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jueves, 21 de abril de 2016

Un mundo con drogas - Emilio Ruchansky





Herramientas para el debate


El ex presidente uruguayo José Mujica lo dijo en 2012: “Mucho peor que la droga es el narcotráfico”. Es una frase sencilla pero marca una diferencia importante y permite pensar que quizás sea un error intentar combatir el narcotráfico prohibiendo el consumo de drogas. Por el contrario, las experiencias internacionales demuestran que el prohibicionismo no es el paradigma más eficaz. Mientras el narcotráfico se convierte en una preocupación mundial, con episodios de violencia incontenibles, con un poder tan enorme que, en algunos casos, reemplaza el accionar del Estado, es cada vez más necesario discutir políticas públicas sobre el consumo de drogas como un elemento central de la lucha contra el narcotráfico.  

En Un mundo con drogas, el periodista Emilio Ruchansky presenta seis ejemplos concretos de regiones y países que no participan del paradigma del prohibicionismo. Con el subtítulo “los caminos alternativos a la prohibición: Holanda, Estados Unidos, España, Suiza, Bolivia y Uruguay”, el autor expone el modo en que la prohibición alienta el consumo reduciendo la oferta y generando “una plusvalía enorme del servicio de distribución”.

Sea cual sea la opinión que uno tenga al respecto, el libro de Ruchansky es extremadamente valioso para obtener información indispensable si se quiere debatir seriamente sobre el tema. Es importante destacar que este no es un libro sobre drogas sino un mapa de las políticas públicas y privadas que se han tomado con respecto a su consumo. 

El actual paradigma prohibicionista se basa en la Convención Única sobre Estupefacientes de las Naciones Unidas de 1961. Claramente, es una política que ha fracasado. Algunas de las alternativas propuestas se basan en promover un consumo regulado y responsable del cannabis, quitándole poder a las mafias. No se trata de legalizar todas las sustancias actualmente prohibidas sino de diferenciar las drogas duras (como la heroína y la cocaína) de las blandas (como la marihuana) y utilizar esta diferencia como una herramienta que desarticule el narcotráfico.  

Ruchansky viaja y recorre el territorio de las experiencias que presenta. Una sala de consumo supervisado en Suiza; las clínicas de mantenimiento con metadona; los clubes sociales de cannabis en algunas regiones de España; la legalización y regulación  de la marihuana en Uruguay; las consecuencias del Plan Nacional de Desarrollo Integral con Coca implementado en Bolivia; el esfuerzo de Evo Morales por combatir la ignorancia de los que confunden la coca con la cocaína; los bares en los que se puede comprar y consumir hachís o cannabis en Holanda, un país con una política particularmente interesante si se tienen en cuenta los resultados obtenidos.

Un mundo con drogas presenta testimonios de consumidores, médicos, enfermeros, científicos, penalistas, vendedores de semillas, sociólogos, políticos, dirigentes sociales, psiquiatras, economistas, agricultores y abogados. Esa diversidad de voces pone en evidencia lo más valioso de este libro: el intento de abordar el tema respetando su complejidad y prestando atención a ciertos factores que muchas veces son puestos en una zona de invisibilidad: la realidad socioeconómica que obliga a muchas personas a participar del tráfico de drogas como único camino de supervivencia; el interés de los conglomerados farmacéuticos; la intervención de bancos internacionales en el circuito de lavado de dinero; los procesos de dominación de unos países sobre otros; y la enorme industria de la seguridad y la represión. 

En este sentido, Ruchansky hace alusión a los usos medicinales del THC (un componente activo de la marihuana) en remedios actualmente en el mercado farmacéutico. El autor señala que, en algunos casos, son los mismos laboratorios los que  prefieren que la planta sea ilegal como un modo de proteger sus  ganacias. Otras variables a considerar son la industria de las cárceles privadas en los Estados Unidos y los agentes policiales que, en algunos países, ganan más dinero si aumentan su “productividad”, deteniendo a más personas. También es necesario tener en cuenta la intromisión de la DEA y la CIA en la política pública de países en los que no tienen jurisdicción. El modo en que la lucha contra el narcotráfico se cruza con la dominación política internacional fue explicitado por Evo Morales cuando dijo que “la guerra a las drogas no puede ser un instrumento o un pretexto para que sometan a países de la región andina; para dominarnos, humillarnos o tratar de sentar bases militares en nuestro países”.

Uno de los momentos más interesates del libro es la increíble historia del Proyecto Cocaína que la OMS desarrolló entre 1990 y 1995, un episodio que demuestra que la ciencia es considerada valiosa sólo cuando confirma los prejuicios de los poderosos.

Desafiando aquel slogan que planteaba la posibilidad de vivir en “un mundo sin drogas”, Ruchansky cierra su trabajo con una frase que es conclusión y a la vez  propuesta: “El desafío de los paradigmas alternativos explorados en este libro reside justamente en aplicar una política eficaz y respetuosa de los derechos humanos en un mundo con drogas.”


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




viernes, 15 de abril de 2016

Filba Nacional / San Rafael: Cuatro días para debatir sobre literatura y política - Silvina Friera



Cuatro días para debatir sobre literatura y política

La dicotomía civilización y barbarie –encarnada en el conflicto docente en la provincia de Mendoza– atravesó el encuentro, con un público ávido por escuchar a los escritores invitados, que participaron de lecturas, charlas y talleres.


Por Silvina Friera - Desde San Rafael


El viento ruge su rabia y dobla la copa de los álamos. Verlos agitarse, como si estuvieran a punto de desplomarse, impresiona. La naturaleza es mucho más salvaje –y hermosa– de lo que se percibe a simple vista. La belleza de la ciudad de San Rafael, al sur de la provincia de Mendoza, fue perturbada por la lluvia y las piedras que cayeron el jueves por la tarde, cuando empezó la quinta edición del Festival Nacional de Literatura (Filba), que terminó ayer. Quedan los fragmentos de escenas y debates de cuatro días de literatura y política –con la dicotomía civilización y barbarie encarnada en el conflicto docente en la provincia de Mendoza–, con un público ávido por escuchar a los escritores invitados, que participaron de lecturas, charlas y talleres, como Eduardo Sacheri, María Teresa Andruetto, Luis Chitarroni, Jorge Consiglio, Gabriela Massuh, Eugenia Almeida, Mariana Enriquez, Oliverio Coelho, Mercedes Araujo y Gabriel Dalla Torre, entre otros. “Todos tenemos una historia en la punta de la lengua, seamos escritores o no”, dice Eduardo Belgrano Rawson durante la apertura del Filba en el aula magna de la Universidad Nacional de Cuyo, una de las sedes del festival.


