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domingo, 21 de febrero de 2016

Mefisto - John Banville






“Yo supe desde el principio que era el superviviente de alguna pequeña catástrofe, las ondas de choque aún seguían reverberando débilmente dentro de mí”. 

Gabriel Swan arrastra una ausencia permanente: un gemelo muerto. De esa ausencia va a brotar una necesidad imperiosa de encontrar sentido en el mundo. Un sentido que quizás esté en la matemática, en los números. Accidentes, encuentros, desgracias, desencuentros, incendios, lazos que nunca decantan hacia algo que pueda explicarse con palabras. 

Un libro extraño, difícil de definir. Alguna vez el autor dijo: “El mundo es siniestro y perturbador, basta con mirar a nuestro alrededor; a la gente que dice que mi obra es gótica y oscura le replicaría: Hay que ver el mundo.” 

Una puerta de entrada para conocer a John Banville, considerado uno de los más grandes escritores de lengua inglesa. 


Eugenia Almeida
Publicado originalmente en Ciudad X



sábado, 20 de febrero de 2016

Jorge Leonidas Escudero



Un humilde buscador de piedras

Discreto. Según sus palabras, “de perfil bajo”. Un hombre de provincia que pasó su vida construyendo una obra conmovedora. Jorge Leonidas Escudero. Un nombre que suena en estos días ante la despedida.

Alguna vez, hace años, hubo un pequeño revuelo ante una entrega de premios que ubicó a Escudero como primera mención. ¿En qué cabeza cabía darle a este hombre otra cosa que no fuera el Primer Premio? Se habló de los privilegios de vivir en Buenos Aires (Escudero vivía en San Juan); se habló de pertenecer a ciertos círculos (Escudero desconocía a los autores de su generación y decía que apenas había leído algo de poesía); se habló de los circuitos académicos (Escudero escribía una poesía viva, de la calle, que retomaba los decires de ciertas regiones periféricas para ese centro que parecía ser Buenos Aires); se habló de ninguneos. La escritora Ivonne Bordelois lo puso como ejemplo de un poeta "que hunde sus manos en las raíces del lenguaje y no en su propia vanidad". Se discutió. Se protestó. Escudero hizo lo que había hecho siempre: siguió escribiendo con esa potencia tan suya, tan propia, tan única y, a la vez, tan colectiva.

Jorge Leonidas Escudero. El poeta. El que va y viene de la montaña. El que busca minerales, piedras, vetas. El que se deja tentar por los juegos de azar y se pone a cazar la suerte. Lo mismo con las palabras. Como si el lenguaje fuera el puente para llegar a la experiencia. El camino, nunca la meta.

A Escudero no le preocupan las normas del idioma. Le interesa el giro, la grieta, el recodo. Aquello que la lengua hace en su región. Un decir como marca de identidad. “Agazapada casa m' está sperando”, dice en su poema “El vino triste”. Y hay algo en los sonidos que no puede limitarse al significado. El idioma está vivo. Se escribe como se habla, como se oye. Se reconoce existencia a la gente del pueblo. Son lo mismo: el poema, la gente del pueblo, nosotros, ese decir cansino, ese morder ciertos sonidos, ese apretar palabras. Hacía falta un poeta para nombrar el modo en el que el lenguaje se usa todos los días, aquí abajo, en el mundo. 

Jorge Leonidas Escudero. El hombre que murió hace poco más de una semana, a los 95 años. El poeta enorme, el secreto bien guardado, el escritor de culto. El que  tuvo a San Juan como cuna, territorio y tumba. Uno que de chico, en cuarto grado, se sintió sacudido cuando su maestra le hizo aprender de memoria “Caballito criollo”, de Belisario Roldán. Uno que se dijo “así como ahora aprendo este poema de otro, algún día voy a aprender uno escrito por mí.” Uno que estudió para ser ingeniero agrónomo pero abandonó la carrera. Uno que fue oficinista hasta que un amigo le propuso ir a trabajar a una estancia “buscando minerales”. Uno que aceptó y empezó, entre las piedras, su búsqueda. “Salgo a cazar, si puedo, la palabra única / Esa que me desvela / y no aparece”, dice en un poema.
Uno que publicó su primer libro a los cincuenta años, gracias a la ayuda de una sociedad de fomento. Amante del juego, empleado público, minero en Calingasta, compositor de zambas y cuecas, jubilado, poeta.

Uno al que le decían “el buscador de oro”, no como metáfora si no como dato biográfico. Uno que anduvo por los cerros, entrenando el ojo, caminando, escuchando silencios, viendo lo que vale cada sonido en el desierto. “Veo algo externo, una hoja, un gato, una piedra y me quedo mirándolo, un largo rato y luego escribo. En silencio escribo. Necesito estar conmigo mismo. A solas.”

Los libros van a decir: Jorge Leonidas Escudero. San Juan, 1920 – 2016. Poeta. Señalarán su Poesía Completa, publicada por Ediciones en Danza en 2011. 

Él dijo de sí mismo: “soy un humilde buscador de piedras” y “me complace buscar lo que no encuentro”.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





miércoles, 17 de febrero de 2016

Comentario en Des mots et des notes sobre la versión francesa de "El colectivo"








Un court roman, tendu comme un arc entre le premier soir où l’autobus ne s’arrête pas dans le village et le soir où Victoria, la soeur de l’avocat Ponce, peut enfin reprendre le bus pour rentrer chez elle en ville. 127 pages en compagnie de villageois qui vivent simplement et qui vont observer, subir, essayer de comprendre pourquoi ce bus ne s’arrête pas quatre jours de suite, pourquoi la barrière du passage à niveau doit obstinément rester baissée alors qu’il ne passe un train que deux fois la semaine.

