelto. La corroboración de que estaba tratando de estafarme es que, sin protestar, me da el vuelto sin decir una palabra. ¿A cuántas  personas por día les hará lo mismo? ¿Cuántas tendrán la certeza de que no han cometido un error al entregar el billete?
¿Por qué creemos en cosas como los mails de la estafa nigeriana? ¿Qué hace que suspendamos nuestra capacidad de juicio para analizar una situación y descubrir las fallas que demuestran que lo que nos dicen no es cierto?

Es fácil hacerlo cuando la evidencia es tan innegable que no hay forma de desconocerla. Por ejemplo, esos papeles pegados en los postes de luz del centro de la ciudad que ofrecen la oportunidad de ganar 20 mil pesos trabajando dos horas por día. Si dijeran la verdad, la persona que imprime esos papeles y la persona que los pega en los postes estarían haciendo ese trabajo tan bien pago.

La cosa se complica si la evidencia no es tan palpable. Un ejemplo de esas cegueras de la credulidad circula por estos días en Facebook. Desde los muros de personas que respetamos, queremos y cuyo juicio valoramos, se repite una y otra vez un mensaje con mínimas variantes. Aquel que dice que sólo vemos a veinticinco de nuestros contactos y que podemos cambiar eso posteando un mensaje que lo explica y pidiéndoles a nuestros contactos que comenten algo en ese post, para así poder ver lo que publican cada día. He visto replicar ese mensaje tantas veces que entiendo que, en algún momento, uno empiece a dudar y a dar por cierto algo que hace agua por varios lados. Para empezar: el texto dice algo así como “Yo no creía que era cierto pero cuando lo hice, descubrí que había mucha gente cuyas publicaciones no veía”. El problema es que el texto dice que la persona ya hizo (y ya vio los resultados) de algo que está haciendo en ese momento. ¿Ha conseguido burlar el tiempo, ha visto el futuro y ha vuelto para hacer las cosas bien? ¿Cómo puede garantizar que ha sido testigo de un resultado de algo que todavía no ha hecho? Por otra parte, si solo un grupo reducido de personas puede ver sus posteos, ese texto que acaba de subir a su muro solo puede ser visto por ese grupo reducido de personas que, permítanme la insistencia, ya lo está viendo.

Mi desconfianza hacia este mensaje apareció la primera vez que lo vi. Porque decía algo así como que todos sabemos que sólo podemos ver las publicaciones de veinticinco de nuestros contactos. Me pareció que no era cierto. Uso esa plataforma por razones laborales. Es casi una odisea hacer periodismo cultural sin estar en Facebook, dado que el flujo de información que circula allí es indispensable para estar al día. Como para mí es una vía de trabajo, tengo muchos contactos. Y puedo asegurarles que veo cotidianamente posteos de muchísimas más que veinticinco personas. Pero al ver que el mensaje se replicaba, me tomé el trabajo de contar. Paré cuando llegué a sesenta personas diferentes en un solo día. ¿Por qué dudé y tuve que contar? Porque no sé nada de informática, porque apenas recuerdo qué es un algoritmo y, fundamentalmente, porque vi a muchas personas a las que considero mis referentes insistir en este mensaje. Fue entonces cuando empecé a leer más detenidamente. Y me encontré con esa paradoja del tiempo: sorprenderse por comprobar el resultado de algo que todavía no se ha hecho.

¿Qué es lo que nos hace suspender nuestro juicio crítico y nuestra capacidad de análisis? Hay múltiples variables. Hoy sólo me detengo en esta: cuando oímos que todos repiten lo mismo, cuando oímos que personas en las que confiamos aseguran la veracidad de algo. Es un punto interesante sobre el cual reflexionar.




Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La Voz del Interior
Ilustración: Juan Delfini





lunes, 1 de octubre de 2018

La locura del lector




Hay ciertos momentos en la vida en los que la frecuencia de lectura –por alguna razón– crece de un modo inusitado. Puede ser por trabajo pero también por un desengaño, una pasión, un frenesí, la desesperación, la búsqueda de consuelo. Con ese cambio comienzan a pasar cosas. Si de uno o dos libros semanales se salta a un libro por día, el efecto es inmediato. ¿Es cansancio? Quizás. Un cansancio feliz, el que puede sentirse después de nadar durante horas. ¿Es un trastorno? Posiblemente. Una especie de pesadez entre la nuca y la garganta, un pozo en el pecho, cierta alegría aturdida, una somnolencia lúcida, un efecto narcótico que abre las puertas de la percepción.

Hace unos años, en una misma semana, leí un libro de Fred Vargas y otro de Pablo De Santis. En ambos, un poema de Gerard de Nerval –“El desdichado”– se convertía en algo central. Me pregunté cómo leyendo un libro francés y otro argentino podía encontrar la misma cita, el mismo poema. Qué probabilidades había de encontrarlo dos veces en una semana.  Me pregunté si no había ahí un mensaje. Algo que yo debía leer. Hay muchas respuestas posibles. Desde las sarcásticas hasta las espirituales. Dicen que tomar cada cosa como un signo de algo es una de las puertas de la locura.

