martes, 29 de diciembre de 2015

Carlos Schilling recomienda "La boca de la tormenta"





Entre los libros destacados de 2015, 
Carlos Schilling recomienda “La boca de la tormenta”: 


"Conocida como novelista, autora de El colectivo, La pieza del fondo y La tensión del umbral, Eugenia Almeida escribió mucha poesía antes de decidirse a publicar este libro extraño, excepcional, que no se parece a nada en la literatura argentina. Aunque La boca de la tormenta contiene elementos narrativos, no se desarrolla como un relato sino como un monólogo interior. Alguien que tiene la capacidad de ver la muerte de los otros les da nombre a las cosas, no se sabe si para evitar que desaparezcan o para confirmarse a sí mismo que sigue vivo y hay un mundo que lo rodea."






sábado, 26 de diciembre de 2015

Rostros




Acabo de llegar al aeropuerto. Es de madrugada y llevo dos noches sin dormir. Es difícil mantener los ojos abiertos, esperar las horas previas al vuelo dando vueltas por un espacio mínimo donde hay un centenar de personas en la misma situación.
Decido apoyarme en lo único que logra despertarme: un cigarrillo del otro lado de la puerta de vidrio. Miro la ciudad a oscuras y golpeo el suelo con los pies para espantar el frío.
Al volver a entrar, siento vértigo: todas las caras me son profundamente familiares. Puedo jurar, sin dudarlo, que conozco a cada uno de ellos. La señora que sostiene su valija. La chica que ha decidido acostarse en el piso. El hombre que lee el diario. La pareja que se ríe.
Me digo que es un efecto del cansancio. Que cuando sostengo una larga vigilia, lo real y lo imaginario pueden confundirse. Que no es nada.
Cuarenta y ocho horas después, cuando ese viaje se transforme en una pesadilla, cuando sienta el miedo de no poder volver a casa, cuando me toque atravesar uno de los momentos más tensionantes de mi vida, esa imagen va a envolverme: las caras que he visto en el aeropuerto y la sensación desplazada de haber estado en una escena repetida, habitando una grieta del tiempo.
Rostros desconocidos pero familiares; una señal desde el otro lado de la realidad, desde una zona a la que no podemos llegar voluntariamente pero en la que a veces irrumpimos en momentos límites.
Ese episodio extraño, esa rareza en lo cotidiano, me deja pensando. La puerta de una oficina cercana se cierra con violencia. Un segundo antes una voz grita: “¡Y encima te da la cara!”. Todas esas frases: “es un caradura”; “nunca da la cara”; “no tiene cara”; “no es capaz de decírmelo en la cara”.

Suelo pensar en el lenguaje como un artefacto que cristaliza ciertos modos de ver el mundo. Me gusta observar cómo funciona, buscar una cierta distancia que revele lo que lleva escondido.
En muchas culturas, el concepto de “rostro” se asocia con el prestigio, la dignidad y el reconocimiento que una persona posee. En China, por ejemplo, es muy importante “no perder el rostro”, algo que se puede conservar a partir de comportamientos sociales adecuados.
Pienso en las culturas que, por diversas razones, ocultan una parte del rostro con algún tipo de vestimenta. Pienso que, en un disfraz, lo que nunca puede faltar es una máscara. Pienso en Cesare Lombroso, el médico italiano que se ocupó de enlazar la genética y la criminalidad y propuso un “tipo físico” de delincuente. Aunque su teoría haya sido descartada, sigue viva de un modo perverso cada vez que la policía castiga la “portación de rostro”.

En esa cadena de asociaciones, busco en mi biblioteca El hombre que confundió a su mujer con un sombrero , de Oliver Sacks. En ese trabajo, el neurólogo británico cuenta algunos de sus casos más curiosos.

No encuentro el libro; busco información sobre el autor y descubro una entrevista en la que declara que él mismo padece una enfermedad inquietante: la prosopagnosia, un tipo de agnosia visual que consiste en no poder reconocer los rostros.

Se estima que el dos por ciento de la población sufre prosopagnosia. Necesito hablar con alguien que pueda explicarme cómo es esa experiencia. Me digo que no debe ser tan difícil encontrar a quien estoy buscando. Después de unos días, me dan un nombre, una dirección y la promesa de que están esperándome.

Estela

Llevo flores. Cuando la puerta se abre, veo a una mujer de unos 70 años. Me invita a pasar. Me dice que una antigua vecina le ha dicho que quiero charlar con ella. Le explico que estoy escribiendo una nota para el diario.

Me pregunta si es un reportaje. Le digo que no, le cuento el episodio del aeropuerto, la voy poniendo al tanto del recorrido que me ha traído hasta aquí. Le digo que sólo quiero entender. Sonríe. Me pregunta si van a poner una foto suya en el diario, que preferiría no hacerlo, que mucha gente cree que miente cuando habla de lo que le pasa. Le digo que no habrá foto, que ni siquiera hace falta que digamos su nombre. Ella dice: “Ah, no, el nombre sí. Yo me llamo Estela”.