Le fin mot de l’affaire ne nous sera jamais livré mais avec Gomez, le coursier et Ruben, l’hôtelier, le lecteur aura eu le temps de découvrir, bouche bée, comment les différents niveaux du pouvoir envoient les ordres, cadenassent les décisions, morcellent les relations, détruisent les rapports, désinforment la population. L’atmosphère est lourde, l’orage menace mais ne craque pas, le mystère est opaque, épais et le rythme de l’écriture est vif, le tout produisant un premier roman inoubliable.

Eugenia Almeida entrelace le compte-rendu de ces quatre jours étouffants avec le portrait de l’avocat Ponce, sa femme et sa soeur. Elle introduit subtilement un parallèle entre les personnages de cette famille si différents les uns des autres et l’opposition entre les deux côtés du village de chaque côté de la voie ferrée et celle, plus implicite, entre la ville et la campagne. On devine que les gens de la ville, les militaires au pouvoir, croient sans doute qu’ils peuvent mater de « simples » villageois comme Ponce a soumis sa femme.

Mais on ne soumet pas la sensibilité des gens. La fin du roman m’a laissée à la fois plein d’espoir et d’appréhension pour les personnages qu’Eugenia Almeida a réussi à faire vivre en quelques pages vraiment marquantes.

La première page contient tout en germe :

«Cela fait trois soirs que l’autobus passe sans ouvrir ses portes. Le village est sous une chape métallique. Grise et légèrement ondulée. Le seuil des maisons est maculé de terre et l’absence de pluie rend les chiens nerveux. Par la fenêtre de l’hôtel, Rubén se penche machinalement pour regarder les gens qui traversent la voie. Ce sont les Ponce, qui habitent de l’autre côté. Ils accompagnent cette fois encore la belle-sœur pour voir si elle peut retourner en ville. Avant qu’ils ne parviennent à l’emplacement où l’autobus s’arrête, Rubén sort sur le pas de la porte. De loin on aper­çoit sa main qui s’agite comme un pendule dans l’air, un battant de cloche accroché à rien, qui se secoue pour dire non.
Maître Ponce fait un autre geste, de la tête, pour l’aviser qu’il l’a bien vu.

Maître Ponce fait un autre geste, de la tête, pour l’aviser qu’il l’a bien vu.
– Il ne s’arrête pas, il faut rentrer.
Cela fait rire Marta. Victoria regarde vers l’hôtel et plisse à peine les yeux lorsque le vent soulève la terre sèche. Elle ne sait pas si elle doit secouer sa robe, ôter son chapeau ou faire demi-tour pour rentrer à la maison.
– Ne ris pas. 
Marta baisse la tête pour cacher la bouche qu’elle a superbe, ouverte, immense. 
Cela fait quatre jours que les Ponce rejoignent à la même heure l’arrêt situé près de l’hôtel. Lui met un costume, une cravate et des chaussures de ville. Il porte la valise de sa sœur en faisant mine de la trouver légère. Les femmes marchent à quelques pas derrière, en parlant et en agitant les mains.» (p. 11)



ANNE7500


martes, 16 de febrero de 2016

La monja alférez - Mis memorias - Catalina de Erauso




La novicia guerrera 

Nacida en San Sebastián en 1585, Catalina de Erauso fue llevada por sus padres a un convento de monjas cuando tenía sólo 4 años. Ya en el noviciado, y a raíz de una pelea, decide huir llevándose tijeras, hilo y aguja.Con esos elementos cambia su aspecto. El pelo corto, la vestimenta de un hombre. Tiene 15 años y comienza un viaje que dura toda su vida.

Aquellos que la conocen la toman por un varón. Con esa identidad irá recibiendo ayuda y ataques y respondiendo a unos y otros dominada por un carácter explosivo e iracundo. Años después vuelve a San Sebastián y nadie –ni siquiera su madre, con quien se encuentra en misa– la reconoce.

Su derrotero la lleva a diferentes regiones de España y luego a América, donde decide quedarse. Panamá, Perú, Chile, Argentina, Bolivia. Allí se repiten las peleas callejeras, los robos, las discusiones a las que reacciona a punta de cuchillo, los engaños, las muertes, las mentiras, la debilidad por las casas de juego y la participación como soldado en las fuerzas españolas arrasando tierra americana; una participación feroz y entusiasta en la matanza de araucanos que es recompensada con el grado de alférez. Catalina es “premiada” por demostrar la frialdad, el sadismo y la crueldad propios de un soldado eficiente.

Su vida seguirá atravesada de aventuras. Paje, mayordomo, grumete, soldado, alférez, arriero, comerciante, comisionado para impartir justicia. Muchas vidas en una vida. Y todas ellas, signadas por la violencia. En un momento Catalina decide revelar su secreto a un obispo. Unas matronas llegan a certificar que lo que dice es verdad. Se corre la voz, hay un desfile de curiosos y ella se convierte en una especie de celebridad a la que llaman “la monja alférez”.

Ya en Europa, el rey confirma su grado militar y el Papa le permite seguir vistiéndose de hombre (aunque le prohíbe ofender al prójimo y matar, una promesa que parece incapaz de cumplir).

Al comenzar el relato de su vida, Catalina se refiere a sí misma usando el género femenino, al que luego abandona designándose a sí misma en masculino.

