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martes, 26 de agosto de 2014

El incomprendido




Osvaldo Bayer lo llamó “el bondadoso”. “Nuestro hermano mayor”, dijo Juan Rulfo. Muchos lo reconocían como un hombre diferente, justo, increíblemente humano. Pero también hubo quien le dijo “contrera”, “traidor”, “reaccionario”, “desertor”, “esnob”, “enemigo encubierto”. Desde la derecha se lo estigmatizó por su apoyo a la Revolución Cubana. Desde la izquierda se lo acusó de “burgués”. Cuando obtuvo la nacionalidad francesa hubo quienes hablaron de “traición a la patria”. Atrapado en esa construcción dicotómica que persigue a los realistas por poco imaginativos y a los que buscan lo fantástico por evadirse de la realidad, Julio Cortázar fue criticado por casi todo. Por lo que hizo y por lo que no hizo.
Ninguno de nosotros puede ser reducido a una foto. Pero sacude ver la vida de Cortázar jalonada de momentos en los que fue incomprendido, juzgado, castigado y cuestionado por ser quien era. 


Días enteros en las ramas
Julio es asmático. Eso limita sus juegos. Además es tímido, introvertido. Sólo quiere leer. Le gusta treparse al sauce que está en el patio: tiene 8 años y está escribiendo su primera novela. Su madre teme que esa fascinación por las letras lo aleje de las personas. ¿Por qué no sale a jugar? ¿Por qué no está con los otros chicos? Lo lleva al médico. La prescripción: suspender la lectura por unos meses. Julio se pone tan mal que deciden devolverle sus libros.
En quinto grado escribe algunos poemas de amor para sus compañeras. Una de ellas lo acusa con la maestra y hay un pequeño escándalo que lo deja en una posición humillante. 
Cortázar es el chico que escucha su primer disco de jazz bajo los gritos de su familia, horrorizada porque uno de los suyos oye “música de negros”.
Termina el profesorado. Durante cinco años trabaja en colegios secundarios de Bolívar y Chivilcoy. Da clases de Historia, Instrucción Cívica y Geografía. La vida de los pueblos lo asfixia. El clima político es tenso. En una visita oficial a la escuela, es el único de los 25 profesores que no besa el anillo del obispo de Mercedes. El rumor de que van a echarlo crece. Decide aceptar tres cátedras universitarias en Mendoza. También allí queda atrapado en las luchas políticas. Hay un cambio de rector y quienes han sido nombrados durante la gestión anterior son acusados de “nazis” y “fascistas”. Cortázar decide volver a Buenos Aires.
Quizás uno de los pocos momentos en los que esperaba una crítica y llegó un reconocimiento fue el día de 1946 en que visitó a Borges, secretario de redacción de una revista literaria, para llevarle un manuscrito y pedirle su opinión. Cuando Cortázar volvió unos días después, Borges le dijo que su cuento “Casa tomada” ya estaba en la imprenta. 


Fotografías
¿Quién era? 
El que durante un año tradujo cartas de prostitutas que trabajaban en el puerto. El que tuvo un accidente en su Vespa por esquivar a una señora que cruzó la calle sin mirar; el que clavó los frenos, chocó contra el suelo, trató de pararse y descubrió que su pierna izquierda estaba doblada de un modo imposible, el que se desmayó y horas después se despertó en la cama de un hospital, el que pasó un mes ahí y luego transformó esas noches en el cuento “La noche boca arriba”.
El que trabajó como empaquetador. El que recibió la noticia de la muerte del Che y dejó su oficina de la Unesco para encerrarse en el baño a llorar. El que era capaz de cambiar de opinión y reconocer sin vergüenzas esos movimientos. El que escribía durante horas, pluma y cuaderno, en un café de París. 
Un grandote que amaba los viajes, el jazz y el boxeo. Alguien fascinado por las herramientas. Un comprador compulsivo que no había que dejar solo en las ferreterías porque se llevaba todo lo que veía. El que coleccionaba juguetes a cuerda. El que se arrodillaba en el suelo para disfrutar de esas pequeñas posesiones y mostrárselas a sus amigos.
El que, siendo un escritor reconocido, recibió una carta demoledora. Su padre, a quien no veía desde los seis años, le escribía para pedirle que no usara su nombre real.  
El que en mayo de 1982 se trepó a una camioneta con su pareja y viajó de París a Marsella sin salir nunca de la autopista. El que, durante ese viaje, siguió por radio las noticias de la guerra de Malvinas. 
El que elegía el recorrido de sus paseos señalando un punto en el mapa con los ojos cerrados. El que creía firmemente que el azar no existe. 
Poco antes de morir, Cortázar le contó a Luisa Valenzuela que había soñado con un libro en el que había logrado unir sus convicciones políticas y sus propuestas artísticas. Las páginas estaban llenas de figuras geométricas, no había palabras. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X






domingo, 24 de agosto de 2014

Le blog de Yv... Comentario sobre la versión francesa de "El colectivo"

L'autobus, Eugenia Almeida, Métailié, 2012 

(réédition : paru en 2007. Traduit par René Solis)






Un petit village d'Amérique du sud. Tout est paisible, trop même ; il ne s'y passe jamais rien. Un vague voyageur de commerce de temps en temps avec une femme qui n'est pas la sienne pour attiser les discussions. Mais depuis deux ou trois jours, l'autobus qui relie ce village aux villes passe mais ne s'arrête plus, au grand dam de Ponce, l'avocat qui veut y faire monter sa jeune soeur Victoria pour qu'elle retourne chez elle, à la ville. De même, la barrière du passage à niveau a été descendue et n'est pas remontée, isolant ainsi totalment le village. Les habitants se posent des questions.

