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jueves, 16 de febrero de 2017

Literatura negra hispano-americana: El luminoso grito de la desesperanza


Por Néstor Ponce




Un repaso de lo más relevante de la novela policial en nuestro idioma.

El escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán, creador del célebre detective Pepe Carvalho, solía decir que la novela policial era el último refugio de la literatura realista. Y lo decía con un dejo de orgullo. Es cierto que luego de un período dominado por las prácticas formalistas y de vanguardia, los años 70 vieron aparecer un fenómeno particular, tanto en España como en los países latinoamericanos: la novela negra. El argentino Mempo Giardinelli, uno de los líderes de ese movimiento de renovación, entonces exiliado en México, decía entonces que, sin ponerse de acuerdo, autores de lengua hispana o portuguesa empezaron a escribir, en el mismo momento, el mismo tipo de literatura. ¿Cómo se puede explicar ese maremoto policial por razones tanto literarias como sociales? Por un lado, los narradores experimentaban la necesidad de quitarse las pelusas de la onda formalista y producir obras que se clavaran en la realidad; por el otro, las condiciones políticas habían cambiado profundamente con la irrupción trágica de dictaduras sangrientas, y su cohorte de persecuciones y censura. Muchos de estos escritores pioneros habían ejercido la profesión de periodistas, actividad sospechosa a los ojos de los censores. 

En los años 50 y 60, algunas publicaciones fueron antecedentes luminosos en este diálogo entre el periodismo y la ficción –un poco a la manera de Truman Capote en los Estados Unidos-: Operación masacre de Rodolfo Walsh en Argentina o Los albañiles de Vicente Leñero en México.

Volvamos a los años 70 y a la eclosión fértil de esta nueva producción. Hiber Conteris (Uruguay) publicaba en España una novela policial que se había aprendido de memoria -por falta de papel- en la prisión política de Libertad; Osvaldo Soriano (Argentina), radicado en Francia, dio a la luz en España sus novelas censuradas en Argentina; Mempo Giardinelli fue el primer extranjero que ganó el Premio Nacional de México con una novela que juega con los hilos del policial negro y el fantástico, Luna Caliente. Entre tanto, a miles de kilómetros, Paco Ignacio Taibo II (mexicano nacido en Gijón, Asturias, e hijo de republicanos exiliados), comenzaba la saga que tenía como protagonista a Héctor Belascorán Shayne -hijo de exiliados vascos e irlandeses., detective privado en el Distrito Federal de México, selva en la que dominaban la corrupción y la miseria. Tal vez encontremos en estos comentarios una explicación para entender la amplitud de la ola policial en estos últimos años: a partir de una estructura codificada, es decir un enigma, una pesquisa, una solución, que moviliza regularmente al mismo elenco de personajes (investigador, confidente, delincuente, víctimas, cómplices), los relatos despliegan un programa narrativo que permite comprender la situación social y política de los países de la región. Todo ello hecho con dinamismo, sin caer en el esquematismo y el panfleto. 

En Cuba, el género conoció también un desarrollo considerable en los años 70, pero en un contexto diferente. Bajo el control del Ministerio del Interior -que creó incluso un premio literario en 1972- y con la intervención de intelectuales reconocidos, como el poeta Luis Rogelio Nogueras o el narrador Guillermo Rodríguez Rivera, el relato policial se confunde con la novela de espionaje. En efecto, en un país socialista, en el que el pueblo ha tomado las riendas del poder y donde la delincuencia ya no existe, los delitos son cometidos por todos aquellos que se oponen a la Revolución. Una figura destaca en ese panorama algo pobre: Ignacio Cárdenas Acuña, quien encontró una fórmula original para salir del cuadro impuesto por las autoridades: situar sus aventuras en los años 50, lo que le permitía denunciar al imperialismo norteamericano y pintar un cuadro de la situación cubana de la época. Habrá que esperar la década del 90, como veremos más abajo, para que la situación cambie. En este punto, una nueva vez, los contextos literarios y políticos se entrelazan: la influencia de la producción policial de otros países hispanoamericanos y los cambios que intervienen en la isla luego de la caída del muro de Berlín. 

En todos estos casos, la influencia del hard-boiled norteamericano de los años 40 y 50 (en particular de Dashiell Hammett y Raymond Chandler), pero también del polar francés de Jean-Patrick Manchette o Thierry Jonquet desempeñaron un papel importante -al menos al comienzo- para la constitución del género en América Hispánica. Recordemos por ejemplo que Soriano era un cronista relevante de literatura policial y que su primera novela, Triste, solitario y final (1973) pone en el escenario a Chandler y a su detective icónico, Philip Marlowe. Tampoco hay que olvidar la influencia del cine de Hollywood de 1940-50, que llevó a la pantalla numerosas adaptaciones del policial. Uno de sus guionistas estrella era nada más ni nada menos que William Faulkner… En América Latina, también fueron -y rápidamente- adaptadas varias novelas del género: Luis Buñuel con Ensayo de un crimen (a partir de la novela homónima de Rodolfo Usigli) y Jorge Fons con Los albañiles.

La diversificación
A partir de los años 90 la novela negra supera las fronteras de Argentina y de México y se instala en la mayoría de los otros países de América Latina y del Caribe. Escritores provenientes de otros horizontes -como el mexicano Jorge Volpi con En busca de Klingsor, Ricardo Piglia en Argentina con su serie alrededor de Ricardo Renzi, o incluso el chileno Roberto Bolaño con Los detectives salvajes- transgreden el género e introducen elementos eruditos y meta-literarios. Sin embargo, la rama negra tradicional no ha perdido sus hojas. En Chile, a los primeros trabajos de Poli Délano se le agregan, entre otras, las novelas de Roberto Ampuero, de Luis Sepúlveda, de Bartolomé Leal, de Ramón Díaz Eterovic. Este último es el creador del detective privado Heredia, cuyo confidente es un gato que habla, un tal Simenon. Bartolomé Leal, por su lado, ha lanzado una saga cuya acción se ubica en Kenia -país en el que Leal residió varios años- y que presenta el universo contradictorio y violento de ese país. La crítica ha hablado, refiriéndose a su obra, de “novela etnológica”, es decir una literatura que revela el flujo identitario y cultural de una población a partir de la ficción.

