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lunes, 27 de abril de 2015

Entrevista: La boca de la tormenta





Eugenia Almeida, conocida y premiada desde su primera novela “El Colectivo”, presenta “La boca de la tormenta” (Ediciones DocumentA/Escénicas). 
En esta entrevista nos permite acercarnos a la propuesta de su nuevo libro.





En una entrevista que te hicieron en el diario los Andes donde hablabas de "El colectivo" titularon con una frase tuya: “esta novela fue una gran tormenta”. Ahora estás publicando un libro que se llama “La boca de la tormenta”.  ¿Qué tipos de tormentas crees que vienen con la escritura y específicamente en este libro? ¿Cómo es “La boca de la tormenta”?

La escritura permite todo tipo de tormentas. Depende del momento, de la disposición que uno tenga para dejarse sacudir, para dejarse alcanzar. La boca de la tormenta es el momento exacto en el que uno descubre que está en el umbral, aunque no pueda decir qué es lo que hay del otro lado. Una boca que habla un lenguaje indescifrable.


Tu obra como narradora es muy conocida por tus dos novelas publicadas y tu trabajo periodístico. Ahora nos enfrentamos como lectores a una escritura de poesía. Si es que existe diferencia entre ambas escrituras ¿qué cosas encontraste vos en la experiencia de escribir este libro de poesía?

Me hizo gracia la palabra “enfrentar”. Espero que el encuentro con este libro no se viva como una lucha. Más allá de la broma, para mí existe una gran diferencia entre estos dos “tipos” de escritura. No sabría explicar bien esa diferencia, es casi como si fuera un problema de gravedad (no de seriedad sino de “gravedad” en el sentido físico: la fuerza con la que las cosas se acercan o se alejan de un eje). No me animaría decir que escribí un libro de poesía. El libro, como tal, no es una producción mía sino una creación colectiva. La decisión de que esos papeles se convirtieran en libro fue alentada, sostenida y celebrada por Gabriela Halac, mi editora en DocumentA/Escénicas. Este libro no existiría si no fuera por ella. A veces, el entusiasmo surge de los encuentros. Yo he puesto las palabras pero el libro en sí ha sido una creación conjunta con Gabriela Halac y Elisa Canello (responsable del dibujo de la tapa).


La experiencia de la lectura de poesía es bien diferente a la de leer narrativa. Cuando uno lee una novela lo que más recuerda es muchas veces la historia y los personajes ¿qué cosas crees que son propias de la experiencia de leer poesía? ¿qué recordás de un libro de poesía?

No me animaría a dar una ley general. A mí, lo que me produce la lectura de los poetas que admiro es un estado de ánimo, una cierta disposición a ver el mundo con otros ojos, una mirada que deja de lado la racionalidad y la tendencia a interpretarlo todo. Eso. La poesía me permite dejar de interpretar el mundo.


Además de los objetivos obvios de publicar tus textos, ¿qué te aportan las experiencias de editar y qué reflexión hacés de la realidad del mundo editorial que vivimos hoy?

Editar me permite comprender hasta qué punto todo lo que hacemos es, de algún modo, algo colectivo. Tengo diferentes experiencias con diversos editores. Siempre es enriquecedor el proceso de ir creando un libro. Estoy convencida de que los escritores hacemos manuscritos (no libros). Para que esos manuscritos se conviertan en libros que lleguen al lector, necesitamos de la pericia, el trabajo y la sensibilidad de los editores y de todos los que están involucrados en ese proceso de creación (los correctores, los diagramadores, los traductores si los hay, los diseñadores, los imprenteros, los ilustradores y muchos más). Sería difícil hacer una reflexión general sobre “el mundo editorial” porque hay realidades muy diferentes. Personalmente celebro el trabajo que hacen las editoriales que construyen y defienden un catálogo personal, una colección de libros que responde al “espíritu” o la “personalidad” de esa editorial. Tengo la suerte de publicar con editoriales de las que me enorgullezco como Edhasa, Métailié y, ahora también, DocumentA/Escénicas. Con cada uno de mis editores he aprendido algo que me ha permitido trabajar con más profundidad y con más alegría. Y eso es algo que siempre se agradece.*








lunes, 20 de abril de 2015

Cuentos viejos. Relatos Sentimentales - Emanuel Rodríguez





El miércoles 22 a las 20 hs, en la Librería Punto de Encuentro (Independencia 620, Nueva Córdoba), Emanuel Rodríguez va a leer textos de su libro Cuentos viejos. Relatos Sentimentales.

Una sola palabra: Imperdible.



martes, 14 de abril de 2015

Nicole Witt premiada en la Feria del Libro de Londres



Hermosas noticias desde Londres.

Nicole Witt es la ganadora del Premio a la Excelencia como Agente Literaria en la Feria del Libro de Londres 2015.

Que es la mejor agente del mundo ya lo sabíamos los autores de su agencia. Ahora lo saben todos.

Felicitaciones a la querida Nicole y a todo el equipo de la  Agencia Literaria Mertin.






