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lunes, 24 de noviembre de 2014

Cuando Sara Chura despierte - Juan Pablo Piñeiro




Bolivia. 13 de junio de 2003, víspera de la Fiesta del Señor del Gran Poder. César Amato regresa a la ciudad de La Paz. Es un hombre que viste distintas pieles y tiene la capacidad de “ser muchas personas”. Ahora es un detective privado especializado en casos sin resolver. Recibe un llamado. Deberá buscar al “cadáver que respira”, una criatura misteriosa a la que Sara Chura necesita encontrar con urgencia, para poder despertarse.

Hasta aquí uno podría pensar en una novela policial. Pero hay mucho más. Tanto que es difícil explicarlo. Juan Pablo Piñeiro ha escrito una novela de una belleza inusual, inclasificable. Un libro que se lee de un tirón y que nos deja en ese umbral en el que hemos entendido algo pero no podríamos decir qué es.

La primera frase dibuja el mapa: “El mundo es la casa embrujada que todos habitamos”. Hay un embrujo, hay una construcción, hay algo que surge de los lazos. A veces un relato mágico es la herramienta más eficaz para hablar de lo real. Piñeiro sabe recorrer esa línea, contar lo increíble, volverlo verosímil y, lo que es más importante, verdadero.

El autor boliviano expone algo innegable: entre todos creamos eso que llamamos “realidad”. Pero hay mucho más ahí afuera: lo misterioso, aquello que solemos considerar sobrenatural solo porque nuestros ojos están domesticados. Cuando Sara Chura despierte nos recuerda que vamos tejiendo el mundo y que al mismo tiempo somos los hilos que forman esa trama. La historia pone en juego algo esencial de los pueblos originarios de América Latina: otro modo de ver las cosas, otra manera de reconocerse parte del universo, otras formas de conocimiento, otra relación con el tiempo, otro tipo de vida. 

La novela es tan diversa que posiblemente este comentario no pueda hacer justicia a su enorme heterogeneidad de voces. Hay humor, hay aventuras, hay un uso poético del lenguaje, hay una cosmovisión completa. Podría decirse que este libro es heredero de las obras de Juan Rulfo y Manuel Scorza. Pero se trata de un legado renovado: Piñeiro tiene voz propia, una voz que viene a decir lo suyo de modo único.

Cuando Sara Chura despierte habla de la identidad, los cambios, el tiempo, el lenguaje, el sentido de comunidad y, fundamentalmente, de esa ficción llamada realidad.

Celebramos este primer libro publicado por la nueva editorial cordobesa Portaculturas. Ojala vengan muchos más.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



jueves, 20 de noviembre de 2014

La fiesta de la insignificancia - Milan Kundera





En 1967 Milan Kundera publicó su primera novela. El libro se llamaba La broma y contaba un infierno kafkiano: alguien hacía una broma que llegaba a oídos del aparato estatal y era leída como una amenaza a ser combatida. La novela tuvo un éxito inmediato y fue premiada por la Unión de Escritores Checoslovacos. Poco tiempo después, cuando la Unión Soviética invadió el país, el texto se volvió peligroso. Kundera fue expulsado de la universidad, sus libros fueran retirados de las bibliotecas y su nombre fue borrado de la historia de la literatura checa. Once años más tarde lo privarían incluso de su nacionalidad.

El interés por el carácter subversivo del humor está presente en toda la obra del autor. En El libro de la risa y el olvido se define la risa como un gesto que delata el sinsentido y expone que los órdenes del mundo no son tan naturales como creemos. En El arte de la novela, la ironía es presentada como una herramienta que revela la ambigüedad y nos quita toda posibilidad de certeza. El autor rescata la palabra “agelasta”, que alguna vez utilizara Rabelais. Los agelastas son los que no ríen, los que no tienen sentido del humor. Los que “están convencidos de que todos los seres humanos deben pensar lo mismo y de que ellos son exactamente lo que creen ser”.

Cuarenta y siete años después de la publicación de La broma, Kundera vuelve a poner en escena aquella primera preocupación desde un enfoque diferente. 

En La fiesta de la insignificancia cuatro amigos viven pequeñas escenas en diferentes lugares de París. Alguien quiere ver una exposición de Chagall pero se resiste a hacer la cola para entrar al museo. A un hombre acaban de confirmarle que no tiene cáncer. Hay un encuentro casual y una mentira inexplicable. Alguien lee las memorias de Nikita Jruschov. Un presidente del soviet supremo sufre problemas de próstata. Un niño ve a su madre por última vez y conserva de ese encuentro una extraña obsesión por los ombligos. Una mujer trata de suicidarse y debe luchar para que no se lo impidan. Una foto habla con quien la mira. Un actor desocupado inventa un idioma ficticio mientras trabaja en un servicio de catering. Una lluvia de ángeles cae del cielo después de que Stalin da un puñetazo sobre la mesa de la sala de reuniones del Kremlin. El mundo es un lugar en el que “las bromas se han vuelto peligrosas”. 

Mínimas fotografías que apenas esbozan una historia mientras vuelven una y otra vez sobre la fiesta –la triste alegría, el buen humor, la levedad– que puede traer asumir la poca importancia que tiene todo lo que pasa. El reconocimiento de la insignificancia como modo de resistencia. Lo dice uno de los personajes: “ya no era posible subvertir el mundo, ni remodelarlo, ni detener su pobre huida hacia adelante. Sólo había una resistencia posible: no tomarlo en serio.” 

