lunes, 15 de agosto de 2022

"La hija" - Anna Giurickovic



El teatro de la memoria

¿Cómo comprender lo que sucede? ¿Cómo rasgar los hábitos cotidianos para abrir los ojos y ver realmente lo que pasa a nuestro alrededor? ¿Cómo asimilar lo que implicaría el derrumbe del mundo tal como lo conocemos?

Silvia recuerda. Y todo parece cifrarse ahí.

Recuerda cuando ella, su hija y su marido vivían en Rabat. Su ejercicio de memoria es complejo, no permite separar lo bello y lo terrible. Lo mismo los paseos compartidos que la muerte y el silencio. Un suicidio, un accidente, las posibilidades que baraja la mente frente al desconcierto. La viudez. La decisión de dejar Marruecos para volver a Roma. El empezar de nuevo.

Han pasado años desde esa partida. Ahora Silvia no encuentra el camino con María, la hija ya adolescente que todo lo cuestiona, una ermitaña que ha dejado la escuela, alguien hundido en una furia que apenas se puede nombrar.

De eso se trata La hija, primera novela de la italiana Anna Giurickovic. De lo no dicho, de lo silenciado, de lo que vuelve con violencia, irrumpiendo, en su necesidad de ser reconocido. De la responsabilidad ante los otros, de los secretos, de la complicidad con la violencia.

Silvia camina por Roma y piensa “hasta lo feo puede parecerme bonito si lo miro con buenos ojos”. Una frase que puede sugerir optimismo pero esconde una verdad insoportable. La de quien no quiere ver y cree que sólo con la bondad de su mirada puede hacer desaparecer la brutalidad de las cosas.

No todo ha sido ceguera en la historia. La suegra de Silvia insistió en que debía indagar cómo estaba realmente María. Que debía buscar la razón por la que una niña miraba “como un viejo” y tenía “los ojos velados, demasiado grises, apagados.”

El vínculo entre madre e hija está atravesado por ese silencio y esas cuentas pendientes. Y todo va a detonarse con la llegada de Antonio, la nueva pareja de Silvia.

La hija incomoda al exponer las cárceles que puede dejar una herida como el abuso. Gran parte de esta novela –inquietante al punto de lo insoportable– se sostiene en la voz de una madre que ha tardado demasiado en ver lo que pasaba en su casa. Aún hoy, años después de aquello, todo parece remitir a lo que no se vio, a lo que quizás debe ser puesto en escena –de un modo invertido, con la marca que suelen tener las pesadillas– para esta vez, finalmente, hacer algo.

Muy lejos de los relatos estereotipados que suelen hacerse del abuso infantil intrafamiliar, La hija muestra su crudeza y acerca algo de ese espanto al lector, mostrando daños irreparables que irán desplegándose de modos impensados.

Anna Giurickovic nació en Catania en 1989. La hija fue nominada al premio Strega (uno de los más importante de Italia) en 2017.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en "La voz del interior"

https://www.lavoz.com.ar/numero-cero/teatro-de-memoria-resena-de-hija/





jueves, 11 de agosto de 2022

"La tierra empezaba a arder" - Cynthia Edul



Todo pasa y todo queda

"La Siria que vos conociste ya no existe más", dice la primera frase. Y esa idea va a ir repitiéndose a lo largo de la historia, a través de las imágenes de un territorio que sucumbe bajo la guerra, la violencia, la destrucción de lo cotidiano.

Hay una descripción conmovedora de esa desolación. Quien la hace es una nieta de inmigrantes sirios que llegaron a la Argentina y dejaron que esas dos culturas se mezclaran. El relato se inicia en un viaje a Siria, acompañando a su madre que regresa a Damasco después de 40 años de ausencia.

Quizás la palabra clave sea desconcierto. Algo que nos suspende porque no encaja en la melodía que esperábamos. ¿Qué decir? ¿Cómo nombrar esos sentimientos que no encuentran lenguaje? Cynthia Edul acompaña a su madre y se embarca en el misterio que encierra el lugar que uno ha dejado atrás, el que carga de otros ecos palabras como "regreso" o "patria".

Es octubre de 2010. La madre, cuando pisa suelo sirio, refuerza ciertos temores propios de haber vivido “bajo un sistema paranoico”, la sensación de que “el servicio secreto tiene agentes en todos lados”.

Lo que Edul ve es un escenario con una “paleta cromática” donde es “todo un poco gris y un poco negro”. Un aeropuerto con la foto gigante del presidente. Una casilla de Migración en la que nadie sabe dónde está Argentina.

Se corre un velo y la narradora descubre que detrás de lo que parecía “el regreso a la tierra de origen” empieza “a desplegarse la mecánica de una dictadura despiadada”.

En Damasco las espera un primo que ha hecho suyas las costumbres más conservadoras de la ley islámica. El paisaje social impacta: lo masculino ceñido a la visibilidad, al poderío sobre el territorio, a lo público. Las mujeres recluidas a lo doméstico y obligadas a ocultarse. Los minaretes, el rezo, los cantos. Los lazos de familia como un entramado de batallas en torno a las tradiciones, a lo que se considera justo, a lo que cada uno reclama para sí.

Está la historia de un pueblo y la historia de una familia. A la par de un despliegue de lecturas y escritos que ayudan a entender el trasfondo histórico, hay una disputa legal en torno a una herencia, una ruptura, un retirarse de la palabra.

Luego vendrá la guerra, el Terrorismo de Estado, las noticias que llegan desgarrando a los que esperan. La necesidad de sacar de aquel territorio a los que todavía permanecen allí.

La tierra empezaba a arder es un libro extraño, plural, imprescindible. Cynthia Edul es una narradora exquisita. La escena de la noche en la que su abuela entró en la locura es perfecta en la economía de su sequedad. La autora habla por sí misma, pero también respondiendo a la necesidad del clan: contar la historia, ponerla en palabras, dejar testimonio.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en "La voz del interior"

https://www.lavoz.com.ar/numero-cero/todo-pasa-y-todo-queda-resena-de-tierra-empezaba-arder/

lunes, 8 de agosto de 2022

"El ojo y la flor" - Claudia Aboaf



Viaje y espejo

En El ojo y la flor todo es agua. Agua que irrumpe y agua que falta. Territorios anegados de sequía, recuerdos de un paisaje que fue líquido y ahora expresa su agotamiento.

La historia se ancla en Juana y Andrea, dos hermanas distanciadas que buscan cómo incorporarse, cómo llegar al reencuentro, cómo tender redes en un mundo que se deshace.

Cuando emerge la voz de Juana aparece un lenguaje salvaje, desatado, uno que ha sido domesticado y ahora se desboca para nombrar el abuso que sufrió en la infancia y el deseo de arrancarse la memoria.

Se trata de un relato imposible, que sólo puede formularse con astillas de un páramo sin lengua. Ahí está al acecho ese recuerdo que lastima. “A veces se topa con un charco reconocible que intenta no pisar, una mina de la vieja patria que pude explotar”.

Andrea ha huido de su territorio. De una noche de pesadilla en la que ella y su hermana fueron tratadas como blanco de cazadores. La herencia de una casa en una isla de El Tigre. Mariposas negras convertidas en almanaques naturales, orugas que han masticado las hojas de los sauces. Camalotales. Casas sobre pilotes, la “selva suave del Delta”, una lancha encallada. El intento de una conversación en código morse, con el sol reverberando sobre unas chapitas de metal. El encuentro con un compañero de travesía. Una bebé que se ha recluido en sí misma. Un padre que “se pregunta si alguien puede existir sin un ojo que lo confirme”

Aboaf es certera en su capacidad de crear imágenes. “Un cigarro de nubes que por ahora reposa en el horizonte, pronto comenzará a desenrollarse”, dice. Y uno puede ver el Pampero como una promesa o una amenaza. Algo en el modo de narrar recuerda y replica el río y su retirada. Ese vaivén, una cadencia específica que nos recuerda que también nosotros estamos hechos de agua.

El paisaje de la novela se mueve entre el Delta de El Tigre y Nueva Ensenada. Lo ya perdido y la promesa en un mundo de capitalismo extremo. Un futuro distópico de sequía. Perros abandonados que cruzan caminando un cauce casi seco. Una cadena alimentaria dominada por la Fuerza Naval Argentina y escalonada luego en los “civilacos” superiores e inferiores, los “utilitarios” y los “pies de barro”, migrantes llegados de otras zonas. Una nueva versión del odio clasista y la presencia del darwinismo como matriz justificativa de los modos de opresión.