Eduardo Galeano: La belleza de las cosas




Dicen que ya desde temprano se conocía la noticia, que Montevideo es una ciudad pequeña, que cómo no iba a saberse que en un sanatorio de la capital había muerto Eduardo Galeano. Pero nadie dijo nada. En las redacciones esperaron a que la familia confirmara lo que todos sabían. A las diez de la mañana, la tristeza se hizo pública, se hizo nuestra.

Nació en Tacuarembó, el 3 de septiembre de 1940. Vivió en Uruguay hasta que, luego del Golpe de Estado de 1973, lo encarcelaron. Poco después logró salir del país para refugiarse en la Argentina. En 1976 tuvo que huir otra vez; su nombre estaba en las listas de condenados. El destino fue España. Sólo en 1985 volvería a Uruguay.

Antes de ser escritor, Galeano fue pintor de carteles, obrero en una fábrica de insecticidas, mecanógrafo, cajero en un banco y mensajero. Sus primeros trabajos como periodista no tenían relación con las palabras: siendo adolescente dibujó caricaturas en el diario El sol. Su seudónimo para esos trazos era Gius. Siempre firmó sus escritos con el apellido de su madre.

Si hubiera que definir el trabajo de Galeano, la palabra precisa sería “cronista”. Un cronista detallado de la belleza. Y, como decía David Hume, “la belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las contempla”.

Cuando en 2011 le entregaron el Doctorado Honoris Causa en la Universidad de La Habana sus anfitriones lo definieron como “un recuperador de la memoria real y colectiva sudamericana”. Hasta último momento Galeano puso en juego su voz para defender aquello que consideraba justo y para denunciar los males del mundo. El 4 de diciembre de 2014 publicó, en su última contratapa en Página 12, un artículo sobre los 43 estudiantes desaparecidos en México. La semana pasada firmó un documento manifestando su desacuerdo con el decreto de Estados Unidos que califica a Venezuela como una amenaza.

En ámbitos académicos suele decirse que Galeano es un escritor “para principiantes”. Como si fuera alguien que en cierto momento deberíamos dejar atrás. Quién sabe de dónde ha surgido esa idea. Galeano es sencillo. Y, en literatura, no hay nada más difícil que lo sencillo. Tenía algo de niño pero no era ingenuo. Quizás estamos demasiado acostumbrados a que la lucidez provoque amargura. Él era capaz de ver la maravilla aun siendo consciente de lo terrible. Galeano y su voz grave, sabiendo decir lo que antes había escrito con ese modo tan suyo de jugar con el lenguaje, de llevarlo suavemente a mostrar su verdad escondida.

Supo hacernos comprender que contar una historia siempre implica una visión del mundo. Que no hay relatos inocentes. Que hay que ser valientes, aunque nos hayan educado en el miedo. Supo darnos la medida de nuestra insignificancia y nuestra trascendencia: sólo un segundo en la enorme eternidad del tiempo pero, a la vez, un segundo que puede cambiarlo todo.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La voz del interior





sábado, 11 de abril de 2015

Nueva nominación de Nicole Witt para los Premios a la Excelencia en la Feria del Libro de Londres






Por segundo año consecutivo, Nicole Witt es finalista del Premio a la Excelencia como Agente Literaria en la Feria del Libro de Londres.

Desde 1982 la Agencia Literaria Mertin dedica sus esfuerzos a la difusión mundial de las literaturas en portugués y español.




Los autores de la casa celebramos esta nominación y acompañamos en la alegría a la querida Nicole y a todo el equipo de la Agencia.



miércoles, 8 de abril de 2015

Últimos fuegos - Alejandra Costamagna




16 cuentos en los que desfilan personajes que luego quedan en la memoria, como si uno hubiera sido testigo presencial de esas historias. La ojerosa y la triste, dos viajeras exhaustas que por primera vez salen de Chile; los extranjeros que se esfuerzan para hablar en un idioma ajeno hasta descubrir que comparten una lengua; un hombre que lleva 59 noches sin dormir; alguien que recita poemas frente a una tumba; una mujer que se descubre en territorio de la ficción; el solitario y la inolvidable; un féretro diminuto; una mujer loca que decide viajar a Japón; dos mellizas que creen saber cuál de las dos es la original y cuál la copia. 

Alejandra Costamagna crea una red en la que los personajes saltan de uno a otro cuento, las historias son contadas desde diferentes puntos de vista y un relato puede reaparecer en otro bajo la forma de una noticia o un recuerdo. 

En esa red van a repetirse –como una especie de clave– los encuentros en los bares, los viajes, los balcones, las armas, las tortugas, los perros siberianos, las conversaciones inusuales con desconocidos, los finales que desembocan en tragedia, las personas que descubren quiénes son en el momento de actuar. Y el fuego, siempre presente, que puede ser incendio o sólo la brasa de un cigarrillo que brilla en la oscuridad.  

Según cuenta la escritora, algunas de estas historias nacieron como reescritura de noticias policiales. Hay algo aquí que recuerda los cuentos de Horacio Quiroga y de Silvina Ocampo. No porque la posible influencia se transparente sino porque Costamagna sabe bien cómo generar inquietud. 