El absurdo. La sonrisa. Lo cómico. Todo eso surgiendo de un sinsentido básico, de una insignificancia que alivia y libera. Nada importa. O sí. No está claro. El peso de los sentidos que tienen las cosas se trastoca en una especie de juego. Otra vez Kundera nos advierte sobre  momentos históricos en los que todos parecen haber olvidado qué es una broma. Épocas en las que el discurso único se vuelve monolítico y expulsa al humor, el mayor cuestionador de lo que hemos naturalizado.

Siempre hay algo extraño en los textos del autor checo. Se atraviesa un párrafo sencillo y se descubre algo vital. Se lo descubre pero no se lo identifica. Como si fuera un sueño. Uno sabe que es importante pero no puede decir qué es. Quizás porque se ha comprendido algo que no puede ser explicado. Algo que sólo puede ser mostrado, puesto ante los ojos. Lo que la filosofía llama “definición ostensiva”: señalar aquello que se quiere definir. ¿Cómo explicarle a alguien qué es el color violeta? No se explica, se muestra.

Uno de los personajes dirá que a veces una verdad “es hasta tal punto trivial, y a tal punto esencial, que ya ni se la ve ni se la oye”. Esa sensación puede tener el lector al cerrar el libro. Que la verdad que se le ha dicho es imperceptible. Y sin embargo, está ahí.  

Esta novela puede ofrecer placer y también desconcierto. Sin embargo, no se trata de un desconcierto estéril. Es más bien la sensación de que es imposible aprehender un sentido unívoco. ¿Cómo definir La fiesta de la insignificancia? ¿Se trata de un acertijo sin solución? ¿Es una definición ostensiva? ¿O es quizás la gran broma final que hace el maestro, a sus 85 años, antes de retirarse del escenario?


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X

viernes, 14 de noviembre de 2014

Comentario de Bruno Caussé (Le Monde) sobre la versión francesa de "El colectivo"






« Dans son premier roman, Eugenia Almeida revient sur les années noires de l’Argentine. Un récit sobre aux phrases sèches sur le quotidien d’un pays qui a peur. »


Bruno Caussé
LE MONDE





http://www.editions-metailie.com/fiche_livre.php?id_livre=895&decouvrez_aussi&presselivre






lunes, 10 de noviembre de 2014

El quinto hijo - Doris Lessing





Harriet y David se encuentran en una fiesta empresarial. Se reconocen como suelen hacerlo los que no encajan, los que siempre están a un lado, los que asisten distanciados a un espectáculo en el que no se sienten incluidos. Parecen estar hechos el uno para el otro: ambos se definen como “emocionalmente escrupulosos y sobrios”.

Totalmente ajena a la liberación sexual de los años sesenta, la pareja desea una casa enorme y una buena cantidad de hijos que llene ese espacio. Una fantasía de cuento de hadas, algo en lo que todo tendrá perfume de hogar, un escenario que sólo puede traer plenitud y felicidad.

El sueño se pone en marcha y al principio parece funcionar. Una casa en las afueras de Londres, los hijos que llegan uno tras otro. Grandes reuniones familiares que se extienden indefinidamente porque nadie quiere irse de la casa de los Lovatt. Una familia feliz. Y sin embargo ya se oye latir cierto malestar. Algo ominoso que va a tomar cuerpo con la llegada del quinto hijo.  

A partir de aquí, todo se transforma en una historia de terror sin recursos sobrenaturales. Un terror sordo, escalofriante, cotidiano. Terror ante lo que pasa y terror de asumir los propios sentimientos. Todo da miedo: la muerte de algunos animales; una furgoneta negra; la impaciencia, la ansiedad, la irritación; un embarazo que se vive como una guerra; alguien que va perdiendo la cabeza; la pesadilla de ciertos psiquiátricos que sólo sirven para ocultar y eliminar a aquellos que son considerados indeseables.

Doris Lessing habla de muchas cosas que suelen ocultarse en nuestra cultura. Se atreve a tensar el mito de la maternidad y a verlo con otros ojos. No todas las madres son iguales; no todos los hijos son iguales. La autora no termina de decir qué es lo que hay de diferente en Ben, el quinto hijo. No lo dice pero lo muestra. Un bebé que produce sentimientos difíciles de aceptar. Alguien que genera una “inquietante y espantosa curiosidad”. Escalofríos, temor, rechazo, perplejidad, miedo, incluso terror. Eso sienten quienes se acercan al niño. 

La autora británica no es complaciente con nada ni con nadie. Es tan implacable que hace daño. Pero esa mirada descarnada y despiadada quizás nos muestre algo sobre los tabúes y las hipocresías de nuestra sociedad.

Por  momentos, mientras se lee el libro, es imposible no establecer un lazo con “Tenemos que hablar de Kevin”, la extraordinaria película de Lynne Ramsay protagonizada por Tilda Swinton. Ambas obras se ocupan de poner en escena los mecanismos de silencio que impone la sociedad –y que cada uno de nosotros se impone, reproduciendo el mandato–. Hay cosas que no está permitido decir. Hay cosas que nadie quiere escuchar. Hay silencios que explotan de tan llenos. Y hay artistas –como Lessing, como Ramsay– que se atreven a posar sus ojos justo allí. En aquello que preferiríamos no ver.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X


jueves, 6 de noviembre de 2014

El lápiz del carpintero - Manuel Rivas






  


Un bar en la ruta. Un grupo de mujeres extranjeras, sombras sin papeles que han quedado atrapadas en el negocio de la prostitución. Un territorio custodiado por un hombre silencioso que, sin embargo, comienza a contarle su historia a una de esas mujeres. Mientras Herbal despliega su relato su mano va dibujando las servilletas con un lápiz de carpintero; un objeto precioso en el que se concentra el pasado. Quien habla ha sido fuerza de choque de los falangistas, guardia de prisión, torturador, asesino. 