La escritura de Aboaf se desvía de las coordenadas esperables, como los sueños se desvían de nuestra voluntad. Y ahí está, en parte, la potencia de su obra. Con un lenguaje enrarecido que provoca un clima de zozobra, la escritora pone en escena algo de la capacidad humana de destruir y, aun así, la existencia de gestos que buscan proteger lo salvable.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en "La Voz del Interior"

https://www.lavoz.com.ar/numero-cero/viaje-y-espejo-resena-de-ojo-y-flor/





domingo, 2 de febrero de 2020

Entrevista a Esther Cross




"Para poner en palabras la memoria, 
hay que traicionarla"


Tres hermanos es un libro difícil de encasillar. ¿Es una novela? ¿Una colección de cuentos? Esther Cross logra enlazar relatos de modo tal que esa pregunta deja de ser importante. Construye una realidad hecha de fragmentos. Lo que podríamos llamar “una experiencia”. Y lo hace con una maestría admirable.

El libro se abre con unos versos de José Emilio Pacheco: “Ocúltate en la zarza./ Que no te atrapen. El mundo / sólo tiene un lugar para los corderos: / los altares del sacrificio.” El epígrafe funciona como sostén y anuncio de lo que vendrá: un relato de infancia que no se puede dejar. 

Tres hermanos, el campo, los animales. El paisaje se va imponiendo. Los bichos, el barro, los perros anunciando presencias, una gallina que duerme sobre el borde de una bañera, los tábanos, un caballo desbocado, una muerte, una desgracia, el silencio de todo lo que queda sin decirse, una niña sonámbula, una tormenta de tierra, un intento de suicidio, un escopetazo, una paloma que cae, una mujer tuerta que teje crochet mientras cuida los baños de la terminal, un comisionista, un tanque australiano, el desborde de un río. Todo se encadena en un libro que deslumbra por su belleza. 

–“Tres hermanos” exhibe una economía de recursos que sorprende por su potencia. ¿Cómo fue el proceso de escritura?

–La idea fue ésa: economizar recursos. Cuando escribía las historias en general descubría que las oraciones largas, las vueltas, marcaban los lugares donde algo había fallado. Donde las historias se alargaban, o la escritura se volvía más cargada, en general tenía problemas, disimulados por esos retoques más o menos hábiles. Retrocedía y trataba de enfocar. Es lo mismo que pasa siempre: la idea es afinar lo que una quiere decir, saber qué es, en la medida de lo posible. Parece lo más fácil y a veces es lo más difícil.

–El libro habla de vínculos, de memoria, de herencias, de pérdidas, de silencios.

–Creo que sí. Esos vínculos podrían ser los lazos que unen  las historias del libro. Todas las historias pasan en el mismo lugar. Pero lo que une las historias hasta formar una historia más grande no es ese factor común, obvio, esa casualidad geográfica. Estos vínculos, con sus acercamientos y sus tensiones, con sus evoluciones, no siempre buenas, son los que unen las historias, espero. 

–Hay un trabajo muy delicado en torno a los detalles, una construcción minuciosa.
–Cuando alguien está adentro de una situación en general no ve el cuadro grande, ve los detalles, y las historias del libro están contadas por una chica que estuvo ahí, fue parte de ellas.  Creo que los detalles sobresalen por eso, como señales indicadoras, cuando esa chica cuenta lo que vivió. Así funciona la memoria a veces: rescatamos  detalles sueltos y los editamos de la mejor manera posible en un todo. Quise mirar con lupa algunos detalles, pero resaltar sólo algunos sin escribir en cámara lenta, es decir, sin detenerme en todos.

–La naturaleza es un personaje más, una fuerza omnipresente que atraviesa a cada personaje de un modo diferente.

–Los lugares determinan algo. La naturaleza no es ese recreo apacible, pasivo, inofensivo, que salta como una imagen ideal en cuanto la nombramos. La naturaleza es fuerte, tiene sus equilibrios y rupturas, sus violencias. Las personas, con nuestras rarezas, también somos parte de ella. Aquí el lugar, el segundo plano, cobraba importancia.  No era una decoración.  

–Para construir esas escenas de la naturaleza creás algo que se asemeja a una “banda sonora” de la novela. Ladridos, zumbidos, “un revuelo seco que se desata en el monte”. Hay mucho de poesía ahí. Imágenes y sonido. ¿Cómo juegan tus estudios de cine en tu proceso de escritura? 

–Banda sonora de la novela: no lo había pensado, es cierto. Lo visual gana siempre, ¿será porque las imágenes visuales perduran más? Dicen que lo primero que perdemos, olvidamos, de una persona, es su olor, su voz, pero su imagen visual se sostiene, en cambio, en el tiempo.  A lo mejor por eso sentimos un impacto tan fuerte cuando soñamos con la voz de alguien que no vemos hace años. Los sonidos implican una cercanía. Mientras escribía el libro, leí más poesía que en otros años. La poesía es una buena guía, siempre, por la condensación, por el balance entre dominio y salto constante que tienen los buenos poetas.  Leés mucha poesía y algo de eso queda, aunque sea como aspiración. 

–¿La memoria es siempre fragmentaria?

–A lo mejor es un continuo, como un sueño, y para contarla una la fragmenta, la edita, como se hace al contar un sueño. Es una especie de sacrificio.  La memoria debe transcurrir con esa lógica loca de los sueños, que ruedan incesantemente, y para ponerla en palabras, para compartirla o entenderla,  hay que traicionarla, fragmentarla, como al contar un sueño.

–Hay un trabajo muy interesante en torno a lo no dicho. ¿Qué lugar le das al silencio en tu obra?

–El mismo que en la vida.  Siempre está ahí. Tiene que estar ahí.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La Voz 



domingo, 26 de enero de 2020

El río de la conciencia - Oliver Sacks




El misterio de la vida

En 1991 Oliver Sacks recibió una invitación para participar –junto a otros cinco científicos– en un documental donde se hablaría de “el origen de la vida, el significado de la evolución y la naturaleza de la conciencia”. Sus compañeros eran expertos en Física, Biología, Paleontología, Historia de la Ciencia y Filosofía. Sacks deslumbró a todos por su capacidad de abordar los temas desde diferentes disciplinas. Es algo que el neurólogo inglés siempre hizo muy bien. De aquella invitación surgió la idea de hacer este libro, el último que escribió antes de morir, en 2015. Ahora llega su edición en español, con esa rara atracción que ejercen las obras póstumas. 

“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río”, escribió alguna vez Jorge Luis Borges. Esas son las palabras en las que se inspiró Sacks para titular un libro en el que retoma los puntos de interés que ha recorrido en toda su obra. La conciencia, la evolución, los modos de percepción, la memoria, el aprendizaje, la historia de la ciencia, el movimiento, el tiempo, la necesidad de narrar, la educación y la creatividad. Para abordarlos, el autor se sirve de su propia experiencia como neurólogo y de sus múltiples lecturas. Una marca de su estilo es trabajar también con la literatura. Por aquí se mezclan los nombres de escritores como H.G. Wells, Doris Lessing, Dostoievski, Mark Twain, Coleridge, Susan Sontag, Conan Doyle y Harold Pinter con científicos como Darwin, Einstein, Poincaré, Luria o Freud. 

El modo en que Sacks se acerca a la ciencia está marcado por el placer y la alegría. En ese tono, son especialmente interesantes los capítulos que hablan de Darwin y de Freud. La ciencia también puede ser vivida como un juego: el juego serio de desentrañar el ritmo de algunos misterios. Darwin y sus cinco hijos trazando las rutas de vuelo de los abejorros machos; la eufórica fascinación que sentía por las plantas carnívoras. Un joven Freud y su investigación sobre las células nerviosas de los cangrejos de río; los veinte años que trabajó como neurólogo y anatomista, cuando sus avances lo dejaron muy cerca de descubrir la existencia de las neuronas.

El río de la conciencia puede leerse alterando el orden previsto. Es uno de esos libros que tienen la potencia de un artefacto lúdico. Para quien quiera profundizar algunos de los temas propuestos, en las últimas páginas encontrará una detallada bibliografía y un índice analítico. 

Oliver Sacks nos recuerda que todos somos únicos y, a la vez, compartimos un “parentesco biológico con todas las demás formas de vida”. El tener plena conciencia de eso nos ofrece una suerte de arraigo y un espacio de pertenencia en ese misterio que es la vida. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La Voz del Interior



martes, 21 de enero de 2020

Texto de presentación de "Inundación" - Camila Sosa Villada




Aquella noche de agosto de 2019 en que presentamos "Inundación", la querida Camila Sosa Villada dijo estas palabras. Las dijo, las actuó, las cantó, les puso el cuerpo. Le estoy infinitamente agradecida.



