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jueves, 31 de julio de 2014

La carretera - Cormac McCarthy







 “Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado.” 

Esa es la primera frase de la novela. Un hombre y un gesto que quizás ha existido desde el principio de la humanidad: hacer un movimiento para asegurarse que el más vulnerable, el cachorro, está a salvo. Pero el frío y la oscuridad que se mencionan no son los habituales. El negro es absoluto, total. Una noche sin fisuras que, cuando amanezca, se convertirá en un paisaje turbio y sucio tapado por el gris.  

Algo ha sucedido. No se dice qué. Posiblemente una explosión nuclear. El mundo ha cambiado: no hay nada verde; todo es ceniza, humo, polvo. En medio de ese paisaje un hombre y su hijo caminan por una carretera en dirección al sur. Llevan lo poco que tienen en un carrito de supermercado.

En el camino encontrarán una estación de servicio, un taller mecánico, una casa, un supermercado, una ciudad, un tren, un barco. Todo abandonado. Quizás el planeta entero ha sido abandonado. Y sin embargo, no. Aquí la novela aborda una de las cuestiones más inquietantes de nuestra especie: en un espacio desolado, al encontrar indicios de que hay alguien cerca ¿deberíamos sentir alivio o terror? ¿Qué condiciones deben darse para que la presencia de otro ser humano se convierta en la peor pesadilla? 

Las breves conversaciones entre el padre y el hijo son de una potencia devastadora. ¿Qué pasa con el lenguaje cuando las palabras que se usan para describir la realidad refieren a cosas que ya no existen?

Ambos verán cosas terribles –las huellas de lo que pueden ser las personas cuando el mundo se vuelve un infierno– y el padre tratará de evitar que el hijo vea. “Ten presente que las cosas que te metes en la cabeza están ahí para siempre”, le dice. El chico pregunta si es posible olvidar algo. El hombre dice que sí: “olvidas lo que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar.”

Así es esta historia. Sin respiro, sin concesiones. Una mirada descarnada sobre uno de los futuros posibles. Y en ese escenario, la relación entre un padre y un hijo que caminan sabiendo que posiblemente no hay adónde llegar.

Cormac McCarthy nació en 1933. El reconocido crítico literario Harold Bloom lo considera –junto a Pynchon, Philip Roth y Don DeLillo– uno de los cuatro novelistas contemporáneos más importantes de los Estados Unidos. Apasionado por la ciencia, es miembro honorario del Instituto Santa Fe, un centro de investigación en el que científicos de diversas disciplinas se reúnen para discutir y debatir.

Dicen que una noche McCarthy se asomó a la ventana de un hotel en El Paso. Su hijo de 8 años dormía a unos metros. El hombre se quedó mirando el paisaje y pensando cómo sería ese lugar si algo espantoso sucediera, qué responsabilidades tendría él hacia el niño que estaba a su lado. Tiempo después, esa pregunta se convirtió en esta novela que el autor considera una declaración de amor a su hijo. “Creo que si el libro intenta reflejar algo es enseñar ese amor bajo las peores circunstancias. Si tú realmente quieres a alguien, si realmente quieres a tu hijo, no importa lo mal que vaya el mundo, te pegas a él, mueres por él, harías cualquier cosa por él. Eso no es tan malo ¿no? Esto habla bien de la naturaleza humana.” 


Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Ciudad X




domingo, 27 de julio de 2014

Gabo y Cuba





Alguna vez estuvieron muy cerca, sin saberlo. Era abril de 1948. Cerca de la pensión en la que vivía García Márquez, alguien asesinaba a Jorge Eliécer Gaitán. Estallaba lo que luego llamarían “El Bogotazo”. Por esas calles, participando en la revuelta, andaba Fidel Castro, un muchacho de 21 años, delegado estudiantil cubano. 

Iban a pasar muchos años hasta que otro evento histórico volviera a reunirlos. 1959. La revolución triunfa en Cuba. Castro invita a periodistas extranjeros y a diversas personalidades a ser testigos de lo que estaba pasando. García Márquez está entre los invitados. Acaba de llegar a La Habana. Un discurso se oye en la isla. El autor colombiano recuerda: “Dos cosas llamaron la atención de quienes oíamos a Fidel Castro por primera vez. Una era su terrible poder de seducción. La otra era la fragilidad de su voz”.

Desde ese momento, el escritor quedó subyugado por la figura del líder cubano. Cuando regresó a Colombia, el compromiso estaba firme: volvía como corresponsal de la agencia de noticias Prensa Latina. Tiempo después continuaría con ese trabajo desde los Estados Unidos. No fue fácil. Durante los meses que vivió en Nueva York tuvo que enfrentar críticas y rechazos e incluso a un grupo de exiliados cubanos que lo amenazó con un arma. 

Su relación con Estados Unidos era la contracara de su lazo con Cuba. El gobierno no estaba dispuesto a aceptar a ese colombiano que defendía públicamente a Castro. Decidieron aplicarle el mote de subversivo y negarle la visa. Había entrado en la lista de los indeseables. Fue Bill Clinton quien revisó esa decisión y anuló la orden de no dejarlo pisar suelo estadounidense.