Noches al límite

“Tomar cocaína me había gustado mucho cuando empecé a hacerlo, en la adolescencia. Me gustaba la falsa energía, esa luminosidad de neón en el cerebro, la charla histérica, la bestialidad de la situación, especialmente la física. Pero a esa altura, y desde hacía rato, no me daba ningún placer”, revela Mariana Enriquez en el panel Al Límite, que compartió con Iván Moiseeff y Tálata Rodríguez. “Una noche tan intrascendente e intensa como las demás, me metí en el baño del Búkaro a tomar un tiro. Cuando iba a encender la luz, me di cuenta de que no hacía falta. En el baño era pleno día. No tenía techo, el baño, y el sol brillaba en el cielo de otoño totalmente solo, sin nubes, en medio del azul más límpido que se pueda imaginar. Yo creía que, como mucho, serían las cuatro de la mañana. Ese sol fue mi límite. Recuerdo que me sentí muy patética, muy sola y muy triste. Y la diferencia entre lo que de verdad pasaba y mi reloj tóxico resultó en una especie de shock”. Esa fue la última vez que la escritora tomó cocaína. “El Búkaro cerró. Creo que mataron a un chico ahí adentro, a cuchilladas, y nadie encontró el cuerpo hasta muy tarde, o les dio miedo llamar. Ahora me pregunto, sin embargo, si ese muerto habrá existido. Si el lugar de verdad se llamaba Búkaro o nosotros lo llamábamos así. Y me impresiona cuántas vidas perdí y olvidé en mi propia vida”, confiesa la autora de Las cosas que perdimos en el fuego y Los peligros de fumar en la cama. “Me parece que últimamente hay una línea delicada entre la literatura del yo y hablar de uno mismo. Hablar de uno mismo es interesante literariamente y al mismo tiempo roza con un poco de narcisismo. Mi abuela decía ‘se está mostrando’. Yo elijo mostrarme, pero con medida”, aclara Enriquez.


Está lloviendo en San Rafael

La construcción literaria de una región y cómo traducir el paisaje son instancias de reflexión para Mercedes Araujo, poeta y narradora mendocina que vive en Buenos Aires; el puntano Eduardo Belgrano Rawson y la dramaturga y narradora mendocina Sonnia De Monte. “Mi proyecto literario me llevó a buscar el territorio fuera de Buenos Aires. El paisaje me resultaba equivalente a los personajes”, confirma Araujo, autora de La hija de la cabra, novela ganadora del primer premio de fomento a la producción literaria del Fondo Nacional de las Artes en 2011 y agrega que para escribir la novela necesitó volver a Mendoza para “sentir el paisaje”. “El volver a la naturaleza es lo que hemos perdido en la ciudad. Cuando volvemos, cuesta embarrarnos. Yo creo que estar ahí me dio el ritmo para llevar adelante un proyecto narrativo. Yo soy una lectora de historias, necesito que me las cuenten y necesito devolverle al relato su potencia”, reconoce Araujo. De Monte, oriunda de Bowen, autora de la novela Está lloviendo en Vitorica, admite que no podría vivir en una gran ciudad y que no le gustan las grandes aglomeraciones. “Yo elijo el campo, elijo un poco más de paz, si es que se puede conseguir en este mundo”, plantea la escritora. “Nosotros, los que no pretendemos estar en esos lugares rimbombantes de cartel, simplemente hacemos una literatura de forasteros”, invoca la frase de Haroldo Conti. La escritora no puede entender un paisaje “si no hay un ser humano”. Belgrano Rawson, con su histrionismo con acento puntano, evoca la geografía natal. “Cuando era chico, en San Luis, éramos tan pobres que ni paisaje teníamos. De obra pública ni hablar. Hemos vivido a la sombra de Mendoza”, ironiza el autor de Rosa de Miami. “Una maestra decía que en San Luis terminaba la Argentina. Y tenía razón: San Luis era la Siberia del país. Yo tuve una especie de embrujo con el desierto, que creo que Sarmiento definía como ‘una franja incierta en el horizonte’”.

Está lloviendo en San Rafael. Diluvió el jueves. Llovió el viernes. Llovió el sábado. Llovió el domingo... Nunca cayó tanta agua por estos pagos. No cae la polémica del cielo como un meteorito ajeno al cuerpo social. La disputa es constitutiva en la conformación y devenir del país. Más en estos momentos. El Filba no es una burbuja literaria. La primera discusión emerge cuando la traducción del paisaje como tema declina. “La caída de lectores es imparable en la medida en que sigamos resignados a ser un pueblo analfabeto. En Argentina se practica una política cultural para minorías. El 90 por ciento de la población jamás va leer un libro ni va a ir al cine o al teatro”, afirma Belgrano Rawson y sugiere que “hay que poner a todo el mundo a alfabetizar; pero es más fácil repartir netbooks”. Desde el público se escuchan murmullos y conversaciones, apenas audibles, que pueden ser traducidos como el ruido que provoca el desacuerdo o también como los comentarios que suscitan las adhesiones. María Teresa Andruetto pide el micrófono para aclarar que “Argentina no tiene casi analfabetos”. Belgrano Rawson le retruca, a la autora de Lengua madre y Los manchados, porque está hablando de “un universo sofisticado” que lee; pero él se refiere al 80 por ciento que nunca leerá un libro. A diferencia de lo que sucede con la inflación en el país, el porcentaje de analfabetos bajó, en unos pocos minutos, un 10 por ciento. La escritora cordobesa vuelve a la carga con más argumentos. “La distribución de libros en las escuelas creció en todo el país, aunque entiendo que faltan cosas por hacer. En los 60, el gran momento de la edición argentina, yo vivía en un pueblo y si quería un libro tenía que ir a encargarlo al bazar”.

La barbarie y los otros

El mal clima obliga a cambiar una de las sedes al aire libre: el laberinto Borges, creado por el diplomático y arquitecto inglés Randoll Coate (1909-2005), en la estancia Los Alamos, de la familia de la escritora Susana Bombal (1902-1990). Mejor estar protegidos, entre libros, en la bellísima Biblioteca Popular Mariano Moreno. La China, una gata gris y blanca de cuatro meses, corre de una punta a otra de la sala, alterada por la cantidad de chicos que participan del Filbita en una intervención poética con susurradores. “Desde Sarmiento para acá, podemos leer bajo la clave de civilización y barbarie, el devenir de nuestra sociedad y a la vez de nuestra literatura”, postula Andruetto durante el panel Civilización y Barbarie Hoy, en el que participó junto con Hernán Ronsino y Gabriela Massuh. “Lo mejor de nuestra literatura es una experiencia de lenguaje profundamente política; una literatura que va más allá del entretenimiento, aunque los avatares políticos tan intensos entre nosotros nos entretengan a veces tanto como una tragedia shakesperiana”, advierte la escritora cordobesa. “La barbarie está en el otro, en ese desconocido de nosotros cuya subjetividad preferiríamos nunca conocer. Se trata de un nosotros que puede mutar de clase y condición”, analiza Andruetto y enumera esas metamorfosis: los bárbaros pueden ser los indios, los gauchos, los provincianos, también los luchadores sociales, los guerrilleros, los “cabecitas negras” o simplemente los pobres y explotados de la tierra. “Tanta civilización asfixia y un poco de barbarie permite la salida de eso otro, menos controlado, algo de aquello que Kush llamó el hedor de América”, asegura, y propone tirar del hilo de un complejo interrogante: cuánta barbarie hay en la civilización y cuánto impulso de verdadera civilización hay en la barbarie.


