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sábado, 16 de mayo de 2015

Retrato de Perla Suez




Las cosas por su nombre


Perla Suez llega al café de Nueva Córdoba y al verla entrar parece que el viento la empujara. Hace calor. Los remolinos se llevan una promesa de lluvia. La gente camina inclinada tratando de evitar que la tierra alcance los ojos. Ella abre la puerta, se asoma, descubre la mesa en un rincón y entra sonriendo. Quizás la escena resuma lo que es. Un pájaro que va atravesando espacios en medio de ráfagas que podrían derrumbarlo pero que, aun así, encuentra un punto de reparo para tomar fuerzas antes de seguir. Esa imagen vuelve una y otra vez. Un pájaro en la tormenta. 

La mujer que se acomoda en la silla pide agua tónica. En cuanto empieza a hablar queda a la vista una actitud permanente de asombro, una predisposición a percibir los detalles del mundo; los luminosos y los oscuros. Tiene un modo alegre de compartir lo que le gusta. Apenas se sienta ya está diciendo que es indispensable ver cierta película. A lo largo de la charla dirá varias veces: “anotá, anotá” mientras desgrana nombres de escritores o cineastas. Se ofrece a prestar películas o buscar libros difíciles de encontrar. 

La escritora vive un momento particular: Letargo, su primera novela “para adultos”, acaba de ser reeditada catorce años después de su aparición. Es necesaria la distinción –tan extraña– entre libros “para niños” y “para adultos” porque cuando Perla publicó el primer libro de lo que luego sería la Trilogía de Entre Ríos, ya era una autora reconocida en el campo de la  “literatura infantil”. Pero había algo que debía decirse de otro modo. Y Suez lo encontró en una historia potente y precisa que toma como escenario a Basavilbaso, el pueblo de su infancia. 

A esa pequeña localidad de la Provincia de Entre Ríos llegaron sus ancestros, escapando de las persecuciones de la Rusia zarista. Su abuelo había decidido que la única salida era ir a América. Cuando el barco llegó a Nueva York le dijeron que no iban a permitirle desembarcar por razones médicas; su miopía era demasiado grande. Le sugirieron que fuera a Buenos Aires, que allí no eran tan estrictos. Así llegó a la Argentina.

Los recuerdos de la infancia son poderosos. Ahí están los temas a los que la escritora volverá una y otra vez: la memoria, las persecuciones, la huida, el regreso, la búsqueda de identidad, los lazos familiares y la violencia. “Son cosas muy fuertes. De niña verlo a mi abuelo que dejaba entrar a los refugiados de la Segunda Guerra Mundial. Tenían toda una organización clandestina, los buscaba en una canoa por el río, venían de Montevideo, los cruzaban de Paysandú a Concepción del Uruguay. Yo me acuerdo de eso, la gente con los números grabados en la piel.”


El núcleo de la ficción

En su casa se contaban historias todo el tiempo. Su padre, el médico del pueblo, era un narrador nato. Ella escuchaba. A veces lo acompañaba cuando él visitaba a sus pacientes. “Una vez me llevó al hospital Centenario, yo tenía 5 años. Papá tenía que ver a una mujer que estaba de parto y no podía irse. Mi casa estaba lejos. En esa época los autos iban como mucho a 60 kilómetros por hora. En medio del campo, había que llevarme de vuelta, por caminos de tierra. No alcanzaba el tiempo. Y entonces me quedé en la sala de espera. Era todo muy pequeño, como un dispensario. Había una claraboya alta, rota. Y papá me dice “¿Ves? Por ahí viene la cigüeña y está roto el vidrio porque la última vez la golpeó con el ala y la rompió. Viene de Paris directo. Vos te quedas acá, sentadita.” Me había comprado un Billiken y una enfermera pasaba a cada rato y me preguntaba si quería algo. Cuando me vi sola, dejé el Billiken y escuché a la mujer que gritaba. Me acerqué a la puerta. Estaba entreabierta. Un poquito más, un poquito más. Y vi el parto. Vi todo. Se llevaron al bebé, mi padre se sacó los guantes y dijo “voy a ver a mi hija y vuelvo”. Cuando oí que mi papá decía eso corrí a sentarme, agarré el Billiken y me puse a leer. Él llegó y me preguntó “¿viste cuando pasó la cigüeña?” “¡Claro!”, le contesté. “La vi perfectamente”.

¿Cuánto de esa historia habla del nacimiento de una escritora? ¿El padre le ha mentido? ¿Ella miente al decir que ha visto la cigüeña? ¿O han encontrado en la ficción –eso que no es falso ni verdadero– un nuevo modo de comunicarse, una manera diferente de decir lo esencial? 


Ver las cosas

Una vez terminada la Licenciatura en Letras, Suez empezó a estudiar Cine y Psicopedagogía. Los fines de semana trabajaba como payaso en el grupo Saltimbanquis. “Íbamos de pueblo en pueblo, de barrio en barrio, hacíamos títeres y teatro. También animaba fiestas infantiles.” A la escritora sólo le faltaban dos materias para terminar la carrera de cine cuando decidió dejarla.  “Alcancé a tener los grandes profesores, toda la escuela de Santa Fe, Juan Oliva… La escuela más maravillosa, me enseñaron a leer la imagen. La influencia de eso en mi escritura viene de ahí. Si yo no veo algo no puedo contarlo. Es una necesidad mía, poder ver las cosas.” 

