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martes, 14 de enero de 2020

Entrevista de Valeria Tentoni para Eterna Cadencia



Eugenia Almeida

"Lo que habitualmente llamamos autobiográfico es pura ficción"


"Escribir es una vía posible para sentir algo", dice la poeta y narradora cordobesa sobre su nuevo libro, Inundación. "A veces la escritura no es un a posteriori sino un a priori, una condición necesaria para sentir, para descubrir lo que no hubiéramos visto si no hubiéramos escrito".


Por Valeria Tentoni. 


"Comenzar a escribir tiene que ver con el deseo. Continuar escribiendo, no", escribió Eugenia Almeida en Inundación. El lenguaje del que estamos hechos, novedad que acaba de publicar Ediciones DocumentA/Escénicas en su colección "Escribir". Nacida en Córdoba en 1972, es licenciada en Comunicación Social pero trabajó de muchas cosas antes de coordinar talleres de lectura y clínicas de escritura y de desempeñarse en periodismo cultural: como lavacopas, moza, personal de limpieza, cadete, secretaria, vendedora, artista callejera, profesora particular y recepcionista. "A cada uno de esos trabajos fui con mi equipo de supervivencia: una lapicera y un cuaderno. Esas herramientas, hoy, son parte cotidiana de mi trabajo".

Tres novelas y un libro de poesía había en el acervo Almeida antes de que apareciera este tomo autobiográfico alrededor de la escritura y la lectura: El colectivo, La pieza del fondo (que la consagraron internacionalmente con premios y traduciones) y La tensión del umbral, además de La boca de la tormenta, de poesía. Enviamos algunas preguntas por correo electrónico a propósito de Inundación:


 "Hay que sentir las cosas para poder verlas", escribías en tu libro La boca de la tormenta. En Inundación parecería que la línea continuaría con un "hay que sentir las cosas para poder escribirlas", ¿estás de acuerdo? 

La escritura, creo, es un paso enlazado a la experiencia. A la experiencia real o a la posible. La ficción tiene eso: su hueso está formado de la experiencia potenciada o en potencia. Seguramente se puede escribir sin sentir, como se puede hacer todo sin sentir. Pero ¿qué es eso? ¿Eco de qué? Yo busco la experiencia. Y entonces hago. Parte de ese hacer es escribir. Una parte muy singular porque lo que hace es multiplicar la experiencia. También creo que escribir es una vía posible para sentir algo. A veces la escritura no es un a posteriori sino un a priori, una condición necesaria para sentir, para descubrir lo que no hubiéramos visto si no hubiéramos escrito.

En El colectivo ya leíamos "pasan minutos largos como el agua". ¿Cómo se vinculan tu escritura y lo acuoso? 

El agua es algo que me deslumbra. Cada elemento tiene algo que me atrae pero el agua aparece siempre. Es capaz de tomar cualquier forma. No se detiene. Irrumpe. Mantiene su identidad, sea una gota o el océano. Creo que algo de eso también podría servir para definir el acto de escribir. Las mareas, lo que parece inamovible, lo que cambia todo el tiempo. En lo personal, la vida sería perfecta si pudiera vivir en el agua. Donde no hay peso, donde todo movimiento está cargado de suavidad, donde hay cierta sordera. O cierta capacidad de oír otras cosas. Hay un texto precioso de Ponge sobre el agua. Siempre vuelvo ahí. Y cada vez que lo leo siento que algo que se me escapa. Y que quizás pueda encontrarlo en la próxima lectura.

¿Cómo fue escrito Inundación y con qué dificultades te topaste?

El libro surgió como una invitación de Gabriela Halac, de DocumentA/Escénicas. Gabriela es una gran amiga y toda invitación que viene de ella para mí es una fiesta y un desafío. La boca de la tormenta también surgió así. De una tarde de sol en la terraza preguntándonos qué podíamos hacer juntas. El libro presuponía un cierto territorio porque forma parte de la colección "Escribir" y eso reclamaba ciertas características. Lo fui escribiendo como un juego, serio, profundamente serio, pero juego al fin. Ojalá siempre pudiera escribir así. Quizás lo más difícil fue buscar un registro que tuviera otra relación con la ficción. He escrito novelas, cuentos y poemas. Todos tienen una relación transparente con la ficción. Aquí se trataba de otra cosa. Sin embargo, lo que habitualmente llamamos autobiográfico es pura ficción. Quizás la más refinada porque juega con elementos que parecen reales. No lo son. Nada de lo que nos decimos del mundo, de los otros o de nosotros mismos tienen estatuto de realidad. Todo es ficción. Todo es una narración que hacemos sobre las cosas. Cuando encontré ese registro, pude jugar un poco más.

El libro está en algunas secciones construido a partir de definiciones, de afirmaciones ("El lenguaje es una religión", "La paradoja es una herramienta de disolución de la ceguera", "Todo es relato"), de incursiones aforísticas: ¿por qué creés que echaste mano a estos recursos?  

Es cierto que Inundación juega con estructuras discursivas cercanas a la afirmación de una certeza. Pero si uno lo mira desde ahí, el libro está plagado de contradicciones. Y de eso se trata. De decirse y desdecirse. De buscar en la afirmación y en algo que niegue esa afirmación una especie de refucilo que ilumine, por un segundo, lo que no puede ponerse en palabras. En ese sentido, sí, es un cuaderno de notas. Y más que de notas, diría que es un cuaderno de ejercicios. Quizás ahí esté lo más autobiográfico. No en lo que digo, en el contenido, si no en el movimiento que hago para decir. En todo caso, nunca se trata de lecciones a no olvidar sino más bien lo contrario: un dibujo al que luego habrá que desdibujar para hacer otra cosa. Como un trabalenguas: la única certeza es que no hay certezas posibles.