Herbal trae a su voz toda la oscuridad que provocó el Franquismo. Las listas negras. Las persecuciones. Los fusilamientos. Los eventuales sobrevivientes que vuelven a la cárcel perdidos para siempre en una bruma indescriptible. La iglesia católica como cómplice indispensable; el Papa Pio XII celebrando el triunfo de “la católica España”.  La temible cárcel de Santiago. 

Pero en la historia también aparece la resistencia, la lenta construcción de gestos que impide el objetivo de los verdugos: hacer que sus víctimas pierdan su condición de humanos. Un grupo de prisioneros desata una tormenta de toses como protesta ante una misa. Las lavanderas transmiten mensajes con el color de la ropa que cuelgan de las sogas. Un hombre defiende su alegría y su esperanza. 

Un barco naufraga y los mil acordeones que lleva en su bodega llegan a la orilla. Durante toda la noche el viento y el agua hacen sonar esa orquesta fantasma. Quizás esta sea la imagen que mejor resume el espíritu de El lápiz del carpintero. De todo lo que ha sido perdura un sonido: una voz que habla y nos recuerda que el pasado siempre está presente.

Manuel Rivas es uno de los escritores gallegos más importantes de su generación. Nacido en 1957, hijo de un albañil y una lechera, siguiendo el consejo de su madre –conseguir un trabajo en el que no se mojara–, a los quince años comenzó a colaborar en un diario de su región. Periodista, poeta, dramaturgo, narrador y ensayista, el autor siempre se ha ocupado de luchar por el reconocimiento y la permanencia de la lengua gallega.

El trabajo de Rivas se ancla en la memoria para decir que es necesario poner en palabras aquello que fue silenciado. En una entrevista que le hiciera Silvia Hopenhayn, el escritor dijo que la memoria “tiene un movimiento que se desplaza hacia adelante. Es el movimiento del barquero y el buen barquero sabe que para remar tiene que ponerse de espaldas al destino. Es la mejor forma de impulsarse y la mejor forma de ver, porque si quiere ir hacia una isla en medio de la niebla, tiene que tener la referencia en el pasado, en lo que deja atrás. Tiene que trazar coordenadas a partir de un faro o un cabo. Eso le permite seguir un rumbo. La forma de andar de la literatura se parece mucho a la de ese barquero.”

El lápiz del carpintero –ganador de los premios Crítica de Narrativa y Amnistía Internacional– fue publicado originalmente en 1998. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



domingo, 2 de noviembre de 2014

Qué es ser escritor








Publicar un libro es azaroso, siempre. Puede depender del lugar, de la situación económica, de las políticas editoriales, de la capacidad de insistencia, de tener el dinero para pagar la edición, de ser “descubierto”. Quizás podemos poner en tensión la costumbre de asociar, directamente, la obra de un autor con los textos que ha publicado. ¿Dónde está el verdadero trabajo de creación literaria? ¿En el manuscrito o en el libro? ¿El libro como objeto no es acaso otra creación, mucho más colectiva, que involucra a editores, diseñadores, diagramadores, correctores, ilustradores y traductores?


Esta confusión genera una frontera extraña: de un lado, los escritores que han publicado; del otro, los que no. Y en algunos ambientes se niega el reconocimiento de escritores a éstos últimos. ¿Por qué? Escribir es una actividad. Tiene un resultado. No siempre ese resultado es un libro.

Ante alguien que dice ser escritor, suele aparecer una pregunta: ¿Qué publicaste? Lo lógico sería preguntar: ¿qué escribiste? No conozco el mundo de los pintores pero me parece poco probable que para conocer la obra de un artista se le pregunte ¿Qué vendiste?

¿Qué nos convierte en escritores? ¿Haber publicado? ¿Ganar premios? ¿Que nuestros libros se estudien en la universidad? ¿Que nos inviten a congresos? ¿Salir en las revistas culturales?

Alguien que escribe, que dedica un tiempo sostenido a lo largo de su vida a trabajar –o a jugar– con las palabras, con la intención de crear mundos ¿no es un escritor?

La frontera mencionada tiene también otras versiones: diferenciar a quien pagó su edición de quien publicó a través de una editorial que compró los derechos de ese trabajo. Los fanáticos de la frontera suelen decir que quien pagó para ser editado no es un verdadero escritor. Se dice así, por lo bajo, como una pequeña clave entre conocedores: “pero... es una edición de autor”. Se olvida, quizás, que Marguerite Yourcenar publicó su primer libro de ese modo.

Por supuesto, no estoy negando que escribir es un trabajo y que debe ser remunerado justamente. El libro como objeto es una mercancía que debería generar ganancias a todos los involucrados en su producción. Entre ellos, el escritor. Lo que estoy diciendo pertenece a otra esfera: la de reconocernos, unos a otros, nuestro hacer en el mundo más allá de los espejismos del mercado. La de recordarnos que, en algún momento, todos los escritores que admiramos fueron inéditos.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



jueves, 30 de octubre de 2014

La analfabeta que era un genio de los números - Jonas Jonasson




La historia comienza en un escenario desolador: la vida cotidiana de los vaciadores de letrinas de Soweto, uno de los lugares más pobres de Sudáfrica. Entre ellos camina, balde en mano, Nombeko Mayeki, una niña de catorce años, huérfana, analfabeta, con una extraordinaria capacidad para hacer cálculos y con el deseo de aprender todo lo posible sobre el mundo. Cuando el jefe de letrinas es reemplazado, elige como sucesora a esa pequeña niña que lo ha venido ayudando en el último tiempo cada vez que él fallaba en resolver alguna situación. La decisión es una molestia para el Departamento de Sanidad de Johannesburgo. Negra. Mujer. Menor de edad. Analfabeta. ¿Cómo es posible que sea capaz de llevar las cosas tan bien? ¿Cómo soportar esa presencia que, con su eficiencia, vulnera los principios ideológicos del apartheid? La tensión se resuelve fácilmente: Nombeko es despedida. Allí comienza un periplo que ejemplifica a la perfección la vieja Ley de Murphy: “si algo puede salir mal, saldrá mal”. 