El sufrimiento del otro

Gabriela Massuh, autora de las novelas La intemperie, La omisión y Desmonte, alerta sobre la destrucción del espacio público en la ciudad de Buenos Aires y objeta que el progreso se mida exclusivamente por el negocio inmobiliario. Walter Benjamin decía que el “capitalismo es la más fundamentalista de las religiones”. En El robo de Buenos Aires, Massuh desenmascara los tejes y manejes de la destrucción de la ciudad y desmenuza los grandes negocios realizados en Puerto Madero. “Juan Manuel de Rosas limpiaba la tierra de indios para darles la tierra a los terratenientes. Esto que pasa con Buenos Aires hoy es como una Campaña al Desierto. La barbarie actual se llama acumulación de capital”, explica la escritora que cuestiona el “afán higienista” de Mauricio Macri y recuerda un concepto de Hannah Arendt para subrayar que “la barbarie es la ignorancia del sufrimiento del otro”. Hernán Ronsino, narrador y sociólogo, prefiere empezar con un pequeño relato del guatemalteco Augusto Monterroso, “La oveja negra”, que viene como anillo al dedo de la cuestión. Una oveja negra llega a un país común y corriente y es fusilada. Después de un tiempo, el rebaño arrepentido decide hacerle un homenaje y se construye una estatua ecuestre. Llegan nuevas ovejas negras al pueblo y las vuelven a fusilar para entrenarse en el arte de la escultura. ¿Cómo se actualizan las tensiones entre civilización y barbarie? Ronsino, autor de Glaxo y Lumbre, procura pensar el lugar del peronismo y la tensión entre las clases dominantes y los sectores populares, siguiendo las ideas del artista plástico Daniel Santoro. “El peronismo es más peligroso que el marxismo porque el marxismo te pide que te sacrifiques por la revolución. En el peronismo, lo que importa es el goce de la clase trabajadora. Pero después vienen a cobrarte la fiesta, después hay que pagar”, compara Ronsino y señala que el bárbaro es una construcción que hace alguien, “una lucha por la dominación de un grupo sobre otros que ocurre en el plano de la lengua”. “La literatura nos permite imaginar lo otro –declara Ronsino–. A través de la escritura, uno puede desarmar la barbarie”.

Un señor pide la palabra. Pronto la dicotomía encarnará en el público para ejemplificar, si alguna duda quedaba, la potencialidad de una divergencia inagotable.

–La peor pobreza es la ignorancia. Y la mayor riqueza es el conocimiento –dice.

–No estoy de acuerdo, señor –refuta una mujer–. La mayor pobreza es no tener nada en la panza.

“¡Escuchá a los docentes, Correas!”, grita un maestro que es voluntario del Filba y tiene la remera del festival más roja que nunca, la garganta irritada, la voz arrasada. ¿Habrá oxímoron más siniestro que una paritaria por decreto? El macrismo –para espanto y sufrimiento de la ciudadanía– puede desafiar los límites de la imaginación. “Correas” es el escritor Jaime Correas, titular de la Dirección General de Escuelas de Mendoza (DGE). Correas está en una de las charlas en la biblioteca popular Mariano Moreno, el sábado por la tarde, como uno más entre el público, cuando un grupo de docentes lo ve y se acerca para plantearle cara a cara las quejas y problemas sin resolver que arrastra su errática gestión. La relación del SUTE (Sindicato Único de Trabajadores de la Educación) con el gobernador de la provincia de Mendoza, Alfredo Cornejo, un radical macrista, es mala después del fracaso de las paritarias y la imposición por el decreto 228/16 de un aumento del 7 por ciento de marzo a julio y del 7,7 a partir de agosto; decreto que incluye el cuestionado “ítem aula”, un adicional salarial en blanco que reconoce la labor docente frente a los alumnos, y que 10.498 docentes no lo cobraron por el simple y elemental derecho de hacer paro y movilizarse durante el último mes.

Un fragmento de “Esperando a los bárbaros”, un poema de Constantin Kavafis, que lee Andruetto, resuena en los intersticios de la política argentina: “¿Por qué no acuden como siempre nuestros ilustres oradores/ a brindarnos el chorro feliz de su elocuencia?/ Porque hoy llegan los bárbaros/ que odian la retórica y los largos discursos,/ ¿Por qué de pronto esa inquietud/ y movimiento? (Cuánta gravedad en los rostros)./ ¿Por qué vacía la multitud calles y plazas,/ y sombría regresa a sus moradas?/ Porque la noche cae y no llegan los bárbaros,/ Y gente venida desde la frontera/ afirma que ya no hay bárbaros./ ¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?/ Quizá ellos fueran una solución después de todo”.





jueves, 14 de abril de 2016

Al descubierto - Nicola Barker







El escritorio de Nicola Barker. Foto de Eamonn McCabe



Un encuentro algo extraño –un hombre que baja de su auto para hablar con un desconocido que ha logrado intrigarlo– detona el encadenamiento de historias que van sumándose para dibujar un mapa complejo, muy complejo, de lo que puede unir a las personas. Unas cartas que parecen buscar su destinatario, la oficina de objetos perdidos, una madre que considera a su hija “un mal bicho”, un niño que vive con alivio el nacimiento de su hermano, una mujer que tiene la costumbre de besar objetos, un fotógrafo, una playa nudista.

En 1993 la prestigiosa revista Granta incluyó a Nicola Barker en su lista de los mejores novelistas jóvenes británicos.


Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Ciudad X

viernes, 8 de abril de 2016

Historias de fotógrafos - Marcos Zimmermann




Si uno va a una librería y pide algo de Marcos Zimmermann es muy probable que lo primero que le ofrezcan sea alguno de sus hermosos libros de fotografía. Sin embargo, desde hace unos meses, la obra de este reconocido fotógrafo también puede encontrarse en la sección de literatura.

Historias de fotógrafos es una colección de 14 cuentos en los que se cruzan la fotografía y la identidad argentina. El juego que propone el autor es tomar una imagen como detonante para abrir el juego a un relato de ficción. 

Un ingeniero rumano buscando oro en Tierra del Fuego. Un asesino, un cazador de hombres. La masacre producida por la Guerra de la Triple Alianza. Un fotógrafo que va testimoniando el horror, cargando su equipo en una carreta, acompañando a un grupo de hombres y mujeres destruidos por la violencia. La terrible imagen que muestra un “montón de cadáveres paraguayos”. Un joven leyéndole poemas de Alejandra Pizarnik a una fotógrafa temporariamente ciega. Una soldadera contando sus días en el ejército, testigo del genocidio que la Historia ha bautizado con el paradójico nombre de “La conquista del desierto”. El general Roca, siempre protegido por las cuatro divisiones de soldados que “limpiaban” el territorio antes de que él llegara. Un hombre durmiendo de pie. Una mina en Jujuy y la presencia inquietante de El Coquena, el ser mítico que se ocupa de proteger los tesoros de la tierra. La imagen turbia de un fantasma.

En estos cuentos también aparecen los nombres propios: Ernesto Guevara, en México, con 27 años, haciendo retratos en las plazas, tratando de ganar algo de dinero para completar el sueldo de médico; Grete Stern yendo de Formosa a Ingeniero Juárez al volante de un Plymouth 47 a buscar el rostro del Doctor Maradona; el desopilante viaje de Sara Facio a Japón.

En su abordaje de la identidad nacional, estos relatos rompen el estereotipo malintencionado que dice que los argentinos “descienden de los barcos”. Hay inmigrantes, claro. Pero también hay gauchos, pilagás, collas, selk’nams. Historias que van de la Puna a Tierra del Fuego. Cuando Zimmermann menciona a las “naciones aborígenes”, las nombra como “los pueblos olvidados”. Justamente es a través de libros como éste que se puede contrarrestar la invisibilización que han sufrido los habitantes originarios de nuestro país.