"Antes que nada, quiero pedir disculpas porque aquí no están los escritores o las escritoras que deberían, a mi entender, bautizar un libro como este. En primera porque están muertos. Pensé inmediatamente en Borges, porque una piensa en libros y piensa inmediatamente en Borges. Porque era un tipo sabio el Jorge Luis y la sabiduría es un bien de la humanidad. También pensé en Marguerite Yourcenar, en que posiblemente ella podría decir las palabras que acaricien un bautismo como este. Me invade cierta impotencia, ante las cosas bellas como este libro, que además me figuro, es el arte de la belleza, verdad, recordarnos cuán pequeñas, impotentes y vanas, somos a veces.

Pero una escritora se sienta y escribe. Una escritora dedica un tiempo a eso, siempre incómoda, no hay manera de hacer de este oficio, un oficio cómodo, siempre mal sentada, porque además nadie puede sentarse bien para escribir, porque como dice Eugenia Almeida: se escribe con todo el cuerpo. Nuestro cuerpo es la escritura más que cualquier otra cosa, porque nuestro cuerpo es un relato. Y la escritora, lo sabe, puede escribirlo, que además es otro cantar, porque hay mucha gente que lo sabe, pero muy poca puede escribirlo, nos dice que se escribe con el cuerpo. Y una entiende la forma del lenguaje, porque es nuestro relato este cuerpo, este cuerpo que es capaz de soñar, de sentir envidia, de sentir placer. Es el cuerpo capaz de un pensamiento, de interpretar un pensamiento, de entenderlo.

Una escritora es humilde, en su forma de vestir, en el tono de su voz, se escucha el vuelo de la humildad, que le permite hablar así sobre las palabras.

Inundación es un diccionario. El diccionario de Eugenia Almeida.

Pero es también la forma en que vemos el cuerpo de Eugenia Almeida, los trazos que hay en ese cuerpo, como los círculos de un árbol, como la forma de una espalda que es moldeada por la vida. En este momento, escribir sobre este libro, Inundación, me hace sentir miedo. Es complejo acercarse a libros que se leen con fiebre, porque el cuerpo está como un cernidor, todo puede pasarnos. Tengo un fallido al escribir esto y cambio Inundación por Invasión, porque estoy invadida por reflexiones que no había hecho hasta ahora. Y es porque he leído el libro estando enferma y con fiebre. Me ha tomado por completo y me ha reconocido, como una enfermedad, se ha puesto dentro de mí. Ha reconocido de lo que estoy enferma. Entonces una encuentra que se habla sobre el suicidio. Y una sabe que la vida no es soportable sin esa última posibilidad de decidir cuándo terminarlo todo. Poder hablar con ternura de esa posibilidad, es quizás el logro más transgresor de sus páginas. Hablar de las cartas de los suicidas.

Por eso me da miedo.

Este libro es, además, un deseo. Entonces hay que andarse con cuidado porque es el deseo de una escritora lo que está en juego. El cuerpo de una escritora. Y es una responsabilidad hermosa, no meterse con el deseo de una escritora.

Sin embargo, me pregunto de dónde proviene el deseo de esta escritora en particular. De dónde abreva una mujer como ella cuando se sienta a escribir, que es como mirar el mundo. Es del baño de la sabiduría, de ese arroyo que muy pocos se cruzan en el camino de la vida. Y encontrarse con personas sabias, es una fiesta. Porque el lenguaje, que es una forma de saber, es una fiesta. Y estamos constituidos de él, manos, bocas, pelo, axilas, pies, uñas, todo es lenguaje. Todo es el infinito poder del lenguaje, porque es silencioso y lento, porque invade todo el cuerpo.

Pienso que el tesoro más grande del lenguaje, son sus diccionarios. Tan sólo con eso basta. Basta para hacer vivir al lenguaje.

Este diccionario es un tesoro del lenguaje. No porque defina nada, si no porque nos siembra la curiosidad de pensar en palabras como las que Eugenia eligió como puntos de partida.

Por ejemplo: “(…) Mi vida. La vivida. No parece parece mía (…). “

O: “(…) Pero escribir es un acto de fe. De fe en el lenguaje (una fe mil veces destruida y vuelta a levantar), fe en que existe una posibilidad de encuentro (…).”

O: “(…) Como en todo paisaje de supervivencia, el que se queda quieto es el que muere primero (…).”

O: “(…) De todas las palabras que podrían ser dichas, las que finalmente llegan a la boca son las que -por su inoperancia- saben sortear los caminos de la prohibición (…).”

Es decir que deseo con todo el cuerpo que este libro tenga una vida larga y alegre, que se agote una y otra vez, que las personas lleguen a él y lo tengan entre sus manos, que lo lleven consigo para leerlo en los ascensores y las colas de los bancos o las guardias en los hospitales, que nos llegue el trabajo de esta escritora que un día se sentó a escribir cosas como éstas.

Y más allá, celebremos tener un libro bello y posible, entre las manos. Es posible la belleza de los libros, todavía, a pesar de Mauricio Macri. A pesar de nuestra traición a los libros, es posible que una editorial del culo del mundo, haga un libro como éste. Una colección como ésta en la que celebro la bienvenida de una mujer como Eugenia Almeida, que sólo puede enriquecer a sus compañeros y a su compañera. Darle vuelo, profundidad, hondura, análisis, una desnudez, una desnudez tan femenina.

Celebro una editorial dirigida por una mujer porque cuando se tiene un libro de su sello, una sabe que se encontrará con literatura. A veces, cuesta diferenciar los libros debido a cierto mal gusto de sus editores, no se sabe si una tiene en sus manos una novela, una autoconfesión o un libro sobre derecho penal. Entonces, permítaseme la vanidad, yo agradezco este papel, esta dedicación, la mirada de Demian Orosz, ¡otro!, otro inexplicable entre nosotros.

Y es una pena ser una tan bruta y no encontrar palabras más acertadas respecto al sentido de un libro como este, que habla de una pausa. Que habla de un silencio donde sea posible escuchar el murmullo de nuestro sistema nervioso. O el eco del primer estallido del universo.

Más allá del lenguaje, hay una sanación. Es posible, atravesando el lenguaje, encontrar un lugar donde reposar alguna vez, que es tan necesario como esta pausa en la vida de una escritora. Porque una vez el libro está escrito, la vida sigue y hay que presentarlo, decirlo, explicarlo, hay que vivir la vida y seguir comiendo, encontrarse con que una no está sola en el mundo como le hizo creer el espíritu diabólico del libro. Pero antes, una escritora, se sentó a escribirlo, atravesó el lenguaje, con humildad y hasta me atrevería a decir, despojada, hasta el final, despojada de ella misma, aunque no sea menor que se atreviera a usar la primera persona.

Trabajemos con elegancia, dijo Rita Cortese mientras filmábamos La viuda de Rafael. Nunca más bello un deseo. Así, como trabaja Eugenia Almeida."


Camila Sosa Villada






domingo, 19 de enero de 2020

Los testamentos - Margaret Atwood



Diarios de resistencia

En 1984 Margaret Atwood escribía El cuento de la criada, posiblemente su obra cumbre. El libro se publicó en 1985 y, si bien en su momento tuvo mucha repercusión, en los últimos años se convirtió en una referencia literaria imprescindible de la lucha por los derechos de las mujeres en diferentes partes del mundo. 

Treinta y cinco años después llega Los testamentos, una novela que se promociona como la continuación de El cuento de la criada. La pregunta es inevitable: ¿es necesario haber leído aquella obra para disfrutar este nuevo libro? En lo absoluto. Los testamentos se sostiene por sí misma y vuelve a poner en evidencia la singularidad de Atwood: desmenuzar los nudos oscuros de nuestras sociedades sin renunciar a la destreza de atraparnos con una historia.

El escenario es el mismo: Gilead, lo que antiguamente era Estados Unidos ahora convertido en un régimen teocrático totalitario cuyas principales víctimas son las mujeres. Allí están los Comandantes, los Ángeles, los Ojos, las Tías, las Suplicantes, las Perlas, las Esposas, las Marthas y las Criadas. La sumisión, la censura, la esclavitud, la delación, las purgas y los linchamientos.

La escritora canadiense despliega un relato coral en el que se van intercalando tres voces. La de la hija de un Comandante; la de una adolescente que vive del otro lado de la frontera, en Canadá; y la de Tía Lydia, una de las temibles guardianas del orden que impone y sufre a la vez. Quizás esta última voz sea la más perturbadora porque pone en escena de qué modo las víctimas pueden convertirse en verdugos y cómo los procesos de sublevación no son lineales ni inmediatos. Lo que cuenta Tía Lydia permite ver cómo era la vida antes de Gilead, desnaturaliza lo establecido y nos recuerda que siempre hay en ciernes la posibilidad de otro mundo. Y que en esa idea puede esconderse el horror o la esperanza. “Se supone que toda mujer tiene los mismos motivos o, si no, es un monstruo”, dice George Eliot en una de las citas que abren el libro. La pregunta en cada historia será ¿un monstruo para quién?

