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domingo, 11 de agosto de 2019

Entrevista a Alejandro Grimson




“Para comprender un fenómeno político 
hay que comprender al otro”


“El peronismo jamás será atrapado en una frase”, advierte Alejandro Grimson en las primeras páginas de su libro. Un libro que elige como título una pregunta porque de eso se trata, de evitar los lugares comunes, las imágenes cristalizadas, los mitos y leyendas de propios y ajenos. Desmontar tramos de nuestra historia revisándolos bajo una mirada antropológica que incorpora un abordaje de múltiples dimensiones. 

El 17 de octubre, el golpe de 1955, Perón y su relación con Montoneros, López Rega y la Triple A, el menemismo, el kirchnerismo: momentos claves para comprender lo que el autor llama “los peronismos”, haciendo ingresar al lenguaje una multiplicidad y una heterogeneidad que a veces parece posible de abarcar.

Grimson insiste en que no puede entenderse el peronismo sin el antiperonismo y viceversa. Que, justamente, se trata de observar dinámicas que ponen en relación proyectos diferentes. 

¿Qué es el peronismo? es apasionante por muchas razones. Por su rigurosidad, por su compromiso, por sus posibles efectos. El lector se encontrará con la historia del peronismo pero también con mucho más: el modo en que se construyen categorías de análisis de fenómenos complejos y heterogéneos. El libro funciona como un ejercicio de pensamiento que puede ayudarnos a comprender mejor la realidad porque “el hecho de que no comprendamos el peronismo revela un problema más profundo: necesitamos aprender a mirar de otro modo.”


-¿Cuáles son las posibilidades que ofrece una perspectiva antropológica de procesos políticos como el peronismo?

-Para comprender un fenómeno político hay que comprender al otro. Hay que comprender otras formas de pensar. En el caso del peronismo, no puede comprenderse el peronismo sin comprenderlo en su relación constitutiva con el antiperonismo. De la misma manera en que no se podría comprender al segundo sin entender al primero. Ambos son fenómenos políticos atravesados por racionalidades muy distintas, por intereses muy distintos y por sentimientos también distintos. Pero son parte de una relación. No existen solo como opciones en el vacío sino que son un vínculo de espejos invertidos que pueden ser mirados a lo largo del proceso histórico desde 1945 hasta la actualidad.

-Usted menciona el papel constitutivo que ha tenido el racismo en la conformación de la  política argentina. ¿Cómo puede observarse ese rol central hoy en la disputa política?

-Al igual que sucede en otros países, en el caso argentino se trata de lo que se llama –antropológicamente– un “racismo sin racistas”. Porque en vez de tener organizaciones como el Ku Klux Klan lo que tenemos acá es una sociedad que dice “¿Racista, yo? Yo no soy racista, de ninguna manera”.  Ahora, es una sociedad que dice que no es racista y que sin embargo piensa que todos los hinchas de Boca, todos los que cortan calles, todos los que están afiliados al sindicato, todos los peronistas, son todos negros. Es muy fácil, si alguien quiere hacer el test antropológico, se pone a hablar con una persona que odie a Cristina Kirchner y va a escuchar que en un momento esa persona va a decir “yo no quiero que los negros vuelvan a gobernar”. O cosas por el estilo. Yo les he planteado muchas veces a esas personas: “Pero no entiendo si vos lo que decís es que Cristina es negra”. Y la respuesta que he encontrado siempre fue la misma. Fue: “Cristina es negra de alma”. O sea que, si en 1945 se hablaba de los cabecitas negras, hoy se sigue hablando de “la negrada”, “los choriplaneros” o cualquier cosa por estilo. Y eso quiere decir que la sociedad argentina es una sociedad racista en buena parte y que su política está estructurada a partir de ese eje.

-Usted señala que, en el 45, la postura antiperonista surgió de la combinación de tres perspectivas: la tradición antifascista, el enfoque patronal y la vieja concepción de “civilización y barbarie”. ¿Qué perspectivas  están jugando hoy en el antiperonismo?

-El antiperonismo actual es heredero del proyecto civilizatorio europeísta sólo que ese proyecto que en su época fue agroexportador, que en algunos momentos tuvo algunas intenciones muy tenues de ambivalencia con la industrialización, hace muchos años es claramente el proyecto neoliberal de desindustrialización y de destrucción de toda la trama productiva argentina. El famoso país para diez, doce millones de personas. Por supuesto que eso está vinculado a una perspectiva que no sería sólo patronal sino una perspectivajerárquica mayor en el sentido de que hay una vocación o un goce jerárquico del antiperonismo respecto de mirar hacia abajo ¿no? Y eso estuvo  presente en el 45 y sigue presente hoy. Y por otro lado hay algunas continuidades de otro tipo, que pueden situarse más en un plano específico como por ejemplo el odio brutal que hubo hacia la figura de Eva. Es un odio misógino que tiene una continuidad obviamente en la expresión que se usa sobre Cristina cuando se dice “yegua, puta y montonera”. ¿Qué implica esto? Implica que una mujer feminista que disienta políticamente con Cristina a mi juicio sería importante que pudiera salir a repudiar la misoginia contra Cristina. Así como si hubiera misoginia contra cualquier otra dirigente política. Cualquierreferente feminista es importante que, más allá  de sus adhesiones o no a esa figura en particular, luche contra todas las formas de la misoginia estén destinadas a quien estén destinadas.”



PERFIL: Alejandro Grimson es doctor en Antropología por  la Universidad de Brasilia. Es autor de "Mitomanías argentinas", "Mitomanías de la educación argentina" y "Mitomanías de los sexos". Es investigador principal del Conicet y profesor del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La Voz del Interior






miércoles, 31 de julio de 2019

Vida de Perro - Horacio Verbitsky (conversaciones con Diego Sztulwark)




Diego Sztulwark, coautor de Vida de Perro. Balance político de un país intenso, del 55 a Macri, cuenta cómo trabajó junto a Horacio Verbitsky este libro de conversaciones e Historia.



El libro Vida de perro es un singular tratado de política, historia y ética en el formato de una larga conversación, esa herramienta única para poner en cuestión la idea del discurso único. Horacio Verbitsky desgrana su mirada sobre la Argentina pero también ofrece el testimonio de una vida: la escuela en un colegio de pueblo, los primeros choques con el antisemitismo, las tardes de infancia pasadas en las villas, junto a su padre, el escritor que creó la denominación “villa miseria” para ciertos barrios carenciados.

También hay relatos sobre los comienzos en el periodismo, su método de lectura, su relación con el peronismo, una radiografía de las Fuerzas Armadas Peronistas y de Montoneros. La luminosa presencia de Paco Urondo y Juan Gelman. El rol central de la Iglesia Católica en el terrorismo de Estado. La guerra de Malvinas. La post dictadura y la recuperación democrática, la crisis de 2001, el asesinato de Mariano Ferreyra, el primer año de gobierno de Macri.

Aparecen aquí la presidencia del Centro de Estudios Legales y Sociales, sus columnas en el diario Página/12, la salida del diario y la creación de su nuevo proyecto “Cohete a la luna”.