Marcos Zimmermann nació en Buenos Aires en 1950. Su obra fotográfica forma parte de colecciones de diferentes museos en Argentina, Japón, México, Francia y Estados Unidos. Es una suerte que podamos disfrutar, también, de su trabajo como escritor.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



martes, 5 de abril de 2016

En movimiento. Una vida - Oliver Sacks




Las muchas vidas de Oliver 

El 19 de febrero de 2015 Oliver Sacks publicó un artículo en el diario The New York Times. Allí contaba a los lectores que sufría la etapa terminal de un cáncer y que sólo le quedaban unos meses de vida. No era la primera vez que el famoso neurólogo ponía en común un padecimiento. Pero ya no se trataba de una pierna rota, una migraña o los efectos del uso de ciertas drogas. Lo que Sacks estaba diciendo era que se moría. En ese artículo celebraba su vida y se definía como  "un ser dotado de sentidos, un animal pensante en este hermoso planeta”, algo que consideraba “un privilegio enorme y una aventura". 

En junio, dos meses antes de que Sacks muriera, se editaron sus memorias en Inglaterra. La versión en español, publicada por Anagrama, llegó después de su muerte, como una especie de legado para aquellos lectores que admiramos su trabajo. Bajo el título En movimiento. Una vida, el reconocido divulgador científico recorre parte de su historia, permitiéndonos asistir a los caminos inciertos que construyen una personalidad y, en este caso, una obra.

Un niño que creció en un internado, sufriendo el acoso y la violencia. Un chico que jugaba a hacer experimentos químicos. Uno que apenas tenía doce años cuando su maestro escribió en un informe: “Sacks llegará lejos, si no va demasiado lejos”. ¿Qué es “cerca” y “lejos” en la vida de un hombre que se dedicó a revelarnos las ilusiones de la percepción? Quizás lo que quiso decir aquel maestro era que a Sacks lo deslumbraban los límites, las fronteras; que era una de esas personas que no aceptan las categorías preestablecidas; que nunca dejaba de preguntarse qué se esconde detrás de lo obvio. 

Siendo adolescente descubrió que se sentía atraído por los varones y lo reconoció ante su padre. No sabía que, al día siguiente, oiría a su madre gritándole que era “una abominación”. Su hermano y su cuñada, preocupados por su inexperiencia sexual, lo llevaron a ver a una prostituta. Oliver y la señora terminaron compartiendo charla y una taza de té. 

Empujado por una ley tácita que decía que los Sacks debían ser médicos, Oliver empezó sus estudios universitarios en Oxford gracias a una beca. Fue en esa época cuando comenzaron a surgir los intereses que luego tomarían forma en sus libros. 

Ese era Sacks. El que se sentía incómodo y asustado frente a los arranques imprevisibles de un hermano diagnosticado como esquizofrénico. El que adoraba andar en moto. El que se pasó un verano en un kibutz cerca de Haifa. El que viajó a Holanda. En la década de 1950, en Inglaterra, ser homosexual era convertirse en blanco de persecuciones. Eran los años en que Alan Turing fue obligado a sufrir una castración química; cuando aquellos que no encajaban en los prejuicios de una sociedad conservadora iban a parar a la cárcel. En ese contexto, conocer Ámsterdam –donde la homofobia era considerada el verdadero mal– implicaba  descubrir un mundo diferente.

En movimiento. Una vida conmueve por muchas razones. Una de ellas es el alejarse de aquellas imágenes impolutas de las “grandes personalidades de la humanidad”.  No todo comienzo es un triunfo. A veces la puerta de entrada es, justamente, un fracaso. Es 1965. Sacks está especializándose en Neuroquímica y Neuropatología en Nueva York. Después de una serie de eventos desafortunados, decide terminar su breve carrera como investigador cuando sus jefes le dicen que es “una amenaza para el laboratorio” y que cometería menos desastres si se dedicara a visitar pacientes. Así relata Sacks “el innoble comienzo” de su carrera clínica. Una carrera en la que va a destacarse enseguida por su capacidad de escucha, por su deseo de comprender qué siente el otro, por la insistencia en hacer preguntas extrañas y tratar de explicar el fascinante funcionamiento del cerebro. La carrera de un científico que fue capaz de ver a sus pacientes no como enfermos sino como los protagonistas de “formas de vida diferentes y extraordinarias”. 

En movimiento reúne textos autobiográficos, fotografías, cartas, diarios de viaje, casos clínicos, divulgación científica, narraciones y reflexiones. En la tapa, una foto rompe con la imagen estereotipada de Sacks. No es ese viejito canoso y sonriente con un gesto que parece de infinita bondad. No. La foto es la de un hombre joven, montado en una moto, abrigado con una campera de cuero, uno que no mira a cámara sino al camino. Eso es lo que le interesa. Rodar. Moverse. Viajar. Cambiar. El título de estas memorias es un homenaje al poema “En movimiento”, de Thom Gunn, aquel que parece resumir el espíritu de Oliver Sacks en uno de sus versos: “siempre estás más cerca si no te detienes.”


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




jueves, 24 de marzo de 2016

24 de marzo de 1976 / 24 de marzo de 2016 - 40 años / 40 historias



1977. Tengo cinco años. Mi madre me lleva “al centro”. Vivo en un barrio de la periferia y una salida como esta es prácticamente una fiesta. Caminamos por avenida General Paz. Oigo el chirrido de unas ruedas.

Algo me hace sentir un pánico helado. Una sensación que no sé nombrar pero que reconozco como familiar. Levanto la vista. Hay un auto, en medio de la calle, cruzado, las puertas abiertas. Han bajado dos o tres hombres. Uno tiene un arma en la mano. No sé qué es. Un arma larga.

Al volante, un tipo de bigotes con un cigarrillo en la boca. Los que bajaron persiguen a alguien que está corriendo. Lo atrapan. Lo arrastran. Lo van golpeando. Lo suben al auto. Todo eso, en un instante.

Miro alrededor. La gente en la calle está congelada. Inmóvil. Una multitud de estatuas de sal. Todos miran al suelo. Mi madre también. Siento cómo su mano aprieta la mía. Con una fuerza casi insoportable.

¿Me está diciendo que no me mueva? ¿Que no hable? ¿Que no tenga miedo? ¿Qué me dice en este momento en que asisto a la espantosa ferocidad del mundo? No lo supe entonces. No lo sé hoy. No dijimos nada al volver a casa. Nunca pregunté.

Once años después, mi madre murió. Parte de la herencia de aquella época es un silencio (indescriptible, repleto) y una mano que dice algo intraducible. A ese silencio y a ese gesto vengo tratando de ponerles palabras desde entonces.


Eugenia Almeida






Estela. La biografía de Estela de Carlotto - Javier Folco



Maestras de vida

Estela, del cordobés Javier Folco, aborda la figura de Estela de Carlotto 
como puerta de entrada para comprender la importancia y la vitalidad 
de la lucha de Abuelas de Plaza de Mayo. 


Estela de Carlotto no necesita presentación. Su nombre, su rostro y su voz han marcado para siempre la historia de los derechos humanos en el país y en el mundo. Conocerla es una manera de comprender los modos en que podemos resistirnos a la injusticia. Conocerla –y descubrirla como “una de nosotros”– ayuda a dimensionar nuestra propia responsabilidad ante los embates que puede sufrir una comunidad.