–Al principio, creían que estaba haciendo una broma. Yo había tenido un accidente a eso de los 9, 10 años. Me había caído de un árbol. Y me llevaron al médico enseguida. Vivíamos en un pueblo. Me revisaron. Me acuerdo que el doctor me pasaba el dedo delante de los ojos para que yo lo siguiera. Estaba todo bien. No sé. Algo no encajaba del todo, pero yo no estaba muy segura. O a lo mejor no empezó enseguida. No me acuerdo, era muy chiquita yo. Pero después empezó a pasar. Con mi mamá no había problemas, porque yo siempre sabía que era ella. Por el olor de la ropa. El perfume. Y por la voz, claro. Pero incluso cuando se me acercaba y no hablaba, yo ya sabía que era ella. En el colegio, era más difícil. Durante la clase, estaba todo perfecto porque siempre nos sentábamos en los mismos lugares, así que yo sabía quién era quién. El recreo era horrible; todo el mundo se movía y yo estaba siempre confundida. Lo más feo fue cuando vinieron mis primos. Eran mellizos. No de esos iguales, de los otros. Los que son más o menos parecidos pero no idénticos. Pero los cuerpos eran iguales. Flaquiiiitos, así, con unas patas de tero. Y tenían un jopo, se les paraba el pelo en la frente. No pude distinguirlos. Creo que ahí me di cuenta de que tenía que hablar con mi mamá. Y le dije. Ella creyó que yo estaba haciendo una broma. Después siempre fue igual. La gente creía que era un chiste o que me estaba haciendo la interesante. O que estaba loca. En fin. Mi mamá se murió sin saber. Prosopagnosia. Así se llama lo que tengo.

Estela hace una pausa. Vamos a la cocina, a calentar el agua para el mate. Ceba directamente de la pava.

Le pregunto si sueña con rostros. Se ríe. Me dice que sí. Que casi siempre. Le pregunto si es capaz de reconocer esos rostros. Me dice que siempre sueña con desconocidos. Nos quedamos un rato en silencio, hasta que la pava empieza a hacer ruido. Me dice que la pregunta le ha hecho pensar que quizá los rostros con los que sueña no son desconocidos. Que quizá son rostros reales, de gente importante para ella, pero que no puede saberlo.

–Aprendí a fijarme en otras cosas. En algún rasgo característico. Algo que me llame la atención y que pueda recordar. No es que no veo las caras. Las veo. Pero es como si estuvieran... No sé... Como si no fueran una sola cosa. No sé si alguien a quien no le pasa puede entender lo que digo. Si alguien tiene una nariz muy grande, yo trató de asociar eso. Y digo: “El portero es muy narigón”. Y voy sumando cosas. Si tiene ropa de trabajo, si tiene olor a cigarrillo y una nariz muy grande, casi seguro que es el portero. Pero, claro, el portero se acaba de bañar para salir y entonces tiene otra ropa y olor a loción y ya no sé... Eso me desconcierta. Cuando la gente aparece en otro lado, en un lugar imprevisto... Ahí me pierdo. Cuando yo era chica, no se sabía mucho de estas cosas. Ahora se sabe un poco más, pero no mucho. La gente no sabe. Ahora que sé el nombre, lo puedo decir.

Ser un detective

Le pregunto cuándo oyó por primera vez la palabra “prosopagnosia”. Me cuenta que hace unos años tuvo que hacerse un chequeo y que la doctora le preguntó si tenía dificultad para reconocer los rostros. Ella dijo que sí. La doctora preguntó desde cuándo. Ella dijo “desde que tengo 9 años, más o menos”.

Estela dice que es una suerte que esa doctora la haya estado escuchando, porque empezó a hacerle preguntas y le dijo que le gustaría que viera a un colega amigo de ella, y entonces acordaron otra cita.

–El neurólogo era muy jovencito. Se puso a explicarme todas las cosas que yo podía hacer para que mi vida fuera “más sencilla”. La doctora se rio, le dijo que yo llevaba más de 50 años viviendo así. Que lo mejor sería que ellos me preguntaran a mí. Ahí me enteré de que lo que yo venía haciendo estaba bien: asociar las personas con algún detalle llamativo. Otra cosa que hago siempre es cuando alguien se acerca a saludarme; le voy preguntando “¿Y vos cómo estás? ¿El trabajo? ¿Tus cosas?”. Y la gente va dando datos, siempre. Es como ser un detective. Porque la gente se pone muy mal si le preguntas directamente: “¿Vos quién sos?”. Se pone mal.

Le pregunto si es capaz de reconocer en los rostros las emociones. Si puede darse cuenta de si alguien está enojado o triste o sorprendido. Se ríe. “¡Por supuesto!”, dice. “No soy ciega”.

Me da un poco de vergüenza haber hecho esa pregunta. Le digo que para mí es muy difícil entender. Vuelve a reírse. “¿Usted puede darse cuenta de si un desconocido está enojado o contento?”. Asiento con la cabeza. “Es lo mismo”, dice.