Con este punto de partida, es difícil imaginar que lo que Jonas Jonasson ha escrito es una novela divertidísima. Las peripecias que vivirá Nombeko son desopilantes. El novelista sueco sabe jugar al borde de lo verosímil, como lo hacen los cuentos que deslumbran a los niños. Nombeko aprenderá a leer, sufrirá un accidente, quedará prisionera de la hipocresía del sistema judicial, será obligada a trabajar gratis para pagar los daños que su cuerpo hizo en la carrocería de un auto, aprenderá chino, intervendrá en el programa de armas nucleares del gobierno sudafricano y escapará a Suecia donde la esperan más y más imprevistos.

En la historia aparecen un puñado de diamantes, tres hermanas chinas, dos agentes del Mossad, un desertor de Vietnam que se esconde de la CIA, el Primer Ministro y el rey de Suecia, un hombre obsesionado con destruir la monarquía, una bomba nuclear, una estatua de Lenin, el  Grupo de Operaciones Especiales de la policía sueca, una revista política financiada por una plantación de papas; dos hermanos gemelos y mucho más.

Si uno dice que esta novela habla de la violencia policial, el racismo, la corrupción, la homofobia, el sufrimiento de los indocumentados, el Terrorismo de Estado y que, al mismo tiempo, es extremadamente graciosa quizás cueste creerlo. 

Muchas personas dividen los libros entre los que son para divertirse y aquellos que reflexionan sobre la condición humana. La analfabeta que era un genio de los números es un buen ejemplo de que ambas cosas no son irreconciliables.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



domingo, 26 de octubre de 2014

Notas de prensa II - Gabriel García Márquez





Hemingway, Di Benedetto, Kapuscinski, Arlt, Eloy Martínez, Borges, Orwell, Monsiváis, Alejandra Costamagna, José Donoso, Leila Guerriero, Pedro Lemebel, Onetti, María Moreno, Vargas Llosa, Alfonsina Storni, González Tuñón, Truman Capote, Rodolfo Walsh, Elena Poniatowska, Osvaldo Soriano, Carlos Fuentes, Eduardo Galeano, Juan Gelman. 

Escritores periodistas. Periodistas escritores. Son muchos los que han ido moviéndose entre esas dos profesiones. E infinitas las discusiones que tratan de señalar dónde está la frontera entre una y otra.

Como tantos de sus colegas, también García Márquez se dedicó al periodismo. Vale la pena conocer este otro lado del Nobel colombiano y descubrir cómo su obra puede variar cuando se dedica a la ficción o cuando relata en primera persona ciertos aspectos de la realidad.

En Notas de prensa II se incluyen artículos publicados entre 1961 y 1984. Y allí se encuentra un poco de todo.

Para empezar, la literatura: El proceso de escritura, los “desastres ortográficos”, la traducción y sus misterios, la rutina laboral de escribir una columna, las reflexiones sobre la propia obra, algunos bocetos o ideas que no llegaron a convertirse en cuentos, la lectura.

Luego, los viajes: Roma, Grecia, Ámsterdam, París, Madrid, Moscú, las visitas a Neruda en su casa de Normandía. García Márquez viajaba tanto que, para conjurar el malestar de despertarse sin reconocer el lugar donde estaba, se acostumbró a dejar junto al teléfono un papel con el nombre de la ciudad en la que se acostaba a dormir.

Finalmente, la política. Las persecuciones que sufrió en Colombia; sus encuentros con líderes del  Movimiento Diecinueve de Abril; sus gestiones ante Fidel Castro para lograr la liberación de prisioneros colombianos en las cárceles de Cuba; su condena al Premio Nobel de la Paz otorgado a Menájem Beguin; la negativa de Estados Unidos a dejarlo entrar a su territorio por considerarlo comunista;  las relaciones con figuras poderosas de la época (Mitterrand, Torrijos, Olof Palme, Felipe González); su viaje a Washington como integrante de la delegación panameña en la firma de los tratados sobre el Canal; la CIA y la intervención en Nicaragua; la muerte de Monseñor Romero y Maurice Bishop; los horrores silenciados de la Guerra de Malvinas; Juan Pablo II y su incapacidad de comprender a realidad latinoamericana; la Revolución de los claveles en Portugal. 

De esta mezcla de reflexiones, testimonios y confidencias quedan algunas imágenes que vale la pena mencionar: Juan Rulfo buscando nombres para sus personajes entre las lápidas de un cementerio;  Nicolás Guillén, asomado al balcón de su habitación en París, voceando a gritos las últimas noticias latinoamericanas para que pudieran oírlas los paisanos que se habían refugiado en Francia; Fidel Castro calculando las posibilidades de morir que había enfrentado Graham Greene las cuatro veces que había jugado a la ruleta rusa cuando tenía 19 años; el día del Nobel: el teléfono que suena en la madrugada de México, su esposa Mercedes que lo atiende semidormida y se lo pasa diciendo: “Te llaman de Estocolmo”.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



miércoles, 22 de octubre de 2014

Entrevista a Abelardo Castillo




El hombre es el único animal inconcluso

Los diarios siempre han sido un misterio. ¿Qué lleva a una persona a dejar por escrito pequeñas señales de su vida cotidiana? La pregunta fundamental es para quién se escribe. Posiblemente la respuesta más sencilla sea “para uno mismo”. Sin embargo, muchos de esos diarios se convierten en libros. Y asistimos entonces a una escritura que, teóricamente, fue pensada para la intimidad pero luego alcanzó estado público. La voz privada en medio de la comunidad, diciendo cosas como si las contara en confidencia.

