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jueves, 6 de julio de 2017

Por qué leer “El arresto”, de Perla Suez




Habría que mencionar algunas palabras. Y que sean ellas las que hagan el dibujo. Decir, por ejemplo: herencia, silencio, sangre, naturaleza. Decir: lazos, cadenas, persecuciones, huellas. Decir: fronteras, diáspora, inmigrantes, tierra. Decir: animales, furia, desencanto, guerra. Habría que hablar de un cuerpo que trata de sostenerse en pie bajo una tormenta infinita. Una tormenta que puede venir de la naturaleza o de la especie humana; ellos, los otros, el mundo extraño que se construye usando las identidades como excusa para la violencia. 

Habría que resistirse a la tentación de explicar. Limitarse a mostrar. Poner frente a los ojos una escena que vuelva innecesario el lenguaje. Y después decir sólo dos palabras: Perla Suez. Y así, dejar que sea eso lo que hable de esta escritora que desde hace años viene dejando su huella en nosotros. Hacerle un pequeño homenaje recurriendo a su herramienta más feroz: un lenguaje increíblemente económico que se vuelve pura densidad. Un puñado de palabras que se hacen  invisibles a causa de su poder.

Las novelas de Suez recuerdan las marcas que van dejando algunos caminantes cuando recorren un sitio desconocido. Una piedra, una apacheta, dos ramas secas cruzadas sobre un sendero. Algo que nos oriente en la inmensidad; algo que señale el recorrido que hemos hecho,  que nos permita saber si ya habíamos pasado por allí, sí ya habíamos sabido alguna vez lo que luego olvidamos. 

Suez escribe y activa un dispositivo de detonación retardada. Hay algo en esas frases breves, en esos espacios en blanco, que pueden hacernos creer que estamos a salvo. Y sin embargo ahí  está, en alguna entrelínea, el estallido que puede iluminarnos o dejarnos ciegos. Y, como en los sueños, es casi imposible decir qué es lo que nos ha sacudido, por qué, qué significa. Pero uno sabe.  

Por estos días vuelve a las librerías El arresto, la segunda novela de Perla Suez, publicada por primera vez en 2001. Una historia que luego formaría parte –junto a Letargo y Complot– de la Trilogía de Entre Ríos. Es ese el territorio que elige la escritora para hablar de una familia de inmigrantes –judíos rusos– que busca acompasar sus recuerdos de nieve y trineo al clima tenso del litoral. Cantos cosacos y arroceras entrerrianas, lluvias temibles y ríos que se desbordan. Dos hermanos que se asoman al odio. Y el más joven que decide irse a Buenos Aires, donde se encontrará con ese estallido de violencia conocido como la  “Semana trágica”. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero

http://www.lavoz.com.ar/numero-cero/por-que-leer-perla-suez





sábado, 20 de mayo de 2017

Enciende los candiles





“En la casa de la esquina vivía una mujer a la que le decían la Señora de La China. No sé de dónde salió eso. China no era. 
Casi no hablaba. Casi no salía. A veces, cuando pasábamos por la vereda, se veía su sombra atrás de los vidrios. Yo siempre la imaginaba en batón. Un batón de flores mínimas y viejas, gastadas en su pequeñez. En una casa vecina había pájaros. Se oía el ruido desde la calle. El grito frenético y nervioso de los canarios.
Los chicos andaban siempre con tramperas. Maquinarias desoladas destinadas a transformar una reina mora en un animal que tiembla en la semipenumbra. Prisiones donde se lastimaban las alas los cardenales, buscando responder el llamado de otro prisionero. Todos tenían las mismas tramperas. Una cárcel de tres cuartos. En el del medio, un pájaro encerrado que servía de llamador. Y, a cada lado, pequeñas celdas con un mecanismo que abría el techo para dejarlo caer cuando un pájaro entraba a buscar el agua y la comida que se usaba como señuelo. El resorte saltaba y el techo caía con un golpe de hierros y huesos. Vi muchos pájaros destrozados por esa violencia. Pájaros agonizantes que algún chico sacudía en la mano haciéndolo bailar en el sonido de la siesta. Somos una especie terrible, a veces. 
Ahí iban los chicos, tramperas en mano, a meterse en el monte. Jugaban a cazar, a destruir, a desguazar. A eso nos enseñaban a jugar en esos años espantosos. Jugaban a atrapar bichos y a meterlos en frascos repletos de formol. Ese color verde azul de los cuerpos atrapados. Uno aprende mucho del horror de los años de infancia.”

Mi amiga hace una pausa, prende un cigarrillo y mira hasta la calle. Veo cómo sube el humo con una sensación extraña. Quisiera estirar la mano para tomar yo también un cigarrillo pero hace más de un año que dejé de fumar. Este encuentro ha sido casi casual, inesperado. La alegría de volver a ver a alguien con quien hemos compartido los primeros años de la juventud. Es viernes. Es casi media noche. La mesa del bar está en la vereda, a la vera de una ruta por la que casi no pasan autos. Mi amiga prende ese cigarrillo y sigue diciendo lo que necesita decir.