–A veces, cuando le explico a alguien lo que me pasa, de inmediato me empieza a hablar más fuerte. No sé. Como si les hubiera dicho que soy sorda. En fin. Al principio contaba. Cuando hablé con la doctora y el neurólogo. Porque estaba contenta, porque finalmente sabía qué me pasaba. Es raro eso, como si cuando te dicen cómo se llama lo que tenés, te quedaras tranquila. Ya está. Como si eso cambiara las cosas. Yo estaba contenta y entonces contaba. Ahora ya no digo tanto. Es mucho lío. Te hablan más fuerte, te frotan la espalda. Había una señora de acá del barrio a la que yo le conté, y cuando me encontraba en la calle me gritaba al oído ‘¿Te acordás de mí, Estela? ¿Te acordás de mí? ¿Sabés quién soy?’. A los gritos. Ya me acostumbré. Si se acerca en el barrio y me grita al oído, es esa señora. Bueno, ya no: se murió, pobre. Hace unos meses. A veces me canso mucho. Ya estoy grande. Y usted no sabe toda la energía que uno gasta en tratar de adivinar. ¿Este señor quién es? ¿Y esta señora? Me gusta más quedarme en casa, ahora. Me gusta leer”.

Quisiera saber si Estela es capaz de reconocer su propia cara en el espejo. Pero me parece una pregunta tan íntima que no me animo a hacerla. Antes de irme, agradezco una y otra vez. Ha sido un regalo poder charlar con ella.

Cuando la puerta se cierra y yo camino por barrio General Paz, no dejo de preguntarme cuál de mis rasgos habrá tratado de retener Estela para recordarme si volvemos a vernos. ¿Mi voz? ¿Un cierto perfume? ¿La forma de mover las manos? ¿Cuál de todas las cosas que soy va a ocupar el lugar de mi rostro?


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Los días contados 
La voz del Interior



miércoles, 23 de diciembre de 2015

martes, 22 de diciembre de 2015

Carta breve para un largo adiós - Peter Handke




Un hombre llega a un hotel de la ciudad de Providence. El portero le entrega una llave y una carta. Al abrir el sobre ve dos frases sobre el papel: “Estoy en Nueva York. Por favor no me busques, no sería lindo encontrarme”. Hay algo de amenaza en esas palabras. El sobre tiene el nombre de un hotel. El hombre llama por teléfono. Su exmujer ha dejado la habitación cinco días atrás y ha olvidado una cámara de fotos. El hombre sabe que no es un olvido, que la ha dejado para él. Promete ir a buscarla y recoger esa huella de una mujer que es casi un fantasma, alguien que está presente desde su ausencia. Alguien que lo sigue como una sombra ominosa.

El hombre lee El gran Gatsby, de Fitzgerald. Dejándose llevar, reserva una habitación en un hotel que el autor solía visitar. Comienza a salir a la luz lo que está haciendo: un viaje errático por los Estados Unidos tratando de recomponer lo que se ha roto dentro suyo pero, a la vez, tratando de convertirse en otro. Otro que no esté signado por el miedo, que no pueda decir de sí mismo: “Hasta donde puedo recordar, estoy como hecho para el pánico y el susto.” El hombre vive en el deseo de un tiempo donde las cosas podrían haber sido de otro modo.

Viaja a Nueva York, busca la Polaroid abandonada. Va al cine, al teatro, deambula por las calles. Sus días pasan en bares en los que se dedica a escuchar conversaciones ajenas y en hoteles en los que sólo repara en sí mismo.

Se va moviendo por el territorio sin planes, siempre seguido por la acechanza de esa mujer de la que se ha separado después de que llegaran a odiarse. La figura de Judith va creciendo como esos temores que no pueden vislumbrarse claramente porque están allí, aquí, en todas partes y en ninguna.

El hombre llama por teléfono a Claire, una mujer con la que se acostó unos años antes. Ella lo invita a viajar en auto a St. Louis. El viaje incluye a su pequeña hija, posiblemente el personaje más conmovedor de esta novela. Benedictine tiene dos años. Grita de miedo cada vez que ve algo abierto, algo suelto, algo inclinado. Como si no soportara cierto desequilibrio del mundo.

La voz del hombre, la que relata la historia, parece la de alguien que acaba de salir de un largo período de entumecimiento y, después de estar un tiempo aturdido, comenzara a ver todo con otros ojos. Casi la mirada de un exiliado que vuelve a la tierra de su infancia y sólo encuentra extrañeza.

Hay un proceso de introspección que lo lleva a observar con detalle los recuerdos que tiene de su madre, su relación con la naturaleza, el modo en que funciona la memoria, los mecanismos de registro de la experiencia, la posibilidad de representación del arte, el delicado delirio de imágenes que aparece en sus sueños.

El hombre continúa su viaje hasta reunirse con esa persona de la que ha estado escapando y, al mismo tiempo, convocando.