Leyendo una biografía de Mandela, a Javier Folco se le ocurrió escribir un libro que abordara la figura de Carlotto. Cuando se encontró casualmente con la Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo le contó su idea. Al principio, Estela dijo que no; luego, que lo iba a pensar. Su temor era que se personalizara una lucha que es intrínsecamente colectiva. Unos meses más tarde, después de recibir algunos detalles por parte de Folco, Carlotto aceptó. Así llegarían los encuentros, las entrevistas y la investigación.

Después de años de trabajo, a principios de 2014, Javier Folco publicó en Italia Estela Carlotto. Una nonna di Plaza de Mayo. El 5 de agosto de ese año, la Historia argentina y la vida de Estela dieron un vuelco feliz: la jueza Servini de Cubría le informaba a la Presidenta de Abuelas que su nieto, Guido, había sido encontrado después de 36 años de búsqueda. Algo cambió en todos nosotros. Y algo debía cambiar en el libro de Folco. Ahora podía incluirse en el relato la alegría del reencuentro. En la edición argentina, publicada hace unos meses en la colección “Historia urgente” de Editorial Marea, el autor pudo actualizar esta historia que nos involucra a todos. 

El eje que estructura Estela. La biografía de Estela de Carlotto es la identidad. No sólo en lo referido a los nietos apropiados durante la última dictadura sino también en relación a los cambios que una persona debe atravesar para luchar por sus convicciones y abrazar una causa colectiva.

Estela de Carlotto nació en 1930, el año en que Argentina sufrió el primer golpe de Estado. Una chica que se casó joven y tuvo cuatro hijos. Una mujer que se transformó para llegar a ser ese enorme símbolo de ética, perseverancia y justicia que conocemos hoy. 

Laura Carlotto nació el 21 de febrero de 1955, cuando Estela tenía 24 años. Como muchos jóvenes en la década de 1970, Laura repartía su tiempo entre la facultad, donde estudiaba Historia, y su participación en política. Su labor  en Montoneros estaba centrada en el área de prensa. El 31 de julio de 1977 Laura fue secuestrada. Tenía 22 años. El 1 de agosto Guido Carlotto –esposo de Estela– también despareció. Hospitales, comisarías, la indiferencia, la crueldad. Estela ya no dormía en su casa. Sabía que estaba en peligro. Sin embargo, no dejó de ir a  trabajar a la escuela. Su esposo reapareció 24 días después. Volvió deshecho. La tortura había dejado marcas definitivas.   

La búsqueda siguió, nunca se detuvo. En abril de 1978, una mujer que había estado detenida con Laura le dijo a Estela que su hija estaba embarazada y que el nacimiento del bebé estaba previsto para junio. Ahora sabía que los militares, además de robarle su hija le habían robado un nieto. En agosto la policía se comunicó con la familia para informarle la muerte de Laura. Les entregaron el cuerpo. No hubo noticias del niño que había nacido dos meses antes.

Rompiendo el previsible orden cronológico, Javier Folco aborda esta historia  recopilando testimonios y voces que dibujan no sólo la vida de Carlotto sino, fundamentalmente, la larga lucha de las Abuelas. A pesar de su título, Estela es mucho más que una biografía. Carlotto es aquí –como en la vida– el rostro visible, la puerta de entrada a una realidad nodal de nuestro país. 

El testimonio de los hermanos de Laura quizás sea lo más impactante del libro. Allí se evidencia la carnadura humana de Carlotto: en la mirada de sus hijos que, sin idealizarla, pueden ver todo lo que tuvo que atravesar para convertirse en la Estela que todos conocemos: una “mujer común” –como a ella misma le gusta definirse– que fue capaz de superar todo para hacer cosas extraordinarias.

El libro de Javier Folco también permite conocer otros actores sociales y políticos y saber cuál fue el rol de cada uno de ellos en relación a la lucha por los derechos humanos. El autor  ha cumplido cabalmente con el deseo que explicita al decir que el libro “nació con pretensiones de homenaje y de agradecimiento, pero también como un acto de simbólica compañía y de humana provocación.”


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




martes, 22 de marzo de 2016

Irène - Pierre Lemaitre



Homenaje al policial


El comandante de la Brigada Criminal parisina Camille Verhoeven siempre ha llamado la atención por su tamaño. Mide un metro cuarenta y cinco centímetros. Desde su infancia ha luchado contra esa característica física construyendo una presencia que haga olvidar su estatura.

El 7 de abril de 2003 Camille recibe una llamada. Le avisan que ha habido “una carnicería”. Lo que se describe es algo que sólo los lectores no impresionables podrán soportar. Dos cadáveres destrozados y una pared en la que alguien ha escrito con sangre: “He vuelto”. La escena del crimen recuerda al famoso cuadro de Goya “Saturno devorando a sus hijos”.

El Comandante enlaza intuiciones y encuentra algunas respuestas en su biblioteca. El crimen parece tener relación con La Dalia Negra, de  James Ellroy; un clásico de la novela negra. Poco a poco surge la imagen completa: un asesino reproduce, con sus crímenes, escenas de diferentes novelas policiales. La prensa lo bautiza como “El novelista”.

Verhoeven comienza una investigación que va a llevarlo a diferentes escenarios. Su único espacio de descanso son los momentos que pasa con Irène, su esposa embarazada. En ese cotidiano late una paz mansa y serena que permite tomar aire antes de volver a hundirse en la oscuridad.

Los personajes se entrecruzan en una historia atravesada por la literatura. Los miembros de la Brigada, el responsable de la policía científica, un especialista en perfiles criminales, un informático, un periodista de policiales, una jueza, un profesor de literatura y un librero rodeados por la presencia fantasmagórica de autores como Bret Easton Ellis, William McIlvanney, William Irish, Georges Simenon, John Connelly, Ross MacDonald, Maj Sjöwall y Per Wahlöö. 

Camille lleva a cabo una investigación que implica estar en la calle pero también leer novelas. En un gesto arriesgado, buscará el modo de ponerse en contacto con el asesino. Habrá un intercambio de cartas. Y en uno de esos papeles, “El Novelista” dirá: “Me gustan esos bucles perfectos que enlazan con tanta precisión la literatura y la vida”. 

De eso se trata esta novela. De la extraña relación que puede construirse entre ficción y realidad. O, más precisamente, de los modos en los que la realidad puede reproducir la ficción. 

Seis asesinatos que recrean los escenarios de cinco novelas. El juego que sólo puede construir un escritor que es, fundamentalmente, un gran lector. Irène es, en cada página, un homenaje que Pierre Lemaitre hace al género policial. En ese sentido, la cita de Roland Barthes que abre la novela (“El escritor es una persona que encadena citas quitando las comillas”) funciona como un indicador de lectura.

Hay algo en este libro que recuerda a un guión. Un encadenamiento de frases cortas que presentan un escenario. Lugar, hora, los datos indispensables para que la imagen se haga presente. Una economía de palabras que precipita la historia.

En una decisión extraña, la editorial Alfaguara cambió el título original de la novela. Lo que aquí conocemos como Irène, en Francia se llamó Travail soigné, una expresión que sirve para designar algo que se ha hecho con mucho cuidado, con mucho detalle. Claramente, un título mucho más ajustado a la historia de un asesino que comete sus crímenes como si fuera un artista creando una  obra maestra.