Cada lector encontrará su propio punto de interés. Pero se destacan, sin dudas, las múltiples referencias a Rodolfo Walsh, una mirada crítica sobre la compleja figura de Jorge Bergoglio y el modo en que analiza el fenómeno del kirchnerismo en nuestro país.

En marzo de 2015 Macri gana las elecciones y Diego Sztulwark decide llamar a Horacio Verbitsky para insistir en un viejo proyecto: repasar la historia argentina desde su mirada.

Los encuentros se extienden por dos años. De allí surge Vida de Perro. Balance político de un país intenso, del 55 a Macri, un texto inclasificable en su modo de interrogar la realidad. La charla se da entre dos personas inquietas políticamente, que pertenecen a generaciones diferentes, que no coinciden plenamente en su pertenencia ideológica y que, por lo tanto, dialogan. Dos que entran al juego, cada uno con su estilo.



Número Cero conversó con Diego Sztulwark para reconstruir el proceso de escritura.

–En el prólogo señalás que “Vida de perro” no es una biografía ni un libro de historia.

–Exactamente. Es algo que se inventó en el medio, en tensión. Entre una vida que fue testigo, que fue protagonista, que supo investigar procesos políticos y una necesidad de hacer un balance político de varios momentos, de varios presentes sucesivos de la Historia argentina para tratar de comprender cuáles son las preguntas actuales. No sé si yo tenía tan claro cuando comenzamos el libro que iba a lograr esa tensión, ese “entre” que hace que haya historia y no sea un libro de historia, que haya vida y no sea biografía. Me parece que el hecho de que el libro no sea una entrevista sino una verdadera conversación con desplazamientos, tensiones, con autoironía, permite una escritura que es la que yo buscaba: que no quiere investigarlo a Verbitsky, ni se encandila con el personaje, ni intenta develar un misterio sino que está buscando, para el momento actual, método. Es decir, manejo de la información, rigor. Una fórmula que me parece bastante afortunada de Verbitsky es “una objetividad que no es neutral”.

–A lo largo del libro, entre las preguntas y las respuestas, hacés un trabajo de presentación, de contextualización, de análisis. ¿Cómo fue ese proceso?

–Con respecto a mi escritura es una mezcla de dos cosas. Al principio yo lo iba a entrevistar a Horacio y, antes y después de entrevistarlo, escribía. Impresiones, cosas que pensaba, iba anotándome lo que quería discutir con él, preguntas. Era un texto medio como de crónica paralela. Cuando terminamos de hacer el libro, cuando él vio las entrevistas me dijo: “Diego, quiero que escribas, que escribas vos”. Así que agarré y empecé a leer todo el desgrabado como lo tenía y a introducir. Los criterios eran: que haya una introducción, que haya un cierre, que haya aclaración de procesos, sintetizar cosas que él decía, introducir bibliografía que a mí me parecía importante y hacer contrapuntos con Horacio. Introducir puntos de vista que no eran los de Horacio. A veces puntos de vista míos pero, en general, lo que me interesó es contraponer a la versión que Horacio tiene de la historia y la política algunas versiones que venían de la izquierda. Y ya sobre el final, directamente polemizar con él sobre 2001 y especialmente sobre el kirchnerismo. Horacio no vio el texto que yo iba escribiendo hasta que se lo presenté en versión final. Un buen día leyó el libro y se fue enterando de cosas que yo escribía sobre él, los contrapuntos y los agregados y los aceptó todos. Esto incluye también entrevistas. Entrevisté gente por mi cuenta, hice todos los textos que a mí me parecían y Horacio los aceptó.

–Tanto en el prólogo como en el epílogo contás que tuviste que insistir para hacer este libro, que lo venías masticando y tratando de convencer a Verbitsky. ¿Se acercó a lo que habías imaginado?

–No, yo diría que supera. Lo que yo me había imaginado originalmente es un libro de entrevistas. Muy parecido al que hizo Roberto Mero con Juan Gelman, que se llamaba Contraderrota. Pero quedó un libro en donde mi participación terminó siendo mucho más exigida de lo que yo me imaginaba. Horacio me hizo escribir. Y me hizo entrar en contrapuntos. Además, la conversación creció mucho más de lo que me imaginaba. Quedó un libro muy grande, donde hay hipótesis sobre Verbitsky, hay hipótesis sobre el país, hay preguntas e invitaciones a discutir, hay contrapuntos explícitos sobre momentos de la coyuntura. En ese sentido, estoy muy conforme porque yo no quería que esto entre en una discusión sobre kirchnerismo y antikirchnerismo simplemente. O sobre quién es Verbitsky, el misterio Verbitsky. Yo quería una discusión sobre el método de investigación, sobre un testimonio histórico y sobre un balance político.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La Voz del Interior





domingo, 21 de abril de 2019

Visitas a La Perla - Gabriela Halac




Astillas de un archivo siempre abierto 

“Visitas a La Perla”, el nuevo libro de Gabriela Halac, pone en común la experiencia de diez “visitas no guiadas” al Espacio para la Memoria La Perla.


En 2011 se llevó a cabo una residencia de artistas en el Espacio para la Memoria La Perla, el ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio. Enmarcados en el Proyecto Phronesis Criolla, los residentes fueron invitados a trabajar en un proyecto personal “usando imágenes, acciones, video, texto y música.” 
En ese entorno, la poeta, editora y gestora cultural Gabriela Halac comenzó a preguntarse “qué sobrevive de La Perla en nosotros”. 
En una propuesta en la que la palabra más previsible era “yo”, Halac eligió decir “nosotros”. E hizo lo que viene haciendo hace años: dar espacio a lo nuevo, caminar por la frontera, ver el otro lado de las cosas y ayudarnos a mirar. Invitó a un grupo de personas y propició una serie de “visitas no guiadas”. Durante dos meses, la escritora pasó cuatro horas diarias en La Perla. En ese período recibió 10 visitas. Escuchó, sostuvo y compartió encuentros en un lugar donde alguna vez se buscó destruir el significado de esas palabras. Mientras los tiranos sigan la premisa “divide y reinarás”, decir “nosotros” será siempre un  gesto revolucionario.
¿Quiénes fueron los invitados? Integrantes de “una red de amigos, conocidos e interlocutores” a los que Halac convocó “con la convicción de que otras personas podían colaborar a restituir la humanidad perdida” y ayudarla a “asumir la magnitud del suceso.” Su intención era correrse del eje de quiénes eran los que tenían una voz “autorizada” para hablar o quiénes podían dar un testimonio “válido” sobre La Perla. La decisión fue buscar, en su entorno, personas con quienes pudiera pensar ese espacio y permitirse  entrar en otro nivel de intimidad en la conversación. 
Han pasado cinco años de esas visitas. Halac siente que ha llegado el momento de la “devolución”. Aunque parte de este trabajo fue mostrado en México y en Buenos Aires, nunca se ha visto en Córdoba. Convertirlo en un libro es una apuesta que se agradece y que, de algún modo, amplifica los efectos de aquellas visitas. Los lectores pueden recorrer las conversaciones y fotografías registradas en esos encuentros, junto a textos de Ileana Diéguez, Lucas Di Pascuale, Daniel Samoilovich y la misma Halac. 