Hubo una época en que su garaje era un laboratorio de fotografías. Allí revelaba las imágenes en blanco y negro que había tomado en su viaje por Sudamérica, una aventura compartida con su marido, con quien recorrió a dedo rutas y caminos durante un año.

Como sus antepasados, también ella sufrió persecuciones. La Triple A dominaba el país en base al terror y la escritora fue una de los muchos profesores universitarios que recibieron un telegrama informándoles que quedaban cesantes. El clima era cada vez más tenso. Una tarde, su padre acomodó los libros en el asador y les prendió fuego. Ya no había vuelta atrás. 

Suenan bocinas, un embotellamiento en la esquina nos distrae un segundo. Perla toma aire antes de volver a hablar. Como si se hubiera detenido a pensar, a buscar la palabra que necesita para decir lo imposible.

La escritora y su marido se postulan a dos becas en Francia. Él, en urbanismo; ella, en idioma. Las ganan. Se van. Años después se enfrentan a la decisión de retornar a la Argentina o quedarse en París. Tiran una moneda. El azar propone el regreso.

Suez dice que escribe por placer, por pasión, por necesidad. “Creo que uno hace lo que puede, no lo que quiere. Y cuando escribe, sale todo lo que uno tiene adentro. Se teje lo que uno ha vivido, lo que uno ha escuchado, lo que uno cree haber escuchado. Y también las lecturas que admirás y que de alguna manera van con vos. Las cosas se van encontrando.” Menciona colegas y recomienda los libros de Hernán Ronsino, Guillermo Martínez, Ana María Shua, Martín Cristal, Fernanda García Lao y Samanta Schweblin.

Cuando habla de El país del diablo, la novela que acaba de publicar Edhasa, se refiere a ella como un “western patagónico”. Se trata de una historia ambientada en la Campaña del desierto, donde vuelve a aparecer la marca de todos sus libros: un exquisito manejo de los diálogos, una economía de recursos que potencia los significados. 

En este momento Perla trabaja en un nuevo proyecto al que define como “algo más policial”. No quiere adelantar mucho, sólo dirá que tiene que ver con la crueldad y que ha estado viendo mucho cine coreano. “Es un cine sin prejuicios. Si hay que cortar una lengua, la cortan. Con eso aprendés a decir las cosas por su nombre”.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





martes, 5 de mayo de 2015

Comentario de Carlos Schilling sobre "La boca de la tormenta"


La muerte de los otros



Sería injusto no decirlo enseguida: La boca de la tormenta es un libro impresionante, un largo poema en versos y en prosa que sostiene su intensidad desde la primera hasta la última palabra y que parece escrito, como quería Mallarmé, no sólo para dialogar con los hombres sino también con las constelaciones.
 
Eugenia Almeida es conocida por sus novelas, El colectivo y La pieza del fondo, y este poema tiene también algunos componentes narrativos, pero su organización no obedece a la estrategia del desarrollo de un relato sino a la de un monólogo interior que se expande por la necesidad o la desesperación de nombrar las cosas: “Ser ahora la mancha en el agua. Esa gota. Buscar la palabra. Imposible. Dejar que el mundo se dé vuelta hasta que ofrezca el nombre. Esto. Está aquí. La estoy viendo girar. Es eso. Lo que está ahí”. 

El fragmento inicial de La boca de la tormenta podría ser comparado con aquella escena inaugural de la filosofía moderna en la que Descartes se queda sólo con la evidencia del yo para reconstruir a partir de esa base la inteligibilidad del mundo. Pero en el poema de Almeida el yo no es una base, es un hueco, un hueco sensible, un ojo que no puede cerrarse y que ve demasiado. 

Lo que ve, lo que no puede dejar de ver, es lo que aún no ha ocurrido: la muerte de los otros. Esos ojos que no se cierran sueñan despiertos, sienten lo que presienten. Ven con el corazón y lo que ven con el corazón es un desfile de futuros muertos. Son personas desconocidas, pero a la vez “Signos de algo que yo podría haber amado”. Y si le resultan familiares aunque no los conozca y no los pueda nombrar es precisamente por la intimidad que genera toda muerte. Sin embargo, en esa intimidad no se disipa la extrañeza: “¿Qué es esta sombra que se apoya sobre mis labios? Aprieta y vuelve a meter en mi boca lo que no puedo decir”.

La ambición y la profundidad del poema, su gravedad asumida con esa magnífica resignación del que no puede escribir otra cosa, implican la invención y la proyección de una mente, una mente más poderosa que la mente de cualquier lector e incluso que la mente de la propia poeta. Se trata de un texto inagotable, no por falta de sentido, sino por exceso de sentido. Un texto que está más allá de las posibilidades cognitivas o interpretativas humanas precisamente porque traspasa ese supuesto límite que es la muerte y se coloca de un salto en otra parte: “Esta letra, escrita, grabada, tatuada, no sirve de nada. ¿Alguien se conmueve? Es el mismo gesto que han hecho todos los que tallan una letra/ ¿Salva?/ Estiro mis dedos para comprobar que no es la mano de un muerto. Pero, ¿sirve? Yo he visto a los muertos jugar con sus dedos”.


Carlos Schilling




La boca de la tormenta
Eugenia Almeida
Ediciones DocumentA/Escénicas
Córdoba (2015)




domingo, 3 de mayo de 2015

Alabardas - José Saramago




Homenaje al ausente


En “Alabardas” los lectores podrán encontrar las últimas páginas escritas por  Saramago y dos artículos que analizan y recuperan los aportes del Nobel portugués.