Pierre Lemaitre nació en Francia en 1951. Empezó a escribir a los veinte años pero tardó mucho tiempo en decidirse a mostrar lo que hacía. Criado en una familia que sacralizaba la literatura, creció rodeado de lecturas gracias a su madre que, en cuanto aparecieron los libros de bolsillo, llenó la casa con todos los títulos que se iban publicando.

Lemaitre estudió Psicología y trabajó durante años dando clases de literatura a bibliotecarios. En una de esas clases conoció a la que luego sería su esposa. Ella le preguntó por qué no escribía y ese gesto abrió las puertas. Él le mostró un manuscrito; ella lo leyó e inmediatamente le dijo que tenía que hacer todo lo posible para publicarlo. 

Aquel manuscrito –la novela que hoy conocemos como Irène– fue enviado a diversas editoriales. Su autor tuvo que soportar que le dijeran veintiuna veces “no”. Hasta que un día uno de los editores que había rechazado la novela lo llamó para decirle que lo había reconsiderado y estaba dispuesto a publicarla. Lemaitre tenía cincuenta y seis años. En poco tiempo se convirtió en un escritor de policiales reconocido en toda Francia. En 2003 redobló la apuesta y, alejándose del género negro, publicó Nos vemos allá arriba, una novela que ganó el premio Goncourt, posiblemente uno de los reconocimientos más importantes de la literatura europea. 

Irène es la primera historia protagonizada por el Comandante Camille Verhoeven, un personaje que reaparece en otros tres libros del autor francés.

Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Ciudad X


martes, 15 de marzo de 2016

Pureza - Jonathan Franzen



Relaciones de poder 


Jonathan Franzen nació en Estados Unidos en 1959. Hijo de un ama de casa y un ingeniero,  cuando era adolescente les prometió a sus padres que si no publicaba un libro antes de los 25 años dejaría la escritura y se dedicaría a estudiar Derecho. Tardó tres años más en cumplir su promesa: en 1988 publicó Ciudad veintisiete. En 1996 la revista literaria Granta lo incluyó entre los veinte mejores novelistas jóvenes de su país. En 2001 su novela Las correcciones causó un revuelo en el ambiente literario norteamericano y Franzen se convirtió en una figura pública. Nueve años después, cuando publicó Libertad, la revista Time lo puso en tapa con un título taxativo: “El gran novelista estadounidense de nuestro tiempo”. 

No debe ser fácil ser Jonathan Franzen. Quizás esa tapa y ese título lo han dejado solo ante el peso de semejante distinción. Hubo una época en que las expectativas se repartían entre él y su amigo David Forrest Wallace. Cuando éste se suicidó, Franzen quedó en el incómodo rincón del que debe cumplir un mandato demasiado ambicioso. Esa utopía de escribir la “gran novela americana” que acosa a tantos escritores estadounidenses y que suele convertirse en un calvario. El hambre de “contarlo todo” puede derrapar en un exceso que es sólo acumulación.

La última novela de Franzen, Pureza, ha recibido críticas elogiosas y otras despiadadas. Entre estas últimas hay un abanico amplio que va de acusaciones de misoginia a la lapidaria definición del Gawker Review of Books: “es un irrelevante pedazo de mierda”. 



Secretos de familia

Es casi imposible contar el argumento de las novelas de Franzen. Son tantos los personajes, los escenarios y los temas que, escriba uno lo que escriba, siempre parecerá poco. Una marca de estilo que vuelve a repetirse en Pureza.

Purity tiene 23 años. Sobrevive a base de trabajos precarios. Tiene una deuda de ciento treinta mil dólares con la universidad donde estudió. Sabe que es imposible conseguir ese dinero. Comparte una casa con una serie de personajes marginales. Purity, a quien todos llaman Pip, está enamorada de Stephen. Para ella resulta terrible escucharlo decir que la quiere “como una hija”. Hay algo ahí que duele más de lo esperado. Pip no sabe quién es su padre; su madre nunca ha querido decírselo. Sobre ese silencio y esa ausencia gravita gran parte de su vida. La falta de dinero, la falta de padre y la falta de amor se atan en un solo eje cuando decide buscar a su padre para exigirle que se haga cargo de su deuda universitaria.

Pip conoce a una mujer alemana que trabaja en la defensa de los derechos de los okupas. Es ella, Annagret, la que le habla de Andreas Wolf, un activista que ha encontrado refugio en Bolivia después de ser acusado de piratería y espionaje en diferentes países. Allí ha fundado el Sunlight Project, una organización que saca a la luz los secretos de los poderosos, mediante la filtración de documentos. Annagret hace todo lo posible para reclutar a Pip y convertirla en parte del equipo que trabaja en Bolivia. Cuando todos sus argumentos fracasan, logra interesarla ofreciéndole ayuda para descubrir  quién es su padre y dónde está. 

Pip pasará un tiempo en esa especie de granja que es el Sunlight Project, donde se reproducen  ciertas estructuras que basculan entre una comunidad, una secta y un partido político. Edificios llenos de jóvenes que trabajan como si cumplieran una misión; pivoteando alrededor de Wolf, una especie de padre, modelo, mesías y gurú. El poder del carisma personal en su expresión más extrema. 


Totalitarismos

Wolf nació en Alemania Oriental en 1960. Durante su juventud se opuso, como pudo, al gobierno comunista. Sin embargo fue una oposición frágil, narcisista, hecha a su medida: un “niño bien”, hijo de funcionarios supuestamente ejemplares, héroes del Partido Comunista. Wolf luchará más contra su familia que contra el régimen. Un gesto de rebeldía que podría leerse casi como un capricho infantil le hará romper definitivamente los lazos con sus padres. Alejado de su entorno, en cierto momento Wolf cometerá un crimen. Durante la caída del Muro de Berlín, la necesidad de proteger su secreto lo pondrá en un escenario particular y lo dejará ante los ojos del mundo como un ejemplo de resistencia. Con el tiempo, Wolf sabrá ir torciendo la realidad para crear un relato épico de sí mismo. Lo que fue oportunismo o salvataje individual se disfraza de  acto de heroísmo. Poco a poco va haciéndose conocido y convirtiéndose en un referente para aquellos que luchan por la transparencia. Su pasado es cada vez más pesado. ¿Quién confiaría en alguien que se jacta de exponer a la luz  los secretos más oscuros y sin embargo oculta algo tan grave sobre sí mismo?

El relato de la vida de Wolf es, quizás, lo más interesante de Pureza. Allí el autor expone el modo en que ciertos regímenes que pretendían ser equitativos y postulaban la igualdad como valor tenían en realidad una doble moral, permitiendo y propiciando privilegios para unos pocos que terminaban convirtiéndose en una suerte de aristocracia.

Wolf no sólo es consciente de esa doble moral sino que, con el paso de los años, tendrá una mirada crítica sobre Internet y la comparará con el Régimen comunista de Alemania Oriental. En este punto, el personaje y el escritor comparten una mirada. Franzen ha declarado en múltiples entrevistas su desconfianza hacia las nuevas tecnologías. Alguna vez dijo: “Hubo una época, la del comunismo, en la que la respuesta a todas las preguntas era: socialismo. Hoy esa respuesta es: redes sociales, internet. Damos un enorme poder a las grandes corporaciones que pretenden definir y dirigir todos los términos de nuestra existencia. Hay algo totalitario en internet, porque el totalitarismo no son solo los desfiles, la policía secreta, la ideología, es que te impongan algo que no tienes opción de rechazar.”