“Los chicos iban al monte. Se oían sirenas, aviones, trenes. El mundo se movía. Todo se movía. Pero la Señora de la China, no. Trato de reconstruir los momentos en que la vi. Cómo era. Qué estaba haciendo. Trato de recordar las cosas que se decían de ella. Todo era medio dicho; medio callado. Hablo de unos cuarenta años atrás. Esos años.
En la escuela alguien decía “la bruja”. ¿Quién es la bruja?, preguntaba otro. La Señora de la China, decían. Y había un temblor nervioso, un miedo, algo incómodo. Sólo nombrarla producía eso. Conversaciones siempre terminaban en algún chillido, en un ataque de risa o en un cambio abrupto de tema. Una vez alguien dijo que se había robado un chico y se lo había comido. Otro dijo que no, que se había comido dos chicos pero que no eran ajenos, que eran sus propios hijos. 
Eso se decía en la escuela. En la calle. En la canchita. En la vereda. Una vez, dos se pelearon a trompadas y uno le dijo al otro: “a la noche vengo con mi primo, te busco y te tiramos por arriba de la tapia al patio de la China”. El amenazado no quiso salir de su casa una semana. A todos los chicos les pareció comprensible. Los grandes no preguntaron pero era obvio que sabían algo. Cuando los chicos nombraban a la Señora de la China, los grandes corregían. “No digan así, digan bien, la señora Funes tiene nombre”. Digo Funes por decir algo. Podría ser Pérez o López o Márquez. No me acuerdo el apellido. Tenía dos sílabas y se acentuaba en la primera. Funes suena bien. Las madres decían “no hablen así” o “basta de hablar” o “dejen a la señora Funes tranquila”. Y eso llamaba la atención. Que para los grandes el mencionarla ya era quitarle tranquilidad. Quizás porque eran ellos los que no querían nombrarla. Era una suerte de fantasma. Casi no salía, casi no se la nombraba. Alguna vez alguien dijo una frase que, en aquel momento, no entendí: “un manto de piedad”. Eso. Que dejáramos caer sobre ella un manto de piedad. Y cuando oí eso lo que me vino a la mente fue la tapa de los tramperos cayendo y aplastando un cuerpo.”

Mi amiga sirve en nuestros vasos lo que queda de cerveza.

“Una de las veces que vi a la Señora de la China fue una tarde en que me había quedado dormida en la vereda. Me sentaba, al sol, y me dormía. Tengo la rara habilidad de dormir con los ojos abiertos. El problema es que los otros pueden leer como desprecio o indiferencia lo que es pura ausencia. O peor aún, pueden asustarse. Eso era lo que tenía la Señora de la China cuando yo reaccioné: miedo. Miedo y un enorme alivio cuando contesté “sí” a la pregunta repetida de “¿estás bien?” Me ayudó a levantarme. Me acomodó la ropa. Hubo un momento de vacilación frente a la puerta hasta que ella dijo “¿querés entrar a tomar la leche?”
Las dos temblamos. Ella nunca tenía visitas. Yo tenía prohibido entrar a la casa de alguien sin pedir permiso antes. Dije que sí. Entré. Me senté a una mesa de madera con un camino tejido a bolillo. Una taza enorme de café con leche. Galletas en una lata. Una charla sobre cosas mínimas. Era como si las dos hubiéramos decidido no hablar de lo extraño que era estar ahí, juntas. Sobre una cómoda había dos fotos. Un hombre de traje, viejo. Dos hombres jóvenes apoyados contra una lancha, sonriendo al borde de un río. Mirar y no preguntar. Nunca. Así era nuestra infancia hace cuarenta años. No preguntar.
Cuando volví a casa no dije nada. Era mi secreto. A la hora de cenar a los grandes les molestó que casi no comiera. No dije por qué no tenía hambre.
Unas noches después, corridas, golpes, gritos. Una banda de sonido que no era  rara en esa época. Mis padres soltaban las persianas con un golpe para aislarse de lo que pasaba afuera. 
A la mañana siguiente, al ir al colegio, la puerta destruida, caída sobre el piso, en la casa de la esquina. Desde la vereda, apenas un vistazo de ese living, de esa mesa de madera, apenas un vistazo, el tironeo de los grandes para mirar al frente y apurar el paso.
A la Señora de la China se la llevaron, dijo alguien en la escuela. ¿Se la llevaron quiénes? No preguntar. ¿Se la llevaron por qué? No preguntar. ¿Se la llevaron a dónde? No preguntar ¿Cuándo va a volver?
Esa fue nuestra infancia. Así era. Hace cuarenta años.”

Mi amiga llora. Lloramos. No es un llanto gritado. Es una cosa fuertísima que deja caer lágrimas mientras construimos la fuerza para resistir.

Desde alguna casa llega el sonido de una radio. Aquella vieja canción de Charly García. Su voz diciendo: “enciende los candiles que los brujos piensan en volver / a nublarnos el camino”. 

Hay un silencio. Un momento en el que todo lo que queremos decir se dice ahí. En nuestra decisión, imperturbable, de resistir el retorno de la oscuridad. 

Encender los candiles, hoy, es estar juntos. Atentos. Alertas. Despiertos. Y juntos. Como nosotras dos, a medianoche, en la vereda de un bar, recordando el pasado, construyendo el futuro. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días contados
Ilustración de Juan Delfini







lunes, 15 de mayo de 2017

Han querido dañarnos y nos han hecho más fuertes




Desánimo. Esa es la palabra que estaba habitando las cosas. Desencanto, pena, bronca, tristeza.

El cansancio de sentir que las malas noticias llegan una atrás de otra. Que no hay respiro, que es la era del desguace, del silenciamiento, de la reclusión, del hostigamiento, del desamparo.