La historia de la literatura está llena de anécdotas relacionadas con las herencias de los escritores. Hay quien impide nuevas publicaciones, hay quien publica los papeles más insignificantes, hay baúles llenos de inéditos que parecen nunca agotarse, hay manuscritos que alguien prometió quemar y luego convirtió en libros. Toda herencia implica una acción sobre el legado del ausente. Es bueno tenerlo en cuenta cuando hablamos de obras póstumas.

Alabardas es un pequeño libro que funciona como homenaje al escritor portugués José Saramago y que incluye los tres primeros capítulos de la novela que estaba escribiendo al momento de morir. En esas páginas aparecen claramente las marcas de su estilo: los nombres en minúscula, las digresiones, el modo particular de servirse de los signos de puntuación, un cierto ritmo que se vuelve música.

La historia se centra en Artur Paz Semedo, un hombre que lleva veinte años trabajando en el área de facturación de una fábrica de armas. Artur ha sido abandonado por su mujer, una pacifista que no puede conciliar sus convicciones con la ocupación de su marido. Fanático del cine bélico, el protagonista decide ir a ver una película de André Malraux ambientada en la Guerra Civil Española. Al salir de la función buscará el libro en el que se basa la película y al leerlo quedará conmocionado por la mención de un grupo de personas que saboteó armamento para que no pudiera ser usado. La inquietud lo lleva a conversar por teléfono con su ex mujer. Ella le cuenta que durante la guerra hubo un obús que no explotó y que, cuando lo abrieron, descubrieron un papel escrito en portugués que decía “esta bomba no reventará”. Artur se propone investigar el pasado de la fábrica en la que trabaja y logra un pase para acceder al archivo. A partir de allí se hablará de los sabotajes, las delaciones, las listas negras, la burocracia, la policía secreta y los obreros que nunca nadie volvió a ver. Quizás lo mejor de esas páginas sean el delicado engranaje de los intercambios entre Artur y su ex esposa y las escenas que transcurren en el archivo. En ese espacio hay un tono que resuena a El proceso, de Kafka. Un dejo de sarcasmo, algo que  oscila entre lo terrible y lo gracioso, un sofocamiento relatado con levedad.

Saramago logra plantear su historia a la perfección. Por eso el impacto ante lo trunco puede dejar al lector desconcertado. Aunque la contratapa del libro hable de un “relato inconcluso”, lo justo sería decir que se trata de una novela apenas comenzada. Como una forma de complemento se incluyen nueve “notas de trabajo” que van del 15 de agosto de 2009 al 22 de febrero de 2010 y que comienzan diciendo: “Es posible, quién sabe, que quizás pueda escribir otro libro.” Tres vacilaciones en sólo diez palabras. Vacilaciones o esperanzas. Quizás es a ese espíritu incansable al que se le rinde homenaje en esta obra.

Alabardas se completa con otros dos textos. El primero, “Un libro inconcluso, una voluntad consistente”, del poeta español Fernando Gómez Aguilera, es un breve ensayo en el que el biógrafo de Saramago va retomando las notas de trabajo para enmarcar esas páginas inconclusas. El segundo, del periodista y escritor italiano Roberto Saviano, enlaza la ficción con la realidad. En “Yo también conocía a Artur Paz Semedo”, Saviano destaca lo que considera el eje  de la novela que escribía el Nobel portugués: la encrucijada en la que las personas deben decidir si van a arriesgarse o no. Para evidenciar la universalidad de esa temática, el autor de Gomorra pone en relación al personaje de Saramago con personas de la vida real. Párrafo a párrafo irá mencionando a Martin Woods (el investigador que denunció el lavado de dinero que hacían los cárteles de la droga con la complicidad de bancos estadounidenses), Christian Poveda (el fotógrafo y cineasta francés asesinado en El Salvador después de filmar un documental sobre las maras) y diferentes periodistas amenazados, desaparecidos o asesinados por el poder del narcotráfico. Impactan especialmente la muerte de Tim Lopes en Brasil y el cartel que alguien dejó sobre el cadáver del cronista Bladimir Antuna. Allí podía leerse: "Esto me pasó por dar información a los militares y escribir lo que no se debe. Cuiden bien sus textos antes de hacer una nota. Atentamente, Bladimir".

A esta variedad de registros –las páginas iniciales de una novela, un ensayo literario, un artículo de denuncia– se suman los conmovedores dibujos del Premio Nobel de Literatura Günter Grass. Sombras en blanco y negro que hablan de la oscuridad, las ruinas, la destrucción, la miseria y la violencia sistematizada de la guerra.

Si el lector va en busca de un libro póstumo de Saramago, puede sufrir un desencanto. Si está dispuesto a participar de un homenaje, no habrá decepción.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X

http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/homenaje-al-ausente






lunes, 27 de abril de 2015

Entrevista: La boca de la tormenta





Eugenia Almeida, conocida y premiada desde su primera novela “El Colectivo”, presenta “La boca de la tormenta” (Ediciones DocumentA/Escénicas). 
En esta entrevista nos permite acercarnos a la propuesta de su nuevo libro.





En una entrevista que te hicieron en el diario los Andes donde hablabas de "El colectivo" titularon con una frase tuya: “esta novela fue una gran tormenta”. Ahora estás publicando un libro que se llama “La boca de la tormenta”.  ¿Qué tipos de tormentas crees que vienen con la escritura y específicamente en este libro? ¿Cómo es “La boca de la tormenta”?