Que lo que no desaparece nos movilice
En una charla con Número Cero, Halac reflexionó sobre la memoria y sobre experiencias relacionadas con “dejar de escuchar la historia como te la cuentan y empezar a construirla desde un lugar personal, que a la vez es de todos.”
Visitas a la Perla ofrece la posibilidad de preguntarnos “qué es lo que sobrevive de esa historia en nosotros hoy”. El libro, insiste su autora, “no tiene respuestas; tiene preguntas.”
No es la primera vez que Halac trabaja sobre la memoria; es uno de los nudos de toda su obra. La escritora no comulga con la idea de una memoria fosilizada. Su interés siempre ha girado en torno a la pregunta de cómo abordar algo sin fijarlo, sin condenarlo al monumento; cómo acceder a lo fragmentario y lo móvil. “Me interesa aquello que para existir está condenado a romperse, a mutar”, dice en las primeras páginas del libro.
En un momento de la charla, surge la palabra “Astillas”. A eso se refiere Halac cuando define a la memoria como un archivo que uno va abriendo todo el tiempo y al que va modificando en función de lo que es capaz de ver de ese pasado, desde la posición del presente. Para la artista, allí radica lo más interesante de los trabajos que abordan un contexto real desde lo subjetivo. 
Como lo señala el subtítulo, Visitas a La Perla puede leerse como “Ensayos sobre lo que no desaparece”. Ensayos múltiples, colectivos, corales. Ileana Diéguez lo resume perfectamente: “Si la dictadura había creado archivos contra otros, Visitas a La Perla buscaba generar archivos con el otro. Sobre el trabajo de la muerte y la desaparición se desplegaba el trabajo de hacer aparecer personas que tomaban e interpelaban las memorias del espacio.”
Halac demarca un territorio cuando dice: “Creo que hemos estado siempre con la mirada puesta en aquello que ha desaparecido, algo que es fundamental. Para mí, hoy, la pregunta es: ¿qué es lo que no desaparece? Yo, al menos hoy, decido ponerme en ese lugar de pensar qué puedo hacer con eso para que no se convierta en algo oscuro, relacionado con el miedo o la imposibilidad o el silencio. Qué puedo hacer para que se convierta en algo que actúe, que  permita cosas, que te mueva. Eso: que lo que no desaparece nos movilice”. 
Con la precisión, delicadeza y profundidad que caracteriza al catálogo de DocumentA/Escénicas, Visitas a La Perla es uno de esos libros que apenas aparecen se vuelven indispensables. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero




lunes, 28 de mayo de 2018

Recuerdos: Mi última entrevista a Abelardo Castillo.




“Hasta teníamos la sospecha 
de que el futuro del hombre era posible”

Abelardo Castillo presenta “Del mundo que conocimos”, una colección de cuentos donde dibuja su “mapa  personal”. En charla con Número Cero, el gran escritor argentino habla de su último libro.


En las primeras líneas del prólogo, Abelardo Castillo advierte: este no es un libro nuevo; “es apenas un nuevo libro”. Se trata de una aclaración especialmente dirigida al “lector atento” pero, al mismo tiempo, es un gesto relacionado con la ética. Cuentas claras, ningún engaño que pueda sumarse a ese género tramposo que Castillo llama las “sobras completas”. Del mundo que conocimos no incluye cuentos nuevos y sin embargo tiene la potencia de ser un dibujo del autor: el artista traza un recorrido propio, íntimo, “un mapa personal”. Quince relatos que construyen una constelación. Cada quien  imprimirá sobre ese conjunto una imagen diferente, con la certeza de que la trama que los une es, en cierto modo, un secreto que Castillo comparte con sus lectores en una lengua que aún está por descubrirse.

Un grupo de amigos, un prostíbulo, una navidad siniestra, un mendigo, la propuesta de un suicidio colectivo, un tren a un destino definitivo, un regreso imposible, un gesto de venganza. El alcohol y sus caminos, los desbordes, el arrepentimiento, la brutalidad, la conciencia, la mentira, la hipocresía, la muerte, la escritura, la locura, el miedo, la memoria, la pasión, la soledad, el fracaso, el desengaño, la crueldad. Islas del archipiélago Castillo que se van entrecruzando con menciones, ecos u homenajes a Discépolo, William Blake, Shakespeare, Kierkegaard, Edgar Allan Poe y Kafka. Todo eso cabe en Del mundo que conocimos.

–Usted define este libro como “un mapa personal” ¿Cuál es el territorio que releva? ¿Su vida? ¿Su obra? ¿Su modo de leer?

–Los tres. Yo puedo dar cuenta sólo de uno, mi vida, que es el que menos importa en un libro de ficción. Los otros dos, las relaciones con mi obra y mi modo de leer pertenecen más bien a la crítica, al análisis crítico, que no es el terreno más feliz para un autor.

–Sus “Diarios” y “Del mundo que conocimos” ¿son mapas del mismo territorio o cartografías de paisajes diferentes?

–Para decirlo con tus mismas palabras, son una cartografía de paisajes diferentes pero del mismo territorio: el territorio, por decirlo así, vengo a ser yo.

–El número de cuentos a incluir ¿lo descubrió al terminar la selección o era algo ya decidido?

–Empecé pensando en trece cuentos, que es mi número cabalístico: el número de relatos que tenía la primera edición de Las otras puertas. Me pidieron dos más. Entonces le dije a Sylvia Iparraguirre que ella me eligiera esos dos. Fueron “Por los servicios prestados y “El hermano mayor”; coincidían con mi propósito y los incluí. ¿Cuál era mi propósito? No era un propósito estético, y por eso no llamo antología a este libro. Hay por lo menos dos o tres cuentos míos que en una antología estricta quizá deberían estar y sin embargo no están. Uno es “Noche para el negro Griffiths”. Otro es “Vivir es fácil, el pez está saltando”, y otro “El decurión”: incluso me gustan más que algunos de los publicados, claro que el gusto del autor nunca tiene mucha importancia. Yo elegí cada cuento por lo que significó para mí en el momento de escribirlo. “Los ritos”, por ejemplo, significó la posibilidad de seguir escribiendo la novela Crónica de un iniciado. Hay relatos que están porque yo necesito que estén. No me interesa qué se piense de una historia como “Crear una pequeña flor es trabajo de siglos”, ese cuento necesitaba publicarlo.

–Usted dice en el prólogo que en este libro hay “páginas que son como mojones; otras, como saltos al vacío”. A sus ojos ¿hay  más de unas que de otras? 

–No soy capaz de juzgar de ese modo, estadísticamente, mi propio libro. Puedo, sí, señalarte algunos de mis mojones personales: “La madre de Ernesto”, “Patrón”, “La mujer de otro”, y algunos de mis saltos al vacío: “Los ritos”, “Crear una pequeña flor es trabajo de siglos”, “La fornicación es un pájaro lúgubre”.   

–Es interesante la distinción que hace entre un “libro nuevo y un “nuevo libro”. ¿Cómo saber cuándo el orden de las palabras puede cambiar el sentido de las cosas?