Peter Handke nació en Austria en 1942. Dramaturgo, guionista, poeta, novelista y ensayista, es considerado uno de los escritores más importantes del Siglo XX. Handke es el chico que se cría aprendiendo a hablar eslavo, el idioma natal de su madre, rodeado por la imagen mítica de dos tíos muertos en la Segunda Guerra Mundial; el que hace la secundaria como pupilo en un internado; el que se vuelve cada vez más introspectivo, un enorme detector de detalles sutiles. Es el que estudia Derecho pero abandona en cuarto año, decidido a dedicarse por completo a la escritura. Es el que se hace notar, el que sacude el mundo del teatro con obras que generan desconcierto y admiración. El que escribe su primera novela a los 23 años. El que se va a París. El que cada vez cruza con más intensidad su biografía y su literatura, el que habla de sí mismo para hablar de otros o habla de otros como un modo de comprenderse a sí mismo. Es el que nunca deja de viajar, de vagabundear, de caminar.

Es el que hace comentarios políticamente incorrectos sobre los bombardeos de la OTAN en Yugoslavia. El acusado de validar el horror. El que dice, una y otra vez, que está cansado de ser malinterpretado. El que, por esas opiniones, queda excluido para siempre de la lista de favoritos para el Premio Nobel.

Carta breve para un largo adiós fue escrita en 1971. En un tiempo en que solemos sufrir traducciones hechas sólo para españoles, es de celebrar la edición argentina de Edhasa que, al rescatar un texto clave, lo realza ofreciendo la hermosa traducción de Ariel Magnus.


Eugenia Almeida
Publicado originalmente en Ciudad X

http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/el-viaje-perpetuo


lunes, 21 de diciembre de 2015

Silvina Friera recomienda "La tensión del umbral"



Entre los libros destacados de 2015, 
Silvina Friera recomienda “La tensión del umbral”




"En La tensión del umbral (Edhasa), Eugenia Almeida deconstruye el impacto que tiene la compleja maquinaria del terror y la apropiación de menores durante la dictadura militar. Las fuerzas de seguridad y la policía, operando siempre en las sombras y con la ayuda indispensable de algunos medios de comunicación en la instalación de eufemismos como “confuso episodio”, sigue matando y sumando víctimas."

Silvina Friera

Los ecos de las ficciones que marcaron un año intenso
LA PRODUCCION LITERARIA ARGENTINA DE 2015 
SINTETIZADA EN 25 LIBROS






miércoles, 16 de diciembre de 2015

"La oculta" - Héctor Abad Faciolince




El teléfono suena en un departamento de Nueva York. Es invierno, a esa hora turbia en que suelen llegar las malas noticias. Antonio atiende ese llamado. Su hermana le dice que, allá en Colombia, la madre de ambos acaba de morir.

Como en toda muerte, los deudos deberán decidir qué hacer con lo que deja el ausente. Pueden ser simples harapos o grandes fortunas; cada familia tiene su historia. En este caso la principal herencia es “La Oculta”, una finca que la madre se ha ocupado de mantener y defender toda su vida.

Antonio, Eva y Pilar se enfrentan a un dilema. Conservar o no la finca; esa piedra fundamental en la historia familiar, ese territorio que guarda lo mejor y lo peor de las memorias. Tres hermanos profundamente diferentes: un violinista que vive en los Estados Unidos, una mujer que ha roto muchos tabúes sociales; una señora de su casa, respetuosa de las tradiciones ancestrales.

Esas tres voces estructuran la última novela de Héctor Abad Faciolince. La historia de una familia, la historia de una finca, la historia de una región y, en parte, la historia de Colombia. La lucha por la tierra, los colonos venidos de lejos, la violencia económica y luego la violencia política y criminal. Los narcotraficantes, los temibles “grupos de autodefensa” convertidos en escuadrones paramilitares, la sensación de vivir en un territorio en el que, tarde o temprano, todos pueden convertirse en víctimas.

La familia Ángel siempre ha sostenido una doble rebelión a los mandatos del lugar. Como dice uno de ellos: “Ser desobedientes y poco mandones, en un país de peones y capataces, siempre ha sido algo extraño, atípico, antipático”. Han intentado mantener ese trozo de tierra como un testimonio de lo que han sido. Pero no todos están de acuerdo. Hay quien recuerda allí los primeros amores, hay quien sólo puede pensar en el momento en que estuvo a punto de morir.

¿Qué es la memoria? ¿En qué cosas encarna? Esas preguntas se ponen en tensión cada vez que los hermanos deben pensar en el futuro de la finca. Allí están las comidas caseras, los rincones de los juegos, los relatos puertas adentro, el país de la infancia. Pero también los golpes de la violencia: un secuestro, un intento de asesinato, un incendio. Y de eso se trata; de cómo lo que han vivido puede marcar a cada uno de modo diferente. Y de cómo ese legado puede ser transmitido.

La pintura que se hace de Colombia también permite ver otras formas de la violencia: la homofobia, el sometimiento de la mujer, los estereotipos sobre lo femenino y lo masculino y los lugares que hombres y mujeres supuestamente deben ocupar en la sociedad. El modo en que cada uno de los hermanos ve a los otros dos también permite comprender algo de esa extraña dinámica que ponen en juego los lazos de familia.