Quizás ese es el elemento que vuelve tan atractivo un diario personal: la reconstrucción de un escenario íntimo al que se nos permite ingresar. 

Siempre se trata de una ficción. Siempre que hablamos sobre el mundo construimos una escena, dibujamos personajes, desplegamos un guion: la historia de nuestra vida.

Y sin embargo, solemos adjudicarle a los diarios un valor de verdad. Abelardo Castillo pone en cuestión esa costumbre cuando señala, en su propio diario, que la “verdad” no es algo que pueda encontrarse allí. “Los diarios íntimos son una farsa”, dice. “No hay memoria sincera”. 

Afortunadamente, Castillo decidió ir más allá de esa distinción binaria entre realidad y ficción y a los 18 años comenzó a llevar un diario que sigue escribiendo hasta hoy. Allí se registra el presente cotidiano pero también los recorridos, vacilaciones y decisiones a partir de las cuales un escritor construye su obra.

El primer volumen de los Diarios del escritor argentino abarca desde 1954 hasta 1991. Un segundo tomo aparecerá el año próximo.

–Publicar un diario es un modo de traer el pasado al presente. ¿Qué efecto ha tenido la publicación de estos diarios en su vida personal? 

–Ningún efecto, salvo el haberme engripado dos veces y una ligera desolación, como siempre que publico un libro. Ante un diario, la sensación de que el pasado irrumpe en el presente pertenece al lector, no al autor. Un diario, al ser escrito día a día, o con intervalos relativamente breves entre una entrada y la siguiente, sucede, para su autor, en una especie de presente perpetuo. A diferencia del lector, yo no he leído por primera vez, ahora, al ser publicadas, las palabras que escribí en 1959 o en 1980… ¿Cómo explicarlo bien? Me pasa exactamente lo mismo que con cualquier obra literaria: si se representa El otro Judas, que escribí hacia los 22 años y seguramente empecé a imaginar mucho antes, yo no pienso en cómo era el muchacho que escribió esa pieza; la veo, sencillamente como obra mía. No puedo dejar de verla en presente. El “Yo”, lo que nos establece como personas ahora y aquí, es siempre una continuidad indisoluble. El muchacho que anota sus reflexiones sobre el amor y la muerte en los años ’50 y el escritor que ahora habla sobre eso, no son dos personas distintas, son la misma: son yo. 


El juego de la ficción

–En su diario se menciona a Maryna, un “personaje imaginario” a quien usted le escribió cartas durante 1953 y 1954. ¿Por qué empezó a escribirle? ¿Por qué dejo de hacerlo? 

–Maryna era, en efecto, un personaje imaginario, hecho, como todos los personajes imaginarios, de una o más personas reales. Empecé a escribir esas cartas por las mismas íntimas razones por que empecé a escribir los cuadernos: por necesidad de aclarar, en mí mismo, mis ideas acerca del amor, de Dios, de la libertad, de la literatura. En realidad, no dejé de escribirlas; sencillamente las perdí. O las guardé tan bien que en los últimos 60 años no volví a encontrarlas. Eran, o son, mis primeros intentos de hacer ficción con mi pensamiento o de poner mi pensamiento en una ficción. Si las encontrara algún día, seguramente encontraría allí el fundamento de todo lo que escribí hasta hoy.

–En un momento, refiriéndose al diario, usted dice “estoy perdiendo la costumbre de escribir hacia adentro”. ¿Escribir ficción es escribir hacia afuera?  

–Escribir ficciones es escribir buscando la libertad del lector. El verdadero acto literario se consuma en dos movimientos: la escritura y la lectura. La escritura es un acto de libertad que va hacia el lector, quien juzga ese texto desde su propia libertad; en ese momento empieza el hecho estético y el sentido de la literatura. No sé si esto contesta la pregunta.

–En el diario habla de su pasión por el ajedrez. ¿Encuentra alguna relación entre ese juego y la escritura?

–Ninguna. Tengo, eso sí, una teoría algo arbitraria acerca de que la estructura de un buen cuento y la de una partida de ajedrez son análogas. La apertura, el medio juego y el final son los tres momentos de una partida, y esto puede ser la metáfora del inicio, el desarrollo y la resolución de un cuento. Lo mismo podría aplicarse a la forma sonata en música, a la obra de teatro en tres actos e, incluso, a la arquitectura de la tragedia formulada por Aristóteles. Lo más interesante de todo esto es que no sirve para nada.

–En muchos tramos se muestra la escritura como un trabajo de la voluntad, del esfuerzo; un trabajo minucioso, incluso interminable. ¿Qué lugar ocupa la inspiración en su obra?

–No creo en la inspiración. Edgar Poe ya explicó para siempre el malentendido que encierra esa palabra. La inspiración fue un invento de los poetas románticos del siglo XIX, y muchas veces es sólo una coartada: un modo de no aceptar los absurdos, los titubeos, las casi vergonzosas indecisiones que preceden a la construcción de una obra de arte. Existe, por supuesto, eso que Thomas Mann llamaba la idea súbita; existe, si queremos, algo así como aquel repentino furor sagrado lindante con la locura de que hablaban los griegos, pero nadie puede creer en serio que una novela de 500 páginas o una obra en cinco actos son el producto incesante de esa iluminación momentánea. La literatura sigue siendo, para mí, un trabajo de la voluntad, del esfuerzo. Un trabajo minucioso e, incluso, interminable. 