–Siendo escritor, es lo primero que se sabe. Ya he dicho muchas veces que la sintaxis no pertenece a la gramática, que toda sintaxis es en el fondo una visión del mundo. No es lo mismo decir: “Ahí está María”, que “María está ahí”. En el primer caso se privilegia a María, a la mujer. En el segundo, el espacio, la distancia que hay entre María y el que la observa. Es casi un salto de la filosofía a la física. Lo raro de todo esto es que el mínimo juego de palabras “libro nuevo” o “nuevo libro” tal vez sea posible sólo en nuestro idioma.

–Al mencionar al “lector atento” usted se pregunta si “esa especie, como tantas otras, no se ha extinguido en la Argentina”. ¿Qué especies extinguidas son las que más añora?

–La de los escritores y periodistas cultos, la de los políticos honrados y desinteresados. Te doy un solo ejemplo, que abarca las dos especies. Cuando Sarmiento dejó la presidencia de nuestro país tuvo que irse a vivir a la casa de su hermana porque se había olvidado de que no tenía casa propia. No sé si me explico bien...

–Los “Cuentos Completos” que publicó en 2008 llevan como subtítulo “Los mundos reales”, un nombre que –según la dedicatoria– eligió Sylvia Iparraguirre, su compañera. ¿Quién eligió el título de  “Del mundo que conocimos”?

–Sylvia Iparraguirre, otra vez. Cuando una tarde le pregunté cómo se podría titular esta selección, me dijo: “Llamala El mundo que conocimos que es el título que querías para los cuentos completos”. Lo único que hice yo fue cambiar “el” por “del”.

–Ya no son “mundos reales”. Ahora es un solo mundo, uno que ya no está, uno que fue conocido –experimentado– por un “nosotros”. ¿Podría hablarnos de ese desplazamiento?

–Me gustaría, pero nos llevaría páginas enteras. Hay, sin embargo, por lo menos un cuento en este libro donde ese desplazamiento está expresado simbólicamente, que es la mejor manera que tiene la literatura de ficción para expresar ciertas cosas. Ese cuento es “El tiempo de Milena”. 

–¿Cómo es (o cómo era) el mundo que conocimos?

Un mundo más menos así: cantaban juntos Los Beatles, todavía no habían muerto Einstein o Thomas Mann; estaban perfectamente vivos Hermann Hesse, Borges, Mishima, Faulkner, Hemingway y Henry Miller; Jean-Paul Sartre polemizaba con Albert Camus; pintaban Bacon y Pollock, bailaba Galina Ulánova, se discutía si Marlon Brando era un fraude o era lo que efectivamente fue, un genio; uno podía llamar por teléfono a la casa de Piazzolla o verlo tomar whisky en una bañadera a Vinicius de Moraes; y por el otro lado, no menos esencial, se creía en el despertar revolucionario de los pueblos del África, en la liberación latinoamericana, en el pasaje del estalinismo totalitario al verdadero humanismo socialista; se creía que las palabras podían dar testimonio de la verdad y hasta teníamos la sospecha de que el futuro del hombre era posible. Esta sospecha, por lo menos, algunos todavía la conservan.



Eugenia Almeida

Publicado en La Voz del Interior.
26/03/2017

sábado, 7 de enero de 2017

Entrevista a Ricardo Piglia


En homenaje, en la despedida, una entrevista de 2013






Entrevista a Ricardo Piglia

El escritor argentino acaba de publicar “El camino de Ida”, una novela que incluye una intriga amorosa, un extraño accidente y numerosas referencias literarias. Inspirado en parte en el caso del Unabomber, un matemático ermitaño que atentaba con cartas bomba, el libro propone un retrato crudo de algunos aspectos de la sociedad estadounidense.


El camino de Ida (Anagrama) podría considerarse una novela de campus. Una de esas historias que transcurren en el mundo sofocante de las universidades. Podría emparentársela con Crímenes imperceptibles, de Guillermo Martínez, o con Todas las almas, de Javier Marías.

Hay una historia de amor, una muerte, una empecinada resistencia, una mirada extranjera y muchas referencias a la literatura: Hudson, Melville, Sarmiento y Conrad, entre otros. Pero hay algo más: una reflexión sobre el modo de vida estadounidense y las extrañas estrategias de expresión política que ese Estado produce.

Un grupo de profesores, cada uno especializado en un escritor en particular, otorgan el escenario para una historia que se detona a partir de un accidente. Uno de esos profesores es Emilio Renzi, alter ego de Piglia que aparece en muchos de sus libros. Thomas Munk, el personaje más inquietante de la novela, está libremente basado en la figura del Unabomber.

Ricardo Piglia atiende el teléfono al mediodía, en su casa, con una cordialidad y una disposición a la charla que sorprenden. A lo largo de la entrevista va a dejarse llevar por distintos temas, va a hacer chistes -aunque se sienta obligado a aclarar que se trata de un chiste porque "el periodismo no acepta la ironía"- y va a recorrer algunas de las líneas que atraviesan su último libro.

-En la novela algunos personajes se dedican a estudiar a ciertos escritores (Ida se especializa en Conrad; D'Amato, en Melville; Renzi, en Hudson; Nina, en Tolstoi). ¿Un personaje presupone ciertas lecturas o son las lecturas las que le dan forma al personaje?
-Estoy interesado en esos escritores más allá de esta novela. He tomado notas sobre ellos durante muchísimo tiempo. Ahora, ¿por qué están ahí? Tolstoi y Hudson son antecedentes de Munk, crean un clima interno en la novela, sin que esté explícito, para que después se entienda por qué a alguien se le puede ocurrir irse a vivir al medio del monte. Tolstoi abandonó sus propiedades, dejó de escribir e hizo una vida campesina. Hudson estaba en Inglaterra y detestaba de tal manera la Revolución Industrial y la modernización que tenía nostalgia de la pampa. Lo mismo pasa con Thoreau, que también aparece por ahí. En la novela tienen esa función: crear en el lector -de un modo secreto- la cuestión de que hubo mucha gente a la que se le ocurrió que la única manera de resistir una sociedad tan despótica y tan abstracta como esta era la vuelta a la naturaleza.

-A lo largo de la novela usted intercala fragmentos de su diario personal.
-En general hago eso en todos mis libros. En este caso de un modo más directo porque yo tenía los diarios de mi etapa de Princeton. El libro está hecho con fragmentos de realidad. Lo que hay en el diario -cosas vividas por mí-; el personaje de Munk, que está inspirado libremente en Unabomber; Nina, la rusa, que está inspirada en Nina Berverova. Ella vivía en Princeton, la vi un par de veces. Vivía cerca y un día fui a besarle las manos. Yo la admiraba muchísimo. Era una viejita divina y una escritora extraordinaria. En lugar de hacerla como era ella, hice que Nina fuera biógrafa de Tolstoi. Eso me permitía hablar de Tolstoi y también de la relación entre él y Hudson. Tolstoi admiraba mucho Allá lejos y hace tiempo. Esas redes a mí siempre me han gustado.