En Uruguay, después Hiber Conteris -sin olvidar a Juan Carlos Onetti, autor de cuentos con una marcada influencia del género policial-, aparecieron Milton Fornaro y Mercedes Rosende (que dice que ella no eligió la novela negra sino, que, al contrario, fue el género negro el que la escogió a ella). En Colombia, Óscar Collazos, Gustavo Forero Quintero y Santiago Gamboa se apoyan en la estructura de la novela negra para trazar un panorama de la situación de violencia ligada a los grupos paramilitares y a los traficantes de droga, pero también a la represión estatal. En México, la narco-novela se ve, de la misma manera, atravesada por la narración policial, como se observa en las obras de Juan Hernández Luna y Elmer Mendoza; y de los “argen-mex” (argentinos residentes en México) Myriam Laurini, Roberto Bardini o Rolo Diez. Este último sitúa algunas de sus novelas “catastróficas” en Argentina, un territorio devastado por la corrupción de los dirigentes políticos, sindicales, la Policía y por los efectos del neoliberalismo. En Paraguay, en 1995, Andrés Colmán Gutiérrez publicó la primera novela policial de la historia del país: El último vuelo del pájaro campana, donde presenta con ironía la influencia del Brasil en la economía y la cultura de su país, la situación de los indígenas “globalizados” y la alianza de los militares con los traficantes de droga. En el Perú, luego de las incursiones de Mario Vargas Llosa en el género, con su personaje Lituma -relatos policiales andinos-, Diego Trelles Paz retoma la antorcha negra con Bioy, magnífica novela que prosigue la temática lanzada por el excandidato a la presidencia de su país, tratando el doloroso tema de los desastres provocados por la acción de Sendero Luminoso y por la represión salvaje del Estado. Por su lado, el panameño Osvaldo Reyes dio a conocer tres novelas negras, entre las que figura la reciente El efecto Maquiavelo, historia de un médico tenebroso que trabaja en un hospital de Ciudad de Panamá y cuyas presas son los pacientes. En Cuba, la renovación emerge de la pluma de Leonardo Padura y de Lorenzo Lunar. Padura es el creador de la saga del expolicía y actual vendedor de libros Mario Conde. En sus novelas, traza sin ambigüedades la situación de la isla a partir de los años 90, período clave luego de la caída del muro de Berlín. Lorenzo Lunar es el otro nombre importante del cambio. Escribe sobre su barrio en la ciudad de Santa Clara y cuenta los periplos de Leo Martín. Por fin, en Bolivia, el género comienza a cobrar importancia, como se constata con la irrupción de Gonzalo Lema, creador de la saga del expolicía y nuevo detective Santiago Blanco, o del narrador Wilmen Urrelo Zárate, autor de Fantasmas asesinos. Lema decía recientemente: “Bolivia es propicio para escribir cuentos y novelas policiales”.

Podríamos multiplicar los ejemplos que ilustran en nuestra época el vigor de la novela negra hispano-americana, así como la calidad de la producción. Que sirvan como muestra las numerosas traducciones en el mundo entero. Somos injustos, indudablemente, en la elección de los nombres citados, pero el espacio es avaro…

Quisiéramos terminar con dos comentarios. El primero se refiere al gran desarrollo del género negro en Argentina, fenómeno acompañado por la aparición de numerosas pequeñas editoriales, que tratan de luchar contra el monopolio de los imperios españoles, que compraron viejos sellos del país para imponer modelos comerciales, una literatura estándar tipo best-seller. En ese marco, cabe citar el aporte de autores que luego del regreso de la democracia en 1983 -y hasta la época actual- han contribuido a alimentar colecciones luego de la caída de la dictadura: Juan Sasturain, Vicente Battista, Enrique Mallo, Javier Chiabrando, Guillermo Orsi, Leonardo Oyola, Kike Ferrari, Fernando López, Daniel Sorín y, también, fenómeno particular, la irrupción en la escena literaria de un gran número de mujeres, que producen una literatura de alto nivel, que relata los cambios de la sociedad argentina, la vida en las provincias del interior, en el Cono Urbano, la desesperanza de la población y de los jóvenes, la violencia que sufren las mujeres y los gays: Mariana Enríquez, Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara, Alicia Plante, Eugenia Almeida, Florencia Etcheves, Claudia Piñeiro, María Inés Krimer.

El segundo comentario se refiere a la importancia de los festivales de literatura que le dan una amplia visibilidad a la producción policial. Como haciéndose eco del éxito del género, los festivales se multiplican: Córdoba mata (Argentina, dirigido por Fernando López), BAN! (Buenos Aires Negro, bajo la égida de Ernesto Mallo), Panamá Negro, Azabache (Mar del Plata, coordinado por Javier Chiabrando), Semana Negra Uruguay, Medellín Negro (dirigido par Gustavo Forero Quintero). Lorenzo Lunar prepara un festival para 2017, en la ciudad cubana de Santa Clara (que recuerda de manera irresistible la canción “Che Comandante”). Por otro lado, los festivales organizados en España (Gijón, creado por Taibo II, Barcelona, Getafe, Aragón) invitan regularmente a numerosos escritores hispanoamericanos cuyas obras circulan en España. 

La novela negra actual produce un testimonio de la evolución de las sociedades hispanoamericanas, muestra las grietas sociales y pone de realce los cambios operados a causa del neoliberalismo que afecta a la mayoría de los países. Lejos de limitarse al uso de un lenguaje sin relieve, el policial de América Hispánica muestra imaginación y renovación, cuida la construcción del relato, trabaja la lengua. Para iluminar la desesperanza.


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jueves, 28 de abril de 2016

Bitácora El Sosneado (Filba Nacional San Rafael)

Algunos escritores invitados al Filba Nacional San Rafael 
visitamos diferentes lugares y luego escribimos sobre esa experiencia. 

El poeta mendocino Gabriel Jiménez y yo viajamos hasta la 
Escuela albergue de El Sosneado, un pequeño pueblo de apenas 50 casas, 
en el interior de Mendoza. 