García Márquez fue muy criticado por su apoyo incondicional al gobierno cubano. El punto de quiebre llegó en 1971. El poeta Heberto Padilla había sido encarcelado acusado de escribir “material antirrevolucionario”. Poco después hizo una autocrítica y una declaración pública en la que dijo arrepentirse de lo que había escrito. Ese episodio provocó que muchos antiguos aliados sintieran que ya no podían seguir apoyando la revolución. En total, 72 intelectuales (americanos y europeos) firmaron una carta pública a Fidel Castro. Las primeras líneas iban al núcleo del asunto: “Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera. El lastimoso texto de la confesión que ha firmado Heberto Padilla sólo puede haberse obtenido por medio de métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias”. Las últimas palabras eran una expresión de deseo y un reclamo: “Quisiéramos que la Revolución Cubana volviera a ser lo que en un momento nos hizo considerarla un modelo dentro del socialismo”. Entre los firmantes estaban Simone de Beauvoir, Ítalo Calvino, Marguerite Duras, Magnus Enzensberger, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Juan Marsé, Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Monsiváis, Alberto Moravia, José Emilio Pacheco, Pier Paolo Pasolini, Alain Resnais, Juan Rulfo, Jean Paul Sartre, Susan Sontag y Mario Vargas Llosa. 

“Gabo” reforzó su posición, apoyó al gobierno cubano y fue duramente criticado. Vargas Llosa dijo que era un “lacayo” de Castro. 

Contra esas críticas, el propio Plinio Apuleyo Mendoza –en su libro Aquellos tiempos con Gabo– resalta que García Márquez muchas veces se sirvió de su amistad con Fidel para intervenir en algunos temas y que fue él quien hizo las gestiones para que Padilla pudiera salir de Cuba en 1980. Según el autor, el Nobel colombiano habría intercedido para obtener la liberación de 3.200 presos políticos.

“Gabo” fue quizás, de aquel grupo inicial de intelectuales aliados de la revolución, uno de los pocos que mantuvo intacto ese lazo.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X


jueves, 24 de julio de 2014

Liratouva 2: comentario sobre la versión francesa de "La pieza del fondo"



Liratouva2, Blog de Mango

La pièce du fond de Eugenia Almeida

Un vieil homme est assis depuis plusieurs jours sur le banc d’une place,  sans bouger, sans parler, sans manger. Personne ne le connaît et Sophia, la jeune serveuse du bar d’en face, l’a pris en pitié et fait tout pour le faire manger et parler mais en vain. Frias, un client policier,  lui vient en aide, sans plus de résultats. Chacun a de gros soucis dans sa vie personnelle mais s’occuper de cet inconnu les rend plus heureux. Bientôt l’homme sans nom  est conduit à l’hôpital psychiatrique tout proche où vient d’être nommée Elena,  une nouvelle doctoresse  au passé très douloureux ,  connue de tout le personnel de l’endroit comme la folle légendaire sauvée dans sa jeunesse  par le directeur de l’établissement. En réalité,  grâce à elle qui sait écouter et grâce à l’acharnement de la jeune serveuse, les recherches pour découvrir l’identité du vieil homme se poursuivent et une chaîne d’amitié, très ténue, se forme entre tous ces êtres malheureux et désenchantés…

Hier,la fille du bar de la place lui a apporté un paquet contenant de la nourriture. Aujourd'hui, quand la vieille est arrivée, il avait encore le paquet à la main.  La fille lui jette parfois un coup d'œil en passant entre les tables. Dès qu'elle le peut, elle traverse la rue et s'approche. Elle veut vérifier ce qu'elle soupçonne: il n'a pas touché à la nourriture. 

Le titre du livre fait référence à la pièce du fond  du jardin dans la maison louée par la jeune psychiatre. Elle est toute encombrée de meubles et de vieux papiers dont les jeunes héritiers ne veulent plus. Elena est de celles qui prend soin de  tout ce qui traîne autour d’elle, les blessés et les laissés pour compte de la vie, objets ou individus peu importe,  avec ou sans nom, jeunes ou vieux, bons ou mauvais, déviants ou pas. Elle a fait le choix de soigner tous ceux qui ont besoin d’elle, voilà tout. A  l'hôpital aussi  elle est dans la pièce du fond!

Il s’agit du deuxième livre de cette romancière argentine qui enseigne la littérature  et écrit de la poésie.

J’ai bien aimé ce récit aigre-doux, fait surtout de dialogues très courts et d’une suite de personnages très quotidiens et parfaitement bien cernés avec leurs malheurs trop lourds et leurs  efforts pour une vie meilleure.. Les gens malheureux se méfient des mots qui ravivent leur douleur mais difficile de les quitter quand se ferme la dernière page!  Un beau roman qui fait du bien au moral. Même si la fin n'est pas aussi heureuse que je l'espérais!


La pièce du fond  de  Eugenia Almeida
(Editions Métailié, avril 2010, 200p)
Titre original : La pieza del fondo.
Traduit de l’espagnol (Argentine) par François Gaudry 
(Editions Métailié, avril 2010, 200p)
Publicado el 14 de agosto de 2010



lunes, 21 de julio de 2014

El caballero inexistente - Ítalo Calvino







El ejército de Francia rodea las murallas de París, Carlomagno pasa revista a los paladines. Entre ellos, un caballero se niega a mostrar su rostro. Ante la exigencia del emperador, deberá explicitar la verdad: él no existe. Aunque su armadura vacía puede cumplir las órdenes que recibe, Agilulfo es sólo eso: la inexistencia rodeada –contenida– por el metal.

Pronto se encontrará con Gurdulú, el hombre que se equivoca y cree ser aquello que está ante sus ojos: pato, rana, árbol, pera, rey. Alguien que existe pero no lo sabe, contracara del caballero que “sabe que existe y en cambio no existe”. Una pareja particular que Carlomagno unirá al designar a Gurdulú escudero de Agilulfo.