Tan desanimada, tan sin eso que nos permite movernos. Así estaba. Me sostenía en pie a pura terquedad. Porque esa ha sido siempre mi estrategia de supervivencia. Porque sé que hay que aguantar, que a veces se trata justamente de esperar, de resistir.

Me sostenía en pie, sin esperanza.

Y lo dije en un grupo de amigos. Y una amiga, más grande, más curtida, más sabia que yo, se escandalizó ante eso que dije: “no tengo esperanza”. Se escandalizó de modo tal que hubo una conversación fuerte, un puñado de personas en una vieja casona cerca del río, reunidos en torno a los libros, dejándonos caer en la necesidad de hablar de lo que pasa.

Mi amiga, Susana, se escandalizó amorosamente. Ella ha luchado, ha sostenido, ha construido. Aún ahora, ya jubilada, sigue siendo maestra de muchos. Maestra mía.

Y luego, la noticia del 2×1.

La sacudida.

Descubrir que lo que muchos creíamos caminado volvía a presentarse como desafío.

Y entonces, mi propia vergüenza. La vergüenza de haber sentido desánimo, de haberme quejado, de haber puesto en duda la esperanza. La vergüenza de flojear. De ver a Estela de Carlotto y a Sonia Torres y a tantas abuelas y madres y pensar en lo que nos han dado. Si ellas en tiempos del horror no perdieron la esperanza, con qué derecho hablar nosotros de agobio, de cansancio, de desencanto.

Y entonces sacudirse la tierra, levantarse del suelo, limpiarse los ojos y tratar de estar a la altura de ese ejemplo. Y marchar. Marchar el miércoles 10 de mayo; esa tarde que, en mí, el deseo de esperanza se volvió realidad, andamio, una red que nos reúne y nos sostiene.

Toda esa gente, reconstruyendo una esperanza tan bombardeada el último tiempo, tan puesta a prueba, tan atacada.

La esperanza no se consigue a voluntad. Es como la fe. Está a o no está. Viene o no. Y vino. En toda esa gente que estaba ahí.

Camila Sosa Villada escribió en su cuenta de twitter: “este mamarracho del dos por uno ha puesto a personas que creía irreconciliables, de repente, en el mismo lado. No está tan mal la cosa.”

Eso sentí.

Han querido dañarnos y nos han hecho más fuertes.

Y ahí, entre la gente, escuchando a Sonia Torres, supe que no iba a encontrar palabras para expresar lo que sentía, lo que estaba pasando, lo que volvía a ponerse en pie. Y pensé en una canción de la brasileña Ana Carolina que dice: “Mi esperanza es inmortal”. Y sé que ahí, en las palabras de otro, con un cambio nodal, encuentro lo que quiero decir: Nuestra esperanza es inmortal.






domingo, 7 de mayo de 2017

El NUNCA MÁS se defiende hoy





Ningún 2 X 1 
para los crímenes de lesa humanidad. 

No a la impunidad. 

Verdad, memoria y justicia.


viernes, 21 de abril de 2017

Bookycooky (Babelio): Comentario sobre la versión francesa de "La tensión del umbral"



L'échange de Eugenia Almeida

Titre original: La tensión del umbral....la tension de seuil parlant par exemple d'un semi-conducteur, une tension minimum au-delà de laquelle il y a passage de courant.

Argentine, Buenos Aires, les années récentes,

Dans le quartier du Bajo, place Herral, en plein jour, une jeune femme braque un type à la sortie d'un bar, avant de retourner l'arme contre elle-même et se suicide....

Guyot , un journaliste qui prend l'affaire au début comme une simple chronique,suite aux comportements bizarres qui s'ensuivent avec l'enquête et son enterrement hâtif , va s'y intéresser de plus près. Ses copains à la police qui lui donnent un coup de main au départ, vont vite essayer de l'en dissuader....mais il s'obstine, il veut comprendre pourquoi la fille s'est tuée?

Guyot joue avec le feu.Les déchets de la dictature des militaires des années 80 , plus de trente ans après, subsistent au cœur de toute la hiérarchie gouvernementale, et dés qu'on les remue à peine, tradition oblige, ils tuent. 

Guyot arrivera-t-il à passer le seuil de l'immondice , dans un système qui reste dominé par le secret et la menace permanente ?

Deuxième livre d'Almeida que je viens de lire. Un style sec, concis, des descriptions de lieux et de personnages, très visuelles, on croirait lire une pièce de théâtre. Pas toujours facile de suivre les nombreux caractères impliqués dans la trame, surtout que les chapitres sont courts et on change de tableau à chaque fois. Mais avec très peu de mots, quelques détails, elle nous fait ressentir d'une façon forte, presque brutale, la psychologie des personnages et la tension du moment....extraordinaire.Un brin d'humour égaye de temps en temps cette atmosphère glaciale où personne ne se fie à personne, tout le monde a peur de tout le monde... brrrrr...