Esta es mi bitácora de ese día.





Nombres

Nunca deja de sorprenderme hasta qué punto la mirada condiciona el acontecimiento. Cómo lo que nos habita se pone en juego para develarnos una parte del mundo y dejar otras en la sombra. El neurólogo Gerald Edelman decía que “toda percepción es un acto de creación”. A eso me refiero: al modo en que lo que hay se nos revela, respondiendo a ciertas búsquedas que tenemos en mente. 

Desde que llegué a San Rafael estoy pensando en nombres. No sé explicar por qué. Nombres. Todo lo que cabe en ellos. Lo que implican en nuestra cultura. Las funciones, los usos. Lo intraducible de un nombre.

Segundo día del Filba en San Rafael. La tormenta de ayer dejó un soplo helado, la huella del granizo. Salimos para El Sosneado. Pablo, Caro, Juli, Gabriel y yo. Vamos a conocer la escuela del pueblo. Vamos a llevar unos libros y a colaborar con la  biblioteca.

La primera parte del camino se parece a las Altas Cumbres, en Córdoba. Pero en cierto punto las curvas se convierten en un llano infinito. Un llano de piedra, de cierta aridez. Un paisaje de montaña sin montaña. Trato de recordar si la geografía ofrece un nombre para esto.

La ruta: líneas blancas y amarillas. El mate. Las conversaciones. Juli me cuenta cómo dejó Buenos Aires para venir a San Rafael. Hago preguntas. La conversación es uno de los rituales más extraordinarios que conozco. Tan sencillo y tan complejo. Tan perfecto. Tan lleno de la intención de comunicarse y tan poblado de las imposibilidades del lenguaje.

Señalo algo afuera. Una máquina enorme, una especie de pájaro metálico que mete el pico en la tierra para extraer algo. ¿Petróleo? Pregunto el nombre de la máquina. Veo en la ruta los carteles verdes con letras blancas. Los kilómetros que faltan para llegar a algún destino. Nombres y recorridos.

Llegamos. Cortina de álamos sobre la ruta.

Al edificio lo habitan dos escuelas diferentes: durante quince días, la secundaria; luego otros quince días, la primaria. Los chicos y los maestros comparten esos quince días viviendo juntos. Una escuela albergue que hoy está casi vacía. Los chicos de la primaria se han ido a Malargüe. Una salida. Hoy sólo están en clase los chicos del jardín.

Nos recibe la directora. Norma. Los nombres importan. Siempre significan algo.

Norma nos cuenta algunos detalles de la vida cotidiana. Cómo se las arreglan para mantener a distancia murciélagos y ratas. Murciélagos y ratas. Una escuela albergue. Quince días de convivencia. El sol pero el viento frío. Un amarillo deslumbrante ahí afuera, un amarillo que no logro ubicar porque parece estar en todos lados. Pienso que todo esto podría ser parte de un cuento de Samanta Schweblin.

Viene a saludarnos Deo, la cocinera. No me animo a preguntarle de dónde viene ese “Deo”. ¿Deolinda? ¿Deodora? No me animo a preguntárselo porque hay algo en su sonrisa que me ha deslumbrado. Algo en ella me ha recordado mi propia infancia, un comedor con mesas de madera, un grupo de chicos, un almuerzo en bandeja de lata, el ruido de los cubiertos, una mujer que se secaba las manos en el repasador como lo está haciendo Deo, una mujer que fue amable conmigo cuando había desamparo. No recuerdo su nombre. Una cocinera de la escuela. No. Recuerdo. Su nombre.

Empezamos a trabajar con los libros. Parecemos chicos. Pablo se sienta en el suelo como un indio. Caro, Juli y yo nos pasamos lo que vamos encontrando. Gabriel ordena la sección de literatura. Hay un piano tapado con una manta. Hace un rato, uno de nosotros trató de sacarle unas notas. No vi quién.

Caro acomoda libros y, atrás de ella, una ventana donde aparecen las puntas de los álamos.

Juli me cuenta que ayer, en la biblioteca popular de San Rafael, por puro azar, se encontró con el primer libro que leyó en su vida. Un libro que era de su madre y, antes, de su abuela.

Mientras charlamos, entre las hojas de los libros vamos encontrando boletos de colectivo, tickets, papelitos. ¿Adónde iría la persona que recibió el boleto 64031 serie 449 de la línea 512?

Llega Charo, la delegada municipal. Sus hijos vienen a esta escuela. Tiene una forma de sonreír propia de los lugares de frontera, donde el viento limpia y castiga. No puedo describir eso. Pero cualquiera que conozca ese viento sabe de lo que hablo.

Camino por el patio de tierra. Los chicos están jugando con su maestra. Sobre una de las baldosas, antes de que el cemento se secara, alguien escribió “Duilio” con una letra recta y precisa.

Me acerco al aula. Oigo voces. Me da pudor quedarme ahí. Aunque no llego a escuchar bien, supongo que es una conversación privada. Pero hay algo, en los sonidos, que me llama. Me acerco a la puerta y pido permiso. Las voces siguen como si no me hubieran oído. Doy un paso. Entro. El aula está vacía. Desde un equipo de música un hombre y una mujer cuentan la historia de “El gato con botas”.

Estoy de pie, en la sala, cuando el cuento termina y, luego de unos segundos, empieza a sonar una canción. No es cualquier canción. Es muy importante para mí. ¿Qué hago en un aula vacía, en una escuela rural del interior de Mendoza escuchando los primeros acordes de “Zombie” de los Cranberries?

Caen unas gotas. Los chicos vienen a refugiarse en el aula. Me ven ahí, con mi libreta verde en la mano, saltan, preguntan qué hago. De repente estoy sentada a una mesa, rodeada de diez chicos de cuatro y cinco años, que se ríen, que dicen sus nombres, que aceptan eufóricos mi libreta y mi lapicera, que allí van poniendo letras o líneas o círculos o huellas de esto que estamos compartiendo.

Algo se detiene y es perfecto. Gabriela, Jorge, Priscila, Silvana, Jerónimo, Fer, Valentina, Victoria, Guadalupe y Lupita. Algo que sólo puede decirse con estos nombres.