Los testamentos es, también, un dispositivo de reflexión. ¿Qué es la libertad? ¿Cómo se ejerce? ¿Cómo liberarse uno y, a la vez, destruir la condición de esclavitud para todos? ¿De qué modos nuestros gestos combaten o colaboran con la opresión?

Contar más detalladamente los puntos de enlace entre El cuento de la criada y Los testamentos implicaría quitarles a los lectores parte de la potencia del libro. Hay que descubrirlo en la lectura.

Los testamentos obtuvo el Premio Booker, uno de los más importantes en lengua inglesa. Atwood ya lo había ganado en 2000 por su novela El asesino ciego y estuvo entre los finalistas con Alias Grace en 1996 y Oryx y Crake en 2003.

Eugenia Almeida

Publicando originalmente en La Voz del Interior




martes, 14 de enero de 2020

Entrevista de Valeria Tentoni para Eterna Cadencia



Eugenia Almeida

"Lo que habitualmente llamamos autobiográfico es pura ficción"


"Escribir es una vía posible para sentir algo", dice la poeta y narradora cordobesa sobre su nuevo libro, Inundación. "A veces la escritura no es un a posteriori sino un a priori, una condición necesaria para sentir, para descubrir lo que no hubiéramos visto si no hubiéramos escrito".


Por Valeria Tentoni. 


"Comenzar a escribir tiene que ver con el deseo. Continuar escribiendo, no", escribió Eugenia Almeida en Inundación. El lenguaje del que estamos hechos, novedad que acaba de publicar Ediciones DocumentA/Escénicas en su colección "Escribir". Nacida en Córdoba en 1972, es licenciada en Comunicación Social pero trabajó de muchas cosas antes de coordinar talleres de lectura y clínicas de escritura y de desempeñarse en periodismo cultural: como lavacopas, moza, personal de limpieza, cadete, secretaria, vendedora, artista callejera, profesora particular y recepcionista. "A cada uno de esos trabajos fui con mi equipo de supervivencia: una lapicera y un cuaderno. Esas herramientas, hoy, son parte cotidiana de mi trabajo".

Tres novelas y un libro de poesía había en el acervo Almeida antes de que apareciera este tomo autobiográfico alrededor de la escritura y la lectura: El colectivo, La pieza del fondo (que la consagraron internacionalmente con premios y traduciones) y La tensión del umbral, además de La boca de la tormenta, de poesía. Enviamos algunas preguntas por correo electrónico a propósito de Inundación:


 "Hay que sentir las cosas para poder verlas", escribías en tu libro La boca de la tormenta. En Inundación parecería que la línea continuaría con un "hay que sentir las cosas para poder escribirlas", ¿estás de acuerdo? 

La escritura, creo, es un paso enlazado a la experiencia. A la experiencia real o a la posible. La ficción tiene eso: su hueso está formado de la experiencia potenciada o en potencia. Seguramente se puede escribir sin sentir, como se puede hacer todo sin sentir. Pero ¿qué es eso? ¿Eco de qué? Yo busco la experiencia. Y entonces hago. Parte de ese hacer es escribir. Una parte muy singular porque lo que hace es multiplicar la experiencia. También creo que escribir es una vía posible para sentir algo. A veces la escritura no es un a posteriori sino un a priori, una condición necesaria para sentir, para descubrir lo que no hubiéramos visto si no hubiéramos escrito.

En El colectivo ya leíamos "pasan minutos largos como el agua". ¿Cómo se vinculan tu escritura y lo acuoso? 

El agua es algo que me deslumbra. Cada elemento tiene algo que me atrae pero el agua aparece siempre. Es capaz de tomar cualquier forma. No se detiene. Irrumpe. Mantiene su identidad, sea una gota o el océano. Creo que algo de eso también podría servir para definir el acto de escribir. Las mareas, lo que parece inamovible, lo que cambia todo el tiempo. En lo personal, la vida sería perfecta si pudiera vivir en el agua. Donde no hay peso, donde todo movimiento está cargado de suavidad, donde hay cierta sordera. O cierta capacidad de oír otras cosas. Hay un texto precioso de Ponge sobre el agua. Siempre vuelvo ahí. Y cada vez que lo leo siento que algo que se me escapa. Y que quizás pueda encontrarlo en la próxima lectura.

¿Cómo fue escrito Inundación y con qué dificultades te topaste?

El libro surgió como una invitación de Gabriela Halac, de DocumentA/Escénicas. Gabriela es una gran amiga y toda invitación que viene de ella para mí es una fiesta y un desafío. La boca de la tormenta también surgió así. De una tarde de sol en la terraza preguntándonos qué podíamos hacer juntas. El libro presuponía un cierto territorio porque forma parte de la colección "Escribir" y eso reclamaba ciertas características. Lo fui escribiendo como un juego, serio, profundamente serio, pero juego al fin. Ojalá siempre pudiera escribir así. Quizás lo más difícil fue buscar un registro que tuviera otra relación con la ficción. He escrito novelas, cuentos y poemas. Todos tienen una relación transparente con la ficción. Aquí se trataba de otra cosa. Sin embargo, lo que habitualmente llamamos autobiográfico es pura ficción. Quizás la más refinada porque juega con elementos que parecen reales. No lo son. Nada de lo que nos decimos del mundo, de los otros o de nosotros mismos tienen estatuto de realidad. Todo es ficción. Todo es una narración que hacemos sobre las cosas. Cuando encontré ese registro, pude jugar un poco más.

El libro está en algunas secciones construido a partir de definiciones, de afirmaciones ("El lenguaje es una religión", "La paradoja es una herramienta de disolución de la ceguera", "Todo es relato"), de incursiones aforísticas: ¿por qué creés que echaste mano a estos recursos?  

Es cierto que Inundación juega con estructuras discursivas cercanas a la afirmación de una certeza. Pero si uno lo mira desde ahí, el libro está plagado de contradicciones. Y de eso se trata. De decirse y desdecirse. De buscar en la afirmación y en algo que niegue esa afirmación una especie de refucilo que ilumine, por un segundo, lo que no puede ponerse en palabras. En ese sentido, sí, es un cuaderno de notas. Y más que de notas, diría que es un cuaderno de ejercicios. Quizás ahí esté lo más autobiográfico. No en lo que digo, en el contenido, si no en el movimiento que hago para decir. En todo caso, nunca se trata de lecciones a no olvidar sino más bien lo contrario: un dibujo al que luego habrá que desdibujar para hacer otra cosa. Como un trabalenguas: la única certeza es que no hay certezas posibles.

En el libro hay un pasaje dedicado exclusivamente a listar autoras mujeres, o te dedicás por caso a internarte brevemente en la vida y obra de Irene Némirovsky. Más allá del sentido de justicia, ¿qué es lo que te atrae de la escritura de otras mujeres?  

La lista de escritoras fue hecha sin pensar, como una asociación libre de nombres que se me veían a la mente. De hecho, hay muchísimas escritoras que lamento no haber mencionado. Pero el juego era ese. Improvisar. Un poco como una respuesta a tantas situaciones en las que escucho que las mujeres no tienen un lugar destacado en la literatura. Es una locura y una necedad decir eso. Pero lamentablemente lo oímos una y otra vez. Como trabajo recomendando libros, muchas veces me piden nombres de escritoras. Como si no estuvieran ahí, a la vista. Lo hice más como un gesto que como una lista. Un gesto un poco cargado de fastidio por la ceguera voluntaria que muchos parecen tener. ¿Qué es lo que me atrae de estas escritoras y de muchas que no nombré allí? Como toda experiencia, no se puede transmitir. Sólo se puede sugerir a los demás que se asomen a esa experiencia. Esa fue mi intención: que cada quien descubra un nombre que quizás no tenía presente y busque una nueva lectura.

"Mi refugio es la escritura. (...) La soledad preciosa de la escritura": ¿Cómo pensás el vínculo entre escritura y soledad?  

La escritura y la soledad tienen una relación singular. Es indispensable la soledad para escribir pero uno termina haciendo un gesto que tiende hacia un otro (un otro que puede ser uno mismo, claro). No tuve necesidad de desarrollar una cierta soledad para escribir. Desde que tengo memoria, la soledad es mi paisaje. La disfruto mucho. La protejo. Estoy bien en soledad. En nuestra cultura se opone el estar solo a el estar con otros. No creo en eso. Son dos movimientos complementarios. Pero supongo que cada persona tiene sus propias inclinaciones. Yo podría vivir en el medio de la montaña, lejos de todo y creo que sería feliz. De a épocas he vivido así. Quienes me quieren saben convivir bien con mi carácter ermitaño. Conseguir momentos para escribir no se relaciona tanto con la soledad sino con el tiempo. Con el excesivo uso del tiempo que hay que hacer para sobrevivir económicamente. Mi pelea es esa: cómo conseguir más tiempo para escribir. Hay quien trabaja para comprar viajes, ropa, teléfonos, una casa. Yo trabajo para comprar tiempo. Tiempo para escribir: tiempo de felicidad, una especie de tiempo multiplicado.