Cada uno de los libros que he leído para reseñar en los últimos meses ha ido dejando un germen, un huésped, un virus. Algo que, días después, va a brotar y a expandirse en la lectura de otro libro. Comienza una red extraña, invisible hasta entonces, que explica o hace intuir algo que no puede ponerse en palabras. Se empiezan a ver lazos que unen una cosa con otra, lazos que permiten algo, no se sabe qué, juegos extraños que consisten en construir, involuntariamente, constelaciones. Sabemos que las estrellas pertenecen a un caos perfecto. Pero necesitamos ordenar eso, darle una forma que podamos nombrar, aun si ese nombre –“la Osa Mayor”, por ejemplo–, no existe en la realidad sino en nuestra fantasía.

Leo en El genio y la locura, de Philippe Brenot, reflexiones sobre los diversos trastornos mentales que han sufrido algunos artistas. Se ha hablado mucho de la locura de los escritores. ¿Y la locura de los lectores? Y entonces pienso, inevitablemente, en Don Quijote de La Mancha. Y me sonrío. Claramente, este estado es irreversible.


Publicado originalmente en Ciudad X

viernes, 28 de septiembre de 2018

La canción de Dorotea - Rosa Regàs





Una profesora universitaria decide contratar un ama de llaves para cuidar a su padre inválido. La desaparición de un anillo y unas extrañas llamadas telefónicas van a ir tensando la relación entre esas dos mujeres hasta un punto insostenible. ¿Cómo enfrentar lo que uno sabe que tendría que haber hecho? ¿Cómo asumir el territorio de lo que ya no puede ser modificado? Un libro que reflexiona sobre las mentiras, la culpa, los secretos y las intuiciones. Una novela de misterio con la que Rosa Regàs obtuvo el Premio Planeta en 2001. 

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




sábado, 20 de mayo de 2017

Enciende los candiles





“En la casa de la esquina vivía una mujer a la que le decían la Señora de La China. No sé de dónde salió eso. China no era. 
Casi no hablaba. Casi no salía. A veces, cuando pasábamos por la vereda, se veía su sombra atrás de los vidrios. Yo siempre la imaginaba en batón. Un batón de flores mínimas y viejas, gastadas en su pequeñez. En una casa vecina había pájaros. Se oía el ruido desde la calle. El grito frenético y nervioso de los canarios.
Los chicos andaban siempre con tramperas. Maquinarias desoladas destinadas a transformar una reina mora en un animal que tiembla en la semipenumbra. Prisiones donde se lastimaban las alas los cardenales, buscando responder el llamado de otro prisionero. Todos tenían las mismas tramperas. Una cárcel de tres cuartos. En el del medio, un pájaro encerrado que servía de llamador. Y, a cada lado, pequeñas celdas con un mecanismo que abría el techo para dejarlo caer cuando un pájaro entraba a buscar el agua y la comida que se usaba como señuelo. El resorte saltaba y el techo caía con un golpe de hierros y huesos. Vi muchos pájaros destrozados por esa violencia. Pájaros agonizantes que algún chico sacudía en la mano haciéndolo bailar en el sonido de la siesta. Somos una especie terrible, a veces. 
Ahí iban los chicos, tramperas en mano, a meterse en el monte. Jugaban a cazar, a destruir, a desguazar. A eso nos enseñaban a jugar en esos años espantosos. Jugaban a atrapar bichos y a meterlos en frascos repletos de formol. Ese color verde azul de los cuerpos atrapados. Uno aprende mucho del horror de los años de infancia.”

Mi amiga hace una pausa, prende un cigarrillo y mira hasta la calle. Veo cómo sube el humo con una sensación extraña. Quisiera estirar la mano para tomar yo también un cigarrillo pero hace más de un año que dejé de fumar. Este encuentro ha sido casi casual, inesperado. La alegría de volver a ver a alguien con quien hemos compartido los primeros años de la juventud. Es viernes. Es casi media noche. La mesa del bar está en la vereda, a la vera de una ruta por la que casi no pasan autos. Mi amiga prende ese cigarrillo y sigue diciendo lo que necesita decir.

“Los chicos iban al monte. Se oían sirenas, aviones, trenes. El mundo se movía. Todo se movía. Pero la Señora de la China, no. Trato de reconstruir los momentos en que la vi. Cómo era. Qué estaba haciendo. Trato de recordar las cosas que se decían de ella. Todo era medio dicho; medio callado. Hablo de unos cuarenta años atrás. Esos años.
En la escuela alguien decía “la bruja”. ¿Quién es la bruja?, preguntaba otro. La Señora de la China, decían. Y había un temblor nervioso, un miedo, algo incómodo. Sólo nombrarla producía eso. Conversaciones siempre terminaban en algún chillido, en un ataque de risa o en un cambio abrupto de tema. Una vez alguien dijo que se había robado un chico y se lo había comido. Otro dijo que no, que se había comido dos chicos pero que no eran ajenos, que eran sus propios hijos. 
Eso se decía en la escuela. En la calle. En la canchita. En la vereda. Una vez, dos se pelearon a trompadas y uno le dijo al otro: “a la noche vengo con mi primo, te busco y te tiramos por arriba de la tapia al patio de la China”. El amenazado no quiso salir de su casa una semana. A todos los chicos les pareció comprensible. Los grandes no preguntaron pero era obvio que sabían algo. Cuando los chicos nombraban a la Señora de la China, los grandes corregían. “No digan así, digan bien, la señora Funes tiene nombre”. Digo Funes por decir algo. Podría ser Pérez o López o Márquez. No me acuerdo el apellido. Tenía dos sílabas y se acentuaba en la primera. Funes suena bien. Las madres decían “no hablen así” o “basta de hablar” o “dejen a la señora Funes tranquila”. Y eso llamaba la atención. Que para los grandes el mencionarla ya era quitarle tranquilidad. Quizás porque eran ellos los que no querían nombrarla. Era una suerte de fantasma. Casi no salía, casi no se la nombraba. Alguna vez alguien dijo una frase que, en aquel momento, no entendí: “un manto de piedad”. Eso. Que dejáramos caer sobre ella un manto de piedad. Y cuando oí eso lo que me vino a la mente fue la tapa de los tramperos cayendo y aplastando un cuerpo.”