Quien cuenta esta historia extraordinaria es Teodora, una religiosa de la Orden de San Columbano, que escribe cumpliendo una penitencia impuesta por su superiora. Y, a la par de su relato, va detallando los placeres, las dificultades y los imprevistos que habitan la escritura.

Un hermoso libro –lleno de humor e ironía– que habla del amor, las narraciones, la honra, la verdad, el apego a la mirada de los otros y la inexistencia. 

Ítalo Calvino nació en Cuba, donde sus padres trabajaban como botánicos. Dos años después la familia volvió a Italia. Al terminar la escuela, Calvino se inscribió en la Facultad de Agronomía pero, comenzada la Segunda Guerra Mundial, fue convocado por el Ejército de dónde desertó para unirse a los partisanos que combatían a Mussolini.

Luego vendría su trabajo como periodista, la carrera de Letras y su tesis sobre Joseph Conrad, su afiliación al Partido Comunista y su amistad con Cesare Pavese,  a quien siempre consideró su maestro y quien lo bautizó como “la ardilla de la pluma", por su “capacidad de saltar y sorprender”.



Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Ciudad X






jueves, 17 de julio de 2014

Las ciudades invisibles - Ítalo Calvino








En 1972, trece años después de “El caballero inexistente”, Calvino publicó “Las ciudades invisibles”.

Marco Polo relata frente a Kublai Kan, emperador de los tártaros, los detalles de diferentes ciudades, cada una única en su forma. Allí van a aparecer –entre muchas otras– Isadora, la ciudad a la que se llega demasiado tarde; Tamara, donde todo es signo; Zobeida, construida siguiendo los dibujos de un sueño; Ottavia, la ciudad–telaraña; Eutropia, que siempre permite comenzar de nuevo; Ersilia, eternamente abandonada y reconstruida; Baucis, la ciudad suspendida; Perinzia, la ciudad de los monstruos; y Eufemia, donde a cada palabra dicha se responde con una historia que expande y enriquece los recuerdos.

Entre esos relatos –o “filosóficos poemas en prosa”, como los llamó su traductora Esther Benítez– se intercalan las conversaciones de Marco Polo y Kublai Kan.

“Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades”, dice Calvino en un preciso prólogo que detalla el proceso de escritura. 

El autor vuelve una y otra vez sobre la idea de las fronteras y los mundos posibles. Como punto cumbre en la belleza de este libro –si es que podemos encontrar sólo uno– vale la pena transcribir el último párrafo:

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.”  


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



martes, 15 de julio de 2014

Saqueo / Nadine Gordimer





La verdad está ahí

Dicen que cuando Nelson Mandela salió de prisión, después de 27 años de confinamiento, una de las primeras personas a las que pidió ver fue a Nadine Gordimer. Menuda, combativa, terca, esta mujer era de los que, perteneciendo al grupo de los privilegiados, cruzó la línea y luchó del lado de los oprimidos. Luchó con gestos cotidianos pero indispensables: abrir la puerta a aquellos que la ley prohibía cobijar, ayudar a llegar a la frontera a los que huían, escribir, traer a la luz la injusticia, nombrarla.

Alguien la llamó, alguna vez, la “guerrillera de la conciencia”. Y eso es lo que siguió haciendo esta sudafricana: una guerra de guerrillas, sus palabras agrupadas donde no las esperábamos, combatiendo los focos de la comodidad, de la ceguera, del conformismo. 

En este libro Gordimer presenta diez relatos que se unen en una doble pregunta: ¿Qué es lo que nos han quitado? ¿De qué hemos despojado a los otros? Todo habla aquí de esclavitud: la que imponemos, la que nos es impuesta, la que nos obligamos a seguir como herederos de la miseria. Pero en estos cuentos todo habla, también, de libertad. De la posibilidad de construir una alternativa al sometimiento. Y de la responsabilidad de preguntarnos cómo construimos las tradiciones que nos oprimen.

En los relatos aparecen diferentes escenarios y situaciones: el terremoto más enorme que pueda imaginarse; un hombre obligado a una caminata humillante; los organismos de ayuda internacional, las supuestas buenas intenciones desde Nueva York o Ginebra; la presencia de minas antipersonales; un amor que no se define por lo que duró o por cómo terminó sino por lo que trajo; un campus universitario al que llega un grupo de indigentes; un nadie al que se le da nombre, documentos y dinero para volverlo un sicario; un asesino que deja flores en la tumba de su víctima; un hombre que debe permanecer callado para siempre; la muerte que irrumpe a través de un mensajero insignificante; una pareja de mestizos que recoge un bebe abandonado; las listas negras, la cárcel, la persecución.

Pero las esclavitudes de las que habla la autora no son solo históricas, son también personales: las reuniones familiares en las que todos hablan del ausente (sus decisiones, sus errores, su “verdadera” forma de ser) creyendo –o simulando creer– que esos debates tiene alguna relación con el afecto. La empecinada convicción de juzgar los deseos ajenos. El abandono de los valores para ajustarlos a las ventajas de la prosperidad; la espiral de concesiones, deslices y justificaciones que lleva a la corrupción. Los buenos principios defendidos en abstracto pero automáticamente olvidados si ponen en peligro la rutina de la propia vida. El lenguaje como herramienta para perpetuar la injusticia.

Convencida de que "la literatura busca más explorar el mundo que explicarlo", Gordimer sostenía que “la ficción brota de una necesidad extraña de encontrarle sentido a la vida, lo cual viene tanto de la presión sociopolítica a tu alrededor como de tu propia evolución mientras vas creciendo, de tus emociones, de tus ideas, de tus relaciones. Entonces creo que la verdad está ahí.”