Eugenia Almeida


viernes, 15 de abril de 2016

Filba Nacional / San Rafael: Cuatro días para debatir sobre literatura y política - Silvina Friera



Cuatro días para debatir sobre literatura y política

La dicotomía civilización y barbarie –encarnada en el conflicto docente en la provincia de Mendoza– atravesó el encuentro, con un público ávido por escuchar a los escritores invitados, que participaron de lecturas, charlas y talleres.


Por Silvina Friera - Desde San Rafael


El viento ruge su rabia y dobla la copa de los álamos. Verlos agitarse, como si estuvieran a punto de desplomarse, impresiona. La naturaleza es mucho más salvaje –y hermosa– de lo que se percibe a simple vista. La belleza de la ciudad de San Rafael, al sur de la provincia de Mendoza, fue perturbada por la lluvia y las piedras que cayeron el jueves por la tarde, cuando empezó la quinta edición del Festival Nacional de Literatura (Filba), que terminó ayer. Quedan los fragmentos de escenas y debates de cuatro días de literatura y política –con la dicotomía civilización y barbarie encarnada en el conflicto docente en la provincia de Mendoza–, con un público ávido por escuchar a los escritores invitados, que participaron de lecturas, charlas y talleres, como Eduardo Sacheri, María Teresa Andruetto, Luis Chitarroni, Jorge Consiglio, Gabriela Massuh, Eugenia Almeida, Mariana Enriquez, Oliverio Coelho, Mercedes Araujo y Gabriel Dalla Torre, entre otros. “Todos tenemos una historia en la punta de la lengua, seamos escritores o no”, dice Eduardo Belgrano Rawson durante la apertura del Filba en el aula magna de la Universidad Nacional de Cuyo, una de las sedes del festival.


Noches al límite

“Tomar cocaína me había gustado mucho cuando empecé a hacerlo, en la adolescencia. Me gustaba la falsa energía, esa luminosidad de neón en el cerebro, la charla histérica, la bestialidad de la situación, especialmente la física. Pero a esa altura, y desde hacía rato, no me daba ningún placer”, revela Mariana Enriquez en el panel Al Límite, que compartió con Iván Moiseeff y Tálata Rodríguez. “Una noche tan intrascendente e intensa como las demás, me metí en el baño del Búkaro a tomar un tiro. Cuando iba a encender la luz, me di cuenta de que no hacía falta. En el baño era pleno día. No tenía techo, el baño, y el sol brillaba en el cielo de otoño totalmente solo, sin nubes, en medio del azul más límpido que se pueda imaginar. Yo creía que, como mucho, serían las cuatro de la mañana. Ese sol fue mi límite. Recuerdo que me sentí muy patética, muy sola y muy triste. Y la diferencia entre lo que de verdad pasaba y mi reloj tóxico resultó en una especie de shock”. Esa fue la última vez que la escritora tomó cocaína. “El Búkaro cerró. Creo que mataron a un chico ahí adentro, a cuchilladas, y nadie encontró el cuerpo hasta muy tarde, o les dio miedo llamar. Ahora me pregunto, sin embargo, si ese muerto habrá existido. Si el lugar de verdad se llamaba Búkaro o nosotros lo llamábamos así. Y me impresiona cuántas vidas perdí y olvidé en mi propia vida”, confiesa la autora de Las cosas que perdimos en el fuego y Los peligros de fumar en la cama. “Me parece que últimamente hay una línea delicada entre la literatura del yo y hablar de uno mismo. Hablar de uno mismo es interesante literariamente y al mismo tiempo roza con un poco de narcisismo. Mi abuela decía ‘se está mostrando’. Yo elijo mostrarme, pero con medida”, aclara Enriquez.


Está lloviendo en San Rafael

La construcción literaria de una región y cómo traducir el paisaje son instancias de reflexión para Mercedes Araujo, poeta y narradora mendocina que vive en Buenos Aires; el puntano Eduardo Belgrano Rawson y la dramaturga y narradora mendocina Sonnia De Monte. “Mi proyecto literario me llevó a buscar el territorio fuera de Buenos Aires. El paisaje me resultaba equivalente a los personajes”, confirma Araujo, autora de La hija de la cabra, novela ganadora del primer premio de fomento a la producción literaria del Fondo Nacional de las Artes en 2011 y agrega que para escribir la novela necesitó volver a Mendoza para “sentir el paisaje”. “El volver a la naturaleza es lo que hemos perdido en la ciudad. Cuando volvemos, cuesta embarrarnos. Yo creo que estar ahí me dio el ritmo para llevar adelante un proyecto narrativo. Yo soy una lectora de historias, necesito que me las cuenten y necesito devolverle al relato su potencia”, reconoce Araujo. De Monte, oriunda de Bowen, autora de la novela Está lloviendo en Vitorica, admite que no podría vivir en una gran ciudad y que no le gustan las grandes aglomeraciones. “Yo elijo el campo, elijo un poco más de paz, si es que se puede conseguir en este mundo”, plantea la escritora. “Nosotros, los que no pretendemos estar en esos lugares rimbombantes de cartel, simplemente hacemos una literatura de forasteros”, invoca la frase de Haroldo Conti. La escritora no puede entender un paisaje “si no hay un ser humano”. Belgrano Rawson, con su histrionismo con acento puntano, evoca la geografía natal. “Cuando era chico, en San Luis, éramos tan pobres que ni paisaje teníamos. De obra pública ni hablar. Hemos vivido a la sombra de Mendoza”, ironiza el autor de Rosa de Miami. “Una maestra decía que en San Luis terminaba la Argentina. Y tenía razón: San Luis era la Siberia del país. Yo tuve una especie de embrujo con el desierto, que creo que Sarmiento definía como ‘una franja incierta en el horizonte’”.