Héctor Abad Faciolince nació en Medellín en 1958. Luego de probar suerte en la Facultad de Filosofía y en la de Medicina, comenzó a estudiar periodismo pero fue expulsado de la universidad por escribir un artículo que se leyó como “una irreverencia” contra el Papa. En 1982 se instaló en Nueva York y luego en Italia, donde estudió Lenguas y Literaturas Modernas. Al terminar la carrera regresó a su país.

El 25 de agosto de 1987 Colombia lo golpea de un modo irremediable. Su padre, un médico comprometido con los derechos humanos, es asesinado por un grupo de paramilitares. 

Héctor recibe amenazas de muerte. Algunos de sus amigos son asesinados. Decide irse a Italia. La relación con su patria está atravesada por el odio. Fantasea con poder convertirse en un verdadero italiano. Lo intenta. Pero todo el tiempo se le aparece un impedimento insalvable: su idioma, la lengua materna, el núcleo con el que se nombra lo que cada uno es. Decide volver en 1992.

La historia detrás de la escritura de La Oculta también es interesante. Abad Faciolince tenía un acuerdo con su editorial y debía entregar una nueva novela en 2010. Una y otra vez el escritor hablaba con sus editores para pedirles un nuevo plazo. En un momento dijo públicamente que ya no iba a seguir escribiendo. La noticia causó conmoción entre sus colegas. Quien más insistió en disuadirlo fue Vargas Llosa. Gracias a ese apoyo, Faciolince volvió a los papeles y terminó su novela. Puede decirse, entonces, que este libro es fruto de una larga crisis, un espacio lleno de sentidos pero vacío de palabras, que tuvo que recorrer mucho para convertirse, finalmente, en una historia que habla de Colombia, la tierra, la herencia, los lazos familiares y la voluntad.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



sábado, 12 de diciembre de 2015

Los crímenes del monograma - Sophie Hannah




En la tapa de este libro aparecen tres nombres: Hércules Poirot, Agatha Christie y Sophie Hannah. El primero es uno de los personajes más importantes de la novela de misterio inglesa, el segundo pertenece a la autora que lo creó –la “Dama del crimen”–, y el tercero es el de la escritora que aceptó el desafió de escribir “una nueva aventura de Poirot”.

No es la primera vez que los herederos de un autor deciden contratar a alguien para que “continúe” un personaje. Sebastian Faulks, Jeffery Deaver y William Boyd se han ocupado de escribir historias protagonizadas por James Bond –el personaje de Ian Fleming–, Anthony Horowitz lo ha hecho con Sherlock Holmes y John Banville (bajo su seudónimo Benjamin Black) con el Philip Marlowe de Raymond Chandler.

Sophie Hannah, una conocida poeta y escritora de policiales, fue la elegida por el nieto de Agatha Christie para escribir un nuevo libro protagonizado por Poirot. El personaje –presente en 33 novelas y más de 50 relatos– surgió en 1920 en El misterioso caso de Styles, el primer libro publicado por la escritora inglesa. Su última aparición fue en Telón, de 1975. La importancia del personaje era tal que el New York Times publicó un obituario, como si se tratara de una persona real.

Con esta propuesta Sophie Hannah cumplía un viejo sueño. A los 12 años su padre –el académico marxista Norman Geras– le había regalado una novela de Agatha Christie y esa lectura había despertado un entusiasmo tan grande que en dos años la adolescente leyó toda la obra de su compatriota.

¿Cómo ser fiel a un legado tan preciado? Hannah eligió una estrategia interesante: incluir en la historia un nuevo personaje (Edward Catchpool, un joven detective de Scotland Yard) y convertirlo en el narrador de la historia. El efecto es curioso: si algún lector muy devoto de Poirot encuentra “algo extraño” en el personaje puede achacárselo al narrador y no a la escritora. En Los crímenes del monograma Hannah optó así por dejar a un lado al Capitán Hastings –mítico compañero de Poirot, una especie de Watson para el detective belga– y buscar un nuevo enfoque.

El argumento de la novela respeta la tradición creada por Agatha Christie. Hércules Poirot es el único cliente en un café de Londres. Son las siete y media de una tarde de invierno de 1929. La puerta se abre y entra una mujer visiblemente sobresaltada. Poirot inicia una conversación y ella le dice que alguien quiere matarla pero que, cuando muera, “se habrá hecho justicia”. El detective insiste en ofrecerle ayuda. La mujer se escapa corriendo. 

Edward Catchpool acaba de volver del hotel Bloxham, donde ha habido tres asesinatos. Dos mujeres y un hombre han muerto, cada uno en un cuarto cerrado por dentro. Han sido envenenados. Los tres tienen algo en común: alguien ha colocado un gemelo con un monograma dentro de sus bocas. 

Los hechos del hotel y el encuentro en el café son puestos en relación; Catchpool y Poirot comienzan a trabajar juntos. Un caso particular, aparentemente centrado en las semejanzas pero al que Poirot analizará buscando las diferencias. Esa búsqueda reflotará una historia trágica sucedida 16 años antes en un pequeño pueblo en el que todos parecen guardar un secreto. Un paisaje humano lleno de mentiras, rumores, calumnias e hipocresía.