Saqueo presenta un trabajo literario que expone, desmenuzándolas, la mentira, la estupidez y la maldad que son el núcleo de todo racismo. La autora nos recuerda que cada uno de nuestros gestos –aun los más íntimos– impactan sobre el mundo y tienen consecuencias. Y que esa red de gestos es la materia prima con la que está hecho el mundo.


Eugenia Almeida





lunes, 14 de julio de 2014

Telerama - Comentario sobre la versión francesa de "El colectivo"



« Cela fait trois soirs que l'autobus passe sans ouvrir ses portes. » Partant de cette phrase sibylline, l'Argentine Eugenia Almeida construit son premier roman comme une pièce de théâtre où dialoguent une poignée de personnages indécis. Tous attendent et s'interrogent sur une situation qui dégénère dans le pays. Les militaires sont à leur porte. Coups de feu et rumeurs, méfiance et désinformation. Peu à peu, ce roman minimaliste prend une superbe dimension épique pour évoquer un pays ­écrasé par la dictature militaire.

Christine Ferniot - Telerama n° 3272
29/09/2012 










viernes, 11 de julio de 2014

Los jardines del tigre - Michel Grisolia






Sri Lanka. Década del 90. El país está en guerra civil: la presidente Kumaratunga enfrenta al grupo separatista tamil los Tigres Liberadores. Puestos de control militar, toque de queda, fosas comunes, bombas, atentados, paredes marcadas por las balas. Pero también la tierra que huele a sándalo, curry y cardamomo.

El doctor Norden, enviado por la ONU, atiende a los heridos. Es difícil saber cuándo va a renunciar, cuándo va a escuchar a su mujer que, una y otra vez, le pide que vuelvan a Europa. Todos los días conversa con el teniente Weramunda. Un médico y un policía que aceptan sus profesiones como “un marco rígido y estricto” que los contiene. 

Hay algo en el pasado de Norden. El suicidio de Isabella, su primera esposa. Una herida que está   siempre derramándose sobre las cosas. Y hay una sombra que ha viajado hasta Colombo para matarlo. Dos historias paralelas, dos hombres que apenas soportan lo que han vivido. “Cada cual se inventa un dios a la medida de sus necesidades y se elige al mismo tiempo las penalidades, los temores, las maldiciones, las prohibiciones con los que traza los raíles de su vida en una línea más o menos recta, un camino más o menos limpio.”

Michel Grisolia (Francia, 1948-2005) fue novelista, dramaturgo, periodista y crítico de cine. Su carrera empezó como letrista de algunos cantantes reconocidos. Trabajó como guionista de cine y televisión. Los jardines del tigre fue publicada originalmente en 1999 y obtuvo el Gran Premio de la Société des Gens de Lettres.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



lunes, 7 de julio de 2014

Lily et ses livres - Comentario sobre la versión francesa de "La pieza del fondo"




La pièce du fond - Eugenia Almeida



Quelque part dans une petite ville de province, où les uns vivent à côté des autres sans les jamais se connaître vraiment, deux «personnages» font leur apparition. Deux personnages, un homme puis une femme, qui vont modifier un temps, le rapport de toute cette petite société au monde.

Un homme seul avec toutes les apparences, pour certains, d’un fou ou d’un clochard, un homme qui ne parle pas et peut-être au fond n’entend même pas. Il est assis au centre de la place et attire les remarques acerbes, mais aussi et très curieusement des gestes de quasi tendresse, d’attention. Une jeune serveuse, puis un policier, en feront leur quasi confident, eux qui de toutes évidences ont un poids au fond de la poitrine qu’ils ne peuvent plus porter. Le vieil homme semble les écouter, de cela ils sont persuadés, persuadés aussi qu’il est devenu sans le savoir leur "ami", peut-être bien le seul.
Personne ne connaît son nom, ni d’où il vient…
Dans l’hôpital tout proche, une femme d’une cinquantaine d’années, psychiatre, vient prendre ses fonctions et s’aperçoit, éberluée que tout le monde la connaît déjà… Oui, c’est bien elle, la "folle", celle dont le chef de service n’a cessé de parler depuis des années, la fille d’une ancienne patiente à lui.. Personne ne connaissait le vieil homme, tout le monde la connaît, elle,  avant même de l’avoir déjà vue…
Connaître, méconnaître, prendre pour… Car tout le problème est là dans le jugement biaisé, le trop plein de pouvoirs qui donne le droit de juger, le manque d’attention.
«Ce que l’on voit, c’est que nous sommes finalement des marionnettes. Tous des marionnettes.»
Ou des poissons, pêchés, sortis brutalement hors de l’eau avant d’être éviscérés, brutalisés et dépossédés de tout et du plus intime.
«Là-bas, je n’ai jamais aimé pêcher. Les poissons on les sort blancs, épuisés, ils sont aveugles, blessés, traînés par un crochet, tirés hors du monde. Non. Mon beau-frère dit que c’est une lutte, un défi. Que le pêcheur affronte le poisson, qu’ils doivent se mesurer. Non. L’un ne perd qu’une proie ; l’autre perd la vie. Tout ce qu’on porte en soi, ce jeu de couleurs, de lignes et de choses à l’intérieur du corps, tout ça est arraché, jeté au fond de la barque, et il y en a qui parle de défi."
Au fond, ce qu’apportent presque sans s’en rendre compte le vieil homme et la psychiatre, c’est une autre façon de pêcher, entendez par-là de s’approcher des autres et de les comprendre, non dans le défi ou la lutte, mais dans la compassion, et l’empathie.
Chacun à leur façon, vont éveiller la part humaine, altruiste qui réside au coeur de quelques-uns des habitants de la petite ville. Enfin, jusqu’à un certain point…
La métaphore du pêcheur et du poisson court tout au long du roman, lumineuse, plus parlante que n’importe quel discours. Quant à la petite pièce du fond n’est-elle pas tout autant le cagibi au fond du jardin où moisissent des cartons entassés là par un précédent propriétaire (sa vie en somme) que cet endroit oublié en chacun de nous, inatteignable, incommunicable…
Les uns et les autres… 
Un livre étrange, surprenant et captivant.
J’ai beaucoup aimé.