Tout petit roman de 127 pages qui ne paie pas de mine et qui est loin d'être anodin. grâce à son écriture sèche, directe et sans fioriture, Eugenia Almeida va droit au but et raconte la vie dans un pays au gouvernement autoritaire et surtout dans les petits villages reculés, ceux dans lesquels les gens ne sont à la pointe ni de l'information ni de la contestation. Ils subissent les différents régimes, les lois strictes parce que leur premier souci est de manger à leur faim et de nourrir leur famille.

L'isolement du village permet à l'auteure de revenir en arrière et de raconter la vie des ses principaux personnages : notamment celle de Ponce, l'avocat ; de dire comment il se retrouve là, dans le village le plus reculé du pays alors qu'il était promis à un avenir brillant. "Ils arrivèrent au village par une matinée terreuse. Les maisons semblaient incrustées dans un puits. Pourtant, quand on regardait tout autour, il n'y avait que la plaine, pas une ondulation, pas une colline, le plat à perte de vue. Ponce se sentit réconforté par l'aridité du lieu." (p.51)

Les rapports entre les différents personnages sont bien étudiés : les riches d'un côté du village et les pauvres de l'autre. Le seul qui fasse différemment, Ponce, est assis entre deux chaises et s'il peut se prévaloir d'un certain respect des petites gens, il peut se perdre d'un rien. Un mauvais geste, une attitude hautaine ou ridicule et voilà que le respect disparaît. Les intervenants sont assez typiques mais pas caricaturaux, entre le cafetier et les commerçants qui papotent et colportent les ragots, les rumeurs, le flic qui obéit aux ordres prudemment, sans demander d'explication et les "touristes" profitant des bienfaits du soleil et de l'hôtel en attendant l'autobus.

Le village également est très présent, le climat aussi, que l'auteure décrit avec peu de mots : "La journée s'écoule, écrasante et désolée, la chaleur et la poussière se déposent sur les os. Les rares qui sortent dans la rue cherchent l'ombre." (p.106)

On se laisse facilement prendre à ce petit livre qui, par sa forme et par l'histoire qu'il raconte m'a rappelé des romans sud-américains traitant des mêmes thèmes. Il doit y avoir une sorte de marque de fabrique de très bonne qualité, sans doute les années de dictatures notamment en Argentine, pays dans lequel Eugenia Almeida enseigne la littérature et la communication et écrit.

Par Yves Mabon


jueves, 21 de agosto de 2014

El verano de la traición - Hong Ying







Junio de 1989, Pekín. La gente corre tratando de alejarse de la plaza de Tiananmen. Entre los que huyen para salvar la vida está Lin Ying, una poeta de 27 años que observa el campo de batalla con desolación. Balas, fuego, explosiones, tanques, soldados. Todo está manchado de sangre, polvo y ceniza.

A partir de allí la novela hablará de China y de las luchas sociales pero también de cómo construimos política con nuestros gestos privados. De qué modo damos forma al mundo cada vez que hacemos un movimiento.

Habrá persecuciones, toque de queda, detenciones, delaciones: el clima turbio en el que nadie sabe quién es confiable y quién querrá congraciarse con el gobierno entregando a un disidente. El paisaje de una China convulsionada: el Partido, los campos de trabajo, las purgas, la corrupción estatal. Una época y un territorio en los que la gente caminaba “con el rostro inexpresivo, pues tanto la alegría como la tristeza podían provocar sospechas”. Una presión tal que incluso la moral sexual –hipócrita y represiva– se convertía en un ámbito más dónde los límites eran marcados por el gobierno.

La protagonista reflexionará sobre la relación entre arte y política y descubrirá que “la Historia recoge los accidentes de la sociedad y la Poesía los de la lengua, pero las catástrofes destruyen la normalidad del idioma”.

Es interesante ver la reconstrucción del ambiente literario chino: un grupo de personas que teje y sufre una red de recomendaciones, apoyos y reconocimientos que ocultan o visibilizan al otro; un mundo dividido entre los poetas reconocidos y los “clandestinos”.

Hong Ying es una de las escritoras chinas más difundidas en occidente. Después de publicar El verano de la traición –novela que fue censurada por el gobierno– decidió exiliarse en Londres. Poco después se le informó que no podría regresar a su país.  



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



lunes, 18 de agosto de 2014

El soldado del diablo - Caleb Carr





Los chinos lo llamaban “Hua”. Su nombre era Frederick Townsend Ward, había nacido en Estados Unidos y  en 1859, cuando llegó a Shanghai, tenía 28 años. Era un mercenario. Había estado en México bajo las órdenes de un norteamericano que quería invadir Sonora y convertirla en república; había participado en la Guerra de Crimea como teniente del ejército francés; había vuelto a México al servicio de Benito Juárez, antes de radicarse en Tejas donde trabajó como ranger.