La escritura permite todo tipo de tormentas. Depende del momento, de la disposición que uno tenga para dejarse sacudir, para dejarse alcanzar. La boca de la tormenta es el momento exacto en el que uno descubre que está en el umbral, aunque no pueda decir qué es lo que hay del otro lado. Una boca que habla un lenguaje indescifrable.


Tu obra como narradora es muy conocida por tus dos novelas publicadas y tu trabajo periodístico. Ahora nos enfrentamos como lectores a una escritura de poesía. Si es que existe diferencia entre ambas escrituras ¿qué cosas encontraste vos en la experiencia de escribir este libro de poesía?

Me hizo gracia la palabra “enfrentar”. Espero que el encuentro con este libro no se viva como una lucha. Más allá de la broma, para mí existe una gran diferencia entre estos dos “tipos” de escritura. No sabría explicar bien esa diferencia, es casi como si fuera un problema de gravedad (no de seriedad sino de “gravedad” en el sentido físico: la fuerza con la que las cosas se acercan o se alejan de un eje). No me animaría decir que escribí un libro de poesía. El libro, como tal, no es una producción mía sino una creación colectiva. La decisión de que esos papeles se convirtieran en libro fue alentada, sostenida y celebrada por Gabriela Halac, mi editora en DocumentA/Escénicas. Este libro no existiría si no fuera por ella. A veces, el entusiasmo surge de los encuentros. Yo he puesto las palabras pero el libro en sí ha sido una creación conjunta con Gabriela Halac y Elisa Canello (responsable del dibujo de la tapa).


La experiencia de la lectura de poesía es bien diferente a la de leer narrativa. Cuando uno lee una novela lo que más recuerda es muchas veces la historia y los personajes ¿qué cosas crees que son propias de la experiencia de leer poesía? ¿qué recordás de un libro de poesía?

No me animaría a dar una ley general. A mí, lo que me produce la lectura de los poetas que admiro es un estado de ánimo, una cierta disposición a ver el mundo con otros ojos, una mirada que deja de lado la racionalidad y la tendencia a interpretarlo todo. Eso. La poesía me permite dejar de interpretar el mundo.


Además de los objetivos obvios de publicar tus textos, ¿qué te aportan las experiencias de editar y qué reflexión hacés de la realidad del mundo editorial que vivimos hoy?

Editar me permite comprender hasta qué punto todo lo que hacemos es, de algún modo, algo colectivo. Tengo diferentes experiencias con diversos editores. Siempre es enriquecedor el proceso de ir creando un libro. Estoy convencida de que los escritores hacemos manuscritos (no libros). Para que esos manuscritos se conviertan en libros que lleguen al lector, necesitamos de la pericia, el trabajo y la sensibilidad de los editores y de todos los que están involucrados en ese proceso de creación (los correctores, los diagramadores, los traductores si los hay, los diseñadores, los imprenteros, los ilustradores y muchos más). Sería difícil hacer una reflexión general sobre “el mundo editorial” porque hay realidades muy diferentes. Personalmente celebro el trabajo que hacen las editoriales que construyen y defienden un catálogo personal, una colección de libros que responde al “espíritu” o la “personalidad” de esa editorial. Tengo la suerte de publicar con editoriales de las que me enorgullezco como Edhasa, Métailié y, ahora también, DocumentA/Escénicas. Con cada uno de mis editores he aprendido algo que me ha permitido trabajar con más profundidad y con más alegría. Y eso es algo que siempre se agradece.*








lunes, 20 de abril de 2015

Cuentos viejos. Relatos Sentimentales - Emanuel Rodríguez





El miércoles 22 a las 20 hs, en la Librería Punto de Encuentro (Independencia 620, Nueva Córdoba), Emanuel Rodríguez va a leer textos de su libro Cuentos viejos. Relatos Sentimentales.

Una sola palabra: Imperdible.



martes, 14 de abril de 2015

Nicole Witt premiada en la Feria del Libro de Londres



Hermosas noticias desde Londres.

Nicole Witt es la ganadora del Premio a la Excelencia como Agente Literaria en la Feria del Libro de Londres 2015.

Que es la mejor agente del mundo ya lo sabíamos los autores de su agencia. Ahora lo saben todos.

Felicitaciones a la querida Nicole y a todo el equipo de la  Agencia Literaria Mertin.






Eduardo Galeano: La belleza de las cosas




Dicen que ya desde temprano se conocía la noticia, que Montevideo es una ciudad pequeña, que cómo no iba a saberse que en un sanatorio de la capital había muerto Eduardo Galeano. Pero nadie dijo nada. En las redacciones esperaron a que la familia confirmara lo que todos sabían. A las diez de la mañana, la tristeza se hizo pública, se hizo nuestra.

Nació en Tacuarembó, el 3 de septiembre de 1940. Vivió en Uruguay hasta que, luego del Golpe de Estado de 1973, lo encarcelaron. Poco después logró salir del país para refugiarse en la Argentina. En 1976 tuvo que huir otra vez; su nombre estaba en las listas de condenados. El destino fue España. Sólo en 1985 volvería a Uruguay.

Antes de ser escritor, Galeano fue pintor de carteles, obrero en una fábrica de insecticidas, mecanógrafo, cajero en un banco y mensajero. Sus primeros trabajos como periodista no tenían relación con las palabras: siendo adolescente dibujó caricaturas en el diario El sol. Su seudónimo para esos trazos era Gius. Siempre firmó sus escritos con el apellido de su madre.