Mi amiga sirve en nuestros vasos lo que queda de cerveza.

“Una de las veces que vi a la Señora de la China fue una tarde en que me había quedado dormida en la vereda. Me sentaba, al sol, y me dormía. Tengo la rara habilidad de dormir con los ojos abiertos. El problema es que los otros pueden leer como desprecio o indiferencia lo que es pura ausencia. O peor aún, pueden asustarse. Eso era lo que tenía la Señora de la China cuando yo reaccioné: miedo. Miedo y un enorme alivio cuando contesté “sí” a la pregunta repetida de “¿estás bien?” Me ayudó a levantarme. Me acomodó la ropa. Hubo un momento de vacilación frente a la puerta hasta que ella dijo “¿querés entrar a tomar la leche?”
Las dos temblamos. Ella nunca tenía visitas. Yo tenía prohibido entrar a la casa de alguien sin pedir permiso antes. Dije que sí. Entré. Me senté a una mesa de madera con un camino tejido a bolillo. Una taza enorme de café con leche. Galletas en una lata. Una charla sobre cosas mínimas. Era como si las dos hubiéramos decidido no hablar de lo extraño que era estar ahí, juntas. Sobre una cómoda había dos fotos. Un hombre de traje, viejo. Dos hombres jóvenes apoyados contra una lancha, sonriendo al borde de un río. Mirar y no preguntar. Nunca. Así era nuestra infancia hace cuarenta años. No preguntar.
Cuando volví a casa no dije nada. Era mi secreto. A la hora de cenar a los grandes les molestó que casi no comiera. No dije por qué no tenía hambre.
Unas noches después, corridas, golpes, gritos. Una banda de sonido que no era  rara en esa época. Mis padres soltaban las persianas con un golpe para aislarse de lo que pasaba afuera. 
A la mañana siguiente, al ir al colegio, la puerta destruida, caída sobre el piso, en la casa de la esquina. Desde la vereda, apenas un vistazo de ese living, de esa mesa de madera, apenas un vistazo, el tironeo de los grandes para mirar al frente y apurar el paso.
A la Señora de la China se la llevaron, dijo alguien en la escuela. ¿Se la llevaron quiénes? No preguntar. ¿Se la llevaron por qué? No preguntar. ¿Se la llevaron a dónde? No preguntar ¿Cuándo va a volver?
Esa fue nuestra infancia. Así era. Hace cuarenta años.”

Mi amiga llora. Lloramos. No es un llanto gritado. Es una cosa fuertísima que deja caer lágrimas mientras construimos la fuerza para resistir.

Desde alguna casa llega el sonido de una radio. Aquella vieja canción de Charly García. Su voz diciendo: “enciende los candiles que los brujos piensan en volver / a nublarnos el camino”. 

Hay un silencio. Un momento en el que todo lo que queremos decir se dice ahí. En nuestra decisión, imperturbable, de resistir el retorno de la oscuridad. 

Encender los candiles, hoy, es estar juntos. Atentos. Alertas. Despiertos. Y juntos. Como nosotras dos, a medianoche, en la vereda de un bar, recordando el pasado, construyendo el futuro. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días contados
Ilustración de Juan Delfini







lunes, 15 de mayo de 2017

Han querido dañarnos y nos han hecho más fuertes




Desánimo. Esa es la palabra que estaba habitando las cosas. Desencanto, pena, bronca, tristeza.

El cansancio de sentir que las malas noticias llegan una atrás de otra. Que no hay respiro, que es la era del desguace, del silenciamiento, de la reclusión, del hostigamiento, del desamparo.

Tan desanimada, tan sin eso que nos permite movernos. Así estaba. Me sostenía en pie a pura terquedad. Porque esa ha sido siempre mi estrategia de supervivencia. Porque sé que hay que aguantar, que a veces se trata justamente de esperar, de resistir.

Me sostenía en pie, sin esperanza.

Y lo dije en un grupo de amigos. Y una amiga, más grande, más curtida, más sabia que yo, se escandalizó ante eso que dije: “no tengo esperanza”. Se escandalizó de modo tal que hubo una conversación fuerte, un puñado de personas en una vieja casona cerca del río, reunidos en torno a los libros, dejándonos caer en la necesidad de hablar de lo que pasa.

Mi amiga, Susana, se escandalizó amorosamente. Ella ha luchado, ha sostenido, ha construido. Aún ahora, ya jubilada, sigue siendo maestra de muchos. Maestra mía.