Con un lenguaje depurado, preciso pero a la vez poético, la autora nos habla todo el tiempo del desamparo en el que caemos o dejamos caer a otros.  Sin duda, una de las voces más interesantes de la narrativa chilena. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X

sábado, 4 de abril de 2015

Underground - Haruki Murakami





Esto no es una novela

En “Underground” el escritor japonés Haruki Murakami aborda con herramientas periodísticas los atentados con gas sarín en el subterráneo de Tokio.

Es la mañana del lunes veinte de marzo de 1995. Una mujer demora en salir de su casa. Tiene un mal presentimiento. El fantasma de su abuelo se ha puesto a caminar en círculos creando una especie de cerca a su alrededor, como si quisiera decirle que es mejor quedarse. Aun así, decide salir. Un rato después cinco miembros de la secta religiosa Aum liberan gas sarín en diferentes vagones del subterráneo de Tokio. Lo que se ve puede describirse como un infierno. Cientos de personas derrumbándose. La pérdida de visión, el aturdimiento, las náuseas, la fiebre, las jaquecas, el sudor frío, los temblores, la dificultad para respirar. Doce muertos y cinco mil afectados.

Un empleado ferroviario ve morir a su compañero. El chofer de un canal de televisión decide cargar en su furgoneta a algunas de las víctimas. En la puerta de los hospitales hay gente informando que ya no queda lugar disponible. Se supera toda capacidad de respuesta. Las ambulancias no alcanzan, los médicos no saben qué tratamiento aplicar, la policía está desorientada, hay miles de personas buscando ser atendidas.

El escritor japonés Haruki Murakami abandona la ficción para ocuparse de los atentados de Tokio. Meses después de lo sucedido comienza a entrevistar a personas afectadas por el gas sarín. Busca “entender Japón a un nivel más profundo”. Una vez obtenidos esos testimonios su intervención es mínima. Lo que encontramos es la voz de las víctimas. Empleados, vendedores, militares, comerciantes, jubilados, imprenteros, electricistas, contadores, científicos, una profesora, un chico que va al colegio. Hombres y mujeres entre los 15 y los 65 años. Gente que sufre  una doble violencia: la de los atentados y la posterior incomprensión de la sociedad.

A esos testimonios se agregan entrevistas a un psicólogo que atiende los efectos del estrés post traumático, un abogado que intentó advertir a la policía la inminencia del atentado, familiares de víctimas que no pueden comunicarse o que han fallecido y un médico con experiencia en gas sarín que se ocupó de llamar personalmente a todos los hospitales que recibían a los afectados.

El libro, publicado en Japón en 1997, lleva el subtítulo “El atentado con gas sarín en el metro de Tokio y la psicología japonesa”. Más allá de lo que analiza Murakami en el epílogo, leyendo lo que dicen las víctimas uno logra hacerse una imagen de la sociedad japonesa. Ciertas cosas se repiten, se dan por sentadas, se consideran naturales. En un país donde el desorden es visto como una falta, muchos transeúntes no ayudaron a las víctimas creyendo que se trataba de borrachos. La pregunta que parecen haber tenido en mente es “¿qué tiene que ver esto conmigo?”. Uno de los entrevistados detalla: “Alguien agoniza tirado en medio de la calle y nadie dice nada. Sólo te esquivan.” Algunos de los afectados por el gas se preocupaban por la vergüenza de vomitar delante de otros. La corrección llevada a un extremo que violenta las necesidades del cuerpo. El deseo de no hacerse notar; todos obedeciendo ese antiguo refrán que dice que el clavo que sobresale es el que recibe el martillazo.

El temor de exponer lo que se consideran “debilidades” hizo que muchas personas creyeran que lo que les estaba pasando era algo individual (“debo haber dormido poco”, “me he resfriado”). Por eso demoraron en reaccionar y pedir ayuda. Una ayuda que, por otra parte, tardó mucho en llegar porque los sistemas de emergencia colapsaron. ¿Cómo funciona la mente de una persona que ve a otros desmayarse y empieza a descomponerse pero no puede poner en relación ambos hechos? ¿Qué dice eso de la sociedad en la que vive? 

La principal preocupación de la mayoría de los entrevistados fue llamar al trabajo y avisar que estaban demorados. Aún en ese escenario dantesco, hubo muchos que buscaron un teléfono público. Uno de ellos llegó a decir: “Ha habido un ataque terrorista. Llegaré tarde.”
Justamente estas características de lo que Murakami llama la “psicología japonesa” pueden servir como herramienta para comprender cómo y por qué surgió en ese país una secta como Aum. El escritor alerta sobre los riesgos de analizar los hechos en base a una distinción dicotómica entre “nosotros” y “ellos”. Ese “ellos” que provoca horror (la secta Aum) surgió de ese “nosotros” que es la sociedad japonesa para el autor.  