Si hubiera que definir el trabajo de Galeano, la palabra precisa sería “cronista”. Un cronista detallado de la belleza. Y, como decía David Hume, “la belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las contempla”.

Cuando en 2011 le entregaron el Doctorado Honoris Causa en la Universidad de La Habana sus anfitriones lo definieron como “un recuperador de la memoria real y colectiva sudamericana”. Hasta último momento Galeano puso en juego su voz para defender aquello que consideraba justo y para denunciar los males del mundo. El 4 de diciembre de 2014 publicó, en su última contratapa en Página 12, un artículo sobre los 43 estudiantes desaparecidos en México. La semana pasada firmó un documento manifestando su desacuerdo con el decreto de Estados Unidos que califica a Venezuela como una amenaza.

En ámbitos académicos suele decirse que Galeano es un escritor “para principiantes”. Como si fuera alguien que en cierto momento deberíamos dejar atrás. Quién sabe de dónde ha surgido esa idea. Galeano es sencillo. Y, en literatura, no hay nada más difícil que lo sencillo. Tenía algo de niño pero no era ingenuo. Quizás estamos demasiado acostumbrados a que la lucidez provoque amargura. Él era capaz de ver la maravilla aun siendo consciente de lo terrible. Galeano y su voz grave, sabiendo decir lo que antes había escrito con ese modo tan suyo de jugar con el lenguaje, de llevarlo suavemente a mostrar su verdad escondida.

Supo hacernos comprender que contar una historia siempre implica una visión del mundo. Que no hay relatos inocentes. Que hay que ser valientes, aunque nos hayan educado en el miedo. Supo darnos la medida de nuestra insignificancia y nuestra trascendencia: sólo un segundo en la enorme eternidad del tiempo pero, a la vez, un segundo que puede cambiarlo todo.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La voz del interior





sábado, 11 de abril de 2015

Nueva nominación de Nicole Witt para los Premios a la Excelencia en la Feria del Libro de Londres






Por segundo año consecutivo, Nicole Witt es finalista del Premio a la Excelencia como Agente Literaria en la Feria del Libro de Londres.

Desde 1982 la Agencia Literaria Mertin dedica sus esfuerzos a la difusión mundial de las literaturas en portugués y español.




Los autores de la casa celebramos esta nominación y acompañamos en la alegría a la querida Nicole y a todo el equipo de la Agencia.



miércoles, 8 de abril de 2015

Últimos fuegos - Alejandra Costamagna




16 cuentos en los que desfilan personajes que luego quedan en la memoria, como si uno hubiera sido testigo presencial de esas historias. La ojerosa y la triste, dos viajeras exhaustas que por primera vez salen de Chile; los extranjeros que se esfuerzan para hablar en un idioma ajeno hasta descubrir que comparten una lengua; un hombre que lleva 59 noches sin dormir; alguien que recita poemas frente a una tumba; una mujer que se descubre en territorio de la ficción; el solitario y la inolvidable; un féretro diminuto; una mujer loca que decide viajar a Japón; dos mellizas que creen saber cuál de las dos es la original y cuál la copia. 

Alejandra Costamagna crea una red en la que los personajes saltan de uno a otro cuento, las historias son contadas desde diferentes puntos de vista y un relato puede reaparecer en otro bajo la forma de una noticia o un recuerdo. 

En esa red van a repetirse –como una especie de clave– los encuentros en los bares, los viajes, los balcones, las armas, las tortugas, los perros siberianos, las conversaciones inusuales con desconocidos, los finales que desembocan en tragedia, las personas que descubren quiénes son en el momento de actuar. Y el fuego, siempre presente, que puede ser incendio o sólo la brasa de un cigarrillo que brilla en la oscuridad.  

Según cuenta la escritora, algunas de estas historias nacieron como reescritura de noticias policiales. Hay algo aquí que recuerda los cuentos de Horacio Quiroga y de Silvina Ocampo. No porque la posible influencia se transparente sino porque Costamagna sabe bien cómo generar inquietud. 

Con un lenguaje depurado, preciso pero a la vez poético, la autora nos habla todo el tiempo del desamparo en el que caemos o dejamos caer a otros.  Sin duda, una de las voces más interesantes de la narrativa chilena. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X

sábado, 4 de abril de 2015

Underground - Haruki Murakami





Esto no es una novela

En “Underground” el escritor japonés Haruki Murakami aborda con herramientas periodísticas los atentados con gas sarín en el subterráneo de Tokio.

Es la mañana del lunes veinte de marzo de 1995. Una mujer demora en salir de su casa. Tiene un mal presentimiento. El fantasma de su abuelo se ha puesto a caminar en círculos creando una especie de cerca a su alrededor, como si quisiera decirle que es mejor quedarse. Aun así, decide salir. Un rato después cinco miembros de la secta religiosa Aum liberan gas sarín en diferentes vagones del subterráneo de Tokio. Lo que se ve puede describirse como un infierno. Cientos de personas derrumbándose. La pérdida de visión, el aturdimiento, las náuseas, la fiebre, las jaquecas, el sudor frío, los temblores, la dificultad para respirar. Doce muertos y cinco mil afectados.

Un empleado ferroviario ve morir a su compañero. El chofer de un canal de televisión decide cargar en su furgoneta a algunas de las víctimas. En la puerta de los hospitales hay gente informando que ya no queda lugar disponible. Se supera toda capacidad de respuesta. Las ambulancias no alcanzan, los médicos no saben qué tratamiento aplicar, la policía está desorientada, hay miles de personas buscando ser atendidas.