En el libro hay un pasaje dedicado exclusivamente a listar autoras mujeres, o te dedicás por caso a internarte brevemente en la vida y obra de Irene Némirovsky. Más allá del sentido de justicia, ¿qué es lo que te atrae de la escritura de otras mujeres?  

La lista de escritoras fue hecha sin pensar, como una asociación libre de nombres que se me veían a la mente. De hecho, hay muchísimas escritoras que lamento no haber mencionado. Pero el juego era ese. Improvisar. Un poco como una respuesta a tantas situaciones en las que escucho que las mujeres no tienen un lugar destacado en la literatura. Es una locura y una necedad decir eso. Pero lamentablemente lo oímos una y otra vez. Como trabajo recomendando libros, muchas veces me piden nombres de escritoras. Como si no estuvieran ahí, a la vista. Lo hice más como un gesto que como una lista. Un gesto un poco cargado de fastidio por la ceguera voluntaria que muchos parecen tener. ¿Qué es lo que me atrae de estas escritoras y de muchas que no nombré allí? Como toda experiencia, no se puede transmitir. Sólo se puede sugerir a los demás que se asomen a esa experiencia. Esa fue mi intención: que cada quien descubra un nombre que quizás no tenía presente y busque una nueva lectura.

"Mi refugio es la escritura. (...) La soledad preciosa de la escritura": ¿Cómo pensás el vínculo entre escritura y soledad?  

La escritura y la soledad tienen una relación singular. Es indispensable la soledad para escribir pero uno termina haciendo un gesto que tiende hacia un otro (un otro que puede ser uno mismo, claro). No tuve necesidad de desarrollar una cierta soledad para escribir. Desde que tengo memoria, la soledad es mi paisaje. La disfruto mucho. La protejo. Estoy bien en soledad. En nuestra cultura se opone el estar solo a el estar con otros. No creo en eso. Son dos movimientos complementarios. Pero supongo que cada persona tiene sus propias inclinaciones. Yo podría vivir en el medio de la montaña, lejos de todo y creo que sería feliz. De a épocas he vivido así. Quienes me quieren saben convivir bien con mi carácter ermitaño. Conseguir momentos para escribir no se relaciona tanto con la soledad sino con el tiempo. Con el excesivo uso del tiempo que hay que hacer para sobrevivir económicamente. Mi pelea es esa: cómo conseguir más tiempo para escribir. Hay quien trabaja para comprar viajes, ropa, teléfonos, una casa. Yo trabajo para comprar tiempo. Tiempo para escribir: tiempo de felicidad, una especie de tiempo multiplicado.

Además de brevísimos perfiles de escritores, hay un trabajo delicado y abundante con citas, subrayados de tus lecturas. ¿Qué de tu escritura y cómo está hecho de la de otros y otras? 

Creo que todos estamos hechos un poco de los otros, marcados, tocados, cincelados por los otros. Me sería imposible decir hasta qué punto eso juega en mi escritura. Lo que sí puedo decir es que nunca escondo esas lecturas. Las transparento, trato de compartirlas. De las cosas que me han dicho algunos lectores de Inundación, lo que más me ha conmovido es que el libro haya provocado nuevas lecturas, que haya dado ganas de leer otros libros. Que se haya producido una red que, en cada uno, va hacia distintas direcciones.

¿Qué importancia tiene la lectura para vos y cuándo lo advertiste?  

La lectura para mí es fundamental. En sentido literal: es donde encuentro fundamentos para estar en el mundo. Sostén. Reparo. Es lo que más me gusta hacer. Creo que estuvo ahí desde siempre. Incluso en lo que me leían antes de que pudiera leer sola. Creo que es lo único en lo que no he cambiado nada. Siempre entre libros. Siempre buscando y encontrado ahí algo que multiplica la experiencia. Diría que los libros son mi juguete. O el juguete que más me gusta.

Desde el arranque, el suicidio es una presencia intermitente del libro. Hay hacia el final una escena de Simone Weil  negándose a comer en el hospital, y una idea que también aparece y se sugiere en varias oportunidades: la de la escritura como algo que se realiza hasta sus últimas consecuencias, "hasta el último gesto", ¿no? Y también la idea de que el ser y el escribir son lo mismo ("escribir lo que se hace", lo que se ve, lo que se busca). ¿Cómo pensar esto de la escritura hasta sus últimas consecuencias?

Creo que ese "hasta las últimas consecuencias" es mi modo de ver las cosas. No se trata sólo de la escritura. "Vivir intensamente", como decía la canción. Lo que sea, que sea. Sin medias tintas. Muchas veces se contrapone la escritura o la lectura a "la vida". Yo no entiendo eso. Para mí unas forman parte de la otra, potenciándola. Pocas veces me he sentido más viva que escribiendo o leyendo algo. Hay algo extraño que sucede ahí, no sé cómo explicarlo. Una sensación que no se replica en otras cosas.

En Inundación hay un apartado en el que se cuenta cómo nació El colectivo, cómo se publicó. Hay otro tema que ya estaba allí y regresa: la muerte. En La tensión del umbral también se incluye un suicidio. ¿Por qué creés que regresa a tu literatura, o que lo vas a buscar como tema?