¿Hay aquí una historia de lucha por la identidad de género o simplemente la convicción de que era más sencillo sobrevivir vestida de varón? Como sea, este relato viene a demostrar que tanto la postergación de las mujeres como la búsqueda del reconocimiento de la identidad de género no son, como muchos creen, un fenómeno de nuestra época sino que, por el contrario, parecen estar presentes en toda la historia de la humanidad.

Dividido en 26 capítulos, con prólogo de Gabriela Cabezón Cámara y una sección de notas finales, este libro es otro eslabón del importante trabajo que, desde 2005, viene llevando a cabo la Editorial Buena Vista. Un buen catálogo, con libros cuidados en su diseño, que busca rescatar voces, autores y relatos que el tiempo parece haber dejado atrás y siempre es interesante revisitar.

Eugenia Almeida

Publicado originalemnte en La voz del interior



jueves, 11 de febrero de 2016

La apicultura según Samuel Beckett - Martin Page





Liberar al prisionero 


Unos niños jugando con petardos, una chispa, un incendio, un camión de bomberos, enormes cantidades de agua, un valioso archivo dedicado a Samuel Beckett ha estado a punto de perderse, pero las cosas parecen conspirar a favor y los estudiosos dedican largo tiempo a corroborar que todo esté bien. En medio de ese proceso, descubren el diario íntimo de un joven estudiante que dice haber sido asistente de Beckett en 1985. Esas páginas son bastante desconcertantes porque no coinciden con el estereotipo creado alrededor del escritor. Es por eso que el especialista Fabián Avenarius, de la Universidad de Reading, le advierte al lector que lo que está a punto de leer evidentemente fue escrito por alguien que intentaba jugar o estaba trastornado. El profesor Avenarius es muy claro en su presentación e incluso se atreve a proponer una clave de lectura: recorrer esas páginas “como lo que son: una obra de ficción acerca de hechos reales”.

El recurso de abrir una novela haciendo referencia a un texto que se va a presentar por primera vez, que ha pasado inadvertido largo tiempo y sobre cuya veracidad hay dudas ha sido utilizado cientos de veces en la literatura. Y quizás haga que algunos lectores quieran abandonar este libro al encontrarse con algo tan trillado. La recomendación es que no lo hagan. Esas dos primeras páginas no quitan ni agregan nada a lo que está por suceder: una historia breve, profunda en su levedad y su sencillez.

El diario al que hace referencia la introducción es una colección de notas que un joven estudiante de antropología escribe a partir del día en que sabe que Samuel Beckett va a contratarlo. Su trabajo será ayudarlo a ordenar archivos, papeles personales que diversas universidades del mundo se disputan con fervor. Ese ayudante –cuyo nombre desconocemos– descubrirá que el Premio Nobel de Literatura no se parece en nada a la imagen que el mundo tiene de él. No es ese hombre rígido y frío que replica la leyenda. No es de una seriedad inconmovible. Es un tipo gracioso, una especie de niño malicioso que se ríe de la hipocresía. Es alguien a quien le gustan los disfraces y que suele vestirse de un modo estrafalario cuando no debe sostener su imagen de “escritor serio”.

El contrato de trabajo prevé diez días de tarea. Pero 48 horas después todo está listo. Beckett le propone a su asistente que aprovechen el tiempo “fabricando archivos”. El juego se basa en la idea de que los archivos de un escritor deberían ser leídos como ficción. Irreverente y divertido, disfruta despistando a los académicos, convencido de que dedicarse a estudiar la biografía de un autor es una manera de evitar observar la propia vida.

El escritor comparte muchos momentos con su ayudante, que va tomando notas sobre lo que dice y hace este hombre que visita un sex-shop, saca boletos de tren que nunca usará, pasea en bicicleta por las calles de París, se ríe a carcajadas, sueña con escribir un libro de recetas guiadas por una “teoría práctica de la intuición”, juega al bowling y agradece la miel que le dan sus abejas ofreciéndoles ramos de orquídeas. 

En cierto momento, el Premio Nobel recibe un llamado telefónico: un director de teatro le pide su autorización para montar Esperando a Godot en una cárcel de Suecia. El escritor accede y comienzan a llegar cartas contando los avances del proyecto. Esas noticias permiten algunas reflexiones sobre la prisión y la libertad y un deseo de Beckett que, increíblemente, se cumple en la realidad.

El libro de Martin Page aborda con gracia ciertas preguntas: ¿Cuánto hay de nuestra esencia en el relato de nuestras vidas? ¿Es posible acercarse más a la obra de un autor conociendo su biografía? Esos trabajos académicos que intentan hacer un cruce matemático entre vida y obra ¿no son un ejercicio forzado? El asistente de Beckett lo dice claramente: “Los intelectuales están dotados para no ver más que lo que les conviene. Lo que no se ajusta a la idea que se hacen de su objeto de estudio es invisible para ellos.”

Algo de lo que se cuenta aquí realmente sucedió: el grupo de presidiarios suecos que salió de gira presentando Esperando a Godot; la puñalada que el autor recibió de un desconocido en la calle y algunas cosas más. Sin embargo, eso no es lo importante. Lo central es que Page ha escrito un libro amable, que homenajea a Beckett con las herramientas de la ficción y así ofrece un claro ejemplo de lo que dice uno de los personajes: “Todo artista es un secuestrado. Olvidarlo con frecuencia, para posar una nueva mirada sobre su obra, es devolverle su libertad.” 