El escritor japonés Haruki Murakami abandona la ficción para ocuparse de los atentados de Tokio. Meses después de lo sucedido comienza a entrevistar a personas afectadas por el gas sarín. Busca “entender Japón a un nivel más profundo”. Una vez obtenidos esos testimonios su intervención es mínima. Lo que encontramos es la voz de las víctimas. Empleados, vendedores, militares, comerciantes, jubilados, imprenteros, electricistas, contadores, científicos, una profesora, un chico que va al colegio. Hombres y mujeres entre los 15 y los 65 años. Gente que sufre  una doble violencia: la de los atentados y la posterior incomprensión de la sociedad.

A esos testimonios se agregan entrevistas a un psicólogo que atiende los efectos del estrés post traumático, un abogado que intentó advertir a la policía la inminencia del atentado, familiares de víctimas que no pueden comunicarse o que han fallecido y un médico con experiencia en gas sarín que se ocupó de llamar personalmente a todos los hospitales que recibían a los afectados.

El libro, publicado en Japón en 1997, lleva el subtítulo “El atentado con gas sarín en el metro de Tokio y la psicología japonesa”. Más allá de lo que analiza Murakami en el epílogo, leyendo lo que dicen las víctimas uno logra hacerse una imagen de la sociedad japonesa. Ciertas cosas se repiten, se dan por sentadas, se consideran naturales. En un país donde el desorden es visto como una falta, muchos transeúntes no ayudaron a las víctimas creyendo que se trataba de borrachos. La pregunta que parecen haber tenido en mente es “¿qué tiene que ver esto conmigo?”. Uno de los entrevistados detalla: “Alguien agoniza tirado en medio de la calle y nadie dice nada. Sólo te esquivan.” Algunos de los afectados por el gas se preocupaban por la vergüenza de vomitar delante de otros. La corrección llevada a un extremo que violenta las necesidades del cuerpo. El deseo de no hacerse notar; todos obedeciendo ese antiguo refrán que dice que el clavo que sobresale es el que recibe el martillazo.

El temor de exponer lo que se consideran “debilidades” hizo que muchas personas creyeran que lo que les estaba pasando era algo individual (“debo haber dormido poco”, “me he resfriado”). Por eso demoraron en reaccionar y pedir ayuda. Una ayuda que, por otra parte, tardó mucho en llegar porque los sistemas de emergencia colapsaron. ¿Cómo funciona la mente de una persona que ve a otros desmayarse y empieza a descomponerse pero no puede poner en relación ambos hechos? ¿Qué dice eso de la sociedad en la que vive? 

La principal preocupación de la mayoría de los entrevistados fue llamar al trabajo y avisar que estaban demorados. Aún en ese escenario dantesco, hubo muchos que buscaron un teléfono público. Uno de ellos llegó a decir: “Ha habido un ataque terrorista. Llegaré tarde.”
Justamente estas características de lo que Murakami llama la “psicología japonesa” pueden servir como herramienta para comprender cómo y por qué surgió en ese país una secta como Aum. El escritor alerta sobre los riesgos de analizar los hechos en base a una distinción dicotómica entre “nosotros” y “ellos”. Ese “ellos” que provoca horror (la secta Aum) surgió de ese “nosotros” que es la sociedad japonesa para el autor.  

La segunda parte de este trabajo (“El lugar que nos prometieron”) es en realidad un libro que Murakami publicó un año después de Underground. Allí se presentan entrevistas a ocho personas relacionadas de diversos modos con la secta Aum. Entre ellos hay miembros activos y gente que se alejó del grupo por tener una visión crítica. Es un buen complemento de la primera parte y ayuda a abordar el tema de los atentados con mayor complejidad.


Eugenia Almeida

Publicado originlamente en Ciudad X










martes, 31 de marzo de 2015

Una historia del libro judío - Alejandro Dujovne



Detrás de escena

En su último trabajo, el investigador cordobés Alejandro Dujovne analiza desde la Sociología de la Edición parte de la historia del libro judío en Buenos Aires.

Solemos creer que nuestra biblioteca es una colección de libros que dicen algo sobre nosotros porque han sido elegidos en absoluta libertad. Sin embargo no es así. Sólo hemos elegido entre un repertorio ya determinado: aquello que es accesible en un cierto tiempo y un cierto espacio. En la construcción de ese repertorio jugaron fuerzas políticas, económicas, sociales, históricas y  culturales. Cada época decide para sí qué cosas serán publicadas y cuáles no. Los lectores a veces lo olvidamos. Por eso es tan interesante asomarse a la Sociología de la Edición y tratar de comprender aquello que se pone en juego antes de que un libro llegue a manos del lector.

Hacer trabajo de campo implica establecer relaciones particulares con aquellas personas a las que se entrevista. Alejandro Dujovne cuenta cómo uno de esos encuentros fue el detonante de este libro. En julio de 2004, en el marco de una investigación sobre “el club judío de izquierda de Córdoba”, el autor se reunió con Hebe Goldenhersch. Al terminar la entrevista, la recordada vicerrectora de la Universidad Nacional le dijo que quería pedirle algo y trajo tres cajas de libros en ídish que habían formado parte de la biblioteca de su madre. Goldenhersch deseaba donar esos libros a alguien que reconociera su valor y daba por sentado que Dujovne podía darles un buen destino. Ese pedido inesperado provocó ciertas preguntas: ¿Qué títulos eran? ¿Dónde habían sido editados? ¿Por qué formaban parte de la biblioteca de una mujer judía que vivía en Mina Clavero?