-En la novela Renzi dice que Hudson es "uno de los acontecimientos luminosos de la descolorida literatura argentina". ¿Usted comparte esta definición?
-Totalmente. Basta leerlo, es un escritor extraordinario. Borges dijo al pasar, allá por los años '30, que el sentimiento de la llanura argentina estaba mejor en Hudson que en José Hernández. Uno tenía la sensación mucho más vívida de lo que era la vida de la llanura leyendo a Hudson que leyendo a Hernández. Es un escritor del nivel de Joseph Conrad. Y tenemos la suerte de que todos sus temas y todos sus libros suceden en la Argentina. Martínez Estrada también lo considera un escritor argentino. Ahora se lo lee menos porque a todo el mundo se lo lee menos. Pero es un clásico en Inglaterra. Virginia Woolf lo consideraba el mejor prosista de la lengua inglesa. Ojalá que la novela sirva para que a alguien se le ocurra darle una mirada a Hudson.

-En "Respiración artificial" usted planteaba el hipotético encuentro entre Hitler y Kafka. Aquí, Renzi sugiere que es posible que Sarmiento se haya encontrado con Melville.
-Bueno, es un poco eso. Son cosas que son reales o pueden haber sido reales pero que son instaladas en el mundo de la ficción. Esa es mi manera de trabajar. El encuentro entre Sarmiento y Melville es muy verosímil. La que nosotros conocemos como Mary Mann, de apellido Peabody, era la hermana de la mujer de Hawthorne, el de La letra escarlata. Todos vivían en Concord. Eran mujeres extraordinarias, eran las que sostenían las economías familiares y eran las intelectuales. Y Melville estaba por ahí. Como Sarmiento los visitaba (Mary Mann era su traductora y su amiga), no sería descabellado pensar que en alguna de esas visitas se encontrara con Melville. Yo veo a Facundo y a Moby Dick como libros gemelos. Libros de las grandes distancias, con personajes malvados pero muy seductores, como Facundo y Ahab. Libros que son híbridos, que no se sabe bien qué son, que son como enciclopedias y novelas. Siempre tuve ganas de investigar eso. Alguien lo hará en algún momento.


Un extraño modo de vida
 
-Uno de los temas que aborda la novela es el terrorismo. Nina dice que, en el marco de las grandes ficciones sociales, "en el siglo XXI el héroe será el Terrorista".
-Yo creo que es visible eso. El soldado Manning, acusado de filtrar información, me hace acordar mucho a Munk. Un chico que no soportó la violencia en Irak, no soportó esa violencia contra los civiles y entonces empezó a actuar. Y por supuesto, inmediatamente, como en el caso de Munk, empiezan a decir que está loco. Empiezan a crear esa idea donde la política se diluye porque alguien que se opone al sistema norteamericano no puede ser un tipo...

-¿Normal?
-En su sano juicio...

Piglia se ríe. La risa contagia.

-La otra cosa que me sorprendió es que, como le pasó a Munk (o a Unabomber), el FBI hace una investigación extraordinaria y termina descubriendo a la gente por la delación. Porque a este muchacho lo delató un hacker amigo.

-Tratando de entender los motivos de Munk... Usted dice: "En el límite, el terror garantizaba el acceso a la palabra pública".
-Esa cita está en el documento de Unabomber. Él dice que no importa si uno publica un libro o si lo sube a Internet. Igual, a nadie le interesa. Él percibe muy bien la situación, cómo está todo cristalizado, cómo hoy la información circula de una manera tan delirante que nadie se detiene en nada. Y dice entonces esa frase tan increíble: "Hemos matado a algunas personas para que nos escuchen".

-Estados Unidos es descripto como un país "donde las razones políticas radicales" son vistas "como desvíos de la personalidad". Si los que se oponen al sistema son muchos, es inevitable ver la raíz política. Entonces, parte del trabajo del Estado es aislar a quienes protestan y presentarlos como "perturbados", casos psiquiátricos.
-Sí, es un doble movimiento. Por un lado, cuando una persona es echada de su trabajo no tiene ninguna posibilidad de ir a un sindicato, de que haya una movilización que lo ayude, está absolutamente aislada. Y es muy probable que si existieran esas instancias estas personas no reaccionarían subiéndose a una terraza y matando a todos los que trabajan allí. Es la condensación extrema del conflicto político que no se ve. En Estados Unidos no hay sindicatos, no hay manera alguna en que alguien pueda encontrar una forma de no quedar encerrado, aislado, solo en su casa. Entonces, por un lado eso genera esa reacción, que yo no vivo como una reacción psicótica. La vivo como una reacción política individualizada al máximo. Y la sociedad, después, en lugar de decirse: "Bueno, qué hay detrás de este acontecimiento", inmediatamente dice: "Este tipo es un loco". Lo mismo que pasaba en la Unión Soviética. La tortura está legalizada en el sistema de Estados Unidos. Al soldado Manning lo tenían encerrado en una celda de dos por dos, en aislamiento, 23 horas por día. En una sociedad donde hay una especie de cordialidad obligatoria, por abajo hay una violencia increíble.

–Como el tiburón que, en la novela, tiene en su sótano el profesor D'Amato...
–Claro, ahí hay otro ejemplo de algo que está en la realidad. Es muy habitual, hay un grupo de gente muy amplio que hace eso en los sótanos, incluso se intercambian los peces por Internet. Yo conocía la situación y se la atribuí al personaje. Esas cosas son muy difíciles de inventar.

-¿De verdad tienen tiburones vivos en el sótano? Yo creí que era un hallazgo de la ficción...
-Nooooo... Ojalá se me hubiera ocurrido a mí. Son unas peceras increíbles. Casas victorianas, muy elegantes, y vos bajás las escaleras y te encontrás con una especie de acuario monstruoso donde hay pulpos y tiburones. Supe que se encuentran en los estacionamientos de los supermercados y ahí se intercambian los pescados. Ponen avisos: "Te doy un tiburón si vos me das una orca". Como un dealer de droga. Y se paga la diferencia de precio y uno se lleva el pescado que busca y el otro tiene una barracuda, qué se yo... Es un país muy interesante los Estados Unidos. Pero también hay que rescatar la tradición de la gente que ha luchado contra la guerra de Vietnam, contra la guerra de Irak. Siempre ha habido una tradición que viene de la Beat Generation y de los hippies, la mejor tradición norteamericana. El que es lúcido en esto es Noam Chomsky. Chomsky es un santo. Uno puede estar o no de acuerdo con lo que piensa pero él se la pasa leyendo la información y saca todo lo que puede. Es un poco como Munk, pero pacífico. Es el académico norteamericano más prestigioso y sin embargo es un activista que denuncia a Estados Unidos como nadie.

-Usted establece una relación entre Chomsky y Munk en el libro.
-No me acordaba...

-Dice que Munk fue el primer estudiante undergraduate (después de Chomsky) en lograr que su Junior Tesis se considerara un aporte a la disciplina.
-Sí, claro. Chomsky dio vuelta la lingüística cuando tenía 17 años. Con un paper. Una monografía. Esa idea de que todas las lenguas tienen en común una misma gramática la escribió a los 17 años. Unabomber hizo lo mismo. Son tipos muy inteligentes. El problema es cómo alguien tan inteligente toma esas decisiones.