Más que la muerte lo que reaparece (también en La pieza del fondo y en La boca de la tormenta) es el suicidio. Es un tema nodal para mí. Mi escritura merodea ese gesto en busca de algo que sé que no va ser respondido pero que necesita ser preguntado. Es inevitable para mí que exista un trazo de la escritura que traiga eso. No es deliberado pero ahí está. Y, sin embargo, aunque parezca paradójico no se trata de la muerte en sí. Se trata del suicidio. Un gesto que uno hace en vida. Me pregunto por el momento exacto anterior al final. No por el final en sí. Todos vamos a morir. Eso nos iguala. Pero ¿cómo es el minuto previo, el antes de un gesto que sirve para quitarse la propia vida? En Inundación hablo de las cartas de los suicidas. Eso. Alguien que, antes de morir, hace un gesto que tiende a los otros. Todavía tiene la voluntad suficiente como para tener fe en el lenguaje y dirigirse a otros.*








viernes, 26 de febrero de 2016

Entrevista de Daniel Gigena para Damiselas en apuros



La escritura es errancia, vagabundeo, pérdida

Por Daniel Gigena


En 2015, Eugenia Almeida (Córdoba, 1972) publicó una novela, La tensión del umbral (Edhasa), policial que guardaba alusiones inquietantes al proceder de las fuerzas de seguridad nacionales, a la actuación de los medios y del poder económico como árbitros del bien, la verdad o la vida. Almeida contó que durante la escritura de esa ficción no había pensado en el género de la novela negra, sino que la premisa de la historia la guió hacia allí, a ella y a sus lectores. También el año pasado publicó su primer libro de poemas, La boca de la tormenta (DocumentA/Escénicas), donde por medio de una escritura reflexiva y mesurada, se alcanzan notas dramáticas sobre la memoria, el duro oficio de existir y el presente. A diferencia de otros libros de poemas, los textos aparecen en la página par, y la impar (la que capta primero la atención del lector) devuelve el blanco a la mirada. Ese uso del silencio, las elipsis y las elisiones cuidadas refuerzan el sentido de las obras de Almeida. La escritora cordobesa responde las preguntas desde Unquillo, un pueblo en las Sierras Chicas situado a menos de una hora de la ciudad de Córdoba.

¿Cómo evaluás el desarrollo de tu escritura narrativa, ya con una tercera novela publicada?

Esa es una pregunta muy difícil de responder. No tengo una visión externa de mi trabajo. Solo puedo dar cuenta de mi esfuerzo, de mi voluntad, del deseo de darle cada vez más tiempo y más espacio a la escritura. No sé si eso se ve en los libros o no. La escritura no puede pensarse como una carrera en la que hay un desarrollo que va de menor a mayor. La escritura es errancia, vagabundeo, pérdida. Lo que puedo decir es que hago ese vagabundeo cada vez con mayor felicidad.

¿Hay correspondencias entre tu narrativa y tu poesía, préstamos, temáticas comunes, afinidades no visibles?

Creo que sí. Me parece que las temáticas y el tono (el modo de ver el mundo, el modo de estar aquí) son las mismas en la poesía o en la narrativa. Creo que es la misma voz, cantando canciones diferentes. Con respecto al género, debo decir que la poesía es un desliz. Si alguien me pregunta qué escribo, mi respuesta, sin dudar, es que escribo narrativa. El libro de poesía fue un pequeño regalo que me di: la posibilidad de publicar con una editora a la que admiro. Es un enorme privilegio publicar en DocumentA/Escénicas. Y fue hermoso el proceso de armar el libro. Para mí, es un libro comunitario.

¿Cuál es el peso de los estragos de la dictadura militar en tu obra?

Imposible de dimensionar. Inmenso. Enorme. Infinito. En mi obra, en mí y en nuestra sociedad. Lo sepamos o no. Lo veamos o no.

Contanos algo sobre tu relación con la música, el canto y la escritura de letras de canciones.

La música, para mí, es fundamental. Hubo una época en que trabajé cantando. Fue hace muchos años. Fue hermoso y quedó atrás. No toco desde hace mucho, mucho tiempo. Canto, a los gritos, dentro del auto. Suelo provocar risas en otros conductores cuando compartimos la espera previa a que el semáforo dé paso. Compuse canciones en esos años. Y están ahí. Como fotos viejas en un cajón.

Escribís para La Voz del Interior reseñas y una columna semanal. ¿Cómo es tu relación con el periodismo y con el hecho de escribir por encargo?

El periodismo cultural me permite leer mucho y comentar aquello que leo. Eso me gusta. Y me da de comer. Hasta hace pocos años tuve que trabajar en cosas que no me hacían feliz. Trabajos duros, desagradables, difíciles. No gano más dinero que antes, gano lo mínimo para vivir y pagar las cuentas. Pero me gusta lo que hago. Creo que eso es algo muy poco común. No todo el mundo tiene esa suerte. Escribir por encargo me gusta. Es un desafío. Es algo diferente de lo que hago cuando escribo novelas o cuentos. Tener una fecha límite, tener un espacio acotado. Es un buen  ejercicio para cualquier escritor. Las exigencias del periodismo hacen que la mano se afloje.

Fuiste primero reconocida en el exterior, con el premio internacional Dos Orillas en 2005 por tu novela "El colectivo", que se convirtió en un éxito en España, Portugal, Italia y Francia. ¿Qué te posibilitó ese premio?

Muchos viajes. Mucha gente. Muchos gestos generosos. Pero sobre todo, la posibilidad de viajar. Viajar te saca de eje, te recuerda que no sos nada, que la vida se pasa demasiado rápido, que no hay que distraerse. Viajar te muestra claramente cuál es tu casa y quiénes son los tuyos.

¿Cómo se expresa el humor en tu obra?