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




miércoles, 10 de febrero de 2016

Más liviano que el aire - Federico Jeanmaire





El poder del amo 


Una puerta cerrada con llave. Del lado de adentro está Santi, un chico de 14 años que trató de robarle a una viejita y terminó encerrado en el baño. Del lado de afuera esta Faila, la víctima inicial que ahora se ha convertido en victimario. ¿Cuánta violencia cabe esperar de este escenario?

La anciana ha traído una silla para sentarse cerca de la puerta. Tiene 93 años. La soledad la ha desquiciado y por fin, inesperadamente, ha logrado lo que quería: tener a alguien que la escuche. El que ese alguien esté ahí en contra de su voluntad es un detalle menor, algo que ella intentará desdibujar una y otra vez. Faila pretende contarle a su prisionero algunas cosas que nunca ha compartido con nadie. Y le advierte que sólo va a liberarlo cuando haya terminado de relatar su historia.

De a poco, quien parecía una víctima indefensa se convierte en un verdugo implacable con tonos dulces que estremecen. Todo lo que oímos es la voz de Faila, aunque puede sentirse la presencia de Santi en las huellas que deja en lo que dice la vieja. Las respuestas, las réplicas, los silencios. Todo eso delata la presencia de otro a quien no se le da la palabra.

Lo que Faila quiere contar es la historia de su madre, Delita, una señora de la “alta sociedad porteña” que murió en circunstancias oscuras, en un aeródromo de Buenos Aires.

Son cuatro días en los que Santi estará encerrado y Faila contará lo suyo haciendo pausas para tomar té, dormir la siesta, desayunar, hacer las compras, cocinar y ver el noticiero.

La construcción de Faila como “una viejita” se vuelve siniestra cuando con sus frases amables (como al decir “hasta lueguito” antes de ir a prepararse una sopa) invisibiliza el escenario de dominación que ha construido. Pero rápidamente la violencia se hace explícita también en el discurso. Es posible hacer un vocabulario de insultos recurriendo a algunas de las cosas que la protagonista le dice a su prisionero: tarado, bandido, irrespetuoso, desagradecido, delincuente, negrito de mierda, escoria, basura, porquería de ser humano, sanguijuela, parásito, lacra humana, desastre, enfermo moral, avivado, flojo, cobarde, maricón, quisquilloso, resentido, desfachatado, bruto, estúpido, diablo y animal.

Faila es una ferviente militante de las concepciones binarias y maniqueas que separan el mundo en “nosotros” y “ellos”. Se dedica con entusiasmo a reproducir una maraña de lugares comunes sobre las supuestas diferencias de valor entre los hombres y las mujeres, los rubios y los morochos, los ricos y los pobres, los que toman té y los que toman mate, los civilizados y los bárbaros. El personaje funciona casi como un manual de estilo de cierto proyecto de país.

La anciana se considera una suerte de fuerza civilizatoria que pretende poner orden en una vida de barbarie. Una tirana que sólo desea aplicar su pequeño proyecto pedagógico, su acto de salvación. Y por supuesto, cree que Santi debería agradecerle que ella lo esté “cuidando” y “educando”. Incluso llega a decirle que está haciéndole un favor al tenerlo encerrado “adentro del bañito.” Todas esas expresiones sirven para tapar lo que en realidad sucede: un adolescente ha querido robarle, ella ha logrado atraparlo y, en lugar de llamar a la policía, ha decidido secuestrarlo y obligarlo a fingir que disfruta estar ahí. Las principales amenazas son que nunca va a salir o que no va a recibir comida. Como un entrenador de perros, ella dosifica la comida para “recompensar” o “castigar” cada una de las reacciones de su presa.

La historia será cada vez más oscura. Ambos personajes son el resultado de cierto estado de cosas. La violencia del robo y la violencia del secuestro: un chico y una vieja que no deberían haber entrado en la lotería de disputarse los roles de víctima y victimario.

Con un final que es mejor no adelantar, Más liviano que el aire también habla de las relaciones entre la mentira, la verdad, la ficción y los relatos que construimos para explicarnos el mundo.

Federico Jeanmaire nació en Baradero en 1957. Antes de dedicarse totalmente a la escritura trabajó como desgrabador de entrevistas, lechero, recolector en la vendimia, vendedor ambulante y profesor.

Más liviano que el aire obtuvo el Premio Clarín en 2009. Según Pablo de Santis, uno de los integrantes del jurado, la novela muestra “una puerta cerrada como metáfora de un mundo cerrado, asfixiante. Un diálogo imposible que se convierte en el monólogo alucinado de una vieja loca; como una Scherezade de pesadilla, la narradora habla para no morir”.

La noche en que se le entregó el premio, el autor dijo: “A mí, lo que me interesa es lo solos que vivimos todos y lo difícil que nos resulta comunicarnos, y que es esa soledad la que termina por generar violencia”. De todo eso habla esta novela que acaba de reeditarse.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





martes, 9 de febrero de 2016

Festín de clásicos






El escritor italiano Italo Calvino definió a los clásicos como los “libros que ejercen una influencia particular, ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.” 

Seguramente los lectores saben bien quiénes son Frankenstein, Drácula o Moby Dick. Es muy probable que sepan que Cumbres borrascosas es una novela inquietante, que Crimen y castigo es un libro imprescindible y que Otra vuelta de tuerca es una de las más incómodas historias de un mundo doméstico y, a la vez, sobrenatural. Conocemos los personajes, los argumentos y los comentarios que se han hecho sobre estos libros pero ¿los hemos leído? Posiblemente muchos respondan “no” a esta pregunta. Y quizás aún no hayan dimensionado el tesoro que los espera en esas lecturas. Porque ¿cómo se explica que estos libros se hayan mantenido tan presentes a lo largo del tiempo? ¿Qué potencia oculta hay en estas obras?