De mercenario contratado por comerciantes de Shanghai fue convirtiéndose en un líder  reconocido por el gobierno chino. Su tarea consistió en crear un cuerpo militar especial para combatir la rebelión Taiping y resguardar la Dinastía Manchú en el último período de la China Imperial. La rebelión era conducida por T´ien Wang (el Rey Celestial), quien se consideraba hijo de Shang-ti (el Señor Supremo) y hermano menor de Jesucristo. Durante diez años los rebeldes y el gobierno lucharon una guerra en la que murieron alrededor de 20 millones de personas.  

Caleb Carr –novelista y especialista en Historia militar y política– escribe una detallada biografía de Ward. Si bien el hilo conductor es la vida del mercenario, el libro ofrece mucho más ya que permite asomarse a una época tumultuosa en la que China y las potencias occidentales marcaban el terreno que cada uno ocuparía en el siglo XX. 

Una sola advertencia: el autor suele caer en la tentación de medir a los hombres según su nacionalidad; ciertas acciones son calificadas como “honorables” si las protagoniza un occidental y como “absurdas” si las lleva a cabo un chino.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




domingo, 10 de agosto de 2014

El guardián de la calle Ámsterdam - Sergio Schmucler






Galo crece en la calle Ámsterdam, atrapado en mandatos que lo han llevado a no salir de su casa. Desde allí observará el mundo con una mirada etnográfica, ingenua, inocente. Hasta su puerta llegarán exiliados, extranjeros, desterrados: hombres y mujeres expulsados de su tierra que buscan un territorio desde el cual resistir. Galo le otorgará a ciertos elementos la capacidad de conservar la memoria y se volverá su protector y guardián.

La paradoja de escribir un libro sobre el exilio abordando un personaje que no se mueve de su casa es uno de los hallazgos de esta novela que se inscribe, desde una perspectiva diferente, en la tradición de la memoria.

Una historia luminosa, conmovedora, que muestra cómo el tiempo y la distancia trabajan sobre nosotros.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/libros-recomendados-de-fin-de-ano




martes, 5 de agosto de 2014

Absoluta felicidad






“Guido, acá está tu abuela Estela, creo que lo presentías. Con todo el amor acumulado y guardado pero con un respeto absoluto. Te estoy esperando. Te estaba buscando. Te encontré y ahora te espero.” 









lunes, 4 de agosto de 2014

Su hermano Caín - Anne Perry







Londres, 1859. Una mujer llega al despacho de William Monk para denunciar la desaparición de su esposo con la firme certeza de que éste ha sido asesinado. El último dato que tiene de su marido es que fue a visitar a su hermano gemelo, un hombre que llena de temor y de rechazo a la señora Stonefield. 

Monk es un policía retirado que trabaja como investigador privado. Sufre amnesia como consecuencia de un golpe y sólo es capaz de recordar los últimos dos años. Todos sus movimientos están poblados de sospecha. Cada persona que encuentra despierta preguntas. ¿Ya se conocen? ¿Tiene una historia juntos? ¿Esa historia arrastra algún sentimiento intenso? Monk se pasea por las calles de Londres como si fuera una recién llegado pero no lo es. Su enfermedad sólo es conocida por gente muy cercana. Como bien dice uno de los personajes, el investigador sufre “el horror de vivir dentro de un desconocido”. 

Con una cita de Chesterton como apertura (“Nos vemos los unos a los otros como Caín a su hermano”) Anne Perry propone una historia que habla de la identidad y las decisiones que van formando lo que somos. Su hermano Caín fue publicado originalmente en 1995.

El verdadero nombre de Anne Perry es Juliet Hulme. Nació en Londres en 1938. Siempre tuvo una salud frágil. Cuando era niña le diagnosticaron tuberculosis y sus padres la enviaron al Caribe y luego a Sudáfrica, con la intención de que el clima cálido la ayudara. A los 13 años se reencontró con su familia en Nueva Zelanda.

Le era difícil hacer amistades. Quizás por su fragilidad, quizás por su vida nómade. Cuando hizo una amiga, el lazo fue tan intenso que el mundo pareció cerrarse en torno a ellas. La elegida fue Pauline Parker.

Cuando Juliet tenía 15 años sus padres decidieron separarse. Se empezó a hablar de dónde debería vivir la niña. Una de las opciones era enviarla a Sudáfrica. Las adolescentes temieron que las separaran y decidieron pedirle a la madre de Pauline que permitiera que su hija se fuera a vivir con Juliet.

Era el 22 de junio de 1954. Las chicas salieron con la señora Parker a caminar por el bosque. La mujer recibió 45 golpes de ladrillo en la cabeza. 

Juliet y Pauline fueron condenadas a permanecer detenidas por tiempo indeterminado. Si hubieran sido adultas les habría correspondido la pena de muerte. De los peritos psiquiatras, dos declararon que las acusadas eran dementes; tres, que eran plenamente conscientes de sus actos. 