 
Contracorriente
 
-Tanto en "Blanco nocturno" como en "El camino de Ida" hay personajes influenciados por Simone Weil. ¿Qué relación tiene con el trabajo de la filósofa francesa?
-Simone Weil está en la misma línea de Munk. Vivir pobremente... Tienen una ética que no es la ética del capitalismo. Tolstoi, Simone Weil, todos los que estamos nombrando. Hudson era un tipo superhumilde, vivía en unas pensiones... no le importaba nada todo eso. Uno valora a esa gente. El propio Borges tenía esa ética. Vargas Llosa cuenta que lo fue a ver una vez y conversan y de pronto Vargas Llosa se siente cómodo. El departamento que tenía Borges en la calle Maipú era un departamento muy modesto... Y Vargas Llosa le dice: "Pero, Borges, cómo puede vivir acá, en un departamento así". Y entonces Borges se levanta, lo saluda y lo echa. "En Argentina", le dice, "los caballeros no hablamos de estas cosas". Borges al día siguiente decía: "Vino un peruano. Debe trabajar en una inmobiliaria porque quería que me mudara".

Piglia vuelve a reírse y es fácil imaginarlo en su casa, observando la locura del mundo con interés, con curiosidad, con cierta extraña alegría.

-También retoma la idea de Wittgenstein de la ética como "un estallido".
-Claro, es que estamos siempre ahí. Porque también hay mucho odio hacia lo otro, hacia ese mundo despótico que condena a mucha gente a la pobreza. En general, es gente pacífica pero siempre está cerca de decir: "Esto no puede seguir así". Me parece que va por ahí el asunto, la idea de cómo puede ser que haya una injusticia tan extraordinaria y que nadie... En fin, llega un momento en que algunos toman decisiones que son excesivas.


Futuros caminos
 
-Hace unos días contó que está trabajando en algunos cuentos protagonizados por Croce (el comisario de "Blanco nocturno") y que planea escribir un ensayo sobre cómo aparecen representados los escritores en las novelas.
-Son los dos proyectos que tengo entre manos. El asunto de los escritores es que me gustaría escribir un libro sobre la literatura pero no sobre la literatura "real", los escritores el señor Vargas Llosa o el señor Tal sino más bien sobre Stephen Dedalus (el escritor de Joyce) o Tomatis (el escritor de Saer) y ver cómo viven, qué es lo que hacen, cómo se ganan la vida. Un poco lo que hice con el lector en El último lector. Escenas en las que aparecen escritores imaginarios que crean una especie de mundo paralelo, una sociedad literaria donde está lo mismo que está en la sociedad nada más que imaginariamente. Eso me interesa. Son libros difíciles porque uno los hace durante toda la vida. No me puedo poner a leer eso ahora para averiguarlo. Tengo que mirar las notas que tengo, si no es imposible.

-En una conversación con Roberto Bolaño, usted dijo que le gustaría escribir una "Enciclopedia Biográfica de Traductores Inmortales (e invisibles)".
-Son geniales los traductores. Leen línea por línea y palabra por palabra. Son los únicos verdaderos lectores que uno tiene, los que leen todo el libro con mucho cuidado porque tienen miedo de equivocarse. Si uno dejó una puerta abierta en un capítulo y después está cerrada, quieren saber si realmente la cerró un personaje o uno se equivocó y se olvidó. Son grandes lectores. Y son personajes muy invisibles, de los cuales nadie habla. Creo que hay que valorizar ese trabajo.


Eugenia Almeida
Publicado en Ciudad X
Agosto 2013


viernes, 30 de diciembre de 2016

Entrevista a Guillermo Saccomanno




En tránsito y en trance


Seis cuentos certeros, precisos, filosos. Seis modos de asomarse a una complejidad difícil de nombrar. Seis versiones del temblor, el límite, la soledad, el abismo, la ausencia, el borde. Ese es el territorio donde trabaja Guillermo Saccomanno. En Cuando temblamos, su último libro, el autor avanza un paso más. No es casual que la tapa ofrezca la imagen de un camino  perdiéndose en la oscuridad y la niebla. Un camino que nos lleva a un lugar irremediable, irreversible; un viaje que va a dejarnos su marca para siempre.

–Tus personajes tiemblan de miedo, de furia, de frío, de ese furor hueco que hay entre una cosa y otra. ¿Qué te hacía temblar mientras escribías estos cuentos?

–Durante años, en Villa Gesell, me confiné en la lectura de filosofía y poesía. Es verdad, estaba hastiado de la prosa. Y poco de lo que se publicaba me atraía. Encontraba una standarización de las prosas, salvo algunas excepciones. Gesell también suele enfrentarme conmigo y esto me pasó en los últimos años. Ahí me puse a leer Kierkegaard. Tratar de entender y aceptar la angustia como natural. Temblor ante el deterioro físico, miedo en lo social –por ejemplo este gobierno de derecha, neoliberal de pura cepa, que cercena libertades y devasta lo que encontró del anterior–, el temblor como componente de lo cotidiano. El temblor es parte de uno. No es sólo una metáfora. La escritura de estos cuentos me impuso escarbar el asunto. Uno tiembla ante lo que vive en lo social pero también por lo personal. Cuando estuve internado por una meningitis y más tarde por un accidente cerebral, pedía mi cuaderno de diario. Me aterraba perder la conciencia del día anterior. El diario, la escritura, me ayudaba a situarme en el presente. Me costaba reconocer mi letra. Pero me las ingeniaba para adquirir una cierta conciencia de la situación.

–Muchas de estas historias transcurren en territorios en los que se pierde toda referencia de tiempo y espacio. ¿Es inevitable pensar en territorios así si uno se enfrenta a la ausencia?

–La intemperie, esa es la constante de estos cuentos. Una intemperie que, vuelvo a repetirme, es lo social pero también, a menudo, la propia conciencia. Mi compañera Fernanda García Lao me pasó una conferencia de Derrida: “¿Por qué no temblar?” Fue un texto iluminador. Los personajes de estos cuentos están librados a su suerte en la inclemencia y el desasosiego. Por delante se encuentran con el desierto –y no sólo como categoría filosófica–. Se trata del desierto del alma, la pregunta dostieskiana de qué pasa si Dios no existe. ¿Está todo permitido? Aunque no se lo cuestionen explícitamente estos cuentos refieren la ausencia de Dios en ese sentido. En este aspecto la Patagonia, un territorio que recorrí bastante años atrás y que a menudo aparece en lo que escribo me atraía como posibilidad de paisaje. A la vez, siempre el camino, esa fusión del camino concreto con el camino existencial, llámese Tao o llámese elección de destino. Y los personajes de estos cuentos, todos, están en el camino, en tránsito y en trance.  

–“Escribo para olvidar” dice uno de tus personajes. ¿Para qué escribís vos, hoy?