Durante años formé parte del Grupo de Investigadores del Humor (GIH), que trabaja en el marco de la Universidad Nacional de Córdoba. Disfruté y aprendí muchísimo con ellos. Es un grupo extraordinario. Hicimos un Diccionario crítico de términos del Humor que se publicó como libro virtual en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC. Yo siempre trabajé el humor político; el chiste gráfico como un género del periodismo de opinión. Es un grupo interdisciplinario, hay muchas miradas diferentes. Salí del grupo hace dos años con la intención de darle más tiempo a la escritura. Pero extraño mucho ese espacio de encuentro, de discusión y de trabajo. Si bien hay muchísimo humor en mi vida cotidiana, creo que no está muy presente en mis libros, salvo en algunos cuentos. En el último tiempo, he escrito algunas columnas en un diario de mi ciudad y ahí se ha colado algo de humor. Pero no sé. Me encantaría poder escribir cosas que hicieran reír a la gente.

¿Cuál es tu visión sobre la política cultural del kirchnerismo y la que asoma en la nueva gestión?

Coincidí en muchas de las acciones de política cultural llevadas a cabo durante los gobiernos kirchneristas. Y cuando no coincidí, fueron diferencias de matices, cosas menores.  No tengo una militancia partidaria pero celebré, acompañé y colaboré, cuando pude, con muchas de esas políticas, fundamentalmente con aquellas relacionadas con la promoción de la lectura. Trabajo haciendo capacitaciones docentes y en estos años he estado, muchas veces, en lugares a los que llegaban cajas con libros enviados por el Ministerio de Educación y veía a chicos de 12, 13 y 14 años que tenían un libro en sus manos por primera vez.  Catorce años. Un libro en sus manos por primera vez. Por primera vez se los consideraba sujetos de derecho. Se les reconocía su derecho a participar, a disfrutar y a producir cultura. Esas cosas son las fundamentales, las que construyen un país, las que no se ven pero crean comunidad. Veo con mucha tristeza y con dolor, con un profundo dolor, las medidas que está tomando la nueva gestión. No solo a nivel de política cultural. Entiendo que la democracia no se limita a votar cada cuatro años. En ese contexto, como ciudadana, mi participación política, mi forma de colaborar con el sistema democrático, es decir que estoy muy preocupada. Hasta hace unos meses podía escuchar en los medios de comunicación voces muy distantes entre sí. Eso siempre me pareció valioso. No soy de las que se asustan cuando hay discusiones políticas. Las celebro; eso habla de la salud de la democracia.

Hubo medidas hostiles: despidos, declaraciones antipáticas, cuestionamientos a la política estatal de derechos humanos…

Desde diciembre, esa variedad de voces de la que hablaba se ha ido acotando y uniformando. A eso hay que sumarle los miles de despidos; muchos de ellos basados en la persecución ideológica. El desconocimiento del trabajo que se ha venido haciendo. Las horrorosas declaraciones de Darío Lopérfido, el hecho de que todavía siga siendo ministro de Cultura de la ciudad de Buenos Aires. Estoy muy triste. Estoy muy preocupada. Creo que hasta hace poco vivimos una época de enorme libertad de expresión, para todos. Aparentemente, las cosas han cambiado.

¿Cuál es tu relación con el género policial?

Es un género que me encanta leer. Ahí están mis maestros. Georges Simenon, a la cabeza.  Ojalá pudiera provocar en algún lector lo que Simenon me provoca a mí.

Por último, ¿cómo influye el entorno en tu obra?

Creo que el entorno influye más en mí que en mi obra. Laboralmente, la vida para mí es todavía citadina. Todos los días debo viajar a Córdoba, que es una ciudad cada vez más ruidosa, más recargada, más agobiante. No muy diferente a Buenos Aires, salvo en el tamaño. Por suerte, los fines de semana puedo quedarme bajo un árbol, con el aire un poco más fresco, recordándome que no estamos hechos para vivir en la línea de sacrificio de un matadero. Pero no sé cómo eso se refleja en mis libros. Algunas novelas, como El colectivo, transcurren en un pueblo y otras (La tensión del umbral o La pieza del fondo) son historias de ciudad. Personalmente, si pudiera irme más lejos (si pudiera vivir perdida en un pueblito de montaña, por ejemplo) lo haría sin dudar. Lo que me mantiene cerca de una ciudad es la necesidad económica de trabajar. No otra cosa.





jueves, 28 de enero de 2016

Comentario de Daniel Riera (Página/12) sobre "La boca de la tormenta"




Irreversible

Revelaciones sin salida, la materia de los sueños y una reflexión sobre la poesía se despliegan en "La boca de la tormenta", de Eugenia Almeida.