Y luego, la noticia del 2×1.

La sacudida.

Descubrir que lo que muchos creíamos caminado volvía a presentarse como desafío.

Y entonces, mi propia vergüenza. La vergüenza de haber sentido desánimo, de haberme quejado, de haber puesto en duda la esperanza. La vergüenza de flojear. De ver a Estela de Carlotto y a Sonia Torres y a tantas abuelas y madres y pensar en lo que nos han dado. Si ellas en tiempos del horror no perdieron la esperanza, con qué derecho hablar nosotros de agobio, de cansancio, de desencanto.

Y entonces sacudirse la tierra, levantarse del suelo, limpiarse los ojos y tratar de estar a la altura de ese ejemplo. Y marchar. Marchar el miércoles 10 de mayo; esa tarde que, en mí, el deseo de esperanza se volvió realidad, andamio, una red que nos reúne y nos sostiene.

Toda esa gente, reconstruyendo una esperanza tan bombardeada el último tiempo, tan puesta a prueba, tan atacada.

La esperanza no se consigue a voluntad. Es como la fe. Está a o no está. Viene o no. Y vino. En toda esa gente que estaba ahí.

Camila Sosa Villada escribió en su cuenta de twitter: “este mamarracho del dos por uno ha puesto a personas que creía irreconciliables, de repente, en el mismo lado. No está tan mal la cosa.”

Eso sentí.

Han querido dañarnos y nos han hecho más fuertes.

Y ahí, entre la gente, escuchando a Sonia Torres, supe que no iba a encontrar palabras para expresar lo que sentía, lo que estaba pasando, lo que volvía a ponerse en pie. Y pensé en una canción de la brasileña Ana Carolina que dice: “Mi esperanza es inmortal”. Y sé que ahí, en las palabras de otro, con un cambio nodal, encuentro lo que quiero decir: Nuestra esperanza es inmortal.






viernes, 16 de diciembre de 2016

La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile / Gabriel García Márquez







El relato de una hermosa hazaña que se burló de Pinochet y de su régimen. 
Después de 12 años de exilio, el cineasta Miguel Littín decide volver a su país, camuflado y protegido por grupos de resistencia dentro y fuera de Chile, para filmar una película que mostrara los efectos y las consecuencias de la dictadura.
Poco tiempo después, García Márquez escribió esta historia verídica que se lee como si fuera un cuento. Para ello, entrevistó a Miguel Littín durante una semana. El libro narra, en primera persona, los preparativos, el desarrollo y el final del arriesgado viaje. Un año después de su publicación, el gobierno de Pinochet reconoció haber quemado 15.000 ejemplares de la primera edición. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X


domingo, 4 de diciembre de 2016

Cartas / J.R.R. Tolkien.







Pocos autores han generado tanto fanatismo como J.R.R. Tolkien. 
Mundialmente reconocido por la saga de El señor de los anillos, el filólogo inglés fue un prolífico escritor de cartas. Esta recopilación permite conocer otros aspectos de su vida, haciendo un especial hincapié en el proceso de escritura.
Ordenadas cronológicamente, las cartas van develando una personalidad compleja (que se preocupa por igual del destino de sus personajes como de la cantidad de huevos que han puesto sus gallinas). Especialmente conmovedor es saber que la decisión de publicar El hobbit provino del hijo del editor, un niño de 11 años al que Tolkien seguiría consultando a lo largo del tiempo. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Otra vuelta



viernes, 12 de agosto de 2016

REVISTA CARAPACHAY o la guerrilla del junco - INES GARLAND – EUGENIA ALMEIDA

Profundamente agradecida por la invitación de la 
Revista Carapachay y por el encuentro con Inés Garland



12 agosto, 2016

INES GARLAND – EUGENIA ALMEIDA

Carapachay convocó para este nuevo cruce epistolar a las escritoras Inés Garland y Eugenia Almeida. Ellas no se conocían personalmente antes de estas cartas. Pero, más allá de eso, comienzan aquí una charla en donde lo familiar, la memoria y la escritura giran sobre el espacio del río para indagar una geografía. Porque todos estamos, tarde o temprano, atravesados por la experiencia de un río. Con las cartas irán también las fotos que Inés Garland quiere mostrarle a Eugenia Almeida. Una selección familiar que acompañan los textos, que se entremezclan. Así se irá macerando este diálogo intenso, emotivo, entre dos grandes escritoras, que saben contar, que saben conmover. Que saben compartir con las palabras.


Link para LEER EL ARTÍCULO COMPLETO




jueves, 28 de abril de 2016

Bitácora El Sosneado (Filba Nacional San Rafael)

Algunos escritores invitados al Filba Nacional San Rafael 
visitamos diferentes lugares y luego escribimos sobre esa experiencia. 

El poeta mendocino Gabriel Jiménez y yo viajamos hasta la 
Escuela albergue de El Sosneado, un pequeño pueblo de apenas 50 casas, 
en el interior de Mendoza. 

Esta es mi bitácora de ese día.





Nombres

Nunca deja de sorprenderme hasta qué punto la mirada condiciona el acontecimiento. Cómo lo que nos habita se pone en juego para develarnos una parte del mundo y dejar otras en la sombra. El neurólogo Gerald Edelman decía que “toda percepción es un acto de creación”. A eso me refiero: al modo en que lo que hay se nos revela, respondiendo a ciertas búsquedas que tenemos en mente. 