Editions Métailié – Avril 2010

Eugenia Almeida est née en 1972 à Cordoba (Argentine), où elle enseigne la littérature et la communication. Elle écrit de la poésie.

L’Autobus (2007) fut  son premier roman.







jueves, 3 de julio de 2014

El fin de mi vida - Graham Joyce










Fern es la hija adoptiva de Mammy Cullen, una curandera que arregla los problemas de salud en un pequeño pueblo rural de Inglaterra. Es la comadrona pero también quien hace los abortos. Conoce los lazos que unen a todos, una red familiar de la que es único testigo. Tiene 77 años, sabe que la muerte está cerca y duda si contarle o no a Fern algunos secretos asociados a su oficio. Un oficio que se ejerce sabiendo leer los signos que el mundo pone frente a nosotros: un tropiezo es un mal augurio, una urraca o un zorzal indican que hay que volver a casa, un reyezuelo anuncia visita. 
Esas señales comenzarán a guiar la vida de Fern cuando Mammy sea internada en un hospital y ella deba enfrentar el extraño equilibrio entre pedidos de ayuda e intentos de desacreditarla. Deberá decidir si quiere ser parte de “los pocos” -aquellos que portan un saber alternativo- y si está dispuesta a hacer “la petición”, un ritual que la dejará dentro o fuera de este grupo.  
La novela expone la tensión entre los saberes tradicionales y la cultura académica, la diferencia entre las clases sociales y la antiquísima costumbre de catalogar como locura todo aquello que se aleja de las normas establecidas.
Graham Joyce nació en Inglaterra en 1954. Ha ganado el Premio British Fantasy en cinco oportunidades. También él, como Michel Grisolia, escribió letras de canciones: su trabajo puede disfrutarse en los álbumes en inglés de la cantante francesa Emilie Simon. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



domingo, 29 de junio de 2014

El asesinato del sábado por la mañana - Batya Gur







En el Instituto Deutsch acaban de descubrir el cadáver de Eva Neidorf, una figura mítica en el ambiente psicoanalítico de Jerusalem. La doctora debía pronunciar una conferencia sobre los límites éticos en su disciplina. Ahora está en un sillón, con un balazo en la sien. La pistola y todos sus papeles han desaparecido.  

Quien conduce la investigación es el inspector Michael Ohayon, un hombre de 38 años que ingresó a la policía por razones económicas, abandonando una carrera académica como historiador. Algo en su formación renace al contacto con ese extraño escenario que es el Instituto Psicoanalítico: un ambiente con claros ecos de la Edad Media; un espacio cerrado e híper ritualizado donde la endogamia es la ley, donde se le da un sentido casi religioso a la pertenencia, donde se exige un lento, farragoso y exclusivo proceso de formación. 

La historia –un policial clásico– plantea muchas preguntas. ¿Qué clase de intimidad se construye en una sesión psicoanalítica? ¿Cuánto se parece un detective a un psicoanalista? ¿Acaso un policía puede guiarse con la herramienta de la asociación libre? ¿Un analista tiene derecho a convertirse en detective de un relato que se le ofrece en confidencia? ¿Qué es un secreto? ¿Cuándo estamos obligados a develarlo?
Parte del trabajo de un buen analista es no interpretar, no forzar lo que se ve sino, por el contrario, permanecer inmóvil, en blanco, hasta que las cosas develen su forma; una forma que siempre será dinámica, confusa, apenas vislumbrada. Con ese estilo trabaja el inspector Ohayon.

La novela transcurre en Jerusalem y no es un dato menor. Las tensiones, el clima, el paisaje de esa ciudad atraviesan la historia a cada paso. El asesinato del sábado por la mañana tiene la virtud de resaltar situaciones que, lamentablemente, siguen vigentes en Israel. Las persecuciones, los guetos, la discriminación, la opresión. Cuando la policía interroga a un jardinero árabe, el hombre se comporta con la resignación de quien sabe que pueden “arrestarlo por cualquier cosa”.

Batya Gur nació en Tel Aviv en 1947. Descendiente de una familia polaca que sobrevivió al Holocausto, siempre estuvo atenta a que su propio país no repitiera los horrores que había sufrido su pueblo. Hasta su muerte, en 2005, la novelista defendió la idea de un Israel laico, progresista y pacífico y fue reconocida por muchos intelectuales palestinos como una aliada en el trabajo por la paz. En diversas oportunidades criticó explícitamente ciertas políticas del gobierno. En 2003 fue detenida por intervenir frente a tres jóvenes militares israelíes que acosaban a un anciano palestino. Sus declaraciones para explicar porqué había decidido actuar así fueron contundentes: “No quiero sentirme como un alemán que miraba para otro lado cuando los nazis maltrataban a los judíos en la calle.” En cierto modo, sus novelas de misterio también siguen esa línea. Gur solía resaltar el carácter subversivo de la novela policial señalando que este género “saca a flote lo oculto y demuestra que la sociedad y las personas no son lo que parecen”.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




miércoles, 18 de junio de 2014

La última hora - David Benioff







Nueva York, jueves, fines de enero. Un hombre se sienta a mirar el paisaje de la ciudad. Sabe que durante siete años deberá reconstruir lo que ve como un recuerdo precioso, algo a que aferrarse cuando la puerta de la celda se cierre. Monty Brogan mira la orilla del East River, los puentes, el faro, los remolcadores que cortan el agua en dos. Siempre está acompañado por Doyle, un pitbull que rescató de la calle, un perro que se le parece: alguna vez fue entrenado para pelear y luego fue abandonado.