–Los escritores mentimos y nos mentimos bastante. Hablamos de la memoria. Pero basta a veces escribir un hecho traumático vivido para pasarlo al sótano de los recuerdos. No creo ser una excepción. Me olvido de lo que escribí. No puedo volver sobre lo publicado. Ni quiero ver mis libros anteriores. Ya este mismo libro corresponde a lo anterior. Escribo hacia adelante, sin mirar demasiado atrás. Escribo como resistencia, escribo porque no encuentro otra forma de salir de mí mismo, escribo porque creo que del otro lado de la página hay otro, otro que es y no es mi doppelgänger, pero se le parece. Escribo porque me parece un acto de búsqueda de solidaridad. Escribo porque, siguiendo a Pavese, es un oficio, el oficio que elegí o me eligió. Y tiene que ver con el oficio de vivir.

–En algunas de estas historias está presente la idea del Mal. ¿Cómo definirías vos este concepto? ¿Dónde encarna hoy?

–El Mal, como absoluto, lo tenemos corporizado, a la vista, con sus pasitos de cumbia en el balcón de la Casa Rosada. Su doble discurso, su impunidad en el robo con una sonrisa buitre, la transferencia de recursos de los pobres a los ricos. Ese Mal que festeja su impunidad entre globos amarillos es el que hoy despide, hambrea, reprime como método de disciplinamiento. Ese Mal enquistado siempre en el poder de turno, pero que hoy se visibiliza en su impunidad mediática. Ese Mal que, no nos hagamos los distraídos, fue la elección de un 51 por ciento de votantes. El Mal ha sido, mal que nos pese, una elección existencial del prójimo que nos flanquea.

–¿Que estás leyendo?

–El último año, Marguerite Duras, casi todo Duras. Y los diarios de Kafka. Y como siempre, poesía. Mis lecturas pueden rastrearse a través de las notas que escribo para Radar. Una lista que comprende tanto a Pound como a Tranströmer, a Celan como a Strand. Cada vez más estoy convencido que los narradores debemos prestarle más atención a la creación poética. Por qué negarlo: la poesía es mi frustración secreta.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero






domingo, 20 de noviembre de 2016

Navegar con la mirada en movimiento (Entrevista a Rodrigo Fierro)






Navegar con la mirada en movimiento


El escritor Ryszard Kapuscinski decía que el encuentro con el otro “constituye desde siempre la experiencia fundamental y universal de nuestra especie.” Quizás en esa experiencia esté condensado lo que nos ha sido dado: ir hacia el otro en ese río que es el encuentro.

Algo de eso late en Embarcados, el libro - DVD publicado por Viento de Fondo. La primera película del fotógrafo Rodrigo Fierro, dos video-poemas basados en textos de Gastón Sironi, escritos de Emilio Garbino, Sironi y Fierro y una colección de fotografías que dan testimonio de un viaje; un trayecto sostenido en la amistad, la conversación y el interés por los modos en los que fluye la fe. En uno de los textos, Fierro se plantea “cuestionar los confines de la propia creencia” y señala que esa frontera, “la más difícil de atravesar”, muchas veces “se encuentra justo frente a nosotros: el otro, nuestro confín más cercano.” De eso se trata. De un estar siendo, en compañía. 


Detrás de cámara

Rodrigo Fierro es un hombre alto, de una amabilidad inusual, con un modo de decir manso pero decidido. Tiene una extraña mezcla de fuerza y serenidad. Recuerda a esas perfectas cañas de bambú que saben moverse al ritmo que marca el viento, sin dejar de ser lo que son. 

Presenta su primera película, un “ensayo documental” que transcurre en el Río Bermejo y en las calles de la ciudad de Embarcación, en la Provincia de Salta. ¿De qué habla este ensayo? De hombres que viajan en bote, charlan, se encuentran con gente del lugar y se asoman a celebraciones religiosas. Hay algo en el relato que tiene que ver con la entrega, con dejarse llevar, con admitir las transformaciones. La amistad, el arte de la conversación, el descubrimiento, las fronteras, la extranjería, la identidad, el cambio y el tiempo compartido.

Hay risas, silencios, un campamento, una fogata. Dos pescadores baqueanos. La fe, el ritual, la celebración, la procesión de la Virgen de Urcupiña. Una peluquería, las luminosas intervenciones de Flor Miranda, las caminatas, el Bermejo, una radio donde se mezclan el guaraní y el español, las fiestas de San Roque y San Cayetano. Un viaje: abrirse a lo que sucede, saber que todo plan es precario y provisorio, saber que el mapa no es el territorio, saber que uno va a ser otro si se deja atravesar por la experiencia. Saberlo y aceptarlo. O saberlo y resistirse. A veces las palabras funcionan como un modo de protegerse de la experiencia. Otras, como una manera de apropiarse de lo vivido.

Sobre eso pone el ojo Rodrigo Fierro. El cineasta sabe encontrar la belleza y revelarla. La imagen de la Banda de la Gendarmería Nacional interpretando un tema de Sandro se vuelve tan conmovedora como la de un torbellino que se alza sobre la arena, llenando de formas lo invisible.


El origen del viaje

–¿Cómo surgió el proyecto?
–Surgió de sendas conversaciones y complicidades con amigos. El primer chispazo fue conversando con Patricia Llaya, quien me comenta de su terruño, Embarcación, a orillas del Río Bermejo, y así enciende el deseo de esas aguas, algunas veces deseadas, y luego postergadas. Con Emilio Garbino, compañero de navegaciones y caminatas, varias veces conversamos sobre el Bermejo y sobre cómo se podría filmar algo de lo que experimentamos en nuestros agrestes derroteros, en torno a la conversación: entre nosotros y con otros. Estos fueron los primeros bocetos y, de a uno, los amigos se fueron sumando para darle forma y corazón al proyecto.

–¿Cuánto pasó desde ese momento a hoy? 
–Pasó mucho tiempo, una eternidad, varias vidas. Esos chispazos iniciales fueron en 2007 y 2008. Recién en 2010 y 2011 pudimos viajar a filmar. En estos años cambiamos sobre todo nosotros. En mi caso, nunca trabajé en un proyecto que me demandara tiempos tan largos. Y es un proceso muy extraño. Me reconozco con otros deseos, preguntas, pareceres, que cuando viajé a filmar. Y aún otro de cuando realizamos junto al “Sentidor” (Gastón Sahajdacny) el montaje. Son varias mudas de piel, y eso me genera una distancia, un no reconocerme del todo en el trabajo, viéndolo a la distancia. Es una sensación extraña, como que es un trabajo hecho por alguien que en varios aspectos se siente diferente hoy.

–¿Cuándo fue el viaje? 
–En agosto de  2010. Hay una escena filmada en un viaje anterior de reconocimiento, donde fui solo; y hay dos escenas de un viaje posterior, al que fuimos cuatro miembros del grupo en agosto de 2011. El viaje central duró unos 15 días, de los cuales tres fueron de preparativos, cinco días de navegación por el río y finalmente una semana más en Embarcación. Viajamos siete personas: Emilio Garbino y Juan Iosa como protagonistas, Gastón Sironi como escritor, Ezequiel Salinas como camarógrafo, Gastón Sahajdacny como sonidista, Patricia Llaya como productora y yo. Allá se sumaron al grupo Alfredo Iyesca y Pelado Mendoza como guías, navegantes y estimados nuevos amigos y protagonistas del proyecto en la etapa de río. Y en la etapa urbana se sumaron con participaciones Flor Miranda, Vicky Pacheco y Don Marcial.