Por Daniel Riera


“La primera piedra cae en la frente. Duele tanto que/encandila. Los ojos se abren y ves las cosas./ Quedan pegadas a los párpados.” Así empieza todo. Los sueños, entonces, dejan de ser tales y se convierten en pasadizos por donde se ve lo insoportable, la muerte. Tener poderes: alguien va a morir y yo lo estoy viendo y sintiendo. “Yo me he dormido sintiendo el vuelco en el cuerpo,/sin saber a quién decírselo.” Y no es sólo que lo veo, sino que las visiones “quedan pegadas a los párpados”. Quiere decir que pesan. Quiere decir que es imposible despegarlas. ¿Qué puedo hacer con eso que vi? Nada. ¿Qué clase de poder es, entonces? Bueno, algo se puede hacer. Algo: describirlo. “Interpretar es decir no”, dice. Habla de los sueños. ¿Habla de la poesía? Veremos. La boca de la tormenta es un poema fantasmagórico y existencial a la vez donde las revelaciones se van sucediendo y de la mano de las revelaciones sucede una cierta frustración; porque las revelaciones desconciertan en la medida en que no se puede hacer casi nada con ellas; porque las revelaciones no se buscan, sino que simplemente acuden. No parecen tener un propósito definido excepto, tal vez, el de perturbar a quien las recibe. “Los que están por morir, los que vienen a buscar en/mí algo que ni yo sé que tengo, esos, suelen ser/desconocidos. Rostros cejas bocas cierta forma de/mover los dedos. Cicatrices. Arrugas./Signos de algo que yo podría haber amado./Sin embargo: desconocidos. Tan familiares.” ¿Por qué tan familiares si son desconocidos? Tal vez porque van a morir, tal vez porque los une (nos une) ese mismo sino trágico. Todxs tenemos la certeza de lo irreversible: sólo que aquí hay información precisa respecto de cómo, de cuándo y a quiénes. Presagios. Tener algo que nadie tiene y descubrir fatalmente que es mejor no tenerlo, que se sufre menos. El abismo de ver lo que nadie ve: la condena a la soledad y a la incomprensión. Las posibilidades de la lengua, siempre relativas, aquí son bien escasas: porque no se puede nombrar lo que no se entiende, lo que no se soporta, lo que, por otra parte, nadie quiere escuchar. Y sin embargo hay un texto que trabaja, precisamente, sobre esas limitaciones, sobre esas imposibilidades. Los sueños son intraducibles. “El sueño viene en lengua extranjera, dicen./Yo digo: viene sin lengua, es la lengua, la falta de lengua./No viene a decir nada. En el sueño no hay decir o no/decir. No hay callar.” El sueño se parece bastante a la poesía, entonces: hay un lugar inaccesible, un lugar donde no puede llegar la cárcel del sentido. Y en este caso el sueño mismo no se atreve a ser nombrado del todo como sueño, porque los límites entre la ensoñación y lo real son bien difusos, porque el sueño es también presagio, recuerdo de lo porvenir. “Nada es traducible”. Todo el poema consiste en eso: la búsqueda de ese sentido que se escapa una y otra vez y que tal vez se encuentre en esa misma búsqueda imposible. Los ojos que ven hacia adentro y hacia afuera. “...Caen/ los dedos bajo los ojos, yo estoy viendo esto.” El encuentro con lxs muertxs y la locura inevitable. “A esto voy a pagarlo con locura”, dice: es un presagio sobre el efecto que surtirá tanto presagio junto. Y la mirada de lxs demás, lxs que se encargan de censurar el desvío. Ella ve lo que se supone que no debería ver. “¿Van a lapidarme? ¿Eso significa?” La visión como el primer paso hacia la condena. “Van a decir que veo demasiado signo.” ¿Cómo se mide ese “demasiado” si no es comparando con lo que ven lxs demás, con la proporción que lxs demás estiman correcta? ¿Cómo se mide ese “demasiado” sino en términos de condena ajena? La visión que convierte en culpable, ante los ojos de los que no ven, al que ve. “Me he acostumbrado a la brutalidad de los que están/seguros. Y sin embargo, nunca he sido tan torpe.”

Daniel Riera

Las 12 - Página/12






martes, 29 de diciembre de 2015

Carlos Schilling recomienda "La boca de la tormenta"





Entre los libros destacados de 2015, 
Carlos Schilling recomienda “La boca de la tormenta”: 


"Conocida como novelista, autora de El colectivo, La pieza del fondo y La tensión del umbral, Eugenia Almeida escribió mucha poesía antes de decidirse a publicar este libro extraño, excepcional, que no se parece a nada en la literatura argentina. Aunque La boca de la tormenta contiene elementos narrativos, no se desarrolla como un relato sino como un monólogo interior. Alguien que tiene la capacidad de ver la muerte de los otros les da nombre a las cosas, no se sabe si para evitar que desaparezcan o para confirmarse a sí mismo que sigue vivo y hay un mundo que lo rodea."






viernes, 11 de septiembre de 2015

Lectura de poesía en la Feria del Libro de Córdoba




SÁBADO 12 de septiembre



16hrs: Juan Tardivo- Elena Anníbali –Martín Maigua-


17hrs: Homenaje a Rodolfo Godino
Julio Castellanos –Claudio Amancio Suárez- Cuqui Oviedo


18hrs: Daniel Samoilovich – Gabriela Halac


19hrs: Raquel Garzón - Eugenia Almeida


20hrs: Esteban Moore – Leandro Manuel Calle


21hrs: Cierre del Espacio Poesía con 
"Mi tropa está en la huella" a cargo del grupo Pan Comido Poesía y El Mano.



martes, 1 de septiembre de 2015

Entrevista de Matías Méndez (Infobae)


"No creo en los héroes en la literatura"

La aclamada escritora cordobesa habló con Infobae sobre su nueva novela, "La tensión del umbral", en la que se prueba en el género policial.





Matías Méndez 

Hace una década, Eugenia Almeida juntó unos pesos e imprimió su novela "El colectivo" y, sin ninguna esperanza, la mandó por correo desde su pueblo cordobés Unquillo hacia España para participar en un concurso. Esa decisión le cambiaría la vida. Su primer libro ganó el Premio Internacional de Novela "Dos Orillas" organizado por el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón y con el premio accedió a ser traducida a cuatro idiomas. Cinco años después, Edhasa la publicó en Argentina y críticos y lectores le dieron una cálida bienvenida (lleva editada tres ediciones). "La pieza del fondo" es su segunda novela y en abril de este año dio a conocer su primer libro de poesía "La boca de la tormenta".