Tension garantie jusqu'à la fin, attention, ne pas dépasser la tension de seuil !




viernes, 14 de abril de 2017

Rebelde (Libfly): Comentario sobre la versión francesa de "La tensión del umbral"





L'Echange 
d'Eugenia Almeida

"Au bout d’un certain nombre d’horreurs vues de près, les yeux se détournent et ne reviennent pas. Jamais. Le corps qui n’a pas pu s’éloigner des autres s’éloigne de lui-même. "

Seules les deux sœurs qui vivaient à proximité de son appartement se rappelleraient son sourire et sa gentillesse. Pour les autres, elle resterait le corps retrouvé devant un bar ; la morte d’El Bajo. La femme au trou dans la poitrine, fleur écarlate et éternelle. Une béance inconcevable indiquant qu’avant de faire la une des journaux, la défunte avait eu une vie dont il ne subsiste désormais aucunes traces… Rien si ce n’est le sang qui s’échappe de cette blessure mortelle qu’elle s’est elle-même infligée. Qu’elles avaient été ses pensées au moment où elle avait pressé la détente ? Qu’avait-elle ressenti quand l’homme qu’elle avait apostrophé et sur lequel elle avait braqué son revolver avec tant de sang-froid l’avait ignorée, dédaignée comme un obstacle infime sur le trottoir, un événement futile sur le chemin de sa vie ? Julia Montenegro, la trentaine à peine entamée, avait une vie à construire. L’affaire sera vite classée par la Police … Un peu trop sans doute car il est des incendies qu’il vaut mieux éteindre avant qu’ils ne consument jusqu’à votre propre moelle. Suicide : telle est la conclusion de l’enquête bâclée pour ne pas dire étouffée. Martín Guyot, un journaliste local, veut faire la lumière sur l’histoire de Julia et découvrir les raisons l’ayant conduite à mettre fin à ses jours. Au-delà d’un pur intérêt professionnel ou de zèle exacerbé, la résolution du mystère entourant la mort de cette jeune femme revêt des enjeux personnels. Le décès de son épouse, assassinée à leur domicile, fait douloureusement écho à celui de Julia. Pour conserver un équilibre mental qu’il a mis du temps à recouvrer après cette tragédie, Guyot se lance dans une quête de vérité qui ne sera pas sans conséquences. Ses contacts dans le milieu policier et celui des médias auront beau le mettre en garde, il s’aventurera dans les eaux secrètes de la corruption quitte à y entraîner quelques-uns de ses proches. En se débattant dans les courants contraires de la vérité, Guyot remuera la vase et fera remonter à la surface les secrets enfouis d’un pays dévasté par la dictature.

A partir d’un sombre fait-divers, Eugenia Almeida, évoque une Argentine portant encore les stigmates d’un régime absolutiste et inique mené une quarantaine d’années auparavant. Suggérant les faits au lieu de les mettre en lumière, l’auteure, argentine elle-même, souligne la complicité muette mais avérée des autorités politiques et militaires ayant favorisé et soutenant encore aujourd’hui la déchéance de son pays. Enlèvements, passages à tabac, règlements de compte ne sont que lieux communs sur cette terre où le personnage de Julia s’érige en symbole d’une jeunesse mutilée par l’Histoire.

Un grand merci à Libfly et à l'Association Colères du Présent pour cette découverte.

Ecrit par : Rebelde




lunes, 10 de abril de 2017

Kafkas - Luis Gusmán






Artistas del trapecio   

Actuamos cotidianamente como si supiéramos quiénes somos y quiénes son los demás. El concepto de identidad al que recurrimos es un amuleto falso. Ya desde el título de este libro, Luis Gusmán parece decir que no va a dar por válida esa construcción social que presenta a las personas como figuras planas que pueden ser explicadas fácilmente. El autor introduce el plural y marca el territorio: va a hablar –va a escribir– sobre la multiplicidad. Ese ha sido siempre el espacio que Gusmán visita y recrea en su obra: los dobles, los espejos, los reflejos, la alteridad, lo que está aquí y allí en su imposible pero real existencia.

En la tapa se ve a Kafka sentado junto a un perro. Una de las manos del escritor está apoyada suavemente sobre sus piernas. La otra reposa sobre la cabeza de animal. El rostro de Kafka se ve claramente. El perro aparece borroso, como si fuera alguien venido del mundo de los sueños. También allí hay una clave de lectura: la nitidez o la bruma están determinadas por la mirada. 

El libro está dividido en tres partes (“El escritor”, “Sus papeles” y “El artista”), a su vez desglosadas en capítulos encabezados por una o más citas. Gusmán pone esas palabras (las suyas, las de Kafka, las de otros autores) en una red de tensiones y encuentros. 

Gusmán tiene un modo de abordar la figura de Kafka como si fuera una voz que narra un sueño. Va, vuelve, retoma algo que ha quedado olvidado, juega con relaciones lejanas hasta que consigue hacernos ver que eso que parecía casual es en realidad esencial; propone recorridos hechos en un escenario  onírico en lo que todo es lo que es pero también otra cosa.

El libro recorre diferentes aspectos de la vida y la obra del gran escritor checo. Para empezar, el peso de la letra K como inicial de un nombre que no llega a formularse y lo que cabe en esa omisión. 

Todo en Kafka hace pensar en una lucha. Una lucha infinita, desmesurada, imposible. Una lucha hecha en el aire, como sólo podría hacerla un artista del trapecio, alguien que ya no tiene lugar, que debe buscar lo propio en la incomodidad, en el movimiento, en desplazarse siempre tras algo que está más allá. La realidad se presenta como impedimento. Él resiste. Reconoce la enormidad de la lucha, sufre. Pero resiste. Le otorga una enorme importancia a los sueños. Los anota. Va creando con ellos, según dice Gusmán, una “autobiografía paralela y nocturna”. Todo parece ser un juego de fuerzas entre la vigilia, la somnolencia, el soñar y el insomnio. La otra cara de su conflicto esencial: la necesidad imperiosa de escribir y la imposibilidad de hacerlo.