Esa escena inicial dibuja el territorio e incorpora la tónica que marcará lo que se cuenta en este libro. Un investigador curioso, una profesora que hace lo posible para que un legado no se pierda, la alegre disponibilidad de ir más allá de aquello que teníamos planeado.

En Una historia del libro judío –y bajo el subtítulo “La cultura judía argentina a través de sus editores, libreros, traductores, imprentas y bibliotecas”­– Dujovne presenta una investigación impecable. Como bien lo señala el título, se trata de “una” historia más entre las muchas que podrían contarse. En este caso, la referida al escenario editorial judío en Buenos Aires entre 1919 y mediados de la década de 1970.

Si es posible discutir en qué consiste “ser judío”, claramente el concepto de “libro judío” es  difícil de definir. Dujovne deja en claro que cuando usa esos términos se refiere a “toda obra publicada por un sello especializado en temas judíos en un sentido amplio, lo que incluye tanto obras en castellano  como en ídish y hebreo.” La discusión podría continuar eternamente si nos atrevemos a preguntar qué serían los “temas judíos”. Y ese es uno de los aspectos en los que el libro del investigador cordobés devela ciertas características de la cultura judía: justamente, a través del análisis del mundo editorial porteño judío, accedemos a parte del debate en torno a “lo judío”. En ese terreno –el de los libros– se llevó a cabo una lucha de sentido en torno a la construcción de la identidad judía.

En primer lugar, el autor aborda algunos momentos esenciales de la historia judía y del panorama editorial judío en Europa. Luego se centra en la producción editorial en Buenos Aires. Dujovne se ocupa de los libros publicados en ídish, hebreo y castellano, tomando en cuenta los efectos del antisemitismo, el Holocausto, la  creación del Estado de Israel y el sionismo. El análisis  contempla el contexto mundial y los debates existentes sobre lo que implica “ser judío”. La investigación también incluye un caso concreto (el de la editorial Israel), la reflexión sobre políticas de traducción, el rol de las librerías, bibliotecas e imprentas judías en Buenos Aires y la importancia de un evento como el Mes del Libro Judío.

Con un breve pero detallado recorrido por la historia de la relación entre el pueblo judío y los libros, mapas, cuadros de contenido e innumerables notas bibliográficas, Una historia del libro judío puede considerarse un trabajo que combina las exigencias de los especialistas con la claridad necesaria para interesar a personas que no tengan conocimientos previos sobre el tema. No es un logro menor. Sin embargo, quizá el mayor aporte que ofrece el libro al lector no especializado es proponer una cierta mirada que puede aplicarse a otros objetos. Recordarnos que en cada época hay cosas que se nos presentan como naturales y que por cada construcción social y cultural (una revista, una película, una canción, una noticia) hay un detrás de escena lleno de fuerzas en pugna que luchan por establecer una cierta imagen del mundo. Dujovne define claramente su posición cuando, retomando a Darnton, dice: “los libros no se limitan a contar la historia, también la hacen.”

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X

http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/detras-de-escena








viernes, 27 de marzo de 2015

El turista accidental - Anne Tyler








Una pareja vuelve de vacaciones en su auto. Llueve. Esa lluvia va a traer a la luz lo que ha estado latiendo: la separación, el divorcio, los modos tan opuestos de afrontar la muerte de un hijo. El abandono, el amor, las despedidas y los lazos que impone el azar de haber crecido juntos. Macon Leary, escritor de guías de viaje, ahora está solo, inevitablemente expuesto a una pregunta: ¿Cuánto puede prepararse uno para lo que va a venir? 

Anne Tyler es considerada una de las grandes novelistas norteamericanas. Criada en una comunidad cuáquera, quizás haya sido ese clima el que le reveló que en cada detalle de la vida hay algo que merece ser contado. 

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



lunes, 23 de marzo de 2015

Las buenas personas - Nir Baram




Obreros de la destrucción

“Las buenas personas”, de Nir Baram, es la primera novela israelí que aborda la Segunda Guerra Mundial sin centrarse en el Holocausto.

Berlín, 1938. Thomas Heiselberg trabaja para una empresa norteamericana. La ambición, la construcción de una carrera, es quizás el único motor de su vida. Cuando pierda ese puesto, aceptará colaborar con el régimen nazi desde un lugar que lo convierte en cómplice de la matanza. Un intelectual, un oficinista, un burócrata. Un “estudioso” que escribe un largo informe sobre la identidad polaca.

Leningrado, 1938. Aleksandra Weissberg escucha las charlas que tienen sus padres con un grupo de amigos. La subleva la quietud de esa gente, la ingenuidad con respecto a lo que implican esas conversaciones. La joven judía piensa que no van a tardar en detenerlos a todos. Sabe que la familia está en riesgo y decide actuar para salvar a sus hermanos. Se convierte ella en delatora, convencida de que así disminuirá los daños. Entrega unos poemas heréticos a un antiguo novio que trabaja para la policía secreta. Todavía no sabe que, con ese gesto, acaba de entrar en la maquinaria que se ocupa de las purgas en la Unión soviética.

Aleksandra y Thomas se encontrarán en 1941. Quizás cada uno funcione como un espejo insoportable para el otro. Son los que “nunca han tenido sangre en las manos”, los que han “provocado la muerte de manera indirecta, con órdenes, escribiendo papeles que pasaban de mano en mano sin que sus ojos ya los vieran hasta enviar a otros a la muerte.”