Este mes Edhasa distribuye una nueva obra de Almeida, "La tensión del umbral", que marca su debut en el género policial. Como lo dictan las reglas del género, la historia se inicia con un cadáver: una mujer se mata en la puerta de un bar y a partir de ahí el misterio llegará hasta la última página. Un periodista, Guyot, intentará desentrañar las razones e indagará en las conexiones oscuras entre policías y personajes poderosos y criminales que no tendrán pruritos para sembrar de muertos su camino. Como en sus libros anteriores, Almeida trabaja sobre los silencios que atraviesan una comunidad, compone una polifonía narrativa a través de múltiples personajes y narra con la destreza y la precisión de los que saben mirar el cuerpo social. La autora reflexiona sobre el poder y sobre los mecanismos sociales que llevan al suicidio en una novela que lleva la tensión hasta la última línea.

"La tensión del umbral" no sólo es un libro que los lectores esperaban: es muy posible que también sea una de las obras que marquen el 2015.

-Pasaron diez años de tu primera novela, "El colectivo". ¿Que pasó en esta década en la que tu obra empieza a consolidarse con tres novelas y un libro de poesía?

Es difícil pensarlo a lo largo de los años. "El colectivo" lo terminé en 2005 pero la publicación en Argentina llegó en 2010 y entonces ahí hay un recorrido más reciente. Estoy feliz de poder seguir proponiendo cosas y poder presentarla con Edhasa, que es una editorial que siento que me respalda y me acompaña que ha hecho todo este recorrido conmigo.

-Tus libros tienen la particularidad de haber sido traducidos que es algo que no es fácil lograr para muchos autores argentinos. ¿Cómo es leída tu obra que uno puede juzgarla como "bien argentina"?

Con "El colectivo" tuve una suerte particular porque ganó un premio que implicaba la traducción a cuatro lenguas y eso hizo que algunos editores europeos pudieran conocer el trabajo y se interesaran por "La pieza del fondo", que es mi segunda novela y ahora por esta, que no sé si sale este año o en el primer trimestre del año que viene en Francia. El tema de las traducciones es apasionante porque ahí aparece ese otro personaje que es el traductor, al cual uno le confía todo para que haga posible un libro en francés o en cualquier otro idioma. Es muy interesante la devolución, con "El colectivo" me pasó al principio cuando hice una gira por algunas ciudades europeas que pensaba que era una historia argentina y decía ¿qué pasa que en esta historia se enganchaba la gente? y venían lectores y me comentaban algo. En ese recorrido empecé a ver los países en donde había sido traducido: en España no hace falta explicar lo que ha sido una dictadura, creo que tienen el récord de duración; en Grecia también habían pasado lo mismo; en Portugal igual; en Francia no había una dictadura pero tiene su historia con Argelia o con el régimen de Vichy. Hay historias que nos involucran a todos de alguna manera y que las historias que se repiten por ahí van cambiando las modalidades de país en país. Por ejemplo, a mí me gusta Kundera y uno podría decir que "La Broma" es una novela típicamente checa. O no, podría ser típicamente argentina también.





-Si uno piensa sus tres novelas puede arriesgar que hay tres marcas que la caracterizan: la sensibilidad, el uso de los silencios no sólo en términos narrativos sino también en expresar los silencios que existen en la sociedad y, por último, una estructura que escapa a lo lineal y que siempre abre diferentes ventanas para construir el texto ¿Coincide?

Las tres cosas que mencionás tienen que ver con una forma de ver el mundo. Creo que hay una cierta sensibilidad que tenemos mucho y que se relaciona con el silencio, con la posibilidad de hacer silencio para escuchar, de poder detenerse para ver lo que sucede. De hacer espacios, si estoy toda yo ocupando el espacio, no hay nada de afuera que me pueda tocar, no hay espacio para que entre lo otro. Respecto de lo cronológico, desconfío mucho no sólo en la literatura sino también en la vida en general, de esta estructura ordenada de pasado, presente y futuro. Las cosas que pasan todo el tiempo están violando esa estructura, que es una estructura que nosotros tenemos para estar tranquilos y creer que podemos predecir que lo que hemos hecho en el pasado va a afectar el presente. Es como esa vieja cosa que percibí en la infancia como un mandato, al bueno le va bien y con el paso de los años uno ve que el mundo no está regido por ese tipo de justicia o ese tipo de ordenamiento, como pasado, presente y futuro. En países donde pasan cosas fuertes, los ecos no se los puede pensar como hace treinta años pasó una dictadura, por ejemplo y ahora pasa tal y tal cosa. Las cosas son mucho más acuáticas, estoy pensando en algo que va corriendo y va metiéndose en las grietas y va a atravesar lo que sea.

-¿Esto está vinculado al trabajo que usted hace con los personajes? En sus novelas, y en esta en especial, siempre hay muchos que componen una polifonía especial.

Quizás ahí lo que esté jugando sea algo de la educación y de mi infancia: el tratar de tener siempre presente que no hay protagonistas y extras en la vida y en el mundo. Las historias siempre son colectivas, siempre se van construyendo en base a diferentes voces, a diferentes cosas. Esto no es algo que yo planeé, no es que digo voy a escribir una historia y voy a tener varios personajes y que uno no pueda decir cuál es el protagonista, cuál es el central, sino que es un poco la manera en la que pienso la vida. Es algo que me sale.

-Siempre recuerdo que cuando la entrevisté sobre "El colectivo", usted me contó que le cuestionaban que no había héroe.

No creo mucho en los héroes, creo en una sucesión de pequeños gestos y de decisiones que vamos tomando en el cotidiano que construyen realidad. Un héroe implica pensar en una historia contada por una voz, un único protagonista y me parece que las cosas se construyen comunitariamente.

-¿Cómo fue el trabajo de escribir su primer policial?