La segunda parte de este trabajo (“El lugar que nos prometieron”) es en realidad un libro que Murakami publicó un año después de Underground. Allí se presentan entrevistas a ocho personas relacionadas de diversos modos con la secta Aum. Entre ellos hay miembros activos y gente que se alejó del grupo por tener una visión crítica. Es un buen complemento de la primera parte y ayuda a abordar el tema de los atentados con mayor complejidad.


Eugenia Almeida

Publicado originlamente en Ciudad X










martes, 31 de marzo de 2015

Una historia del libro judío - Alejandro Dujovne



Detrás de escena

En su último trabajo, el investigador cordobés Alejandro Dujovne analiza desde la Sociología de la Edición parte de la historia del libro judío en Buenos Aires.

Solemos creer que nuestra biblioteca es una colección de libros que dicen algo sobre nosotros porque han sido elegidos en absoluta libertad. Sin embargo no es así. Sólo hemos elegido entre un repertorio ya determinado: aquello que es accesible en un cierto tiempo y un cierto espacio. En la construcción de ese repertorio jugaron fuerzas políticas, económicas, sociales, históricas y  culturales. Cada época decide para sí qué cosas serán publicadas y cuáles no. Los lectores a veces lo olvidamos. Por eso es tan interesante asomarse a la Sociología de la Edición y tratar de comprender aquello que se pone en juego antes de que un libro llegue a manos del lector.

Hacer trabajo de campo implica establecer relaciones particulares con aquellas personas a las que se entrevista. Alejandro Dujovne cuenta cómo uno de esos encuentros fue el detonante de este libro. En julio de 2004, en el marco de una investigación sobre “el club judío de izquierda de Córdoba”, el autor se reunió con Hebe Goldenhersch. Al terminar la entrevista, la recordada vicerrectora de la Universidad Nacional le dijo que quería pedirle algo y trajo tres cajas de libros en ídish que habían formado parte de la biblioteca de su madre. Goldenhersch deseaba donar esos libros a alguien que reconociera su valor y daba por sentado que Dujovne podía darles un buen destino. Ese pedido inesperado provocó ciertas preguntas: ¿Qué títulos eran? ¿Dónde habían sido editados? ¿Por qué formaban parte de la biblioteca de una mujer judía que vivía en Mina Clavero?

Esa escena inicial dibuja el territorio e incorpora la tónica que marcará lo que se cuenta en este libro. Un investigador curioso, una profesora que hace lo posible para que un legado no se pierda, la alegre disponibilidad de ir más allá de aquello que teníamos planeado.

En Una historia del libro judío –y bajo el subtítulo “La cultura judía argentina a través de sus editores, libreros, traductores, imprentas y bibliotecas”­– Dujovne presenta una investigación impecable. Como bien lo señala el título, se trata de “una” historia más entre las muchas que podrían contarse. En este caso, la referida al escenario editorial judío en Buenos Aires entre 1919 y mediados de la década de 1970.

Si es posible discutir en qué consiste “ser judío”, claramente el concepto de “libro judío” es  difícil de definir. Dujovne deja en claro que cuando usa esos términos se refiere a “toda obra publicada por un sello especializado en temas judíos en un sentido amplio, lo que incluye tanto obras en castellano  como en ídish y hebreo.” La discusión podría continuar eternamente si nos atrevemos a preguntar qué serían los “temas judíos”. Y ese es uno de los aspectos en los que el libro del investigador cordobés devela ciertas características de la cultura judía: justamente, a través del análisis del mundo editorial porteño judío, accedemos a parte del debate en torno a “lo judío”. En ese terreno –el de los libros– se llevó a cabo una lucha de sentido en torno a la construcción de la identidad judía.

En primer lugar, el autor aborda algunos momentos esenciales de la historia judía y del panorama editorial judío en Europa. Luego se centra en la producción editorial en Buenos Aires. Dujovne se ocupa de los libros publicados en ídish, hebreo y castellano, tomando en cuenta los efectos del antisemitismo, el Holocausto, la  creación del Estado de Israel y el sionismo. El análisis  contempla el contexto mundial y los debates existentes sobre lo que implica “ser judío”. La investigación también incluye un caso concreto (el de la editorial Israel), la reflexión sobre políticas de traducción, el rol de las librerías, bibliotecas e imprentas judías en Buenos Aires y la importancia de un evento como el Mes del Libro Judío.

Con un breve pero detallado recorrido por la historia de la relación entre el pueblo judío y los libros, mapas, cuadros de contenido e innumerables notas bibliográficas, Una historia del libro judío puede considerarse un trabajo que combina las exigencias de los especialistas con la claridad necesaria para interesar a personas que no tengan conocimientos previos sobre el tema. No es un logro menor. Sin embargo, quizá el mayor aporte que ofrece el libro al lector no especializado es proponer una cierta mirada que puede aplicarse a otros objetos. Recordarnos que en cada época hay cosas que se nos presentan como naturales y que por cada construcción social y cultural (una revista, una película, una canción, una noticia) hay un detrás de escena lleno de fuerzas en pugna que luchan por establecer una cierta imagen del mundo. Dujovne define claramente su posición cuando, retomando a Darnton, dice: “los libros no se limitan a contar la historia, también la hacen.”