Seis imágenes del siglo XIX

Una: 1818. Inglaterra. Se publica Frankenstein o el moderno Prometeo. Lo ha escrito Mary Shelley, una chica de 20 años. La idea había surgido tiempo antes, en una reunión de amigos. Cada uno de los asistentes había aceptado el desafío de escribir una historia de terror. Dicen que cuando era una niña, a Mary le gustaba sentarse a leer en el cementerio, muy cerca de la tumba de su madre. 

Dos: 1847. Inglaterra. Las tres hermanas Brontë publican sus novelas. La familia parece tener una extraña condensación de talento. Emily ha escrito Cumbres borrascosas. Tiene 29 años. Casi todo los días tiene que ir a los bares; su hermano Branwell se emborracha y no sabe cómo volver a casa.

Tres: Herman Melville trabaja como marinero. En uno de sus viajes, luego de desertar, es capturado por una tribu caníbal y vendido como tripulante a otro barco. Al desembarcar, es acusado de amotinamiento y termina en prisión. De a poco descubre que cada vez que cuenta esas anécdotas, la gente se reúne a su alrededor con entusiasmo. Decide escribirlas. En 1851 Melville, de 32 años, publica su sexta novela. No tiene el mismo éxito que obtuvieron sus otros libros. El escritor neoyorquino nunca llega a saber que Moby Dick va a convertirse en un clásico.

Cuatro: 1866. Rusia. Dostoievski tiene 45 años. La primera parte de su novela Crimen y castigo acaba de publicarse en la revista El mensajero ruso. Aún no ha terminado de escribirla. Está lleno de deudas, acorralado por la pobreza. Es adicto al juego. Sufre de epilepsia. Lleva las marcas de haber cumplido una condena a trabajos forzados, acusado de conspiración política. Detenido a los 28 años, su condena inicial era la pena de muerte. Frente al pelotón de fusilamiento, su sentencia es conmutada. Lo envían a Siberia. Seis años después es liberado pero lo obligan a enrolarse en el ejército.

Cinco: 1897. Londres. Bram Stoker, un irlandés de 50 años, publica Drácula. Cuentan que el 7 de marzo de 1890 una pesadilla lo despertó en medio de la noche. En el sueño aparecían dos mujeres rodeando a un muchacho. Querían besarlo pero no buscaban su boca sino su cuello. De repente, aparecía un conde, furioso, que les gritaba que debían detenerse porque ese hombre le pertenecía. Durante seis años Stoker escribió, en todo tipo de papeles sueltos, una novela compuesta de cartas, telegramas, desgrabaciones y diarios personales. Una estructura coral que rompe la idea de un único punto de vista. Dicen que en 1912, al momento de morir, el escritor miraba con insistencia un rincón de la habitación y repetía la palabra “strigoi”. Un término rumano que significa “espíritu maligno”.

Seis: 1898. Henry James publica Otra vuelta de tuerca. Tiene 55 años. Se dice que fue el Arzobispo de Canterbury quien le contó al escritor una historia de dos niños que se relacionaban con los espíritus de los antiguos sirvientes de una casa. De ese núcleo, el autor estadounidense logró extraer una de las más inquietantes historias de fantasmas y locura que existen en la literatura.


Un pionero en el Siglo 20

Hoy estamos habituados a que los libros en papel puedan presentarse en una edición de bolsillo. Pero este formato no existía antes de la década de 1930. Según cuentan, Allen Lane, director de la editorial Bodley Head, volvía de un viaje que había hecho para visitar a Agatha Christie. En la estación de tren buscó algo para leer. Había poco, y no era muy interesante. Decidió que era indispensable poner al alcance de los lectores títulos de calidad en formatos fáciles de llevar y que esos libros deberían venderse en lugares alternativos a las librerías, como las estaciones de tren y los supermercados. Lane les presentó la idea a sus jefes. Como no se mostraron interesados, se propuso hacerlo él mismo. Era 1935. Nacía la editorial Penguin Books. Los primeros autores publicados fueron Hemingway, Agatha Christie y André Maurois. 

Lane también inventó la primera máquina expendedora de libros, a la que bautizó la “Penguincubadora”. La gente que caminaba por Charing Cross Road, en Londres, podía comprar sus libros en plena calle, por unas monedas. El precio en aquella época era de seis peniques, una cantidad equivalente al dinero necesario para comprar un paquete de cigarrillos.

De aquella editorial al enorme grupo que es hoy Penguin Random House hay una larga historia para contar. Pero es bueno traer a la memoria –de lectores y editores– cómo fue que nació esta propuesta y cuáles eran sus objetivos iniciales. Aquella decisión permitió que muchísimas personas, castigadas por las crisis económicas de la década de 1930, pudieran acceder a los libros. Es por eso que el trabajo de Lane y su equipo puede ser considerado un paso importante en la democratización del acceso a los bienes culturales.


Ahora en Argentina

Como parte de la celebración por el 80° aniversario de esta mítica editorial, acaba de inaugurarse la colección Penguin Clásicos en Argentina. En noviembre se abrió el juego con seis títulos de indudable calidad: Cumbres borrascosas, Drácula, Otra vuelta de tuerca, Crimen y castigo, Moby Dick y Frankenstein o el moderno Prometeo. Antes de fin de año se publicarán Rojo y negro, de Stendhal y Madame Bovary, de Gustave Flaubert.