–En su cumpleaños 30 usted escribe “ni mi obra ni mi vida concuerdan con el Abelardo Castillo ideal que a veces vislumbraba”. ¿Eso ha cambiado? 

 –No ha cambiado en absoluto, de lo contrario tendría que decir la tontería de que “me siento realizado”. Y la condición de lo humano, para mí, es precisamente la irrealización, lo inconcluso. El hombre es, felizmente, el único animal inconcluso; solo lo concluye la muerte.


Córdoba, la Historia, las utopías

–Existen muchas referencias a Córdoba (algunos viajes, algunas relaciones, las primeras páginas de “Crónica de un iniciado”). ¿Cuál es su relación con Córdoba?

–No sólo las primeras páginas, toda la novela Crónica de un iniciado, así como El Evangelio según Van Hutten, transcurre en Córdoba. Mi relación con Córdoba debo buscarla en la infancia; solía ir en los veranos a la ciudad o a las Sierras con esa tía que aparece en los Diarios, que fue mi madre sustituta. Mientras escribíaCrónica de un iniciado, volví muchas veces a Córdoba. Todavía hoy puedo recorrer mentalmente la ciudad tal como era hasta los años ’60. El derruido balcón del Obispo Mercadillo, el Colegio Jesús María, la vieja terminal de ómnibus, el amarillo y algo siniestro departamento de policía frente a la Plaza mayor, los tranvías recorriendo a dos manos la calle Vélez Sársfield, la “casa del marqués”… Córdoba y Buenos Aires son mis dos ciudades; San Pedro, el pueblo que elegí como natal. 

–Estuvo en la ciudad durante el Cordobazo. ¿Qué efecto tuvo en usted ser testigo de lo que pasó?

–Esta pregunta ya está contestada en el diario, con fecha 30 y 31 de mayo de 1969. Hay ahí varias páginas donde digo qué fue y qué significó para mí el Cordobazo. Pero, si realmente les interesa, históricamente, el tema, no deberían preguntarme a mí, sino a cualquier cordobés que haya sido estudiante u obrero durante esos días. O a cualquiera de aquellos hombres y mujeres que, sin serlo, arrojaban muebles desde las ventanas y los balcones de sus casas, para que los chicos hicieran barricadas.

–En 1990 usted anotó que “no hay una sola de las ideas políticas, morales, religiosas, que parecían verdades en el ’60, o aun en el ’70, que hoy tenga la menor validez”. ¿Alguna de esas ideas ha vuelto a ser válida en los 24 años que pasaron desde que escribió eso?

–Pienso exactamente lo mismo que en 1990. Lo que no significa que no se puedan imaginar nuevas teorías emancipadoras, nuevos proyectos religiosos, nuevas utopías sociales. Y aún más: es moralmente necesario que lo hagamos. Cada época debe volver a darse sus nuevos valores. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/abelardo-castillo-el-hombre-es-el-unico-animal-inconcluso


sábado, 18 de octubre de 2014

Julio Cortázar y Abelardo Castillo





1973. Nueve y media de la mañana. Abelardo Castillo duerme. El teléfono lo despierta. Una voz pregunta por él. Contesta de mal modo. Pregunta quién es. Del otro lado, una voz dice “Le habla Julio Cortázar”. Castillo responde: “Ah, sí, qué bien”. Está seguro de que esa llamada es una broma de sus amigos. Se oye un silencio y luego la voz dice: “Pero, ¿hablo con la casa de Abelardo Castillo?”. Un leve patinar en las r despierta las dudas. Castillo vacila. Quizás no sea una broma. Insiste, vuelve a preguntar quién es. Cortázar vuelve a decir su nombre. El sonido de la r estalla. No es una broma.  

Unas horas después, Abelardo Castillo y Sylvia Iparraguirre (su compañera desde hace 45 años) reciben en su casa al visitante. En el momento en que abren la puerta, sucede un “mínimo milagro”: la radio transmite música de Charlie Parker, como si el mundo se hubiera ordenado para homenajear a Cortázar.





Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





martes, 14 de octubre de 2014

Diarios (1954-1991) - Abelardo Castillo





El que tiene sed


La sed de Abelardo Castillo es una desesperada necesidad de literatura. Leer. Escribir. Estar atento al mundo y a las cosas para volverlas palabra. Saber encontrar en los libros lo que modifica la vida. Ese es quizás el espíritu de estos Diarios (Alfaguara). Pero hay, también, mucho más: un diario íntimo, un cuaderno de bocetos, apuntes de filosofía, reflexiones sobre la escritura, una bitácora de lecturas, un plan de vuelo y una estrategia de combate o supervivencia. El mandato permanente, el desafío, es aquella vieja frase de “Ni un día sin una línea”. Una meta que aunque no pueda cumplirse sirve como brújula en un mundo caótico. Un imperativo lleno de belleza.

Quizás puedan pensarse estos diarios (sobre todo en los primeros años) como una suerte de taller literario en soledad; la lenta y esforzada construcción de un autor. 

Castillo se observa sin indulgencia. Va dejando testimonio de lo literario pero también escribe sobre sus relaciones, sus colegas, los encuentros y las distancias, sus preocupaciones, sus miedos, sus sueños, sus parejas, el alcohol, los estimulantes, la escritura y sus vaivenes, la música, el ajedrez, la idea del suicidio.