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X

http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/detras-de-escena








viernes, 27 de marzo de 2015

El turista accidental - Anne Tyler








Una pareja vuelve de vacaciones en su auto. Llueve. Esa lluvia va a traer a la luz lo que ha estado latiendo: la separación, el divorcio, los modos tan opuestos de afrontar la muerte de un hijo. El abandono, el amor, las despedidas y los lazos que impone el azar de haber crecido juntos. Macon Leary, escritor de guías de viaje, ahora está solo, inevitablemente expuesto a una pregunta: ¿Cuánto puede prepararse uno para lo que va a venir? 

Anne Tyler es considerada una de las grandes novelistas norteamericanas. Criada en una comunidad cuáquera, quizás haya sido ese clima el que le reveló que en cada detalle de la vida hay algo que merece ser contado. 

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



lunes, 23 de marzo de 2015

Las buenas personas - Nir Baram




Obreros de la destrucción

“Las buenas personas”, de Nir Baram, es la primera novela israelí que aborda la Segunda Guerra Mundial sin centrarse en el Holocausto.

Berlín, 1938. Thomas Heiselberg trabaja para una empresa norteamericana. La ambición, la construcción de una carrera, es quizás el único motor de su vida. Cuando pierda ese puesto, aceptará colaborar con el régimen nazi desde un lugar que lo convierte en cómplice de la matanza. Un intelectual, un oficinista, un burócrata. Un “estudioso” que escribe un largo informe sobre la identidad polaca.

Leningrado, 1938. Aleksandra Weissberg escucha las charlas que tienen sus padres con un grupo de amigos. La subleva la quietud de esa gente, la ingenuidad con respecto a lo que implican esas conversaciones. La joven judía piensa que no van a tardar en detenerlos a todos. Sabe que la familia está en riesgo y decide actuar para salvar a sus hermanos. Se convierte ella en delatora, convencida de que así disminuirá los daños. Entrega unos poemas heréticos a un antiguo novio que trabaja para la policía secreta. Todavía no sabe que, con ese gesto, acaba de entrar en la maquinaria que se ocupa de las purgas en la Unión soviética.

Aleksandra y Thomas se encontrarán en 1941. Quizás cada uno funcione como un espejo insoportable para el otro. Son los que “nunca han tenido sangre en las manos”, los que han “provocado la muerte de manera indirecta, con órdenes, escribiendo papeles que pasaban de mano en mano sin que sus ojos ya los vieran hasta enviar a otros a la muerte.”

El contexto histórico se va desarrollando sin ser explicitado. Simplemente se ve su efecto sobre la vida de las personas. Una antigua empleada judía vuelve a visitar a su jefa y es asesinada por las SS. Un amigo de infancia convertido en un perro que ejecuta con euforia las órdenes nazis. Una psicoanalista judía desesperada por conseguir un papel que le permita salir de Alemania. Los cristales rotos. Interrogatorios. Una joven que se va especializando en conducir las confesiones de los detenidos. Presos ansiosos por declarar cualquier cosa con tal de salvar la vida. El racismo, la persecución, la sospecha, el miedo a la delación, las supuestas redenciones. Las patrullas de asesinos recorriendo Alemania y Polonia. Leningrado convertida en una ciudad en la que todos reconocen el ruido de las furgonetas de la policía secreta. Los alcahuetes asomados a las ventanas. Todos desconfían. La paranoia se vuelve una forma de lucidez.

Una y otra vez la historia hace referencia a un mundo que ha cambiado para siempre, a gente que se aferra –terca o desesperadamente– a algo que ya no existe. Lo que más estremece en Las buenas personas es lo que piensan sus protagonistas. Cómo se explican sus propios actos. No se trata aquí de los estereotipos que se han ido construyendo en la literatura sobre la Segunda Guerra Mundial. El relato no se centra en un nazi desbocado que se solaza en la tortura. Ni en un judío cuyo único rol posible es el de víctima. La novela se ocupa de algo mucho más incómodo: las personas “comunes” que, de algún modo, colaboraron con regímenes totalitarios (el de Hitler, el de Stalin), diciéndose a sí mismos que en realidad estaban al margen o que no tenían otra posibilidad. De esa masa de obreros de la destrucción también está hecha la historia. Y quizás ese sea el verdadero sostén de una dictadura.

Con este abordaje, sería fácil pensar en un libro plagado de lecciones morales. Sin embargo el autor no juzga a sus personajes. Simplemente los muestra. Y eso se vuelve mucho más inquietante para el lector. Están ahí. Son como tanta otra gente. Quizás, incluso, como nosotros. Y han tomado decisiones espantosas. Y se cuentan a sí mismos historias para enmarcar y justificar esas decisiones.

Las buenas personas habla del efecto que tienen nuestros actos sobre el mundo y de las ficciones que construimos para no aceptar esa responsabilidad. Publicada originalmente en 2010,  es considerada la primera novela israelí que aborda la Segunda Guerra Mundial sin centrarse en el Holocausto.