Como siempre, al llegar al desenlace, Poirot podrá jactarse de tener “la llave que abre la puerta de los secretos y de la verdad”. A lo largo de la historia habrá tratado de “educar” a Catchpool, haciéndole considerar “las posibilidades más inverosímiles”. El famoso detective belga juega con el policía inglés del mismo modo en que Sophie Hannah juega con el lector: apenas mostrando algunas pistas, haciéndolo sentir perdido en un marasmo de datos inconexos y, finalmente, revelando una línea que une todo aquello que parecía incomprensible.

Es difícil hablar de Agatha Christie sin sentir la tentación de hacer referencia a un episodio extremadamente curioso de su vida. El 3 de diciembre de 1926 la escritora desapareció. Fue un evento sobre el que nunca volvió a hablar. Según se cuenta, abrumada por la muerte de su madre y la infidelidad de su primer esposo, salió de su casa sin decir adónde iba. Al día siguiente su auto apareció abandonado al costado de una ruta. La búsqueda policial fue intensa. Se manejaron muchas hipótesis: suicidio, homicidio, amnesia, truco publicitario. Cuando Christie fue encontrada 11 días después, hospedada en un hotel, dijo no recordar nada. Sin embargo, había un detalle inquietante: se había registrado con un nombre falso y el apellido de la amante de su marido. Nunca se supo qué fue lo que pasó realmente. Agatha, una famosa película de 1979 protagonizada por Vanessa Redgrave, retoma esos días buscando una explicación para el misterio más grande de la “Dama del crimen”. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





martes, 8 de diciembre de 2015

"Ningún lugar adonde ir" - Jonas Mekas




Julio de 1944. Lituania está bajo ocupación alemana. Jonas Mekas tiene 22 años y forma parte de un grupo de resistencia que publica un boletín clandestino. La policía secreta puede identificar a los autores si logra encontrar la máquina de escribir usada para redactar esas noticias. Jonas, el encargado de tipear los textos, siempre la esconde bajo un montón de leña en el granero de su casa. El día en que descubre que la máquina ha sido robada, él y sus compañeros deciden que la única opción es huir. Consigue documentos falsos y escapa con su hermano Adolfas en dirección a Viena. Unos días después, el hombre que será conocido como el “poeta del cine” comienza a escribir su diario. “Mi única conexión con la vida son estos garabatos”, dirá en 1947.

Los hermanos Mekas no logran llegar a destino. Son detenidos por los nazis y enviados al campo de prisioneros de Elmshorn, cerca de la ciudad de Hamburgo.

La guerra termina pero todo parece haber sido destruido. Jonas y Adolfas emprenden un largo periplo por diversos campos de refugiados. Trabajan donde pueden, de sol a sol, a cambio de comida. Son dos sombras más en esa enorme caravana de desplazados que arrastran lo poco que les queda, atravesando los caminos de Alemania. Los hermanos llevan un equipaje singular: todos los libros que pueden cargar.

En 1949 les ofrecen trabajo como panaderos en Chicago. Llegan a los Estados Unidos en el mes de octubre. Jonas es el refugiado número cien mil uno. En cuanto ve Nueva York decide quedarse allí. Compra su primera cámara de fotos. Trabaja como obrero en diferentes fábricas. Visita cotidianamente las agencias de empleo. Descubre en la maquinaria del capitalismo el mismo clima que en los campos de trabajo forzado. Va al cine cada vez que puede. Comienza a filmar. Consigue trabajo en un estudio de fotografía.  

Ningún lugar adonde ir testimonia ese recorrido. La guerra. La prisión. El hambre. La necesidad imperiosa de comida y de lectura. La naturaleza, los pájaros, los árboles, el cielo. La muerte encarnada en los uniformes alemanes. El exilio. La soledad. La vida fragmentaria y precaria de los inmigrantes. El desarraigo. El canto de los borrachos rebotando por las calles. Y Lituania. El poeta no deja de reflexionar sobre esa tierra a la que no puede volver porque ha sido sepultada, destruida por la Historia. 

El diario incluye fotografías, dibujos, cartas, conversaciones y brevísimos relatos.


Un lazo consigo mismo

Cuando Jonas era un adolescente, alguien le dijo que en un pueblo vecino había un hombre que tenía muchos libros. Como ya había agotado la biblioteca de su tío, decidió hacerle una visita. Se encontró con el entusiasmo del granjero –deseoso de comentar sus lecturas– y volvió, una vez por semana, hasta leer todos los libros que su amigo guardaba en un baúl bajo la cama. Un día, sus compañeros de escuela se burlaron de ese vecino. Mekas trató de defenderlo y comenzaron a golpearlo. Se defendió, como pudo, con una vieja pluma de tintero con punta de acero. La anécdota conmueve porque esa será el arma que Mekas seguirá usando toda su vida. Como bien dice Emilio Bernini en el prólogo de Ningún lugar adonde ir, “el diario es afirmación de un lazo consigo mismo cuando se pierden todos los lazos y cuando el mundo está devastándose alrededor”.