Kafka es puro cuerpo. La escritura es una actividad física; algo que exige un gasto energético casi insoportable. El autor checo busca una y otra vez un lugar propicio para escribir, una posición que permita aunar cuerpo y escritura  sin que el nexo entre uno y otra sea el dolor físico.

Escribe cartas. Desespera ante la falta de respuesta. Entra en una espiral desquiciada. Se queja de que las cartas le impiden escribir, propone suspender la correspondencia pero incluso esa propuesta toma la forma de una carta. Escribe sin parar quejándose de que no puede escribir. Como si no pudiera ver en las cartas una versión posible de la escritura.
Kafka parece estar siempre acorralado por la imposibilidad. Se asfixia en la permanente falta de tiempo. Lo desvela la necesidad de “comunicar lo incomunicable”. 

Gusmán va incorporado elementos como lo haría un malabarista que, en cada gesto, agrega algo más en qué reparar, algo más para formar esa totalidad que flota gracias al talento del artista callejero. Sin dudas, Kafka es uno de los escritores claves de la historia de la literatura. Quizás porque logró darle cuerpo a ciertas realidades que nadie había podido nombrar con tanta precisión, hay algo en él que siempre permanece como misterio. 

Luis Gusmán nació en Buenos Aires en 1954. En 1973 su primera novela, El frasquito, produjo un gran revuelo por su vanguardismo. Ese mismo año fundó la revista Literal junto a Osvaldo Lamborghini y Germán García. Visitante asiduo de las librerías de usados, durante una época trabajó como librero. Psicoanalista de profesión, ha escrito una larga obra que incluye cuentos, novelas y ensayos en los que suele jugar con una de las herramientas del psicoanálisis: la asociación. El derivar de una cosa a la otra con la convicción de que hay ahí, en el dibujo que subyace a ese movimiento, una verdad que sólo puede ser abordada desde el misterio y nunca desde la explicación.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





jueves, 6 de abril de 2017

SYLVIE LAVAINE (CULTURE-CHRONIQUE.COM) Comentario sobre la versión francesa de "La tensión del umbral"



"Tout commence par le banal suicide d'une jeune fille, en pleine rue, en Argentine. Guyot est journaliste, il est rapidement dépêché pour relater ce fait divers. Mais, intrigué par cette mort, il décide d'en connaître davantage. Il questionne les policiers et ses supérieurs. Les réponses évasives, loin de le satisfaire, l'incitent plutôt à en savoir plus.

Que s'est il passé pour que Julia Montenegro, cette jeune fille, à priori sans histoire, décide de se donner la mort? Guyot a perdu sa femme, sauvagement assassinée quelques années auparavant. Cette nouvelle disparition vibre en lui douloureusement. Il commence donc ses investigations en fouillant, fouinant dans la vie passée de cette femme. Les réponses qu'il obtient le conduisent à l'hémérothèque pour y consulter des journaux et des archives. Bizarrement, plus il avance, plus il sent des réticences venant des autorités. Il comprend vite que ses recherches ne plaisent pas. Des menaces, à peine voilées, pourraient le dissuader de continuer. Au contraire, il s'oblige à aller au bout, il est tenace, persévérant. Il n'est cependant jamais bon de vouloir réveiller les monstres endormis. De lugubres affaires datant de l'époque de la dictature ne tolèrent pas d'être mises à jour. Alors la réponse est expéditive quand il est question de faire taire des personnes trop gênantes.

Avec L'échange, Eugenia Almeida signe un livre oppressant où les infiltrations de la corruption continuent à causer des dommages. La peur et la mort rôdent en permanence, elles sévissent au fil des pages et rendent la lecture haletante."


SYLVIE LAVAINE (CULTURE-CHRONIQUE.COM)



miércoles, 22 de marzo de 2017

El azul de las abejas - Laura Alcoba




Descubrimientos 

Tiene ocho años y vive con sus abuelos. Su padre está preso en una cárcel de La Plata. Es 1976, su madre acaba de exiliarse en Francia y la está esperando. Comienza a estudiar francés como una forma de anticiparse a lo que vendrá. Cada quince días visita a su padre en la prisión y hace con él un pacto: cuando ella esté en Francia leerán los mismos libros y se escribirán una carta por semana. El viaje se demora. Cuando finalmente la niña parta, ya habrá cumplido diez años. Del otro lado del océano la espera la extrañeza ante aquello que imaginó durante tanto tiempo.

Acostumbrados a relatos que hablan del exilio sólo desde la pérdida, solemos olvidar que también puede implicar un descubrimiento. Descubrir el lugar al que se llega y encontrar a la vez una nueva mirada para lo propio: el lugar del que se partió, lo que quedó atrás, lo que permanece en uno. En El azul de las abejas, la voz que suena es la de esa niña que va reconociendo su identidad entre lo presente y lo ausente. No se trata de polos opuestos, por el contrario: la conversación epistolar que mantiene con su padre es una hermosa manera de hacerle lugar a quien falta. 