Nir Baram nació en Jerusalén en 1976. Tenía 19 años cuando su madre murió de cáncer. Sumido en una casa silenciosa, con los temores que trae la muerte, decidió empezar a escribir un diario. Ese ejercicio de supervivencia poco a poco se fue convirtiendo en algo central en su vida. A los 22 años publicó su primera novela. En 2010 ganó el Premio Prime Minister de Literatura Hebrea.

Editor, periodista y escritor, Baram ha sido muy cuestionado en su país por sus opiniones políticas. En más de una ocasión ha declarado que se opone a la ocupación de Palestina y a cualquier tipo de muro que convierta a Israel en un “gueto judío”. Es un activo militante de Ramallah Tel Aviv Iniciative, un grupo de israelíes y palestinos que proponen un modelo de “dos estados sin separación, con total libertad de movimiento.”




Eugenia Almeida

 Publicado originalmente en Ciudad X







jueves, 19 de marzo de 2015

Las dos Sicilias - Alexander Lernet-Holenia




En una cena de la alta sociedad vienesa, el Coronel Rochenville, líder del antiguo regimiento Las dos Sicilias, mantiene una extrañísima conversación con un desconocido que dice llamarse Gasparetti. Poco después, sabrán que uno de los invitados ha sido asesinado. Esa muerte será la primera de cinco. Parece haber una amenaza particular sobre los integrantes del regimiento que viven en Viena. El comisario Gordon será el encargado de investigar los hechos pero los antiguos compañeros de armas deciden llevar a cabo una investigación paralela que acelera la tragedia.

Organizada en siete capítulos –cada uno con el nombre de uno de los integrantes del regimiento– esta novela podría considerarse un clásico del policial de enigma. Lo es. Pero, al mismo tiempo, es mucho más. La historia está atravesada por relatos y disgresiones que van abriendo puertas que no siempre están al servicio de la resolución del enigma central. Y sin embargo, son esas disgresiones las que hacen único a este libro.  

Lernet-Holenia parece haber construido un artefacto que le permite reflexionar sobre sus preocupaciones centrales: ¿Qué dibujos pueden hacer en nosotros la identidad, el tiempo, el destino y la muerte? ¿Qué es lo real? ¿Cuál es la distancia –ínfima o enorme– que nos separa de los otros? ¿Cuáles son los sucesos que pueden convertirnos en lo que realmente somos? ¿La identidad es una construcción o una serie de descubrimientos? 

“No sabemos qué es en realidad el mundo”, dice uno de los personajes, “es más, ni siquiera sabemos si existe. Únicamente lo conocemos tal como se nos presenta. Y se nos presenta exactamente como nosotros mismos somos.”

Catalogada por la poeta uruguaya Ida Vitale como una “novela policial y metafísica”, Las dos Sicilias fue publicada originalmente en 1942. Lernet-Holenia, admirado por Rilke, Stefan Zweig y Borges, es considerado uno de los escritores en lengua alemana más importantes del Siglo XX.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



sábado, 7 de marzo de 2015

Agua







Gotas

Empieza a llover. Y es hermoso. El agua golpea contra el techo de chapa y dan ganas de quedarse en la cama. Pensás en la suerte de estar esta noche, bajo esa lluvia, con el ruido que acuna y contiene.
Pasan las horas. Es difícil saber cuándo la repetición de algo bello se vuelve inquietante. 

Te despertás, como siempre, a eso de las cuatro y veinte. Quién sabe por qué. Todos los días, la misma hora. Caminas en la oscuridad y al llegar al lavarropas rozás un botón del celular. Una costumbre repetida: confirmar lo que ya sabés. La luz azul rebota en la pared y alcanzas a ver: 04:22. Vas hasta el baño. El olor a tierra mojada entra por el ventanuco. Volvés a la cama. Tratás de dormir. 

Es domingo. Quizás sean las seis o las siete de la mañana. Tenés que trabajar. Una rutina hecha de tareas sin horarios. Vas sumando ratos de esos: madrugadas, trasnoches, pequeñas grietas que se abren entre una cosa y la otra. 

Apretás la tecla de la luz pero la luz no llega. Como tantos otros días en este pueblo de Sierras Chicas. No importa. Buscás la radio portátil, escuchás una transmisión desde otra ciudad. Están hablando de una marcha que se organiza en Buenos Aires. Apenas prestás atención. De a ratos se oye una canción, hacés girar la rueda del volumen hacia arriba o hacia abajo, dependiendo del ánimo.

Ponés la pava en la hornalla. Buscás la yerba. Tratás de abrir las ventanas pero entra agua. Desde el sur, desde el norte, desde el oeste. Como si afuera hubiera una especie de tornado, como si lloviera desde todos los rincones. Te quedás con los postigones cerrados, a oscuras, hasta que la luz vuelve y te sobresalta.

Pasan unas horas.

Alguien sacude la campana que está sobre la tranquera. Pensás que debe ser otra cosa, que te has confundido. ¿Quién puede venir en medio de este diluvio? Abrís la ventana y te asomás. Tu vecino dice que se ha tapado una canaleta, que el agua se ha encajonado, que se le inunda la cocina. Salís debajo de la lluvia, sacás algunas ramas de esa pequeña acequia. Te movés con mucha dificultad. Hace días que tomás calmantes para un terrible dolor de espalda que apenas te deja caminar. 