Además de brevísimos perfiles de escritores, hay un trabajo delicado y abundante con citas, subrayados de tus lecturas. ¿Qué de tu escritura y cómo está hecho de la de otros y otras? 

Creo que todos estamos hechos un poco de los otros, marcados, tocados, cincelados por los otros. Me sería imposible decir hasta qué punto eso juega en mi escritura. Lo que sí puedo decir es que nunca escondo esas lecturas. Las transparento, trato de compartirlas. De las cosas que me han dicho algunos lectores de Inundación, lo que más me ha conmovido es que el libro haya provocado nuevas lecturas, que haya dado ganas de leer otros libros. Que se haya producido una red que, en cada uno, va hacia distintas direcciones.

¿Qué importancia tiene la lectura para vos y cuándo lo advertiste?  

La lectura para mí es fundamental. En sentido literal: es donde encuentro fundamentos para estar en el mundo. Sostén. Reparo. Es lo que más me gusta hacer. Creo que estuvo ahí desde siempre. Incluso en lo que me leían antes de que pudiera leer sola. Creo que es lo único en lo que no he cambiado nada. Siempre entre libros. Siempre buscando y encontrado ahí algo que multiplica la experiencia. Diría que los libros son mi juguete. O el juguete que más me gusta.

Desde el arranque, el suicidio es una presencia intermitente del libro. Hay hacia el final una escena de Simone Weil  negándose a comer en el hospital, y una idea que también aparece y se sugiere en varias oportunidades: la de la escritura como algo que se realiza hasta sus últimas consecuencias, "hasta el último gesto", ¿no? Y también la idea de que el ser y el escribir son lo mismo ("escribir lo que se hace", lo que se ve, lo que se busca). ¿Cómo pensar esto de la escritura hasta sus últimas consecuencias?

Creo que ese "hasta las últimas consecuencias" es mi modo de ver las cosas. No se trata sólo de la escritura. "Vivir intensamente", como decía la canción. Lo que sea, que sea. Sin medias tintas. Muchas veces se contrapone la escritura o la lectura a "la vida". Yo no entiendo eso. Para mí unas forman parte de la otra, potenciándola. Pocas veces me he sentido más viva que escribiendo o leyendo algo. Hay algo extraño que sucede ahí, no sé cómo explicarlo. Una sensación que no se replica en otras cosas.

En Inundación hay un apartado en el que se cuenta cómo nació El colectivo, cómo se publicó. Hay otro tema que ya estaba allí y regresa: la muerte. En La tensión del umbral también se incluye un suicidio. ¿Por qué creés que regresa a tu literatura, o que lo vas a buscar como tema?

Más que la muerte lo que reaparece (también en La pieza del fondo y en La boca de la tormenta) es el suicidio. Es un tema nodal para mí. Mi escritura merodea ese gesto en busca de algo que sé que no va ser respondido pero que necesita ser preguntado. Es inevitable para mí que exista un trazo de la escritura que traiga eso. No es deliberado pero ahí está. Y, sin embargo, aunque parezca paradójico no se trata de la muerte en sí. Se trata del suicidio. Un gesto que uno hace en vida. Me pregunto por el momento exacto anterior al final. No por el final en sí. Todos vamos a morir. Eso nos iguala. Pero ¿cómo es el minuto previo, el antes de un gesto que sirve para quitarse la propia vida? En Inundación hablo de las cartas de los suicidas. Eso. Alguien que, antes de morir, hace un gesto que tiende a los otros. Todavía tiene la voluntad suficiente como para tener fe en el lenguaje y dirigirse a otros.*








domingo, 12 de enero de 2020

La trenza - Laetitia Colombani



Caminos enlazados

Tres historias que se unen en las últimas páginas del libro. Tres mujeres en diferentes paisajes. Giulia, una joven siciliana que hereda la tradición de la “cascatura”, el trabajo sobre cabellos que van a usarse para hacer pelucas. Sarah, una abogada exitosa en Canadá. Smita, una mujer india confinada al grupo de los intocables, los últimos en la escala social de su país.

El accidente de alguien querido, el deseo de otro futuro para los hijos y la enfermedad surgirán como desafíos para preguntarse qué tipo de vida se quiere llevar y qué precio se está dispuesto a pagar. 

Con un lenguaje sencillísimo que no busca más que contar una historia, con un relato lineal y una  inclinación a lugares comunes, La trenza va por caminos previsibles. Los personajes se presentan como tipos, como ejemplares de un conjunto. Algo que puede desencantar a ciertos lectores. 

Si bien se ha hablado de una obra feminista, las reivindicaciones tienen un tono algo antiguo, con historias que hubieran sido potentes unos veinte o treinta años atrás. Salvo en el caso de Smita, los recorridos vitales de estas mujeres no se atreven todavía a pensar búsquedas libertarias que no estén ancladas en la familia, el desarrollo profesional y el reconocimiento externo.

Sin embargo, para muchos lectores, la novela puede ser un libro interesante, sin grandes exigencias y con el mandato del “final feliz en la adversidad” que tanto le gusta a Hollywood.

Laetitia Colombani es una reconocida actriz, guionista y directora francesa. La trenza es su primera novela.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La Voz del Interior





martes, 7 de enero de 2020

Libros del año: 25 lectores recomiendan lo mejor de 2019


CULTURA

Libros del año: 
25 lectores recomiendan lo mejor de 2019




Escritores, periodistas y gestores culturales buscaron en sus bibliotecas y en sus recuerdos las mejores lecturas de 2019. Entre los más destacados: “Inundación” de Eugenia Almeida, “Historia de una investigación” de Enriqueta Muñiz, “La única historia” de Julian Barnes, “Nuestra parte de noche” de Mariana Enríquez y “Desierto sonoro” de Valeria Luiselli

Por Luciano Sáliche


Leer no es simplemente posar la mirada sobre un conjunto de letras que se apilan prolijamente en una hoja, una pantalla, una pared. Leer es una tarea que exige un esfuerzo intelectual que puede ser mayor que el resto de los consumos a los que un ciudadano de este siglo está acostumbrado. La literatura es un arte que trabaja con la imaginación y es por eso que el lector, en su propia subjetividad, imagina la historia que le cuentan de forma única e irrepetible: las imágenes que se van formando en la cabeza a medida que lee son un misterio, pero suceden, y están ahí, todo el tiempo, incluso cuando el libro ya está cerrado. Kafka decía que el libro —el buen libro, por supuesto— es el hacha que rompe el mar helado dentro de nosotros. ¿Acaso no leemos para sentir ese hachazo?

Infobae Cultura convocó a 25 escritores, periodistas y gestores culturales que, antes que todo eso, son lectores. Así se definen. Para ellos, la literatura no es solamente una zona del disfrute cotidiano sino también un prisma para mirar el mundo. Ellos no sólo leen mucho; leen bien. Les pedimos, entonces, que busquen en sus bibliotecas y en sus recuerdos las mejores lecturas. Es que termina el año y empiezan los balances; esa fue la excusa para pensar en los grandes libros de 2019. Elecciones personales, por supuesto, incluso arbitrarias, pero hay algo de cada selección que tuvo en cuenta, consciente o inconscientemente, ese hachazo en el mar helado.

La consigna fue tres libros, pero muchos decidieron extenderla. Algunos dejaron sus comentarios, otros no. ¿Y qué tipo de balance podemos hacer de estos microbalances individuales? En principio, dar cuenta del contexto. Por un lado, la crisis económica que, sumada a la falta de políticas públicas, afectó fuertemente a la industria editorial. Y por otro, confirmar que el auge de las escritoras mujeres de los últimos años tiene como resultado su mayor presencia entre las publicaciones destacadas, así como también en esta breve lista. Otra cuestión no menor es que no hay libros que sean elegidos por una gran mayoría. Hay una gran variedad que pinta muy bien los raros tiempos que corren.

Aún dentro de un panorama amplio de elecciones, algunos se repitieron: son Inundación de Eugenia Almeida (no ficción, Document/A), Historia de una investigación de Enriqueta Muñiz (no ficción, Planeta), La única historia de Julian Barnes (ficción, Anagrama), Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez (ficción, Anagrama) y Desierto sonoro de Valeria Luiselli (novela, Sigilo). Luego fueron nombrados por más de un lector: El fin del amor de Tamara Tenenbaum (no ficción, Ariel), Furia diamante de Valeria Tentoni (ficción, Leteo), Vikinga Bonsái de Ana Ojeda (novela, Eterna Cadencia), De piedad vine a sentir de Irene Gruss (poesía, Ediciones en Danza) y Novísimo de Juana Bignozzi (poesía, Adriana Hidalgo).