La apuesta

Franzen hace una jugada ambiciosa. Los temas que ocupan su novela son muchos y muy profundos: la búsqueda de identidad, los secretos familiares, la violencia de género, los movimientos contestatarios, las persecuciones políticas, los regímenes totalitarios, la relación entre padres e hijos, la infidelidad, los problemas de pareja, el abuso de poder, las relaciones entre hombres y mujeres, la culpa, el deseo de maternidad, los servicios sociales, la adolescencia, el deseo, las frustraciones, las nuevas redes sociales, la pérdida de intimidad, la discapacidad, la pobreza, la uniformidad de los discursos, la contaminación, la vigilancia estatal, el espionaje, la carrera armamentista, la corrupción, el consumo de drogas, la obediencia, la paranoia, la manipulación y el rol del periodismo como actor social y político. Finalmente, todo se resume en un punto: el poder.

Es importante destacar que casi todo se aborda desde la esfera de lo individual. Aun cuando se habla de lo social, se está hablando desde un ángulo individual. Da la impresión de que lo social es aquí sólo la superposición y acumulación de individuos. Quizás en ese aspecto Franzen sí haya podido reflejar algo nodal de la idiosincrasia estadounidense: la primacía de los individuos por sobre la idea de comunidad.

En gran parte del relato hay una mirada conservadora. No sólo en el tipo de estructura narrativa sino también en lo ideológico: por ejemplo, en el rol que se le otorgan a hombres y mujeres. O en ciertos residuos freudianos que insisten en presentar las relaciones con los padres como matriz fundacional de las relaciones amorosas. 

Con un homenaje explícito a la obra de Charles Dickens y referencias a personajes reales como Markus Wolf, Julian Assange, Ted Kaczynski y Edward Snowden, Pureza da la impresión de ser muchos libros en uno. Cada lector decidirá si eso es algo para celebrar o para lamentar. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



sábado, 12 de marzo de 2016

Mujeres que (se) escriben - Daniel Gigena

En los últimos quince años, de la mano de nuevas voces de escritoras, aparecieron en la literatura argentina personajes femeninos más audaces e innovadores

Daniel Gigena 
para LA NACION


¿Cómo se transformó la representación de las mujeres en la literatura nacional? ¿Cómo pasaron de ser meros agentes pasivos (si no figuras ausentes) a protagonistas exclusivas, como sucede en los libros de Ariana Harwicz y Sylvia Molloy, por nombrar a dos autoras contemporáneas de distintas generaciones? Los cambios en el contexto social, por supuesto, acompañan e impulsan nuevos circuitos, dinámicas y consumos literarios, pero la relación entre realidad y ficción es reticular. En los últimos quince años, junto con el despliegue de nuevas subjetividades femeninas en la ficción aparecieron más voces de escritoras.

"Creo que es evidente que hay una mayor edición y circulación de escritoras mujeres tanto a nivel nacional como regional e internacional -comenta Nora Domínguez, doctora en Letras, directora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (UBA) y autora de libros clave como Lazos de familia. Herencias, cuerpos, ficciones y Fábulas del género-. Me interesan Margarita García Robayo (Colombia), Lina Meruane (Chile), Fernanda Trías (Uruguay), Verónica Stigger (Brasil). Ellas saben mirar los mundos en que viven y extraer los personajes, los conflictos, las voces más desafiantes que los hagan hablar; trabajan en los límites y eso me seduce mucho porque están probando qué decir, cómo narrar, cómo levantar capas de sentidos. La mexicana Valeria Luiselli tiene una imaginación sofisticada y un manejo extraordinario de la prosa."

Sobre el trabajo de las autoras nacionales, Domínguez agrega: "La vida doméstica, los lazos familiares, los encuentros afectivos y sexuales son los aspectos que tal vez más han cambiado a lo largo del siglo XX y en lo que va del XXI. La literatura, aunque puede anticiparse o ir detrás de las transformaciones, siempre va con ellas a su lado, ofreciendo perspectivas y colocando voces diferentes en esas series. Los temas proliferan: las marcas de la enfermedad, las versiones inéditas de las violencias políticas aún sin narrar o de las violencias sobre el cuerpo de las mujeres, los viajes y exilios. Pero lo interesante es la emergencia de modos de narrar más desprejuiciados, más críticos, más experimentales, que alteran nuestras certezas sobre las representaciones de género y las múltiples relaciones imaginarias, reales, políticas que establecemos los humanos." Domínguez adjunta en su respuesta una larga lista de autoras: Perla Suez, Sylvia Molloy, Gabriela Cabezón Cámara, María Martoccia, Mariana Docampo, María Moreno, Matilde Sánchez, Romina Paula, Gabriela Massuh, Tununa Mercado. "Y leí con mucho interés a María Sonia Cristoff, Selva Almada, Lucía Puenzo, Samanta Schweblin, Vanesa Guerra y Mercedes Araujo. Hay otras que también vienen pisando fuerte: Eugenia Almeida, Ariana Harwicz, Virginia Cosin."

¿En la literatura escrita por varones en los últimos años esas modulaciones e intensidades también aparecen? Domínguez sostiene que sí. "Difícilmente me vaya a olvidar de la mucama enamorada, abandonada y espiada de cerca en Rabia de Sergio Bizzio, o del personaje de Helena, en la nouvelle de Eduardo Muslip Plaza Irlanda, o de las jóvenes lesbianas de Iosi Havilio en Opendoor o en Paraísos. No me parece un factor determinante que sus autores sean varones; dieron en el clavo con una construcción del mundo afectivo y sensible de los personajes, que los vuelve muy creíbles. Supieron encontrar para esos personajes femeninos las herramientas perfectas que ofrecen el estado actual de la cultura, de sus lenguajes y de su imaginación. Los personajes de las tres novelas de Gabriela Cabezón Cámara también concentran personajes potentes, espacios de lo marginal en carne viva y una lengua a un mismo tiempo controlada y desquiciada que los domina. Con esos textos sí que ganamos."


El lugar de las fantasías

Mariana Docampo es licenciada en Letras, narradora y directora de la colección Las Antiguas, del sello Buena Vista, que rescata textos de autoras argentinas del pasado, como Emma Barrandeguy o Elvira Aldao. Para la autora de La fe, los cambios más interesantes en la representación de personajes femeninos se dan en la literatura escrita por mujeres. "Ahí aparecen los personajes femeninos más originales, por la libertad con la que se expresan ciertos aspectos de algunas mujeres, ante los cuales la mirada masculina es sesgada, muchas veces por desconocimiento, por desinterés o por prejuicio. Personajes sobre los que no cae la mirada o pregunta moralizante de un autor hombre, o que no ocupan el lugar de sus fantasías, algo que lamentablemente sigue siendo muy frecuente en la literatura argentina contemporánea." Sobre este último aspecto, basta repasar títulos best sellers de autores locales en los que aparecen variaciones insufribles de la femme fatale, la arpía o la ninfómana.