Algo va mal. El agua empieza a subir. Te acercás a la calle: una enorme tormenta de barro arrastra piedras, palos, objetos que no llegás a reconocer. Volvés a la casa. La ropa empapada. Frío en el cuerpo y es pleno febrero. La chapa sigue tronando. Un rato después empujás la ventana contra el viento y alcanzas a ver que el agua sigue subiendo. La calle ya no está ahí. Sólo hay un río marrón que arrasa todo. El cielo es negro.


Noticias del mundo de allá

La lluvia amaina un poco y volvés a asomarte. Una vecina trata de bajar al centro. Dice que el agua se ha llevado algunas casas. Es el comienzo de las voces. Todo el mundo habla.

Hay quien dice que han abierto las compuertas del dique. Hay quien dice que no es cierto. Hay zozobra. Alguien cuenta que en una de las casas que están sobre el río el agua levantó una heladera. Parece algo extraordinario. Pero vas a oír eso muchas veces. Heladeras, autos, camiones, todo parece tener otro peso y otra densidad bajo la furia de la tormenta. Empezás a oír nombres de barrios y lugares que no conocías. 

Los puentes ya no sirven para unir sino como demostraciones de la destrucción. 

El agua que te puede llevar también es el agua que puede sepultarte en una habitación. En la radio alguien cuenta que tuvo que romper una pared a mazazos para poder liberar a una familia que había quedado encerrada.

Los rumores de las compuertas abiertas se repiten de boca en boca. Todas las frases comienzan con “dicen”, “me dijeron”, “escuché que”. Te asomás para ver si los vecinos están bien. Suena el teléfono. De a ratos. La señal va y viene con el viento, con los truenos, con el agua. La línea fija  tiene tono pero siempre da ocupado.

Lo que se oye en la radio son sólo retazos. Lo central parece ser comentar los partidos de fútbol.  Especialmente el de Boca.

De a poco, muy lentamente, empiezan a llegar noticias.

Hay gente en los techos de las casas. Hay una soledad desoladora. Vas a saber que en los sindicatos, las colonias, las iglesias y los clubs las personas se amontonan buscando refugio. Hay equipos tratando de llevar ayuda en medio de un clima imposible. Ha vuelto a llover. Se siente el miedo. 

En los barrios más pobres, siempre cerca del río, siempre en lo bajo, el agua ha destruido todo. 

Se oye la voz de un ministro diciendo que hay lugares a los que no se puede acceder, que han caído 300 milímetros, que debemos tener calma. Querés fumar pero hace dos semanas que decidiste dejar y no hay un solo cigarrillo en la casa. La luz se corta y ya no vuelve.

Tu pueblo está a oscuras. Es la noche del 15 de febrero. Ya sabés que lo que ha pasado es un desastre. Ha dejado de llover y lo único que se ve son los tucos, enormes, que se encienden y se apagan. 

Cada tanto, un auto pasa rompiendo la oscuridad. Se ven los faros como si anunciaran algo. Se siente la fuerza del motor luchando contra un suelo que ha desaparecido. Te preguntás adónde van. Esas luces son casi fantasmas. 

En la radio han dicho que todos aquellos que estén seguros y no estén colaborando con los equipos de rescate deberían quedarse donde están. No sabés adónde irías si pudieras caminar normalmente. Los amigos han ido al pueblo a ayudar. Desde allí mandan noticias (cuando hay señal, cuando hay suerte, cuando hay tiempo).

La radio sigue replicando el futbol hasta la exasperación. Sobre el límite del dial encontrás una emisora uruguaya. Un abogado promociona su estudio, una locutora anuncia el programa “El tango es mujer”. Se oye un cantante mexicano balbuceando un bolero. Movés la perilla. Súbitamente las voces se vuelven nítidas, hay un grupo de mujeres rezando un rosario con una cadencia maníaca. Sentís un escalofrío. Tu casa está llena de velas.

El teléfono se queda sin señal. De a ratos entran llamadas perdidas que nunca sonaron. Amigos de otras provincias que deben estar viendo las noticias. 

En esa primera noche, la palabra es “inquietud”.


El día después

Alguien te cuenta que en Tortosa, donde se derrumbó el puente, la gente ha perdido todo. 

Hay árboles enormes tirados sobre la calle. Al norte, el agua ha destruido un criadero de cerdos y dicen que hay cuarenta animales muertos flotando por ahí. El olor es insoportable. El barro se pega a todo. Hay perros sin dueño dando vueltas, buscando algo que los oriente. Hay chicos que van gritando los nombres de sus perros por las calles llenas de huecos. 

Autos clavados en el lecho del río. Grietas enormes. El pavimento partido como si hubiera habido un terremoto. Hay barrios en los que han surgido vertientes. El agua brota de la tierra y atraviesa las casas. El sobrino de un amigo tiene una vertiente en su armario. 