Hay de todo: mucha ficción, también no ficción, un espacio importante para la poesía y dos libros de arte. Aquí va la selección completa:


Flavia Pittella, periodista cultural

1) Claus y Lucas, de Agota Kristoff (ficción, Libros del Asteroide)

“Si bien la trilogía de la escritora húngara fue escrita entre los años 1986 y 1991, fue publicado este año por Libros del Asteroide y me parece sencillamente una obra de arte.

2) Inundación, de Eugenia Almeida (no ficción, Document/A)

“Almeida es maestra de la brevedad y la descripción”.

3) Nevada, de Claire Vaye Walkings (ficción, Laurel)

“Hacía años que no leía cuentos tan bien escritos”.

4) Nuestra parte de la noche, de Mariana Enriquez (ficción, Páginas de Espuma)

“Es una muestra de la maestría escritora de Enriquez que insiste siempre con éxito en crear un género de terror vernáculo. Espeluznante”.

5) Amor no Roma mi Amor, de Pablo Ramos (poesía, Hormigas Negras)

“Ramos vuelve con un libro que recopila poemas y extractos de reflexiones en tono de diario íntimo. Suma a esta recopilación nuevos poemas desgarradores y una sección de poemas a su hija Antonia. Ramos puro y profundo”.


Gabriela Adamo, gestora cultural

1) Vikinga Bonsái, de Ana Ojeda (novela, Eterna Cadencia)

“Como lo viene haciendo en sus libros anteriores, Ana juega con el lenguaje de una manera fresca, original y creativa. Toma riesgos que van mucho más allá del uso del inclusivo; los sortea con éxito y para disfrute del lector. Más allá del inclusivo pero poniendo la lupa sobre estos años de #niunamenos está, también, lo que la novela cuenta: una situación muy intensa que permite retratar, condensada, la vida cotidiana de muchas mujeres en la Argentina con todas sus cargas, dudas, exigencias y posibilidades”.

2) Degüello, de Gabriela Massuh (ficción, Adriana Hidalgo)

“Un relato de peripecias que recorre con mucha angustia la realidad actual de la Argentina y el mundo, con un personaje principal -nuevo y entrañable- que será difícil de olvidar”.

3) El fin del amor, de Tamara Tenenbaum (no ficción, Ariel)

“El intento serio y honesto de entender los cambios profundos que se vienen dando en las relaciones sexoafectivas actuales, inmersas en libertades nuevas y ataduras viejas. Tamara combina un marco teórico amplio con todo tipo de observaciones de la realidad, se hace preguntas necesarias, hilvana respuestas generosas y no le quita ni un poco de complejidad al asunto”.


Nicolás Mavrakis, periodista cultural y escritor

1) Sinceramente, de Cristina Fernández de Kirchner (no ficción, Sudamericana)

“El ensayo autobiográfico de Cristina Fernández de Kirchner es la actualización más notable en décadas de la tradición del ensayo político argentino. Y además de representar en cada página la voz y el tono de CFK, lo cual entraría entre sus méritos estéticos, también reaviva algo que suele estar bastante devaluado: la antigua fe positiva en que ciertos libros sirven para entender la realidad. Es una lectura para hacer más allá de las preferencias ideológicas”.

2) Jellyfish. Diario de un aborto, de Carlos Godoy (ficción, Tusquets)

“Esta es la novela que mejor representó la discusión ideológica y moral alrededor del aborto en Argentina. Donde la gran mayoría optó por el oportunismo sensible o la explotación comercial del asunto, Godoy en cambio escribió una novela política y divertida a la altura de una discusión sobre la vida y la muerte”.

3) Serotonina, de Michel Houellebecq (ficción, Anagrama)

“Es más fácil entender cómo y por qué surge el descontento europeo contra la Unión Europea leyendo cualquier página de esta novela”.


Ana Correa, periodista y escritora

1) Historia de una investigación, de Enriqueta Muñiz (no ficción, Planeta)

“Enorme trabajo de Diego Igal que reconstruye no sólo gran parte de la investigación de Operación Masacre, sino que visibiliza a la periodista que hizo ese trabajo y fue parte fundamental de ese gran libro en el que muchos creíamos era sólo de Rodolfo Walsh”.

2) Eclosión, de Vera Spinetta (poesía, Espasa)

“Descubrí a una poeta exquisita y sensible, y al mismo tiempo el más bello homenaje en muchos de sus versos a Luis Alberto Spinetta”.

3) Los testamentos, de Margaret Atwood (ficción, Salamandra)

“Margaret Atwood no deja de sorprender con con sus novelas. Una nueva proeza litararia y un nuevo manifiesto feminista. Placer volver a leerla”


Claudia Piñeiro, escritora

1) Desierto sonoro, de Valeria Luiselli (ficción, Sigilo)

2) Inundación, de Eugenia Almeida (no ficción, Document/A)

3) Vikinga Bonsai, de Ana Ojeda (ficción, Eterna Cadencia)


Julián López, escritor

1) Inundación, de Eugenia Almeida (no ficción, Document/A)

“Es el libro de alguien que aceptó que es necesario rendirse y salirse de la idea de la voluntad, es un libro sobre la moral, una ética del oficio de la escritura, un libro contra los afeites y contra la pose del medio. Hondo, conmovedor, valiente, dadivoso”.

2) Lobo de mar, de Olivia Milberg (ficción, Añosluz)

“Una piedrita que encalla en medio del río incesante de lo que se publica. Lobo de mar dice, no hace cabriolas, encuentra al poema con naturalidad y sencillez, con sensibilidad; eso lo hace una rareza”.

3) La causa de las cosidas, Carina Rita Medina (poesía, Tanta ceniza)

“Es un poemario secreto y sacrificial, de musicalidad potente. Los textos juegan a la paradoja, se muestran livianos y hasta juegan con el perfil de lo ingenioso, pero siempre llega un retrogusto, un contrapoema oscuro y liberador”.

4) Bajo lluvia, relámpago o trueno, Fermín Eloy Acosta (ficción, Entropía)

“La escritura de Acosta parece la de un dandy con intereses culturales y telúricos, un exquisito que se aventura a una geografía narrativa que demanda coraje. Una primera novela deslumbrante”.


Lala Toutonian, periodista cultural y editora

1) La distorsión, de Rafael Toriz (ficción, Literatura Random House)

2) Nuestra parte de noche, Mariana Enriquez (ficción, Anagrama)

3) Furia diamante, Valeria Tentoni (ficción, Leteo)

“Apenas una muestra de lo que disfruté este año editorial y soy injusta con otros títulos. De todos modos, encuentro que hay mucho contenido semántico sin sustentar y un apuro emergente que atenta contra la estética de la brevedad. Esto es, todos quieren publicar para recibirse de escritores y así se pierde calidad y cualidad narrativa. Pero no dejo de celebrar cada texto de ficción y ensayo agudo, contracultural, si se quiere, que corra de manera marginal. Marginal entendido como algo que va por el margen, la periferia”.

Patricio Zunini, periodista y escritor

1) Una casa llena de gente, de Mariana Sández (ficción, Cía Naviera)

“Una novela bellísima, llena de humor y con una narración muy cálida. Tras la muerte de su madre, la protagonista recibe unas cajas con fotos, videos y textos, y con esa “herencia” empieza a reconstruir la vida entre ambas. El libro es una invitación a pensar cómo se sostienen los lazos familiares, a la vez que un gran homenaje a la literatura, la verdadera casa llena de gente”.

2) El amigo, de Sigrid Nunez (ficción, Anagrama)

“Hay dos clases de libros sobre escritores: los que son para escritores y los que son para lectores. Yo siempre prefiero de los segundos, y, entre estos, el de Sigrid Nunez es perfecto. Un escritor se suicida y la narradora, su amante resignada, también escritora, tiene que hacerse cargo del gran danés de aquel. Es como una anécdota menor, pero pensemos que de anécdotas menores hay grandes libros (Stoner, por ejemplo). La manera en que Nunez borda la relación entre literatura, amor y duelo es conmovedora”.

3) ¿Qué es el peronismo?, de Alejandro Grimson (no ficción, Siglo XXI)

Grimson tiene la ambición de responder la gran pregunta de la Argentina. No lo logra, por supuesto, pero creo que en ese "fracaso" está la fuerza del libro. Alejandro Grimson escribe un libro increíblemente lúcido que rompe con la lógica binaria para abordar los diferentes avatares del peronismo, o, mejor dicho, los peronismos. Un gran trabajo que toma diferentes técnicas para el análisis: de la investigación al ensayo político, de la lectura histórica a la ficción: el peronismo, parece decir, es todo eso.