Desde que llegué a San Rafael estoy pensando en nombres. No sé explicar por qué. Nombres. Todo lo que cabe en ellos. Lo que implican en nuestra cultura. Las funciones, los usos. Lo intraducible de un nombre.

Segundo día del Filba en San Rafael. La tormenta de ayer dejó un soplo helado, la huella del granizo. Salimos para El Sosneado. Pablo, Caro, Juli, Gabriel y yo. Vamos a conocer la escuela del pueblo. Vamos a llevar unos libros y a colaborar con la  biblioteca.

La primera parte del camino se parece a las Altas Cumbres, en Córdoba. Pero en cierto punto las curvas se convierten en un llano infinito. Un llano de piedra, de cierta aridez. Un paisaje de montaña sin montaña. Trato de recordar si la geografía ofrece un nombre para esto.

La ruta: líneas blancas y amarillas. El mate. Las conversaciones. Juli me cuenta cómo dejó Buenos Aires para venir a San Rafael. Hago preguntas. La conversación es uno de los rituales más extraordinarios que conozco. Tan sencillo y tan complejo. Tan perfecto. Tan lleno de la intención de comunicarse y tan poblado de las imposibilidades del lenguaje.

Señalo algo afuera. Una máquina enorme, una especie de pájaro metálico que mete el pico en la tierra para extraer algo. ¿Petróleo? Pregunto el nombre de la máquina. Veo en la ruta los carteles verdes con letras blancas. Los kilómetros que faltan para llegar a algún destino. Nombres y recorridos.

Llegamos. Cortina de álamos sobre la ruta.

Al edificio lo habitan dos escuelas diferentes: durante quince días, la secundaria; luego otros quince días, la primaria. Los chicos y los maestros comparten esos quince días viviendo juntos. Una escuela albergue que hoy está casi vacía. Los chicos de la primaria se han ido a Malargüe. Una salida. Hoy sólo están en clase los chicos del jardín.

Nos recibe la directora. Norma. Los nombres importan. Siempre significan algo.

Norma nos cuenta algunos detalles de la vida cotidiana. Cómo se las arreglan para mantener a distancia murciélagos y ratas. Murciélagos y ratas. Una escuela albergue. Quince días de convivencia. El sol pero el viento frío. Un amarillo deslumbrante ahí afuera, un amarillo que no logro ubicar porque parece estar en todos lados. Pienso que todo esto podría ser parte de un cuento de Samanta Schweblin.

Viene a saludarnos Deo, la cocinera. No me animo a preguntarle de dónde viene ese “Deo”. ¿Deolinda? ¿Deodora? No me animo a preguntárselo porque hay algo en su sonrisa que me ha deslumbrado. Algo en ella me ha recordado mi propia infancia, un comedor con mesas de madera, un grupo de chicos, un almuerzo en bandeja de lata, el ruido de los cubiertos, una mujer que se secaba las manos en el repasador como lo está haciendo Deo, una mujer que fue amable conmigo cuando había desamparo. No recuerdo su nombre. Una cocinera de la escuela. No. Recuerdo. Su nombre.

Empezamos a trabajar con los libros. Parecemos chicos. Pablo se sienta en el suelo como un indio. Caro, Juli y yo nos pasamos lo que vamos encontrando. Gabriel ordena la sección de literatura. Hay un piano tapado con una manta. Hace un rato, uno de nosotros trató de sacarle unas notas. No vi quién.

Caro acomoda libros y, atrás de ella, una ventana donde aparecen las puntas de los álamos.

Juli me cuenta que ayer, en la biblioteca popular de San Rafael, por puro azar, se encontró con el primer libro que leyó en su vida. Un libro que era de su madre y, antes, de su abuela.

Mientras charlamos, entre las hojas de los libros vamos encontrando boletos de colectivo, tickets, papelitos. ¿Adónde iría la persona que recibió el boleto 64031 serie 449 de la línea 512?

Llega Charo, la delegada municipal. Sus hijos vienen a esta escuela. Tiene una forma de sonreír propia de los lugares de frontera, donde el viento limpia y castiga. No puedo describir eso. Pero cualquiera que conozca ese viento sabe de lo que hablo.

Camino por el patio de tierra. Los chicos están jugando con su maestra. Sobre una de las baldosas, antes de que el cemento se secara, alguien escribió “Duilio” con una letra recta y precisa.

Me acerco al aula. Oigo voces. Me da pudor quedarme ahí. Aunque no llego a escuchar bien, supongo que es una conversación privada. Pero hay algo, en los sonidos, que me llama. Me acerco a la puerta y pido permiso. Las voces siguen como si no me hubieran oído. Doy un paso. Entro. El aula está vacía. Desde un equipo de música un hombre y una mujer cuentan la historia de “El gato con botas”.

Estoy de pie, en la sala, cuando el cuento termina y, luego de unos segundos, empieza a sonar una canción. No es cualquier canción. Es muy importante para mí. ¿Qué hago en un aula vacía, en una escuela rural del interior de Mendoza escuchando los primeros acordes de “Zombie” de los Cranberries?