Esa afirmación se construye sobre un registro poético, un lenguaje escueto y precioso que trabaja con el núcleo de las cosas, una forma novedosa –quizás inevitable– de dejar testimonio. “En ocasiones me quedaba rezagado para escuchar el canto de los postes de teléfono de madera”, dice recordando su infancia. No es una metáfora. Uno puede ver a ese niño, demorándose en los caminos de Lituania, atento a una música casi imperceptible.

Jonas Mekas es uno de los grandes maestros del cine experimental. Sus películas más reconocidas también reproducen el estilo de una anotación personal sobre el mundo. En Mientras avanzaba azarosamente vi fugaces destellos de belleza (2001), el autor utiliza imágenes obtenidas durante más de 50 años. 

Como crítico, marcó una diferencia en relación a lo establecido. Alguna vez dijo: “Quizá sean las palabras crítico y criticar las que tan a menudo nos confunden. ¿Quién nos ha puesto en la cabeza que un crítico debe criticar? He llegado a una conclusión: el mal y la fealdad se cuidarán solos; es el bien y la belleza lo que necesita de nuestros cuidados. Es más fácil criticar que prestar cuidados. ¿Por qué elegir el camino más fácil?”.

Mekas fue uno de los creadores del Anthology Film Archives, el mayor archivo mundial de cine experimental. Ha publicado más de 20 libros de poesía. Actualmente vive en Nueva York. 

Vale la pena visitar su hermosa página web (http://jonasmekas.com) y disfrutar de la enorme heterogeneidad que hay en sus obras. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




sábado, 5 de diciembre de 2015

Una mañana en la audiencia





Una sorpresa

Hace frío. El auto tiene los vidrios empañados. Afuera hay sol, pero esa luz no llega a calentar el aire. Paso a buscar a una compañera de trabajo y vamos hacia el Parque Sarmiento. Un equipo de mate descansa en el asiento de atrás. Apenas llegamos a los Tribunales Federales, prendo un cigarrillo y sacudo las manos para entrar en calor. Caminamos hasta un quiosco cercano donde nos sirven un café fuerte y caliente.
Hace más de dos meses que esta mañana está incluida en un cronograma. Ya en abril sabíamos que hoy vendríamos a las audiencias de la megacausa La Perla con un grupo de estudiantes extranjeros, en el marco de un programa de derechos humanos.
Sabíamos que vendríamos pero no quién sería el testigo. El juicio va marcando sus tiempos a medida que transcurre.
Somos tres profesores y cinco alumnos. Entramos a la sala. Trato de explicar, brevemente, quién es quién. Los alumnos se quedan mirando hacia la izquierda, donde están los acusados, separados del resto de la gente por una mampara transparente.
Claudio Orosz está de pie, en el pasillo, conversando con alguien. Lo señalo, les digo a mis alumnos que es uno de los abogados de la querella. La referencia que van a guardar de él es “el señor de la corbata roja”.
Una voz pide que nos pongamos de pie. Llegan al estrado los miembros del Tribunal. Su presidente dice que, antes de llamar a la próxima testigo, se verá el documental de su autoría al que se referirá su testimonio. Algunas luces se apagan, el cañón proyecta una imagen sobre la pantalla. Las letras dicen: Escuadrones de la muerte. La escuela francesa. Me sacudo, no sé si he entendido bien. ¿Lo que ha dicho el juez Jaime Díaz Gavier es que luego vendrá Marie-Monique Robin?
El impacto que siento es enorme porque admiro a Robin. Su trabajo es, a mis ojos, imprescindible. Durante años se ha ocupado de abordar temas sobre los que la mayoría prefiere guardar silencio.
Con este documental no sólo obtuvo declaraciones importantísimas de algunos de los responsables de la última dictadura militar sino que sacó a la luz las pruebas que enlazan la “doctrina francesa” aplicada en la guerra de Argelia, la Escuela de las Américas regenteada por los Estados Unidos, el Plan Cóndor y los lazos que hubo entre las diferentes dictaduras del Cono Sur.
Es un documental importante para Argentina, pero también para Francia, donde causó una fuerte polémica por referirse a un tema tabú: la participación francesa en la construcción del horror.