Luis Chitarroni, escritor

1) El anacronismo interminable, de Jorge Jinkis (ficción, 17 grises)

“Este libro detecta el crucigrama de la memoria y el deseo y agrega de paso, como involuntariamente, el peso de la historia”.

2) M, de Eric Schierloh (ficción, Eterna cadencia)

“Se trata de una de excavación a la vez banal y decisiva, a partir de una bitácora precedente, en la vida de un escritor inevitable del siglo diecinueve, Herman Melville”.

3) Odio y amo: 20 poemas de amor y desamor, de Catulo (edición, prólogo y notas de Pablo Ingberg) (poesía, Ediciones Winograd)

“La respetuosa infidelidad con que el traductor trata a Catulo como a un contemporáneo, bien vale leerlo o releerlo”.


Sonia Budassi, escritora y periodista

1) La única historia, de Julian Barnes (ficción, Anagrama)

Escrita de manera exquisita y con una tensión dramática que impide dejar el libro, resulta provocadora por lo menos en dos aspectos. Si la historia de literatura –y de la cultura - está repleta de relatos donde el varón se relaciona con una mujer menor, a veces demasiado menor –Lolita como caso paradigmático, y en nuestros días la obra del francés Michel Houellebecq- Barnes cuenta, lejos del prejuicio y del lugar común la relación –que dura una década- entre Paul, de 19 años y Susan, de 48, casada y con dos hijas. Y expone un planteo que podría resultar anacrónico por sus vínculos con el amor romántico, tan puesto en cuestión por el feminismo. “¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos?” se pregunta en la primera oración. Y enseguida afirma que esa no es una opción porque “si se puede controlar, entonces no es amor”. A sus sutiles observaciones sobre la clase media inglesa, Barnes suma la indagación no sólo de lo más extraño y complejo de las relaciones –sus tesis sobre el “sexo triste” son de una belleza perturbadora- sino también en el modo en cómo nos narramos lo vivido a nosotros mismos. Quizá en esos pasajes alcanza sus mejores momentos porque la novela en sí es un artefacto que funciona como un laboratorio de versiones sobre una “única historia”, desde el tono que oscila entre una ácida comedia británica hasta una tragedia griega contemporánea.

2) Aguafuertes silvestres. Arlt desde Sierra de la Ventana, de Roberto Arlt (compilador: Lucas Ruppel) (no ficción, Hemisferio Derecho Ediciones)

Siempre es un placer leer a Arlt y este libro es un verdadero hallazgo; nos divierte, nos sorprende con el humor de su lengua incisiva e inteligente, nos hace pensar en la siempre tensa y vigente relación entre el ocio, el trabajo y la escritura. Escribiendo sobre las sierras, el autor nos hace pensar y repensar la ciudad y nuestras rutinas diarias, con una sonrisa amarga y un guiño que identifica tanto al artista como al bancario y al oficinista.

3) Biografía y ficción, de Damián Huergo (ficción, Notanpuán)

Primer premio del Fondo nacional de las artes; en honor al género cuento y a la mixtura entre ficción y no ficción siempre que, como en este caso, se haga con plena conciencia y calibre de la modulación del lenguaje en historias sobre el paso del tiempo y la nostalgia nada inocente sobre los últimos momentos del siglo pasado.

Osvaldo Aguirre, periodista y escritor

1) Historia de una investigación, de Enriqueta Muñiz (no ficción, Planeta)

“Porque reabre la lectura de un clásico de la literatura argentina, como Operación Masacre. El hallazgo del año”.

2) De piedad vine a sentir, de Irene Gruss (poesía, Ediciones en Danza)

“Porque corona una de las grandes obras de la poesía argentina contemporánea”.

3) Ballard, el tiempo desolado, de Pablo Capanna (no ficción, Letra Sudaca Ediciones)

“Un gran ensayo sobre la obra de J. G. Ballard, para leer con la reedición de La sequía que publicó Fiordo este año, en la hermosa traducción de Francisco Porrúa”.

4) Patricia, de la lucha armada a la seguridad, de Ricardo Ragendorfer (no ficción, Planeta)

“Porque redescubre desde muchos ángulos la figura de su protagonista y a través de ella describe también un capítulo oscuro de la historia política reciente, el que va de los años 70 a la actualidad”.


Juan Pablo Correa, publicista

1) Tres cuentos espirituales, de Pablo Katchadjian (ficción, Blatt & Ríos)

En la nota del autor, Katchadjian se pregunta por qué "Tres", por qué "Cuentos" y por qué "Espirituales". Y responde: "Tengo que decir que el título, como casi todo lo que me gusta, se me ocurrió antes de pensarlo". No estoy seguro de que sea una buena clave para entrar en la lectura, en cualquier caso no tiene mayor importancia. Los tres "cuentos" son un prodigio de imaginación y claroscuros, nadie escribe como él. Se parece a sus libros anteriores pero este es el mejor.

2) T.R.I.P.A. trabajo de registro e investigación sobre paisaje argentino: tomo 1, de Maximiliano Masuelli (arte, Ivan Rosado)

“Este libro excéntrico postula una teoría del paisaje argentino mediante una acumulación caótica, arbitraria, deslumbrante de cuadros que el autor fue encontrando a lo largo de los años. Se suceden campos, arroyos, terrazas, árboles, zaguanes, jardines, esquinas. No hay casi explicaciones. Pero al cerrar el libro, el pensamiento se demora en esos paisajes, recuerda alguno que podría estar, y se alegra por el tomo 2 que vendrá”.

3) Un ejemplar de prueba, de Alfredo Novelli (ficción, Mansalva)

“Cuentos muy breves y unos pocos poemas, este primer libro de Novelli, muerto en 2014, se convirtió en contraseña entre lectores atentos. La lectura es muy placentera y se entra en un vértigo de imágenes y situaciones que resultan sorprendentes. Son muy pocos quienes sabían algo de él, traducía artículos de Wilcock, escribía libros de matemáticas, y mientras tanto pulía esos cuentos kafkianos. El adjetivo se usa a menudo y mal, creo que eso este caso corresponde. Un kafkiano criollo”.


Mariana Sández, escritora

1) Marionetas, de Alex Pheby (ficción, Compañía Naviera Ilimitada)

“Más allá del interés por un caso histórico real de demencia que atrajo a pensadores como Freud, Jung, Elías Canetti y otros, lo fascinante de esta novela es el modo en que se sumerge en lo hondo de la mente y transcurre desde su mirada atormentada con un magnetismo literario único y muy poderoso”.

2) El club de los mentirosos, de Mary Karr (ficción, editorial Periférica)

“Me atrapó el desparpajo de la voz narradora que, totalmente ácida y visceral, va contando su autobiografía: una infancia en una localidad texana durante los años 60, con una familia caótica donde la madre es el centro. Publicada en Estados Unidos en 1995, se convirtió en modelo de la narrativa memorialística y leerla es un viaje extraordinario”.

3) Las interrupciones, de Nicolás Schuff y Mariana Ruiz Johnson (libro infantil, Galería editorial)

“En un gesto oulipiano que rinde homenaje a la literatura como juego, este libro es originalísimo para todas las edades. Demuestra cómo, para escribir, más que las consignas funcionan los impedimentos, los restricciones, los obstáculos. Partiendo de una supuesta imposibilidad, termina construyendo un poco de cada género literario: romántico, fantástico, policial, etc”.

4) En otras palabras, de Jhumpa Lahiri (no ficción, editorial Salamandra)

“Para los enamorados de la literatura y los idiomas, este libro tiene un encanto muy particular. Sin pretensiones de revelar grandes verdades, repasa desde un lugar personal, discreto y sincero los motivos muchas veces irracionales que llevan a un escritor a escribir, a un lector a necesitar leer, a enamorarse de un idioma, a buscar su identidad a través de las palabras”.


Walter Lezcano, periodista y escritor

1) Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez (ficción, Anagrama)

“Una novela que será la historia fantástica de esta generación: resignificación de hechos políticos, abordaje del Mal como parte de este plano de la realidad y además una inquisición acerca de la importancia de traer (o no) más seres a este mundo”.

2) Historia de una investigación, de Enriqueta Muñiz (no ficción, Planeta)

“El diario que siempre habíamos querido leer sobre la historia que siempre nos interesó del libro que nos sigue hablando en presente: Operación masacre de Rodolfo Walsh”.