Está lloviendo en San Rafael. Diluvió el jueves. Llovió el viernes. Llovió el sábado. Llovió el domingo... Nunca cayó tanta agua por estos pagos. No cae la polémica del cielo como un meteorito ajeno al cuerpo social. La disputa es constitutiva en la conformación y devenir del país. Más en estos momentos. El Filba no es una burbuja literaria. La primera discusión emerge cuando la traducción del paisaje como tema declina. “La caída de lectores es imparable en la medida en que sigamos resignados a ser un pueblo analfabeto. En Argentina se practica una política cultural para minorías. El 90 por ciento de la población jamás va leer un libro ni va a ir al cine o al teatro”, afirma Belgrano Rawson y sugiere que “hay que poner a todo el mundo a alfabetizar; pero es más fácil repartir netbooks”. Desde el público se escuchan murmullos y conversaciones, apenas audibles, que pueden ser traducidos como el ruido que provoca el desacuerdo o también como los comentarios que suscitan las adhesiones. María Teresa Andruetto pide el micrófono para aclarar que “Argentina no tiene casi analfabetos”. Belgrano Rawson le retruca, a la autora de Lengua madre y Los manchados, porque está hablando de “un universo sofisticado” que lee; pero él se refiere al 80 por ciento que nunca leerá un libro. A diferencia de lo que sucede con la inflación en el país, el porcentaje de analfabetos bajó, en unos pocos minutos, un 10 por ciento. La escritora cordobesa vuelve a la carga con más argumentos. “La distribución de libros en las escuelas creció en todo el país, aunque entiendo que faltan cosas por hacer. En los 60, el gran momento de la edición argentina, yo vivía en un pueblo y si quería un libro tenía que ir a encargarlo al bazar”.

La barbarie y los otros

El mal clima obliga a cambiar una de las sedes al aire libre: el laberinto Borges, creado por el diplomático y arquitecto inglés Randoll Coate (1909-2005), en la estancia Los Alamos, de la familia de la escritora Susana Bombal (1902-1990). Mejor estar protegidos, entre libros, en la bellísima Biblioteca Popular Mariano Moreno. La China, una gata gris y blanca de cuatro meses, corre de una punta a otra de la sala, alterada por la cantidad de chicos que participan del Filbita en una intervención poética con susurradores. “Desde Sarmiento para acá, podemos leer bajo la clave de civilización y barbarie, el devenir de nuestra sociedad y a la vez de nuestra literatura”, postula Andruetto durante el panel Civilización y Barbarie Hoy, en el que participó junto con Hernán Ronsino y Gabriela Massuh. “Lo mejor de nuestra literatura es una experiencia de lenguaje profundamente política; una literatura que va más allá del entretenimiento, aunque los avatares políticos tan intensos entre nosotros nos entretengan a veces tanto como una tragedia shakesperiana”, advierte la escritora cordobesa. “La barbarie está en el otro, en ese desconocido de nosotros cuya subjetividad preferiríamos nunca conocer. Se trata de un nosotros que puede mutar de clase y condición”, analiza Andruetto y enumera esas metamorfosis: los bárbaros pueden ser los indios, los gauchos, los provincianos, también los luchadores sociales, los guerrilleros, los “cabecitas negras” o simplemente los pobres y explotados de la tierra. “Tanta civilización asfixia y un poco de barbarie permite la salida de eso otro, menos controlado, algo de aquello que Kush llamó el hedor de América”, asegura, y propone tirar del hilo de un complejo interrogante: cuánta barbarie hay en la civilización y cuánto impulso de verdadera civilización hay en la barbarie.


El sufrimiento del otro

Gabriela Massuh, autora de las novelas La intemperie, La omisión y Desmonte, alerta sobre la destrucción del espacio público en la ciudad de Buenos Aires y objeta que el progreso se mida exclusivamente por el negocio inmobiliario. Walter Benjamin decía que el “capitalismo es la más fundamentalista de las religiones”. En El robo de Buenos Aires, Massuh desenmascara los tejes y manejes de la destrucción de la ciudad y desmenuza los grandes negocios realizados en Puerto Madero. “Juan Manuel de Rosas limpiaba la tierra de indios para darles la tierra a los terratenientes. Esto que pasa con Buenos Aires hoy es como una Campaña al Desierto. La barbarie actual se llama acumulación de capital”, explica la escritora que cuestiona el “afán higienista” de Mauricio Macri y recuerda un concepto de Hannah Arendt para subrayar que “la barbarie es la ignorancia del sufrimiento del otro”. Hernán Ronsino, narrador y sociólogo, prefiere empezar con un pequeño relato del guatemalteco Augusto Monterroso, “La oveja negra”, que viene como anillo al dedo de la cuestión. Una oveja negra llega a un país común y corriente y es fusilada. Después de un tiempo, el rebaño arrepentido decide hacerle un homenaje y se construye una estatua ecuestre. Llegan nuevas ovejas negras al pueblo y las vuelven a fusilar para entrenarse en el arte de la escultura. ¿Cómo se actualizan las tensiones entre civilización y barbarie? Ronsino, autor de Glaxo y Lumbre, procura pensar el lugar del peronismo y la tensión entre las clases dominantes y los sectores populares, siguiendo las ideas del artista plástico Daniel Santoro. “El peronismo es más peligroso que el marxismo porque el marxismo te pide que te sacrifiques por la revolución. En el peronismo, lo que importa es el goce de la clase trabajadora. Pero después vienen a cobrarte la fiesta, después hay que pagar”, compara Ronsino y señala que el bárbaro es una construcción que hace alguien, “una lucha por la dominación de un grupo sobre otros que ocurre en el plano de la lengua”. “La literatura nos permite imaginar lo otro –declara Ronsino–. A través de la escritura, uno puede desarmar la barbarie”.

Un señor pide la palabra. Pronto la dicotomía encarnará en el público para ejemplificar, si alguna duda quedaba, la potencialidad de una divergencia inagotable.

–La peor pobreza es la ignorancia. Y la mayor riqueza es el conocimiento –dice.

–No estoy de acuerdo, señor –refuta una mujer–. La mayor pobreza es no tener nada en la panza.