El autor vuelve una y otra vez sobre la larga y compleja relación con Ernesto Sabato, un lazo definido como “una amistad imposible”. Aparecen aquí sus charlas con Jorge Luis Borges; la mañana en que recibió un llamado telefónico de Julio Cortázar (ver aparte); el encuentro con Nicolás Guillén en un hotel de Buenos Aires; su fuerte discusión con David Viñas en torno a la relación entre literatura y compromiso político; la amistad con Leopoldo Marechal.

La Historia irrumpe. Castillo habla del Cordobazo, de la muerte del Che Guevara, del día en que un grupo parapolicial entró en su casa, de los levantamientos militares de 1989. Castillo también calla. Y ese silencio se vuelve increíblemente expresivo. “Desde hace cuánto, nada más que muertos. No hablar de esto. No permitir que el terror se meta en mi cuaderno”, dice en agosto de 1976.

Una heterogénea colección de anotaciones (en cuadernos, en libretas, papeles sueltos) que pueden resumirse en unas líneas escritas en 1956: “Estas páginas son, según he podido comprobar, un libro de amor”. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





sábado, 11 de octubre de 2014

Patrick Modiano





Hijo de un comerciante italiano y una actriz belga, Patrick Modiano nació en un momento histórico que dejaría su huella. La Segunda Guerra Mundial terminaba y el ambiente era extraño: un sopor sordo que sólo pueden producir las traiciones, las miserias y las crueldades que desatan las grandes catástrofes. Ahí, en ese nudo, se enclava gran parte de su obra. Modiano se asoma a un tema que no siempre ha sido bien recibido: el modo en que resistimos o permitimos lo que sucede.

Traducido a 36 idiomas, el Nobel francés se ha dedicado una y otra vez a reflexionar sobre la memoria, la identidad, los lazos y los modos en que la Historia impacta en la vida de las personas. Un autor que deja en claro que lo político y lo íntimo están siempre relacionados.

De una timidez legendaria, reacio a las entrevistas, cuentan que cuando alguien lo reconoce por la calle e intenta saludarlo, Modiano finge no ser él. 

Hay quienes lo consideran el mejor escritor francés vivo. Para aquellos que aún no conozcan su obra, recomendamos comenzar por Un pedigrí. Allí el autor construye una suerte de documento de identidad mientras rastrea los fragmentos de aquello que lo hace quién es. Como un niño, va levantando los objetos ante sus ojos, para descubrirlos, para saber cómo es que han venido a convertirse en flores o en esquirlas. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Vos


viernes, 10 de octubre de 2014

Le cri du lezard: Comentario sobre la versión francesa de "El colectivo"


L'autobus - Eugenia Almeida (2005)

 

 

Il existe des livres, comme celui-ci, qui n'ont l'air de rien : une centaine de pages, une couverture quelconque, un titre anodin... Mais c'est souvent quand on ne s'y attend pas que l'on se retrouve estomaqué. Et justement L'autobus est l'un de ces petits romans dont l'aspect inoffensif dissimule en réalité une force tragique et une puissance critique insoupçonnées.

L'intrigue paraît banale : dans une petite ville perdue en Argentine, l'autobus passe tous les soirs, mais depuis trois soirs, il ne s'arrête plus. Et cela fait trois soirs que l'avocat Ponce accompagne sa sœur pour prendre cet autobus qui passe devant eux sans s'arrêter. Trois soirs qu'un couple attend lui aussi cet autobus qui ne s'arrête pas. Alors que Ponce ramène sa sœur chez lui dans l'attente du prochain bus, le couple, excédé, décide de partir à pieds le long de la voie ferrée. Car le train non plus ne passe plus, la barrière du passage à niveau est baissée et un wagon posé sur la voie empêche toute circulation. Le village s'interroge, le soupçon et la confusion s'installent. La radio parle d'une jeune fille en fuite, d'un couple de subversifs, d'exercices militaires, d'une fusillade à la nuit tombée... Et l'autobus s'arrête de nouveau alors que personne ne l'attend plus.

Une écriture minimaliste, des dialogues elliptiques, un récit théâtralisé, un nombre réduit de personnages et un périmètre d'action très restreint : ce roman étrange se caractérise par sa sobriété et son détachement sous lesquelles couve une atmosphère de terreur larvée. Et même si ce roman reste un peu "en deçà", il révèle sous son apparence anecdotique une vraie force critique en illustrant la contamination rampante des actes et des esprits par la perversité du pouvoir dictatorial.
  
BlueGrey

Publicado el 04/09/2007

http://descaillouxpleinleventre.blogspirit.com/archive/2007/09/04/l-autobus-eugenia-almeida-2005.html

lunes, 6 de octubre de 2014

Laura - Vera Caspary






Un cadáver con la cara destrozada. Una bala de escopeta ha destruido la imagen de una mujer singular para su época: independiente, autónoma, exitosa. 

Waldo Lydecker está tratando de escribir un epitafio para Laura Hunt, su protegida, cuando recibe la visita de la policía. El teniente McPherson sabe descubrir aquellos detalles que pueden decir algo sobre lo que los rodea. Una botella de whisky, una mucama que trata de proteger la reputación de su jefa, dos vasos usados, un retrato. Cada personaje tiene su secreto. El clima de sospecha es absoluto. Como dice Lydecker: “Todos somos gangsters de cierta manera. Todos tenemos nuestros compinches y nuestros enemigos jurados, nuestros amigos y nuestros adversarios. Todos tenemos nuestro pasado que ocultar y nuestro futuro que proteger.”