Mariana Vera, directora literaria de la colección, conversó con Ciudad X y señaló que “Penguin Classics revolucionó en su momento la industria editorial, acercando al gran público los clásicos universales en ediciones cuidadas y accesibles. Con ese espíritu, estamos lanzando Penguin Clásicos ahora en la Argentina, con ocho títulos entre noviembre y diciembre de 2015, y más de 30 entre febrero y abril del año próximo. El sello se distingue por el alcance y la variedad del catálogo: son 4000 años de literatura, con textos tan antiguos como el Bhagavad Gita, pasando por la antigüedad greco-latina, el Renacimiento, la Ilustración, el Romanticismo, hasta llegar al siglo XX. Las ediciones se caracterizan además por traducciones cuidadas y la inclusión de un aparato crítico (introducciones, líneas de tiempo, apéndices, anotaciones), realizado por académicos de sólida trayectoria.”

Es importante agregar que la colección tiene previsto, para el primer semestre de 2016, el lanzamiento de la serie “Clásicos de la literatura argentina” con títulos como Martín Fierro, de José Hernández; Facundo, de Sarmiento; El matadero y La cautiva, de Esteban Echeverría; y Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla.

Ítalo Calvino decía que los clásicos son los libros “que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.”

A disfrutar entonces. La mesa está servida. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



domingo, 7 de febrero de 2016

Daniel Gigena: El nuevo género negro: novela policial con cara de mujer




El nuevo género negro: novela policial con cara de mujer

Una camada de autoras argentinas trae una mirada diferente

Daniel Gigena

En 2014, el diario El País le puso un nombre al fenómeno de la novela policial protagonizada o escrita por mujeres: "femicrime". Que las mujeres han sido las víctimas favoritas de las ficciones en España, la Argentina y el mundo entero no es ninguna novedad desde Antígona, donde el cuerpo de una mujer era objeto de la ira del poderoso de turno. Pero aquí, a partir de la exitosa irrupción en 2005 de Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro, las narradoras del género policial cobraron un relieve inusitado.

La sensibilidad femenina podía articular tramas que combinaban la intriga con una perspicacia inusual, dosis de humor y aun críticas al patriarcado allí donde éste imperara, es decir, en casi todos los ámbitos: medios de prensa, despachos oficiales, agencias médicas, judiciales y psiquiátricas, barrios humildes y countries.

Alicia Plante publicó una excepcional "trilogía del agua", que describe la decadencia de la policía bonaerense, los servicios de inteligencia y la Justicia, y denuncia los negociados políticos con más eficacia que investigaciones latosas. Son sólo ejemplos de un género que se expande.

Un periodista protagoniza La tensión del umbral, de Eugenia Almeida (Edhasa), que comienza con el suicidio de una mujer en plena calle. "Lo que soy se pone en juego a la hora de escribir. No comulgo con las definiciones de literatura masculina o femenina -dice desde Unquillo la autora cordobesa-. Creo que los autores que conmueven trascienden prejuicios y categorías de cada época. ¿Es posible adivinar, leyendo a Patricia Highsmith, que quien escribe es una mujer? Yo diría que no. Toda escritura que sirva para tranquilizar y reforzar los prejuicios me aburre y me enoja." Almeida cuenta que no pensó en el género policial mientras escribía. "Siempre escribo sobre lo mismo: lo que falta, lo que no está, lo que se calla. A veces eso toma la forma de un policial; a veces, la de un poema. A medida que uno escribe, el texto va buscando solo su forma, su rama, su nicho." No obstante, su novela fue uno de los mejores policiales publicados en 2015.

Florencia Etcheves, periodista y cronista, publicó su primera novela, La Virgen en tus ojos, en 2012. Fue un éxito rotundo, que la impulsó a continuar la historia de su protagonista con La hija del campeón. "Durante 15 años cubrí crónicas policiales para el noticiero. Es novedoso para mí trabajar con la ficción. Lo más complicado es superar la realidad; la brutalidad, las mecánicas de los crímenes y hasta la creatividad de los delincuentes ponen a autores y autoras de novelas policiales en un apuro. ¿Cómo sorprender al lector cuando las historias de los diarios tienen todos los condimentos necesarios para un novelón? Ése es el desafío; creo que el peso de las historias tiene que estar en los personajes; no sólo llevar al lector por el camino para descubrir quién es el asesino, sino también involucrarlo y, ¿por qué no?, identificarlo con ese asesino, incomodarlo", dice Etcheves. En 2016 Planeta publicará su nueva novela. "Un caso en el que por cuestiones personales se va a involucrar Francisco Juánez, el policía que protagonizó mis dos novelas anteriores. Esta vez se va a meter con un tema del que me interesa hablar: la trata de mujeres con fines de explotación sexual. Va a ser dura, descarnada. Quiero aprovechar la ficción para denunciar, para difundir y aportar un granito de arena en la lucha contra este delito", adelanta.