Apasionante. La intensidad a la que me obligaba la disfruté mucho. En general, trabajo sin planes y voy viendo lo que pasa a medida que va sucediendo, y eso implica en un policial volver mucho hacia atrás y corregir mucho, porque el género exige ciertas cosas que en mis otras novela podía dejarlas pasar. Fue un trabajo mucho más exhaustivo y diferente. Siento como si hubiese hecho otra cosa que no fuera escribir un libro, como si necesitara una palabra diferente para esto.





-¿El plan original era escribir un policial o fue ese devenir que cuenta el que la llevó?

Apareció. De entrada no lo pensé, sí el libro inicia con una imagen que puede ser la típica de un policial, hay un cadáver y hay un misterio. No se me ocurrió que venía por ahí. Cuándo comenzó a desarrollarse la historia para mi evidentemente era este formato. Soy muy lectora de policiales, es un género que me gusta y que he leído mucho y de muy diferentes tipos.

-En su libro hay suicidios, que en las últimas décadas en Argentina se han multiplicado en los casos vinculados al poder. ¿Escribió pensando en eso?

No lo pensé estrictamente relacionado con la historia argentina, pero sí en pensar el tema del suicidio. Cuándo uno lo piensa, siempre lo piensa como el ámbito de lo más íntimo, es un gesto tan personal y privado. Hay muchos suicidios que son sociales. En este caso, es un suicidio muy raro pero no está puesto en duda que sea un suicidio, pero es un suicidio que implica algo que no es del ámbito de lo privado solamente. El tema del suicido es un tema que me preocupa, que me convoca y sobre el que he leído mucho porque me parece un acto inexplicable, no en el sentido de no admisible, inexplicable en el sentido de que estamos acostumbrado a que nuestras acciones puedan justificarse. En el suicidio al estar ausente el principal protagonista de la acción, sólo puede haber versiones alrededor de eso. Los que hablan siempre son los que quedan, no el que se fue.

-Hay otro tema que atraviesa su novela: la relación de los medios de comunicación con el poder y, volvemos a los silencios, aquellas cosas que no se dicen o que no se publican a pedido de los poderosos ¿Por qué le interesó poner su mirada en eso?

Me interesan todos los circuitos de poder que no están estrictamente explicitados. Si me dicen la Presidente tiene el poder, sí por supuesto lo tiene porque ganó las elecciones, pero me interesa ver esos circuitos de poder que no están a la luz, que no se rigen bajo nuestro régimen democrático, de los cuales no participamos y de los cuáles muchas veces somos o víctimas, o mercancía.

-Ahí puedo descubrir tus lecturas de Foucault.

Foucault lo vio muy claramente hace mucho tiempo y con mucha claridad. Vio muchas cosas: los dispositivos de prisión, el tema de la locura, la sexualidad...

-Hay una afirmación recurrente a lo largo del texto: quiero entender. ¿En esa búsqueda está la indagación de la novela?

Este personaje que es Guyot está persiguiendo eso y es curioso porque no dice quiero saber la verdad, dice quiero entender. Es de otra órbita eso. Es muy difícil entender ciertas cosas, para empezar un suicidio, pero además es muy difícil hacer una lectura absolutamente lúcida de la realidad. Así como dicen que percibimos un 7% de los estímulos que podemos recibir porque el cerebro necesita tener un límite para procesar, si percibiéramos todo estallaríamos. Estoy pensando en "Funes el memorioso". Pobre que no puede olvidar que es lo que necesitamos para poder recordar algunas pocas cosas. En eso nuestra capacidad de entendimiento está limitada. A veces uno quiere entender en términos humanos lo que es inentendible. Hay un momento en la novela donde uno de los personajes dice el suicidio no tiene explicación, es puro acto. Muchas veces queremos procesar desde la comprensión, pero la comprensión juega con reglas raras, es la racionalidad.

-Usted lleva la tensión hasta las última líneas de la novela. ¿Así lo planificó?

Sí, es algo que a mí me gusta como lectora de policiales. Una vez que subiste no podés bajar, en otro tipo de novela uno puede moverse un poco, pero aquí algo que exige el género es que si uno llegó a un grado de tensión, si la afloja el lector se puede ver defraudado. Pero más allá de la regla del género, a mí me gustan las novelas que mantienen esa cosa tirante hasta el final y, además, me parece que en la historia y en la vida hay tensiones que no se resuelven nunca.**




Parte de la entrevista puede verse en video en el siguiente link:

martes, 5 de mayo de 2015

Comentario de Carlos Schilling sobre "La boca de la tormenta"


La muerte de los otros



Sería injusto no decirlo enseguida: La boca de la tormenta es un libro impresionante, un largo poema en versos y en prosa que sostiene su intensidad desde la primera hasta la última palabra y que parece escrito, como quería Mallarmé, no sólo para dialogar con los hombres sino también con las constelaciones.
 
Eugenia Almeida es conocida por sus novelas, El colectivo y La pieza del fondo, y este poema tiene también algunos componentes narrativos, pero su organización no obedece a la estrategia del desarrollo de un relato sino a la de un monólogo interior que se expande por la necesidad o la desesperación de nombrar las cosas: “Ser ahora la mancha en el agua. Esa gota. Buscar la palabra. Imposible. Dejar que el mundo se dé vuelta hasta que ofrezca el nombre. Esto. Está aquí. La estoy viendo girar. Es eso. Lo que está ahí”. 

El fragmento inicial de La boca de la tormenta podría ser comparado con aquella escena inaugural de la filosofía moderna en la que Descartes se queda sólo con la evidencia del yo para reconstruir a partir de esa base la inteligibilidad del mundo. Pero en el poema de Almeida el yo no es una base, es un hueco, un hueco sensible, un ojo que no puede cerrarse y que ve demasiado. 