Cinco años después fueron liberadas, con el compromiso explícito de no volver a verse. 
Juliet regresó a Inglaterra y durante un tiempo trabajó como azafata. Luego se radicó en Estados Unidos.  Cuando tenía 21 años cambió de nombre, recurriendo al apellido de su padrastro. Ahora era Anne Perry. 

Siempre había querido ser escritora. Publicó su primer libro en 1979 y el éxito fue inmediato.  

En 1994, Peter Jackson filmó “Criaturas celestiales”, una película basada en aquel crimen. El caso fue reflotado por la prensa. Alguien ató cabos y descubrió la nueva identidad de Juliet Hulme. A partir de ese momento, las entrevistas a la escritora incluyen, indefectiblemente, preguntas sobre el asesinato. Preguntas que Perry contesta a medias o no contesta, pidiendo dejar eso en el pasado. Es interesante leer esas entrevistas. Son extremadamente valiosas si uno está interesado en reflexionar sobre el perdón, la justicia, el poder, el remordimiento, la responsabilidad y la culpa. No hay que perder de vista que Perry fue juzgada y que ya cumplió con su condena. 

Actualmente la escritora vive en un pequeño pueblo de pescadores en Escocia. Publica dos novelas por año.


Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Ciudad X





jueves, 31 de julio de 2014

La carretera - Cormac McCarthy







 “Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado.” 

Esa es la primera frase de la novela. Un hombre y un gesto que quizás ha existido desde el principio de la humanidad: hacer un movimiento para asegurarse que el más vulnerable, el cachorro, está a salvo. Pero el frío y la oscuridad que se mencionan no son los habituales. El negro es absoluto, total. Una noche sin fisuras que, cuando amanezca, se convertirá en un paisaje turbio y sucio tapado por el gris.  

Algo ha sucedido. No se dice qué. Posiblemente una explosión nuclear. El mundo ha cambiado: no hay nada verde; todo es ceniza, humo, polvo. En medio de ese paisaje un hombre y su hijo caminan por una carretera en dirección al sur. Llevan lo poco que tienen en un carrito de supermercado.

En el camino encontrarán una estación de servicio, un taller mecánico, una casa, un supermercado, una ciudad, un tren, un barco. Todo abandonado. Quizás el planeta entero ha sido abandonado. Y sin embargo, no. Aquí la novela aborda una de las cuestiones más inquietantes de nuestra especie: en un espacio desolado, al encontrar indicios de que hay alguien cerca ¿deberíamos sentir alivio o terror? ¿Qué condiciones deben darse para que la presencia de otro ser humano se convierta en la peor pesadilla? 

Las breves conversaciones entre el padre y el hijo son de una potencia devastadora. ¿Qué pasa con el lenguaje cuando las palabras que se usan para describir la realidad refieren a cosas que ya no existen?

Ambos verán cosas terribles –las huellas de lo que pueden ser las personas cuando el mundo se vuelve un infierno– y el padre tratará de evitar que el hijo vea. “Ten presente que las cosas que te metes en la cabeza están ahí para siempre”, le dice. El chico pregunta si es posible olvidar algo. El hombre dice que sí: “olvidas lo que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar.”

Así es esta historia. Sin respiro, sin concesiones. Una mirada descarnada sobre uno de los futuros posibles. Y en ese escenario, la relación entre un padre y un hijo que caminan sabiendo que posiblemente no hay adónde llegar.

Cormac McCarthy nació en 1933. El reconocido crítico literario Harold Bloom lo considera –junto a Pynchon, Philip Roth y Don DeLillo– uno de los cuatro novelistas contemporáneos más importantes de los Estados Unidos. Apasionado por la ciencia, es miembro honorario del Instituto Santa Fe, un centro de investigación en el que científicos de diversas disciplinas se reúnen para discutir y debatir.

Dicen que una noche McCarthy se asomó a la ventana de un hotel en El Paso. Su hijo de 8 años dormía a unos metros. El hombre se quedó mirando el paisaje y pensando cómo sería ese lugar si algo espantoso sucediera, qué responsabilidades tendría él hacia el niño que estaba a su lado. Tiempo después, esa pregunta se convirtió en esta novela que el autor considera una declaración de amor a su hijo. “Creo que si el libro intenta reflejar algo es enseñar ese amor bajo las peores circunstancias. Si tú realmente quieres a alguien, si realmente quieres a tu hijo, no importa lo mal que vaya el mundo, te pegas a él, mueres por él, harías cualquier cosa por él. Eso no es tan malo ¿no? Esto habla bien de la naturaleza humana.” 


Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Ciudad X




domingo, 27 de julio de 2014

Gabo y Cuba





Alguna vez estuvieron muy cerca, sin saberlo. Era abril de 1948. Cerca de la pensión en la que vivía García Márquez, alguien asesinaba a Jorge Eliécer Gaitán. Estallaba lo que luego llamarían “El Bogotazo”. Por esas calles, participando en la revuelta, andaba Fidel Castro, un muchacho de 21 años, delegado estudiantil cubano. 