3) Novísimos, de Juana Bignozzi (poesía, Adriana Hidalgo)

“De cómo una despedida puede estar a la altura de toda una obra. Imprescindible”.


Virginia Cosin, escritora y periodista

1) A ver qué se puede hacer, de Lorrie Moore (no ficción, Eterna Cadencia)

“La edición de este libro de ensayos, junto con la reedición próxima y reciente de algunas de las obras de narrativa de esta autora cuyas imágenes son singularmente tristes y graciosas a la vez, me parece uno de los acontecimientos del 2019. Este año leí el prólogo de A ver qué se puede hacer a mis alumnos de taller varias veces -porque creo que cualquiera que quiera escribir debería leer este libro, que es un libro sobre la lectura y, por lo tanto, sobre la escritura- y cada vez, indefectiblemente, que llegué al punto final, sentí esa punzada de emoción que te quiebra la voz cuando un texto te habla y te atraviesa”.

2) Elogio del riesgo, de Anne Dofourmantelle (no ficción, Nocturna editores)

“Anne Dufourmantelle fue doctora en filosofía y practicó el psicoanálisis, coescribió La hospitalidad, con Jacques Derrida y es autora de ensayos, relatos y novelas. Cinco años después de escribir este libro que nos habla al oído sobre todas esas cosas que nos dan miedo -el amor, el deseo, la traición, lo desconocido, lo incalculable de estar vivos- con un sustrato teórico pero también arrojada a la turbulencia de la poesía, Anne arriesgó su vida para salvar a dos niños de morir ahogados en el mar de la Riviera francesa. Los niños sobrevivieron, ella no, pero nos queda este libro para intentar descifrar el misterio”.

3) El texto encuentra un cuerpo, de Margo Glantz (no ficción, Ampersand)

“El comienzo de este libro está precedido de una advertencia de la autora. Lo que advierte Margo Glantz es que su mirada privilegia el fragmento y que esa mirada fragmentaria es una mirada femenina. Advertencia pero también gancho, imán, poder de convocatoria -al menos para mí, que comparto con Margo esa forma de mirar: a través de las rasgaduras, los quiebres, los intervalos, los lapsus-. En el espejo quebrado de los libros que leyó ella lee y se lee, se palpa, ubica heridas, cicatrices, goces y nos ofrece, a su vez, esas experiencias para que podamos, a través suyo, leernos a nosotros mismos”.


Florencia Scarpatti, periodista

1) Desierto sonoro, de Valeria Luiselli (ficción, Sigilo)

“Porque contiene todo lo que espero de la literatura, retrato íntimo, social, poesía y rock de fondo. Una novela conmovedora”.

2) La única historia, de Julian Barnes (ficción, Anagrama)

“Porque el amor, como dice Julian Barnes, no puede encerrarse en una definición pero sí en un relato”.

3) El fin del amor: querer y coger, de Tamara Tenenbaum (no ficción, Ariel)

“Porque no es tan frecuente que un libro se convierta en la voz de una generación”.


Juan José Becerra, escritor

1) La conquista, Iris y Construcción, de Sergio Bizzio (ficción, Literatura Random House)

2) La pirámide, de Sergio Bizzio (ficción, Blatt & Ríos)

3) Esta bruma insensata, de Enrique Vila Matas (ficción, Seix Barral)

4) El presidente, de César Aira (ficción, Mansalva)


Agustina Larrea, periodista y escritora

1) El sol mueve la sombra de las cosas quietas, de Alejandra Kamiya (ficción, Bajo la luna)

2) Cometierra, de Dolores Reyes (ficción, Sigilo)

3) Me aburro rápido, de Alexis Moyano (arte, Wai Comics)

“Destaco tres libros locales e independientes que me fascinaron: El sol mueve la sombra de las cosas quietas, de Alejandra Kamiya (Bajo la luna); Cometierra, de Dolores Reyes (Sigilo) y Me aburro rápido, de Alexis Moyano (Wai Comics). Aunque pertenecen a rubros muy distintos (un libro de cuentos, una novela y un paseo por la cocina de la obra de uno de los dibujantes y humoristas gráficos más interesantes del país), en todos hay una pulsión que me atrajo: son libros que, como una correntada, te tironean y te llevan a vivir dentro de ellos. El primero, a fuerza de una sutileza en las imágenes que me resultó encantadora; el segundo por una prosa diáfana, a la que se le nota un trabajo serio, sin el apuro de la edición express; y el tercero por el desparpajo de una voz, de una generación”.


Tamara Tenenbaum, escritora y periodista

1) Mi año de descanso y relajación, Ottessa Moshfegh (ficción, Alfaguara)

2) Los errantes, Olga Tokarczuk (ficción, Anagrama)

3) Las confesiones de la carne, Foucault (no ficción, Siglo XXI)


Valeria Tentoni, escritora

1) De piedad vine a sentir, de Irene Gruss (poesía, Ediciones en Danza)

2) Carga, adelante, vamos, de David Wapner (poesía, Neutrinos)

3) Novísimos, de Juana Bignozzi (poesía, Adriana Hidalgo)


Amalia Sanz, gestora cultural

1) Las malas, Camila Sosa Villada (ficción, Tusquets)

“Un relato de iniciación, amor y terror, que -como la figura de su autora- no para de crecer para colocarse en el lugar de clásico contemporáneo de la literatura”.

2) Felicidades, de Juan José Becerra (ficción, Seix Barral)

3) Desierto sonoro, de Valeria Luiselli (ficción, Sigilo)


Hernán Vanoli, escritor y editor

1) 50 Estados: 13 poetas contemporáneos de Estados Unidos, de Ezequiel Zaidenwerg (selección, traducción y prólogo) (poesía, Bajo la Luna)

2) Un hombre con suerte, de Jamel Brinkley (ficción, Chai)

3) Noche en la playa encendida, de Matías Amoedo (ficción, Metalúcida)


Silvia Hopenhayn: escritora y periodista cultural

1) La media sombra, Ariel Schettini (poesía, Eloísa Cartonera)

“Empiezo por lo más tangible, una edición de Eloísa Cartonera, donde los dedos se tiñen del color del libro, porque la tapa es única y pintada, ejemplar por ejemplar. En este caso lo único también es su contenido ya que se trata de los nuevos poemas de Ariel Schettini, siempre originales, arriesgados y de una erudición exploradora. Humor, dolor, gusto por lo leído, donde la experiencia se convierte en paleta del escritor. Título de la obra: La media sombra que incluye los poemas “El retorno al origen”, “La evolución de la creencia”, “La salud del Papa” o “El metereólogo”. Y hay más.

2) El ojo y la flor, de Claudia Aboaf (ficción, Alfaguara)

“Una novela disruptiva, distópica, acuática… Historia de hermanas, donde los lazos se entretejen con pasión, muerte y una poética de lo que fluye a pesar del acabose… La belleza es poder en medio de lo apocalíptico; el erotismo, manotazo de ahogado. Novela fuerte y con estilo”.

3) La condesa sangrienta, de Valentine Penrose (ficción, Interzona)

“¡Bienvenida Valentine! Hace tiempo que no tenía en mis manos una nueva edición de La condesa sangrienta (Interzona), voluptuosa y terrible novela de la escritora francesa Valentine Penrose, preferida de Buñuel y Bataille, que inspiró a Alejandra Pizarnik para crear su propia condesa, voraz y fatal. En tiempos del neogótico, este libro es precursor, y de lo mejorcito”.


Sebastián Lidijover, promotor de libros

1) Mi abandono, de Peter Rock (ficción, Godot)

“Una novela perfecta en la que se entra como si fuera un canto a la vida en el bosque, para terminar leyendo lo más oscuro de la condición humana”.

2) El río de la conciencia, de Oliver Sacks (no ficción, Anagrama)

“Porque siempre hay que leer al gran divulgador Oliver Sacks. Te hace una mejor persona, o por lo menos una persona que al leer sobre la prosopagnosia de Brad Pitt sabe exactamente de qué se trata esa enfermedad”.

3) Furia diamante, Valeria Tentoni (ficción, Leteo)

“Ocho cuentos luminosamente oscuros. Tentoni tiene la capacidad de materializar las emociones y sentimientos en una presencia física que perturba”.


Raquel San Martín, escritora y editora

1) La única historia, de Julian Barnes (ficción, Anagrama)

“Es una historia de (des)amor y es de Julian Barnes. No hace falta nada más”.

2) El libro de la locura, de Anne Sexton (poesía, Caleta Olivia, traducción de Noelia Torres)

Poemas desgarrados e intensos, que incomodan pero devuelven siempre alguna belleza.

3) Ol de pritty jorses, de Andrés Hax (ficción, 17 Grises)

“Conmovedora primera novela. Literatura del yo en su mejor versión”.




22 de diciembre de 2019