Lo que ve, lo que no puede dejar de ver, es lo que aún no ha ocurrido: la muerte de los otros. Esos ojos que no se cierran sueñan despiertos, sienten lo que presienten. Ven con el corazón y lo que ven con el corazón es un desfile de futuros muertos. Son personas desconocidas, pero a la vez “Signos de algo que yo podría haber amado”. Y si le resultan familiares aunque no los conozca y no los pueda nombrar es precisamente por la intimidad que genera toda muerte. Sin embargo, en esa intimidad no se disipa la extrañeza: “¿Qué es esta sombra que se apoya sobre mis labios? Aprieta y vuelve a meter en mi boca lo que no puedo decir”.

La ambición y la profundidad del poema, su gravedad asumida con esa magnífica resignación del que no puede escribir otra cosa, implican la invención y la proyección de una mente, una mente más poderosa que la mente de cualquier lector e incluso que la mente de la propia poeta. Se trata de un texto inagotable, no por falta de sentido, sino por exceso de sentido. Un texto que está más allá de las posibilidades cognitivas o interpretativas humanas precisamente porque traspasa ese supuesto límite que es la muerte y se coloca de un salto en otra parte: “Esta letra, escrita, grabada, tatuada, no sirve de nada. ¿Alguien se conmueve? Es el mismo gesto que han hecho todos los que tallan una letra/ ¿Salva?/ Estiro mis dedos para comprobar que no es la mano de un muerto. Pero, ¿sirve? Yo he visto a los muertos jugar con sus dedos”.


Carlos Schilling




La boca de la tormenta
Eugenia Almeida
Ediciones DocumentA/Escénicas
Córdoba (2015)




lunes, 27 de abril de 2015

Entrevista: La boca de la tormenta





Eugenia Almeida, conocida y premiada desde su primera novela “El Colectivo”, presenta “La boca de la tormenta” (Ediciones DocumentA/Escénicas). 
En esta entrevista nos permite acercarnos a la propuesta de su nuevo libro.





En una entrevista que te hicieron en el diario los Andes donde hablabas de "El colectivo" titularon con una frase tuya: “esta novela fue una gran tormenta”. Ahora estás publicando un libro que se llama “La boca de la tormenta”.  ¿Qué tipos de tormentas crees que vienen con la escritura y específicamente en este libro? ¿Cómo es “La boca de la tormenta”?

La escritura permite todo tipo de tormentas. Depende del momento, de la disposición que uno tenga para dejarse sacudir, para dejarse alcanzar. La boca de la tormenta es el momento exacto en el que uno descubre que está en el umbral, aunque no pueda decir qué es lo que hay del otro lado. Una boca que habla un lenguaje indescifrable.


Tu obra como narradora es muy conocida por tus dos novelas publicadas y tu trabajo periodístico. Ahora nos enfrentamos como lectores a una escritura de poesía. Si es que existe diferencia entre ambas escrituras ¿qué cosas encontraste vos en la experiencia de escribir este libro de poesía?

Me hizo gracia la palabra “enfrentar”. Espero que el encuentro con este libro no se viva como una lucha. Más allá de la broma, para mí existe una gran diferencia entre estos dos “tipos” de escritura. No sabría explicar bien esa diferencia, es casi como si fuera un problema de gravedad (no de seriedad sino de “gravedad” en el sentido físico: la fuerza con la que las cosas se acercan o se alejan de un eje). No me animaría decir que escribí un libro de poesía. El libro, como tal, no es una producción mía sino una creación colectiva. La decisión de que esos papeles se convirtieran en libro fue alentada, sostenida y celebrada por Gabriela Halac, mi editora en DocumentA/Escénicas. Este libro no existiría si no fuera por ella. A veces, el entusiasmo surge de los encuentros. Yo he puesto las palabras pero el libro en sí ha sido una creación conjunta con Gabriela Halac y Elisa Canello (responsable del dibujo de la tapa).


La experiencia de la lectura de poesía es bien diferente a la de leer narrativa. Cuando uno lee una novela lo que más recuerda es muchas veces la historia y los personajes ¿qué cosas crees que son propias de la experiencia de leer poesía? ¿qué recordás de un libro de poesía?

No me animaría a dar una ley general. A mí, lo que me produce la lectura de los poetas que admiro es un estado de ánimo, una cierta disposición a ver el mundo con otros ojos, una mirada que deja de lado la racionalidad y la tendencia a interpretarlo todo. Eso. La poesía me permite dejar de interpretar el mundo.


Además de los objetivos obvios de publicar tus textos, ¿qué te aportan las experiencias de editar y qué reflexión hacés de la realidad del mundo editorial que vivimos hoy?

Editar me permite comprender hasta qué punto todo lo que hacemos es, de algún modo, algo colectivo. Tengo diferentes experiencias con diversos editores. Siempre es enriquecedor el proceso de ir creando un libro. Estoy convencida de que los escritores hacemos manuscritos (no libros). Para que esos manuscritos se conviertan en libros que lleguen al lector, necesitamos de la pericia, el trabajo y la sensibilidad de los editores y de todos los que están involucrados en ese proceso de creación (los correctores, los diagramadores, los traductores si los hay, los diseñadores, los imprenteros, los ilustradores y muchos más). Sería difícil hacer una reflexión general sobre “el mundo editorial” porque hay realidades muy diferentes. Personalmente celebro el trabajo que hacen las editoriales que construyen y defienden un catálogo personal, una colección de libros que responde al “espíritu” o la “personalidad” de esa editorial. Tengo la suerte de publicar con editoriales de las que me enorgullezco como Edhasa, Métailié y, ahora también, DocumentA/Escénicas. Con cada uno de mis editores he aprendido algo que me ha permitido trabajar con más profundidad y con más alegría. Y eso es algo que siempre se agradece.*