“¡Escuchá a los docentes, Correas!”, grita un maestro que es voluntario del Filba y tiene la remera del festival más roja que nunca, la garganta irritada, la voz arrasada. ¿Habrá oxímoron más siniestro que una paritaria por decreto? El macrismo –para espanto y sufrimiento de la ciudadanía– puede desafiar los límites de la imaginación. “Correas” es el escritor Jaime Correas, titular de la Dirección General de Escuelas de Mendoza (DGE). Correas está en una de las charlas en la biblioteca popular Mariano Moreno, el sábado por la tarde, como uno más entre el público, cuando un grupo de docentes lo ve y se acerca para plantearle cara a cara las quejas y problemas sin resolver que arrastra su errática gestión. La relación del SUTE (Sindicato Único de Trabajadores de la Educación) con el gobernador de la provincia de Mendoza, Alfredo Cornejo, un radical macrista, es mala después del fracaso de las paritarias y la imposición por el decreto 228/16 de un aumento del 7 por ciento de marzo a julio y del 7,7 a partir de agosto; decreto que incluye el cuestionado “ítem aula”, un adicional salarial en blanco que reconoce la labor docente frente a los alumnos, y que 10.498 docentes no lo cobraron por el simple y elemental derecho de hacer paro y movilizarse durante el último mes.

Un fragmento de “Esperando a los bárbaros”, un poema de Constantin Kavafis, que lee Andruetto, resuena en los intersticios de la política argentina: “¿Por qué no acuden como siempre nuestros ilustres oradores/ a brindarnos el chorro feliz de su elocuencia?/ Porque hoy llegan los bárbaros/ que odian la retórica y los largos discursos,/ ¿Por qué de pronto esa inquietud/ y movimiento? (Cuánta gravedad en los rostros)./ ¿Por qué vacía la multitud calles y plazas,/ y sombría regresa a sus moradas?/ Porque la noche cae y no llegan los bárbaros,/ Y gente venida desde la frontera/ afirma que ya no hay bárbaros./ ¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?/ Quizá ellos fueran una solución después de todo”.





miércoles, 24 de febrero de 2016

5ª EDICION DEL FILBA - SAN RAFAEL, MENDOZA






Literatura federal y de buena cepa

María Teresa Andruetto, Eugenia Almeida, Gabriela Massuh, 
Hernán Ronsino e Iván Moiseeff serán algunos participantes 
de este encuentro, que se desarrollará del 7 al 10 de abril.



Por Silvina Friera

La frontera, ese caótico tejido de lo vivo, es el lugar de cruces y hibridaciones, de deslizamientos y mezclas, de movimientos y tensiones, de afinidades y divergencias. El concepto de frontera, tan elástico a la hora de modular y extender el campo de las interpretaciones, será uno de los hilos conductores del quinto Filba, el Festival Nacional de Literatura organizado por la fundación Filba, que se realizará en San Rafael (Mendoza) del 7 a 10 de abril, en la Biblioteca Mariano Moreno y en el Laberinto Borges ubicado en la Finca Los Alamos, entre otras sedes de esta ciudad mendocina que cuenta con 200 mil habitantes. “Poné pausa. 4 días de literatura” es el slogan de esta edición que tendrá como invitados a las escritoras cordobesas María Teresa Andruetto y Eugenia Almeida; María Cristina Ramos –nacida en San Rafael, radicada desde fines de los años 70 en Neuquén–, Gabriela Massuh, Hernán Ronsino e Iván Moiseeff, entre los primeros confirmados, y en la que no podrán faltar actividades vinculadas con la formidable obra de Antonio Di Benedetto (Mendoza, 2 de noviembre de 1922 – Buenos Aires, 10 de octubre de 1986), a treinta años de la muerte del autor de Zama.

“La verdad que es todo un desafío para una fundación chiquita, desde Buenos Aires, tratar de movernos lo más lejos posible por el país. San Rafael es lo más lejos que llegamos con el Filba por una cuestión básica de presupuesto: las distancias en Argentina son enormes y cuanto más lejos te vas, más caro es todo”, plantea Gabriela Adamo, directora del Filba, encuentro literario que en anteriores ediciones tuvo como escenarios a Mar del Plata (2015), Azul (2014), Santa Fe (2013) y Bahía Blanca (2012). “En esta edición contamos con el apoyo de la fundación Williams, que trabaja mucho en la zona de San Rafael. Nosotros teníamos ganas de ir a Mendoza y lo que teníamos claro era que no queríamos que fuera en la capital. Nos interesa el aspecto descentralizador que tiene el festival de no ir a las grandes ciudades que tienen más acceso a la literatura, sino buscar un segundo nivel de ciudades que tengan una población importante, con un circuito de escuelas, bibliotecas y librerías. El acceso a los escritores y las propuestas que podamos llevar a San Rafael, una ciudad que tiene dos librerías, marca una diferencia muy grande”, agrega Adamo que ya hizo dos viajes a la ciudad mendocina para visitar diversos espacios culturales y relevar información.

“Uno de los temas de esta edición es la frontera, no sólo la frontera del país, qué significa Mendoza y la cordillera, sino también la frontera entre las grandes ciudades y los pueblos más chicos. El concepto de frontera nos está dando mucha tela para cortar porque tenés fronteras de géneros y de estilos, fronteras lingüísticas y fronteras de todo tipo –cuenta la directora a Página/12–. Los Filbas nacionales no pretenden ser un festival de literatura local. Noso- tros no seríamos los más indicados para llegar a San Rafael y decir: ‘el tema de ustedes es tal cosa’. El Filba es un festival de literatura nacional que toca temas literarios que están en discusión en todo el país. La geografía de los lugares adonde vamos haciendo el festival muchas veces nos dispara un montón de ideas. Así como el año pasado se nos ocurrió hacer las caminatas playeras en Mar del Plata, en San Rafael nos interpeló de entrada la cuestión de la frontera.” Adamo anticipa que están diagramando la programación –lecturas, charlas, performances teatrales y musicales– y entre las actividades que están desarrollando como novedad intentarán cruzar la cata de vinos con la cata de libros, pero también destaca la importancia que tienen, en cada una de las comunidades por donde circula el festival, el menú de talleres que suelen ofrecer. En este quinto Filba habrá talleres de narrativa, de crónica, de poesía y de gestión cultural.