Lo cotidiano va tejiendo una armonía particular, hecha de dificultades y desafíos. La niña va y viene del español al francés, del idioma al cuerpo, de lo que permanece a lo que cambia, de lo autentico a lo “casi verdadero”, del silencio a las palabras. Se construye a sí misma en esas cartas que intercambia con su padre, en los libros que leen juntos, en ese idioma ajeno que se presenta como una promesa, en el encuentro con los nuevos amigos, en la delicada inclinación hacia lo diferente. Y en ese vaivén descubre que sólo lo falso permanece inmutable, todo lo vivo cambia y se transforma, se convierte en otro sin dejar de ser el mismo.

El azul de las abejas aborda temas complejos: el desarraigo, las separaciones, la persecución política, el exilio, la clandestinidad, las ausencias, los descubrimientos, las pasiones, el lenguaje, la discriminación, los reconocimientos, la posibilidad de cambiar, la curiosidad y el deslumbramiento ante lo desconocido. Un libro lleno de belleza, donde la simplicidad oculta y devela una profundidad que no puede aparecer en las palabras sino en los silencios, en aquello que queda bordeado por lo que se dice. Como si entre las palabras  surgiera lo innombrable, lo que no encuentra modo de decirse y, sin embargo, es dicho. El libro es, también, una declaración de amor a la lengua francesa, ese idioma extraño que “deja caer sonidos y al mismo tiempo los retiene, como si en el fondo no estuviera muy seguro de querer liberarlos.”

¿Cómo se construye un lazo? ¿Qué modos del amor pueden crearse desde la ausencia? ¿Qué trae aprender una nueva lengua? ¿Qué gestos cotidianos convocan la memoria? Afortunadamente, la novela no responde estas preguntas. Las detona. Y ese es uno de los  méritos del último libro de Laura Alcoba. La historia de esta niña y su modo de maravillarse ante el mundo y sus detalles ponen al lector en estado de pregunta. Lo invitan a suspender la costumbre de dar una sola respuesta a lo que sucede. 

En un momento la niña dice que para poder hablar bien en francés “hay que hacerles creer a los labios que uno dirá una cosa y de pronto decir otra.” Quizás en esa frase esté la mejor forma de explicar cómo esta novela expone la luminosa potencia de lo sencillo. 

En 2008 Laura Alcoba se hizo conocida en Argentina por la publicación de La casa de los conejos. Escrito originalmente en francés y traducido al español por Leonardo Brizuela, el libro tuvo una gran repercusión y se convirtió en un título insoslayable a la hora de hablar de la literatura que aborda la última dictadura militar. El azul de las abejas puede pensarse como la continuación cronológica de aquella primera novela. Se trata de la misma niña. Pero el tono, el estilo y el abordaje son tan diferentes que uno tiene la tentación de hablar de obras hermanadas más que de una continuación. Ambas historias tienen un sustrato biográfico: lo que allí se cuenta es parte de lo que vivió Alcoba durante su infancia. Sin embargo, no se trata de literatura testimonial. No hay aquí la intención de dar cuenta de una verdad sino la voluntad de crear una obra de ficción.  

Laura Alcoba es un caso particular: tanto Francia como Argentina la consideran una escritora nacional. Tal vez sea esta doble pertenencia la que le permite construir una obra que va más allá de las dicotomías y propone nuevas miradas.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




sábado, 18 de marzo de 2017

Corboland78 (Babelio): Comentario sobre la versión francesa de "El colectivo"



Le temps : 1977. Le lieu : un petit village argentin, « torturé alternativement par des inondations et des tempêtes de poussière et de sable », coupé en deux par la voie du chemin de fer qui en sépare les classes sociales. Les acteurs : Ponce, un avocat, Marta, sa femme, Victoria, sa sœur venue passer quelques jours avec eux ; Ruben, le patron de l’hôtel du village, le commissaire de police et deux ou trois autres personnages. Le pitch : Depuis trois soirs, l’autobus qui mène à la ville, traverse le village à toute vitesse sans s’arrêter, laissant Victoria en rade alors qu’elle voudrait rentrer chez elle. 

Roman très court, une novella, L’Autobus est une très subtile évocation de l’Argentine durant la période trouble débutée en mars 1976 quand un coup d'Etat dirigé par une junte de militaires (Jorge Videla) renverse Isabel, la troisième femme de Perón, ancienne vice-président de son époux, et sa veuve depuis 1974. Toute la finesse en réside dans le non-dit, aucun nom propre ni référence explicite à des dirigeants ou des faits précis, mais par petites touches comme le ferait un peintre impressionniste, un climat s’instaure, de la surprise à l’inquiétude. 

Pourquoi ce bus ne s’arrête pas ? Pourquoi la barrière du passage à niveau est-elle condamnée à rester baissée ? Et ce wagon qui bloque le passage du train ? Qui est ce couple, résidant à l’hôtel et qui veut lui aussi partir du village, un couple adultère disent les commères… Petit à petit des rumeurs ou des informations non vérifiées remontent, un homme et une femme seraient recherchés par l’armée mais déjà la peur s’est abattue sur tous, même le commissaire ne pose pas de questions, il ne fait qu’obéir aux ordres sibyllins de ses supérieurs, « Le silence, c’est la santé ». La réalité de la dictature militaire atteint le fin fond des campagnes. 