Hay cinco personas que gravitan alrededor de Monty y su último día de libertad. Sus dos amigos –un agente de Wall Street y un profesor de secundaria–, su novia, su padre y Uncle Blue, un criminal que hasta ahora ha oficiado de jefe. Con ellos va a compartir ciertos rituales de despedida. Pero no habrá remanso. Monty sabe que a la mañana siguiente deberá tomar un colectivo para viajar a la prisión de Otisville, que la tregua terminó, que la droga que los federales encontraron en su casa lo ha llevado justo ahí: a la víspera del encierro. Sólo parece haber tres opciones: entregarse, escapar o suicidarse.  

Los escenarios que se presentan –la Bolsa, el colegio, los espacios del crimen organizado– están atravesados por la competencia, por una lucha en la que sólo el más fuerte puede quedar en pie. La pregunta que inquieta es quién define la fortaleza.

Quizás lo más logrado de esta novela sean algunas pequeñas imágenes que impactan por su sencillez y su contundencia. En un momento se ve a dos jugadores de ajedrez frente a un tablero en el que sólo hay piezas negras. ¿Es posible elegir? ¿Alguien podría describir la historia de esa partida imposible? ¿Qué comparten o se disputan esos dos jugadores? El autor deja esas preguntas sin respuesta, como una potente estrategia para reflexionar sobre el efecto que tenemos unos sobre otros. Lo que pasa nunca le sucede sólo a uno, siempre hay algo allí que recuerda una piedra hundiéndose en el agua. Los efectos se expanden, hacen que el mundo cambie al compás de ese movimiento. Todos estamos enlazados pero, como dice uno de los personajes, “nadie puede ayudar a nadie”.

David Benioff nació en Nueva York en 1970. Durante años trabajó como profesor de inglés en un colegio secundario. La última hora, su primera novela, fue rechazada por más de 30 editoriales antes de ser publicada. Cuando el director de Cine Spike Lee la leyó, se contactó con el escritor y le pidió que escribiera un guión para llevarla al cine. La película se estrenó en 2002, protagonizada por Edward Norton y Philip Seymour Hoffman. 

Luego de ese trabajo, Benioff fue contratado para escribir otros guiones –entre ellos, los de las películas Troya, El umbral y X-Men orígenes: Wolverine–. Actualmente es uno de los guionistas de la exitosa serie Juego de Tronos.   



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



domingo, 15 de junio de 2014

Crash - J. G. Ballard








Lo primero que hay que decir es que este es un libro incómodo, ríspido. Definitivamente no recomendable para lectores impresionables. J. G. Ballard mezcla sexo y violencia de un modo difícil de tolerar. Según el autor, su intención era exponer una de sus preocupaciones básicas: “la muerte del afecto”.

La novela cuenta la historia de un grupo de personas que han enlazado, en una obsesión, el goce sexual con los choques de autos. Todo se transforma en un escenario de sangre y fluidos corporales, descriptos con la repetición machacante y la frialdad clínica propias de la pornografía. Fetichismo. Escatología. Fantasías que cada vez trepan más sobre las heridas y la mutilación. Voyeurismo. Los demás vistos sólo como objetos con los cuales satisfacerse. Una satisfacción dura, maquinal. Ballard consideraba a Crash “la primera novela pornográfica basada en la tecnología”. El escritor británico veía la pornografía como la “la forma narrativa más interesante políticamente, pues muestra cómo nos manipulamos y explotamos los unos a los otros de la manera más compulsiva y despiadada.” 

En el informe de la editorial inglesa que rechazó la novela se decía que el autor estaba “más allá de toda ayuda psiquiátrica”. Es interesante saber que durante dos años Ballard estudió medicina con el objetivo de convertirse en psiquiatra. Quizás este libro pueda pensarse como una obra extraña, molesta, descriptiva y científica de un psiquiatra heterodoxo. Un hombre que alguna vez dijo: “Escribo a modo de advertencia.”



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



jueves, 12 de junio de 2014

Eduardo Pavlovsky. Soy como un lobo, siempre voy por el borde - Olga Cosentino:






  
Toda entrevista juega en un doble plano. Quienes conversan lo hacen como si se tratara de una charla privada pero ambos saben que lo que se diga será expuesto ante otros. Es quizás el encanto y el riesgo: que ese conocimiento sea soslayado o interfiera en el encuentro. Hay cierto parentesco con la actuación. Se finge una realidad, se trata de obviar que, en la oscuridad, hay ojos que siguen lo que pasa sobre el escenario. Es un género que exige colaboración mutua, puede convertirse en un combate amoroso o un baile fuera de tiempo.   

Hace falta un buen entrevistador. Y Olga Cosentino lo es. Especialista en teatro, conocedora de la obra de su entrevistado y dueña de un preciso equilibrio entre respeto y audacia. Pavlovsky sabe seguir el juego a la perfección, e incluso reírse de esa dinámica particular que implica una entrevista. En un momento, al referirse a la intensidad del amor que sentía por su primera esposa, dirá: “Lo digo en voz baja, para que no se oiga en casa”. 