Iban a pasar muchos años hasta que otro evento histórico volviera a reunirlos. 1959. La revolución triunfa en Cuba. Castro invita a periodistas extranjeros y a diversas personalidades a ser testigos de lo que estaba pasando. García Márquez está entre los invitados. Acaba de llegar a La Habana. Un discurso se oye en la isla. El autor colombiano recuerda: “Dos cosas llamaron la atención de quienes oíamos a Fidel Castro por primera vez. Una era su terrible poder de seducción. La otra era la fragilidad de su voz”.

Desde ese momento, el escritor quedó subyugado por la figura del líder cubano. Cuando regresó a Colombia, el compromiso estaba firme: volvía como corresponsal de la agencia de noticias Prensa Latina. Tiempo después continuaría con ese trabajo desde los Estados Unidos. No fue fácil. Durante los meses que vivió en Nueva York tuvo que enfrentar críticas y rechazos e incluso a un grupo de exiliados cubanos que lo amenazó con un arma. 

Su relación con Estados Unidos era la contracara de su lazo con Cuba. El gobierno no estaba dispuesto a aceptar a ese colombiano que defendía públicamente a Castro. Decidieron aplicarle el mote de subversivo y negarle la visa. Había entrado en la lista de los indeseables. Fue Bill Clinton quien revisó esa decisión y anuló la orden de no dejarlo pisar suelo estadounidense.

García Márquez fue muy criticado por su apoyo incondicional al gobierno cubano. El punto de quiebre llegó en 1971. El poeta Heberto Padilla había sido encarcelado acusado de escribir “material antirrevolucionario”. Poco después hizo una autocrítica y una declaración pública en la que dijo arrepentirse de lo que había escrito. Ese episodio provocó que muchos antiguos aliados sintieran que ya no podían seguir apoyando la revolución. En total, 72 intelectuales (americanos y europeos) firmaron una carta pública a Fidel Castro. Las primeras líneas iban al núcleo del asunto: “Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera. El lastimoso texto de la confesión que ha firmado Heberto Padilla sólo puede haberse obtenido por medio de métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias”. Las últimas palabras eran una expresión de deseo y un reclamo: “Quisiéramos que la Revolución Cubana volviera a ser lo que en un momento nos hizo considerarla un modelo dentro del socialismo”. Entre los firmantes estaban Simone de Beauvoir, Ítalo Calvino, Marguerite Duras, Magnus Enzensberger, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Juan Marsé, Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Monsiváis, Alberto Moravia, José Emilio Pacheco, Pier Paolo Pasolini, Alain Resnais, Juan Rulfo, Jean Paul Sartre, Susan Sontag y Mario Vargas Llosa. 

“Gabo” reforzó su posición, apoyó al gobierno cubano y fue duramente criticado. Vargas Llosa dijo que era un “lacayo” de Castro. 

Contra esas críticas, el propio Plinio Apuleyo Mendoza –en su libro Aquellos tiempos con Gabo– resalta que García Márquez muchas veces se sirvió de su amistad con Fidel para intervenir en algunos temas y que fue él quien hizo las gestiones para que Padilla pudiera salir de Cuba en 1980. Según el autor, el Nobel colombiano habría intercedido para obtener la liberación de 3.200 presos políticos.

“Gabo” fue quizás, de aquel grupo inicial de intelectuales aliados de la revolución, uno de los pocos que mantuvo intacto ese lazo.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X


jueves, 24 de julio de 2014

Liratouva 2: comentario sobre la versión francesa de "La pieza del fondo"



Liratouva2, Blog de Mango

La pièce du fond de Eugenia Almeida

Un vieil homme est assis depuis plusieurs jours sur le banc d’une place,  sans bouger, sans parler, sans manger. Personne ne le connaît et Sophia, la jeune serveuse du bar d’en face, l’a pris en pitié et fait tout pour le faire manger et parler mais en vain. Frias, un client policier,  lui vient en aide, sans plus de résultats. Chacun a de gros soucis dans sa vie personnelle mais s’occuper de cet inconnu les rend plus heureux. Bientôt l’homme sans nom  est conduit à l’hôpital psychiatrique tout proche où vient d’être nommée Elena,  une nouvelle doctoresse  au passé très douloureux ,  connue de tout le personnel de l’endroit comme la folle légendaire sauvée dans sa jeunesse  par le directeur de l’établissement. En réalité,  grâce à elle qui sait écouter et grâce à l’acharnement de la jeune serveuse, les recherches pour découvrir l’identité du vieil homme se poursuivent et une chaîne d’amitié, très ténue, se forme entre tous ces êtres malheureux et désenchantés…

Hier,la fille du bar de la place lui a apporté un paquet contenant de la nourriture. Aujourd'hui, quand la vieille est arrivée, il avait encore le paquet à la main.  La fille lui jette parfois un coup d'œil en passant entre les tables. Dès qu'elle le peut, elle traverse la rue et s'approche. Elle veut vérifier ce qu'elle soupçonne: il n'a pas touché à la nourriture. 

Le titre du livre fait référence à la pièce du fond  du jardin dans la maison louée par la jeune psychiatre. Elle est toute encombrée de meubles et de vieux papiers dont les jeunes héritiers ne veulent plus. Elena est de celles qui prend soin de  tout ce qui traîne autour d’elle, les blessés et les laissés pour compte de la vie, objets ou individus peu importe,  avec ou sans nom, jeunes ou vieux, bons ou mauvais, déviants ou pas. Elle a fait le choix de soigner tous ceux qui ont besoin d’elle, voilà tout. A  l'hôpital aussi  elle est dans la pièce du fond!