Caen unas gotas. Los chicos vienen a refugiarse en el aula. Me ven ahí, con mi libreta verde en la mano, saltan, preguntan qué hago. De repente estoy sentada a una mesa, rodeada de diez chicos de cuatro y cinco años, que se ríen, que dicen sus nombres, que aceptan eufóricos mi libreta y mi lapicera, que allí van poniendo letras o líneas o círculos o huellas de esto que estamos compartiendo.

Algo se detiene y es perfecto. Gabriela, Jorge, Priscila, Silvana, Jerónimo, Fer, Valentina, Victoria, Guadalupe y Lupita. Algo que sólo puede decirse con estos nombres.


Eugenia Almeida


domingo, 24 de abril de 2016

Irène Némirovsky






En tiempo real


Tenía 39 años cuando la asesinaron.

Los últimos meses caminaba hasta alcanzar el bosque para sentarse allí a escribir. Aun con la certeza de que todo terminaba: escribir.

Su último proyecto era crear una obra que funcionara como música. Cinco partes, cinco movimientos que tomaban como modelo la Quinta Sinfonía de Beethoven. Llenaba cuadernos con su letra diminuta, sabiendo que el tiempo no alcanzaría. Llegó a escribir dos de esos cinco libros: “Tempestad en Junio” y “Dolce”. Hoy se los conoce como Suite francesa.

El 17 de julio de 1942 Irène Némirovsky es subida al convoy número 6 que parte en dirección a Auschwitz. Le queda exactamente un mes de vida. En octubre su marido es arrestado y asesinado. Sus dos hijas, Denise y Élisabeth, de 13 y 5 años, escapan protegidas por una nodriza que las hace ir de refugio en refugio, escondiéndolas, ayudándolas a cruzar Francia. Ya han ido a buscar a la madre de Irène, una mujer rica que disfruta de los beneficios de apoyar el régimen de Vichy. Golpean una puerta que no se abre. Del otro lado se oye la voz de la abuela, que grita. Les dice que si sus padres han muerto, deberían ir a un orfanato.

Siguen huyendo. Arrastran con ellas una valija con papeles de la familia. Entre esos papeles, viaja la Suite francesa. Un manuscrito que desnuda un aspecto de Francia que nadie quiere ver. No la Francia gloriosa, la resistente, la libertaria. La otra: la indiferente, la egoísta, la complaciente con el mal.

Todos los libros de Némirovsky son pequeñas joyas llenas de esquirlas. Una mirada sobre los seres humanos que no deja resquicio para la compasión. Sin un segundo de concesión a lo que quisiéramos ser. Hay que leer El baile, tan breve, para entender cómo, con casi nada, se hace todo. Allí, la autora alcanza la perfección en lo literario. Pero es en Suite francesa donde uno puede descubrir la lucidez de Némirovsky. Un libro que relata la ocupación alemana en Francia pero, sobre todo, la actitud de ciertas personas ante el desastre. La brutalidad de la que somos capaces. Una obra escrita durante la ocupación. En tiempo real. No hay un minuto de pasado que evaluar, no hay tiempo de reflexionar, no hay distancia  entre lo que se cuenta y lo que se vive. Ella estaba allí. Escribía lo que veía.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



jueves, 24 de marzo de 2016

24 de marzo de 1976 / 24 de marzo de 2016 - 40 años / 40 historias



1977. Tengo cinco años. Mi madre me lleva “al centro”. Vivo en un barrio de la periferia y una salida como esta es prácticamente una fiesta. Caminamos por avenida General Paz. Oigo el chirrido de unas ruedas.

Algo me hace sentir un pánico helado. Una sensación que no sé nombrar pero que reconozco como familiar. Levanto la vista. Hay un auto, en medio de la calle, cruzado, las puertas abiertas. Han bajado dos o tres hombres. Uno tiene un arma en la mano. No sé qué es. Un arma larga.

Al volante, un tipo de bigotes con un cigarrillo en la boca. Los que bajaron persiguen a alguien que está corriendo. Lo atrapan. Lo arrastran. Lo van golpeando. Lo suben al auto. Todo eso, en un instante.

Miro alrededor. La gente en la calle está congelada. Inmóvil. Una multitud de estatuas de sal. Todos miran al suelo. Mi madre también. Siento cómo su mano aprieta la mía. Con una fuerza casi insoportable.

¿Me está diciendo que no me mueva? ¿Que no hable? ¿Que no tenga miedo? ¿Qué me dice en este momento en que asisto a la espantosa ferocidad del mundo? No lo supe entonces. No lo sé hoy. No dijimos nada al volver a casa. Nunca pregunté.

Once años después, mi madre murió. Parte de la herencia de aquella época es un silencio (indescriptible, repleto) y una mano que dice algo intraducible. A ese silencio y a ese gesto vengo tratando de ponerles palabras desde entonces.


Eugenia Almeida






sábado, 7 de marzo de 2015

Agua







Gotas

Empieza a llover. Y es hermoso. El agua golpea contra el techo de chapa y dan ganas de quedarse en la cama. Pensás en la suerte de estar esta noche, bajo esa lluvia, con el ruido que acuna y contiene.
Pasan las horas. Es difícil saber cuándo la repetición de algo bello se vuelve inquietante. 