Il y a aussi le personnage central de Ponce, respectable en apparence, bonnes études et brillant avocat mais qui par dépit et rigidité morale épousera Marta, avant de la condamner à expier sa propre erreur en l’envoyant croupir dans ce bled perdu. Effroyable comportement macho auquel la malheureuse ne pourra survivre qu’en perdant partiellement la raison, seule arme à sa disposition. Ce ponce qui ressentira l’humiliation quand malgré ses grands gestes pour l’arrêter, le bus le frôle à tombeau ouvert, au vu de tout le village, symbole d’une autorité bafouée. 

Un bien bon roman.






martes, 14 de marzo de 2017

Villa del Parque / Jorge Consiglio



¿Quién es ese que escribe como si fuera detallando las oscuras maravillas que rugen en el mundo? ¿Quién es ese que va buscando las minucias de los días? Migas de algo que sabemos enorme pero que se manifiesta ahí, en los pequeños rincones de la experiencia. ¿Quién es ese que cuando escribe nos recuerda que cada ínfimo movimiento construye o destruye realidades?

La voz de Jorge Consiglio avanza haciendo lo que pueden parecer mínimas proezas pero luego se revelarán como huracanes, tsunamis, terremotos que sacuden aquello que dábamos por establecido. Y lo hace como un monje zen: su habilidad le permite pasar como una sombra que sólo se detecta cuando ya ha hecho su trabajo.

Una mujer lee un informe científico en un bar de una ruta mientras el ruido del tráfico se transforma en un mantra. Un hombre se recupera de su convalecencia y descubre “un debilitamiento de las cosas”. Una niña confiesa “tenerse miedo”. Dos mujeres se dejan ir en “esa grata pesadez de la siesta”. Una lluvia altera “la lógica del espacio”. Alguien usa “las obras de Chejov como si fueran los hexagramas del I Ching”. En cada uno de los siete cuentos de Villa del Parque hay una mirada que se apoya en las personas con una sensibilidad especial, con una firmeza tenue: la de quien acepta lo terrible y lo frágil de nuestra especie.

Jorge Consiglio es, además de narrador, poeta. Narra pero también dice cosas como “imito a las plantas en eso de crear el mundo”. Y uno debe hacer una pausa porque algo nos ha cegado, detenidos en un camino que se ha iluminado bajo un relámpago inesperado.
En uno de los cuentos, alguien dice “me gusta pensar que hay vínculos misteriosos entre las cosas de la vida. Cualquier acto, por razones que ignoro, puede asociarse con cualquier otro”. Esa es la sensación que recorre todo el libro.

Hay algo de oriental en la minuciosidad de la paciencia y la belleza que Consiglio pone en juego en sus relatos. Algo que es imposible poner en palabras y que, por eso, sólo puede revelarse en el fuego del entusiasmo. Lean Villa del Parque. Déjense tomar por eso que está allí, entre las letras, entre una escena y otra, eso que se abre como una puerta. Entren. Van a encontrar algo tan sencillo como una colección de cuentos. Pero también algo infinito, poderoso: una forma  singular de experimentar el mundo.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero




viernes, 10 de marzo de 2017

Sophronie (Babelio): Comentario sobre la versión francesa de "El colectivo"




L'autobus de Eugenia Almeida




"Un roman où l'on se croirait dans un western, à attendre de savoir qui va dégainer en premier, ou qui va déclencher les hostilités. Très théâtral aussi. Des phrases courtes qui distillent l'action. Une fresque où chacun tient son rôle sans savoir pourquoi, ni oser sortir du rang. Car dans ce petit village retiré d'argentine, loin du régime de terreur politique qui règne en ville, la chasse aux "insurgés" arrive quand même. Les habitants en sont témoin de loin, sans rien y comprendre."






domingo, 5 de marzo de 2017

"Dame Letra": un año en el aire




El equipo de "Dame Letra" celebra su primer año. 
Estamos felices y muy agradecidos por tantas muestras de afecto. Gracias por la compañía.


Un agradecimiento muy especial a los que pasaron por nuestro estudio o, de alguna manera, hicieron posible este año de lecturas compartidas: 

Hernán Ronsino, Juan Forn, Gabriela Halac, Lilia Lardone, María Teresa Andruetto, Cristina Bajo, Perla Suez, Eloísa Oliva, María Negroni, Sandra Comino, Magela Baudoin, Nelson Specchia, Natalia Viñes, Carlos Schilling, Laura López Morales, David Voloj, Fernanda Pérez, Miguel Russo, César Barraco, Celeste Aichino, Jorge Consiglio, Christian Kupchik, Ariel Ingas, Gabriela Adamo, Esther Cross, Perla Suez, Ana Cacopardo, Paula Mónaco Felipe, Ana Prada, Pata Kramer, Stella Galazzi, Fernando López, Javier Mattio, Revista La Balandra, Alejandra Laurencich, Maumy Gonzalez, Barbara Couto, Agustín Minatti, Rosa López, Natalia Monasterolo, Marina R. Pérez, Marcelo Casarín, Virginia Rozza, Emiliano Fessia, Pate Palero, Daniela Spósito, Lepka, Fanue, Javier Folco, Karina Fraccarolli, Carlos Gazzera, Juan José Gorasurreta,  Librería del Palacio, Editorial Leteo, Riverside Agency, Anagrama, Edhasa, La Brujita de Papel, Ediciones Documenta / Escénicas, Editorial Comunicarte, Eduvim, Editorial Planeta, Tusquets,  Editorial Limonero, Babilonia Literaria, Penguin Random House, Sebastián Lidijover, Victoria Cotino, Gloria Rodrigué, Alberto Mateu, Paola Lucantis, Magdalena da Porta, Cecilia Sánchez, Ediciones de la Terraza, Rubén Libros, Librería Universitaria, Filba.