El contexto histórico se va desarrollando sin ser explicitado. Simplemente se ve su efecto sobre la vida de las personas. Una antigua empleada judía vuelve a visitar a su jefa y es asesinada por las SS. Un amigo de infancia convertido en un perro que ejecuta con euforia las órdenes nazis. Una psicoanalista judía desesperada por conseguir un papel que le permita salir de Alemania. Los cristales rotos. Interrogatorios. Una joven que se va especializando en conducir las confesiones de los detenidos. Presos ansiosos por declarar cualquier cosa con tal de salvar la vida. El racismo, la persecución, la sospecha, el miedo a la delación, las supuestas redenciones. Las patrullas de asesinos recorriendo Alemania y Polonia. Leningrado convertida en una ciudad en la que todos reconocen el ruido de las furgonetas de la policía secreta. Los alcahuetes asomados a las ventanas. Todos desconfían. La paranoia se vuelve una forma de lucidez.

Una y otra vez la historia hace referencia a un mundo que ha cambiado para siempre, a gente que se aferra –terca o desesperadamente– a algo que ya no existe. Lo que más estremece en Las buenas personas es lo que piensan sus protagonistas. Cómo se explican sus propios actos. No se trata aquí de los estereotipos que se han ido construyendo en la literatura sobre la Segunda Guerra Mundial. El relato no se centra en un nazi desbocado que se solaza en la tortura. Ni en un judío cuyo único rol posible es el de víctima. La novela se ocupa de algo mucho más incómodo: las personas “comunes” que, de algún modo, colaboraron con regímenes totalitarios (el de Hitler, el de Stalin), diciéndose a sí mismos que en realidad estaban al margen o que no tenían otra posibilidad. De esa masa de obreros de la destrucción también está hecha la historia. Y quizás ese sea el verdadero sostén de una dictadura.

Con este abordaje, sería fácil pensar en un libro plagado de lecciones morales. Sin embargo el autor no juzga a sus personajes. Simplemente los muestra. Y eso se vuelve mucho más inquietante para el lector. Están ahí. Son como tanta otra gente. Quizás, incluso, como nosotros. Y han tomado decisiones espantosas. Y se cuentan a sí mismos historias para enmarcar y justificar esas decisiones.

Las buenas personas habla del efecto que tienen nuestros actos sobre el mundo y de las ficciones que construimos para no aceptar esa responsabilidad. Publicada originalmente en 2010,  es considerada la primera novela israelí que aborda la Segunda Guerra Mundial sin centrarse en el Holocausto.

Nir Baram nació en Jerusalén en 1976. Tenía 19 años cuando su madre murió de cáncer. Sumido en una casa silenciosa, con los temores que trae la muerte, decidió empezar a escribir un diario. Ese ejercicio de supervivencia poco a poco se fue convirtiendo en algo central en su vida. A los 22 años publicó su primera novela. En 2010 ganó el Premio Prime Minister de Literatura Hebrea.

Editor, periodista y escritor, Baram ha sido muy cuestionado en su país por sus opiniones políticas. En más de una ocasión ha declarado que se opone a la ocupación de Palestina y a cualquier tipo de muro que convierta a Israel en un “gueto judío”. Es un activo militante de Ramallah Tel Aviv Iniciative, un grupo de israelíes y palestinos que proponen un modelo de “dos estados sin separación, con total libertad de movimiento.”




Eugenia Almeida

 Publicado originalmente en Ciudad X







jueves, 19 de marzo de 2015

Las dos Sicilias - Alexander Lernet-Holenia




En una cena de la alta sociedad vienesa, el Coronel Rochenville, líder del antiguo regimiento Las dos Sicilias, mantiene una extrañísima conversación con un desconocido que dice llamarse Gasparetti. Poco después, sabrán que uno de los invitados ha sido asesinado. Esa muerte será la primera de cinco. Parece haber una amenaza particular sobre los integrantes del regimiento que viven en Viena. El comisario Gordon será el encargado de investigar los hechos pero los antiguos compañeros de armas deciden llevar a cabo una investigación paralela que acelera la tragedia.

Organizada en siete capítulos –cada uno con el nombre de uno de los integrantes del regimiento– esta novela podría considerarse un clásico del policial de enigma. Lo es. Pero, al mismo tiempo, es mucho más. La historia está atravesada por relatos y disgresiones que van abriendo puertas que no siempre están al servicio de la resolución del enigma central. Y sin embargo, son esas disgresiones las que hacen único a este libro.  

Lernet-Holenia parece haber construido un artefacto que le permite reflexionar sobre sus preocupaciones centrales: ¿Qué dibujos pueden hacer en nosotros la identidad, el tiempo, el destino y la muerte? ¿Qué es lo real? ¿Cuál es la distancia –ínfima o enorme– que nos separa de los otros? ¿Cuáles son los sucesos que pueden convertirnos en lo que realmente somos? ¿La identidad es una construcción o una serie de descubrimientos? 

“No sabemos qué es en realidad el mundo”, dice uno de los personajes, “es más, ni siquiera sabemos si existe. Únicamente lo conocemos tal como se nos presenta. Y se nos presenta exactamente como nosotros mismos somos.”

Catalogada por la poeta uruguaya Ida Vitale como una “novela policial y metafísica”, Las dos Sicilias fue publicada originalmente en 1942. Lernet-Holenia, admirado por Rilke, Stefan Zweig y Borges, es considerado uno de los escritores en lengua alemana más importantes del Siglo XX.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X