De los márgenes al centro

Dirigido por Juan Sasturain desde 2008, el sello Negro Absoluto está dedicado a la novela negra. En 2015 dos autoras publicaron sus libros: María Inés Krimer y Elisa Bellmann. Sangre fashion, de Krimer, transcurre en el mundo de la moda; la historia empieza con un desfile y termina con otro. "En el medio hay asesinatos, ropa de marca, talleres clandestinos, mucho bótox, perfumes importados; un subsuelo menos glamoroso. La investigadora es Ruth Epelbaum, una archivista jubilada que vive en Villa Crespo. Habla idish. Tiene amantes. Lee a Bashevis Singer. En Alemania dicen que es una mezcla de Marlowe con Almodóvar", cuenta su autora, que ya trabaja en un nuevo título noir. "Cuando releí a los clásicos, comprobé que mi entusiasmo por Chandler o Hammett estaba intacto. Redescubrí a Ross MacDonald, el tercer hombre, con su perfecta fusión de personaje y argumento. Al volver sobre esas lecturas confirmé que lo que más me interesa es leer autores, más que enigmas ingeniosos. Como en toda obra literaria, lo importante es el tono, el fraseo, que es, en última instancia, una visión personal del mundo." Bellmann escribió Asfixia sin considerar las reglas de la novela policial: "La pensé como una trama con un intenso nivel de enigma en la intimidad de los protagonistas".

El escritor y periodista Horacio Convertini, autor de New Pompey y Aguante, ofrece su mirada sobre la impronta actual de las narradoras policiales: "La presencia de escritoras en la literatura negra argentina explotó claramente en el siglo XXI, acaso como consecuencia del efecto Piñeiro, o bien porque el interés por el crimen como materia literaria crece hasta llevarse todo puesto y contribuye a romper el predominio de la autoría masculina. Entonces aparecen investigadoras como las de Flaminia Ocampo, o en los márgenes del género, vengadoras como las de Gabriela Cabezón Cámara y autoras que apuestan a protagonistas masculinos, como el Samuel Redhead de Mercedes Giuffré, que resuelve crímenes en la Buenos Aires colonial, o los muchachos que se apuñalan en Ladrilleros, de Selva Almada".

"La novela policial, que fue tradicional y mayoritariamente escrita por hombres, se refresca con el aporte de las mujeres -opina Ernesto Mallo, escritor y director de Buenos Aires Negra, el Festival Internacional de Novela Negra que se desarrolla en Buenos Aires... Ellas se lanzan con pleno derecho y talento a ocupar su sitio en los antros criminales con su particular estilo. El panorama literario del género encuentra nuevas y potentes voces como las de Fred Vargas, de Francia; Rosa Ribas, Vanesa Monfort, Berna González Harbour y Alicia Giménez Bartlett, de España; Asa Larsson, de Suecia. A las escritoras les interesa, al decir del crítico Carles Geli, el mecanismo que lleva a alguien a matar o a ser las víctimas, saber por qué se produce esa violencia y no tanto el detalle de cómo; se busca más el factor psicológico y humano. Lo cierto es que las mujeres matan distinto que los hombres, sus crímenes suelen ser menos sangrientos, menos brutales y tanto o más crueles."

Así, la tensión social referida a la violencia física (y a la de los estereotipos) padecida por las mujeres se manifiesta con eficacia en las novelas de las narradoras actuales. Mediante la creación de situaciones verosímiles y personajes conscientes de las reglas patriarcales y que, en el marco de la historia, pueden cuestionar o modificar esa conciencia, las autoras locales recrean las fórmulas fijas en la representación de las mujeres en el thriller y la novela negra.

Daniel Gigena

LA NACION

DOMINGO 07 DE FEBRERO DE 2016




viernes, 5 de febrero de 2016

Revista Fuelle






La Revista Fuelle invita, cada número, a escribir un texto a partir de una imagen propuesta.

En el número cuatro, fuimos de la partida Emiliano Baigorri, Claudia Salazar Jiménez y yo.

Esta fue la foto que nos enviaron:





Y esta  fue mi propuesta:



Luz

Voy a dejarme caer como una piedra blanda. Una hoja verde que se suelta fuera de tiempo. Cuando todo haya dicho que es suficiente; cuando el mundo construya pilares de nada; entonces, cuando haya visto que detrás de una cosa no hay otra sino eternas hileras de cosas; cuando vea los días en fila haciéndose uno en una especie de torre; cuando todo haya escrito la palabra que tenía prevista; cuando hayan pasado las hecatombes, los tornados, los ciclones, las muescas en la Tierra, las ínfimas estrellas explotando hacia adentro; cuando el centro de los arboles dibuje hacia afuera, en la corteza, que ya es suficiente; cuando los de mi especie corran gritando que es el apocalipsis entonces yo voy a dejarme caer como una fruta inmadura que desafía los tiempos.

El después del después. Nada. Palabras sin sentido. Alguien hace cuentas de espaldas al mundo. Calcula, busca el modo. Solo tenemos el instante previo. Y yo voy a dejarme caer, voy a resbalar, voy a sentarme a la orilla del mundo.

Y que vengan nomás a gritar primero las mujeres y los niños, voy a buscar un cigarrillo entre los restos de los muebles, voy a sentarme a mirar eso que no se sabe si es cielo o mar, voy a encontrar alguna sombra que no esté hecha de cemento, alguna boca de oscuridad, sí, claro, voy a quedarme esperando ese silbido que anuncia el final. Feliz. Esa es la palabra pero posiblemente ya nadie sepa qué signifique. Voy a sentarme a mirar cómo corren tratando de salvar objetos, cómo van gritando nombres creyendo que pueden escapar. ¿Correr adónde? Voy a sentarme a observar las huellas en la cara, el modo en que los finales tallan los huesos, voy a verlos correr. Eso es. Cuando todos corran yo voy a sentarme a mirar el fin de la materia. 