Eduardo Pavlovsky es una figura difícil de abordar porque su característica principal es haber buscado incansablemente, cruzando disciplinas y saberes. Estudió medicina pero descubrió, en el momento de hacer las prácticas, que eso no era lo suyo. Se acercó al psicoanálisis –en una época en la que esa decisión acarreaba inmediato desprestigio– y tampoco allí se sintió totalmente cómodo. “Me sobrepasaba esa cosa religiosa, esa actitud de que todo se interpretaba”, dice al referirse a su tiempo en la Asociación Psicoanalítica Argentina. No todos entendían y aceptaban que su nueva pasión fuera el teatro. Rompería con esa institución en 1971, cuando ya formaba parte del Grupo Plataforma. 

Entre 1958 y 1966 atendió a niños epilépticos en hospitales públicos. Comenzó a trabajar en psicoterapia de grupo y viajó a Nueva York para estudiar con Jacob Levy Moreno, el creador del Psicodrama. En 1963 fundó, junto a otros colegas, la Sociedad Argentina de Psicodrama, organismo que abandonó por diferencias ideológicas en 1969.

Parece que Pavlovsky siempre se estuviera yendo. Lo interesante es ver hacia dónde va. Siempre buscando un entorno que le permita comprender mejor. Campeón argentino de natación en 1948. Comentarista de box en Canal 13 en 1961. Cronista deportivo enviado a Nueva York para cubrir la histórica pelea entre Ringo Bonavena y Cassius Clay. Integrante del grupo teatral Yenesí, “precursor de la vanguardia argentina de los 60”. Fugitivo que escapa por los techos cuando un grupo parapolicial entra en su casa para secuestrarlo. Exiliado. Integrante de Teatro Abierto. Candidato a diputado por el socialismo. Actor. Psicoanalista. Dramaturgo genial e incómodo, posiblemente quien más se atrevió a preguntarse por la personalidad de un represor. 

Con el subtítulo “Conversaciones con Olga Cosentino”, este libro rescata, bajo la forma de una “biografía conversada”, la vida de un hombre que nunca dejó de buscar. Alguien convencido de que “solamente en la acción hay esperanza.”  


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



lunes, 9 de junio de 2014

Alucinaciones - Oliver Sacks






Todos hemos pasado alguna vez por esa experiencia. Ser testigos de algo que los demás no perciben. El grado extremo de la soledad en la percepción son las alucinaciones. Estigmatizadas en nuestra cultura, casi siempre se las ha asociado a la enfermedad mental. Oliver Sacks viene a decir que son mucho más frecuentes de lo que solemos creer.

El reconocido neurólogo trabaja en la tradición del relato de casos. ¿Cómo aprender sobre las alucinaciones? Escuchando, parece decir Sacks, entrando en el mundo de aquellos que las padecen. Pero quizás “padecer” no sea la palabra adecuada. Algunas personas establecen con sus alucinaciones una relación placentera. Sin embargo, la reacción más habitual es el miedo. ¿Cómo es posible tener la plena certeza de algo que no es real?

Una manada de bueyes corre rodeando la cama. Un hombre se desdobla y se convierte en siete copias idénticas. Las letras se transforman en partituras. Hay hipopótamos y jirafas sentados en un almohadón. Alguien desaparece por debajo de la puerta, como si fuera un líquido. Una araña discute sobre corrientes filosóficas. Ropa que camina sola. Gente que atraviesa la pantalla del televisor. “Un olor como a trueno verde”. La sensación de estar atrapados en algo que ya hemos vivido o el desconocimiento absoluto frente a lo que debería sernos familiar. Experiencias extracorpóreas. Miembros fantasmas.

Sacks escucha, relata y explica. Conoce bien el equilibrio entre la rigurosidad científica y la claridad. Alucinaciones es un libro que puede leer un médico y también alguien que desconozca el modo de funcionar del cerebro, esa máquina extraordinaria que percibe, codifica y –lo que es más importante– construye el mundo que nos rodea. 

Lo que percibimos: ¿está en el mundo o en nosotros? Si todo está tamizado por el cerebro ¿qué es lo real? ¿Cómo aceptar que, a veces, lo que nos indican nuestros sentidos no está ahí? ¿Cómo volver a confiar en nuestras percepciones? Las preguntas que provoca Sacks nos hacen sentir más frágiles pero también nos permiten intuir la inabarcable complejidad del universo.

El autor aborda en cada capítulo las alucinaciones que pueden asociarse a la narcolepsia, los traumas, la proximidad de la muerte, la epilepsia, el uso de drogas, el sueño, la ceguera, la privación sensorial y la migraña. Sacks parte de una óptica puramente científica. Las explicaciones alternativas (epifanías, fantasmas, médiums, clarividencia) son claramente desechadas en este trabajo. Todo está en el cerebro. Ese es el credo de Sacks. 
El libro también describe parte de la historia del desarrollo científico y los experimentos e hipótesis que intentaron explicar estos fenómenos. Con abundantes referencias a ciertos escritores y sus obras, Sacks vuelve a demostrar que es capaz de escribir un libro científico como si fuera una obra de ficción.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X


viernes, 6 de junio de 2014

Ojo por diente - Rubén Bareiro Saguier





Rubén Bareiro Saguier tenía 11 años cuando la policía entró en su casa buscando a su padre. El niño estaba solo. El comisario, furioso, decidió desquitarse con él: lo llevó a una celda y lo dejó allí un par de horas. Fue la primera vez que el autor paraguayo sintió los riesgos que anidan en un país sometido a una dictadura. Muchos años después, el escritor diría que las “privaciones injustas de libertad constituyen, en los momentos sombríos de la historia patria, pruebas de dignidad, certificados de "buena conducta" cívica.”