Te despertás, como siempre, a eso de las cuatro y veinte. Quién sabe por qué. Todos los días, la misma hora. Caminas en la oscuridad y al llegar al lavarropas rozás un botón del celular. Una costumbre repetida: confirmar lo que ya sabés. La luz azul rebota en la pared y alcanzas a ver: 04:22. Vas hasta el baño. El olor a tierra mojada entra por el ventanuco. Volvés a la cama. Tratás de dormir. 

Es domingo. Quizás sean las seis o las siete de la mañana. Tenés que trabajar. Una rutina hecha de tareas sin horarios. Vas sumando ratos de esos: madrugadas, trasnoches, pequeñas grietas que se abren entre una cosa y la otra. 

Apretás la tecla de la luz pero la luz no llega. Como tantos otros días en este pueblo de Sierras Chicas. No importa. Buscás la radio portátil, escuchás una transmisión desde otra ciudad. Están hablando de una marcha que se organiza en Buenos Aires. Apenas prestás atención. De a ratos se oye una canción, hacés girar la rueda del volumen hacia arriba o hacia abajo, dependiendo del ánimo.

Ponés la pava en la hornalla. Buscás la yerba. Tratás de abrir las ventanas pero entra agua. Desde el sur, desde el norte, desde el oeste. Como si afuera hubiera una especie de tornado, como si lloviera desde todos los rincones. Te quedás con los postigones cerrados, a oscuras, hasta que la luz vuelve y te sobresalta.

Pasan unas horas.

Alguien sacude la campana que está sobre la tranquera. Pensás que debe ser otra cosa, que te has confundido. ¿Quién puede venir en medio de este diluvio? Abrís la ventana y te asomás. Tu vecino dice que se ha tapado una canaleta, que el agua se ha encajonado, que se le inunda la cocina. Salís debajo de la lluvia, sacás algunas ramas de esa pequeña acequia. Te movés con mucha dificultad. Hace días que tomás calmantes para un terrible dolor de espalda que apenas te deja caminar. 

Algo va mal. El agua empieza a subir. Te acercás a la calle: una enorme tormenta de barro arrastra piedras, palos, objetos que no llegás a reconocer. Volvés a la casa. La ropa empapada. Frío en el cuerpo y es pleno febrero. La chapa sigue tronando. Un rato después empujás la ventana contra el viento y alcanzas a ver que el agua sigue subiendo. La calle ya no está ahí. Sólo hay un río marrón que arrasa todo. El cielo es negro.


Noticias del mundo de allá

La lluvia amaina un poco y volvés a asomarte. Una vecina trata de bajar al centro. Dice que el agua se ha llevado algunas casas. Es el comienzo de las voces. Todo el mundo habla.

Hay quien dice que han abierto las compuertas del dique. Hay quien dice que no es cierto. Hay zozobra. Alguien cuenta que en una de las casas que están sobre el río el agua levantó una heladera. Parece algo extraordinario. Pero vas a oír eso muchas veces. Heladeras, autos, camiones, todo parece tener otro peso y otra densidad bajo la furia de la tormenta. Empezás a oír nombres de barrios y lugares que no conocías. 

Los puentes ya no sirven para unir sino como demostraciones de la destrucción. 

El agua que te puede llevar también es el agua que puede sepultarte en una habitación. En la radio alguien cuenta que tuvo que romper una pared a mazazos para poder liberar a una familia que había quedado encerrada.

Los rumores de las compuertas abiertas se repiten de boca en boca. Todas las frases comienzan con “dicen”, “me dijeron”, “escuché que”. Te asomás para ver si los vecinos están bien. Suena el teléfono. De a ratos. La señal va y viene con el viento, con los truenos, con el agua. La línea fija  tiene tono pero siempre da ocupado.

Lo que se oye en la radio son sólo retazos. Lo central parece ser comentar los partidos de fútbol.  Especialmente el de Boca.

De a poco, muy lentamente, empiezan a llegar noticias.

Hay gente en los techos de las casas. Hay una soledad desoladora. Vas a saber que en los sindicatos, las colonias, las iglesias y los clubs las personas se amontonan buscando refugio. Hay equipos tratando de llevar ayuda en medio de un clima imposible. Ha vuelto a llover. Se siente el miedo. 

En los barrios más pobres, siempre cerca del río, siempre en lo bajo, el agua ha destruido todo. 

Se oye la voz de un ministro diciendo que hay lugares a los que no se puede acceder, que han caído 300 milímetros, que debemos tener calma. Querés fumar pero hace dos semanas que decidiste dejar y no hay un solo cigarrillo en la casa. La luz se corta y ya no vuelve.

Tu pueblo está a oscuras. Es la noche del 15 de febrero. Ya sabés que lo que ha pasado es un desastre. Ha dejado de llover y lo único que se ve son los tucos, enormes, que se encienden y se apagan. 

Cada tanto, un auto pasa rompiendo la oscuridad. Se ven los faros como si anunciaran algo. Se siente la fuerza del motor luchando contra un suelo que ha desaparecido. Te preguntás adónde van. Esas luces son casi fantasmas. 