La luz que cae recuerda el sol en los veranos. Si uno sólo mira eso puede jugar a estar a salvo. Palabras engañosas. Como siempre. Pero no, no elijo eso. Lucidez. ¿De cuántas formas se parece esta explosión brutal a la luz de una tarde en la playa? Estarme aquí, sabiendo que no hay relojes, no hay después, todo el pasado es ahora, una versión delirante del ahora. Voy a quedarme aquí  mientras los otros eligen desesperación. Ver este extraño mundo derritiéndose. Huesos de papel. Huesos de papel. Todo se deshace por dentro. Quedarme aquí. Un encantador descanso antes del fin. 

Cuando el mundo se hunda en la desesperación absoluta  detenerse a mirar la última mueca de la naturaleza. Sin pensar. Sin tratar de salvar lo insalvable. Sólo disfrutando de esa sombra de oscuridad, de ese látigo de fuego, de ese momento perfecto en que la especie desaparece y somos, finalmente, libres. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en la  Revista FUELLE







martes, 2 de febrero de 2016

A la sombra del árbol violeta - Sahar Delijani




Los niños del Jacarandá 

Familias que intentan sobrevivir, cada una a su manera, a la violencia política sin freno. Madres que esperan a sus hijos desparecidos. Niños que no llegan a conocer la historia de sus padres. Hombres y mujeres que sufren la prisión, la tortura, la muerte. El toque de queda, las purgas en la universidad, la censura, la prohibición de los partidos políticos. Interrogatorios que replican las mismas preguntas una y otra vez. Detenidos que tratan de identificar el lugar en el que están espiando a través de la venda que llevan en los ojos. Personas preguntando por sus seres queridos. Ejecuciones. Fosas comunes. 

Todo hace pensar en Argentina en 1976 y los años que siguieron. Pero es Irán. Un Estado ultra religioso y fanático decidido a aniquilar a todo aquel que no se le parezca. 

1983, la prisión de Evin en Teherán. Una mujer embarazada es sacada de su celda para llevarla al hospital. En pleno trabajo de parto es interrogada. Una prisión custodiada por los Hermanos, la temible policía política que domina el país. Se oyen gritos sin que nadie sepa de dónde vienen, sin que nadie se atreva a preguntar. Gritos que toman la forma de una amenaza: quizás el próximo en gritar sea el que ahora escucha esos aullidos temblando. Se detiene a todo sospechoso de ser antirrevolucionario o de no ser lo suficientemente religioso. Los coches patrulla de los Guardianes de la Revolución recorren las calles cazando disidentes. 

El “consejo de la muerte” ordena, en 1988, la ejecución de 5000 prisioneros  acusados de ser “apóstatas” y “enemigos de Dios”.

Un chico presencia el secuestro de sus padres. Las patotas, las puertas destrozadas, la casa revuelta. Las familias ocultan que uno de los suyos ha sido detenido, temerosas de que la acusación se extienda y los atrape a todos.Una niña exiliada, rodeada de sus compañeros de escuela en un nuevo país, responde “no sé” cuando le preguntan su nombre. Una madre decide ocultarle a su hija el modo en que murió su padre. Otra madre usa todas las palabras posibles para contar lo que ha vivido. Los relatos familiares, los secretos. Una anciana que repite la frase “no puedo hablar de eso”. El modo en que cada uno lucha contra el horror.

De todo eso habla A la sombra del árbol violeta. De niños nacidos en la prisión y luego entregados, en algunos casos, a los familiares que quedan. De una tía y una abuela dedicadas a criar a esos chicos separados de sus padres pero también a otros que van llegando, desprotegidos, desarraigados. Dos mujeres que acompañan y tratan de  acotar el dolor y la pérdida en una casa con un inmenso jacarandá. El árbol violeta que se vuelve un símbolo de belleza y de vida, atravesando la historia de esas familias. 

El título original de este libro es Los niños del Jacarandá y es justamente en torno a ellos donde ancla la historia, aunque el relato cruce tres generaciones. Neda, Omid, Sheida, Sara, Forugh, Donya. Hijos de hombres y mujeres que estuvieron detenidos o fueron asesinados en la década de 1980. Chicos que ahora son adultos. Algunos han vivido el exilio, refugiados en Estados Unidos, en Italia, en Alemania. Adonde van, llevan con ellos la herencia de lo sufrido.

Con un relato detallado, centrado en los más mínimos gestos, Delijani pone en escena las vidas cotidianas arrasadas por la violencia. No solo se trata de la muerte. También están ahí los silencios, el terror de lo callado colándose por cada grieta. Como dice uno de los personajes: “Los secretos te roban la infancia (…) Cuando la muerte se instala, la niñez se desvanece.” 

La autora habla del dolor y del duelo pero también de la lenta reconstrucción de la alegría, de la resistencia, de la voluntad de cambiar las cosas. La novela abarca la historia de estas familias desde 1983 a 2011. Los niños ya han crecido y cada uno de ellos tomará una posición personal ante la nueva embestida de violencia en Irán. 

Sahar Delijani conoce bien la historia que cuenta. Aun si la novela es una ficción, mucho de lo relatado realmente sucedió así. La autora nació en la prisión de Evin en 1983. Sus padres fueron detenidos por oponerse al régimen islámico que logró apropiarse de la Revolución que derrocó al Sha. Los grupos que habían participado de la revolución pero luego no apoyaron el nuevo régimen teocrático del Ayatolá fueron perseguidos con ferocidad.

Cuando Delijani tenía 12 años, su familia emigró a los Estados Unidos. Actualmente vive en Italia. A la sombra del árbol violeta –traducida a 28 lenguas y publicada en 75 países– es su primera novela.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X