Il s’agit du deuxième livre de cette romancière argentine qui enseigne la littérature  et écrit de la poésie.

J’ai bien aimé ce récit aigre-doux, fait surtout de dialogues très courts et d’une suite de personnages très quotidiens et parfaitement bien cernés avec leurs malheurs trop lourds et leurs  efforts pour une vie meilleure.. Les gens malheureux se méfient des mots qui ravivent leur douleur mais difficile de les quitter quand se ferme la dernière page!  Un beau roman qui fait du bien au moral. Même si la fin n'est pas aussi heureuse que je l'espérais!


La pièce du fond  de  Eugenia Almeida
(Editions Métailié, avril 2010, 200p)
Titre original : La pieza del fondo.
Traduit de l’espagnol (Argentine) par François Gaudry 
(Editions Métailié, avril 2010, 200p)
Publicado el 14 de agosto de 2010



lunes, 21 de julio de 2014

El caballero inexistente - Ítalo Calvino







El ejército de Francia rodea las murallas de París, Carlomagno pasa revista a los paladines. Entre ellos, un caballero se niega a mostrar su rostro. Ante la exigencia del emperador, deberá explicitar la verdad: él no existe. Aunque su armadura vacía puede cumplir las órdenes que recibe, Agilulfo es sólo eso: la inexistencia rodeada –contenida– por el metal.

Pronto se encontrará con Gurdulú, el hombre que se equivoca y cree ser aquello que está ante sus ojos: pato, rana, árbol, pera, rey. Alguien que existe pero no lo sabe, contracara del caballero que “sabe que existe y en cambio no existe”. Una pareja particular que Carlomagno unirá al designar a Gurdulú escudero de Agilulfo.

Quien cuenta esta historia extraordinaria es Teodora, una religiosa de la Orden de San Columbano, que escribe cumpliendo una penitencia impuesta por su superiora. Y, a la par de su relato, va detallando los placeres, las dificultades y los imprevistos que habitan la escritura.

Un hermoso libro –lleno de humor e ironía– que habla del amor, las narraciones, la honra, la verdad, el apego a la mirada de los otros y la inexistencia. 

Ítalo Calvino nació en Cuba, donde sus padres trabajaban como botánicos. Dos años después la familia volvió a Italia. Al terminar la escuela, Calvino se inscribió en la Facultad de Agronomía pero, comenzada la Segunda Guerra Mundial, fue convocado por el Ejército de dónde desertó para unirse a los partisanos que combatían a Mussolini.

Luego vendría su trabajo como periodista, la carrera de Letras y su tesis sobre Joseph Conrad, su afiliación al Partido Comunista y su amistad con Cesare Pavese,  a quien siempre consideró su maestro y quien lo bautizó como “la ardilla de la pluma", por su “capacidad de saltar y sorprender”.



Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Ciudad X






jueves, 17 de julio de 2014

Las ciudades invisibles - Ítalo Calvino








En 1972, trece años después de “El caballero inexistente”, Calvino publicó “Las ciudades invisibles”.

Marco Polo relata frente a Kublai Kan, emperador de los tártaros, los detalles de diferentes ciudades, cada una única en su forma. Allí van a aparecer –entre muchas otras– Isadora, la ciudad a la que se llega demasiado tarde; Tamara, donde todo es signo; Zobeida, construida siguiendo los dibujos de un sueño; Ottavia, la ciudad–telaraña; Eutropia, que siempre permite comenzar de nuevo; Ersilia, eternamente abandonada y reconstruida; Baucis, la ciudad suspendida; Perinzia, la ciudad de los monstruos; y Eufemia, donde a cada palabra dicha se responde con una historia que expande y enriquece los recuerdos.

Entre esos relatos –o “filosóficos poemas en prosa”, como los llamó su traductora Esther Benítez– se intercalan las conversaciones de Marco Polo y Kublai Kan.

“Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades”, dice Calvino en un preciso prólogo que detalla el proceso de escritura. 

El autor vuelve una y otra vez sobre la idea de las fronteras y los mundos posibles. Como punto cumbre en la belleza de este libro –si es que podemos encontrar sólo uno– vale la pena transcribir el último párrafo:

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.”  


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



martes, 15 de julio de 2014

Saqueo / Nadine Gordimer





La verdad está ahí

Dicen que cuando Nelson Mandela salió de prisión, después de 27 años de confinamiento, una de las primeras personas a las que pidió ver fue a Nadine Gordimer. Menuda, combativa, terca, esta mujer era de los que, perteneciendo al grupo de los privilegiados, cruzó la línea y luchó del lado de los oprimidos. Luchó con gestos cotidianos pero indispensables: abrir la puerta a aquellos que la ley prohibía cobijar, ayudar a llegar a la frontera a los que huían, escribir, traer a la luz la injusticia, nombrarla.

Alguien la llamó, alguna vez, la “guerrillera de la conciencia”. Y eso es lo que siguió haciendo esta sudafricana: una guerra de guerrillas, sus palabras agrupadas donde no las esperábamos, combatiendo los focos de la comodidad, de la ceguera, del conformismo. 