“No encontramos editoriales en la ciudad en los dos viajes que hicimos. Sí descubrimos que hay una escena muy fuerte de cine y de guión, por eso estamos pensando incluir alguna de estas actividades en la programación. Si hay editoriales en un lugar, eso genera movimiento y las librerías se ven muy estimuladas. Si podemos poner un granito de arena, una semillita para que San Rafael tenga una editorial o más librerías, vamos a tratar de hacerlo”, promete Adamo.







miércoles, 21 de octubre de 2015

Encuentro en la Escuela de Letras - Universidad Nacional de Córdoba




El viernes 23 de octubre, a partir de las 16, en aula 2 del Pabellón Venezuela de Ciudad Universitaria, las escritoras cordobesas María Teresa Andruetto y Eugenia Almeida brindarán una charla libre y abierta a todo público. La actividad está organizada por la Cátedra Enseñanza de la Literatura, del Profesorado de Letras Modernas de la Facultad de Filosofía y Humanidades.





El objetivo principal de esta conversación es intercambiar saberes y reflexiones sobre diversas cuestiones que nos interesan como mediadores de la literatura y agentes de cambio: el derecho a la lectura literaria, las discusiones sobre el canon literario, las dinámicas de taller en las aulas, los circuitos comerciales de la literatura, la literatura juvenil, la capacitación docente, entre otras cuestiones. Asimismo, en un segundo momento, la actividad girará en torno a las últimas dos novelas de ambas autoras: Los manchados, (Andruetto, M. Teresa, Mondadori) y La tensión del umbral (Almeida, E., Edhasa).





Página web de María Teresa Andruetto


domingo, 27 de septiembre de 2015

III Feria del Libro de Neuquén





Este domingo 27 a las 20.15, 
en la Tercera Feria del Libro de Neuquén, 
charlaremos con Alejandro Finzi y Teresita Valdettaro 
sobre "Literatura y política".


miércoles, 16 de septiembre de 2015

viernes, 11 de septiembre de 2015

Lectura de poesía en la Feria del Libro de Córdoba




SÁBADO 12 de septiembre



16hrs: Juan Tardivo- Elena Anníbali –Martín Maigua-


17hrs: Homenaje a Rodolfo Godino
Julio Castellanos –Claudio Amancio Suárez- Cuqui Oviedo


18hrs: Daniel Samoilovich – Gabriela Halac


19hrs: Raquel Garzón - Eugenia Almeida


20hrs: Esteban Moore – Leandro Manuel Calle


21hrs: Cierre del Espacio Poesía con 
"Mi tropa está en la huella" a cargo del grupo Pan Comido Poesía y El Mano.



miércoles, 9 de septiembre de 2015

miércoles, 19 de agosto de 2015

JORNADAS DE INVESTIGACIÓN sobre HUMOR



JORNADAS DE INVESTIGACIÓN 

INNOVACIÓN, RUPTURAS Y TRANSFORMACIONES 
EN LA CULTURA HUMORÍSTICA ARGENTINA

21 Y 22 AGOSTO 2015

El Grupo de Investigadores del Humor (radicado en el Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba) invita a participar en las Jornadas de investigación. Innovación, rupturas y transformaciones en la cultura humorística argentina, que se realizarán en la ciudad de Córdoba los días 21 y 22 de agosto de 2015. En la ellas expondrán especialistas en cuestiones del Humor de nuestro país y otros países latinoamericanos con el fin de intercambiar procesos y productos de investigaciones. 

Además de las mesas de expositores, contaremos con la presencia de dos investigadores de amplia trayectoria quienes brindarán sendas conferencias acerca de la cuestión del humor desde sus propias perspectivas. Dichos conferencistas son Oscar Steimberg y Jorge Dubatti. El primero de ellos, brindará una disertación titulada “La historieta de todos los días. Sátira y humor en los bordes de la prensa periodística”, el viernes 21 de agosto a las 18:30 en el Aula 3 del Pabellón República Bolivariana de Venezuela (Casa Roja); mientras que Jorge Dubatti disertará sobre “Tradición e innovación en el humor teatral (casos de Buenos Aires, siglo XXI)” el sábado 22 a las 16:30 en el Aula 1 de Casa Verde.



Todas las actividades son libres y gratuitas. 


Programa Completo de la Jornadas: click aquí

Consultas: jornadasdehumor@gmail.com



miércoles, 12 de agosto de 2015

martes, 2 de junio de 2015

Palabras de Poeta - Martes 2 de Junio






Palabras de Poeta

Martes 2 de Junio - 19.30 hs.

Eugenia Almeida - Leticia Ressia - Lucas Tejerina

Coordinan: Hernán Jaeggi y Carlos Garro Aguilar

Auditorio B - Subsuelo Facultad de Lenguas
Av. Vélez Sarsfield 187



miércoles, 30 de abril de 2014

Diálogo de provincias / 40º Feria del Libro de Buenos Aires




Tres escritores, a fondo con la literatura, con o sin tonada

POR BARBARA ALVAREZ PLA

Los cordobeses Luciano Lamberti y Eugenia Almeida y el sanjuanino Rogelio Ramos Signes hablaron de la literatura, la vida y el color local en el  “Diálogo de provincias”.
               

¿Existe la tonada en la escritura? Seguramente sí: la tonada como valor afectivo, como expresión de lo que un escritor es en este mundo. En un tiempo y un espacio que irremediablemente marcan su literatura. La tonada sería entonces el ritmo con el que se escribe. Con esa pregunta, y algunas reflexiones sobre los mitos impresos en el imaginario colectivo, con los que necesariamente la literatura tiene que vérselas, se hizo, en la Feria del Libro, el segundo encuentro del ciclo “Diálogo de Provincias”, que por segundo año pone a charlar en una mesa a escritores llegados de diferentes puntos del país. En esta ocasión, y bajo el título “Nuevos imaginarios, viejas mitologías”, les tocó el turno a los cordobeses Luciano Lamberti y Eugenia Almeida y al sanjuanino Rogelio Ramos Signes, coordinados por la jujeña María Eduarda Mirande.

La coordinadora afinó la charla y se acercó a los posibles mitos que, en su opinión, han dado origen a la literatura argentina: desde la relación entre civilización y barbarie o las historias de migraciones –que hablan de pérdida de identidad y búsqueda de una nueva-- hasta los discursos cuasi mesiánicos del peronismo y claro, la dictadura como otra de las huellas imborrables.