"Son muy interesantes las dos novelas de Harwicz, La débil mental y Precoz, que muestran una sexualidad de los personajes femeninos un poco incómoda para los lectores -apunta Docampo?. Madres con una fuerte carga incestuosa, que ponen en jaque el estereotipo de la maternidad y que extreman el rol hasta lo indigerible. Otra escritora que trabaja en un borde muy particular para representar a sus protagonistas mujeres es Cabezón Cámara, que está inmersa en las aguas de lo queer. Sus mujeres están como estalladas por dentro (y por fuera también), un poco más allá del género, son y no son mujeres; podríamos decir que son transmujeres. También me parece innovadora la representación de mujeres que aman o desean a otras mujeres en La intemperie de Gabriela Massuh, o en Desarticulaciones, de Sylvia Molloy. El tratamiento de lo autobiográfico les da un plus de valor a estas novelas porque eso desborda los límites textuales y extiende lazos hacia las protagonistas reales."

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Para Docampo, la literatura anticipa o expresa cambios de época. "Lo importante es prestar atención a estas voces y a estas nuevas representaciones, porque son las que amplían el abanico de lo que se cuenta en la Argentina, lo enriquecen, y a la vez, modernizan la literatura, la adaptan a los tiempos que corren. Esto significa que ya sea que nos identifiquemos o no con los personajes representados, los lectores vamos a tener la oportunidad de abrirnos a nuevas subjetividades; esto trae implícito una posibilidad de reflexionar más y mejor sobre nosotros mismos y el mundo en que vivimos." Otras autoras, como Ariadna Castellarnau, Mariana Komiseroff, Giselle Aronson, Violeta Gorodischer, Natalia Brandi, Beatriz Vignoli, Paula Brecciaroli, Natalia Massei, Claudia Aboaf, Mirta Hortas, Marina Yuszczuk y Mariana Travacio suman espesor a la experiencia femenina desde ópticas domésticas trastrocadas, en medio de odiseas de inmigraciones y extravíos o de identidades en formación constante.


Pasajeras en trance

Julián López, autor de Una muchacha muy bella, novela organizada a partir de una figura femenina radiante, considera que el universo actual de la literatura argentina está escrito en gran medida por mujeres. "Puedo mencionar como potentes y diversas en el sentido de la representación y las voces de lo femenino a Gabriela Cabezón Cámara y a Inés Garland, dos escritoras que abordan universos de mujeres con niveles de intimidad que pueden sorprender por lo variado y en todo caso lo lejano, pero también por la veracidad y la voracidad como una característica de esas escrituras", dice López. "Además de ellas, me gustan mucho Alejandra Zina, me encanta la voz poderosísima que construyó Samanta Schweblin en la admirable Distancia de rescate, Selva Almada. Un descubrimiento personal fuera de este marco temporal fue Emma Barrandeguy, que como todo lo bueno viene de la mano de María Moreno, que fue quien la redescubrió. Su novela Habitaciones es fundamental en el contexto histórico y de género."

Gabriela Cabezón Cámara es una de las autoras más mencionadas por sus colegas varones y mujeres a la hora de evaluar la originalidad narrativa para diseñar personajes femeninos en la literatura local. "Lo que ahora está sucediendo es que muchas más mujeres escriben y publican; obviamente, lo hacen desde una perspectiva particular, diferente de la mirada hegemónica", dice. "Me interesa mucho lo que hacen Carina Radilov Chirov, cómo construye personajes de mujeres en momentos de clivaje; Zina, que explora vínculos de perturbadora intimidad entre mujeres; Harwicz, que piensa algo poco pensado como la relación madre-hija; Marina Mariasch, que construye un mundo familiar femenino en Estamos unidas; Havilio, con ese personaje fascinante de Opendoor, y Fernanda Laguna (alias Dalia Rossetti), que hace un trabajo impresionante en Dame pelota. Ahora ella trabaja sobre una mucama perversa, enamorada de su patrona y caliente con sus hijas adolescentes (las de la patrona). Rompe límites Fernanda. Me divierte mucho también la investigadora de María Inés Krimer, Ruth Epelbaum, una señora en sus cincuenta que, ayudada por su mucama y amiga, resuelve casos policiales en una Buenos Aires bastante pesadillesca."

Para Andrea Ostrov, doctora en Letras, docente e investigadora del Conicet, autora de El género al bies: cuerpo, género y escritura en cinco narradoras latinoamericanas y Espacios de ficción. Espacio, poder y escritura en la literatura latinoamericana, existen orientaciones claras en la narrativa escrita por mujeres en las dos últimas décadas. "Por un lado, persiste una continuidad fuerte en relación con la violencia dictatorial y el trabajo de la memoria, tal como lo evidencian las últimas novelas de Sara Rosenberg (Un hilo rojo y Contraluz); de María Teresa Andruetto (Lengua madre y Los manchados); de Susana Romano Sued (Procedimiento); de Nora Strejilevich (Una sola muerte numerosa) y de tantas otras narradoras. La representación del pasado traumático se realiza en forma fragmentaria, mediante el ensamblaje de voces, documentos, cartas, testimonios. Los personajes femeninos -muchas veces con una impronta autobiográfica- intentan una recuperación de lo acontecido que posibilite alguna reconstrucción de sentido, un ejercicio de la memoria que resignifique la historia a partir de los interrogantes del presente. Otras veces, la reconstrucción e indagación del pasado se refiere al linaje familiar, al desarraigo de los padres o abuelos inmigrantes, a las tradiciones, a la tierra perdida. Aquí, la recuperación de la genealogía y la historia familiar resultan decisivas en la configuración de la propia subjetividad de las protagonistas." En esta línea trabajaron María Rosa Lojo, Griselda Gambaro, Perla Suez, Ana María Shua y María Angélica Scotti, entre otras. Otra vertiente que Ostrov destaca es aquella que se refiere a la violencia de género y a la trata de mujeres. Trabajos recientes de Angélica Gorodischer (una pionera) avanzan por ese camino.

Más allá de las líneas temáticas o las tendencias más visibles, para Ostrov los nuevos personajes femeninos se alejan en gran medida de los estereotipos de género y de las representaciones tradicionales. "Podríamos decir que sus identidades se constituyen precisamente a partir de los desvíos, rupturas y disensos que son capaces de establecer respecto de los modelos hegemónicos y los roles sociales recomendados. En este sentido habría que inscribir también los relatos que problematizan las formas tradicionales de maternidad y proponen configuraciones familiares, afectivas y sexuales alternativas, como por ejemplo La Virgen Cabeza y Romance de la negra rubia de Cabezón Cámara; El niño pez de Lucía Puenzo; La intemperie de Massuh; No es amor de Patricia Kolesnicov y, por supuesto, Varia imaginación de Molloy."

Para Cabezón Cámara los nuevos personajes femeninos importan, y mucho, porque "están poco escritos, porque permiten pensar nuevos puntos de vista". "Recuerdo cuánto me fascinó leer Casandra de Christa Wolf, una lectura de Agamenón, la tragedia de Esquilo. Casandra tenía el don de ver lo que sucedería y la maldición de no ser escuchada nunca por nadie, narrando el final de la guerra de Troya y el del comandante en jefe de su ejército: hermoso -agrega-. Es un trabajo semejante al de Jean Rhys en Ancho mar de los Sargazos: cuenta una historia ya contada desde la perspectiva del personaje que no hablaba o que no era escuchado, de la mujer, de la loca".

Creados por la urgencia de la actualidad, la búsqueda de una ruptura con la tradición o el deseo de perfilar otras voces, los personajes femeninos alcanzan un relieve inesperado en la literatura nacional a la vez que la enriquecen y transforman.


Daniel Gigena