En este libro Gordimer presenta diez relatos que se unen en una doble pregunta: ¿Qué es lo que nos han quitado? ¿De qué hemos despojado a los otros? Todo habla aquí de esclavitud: la que imponemos, la que nos es impuesta, la que nos obligamos a seguir como herederos de la miseria. Pero en estos cuentos todo habla, también, de libertad. De la posibilidad de construir una alternativa al sometimiento. Y de la responsabilidad de preguntarnos cómo construimos las tradiciones que nos oprimen.

En los relatos aparecen diferentes escenarios y situaciones: el terremoto más enorme que pueda imaginarse; un hombre obligado a una caminata humillante; los organismos de ayuda internacional, las supuestas buenas intenciones desde Nueva York o Ginebra; la presencia de minas antipersonales; un amor que no se define por lo que duró o por cómo terminó sino por lo que trajo; un campus universitario al que llega un grupo de indigentes; un nadie al que se le da nombre, documentos y dinero para volverlo un sicario; un asesino que deja flores en la tumba de su víctima; un hombre que debe permanecer callado para siempre; la muerte que irrumpe a través de un mensajero insignificante; una pareja de mestizos que recoge un bebe abandonado; las listas negras, la cárcel, la persecución.

Pero las esclavitudes de las que habla la autora no son solo históricas, son también personales: las reuniones familiares en las que todos hablan del ausente (sus decisiones, sus errores, su “verdadera” forma de ser) creyendo –o simulando creer– que esos debates tiene alguna relación con el afecto. La empecinada convicción de juzgar los deseos ajenos. El abandono de los valores para ajustarlos a las ventajas de la prosperidad; la espiral de concesiones, deslices y justificaciones que lleva a la corrupción. Los buenos principios defendidos en abstracto pero automáticamente olvidados si ponen en peligro la rutina de la propia vida. El lenguaje como herramienta para perpetuar la injusticia.

Convencida de que "la literatura busca más explorar el mundo que explicarlo", Gordimer sostenía que “la ficción brota de una necesidad extraña de encontrarle sentido a la vida, lo cual viene tanto de la presión sociopolítica a tu alrededor como de tu propia evolución mientras vas creciendo, de tus emociones, de tus ideas, de tus relaciones. Entonces creo que la verdad está ahí.”


Saqueo presenta un trabajo literario que expone, desmenuzándolas, la mentira, la estupidez y la maldad que son el núcleo de todo racismo. La autora nos recuerda que cada uno de nuestros gestos –aun los más íntimos– impactan sobre el mundo y tienen consecuencias. Y que esa red de gestos es la materia prima con la que está hecho el mundo.


Eugenia Almeida





lunes, 14 de julio de 2014

Telerama - Comentario sobre la versión francesa de "El colectivo"



« Cela fait trois soirs que l'autobus passe sans ouvrir ses portes. » Partant de cette phrase sibylline, l'Argentine Eugenia Almeida construit son premier roman comme une pièce de théâtre où dialoguent une poignée de personnages indécis. Tous attendent et s'interrogent sur une situation qui dégénère dans le pays. Les militaires sont à leur porte. Coups de feu et rumeurs, méfiance et désinformation. Peu à peu, ce roman minimaliste prend une superbe dimension épique pour évoquer un pays ­écrasé par la dictature militaire.

Christine Ferniot - Telerama n° 3272
29/09/2012 










viernes, 11 de julio de 2014

Los jardines del tigre - Michel Grisolia






Sri Lanka. Década del 90. El país está en guerra civil: la presidente Kumaratunga enfrenta al grupo separatista tamil los Tigres Liberadores. Puestos de control militar, toque de queda, fosas comunes, bombas, atentados, paredes marcadas por las balas. Pero también la tierra que huele a sándalo, curry y cardamomo.

El doctor Norden, enviado por la ONU, atiende a los heridos. Es difícil saber cuándo va a renunciar, cuándo va a escuchar a su mujer que, una y otra vez, le pide que vuelvan a Europa. Todos los días conversa con el teniente Weramunda. Un médico y un policía que aceptan sus profesiones como “un marco rígido y estricto” que los contiene. 

Hay algo en el pasado de Norden. El suicidio de Isabella, su primera esposa. Una herida que está   siempre derramándose sobre las cosas. Y hay una sombra que ha viajado hasta Colombo para matarlo. Dos historias paralelas, dos hombres que apenas soportan lo que han vivido. “Cada cual se inventa un dios a la medida de sus necesidades y se elige al mismo tiempo las penalidades, los temores, las maldiciones, las prohibiciones con los que traza los raíles de su vida en una línea más o menos recta, un camino más o menos limpio.”

Michel Grisolia (Francia, 1948-2005) fue novelista, dramaturgo, periodista y crítico de cine. Su carrera empezó como letrista de algunos cantantes reconocidos. Trabajó como guionista de cine y televisión. Los jardines del tigre fue publicada originalmente en 1999 y obtuvo el Gran Premio de la Société des Gens de Lettres.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



lunes, 7 de julio de 2014

Lily et ses livres - Comentario sobre la versión francesa de "La pieza del fondo"




La pièce du fond - Eugenia Almeida



Quelque part dans une petite ville de province, où les uns vivent à côté des autres sans les jamais se connaître vraiment, deux «personnages» font leur apparition. Deux personnages, un homme puis une femme, qui vont modifier un temps, le rapport de toute cette petite société au monde.