En la radio han dicho que todos aquellos que estén seguros y no estén colaborando con los equipos de rescate deberían quedarse donde están. No sabés adónde irías si pudieras caminar normalmente. Los amigos han ido al pueblo a ayudar. Desde allí mandan noticias (cuando hay señal, cuando hay suerte, cuando hay tiempo).

La radio sigue replicando el futbol hasta la exasperación. Sobre el límite del dial encontrás una emisora uruguaya. Un abogado promociona su estudio, una locutora anuncia el programa “El tango es mujer”. Se oye un cantante mexicano balbuceando un bolero. Movés la perilla. Súbitamente las voces se vuelven nítidas, hay un grupo de mujeres rezando un rosario con una cadencia maníaca. Sentís un escalofrío. Tu casa está llena de velas.

El teléfono se queda sin señal. De a ratos entran llamadas perdidas que nunca sonaron. Amigos de otras provincias que deben estar viendo las noticias. 

En esa primera noche, la palabra es “inquietud”.


El día después

Alguien te cuenta que en Tortosa, donde se derrumbó el puente, la gente ha perdido todo. 

Hay árboles enormes tirados sobre la calle. Al norte, el agua ha destruido un criadero de cerdos y dicen que hay cuarenta animales muertos flotando por ahí. El olor es insoportable. El barro se pega a todo. Hay perros sin dueño dando vueltas, buscando algo que los oriente. Hay chicos que van gritando los nombres de sus perros por las calles llenas de huecos. 

Autos clavados en el lecho del río. Grietas enormes. El pavimento partido como si hubiera habido un terremoto. Hay barrios en los que han surgido vertientes. El agua brota de la tierra y atraviesa las casas. El sobrino de un amigo tiene una vertiente en su armario. 

Dicen que en barrio Loza una familia se subió a los techos cuando la fuerza del agua reventó las puertas y las ventanas. Por esos huecos comenzaron a entrar cosas. Una heladera. Ramas. Pedazos de plástico. Por uno de esos huecos entró, flotando, un muerto. Quien te lo cuenta hace un silencio. Repite una frase que ya ha dicho. No logra decir lo que quiere. Estás escuchando. Vuelve a decir: “el agua trajo un muerto”. El mate pasa de mano en mano. Miramos el suelo.

Cuando truena todos nos ponemos a temblar.


Trepen a los techos ya llega la aurora

Desde el primer momento hay gente que se organiza para tratar de hacer menos terrible lo que ha pasado. Gente que te conmueve. Durante una semana van a dejar todo para estar ahí, colaborando, ayudando, sosteniendo. Gente que va a dormir, con suerte, una o dos horas por noche. 

Se va a trasparentar lo que cada uno es. Lo que somos siempre se revela en la catástrofe. La variedad humana: hermosa y escalofriante. Ves al que no descansa, al que  construye, al que -en medio de la vorágine- tiene un resto para el afecto. Ves a los otros también. Los que tienen sus propios intereses y sólo hacen lo que les conviene.  

Hubo quienes golpearon puertas de madrugada diciendo que subía el agua. Hubo familias que escaparon en medio del pánico. Y quienes habían dado esa falsa alarma pudieron robar con tranquilidad. Hubo quien se ocupó de guiar la ayuda hasta sus vecinos más pobres. Hubo quien ofreció todo: casa abrigo, comida, agua, lo que hubiera. 

La luz y la oscuridad midiéndose en ese territorio que ha dibujado la tormenta. Como si el universo se hubiera condensado aquí, en las Sierras Chicas, en estos primeros días de la segunda quincena de febrero. Como si mirando esto pudieras entender la esencia de nuestra especie. 

Camino a barrio Las Ensenadas, más allá de la cantera, alguien ha fabricado dos espantapájaros con ropa y desechos que arrastró el río. Están sentados en un sillón hecho con ramas. Todos sonríen cuando pasan por ahí. 

En barrio Pizarro un chico de 17 o 18 años hace acrobacias con su bicicleta. Usa los desniveles del suelo, gira en el aire, cae con gracia. Está haciendo eso desde el día de la tormenta. Cuando todo era desolación, él empezó a saltar por el terreno. Bajo la lluvia. Un bailarín único que regala belleza. Hay quien cree que es una locura hacer algo así en este momento. Otros agradecemos esa danza. Nuestro mundo se ha sacudido. Y aun así alguien se pone a jugar con su bicicleta. Estamos vivos. 

Nos escuchamos, compartimos mate y cigarrillos. Nos desvelamos y tratamos de ayudarnos a dormir. Estamos juntos. 

Has oído mucho. Has visto mucho. Sentís que tu capacidad de expresarte ha sido arrasada. No alcanzan las palabras.

Pasan unos días. Vuelve la conexión a internet. Abrís tus mails. Una amiga, en un pueblo cercano, acaba de escribir lo que querías decir. 

Dice que se siente rara, que apenas puede creer lo que ha pasado. Dice que ha visto a la gente caminar con cansancio y con temor, buscando un lugar conocido que pueda servir de apoyo. Dice que todos hablan y cuentan, una y otra vez, lo que vivieron. Tu amiga termina su mail con una frase perfecta: “Lo increíble, cuando se suma a la fatalidad, tiene ese efecto: es necesario construir un relato que nos permita contarnos la realidad que fue.”
Y eso es lo que hemos estado haciendo. 



Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Los días contados 
La voz del Interior