“Mi generación llegó al tema de la dictadura cuando ya estaba agotado. Una novela más sobre la dictadura sería insoportable”, dijo Luciano Lamberti, que nació en 1978 y escribió los libros de cuentos “Sueños de siesta” o “El asesino de chanchos”. Y quiso añadir una reflexión más sobre la pregunta lanzada al inicio de la charla: “¿Tonada? Un escritor debe preocuparse de contar una historia, no de ponerle sabor local”.

Le tocó el turno entonces a Rogelio Ramos Signes (1950), autor del poemario “La casa del te” y “El décimo verso”, entre otras obras, quien señaló que “los mitos son como los libros de consulta de las bibliotecas, uno va a por ellos solo cuando los necesita. Si partimos de que todo texto es un palimpsesto, los mitos están incluidos sin remedio en todo lo que escribimos”. “En cuanto a la tonada”, señaló, “trato siempre de que no aparezca”.

Llegó después el turno de ponerse filosóficos y la coordinadora de la charla preguntó a los escritores de dónde pensaban ellos que venía la necesidad de ficción. ¿Por qué se lee ficción? ¿Por qué escriben ficción? “Todos necesitamos ficción, desde el momento que de chicos pedimos que nos lean un cuento,  y creo que terminamos escribiendo la historia que nos gustaría que nos hubieran contado”, reflexionó Ramos Signes. Y la charla volvió a la orilla de los imaginarios, los viejos, los nuevos, ¿Hay diferencia? Mirande opinó que los imaginarios actuales se caracterizan por no tener de fondo las utopías, sino las distopías, con otros espacios y otro tipo de apuesta a los lectores, que ya no confían en los finales bien cerrados, que ya no necesitan que una historia termine bien o dé esperanza. Que cambió el concepto de lo que es normal. Y Almeida –nacida en 1972 y autora de las novelas “El colectivo” y “La pieza del fondo”--, completó: “En mi forma de ver el mundo no existe la llamada 'vida normal', solo hay una estadística de la mayoría que se toma como normal”.

Literatura y vida, fue la consigna planteada a modo de cierre la charla. ¿Se relacionan? ¿Se cuentan? ¿Se combinan?  Sin esperar un minuto tomó el micrófono Luciano Lamberti: “Literatura y vida son términos antagónicos”, sentenció. Y lo contradijo Almeida: “Para mí no es así. Pienso que la literatura es una de las cosas más hermosas de la vida”.






martes, 29 de abril de 2014

Damián Huergo / Página 12: comentario sobre "La pieza del fondo"

 




Simple pero de fondo


En su segunda novela, después de la premiada El colectivo, Eugenia Almeida enfrenta el desafío de narrar la vida de unos personajes simples, a través de una prosa donde la sencillez se reviste de sensibilidad.

Por Damian Huergo                       


Desde el comienzo, el personaje principal lo es por sus silencios más que por sus palabras, por su quietud más que por su movimiento, por su ausencia más que por su presencia. Quizá, sólo quizá, sea exagerado darle el papel protagónico de La pieza del fondo a este antipersonaje; pero lo cierto es que la segunda novela de Eugenia Almeida, después de su festejado debut –por la crítica local e internacional– El colectivo, lo tiene como motor de la historia o, mejor dicho, como raíz de las múltiples historias que van a arborizar alrededor suyo. El tipo en cuestión es un hombre viejo que –como tantos– está en situación de calle. Durante las tardes se sienta en un banco de plaza, en silencio, como si fuese una planta más del paisaje urbano. Para los transeúntes lo es; menos para Sofía, la moza del bar frente a la plaza. Cuando puede, a escondidas del dueño, le lleva algo de comida y se sienta a su lado. Ella le habla y él escucha, sin decir una sola palabra. Pero un día el banco está vacío. Y esa ausencia, ese agujero en el mundo de Sofía, es el hilo que Almeida tira y recorre para desenrollar el ovillo de La pieza del fondo.

La búsqueda del viejo es la excusa para que la novela empiece a rodar. Primero es trasladado a una comisaría, luego a un hospital psiquiátrico. Sin embargo, en la estrategia narrativa de Almeida los senderos no son lineales, se bifurcan. La sola presencia del viejo despierta de la modorra rutinaria a los trabajadores de ambas instituciones. Como si fuese un ritual ancestral, cada personaje que lo tiene cerca narra una historia, su historia. Para ello sólo hay un motivo: tienen quien los escuche.

En esta novela, Almeida se anima a tocar el hueso de la literatura: indaga sobre cómo contar historias y, sobre todo, pregunta de un modo sutil, invisible, si tienen razón de ser sin alguien que las escuche (o las lea). Almeida no da respuestas directas. Como Angela Pradelli en Turdera y en Combi, opta por armar una novela coral y circular donde cada personaje ensaya un modo de narrar doméstico, cotidiano. Por ejemplo el Dr. Resquén utiliza la leyenda para interpelar al auditorio en las conferencias; Sofía apela a los recuerdos de la infancia; Horacio, el enfermero, al drama pasional para contar la tragedia de Don Carlos; Miriam reconstruye y complementa chismes; y el policía Frías se vale de cierto costumbrismo para narrar su pasado.

A diferencia de cierta narrativa contemporánea que cree que un buen libro sólo se sostiene con personajes excéntricos, La pieza del fondo brilla al enfrentar la complejidad de construir personajes simples y profundos. Con pocos elementos, bien pulidos, Almeida logró una novela que les habla a las personas. Y a las personas –ella lo sabe– hay que hablarles como personas. Al igual que en El colectivo, utiliza frases cortas y precisas, para crear atmósferas íntimas cargadas de imágenes poéticas y familiares. Su prosa es adictiva; funciona como una pócima que abre los sentidos –nos hace oler el perfume de las ciruelas, tocar las arrugas de la piel, escuchar el silencio entre las palabras– y, como si fuésemos el hombre viejo, nos persuade para que nos quedemos a su lado a escucharla, hasta el final.