Un homme seul avec toutes les apparences, pour certains, d’un fou ou d’un clochard, un homme qui ne parle pas et peut-être au fond n’entend même pas. Il est assis au centre de la place et attire les remarques acerbes, mais aussi et très curieusement des gestes de quasi tendresse, d’attention. Une jeune serveuse, puis un policier, en feront leur quasi confident, eux qui de toutes évidences ont un poids au fond de la poitrine qu’ils ne peuvent plus porter. Le vieil homme semble les écouter, de cela ils sont persuadés, persuadés aussi qu’il est devenu sans le savoir leur "ami", peut-être bien le seul.
Personne ne connaît son nom, ni d’où il vient…
Dans l’hôpital tout proche, une femme d’une cinquantaine d’années, psychiatre, vient prendre ses fonctions et s’aperçoit, éberluée que tout le monde la connaît déjà… Oui, c’est bien elle, la "folle", celle dont le chef de service n’a cessé de parler depuis des années, la fille d’une ancienne patiente à lui.. Personne ne connaissait le vieil homme, tout le monde la connaît, elle,  avant même de l’avoir déjà vue…
Connaître, méconnaître, prendre pour… Car tout le problème est là dans le jugement biaisé, le trop plein de pouvoirs qui donne le droit de juger, le manque d’attention.
«Ce que l’on voit, c’est que nous sommes finalement des marionnettes. Tous des marionnettes.»
Ou des poissons, pêchés, sortis brutalement hors de l’eau avant d’être éviscérés, brutalisés et dépossédés de tout et du plus intime.
«Là-bas, je n’ai jamais aimé pêcher. Les poissons on les sort blancs, épuisés, ils sont aveugles, blessés, traînés par un crochet, tirés hors du monde. Non. Mon beau-frère dit que c’est une lutte, un défi. Que le pêcheur affronte le poisson, qu’ils doivent se mesurer. Non. L’un ne perd qu’une proie ; l’autre perd la vie. Tout ce qu’on porte en soi, ce jeu de couleurs, de lignes et de choses à l’intérieur du corps, tout ça est arraché, jeté au fond de la barque, et il y en a qui parle de défi."
Au fond, ce qu’apportent presque sans s’en rendre compte le vieil homme et la psychiatre, c’est une autre façon de pêcher, entendez par-là de s’approcher des autres et de les comprendre, non dans le défi ou la lutte, mais dans la compassion, et l’empathie.
Chacun à leur façon, vont éveiller la part humaine, altruiste qui réside au coeur de quelques-uns des habitants de la petite ville. Enfin, jusqu’à un certain point…
La métaphore du pêcheur et du poisson court tout au long du roman, lumineuse, plus parlante que n’importe quel discours. Quant à la petite pièce du fond n’est-elle pas tout autant le cagibi au fond du jardin où moisissent des cartons entassés là par un précédent propriétaire (sa vie en somme) que cet endroit oublié en chacun de nous, inatteignable, incommunicable…
Les uns et les autres… 
Un livre étrange, surprenant et captivant.
J’ai beaucoup aimé.


Editions Métailié – Avril 2010

Eugenia Almeida est née en 1972 à Cordoba (Argentine), où elle enseigne la littérature et la communication. Elle écrit de la poésie.

L’Autobus (2007) fut  son premier roman.







jueves, 3 de julio de 2014

El fin de mi vida - Graham Joyce










Fern es la hija adoptiva de Mammy Cullen, una curandera que arregla los problemas de salud en un pequeño pueblo rural de Inglaterra. Es la comadrona pero también quien hace los abortos. Conoce los lazos que unen a todos, una red familiar de la que es único testigo. Tiene 77 años, sabe que la muerte está cerca y duda si contarle o no a Fern algunos secretos asociados a su oficio. Un oficio que se ejerce sabiendo leer los signos que el mundo pone frente a nosotros: un tropiezo es un mal augurio, una urraca o un zorzal indican que hay que volver a casa, un reyezuelo anuncia visita. 
Esas señales comenzarán a guiar la vida de Fern cuando Mammy sea internada en un hospital y ella deba enfrentar el extraño equilibrio entre pedidos de ayuda e intentos de desacreditarla. Deberá decidir si quiere ser parte de “los pocos” -aquellos que portan un saber alternativo- y si está dispuesta a hacer “la petición”, un ritual que la dejará dentro o fuera de este grupo.  
La novela expone la tensión entre los saberes tradicionales y la cultura académica, la diferencia entre las clases sociales y la antiquísima costumbre de catalogar como locura todo aquello que se aleja de las normas establecidas.
Graham Joyce nació en Inglaterra en 1954. Ha ganado el Premio British Fantasy en cinco oportunidades. También él, como Michel Grisolia, escribió letras de canciones: su trabajo puede disfrutarse en los álbumes en inglés de la cantante francesa Emilie Simon. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X