Hacemos "Dame Letra": 

Eugenia Almeida (Conducción y producción) 
 Cecilia Cortés (producción y musicalización)

Nuestras columnistas de LIJ: Florencia Ortiz y Valeria Daveloza.

Gracias especiales a los operadores, locutores y colegas de Radio Universidad que nos han acompañado este año. 




sábado, 4 de marzo de 2017

La dictadura ilustrada / Carlos Sampayo




Artistas, locos y criminales

La dictadura ilustrada, el nuevo libro de Carlos Sampayo, ofrece una trama de trece cuentos que tejen una constelación de historias enlazadas. Un taller mecánico donde se trabaja y se conversa; un paquete olvidado en un viejo colectivo; un avión sin paracaídas; cerdos “enfermos de tristeza”; una ferretería, una óptica y una farmacia convertidas en “territorio de caza”; una luz cegadora; la tortura en los calabozos de la policía; los militares tomando la ciudad mientras dos boxeadores pelean. 

Un espía industrial; un antiguo afinador de pianos; un marido que persigue a su esposa; un hombre misterioso que aparece en una serie de fotografías; un desertor convertido en sereno; una artista que relaciona color y tonalidad para pintar la música; un expatriado acusado de colaboracionista; alguien que cuenta baldosas o balcones en su recorrido; dos amigas tomando el té antes de visitar a un contrabandista. Una larga troupe de protagonistas que vienen marcados por el pasado y destinados a un futuro que se anticipa oscuro en los signos del presente. 

En los cuentos de Carlos Sampayo la Historia no aparece como tema directo sino como parte de las vidas de los personajes. Lo que sucede a nivel social se funde con lo que pasa a nivel íntimo. En estos relatos surgen –suavemente– referencias históricas a hechos fundamentales: el fusilamiento de dos anarquistas italianos, el ascenso de Hitler, el fin de la Guerra Civil Española, el Genocidio Armenio, el bombardeo de Plaza de Mayo. Aparece la violencia política, la complejidad de la experiencia humana y, fundamentalmente, el pasado y su herencia oscura o luminosa. 

Quizás “Imagen de fondo” (el cuento sobre “un hombre con una sombra que no era la suya”) ofrezca una clave de lectura de todo el libro: los protagonistas de cada historia pueden reaparecer (como comparsas, como detalles, como recuerdos, como promesas) en otros relatos. Como si esta colección de cuentos fuera un enorme edificio en el que los pensionistas salen de un cuarto para entrar a otro. Se construye así una red similar a la que dibujamos cada día cruzando nuestras vidas. Y esa red, en manos de Sampayo, se convierte en un trabajo de orfebrería que emparenta La dictadura ilustrada con otro magnífico libro de cuentos: Últimos fuegos, de la chilena Alejandra Costamagna. 

El autor sabe hablar en imágenes. Quizás una herencia de su largo trabajo como guionista de novelas gráficas. En la contratapa, Marcelo Cohen anuncia: “Piedad, risa, furia, clasicismo y delirio: bienvenidos al gabinete de Carlos Sampayo. Prepárense para emociones infrecuentes.” Y esa última palabra es la que permanece. Porque la escritura de Sampayo siempre produce algo del orden de lo infrecuente. 


Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Número Cero





martes, 28 de febrero de 2017

BMR & MAM: Comentario sobre la vesión francesa de "El colectivo"

 

 En regardant passer les trains

Un livre étrange venu d'Argentine.
L'autobus de Eugenia Almeida.

Dans un petit village perdu loin de Buenos Aires, l'autobus qui habituellement dessert le village tous les soirs ne s'arrête plus ... un soir, le lendemain, trois soirs ...
Le passage à niveau reste fermé et le train ne passe plus ...
Que se passe-t-il donc ?
En fait peu importe, l'essentiel est dans les répercussions de ces évènements d'apparence anodins sur les comportements des habitants.
Ces perturbations du train-train (ah !) forcent les langues à se délier, les secrets à se dévoiler, tout doucement, peu à peu.
Dans une ambiance proche du Rapport de Brodeck même si le contexte est tout différent.

[...] - Tu as vu que cela fait deux soirs que l'autobus ne s'arrête pas ?
Les hommes s'attardent au bar, à un coin de rue où ils fument une cigarette, à la sortie de l'usine, de la coopérative. Tous disent la même chose.
- Tu as vu que cela fait deux soirs que l'autobus ne s'arrête pas ?
La chose parvient jusqu'à l'école. Les élèves du cours moyen discutent, étendus par terre sur le petit terrain de sport.
- Mon père dit que l'autobus ne s'arrêtera plus jamais.
- Il faudra bien qu'il s'arrête quand il n'aura plus d'essence.
- Mais non, idiot, c'est dans le village qu'il ne s'arrêtera plus jamais.
- Et alors ? De toute façon, nous on ne va jamais nulle part.


Dans ce village où la voie de chemin de fer sépare les nantis des autres, dans ce pays où se succèdent les régimes militaires, la lâcheté des uns fait écho à l'aveuglement des autres.
Finalement, l'Argentine n'est peut-être pas si loin du pays de Brodeck ...