Dicen que en barrio Loza una familia se subió a los techos cuando la fuerza del agua reventó las puertas y las ventanas. Por esos huecos comenzaron a entrar cosas. Una heladera. Ramas. Pedazos de plástico. Por uno de esos huecos entró, flotando, un muerto. Quien te lo cuenta hace un silencio. Repite una frase que ya ha dicho. No logra decir lo que quiere. Estás escuchando. Vuelve a decir: “el agua trajo un muerto”. El mate pasa de mano en mano. Miramos el suelo.

Cuando truena todos nos ponemos a temblar.


Trepen a los techos ya llega la aurora

Desde el primer momento hay gente que se organiza para tratar de hacer menos terrible lo que ha pasado. Gente que te conmueve. Durante una semana van a dejar todo para estar ahí, colaborando, ayudando, sosteniendo. Gente que va a dormir, con suerte, una o dos horas por noche. 

Se va a trasparentar lo que cada uno es. Lo que somos siempre se revela en la catástrofe. La variedad humana: hermosa y escalofriante. Ves al que no descansa, al que  construye, al que -en medio de la vorágine- tiene un resto para el afecto. Ves a los otros también. Los que tienen sus propios intereses y sólo hacen lo que les conviene.  

Hubo quienes golpearon puertas de madrugada diciendo que subía el agua. Hubo familias que escaparon en medio del pánico. Y quienes habían dado esa falsa alarma pudieron robar con tranquilidad. Hubo quien se ocupó de guiar la ayuda hasta sus vecinos más pobres. Hubo quien ofreció todo: casa abrigo, comida, agua, lo que hubiera. 

La luz y la oscuridad midiéndose en ese territorio que ha dibujado la tormenta. Como si el universo se hubiera condensado aquí, en las Sierras Chicas, en estos primeros días de la segunda quincena de febrero. Como si mirando esto pudieras entender la esencia de nuestra especie. 

Camino a barrio Las Ensenadas, más allá de la cantera, alguien ha fabricado dos espantapájaros con ropa y desechos que arrastró el río. Están sentados en un sillón hecho con ramas. Todos sonríen cuando pasan por ahí. 

En barrio Pizarro un chico de 17 o 18 años hace acrobacias con su bicicleta. Usa los desniveles del suelo, gira en el aire, cae con gracia. Está haciendo eso desde el día de la tormenta. Cuando todo era desolación, él empezó a saltar por el terreno. Bajo la lluvia. Un bailarín único que regala belleza. Hay quien cree que es una locura hacer algo así en este momento. Otros agradecemos esa danza. Nuestro mundo se ha sacudido. Y aun así alguien se pone a jugar con su bicicleta. Estamos vivos. 

Nos escuchamos, compartimos mate y cigarrillos. Nos desvelamos y tratamos de ayudarnos a dormir. Estamos juntos. 

Has oído mucho. Has visto mucho. Sentís que tu capacidad de expresarte ha sido arrasada. No alcanzan las palabras.

Pasan unos días. Vuelve la conexión a internet. Abrís tus mails. Una amiga, en un pueblo cercano, acaba de escribir lo que querías decir. 

Dice que se siente rara, que apenas puede creer lo que ha pasado. Dice que ha visto a la gente caminar con cansancio y con temor, buscando un lugar conocido que pueda servir de apoyo. Dice que todos hablan y cuentan, una y otra vez, lo que vivieron. Tu amiga termina su mail con una frase perfecta: “Lo increíble, cuando se suma a la fatalidad, tiene ese efecto: es necesario construir un relato que nos permita contarnos la realidad que fue.”
Y eso es lo que hemos estado haciendo. 



Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Los días contados 
La voz del Interior

jueves, 5 de marzo de 2015

La alfombra del Rey Salomón - Barbara Vine







Una enorme casa de inquilinos, un libro sobre la historia del metro en Londres, un flautista que ha sufrido un accidente, una violinista que abandona su casa, un hombre disfrazado de oso, dos ancianas que han sido compañeras toda la vida sin apenas darse cuenta, una mujer que nunca ha viajado en metro, un grupo de niños que viajan sobre el techo de los vagones arriesgándose al impacto, un solitario y su halcón. Una novela que sabe llevarnos, en un laberinto subterráneo, a un lugar que no podemos predecir. 

Barbara Vine (seudónimo de Ruth Rendell) es considerada una de las más importantes escritoras de suspenso. 

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




lunes, 2 de marzo de 2015

Ni muerto has perdido tu nombre - Luis Gusmán







Con un lenguaje preciso y escueto, Luis Gusmán relata una historia que pone en tensión los lazos entre el pasado y el presente. Federico Santoro –hijo de desaparecidos– busca saber algo más sobre la muerte de sus padres y sobre la mujer que lo puso a salvo. Ana Botero intenta comprobar si es verdad que su marido puede haber sobrevivido. Varelita, torturador en los 70, sigue su juego: dominar, convertir el mundo en un coto de caza, generar terror. Tres personajes y una historia sobre los modos en los que el pasado puede irrumpir después de esperar, agazapado, hasta estar en condiciones de perforar el presente. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X