En 1962 se radicó en Francia gracias a una beca. Fue lector de español y portugués en la Editorial Gallimard y enseñó literatura latinoamericana y guaraní. En 1971 su colección de relatos Ojo por diente obtuvo el Premio Casa de las Américas. Era un año difícil, en Cuba acababa de producirse el “Caso Padilla”, un episodio que dividió a los intelectuales entre quienes aceptaron la autoinculpación hecha por el poeta y quienes protestaron ante Fidel Castro, acusándolo de haber utilizado métodos contrarios al espíritu de la revolución. El escándalo político hizo que la publicación del libro premiado fuera pospuesta. Pocos meses después fue editado en Francia, con la traducción de Anne-Marie Métailié, una joven que con los años se convertiría en una de las editoras más prestigiosas y respetadas de su país. 

En 1972, Bareiro Saguier visitó Paraguay. Fue detenido y encarcelado. Se lo acusó de subversivo, señalando como prueba irrefutable los cuentos incluidos en Ojo por diente. Las autoridades paraguayas recibieron miles de cartas y telegramas. García Márquez, Sábato, Sartre, Barthes, Vargas Llosa, Vicente Aleixandre y Manuel Puig –entre otros– se manifestaron públicamente, exigiendo que el escritor fuera liberado. Luego de 47 días, los militares lo sacaron de su celda y lo llevaron al aeropuerto. Se lo condenó al destierro.

Y esa es, quizás, la clave para leer su obra. Como él mismo señaló: “la mayor parte de la literatura paraguaya ha sido escrita en el destierro y la que nace en el país tiene también el signo de un estilo impuesto por el temor: una obra no representa sólo lo que dice, sino también lo que deja de decir.”

Ojo por diente reúne once cuentos en los que aparecen las revoluciones, la guerra, los prisioneros, la persecución política, el Partido como una maquinaria  que arrasa con todo, los interrogatorios, la tortura, la hipocresía, el doble discurso, la postergación infinita de los más pobres y el entramado de poder que tejen los patrones, los jueces, los sacerdotes y los militares. 

Un libro certero y lleno de belleza, una prosa cargada de poesía, una voz que denuncia sin volverse panfletaria y que incluso se permite ciertos relámpagos de humor. Alguna vez Roa Bastos dijo que Ojo por diente “trata de participar, desde adentro, en el drama de opresión y degradación no menos que en su contracanto de esperanza y coraje.”

Rubén Bareiro Saguier murió en marzo, a los 84 años de edad.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





martes, 3 de junio de 2014

Radiana - Esther Cross




Rita Lavenza es pianista. A los seis años ingresó al Conservatorio, acorralada por el mandato de de su madre: especializarse en tocar una sola pieza, el Nocturno en Mi bemol de Chopin. Esa melodía se convierte para Rita en su único reto, su comida cotidiana y, con el tiempo, su tormento. El día de su boda sufre un rapto de pánico escénico, un instante que se vuelve “la madre de la equivocación”, el fantasma que va a destruirlo todo. Será una pianista que ya no toca, una mujer absorta ante una nota en el pentagrama, una mancha transformada en el abismo a partir del cual es imposible seguir. Vendrá la desesperación y los infiernos en los que puede desembocar.
Su esposo, el profesor en Ciencias Eléctricas Elmer Dus, acompaña como puede esa zozobra. La mayor parte del día está encerrado en su escritorio frente a su propio desafío: construir un robot, una mujer mecánica a la que llamará Radiana.

La historia se puebla con otros personajes, hombres y mujeres que sueñan con alcanzar algo que, en la mayoría de los casos, se les escapa. Un cocinero despedido que busca un nuevo trabajo; una mucama enamorada; una aristócrata conocida como mecenas; un médico forense especializado en huesos; un inventor que comercia con objetos de resultados mágicos; un hombre que juega de un modo perverso con la concepción del tiempo.

Hay algo inquietante y encantador en este libro: un ambiente cargado y turbio que recuerda los mejores relatos de Silvina Ocampo. Un clima de fragilidad, de tormenta a punto de desencadenarse, de sorpresas escalofriantes, de un sufrimiento nervioso y callado que transitan sus personajes. La novela cierra en el punto exacto en el que comenzó, dejando en evidencia que la vida y su relato suelen ser más complejos de lo que pensamos.

“La ciencia siempre va un paso delante de la sociedad y la sociedad se demora en entenderla”, dice uno de los personajes. En esa frase habitan los monstruos de la razón. Pero no se trata sólo de ciencia. El libro también aborda el tema del doble, los duplicados, las transformaciones, los espejos. Parte de la historia fue escrita durante una residencia artística que Cross realizó en un castillo italiano. La idea central había surgido en la librería de un museo, cuando la escritora quedó impactada por una fotografía que mostraba una especie de robot y su creador.

Radiana tiene un trabajo con el lenguaje que a primera vista parece sencillo –no hay nada que detenga en ese discurso que fluye– pero que, al mismo tiempo, revela a una artista que ha cuidado hasta el último detalle.

Esther Cross nació en Buenos Aires en 1961. Es licenciada en Psicología, una profesión que ejerció por un tiempo antes de dedicarse completamente a la escritura. Gracias a la beca Fullbright-Fondo Nacional de las Artes estudió cine en Nueva York durante un año. Esa formación se transparenta en sus escritos cuando uno siente, súbitamente, que está frente a una escena que se despliega y nos envuelve.


Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Ciudad X