Desde las primeras páginas, la novela se centra en los diálogos. En lo que dicen los personajes y en lo que esas palabras revelan de las costumbres sociales de la época. Todos parecen estar aceptando y desafiando lo que se espera de ellos. Hay un crimen y una investigación. Pero de lo que realmente habla esta historia es de los prejuicios, de los asfixiantes roles de género, de los lugares comunes asignados a cada clase social. Publicada originalmente en 1943, Laura es mucho más que una novela policial. 

Vera Caspary nació en Estados Unidos en 1899. Cuando su padre murió, decidió trabajar para mantener a su madre. Cada uno de los pequeños trabajos que consiguió tenía relación con la escritura. Entre otras cosas, redactó los apuntes para diversos cursos por correspondencia en los que se enseñaba a bailar o a aplicar tratamientos de belleza. A veces conseguía breves respiros económicos que le permitían encerrase a hacer lo que realmente quería: escribir ficción. 

Hubo un momento en que Caspary se sintió cercana al Socialismo. La invitaron a afiliarse al Partido Comunista y aceptó. Quería visitar Rusia para ver cómo vivía la gente en un mundo que algunos diarios describían como el paraíso y otros denunciaban como el infierno. Cuando en 1939 pudo hacer ese viaje quedó desilusionada. Encontró una gran diferencia entre las ideas que apoyaba y su aplicación práctica. 
El pacto entre Hitler y Stalin fue el golpe definitivo a su lazo con el comunismo. 
Quizás no estaba hecha para pertenecer a un partido (una estructura demasiado rígida para su modo de ser) pero encontró otros caminos: participó en la Liga Anti Nazi de Hollywood y reunió fondos para ayudar a escritores refugiados.  

La Comisión de Actividades Antinorteamericanas (El Gran Hermano encargado de perseguir a todo aquel sospechado de simpatizar con la izquierda) tenía especial interés en Hollywood. La estrategia utilizada fue espantosa y efectiva: si uno acusaba a alguien, inmediatamente era considerado un aliado del gobierno. Caspary ya trabajaba regularmente en el mundo del cine. Alguien sacó a relucir los lazos que había tenido con el Partido Comunista y su nombre fue incluido en la lista de aquellos que debían delatar para salvarse. Caspary prefirió abandonar los Estados Unidos. 

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




jueves, 2 de octubre de 2014

El testigo - Juan Villoro







Julio Valdivieso regresa a México luego de pasar 24 años en Europa. Vuelve a un territorio que es propio pero siente ajeno, una geografía que duele y agita recuerdos. Todo sirve de disparador: las voces de un grupo de rock que detesta, el perfume de las comidas, la luz cuando cae de cierto modo. Todos los recuerdos confluyen en un punto: el momento en que quedó solo, abandonado por la mujer que iba a huir con él. Un amor contrariado por la familia, algo que se rompe sin explicaciones y ella que muere un tiempo después. De esa ausencia parecen brotar todas las cosas que Valdivieso tiene en la boca pero no logra decir.

Ha vuelto a México con la excusa de un año sabático. Ha aceptado la invitación de un antiguo colega para trabajar sobre la obra y la biografía del poeta Ramón López Valverde. El PRI ha perdido las elecciones y se retira del poder después de 70 años. El país se asoma a un cambio. Pero eso quizás signifique la vuelta al pasado, el encierro en un repetirse de ciclos que vuelven incansablemente.

Valdivieso se instala en la casa de su tío, una hacienda repleta de animales embalsamados, casi un símbolo de eso que atraviesa todo: un pasado congelado que se postula a sí mismo como presente y futuro. 

El trabajo sobre López Valverde y la invitación a participar en una telenovela lo obligan a repasar parte de la Historia política de México, particularmente la Guerra Cristera.

Cocaína, empresarios de los medios de comunicación, fanatismo religioso, secretos familiares, cosas dichas a medias y malentendidos. Un país dividido geográficamente por los cárteles de la droga. Asesinatos, presuntos suicidios, desapariciones. La policía operando con los mismos métodos que los narcotraficantes.

Con tres citas iniciales que aluden al viaje, Juan Villoro marca un lazo con La Odisea. No es la única obra del autor en la que aparece esta referencia. Alguna vez dijo que “no hay mayor aventura que la de volver a casa.” El testigo habla de cómo el regreso ilumina y oscurece lo que se ha cultivado desde el dolor o la nostalgia. Una novela sobre la memoria, la interpretación, el deseo, la culpa y los secretos. Una historia que vuelve una y otra vez sobre los múltiples pliegues que hay en la figura del testigo. Un libro lleno de belleza, con diálogos que cobran cuerpo: las voces rurales, las mafiosas, las narco, todas suenan como si uno estuviera allí, formando parte del terreno. 

Villoro es uno de los autores mexicanos más destacados. Ha escrito cuentos, novelas, guiones de radio y de cine, obras de teatro, crónicas y letras de canciones. Hijo de un filósofo y una psicoanalista, creció en una casa donde la literatura era cotidiana. Su abuela paterna escribía bestsellers, su abuela materna -una yucateca- era una gran narradora.

En 2004 El testigo obtuvo el premio Anagrama de novela. Villoro la considera su “obra más compleja”. 


Eugenia Almeida. 

Publicado originalmente en Ciudad X.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Comentario de Lucie Cauwe (Le Soir) sobre la versión francesa de "El colectivo"





«Pour un premier roman, L’autobus est un coup de maître! […] Alerte et sans concession, [il] ravit ses passagers de bout en bout.»


Lucie Cauwe - LE SOIR


http://www.editions-metailie.com/fiche_livre.php?id_livre=895&decouvrez_aussi&presselivre