Los ríos de la fe

–En uno de los textos del libro decís que desde 1990 has viajado por cursos de agua. ¿Qué hay ahí que te atrae?
–Me llevó varios años entender esa atracción por el agua, más allá de que siempre busqué seguir ese deseo. A veces navegando algunos ríos con amigos, o en caminatas en sus orillas, fundamentalmente con Emilio. Caminar con los pies en el agua, o navegar con la mirada en movimiento. Andar, discurrir en la naturaleza. Un libro sobre la naturaleza del paisaje fue un paso para entender esa atracción: El arte del paisaje, de Raffaele Milani. “Caminar, como dejarse resbalar sobre el agua en una barca, son instrumentos de la mirada encantada”, dice Milani. A pesar de que mis caminatas y navegaciones fueron sin cámara hasta el año 2007, esta mirada en movimiento, el contacto con la naturaleza, ha sido y es un fuerte estímulo. Los griegos clásicos no tenían la palabra “paisaje”, que aparece varios siglos después, pero describían al “Genius Loci”, el genio del lugar, como escenario donde los Dioses veían a los hombres y viceversa. Aquellos lugares de armonía en la naturaleza que de alguna manera se encuentran habitados por el “genio del lugar”. El diletante y la sorpresa de la mirada móvil son condimentos de esta experiencia que me gusta cultivar, y de donde nace el proyecto Embarcados. Y en ese contexto, el diálogo. La palabra, la reflexión en movimiento, que es la humilde manera en la que siento me puedo acercar a la filosofía en un sentido práctico, no intelectual ni académico, ya que es muy poco lo que yo conozco sobre filosofía. Caminar o dejarse resbalar por el agua con Emilio, quien sí se dedica al estudio formal de la filosofía, y poder gozar del privilegio de dialogar. Esa experiencia es la cuna de este proyecto.

–La película también aborda el tema de la fe.
–Siempre me interesó la fe, y me interesa. Embarcados se nutre de esa curiosidad, aún sin compartir explícitamente los credos cristianos o sincréticos que se ven reflejados en el trabajo. Agradezco mucho en este sentido la buena disposición del grupo, en su disposición para acercarse a estas manifestaciones generosamente, ya que para varios compañeros es una experiencia ajena. En mi caso, tengo un acercamiento a la fe a través del Budismo, y poder compartir experiencias vinculadas a la fe en un sentido universal, más allá del credo en particular, me resulta movilizador. De alguna manera siento que todas las religiones tienen un punto en común de contacto, o en realidad los seres humanos compartimos una naturaleza vinculada a la experiencia de fe, aún los ateos o agnósticos... Puesto que la religiosidad o la fe puede manifestarse de maneras personales también, no ligadas a las religiones institucionales.

–¿Qué relación estableces entre el río y la fe?
–Todas, y ninguna de manera unívoca. Si se tratara de asociar la fe con la naturaleza, creo que tiene rasgos emparentables con el río, con el discurrir... con algo que fluye. Sin embargo la fe se vincula con la luz y el sol, con el ímpetu del rayo, con el mar o la montaña, con el sucederse de las estaciones donde siempre luego del invierno viene la primavera. Las metáforas de la fe y la naturaleza son muchas y cada una aporta lo suyo. Creo que en la película surgió esta asociación (un tanto ingenua, o infantil, o algo tosca pero bella a la vez), donde el río tiene que ver con la procesión en el marchar y el discurrir, en el caminar. Volviendo al comienzo, dos maneras de discurrir: caminar y navegar en silencio, desplazase atentos, escuchando, con el corazón y la mirada móvil.


Una investigación de objeto indefinido

–La película está estructurada en partes que remiten a términos propios de una investigación (“Marco teórico”, “Trabajo de campo”, “Evidencia empírica”). ¿Cómo apareció eso? 
–Surgió de manera espontánea mientras trabajábamos en el montaje con “Sentidor” (Gastón Sahajdacny). La trama de alguna manera es sobre dos investigadores y una investigación de objeto indefinido. Uno de los libros que sirvió de referencia previa del proyecto fue El antropólogo inocente, de Nigel Barley. En ese texto, se narran las desventuras de un antropólogo al adentrarse en una cultura desconocida, poniendo de manifiesto ciertos rasgos absurdos o contradictorios en esa pretensión clásica occidental de “saber - conocer” sobre otras culturas. Embarcados trata sobre este acercamiento nuestro a un contexto cultural y geográfico desconocido, aunque de manera menos estridente que un inglés en África. Mucho de las ciencias sociales y de la fotografía y el cine documental tiene que ver con el conflicto de acercamiento a “un otro”. Las maneras, las diferencias, las empatías como seres humanos universales salen a la luz. Durante mis trabajos de fotografía callejera comenzaron a tomar forma algunos cuestionamientos sobre esta problemática: uno, la cámara; el otro, el poder, la mirada, qué construcción de mundo y de vínculos surge de ese encuentro. La historia del colonialismo y de la fotografía (o la filmación) como instrumento de dominación se entrecruza en esas convergencias. Se habla y escribe de la necesidad previa de conocerse, de encuentros profundos previos como necesidad para validar ese proceso y ese “conocimiento”. Son terrenos donde me surgen muchas preguntas y Embarcados es un primer viaje donde registramos esos conflictos o choques y esos primeros encuentros y primeros pasos para “conocerse” en bruto. Y las torpezas, asperezas y  pliegues donde comienza a gestarse un vínculo. Al asumir el proyecto, con este carácter de ensayo y prueba en bruto sobre esta problemática, resultó natural apelar a estos conceptos de investigación social como “marco teórico”, “trabajo de campo”, cuando de alguna manera, al no estar precisados con las reglas y límites que el trabajo de investigación académico requieren, cobran un tono literario o algo fantástico... Invitan a una reflexión sobre cuánto de literario tienen algunos conceptos o paradigmas que solemos utilizar de manera estereotipada en ciertos campos.

–Más allá de lo técnico y lo que es propio de cada uno de los lenguajes ¿hay algo en vos que cambie al pasar de la fotografía al cine?
–Sí hay un cambio: en la fotografía juego de local y en el cine juego de visitante. Y asumo esa extranjería como una aventura, y este proyecto en particular aborda el carácter de “ensayo” en tanto prueba y error, como trabajo desde lo desconocido, con sus aciertos y desaciertos saliendo a la luz. Una aventura: entrar en la espesura de lo cinematográfico con cierto desconocimiento y desde la desprolijidad del borrador, de la primera prueba, del tanteo en lo desconocido.



PERFIL: Rodrigo Fierro nació en Córdoba en 1970.  Es Perito fotógrafo y Licenciado en Cine y Televisión. Ha recibido múltiples reconocimientos, entre otros el Primer Premio Salón Municipal Córdoba Artes Visuales (2013) y el Primer Premio Asociación de Amigos del Museo Caraffa “Fotografía Contemporánea Argentina”, Córdoba (2008). Parte de su trabajo puede verse en http://cargocollective.com/rodrigofierro/adminedit


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X