Una pausa

Después de unos minutos de proyección, la película se detiene y vuelve a comenzar desde el principio. Problemas técnicos. La sala –que hasta ahora estuvo en absoluto silencio– se va llenando de voces. Los abogados conversan. Entre quienes estamos acompañando a las víctimas hay sonrisas, muestras de afecto. Saludos. Breves comentarios.
Del otro lado, donde están los acusados, no hay una sola palabra. Ni un solo gesto. En la última fila, uno de ellos duerme. A veces mueve levemente la cabeza. Quizás esté soñando. ¿Con qué sueña un hombre como ese?
Los técnicos logran que la película recomience en el punto en que la dejamos. Allí se narra todo un entramado de “enseñanzas”: la pedagogía de la aniquilación. La tortura como método.
Los escuadrones de la muerte. Las desapariciones. Los helicópteros que tiran cuerpos al mar. Los simulacros de fuga. Manuales detallados sobre los que se construyó luego el terrorismo de Estado en Sudamérica. Me inclino para ver a los acusados. Algunos de ellos están mirando la pantalla. ¿Qué piensan mientras ven esas imágenes?
En el estrado, detrás de los integrantes del tribunal, hay dos banderas oficiales y, entre una y otra, un cristo crucificado. Me resulta extraño ver allí ese símbolo religioso. Una repartición oficial donde se reverencia un culto cuyo principal protagonista fue torturado y asesinado. Muchos de los que están sentados a la izquierda, acusados de torturar y matar, dicen profesar esa misma fe.
A mi lado, una mujer no deja de frotarse suavemente las manos. No llego a saber si es un gesto de nerviosismo, si tiene frío, si está tratando de procesar las cosas que se dicen en la película de Robin. Le convido un caramelo de miel. Me sonríe.
El policía que está justo detrás de la mampara transparente saca una caja de su campera y se mete un chicle en la boca.
Uno de los acusados se levanta de la sala y, antes de salir, suelta un pequeño resoplido. ¿Lo habrá abrumado el documental? La mirada de uno de los camarógrafos está firme en algo que no alcanzo a ver. A veces levanta la vista y hace girar la cámara un poco a la derecha. Al lado de la pantalla, otro policía tiene los brazos cruzados sobre el pecho. El acusado que había salido vuelve a entrar a la sala.


Un testimonio

Orosz, desde el pasillo, le hace una seña a Díaz Gavier. El presidente del Tribunal asiente con la cabeza y anuncia que van a hacer una pausa en la película para recibir a la testigo, que acaba de llegar. Se encienden las luces. Marie-Monique Robin entra en la sala y toma asiento. Desde mi lugar, sólo logro ver su espalda. Un saco de lana que juega en un degradé entre el verde, el violeta y el azul.
Cuando Díaz Gavier le pide que diga su nombre, ella pregunta si debe hacerlo en francés o en español. El juez duda, es una pregunta extraña. El nombre debería ser el mismo. Le dice “en francés”. Cuando la periodista responde, su consulta queda clara.
Al pronunciarlo en francés, su apellido suena algo así como “Gobán”. Apenas termina de decirlo, aclara: “Se escribe Robin. Como Robin Hood”. Ya en esa frase está toda ella.
El tribunal le da la palabra a Orosz, quien ha propuesto a Robin como testigo de contexto. La documentalista ha llegado a Córdoba para presentar su última película, pero ese día fue convocada para hablar de Escuadrones de la Muerte. La escuela francesa (2003), el filme presentado como prueba por parte de la querella.
El abogado hace la primera pregunta. Robin se gira levemente hacia la derecha para mirar a Orosz, que está unos metros más atrás. Díaz Gavier le ha pedido que al responder mire al frente, en dirección al tribunal, para que sus palabras queden registradas por las cámaras y los micrófonos.
La testigo cuenta que, al principio, quería hacer un documental sobre el Plan Cóndor. Al comenzar a investigar, descubrió el rol de los militares franceses en esta operación conjunta de las dictaduras en Sudamérica.
Dice haber sentido dolor al descubrir que su país estaba ligado a esa historia. Menciona la “doctrina francesa” y pregunta si es necesario que presente una breve descripción. El tribunal le pide que lo haga.
La “breve descripción” es un relato detallado, preciso y documentado de uno de los temas más incómodos de la historia francesa. Robin comienza hablando de Indochina.
Cuando termine, habrá dibujado un mapa del horror que atraviesa todas las fronteras e inscribe la última dictadura argentina en un contexto mundial. Su análisis tiene en cuenta el momento histórico, los intereses políticos, los móviles económicos, el colonialismo, el entorno social.
Mientras la testigo habla, los abogados de la defensa conversan en voz baja. Si no fuera que la policía, al ingresar, nos ha dicho de manera explícita que debemos apagar los celulares, diría que uno de ellos está enviando un mensaje de texto. Pero seguramente no es así. Debe de estar haciendo otra cosa, algo que lo obliga a tener ambas manos bajo el escritorio y la mirada clavada en el suelo.
En un perfecto español, Robin habla sobre algunos de sus entrevistados. Ramón Díaz Bessone, Reynaldo Bignone, Albano Harguindeguy.
Dice que posiblemente se le escapen algunos detalles, porque no ha traído notas ni material de apoyo.
Dice que en este tipo de presentaciones –ya declaró en otras causas en Argentina– es necesario prepararse, pero que ella no sabía que iba a ser citada. La aclaración parece innecesaria. Su claridad, síntesis y precisión son impresionantes.
El abogado que hasta hace un rato tenía las manos ocupadas ahora mira fijo una carpeta. Tiene una birome roja con la que va subrayando lo que lee. ¿Es un gesto deliberado? ¿Realmente está leyendo en medio de una declaración? ¿Está adelantando trabajo? ¿Desestimando el testimonio?
En más de una ocasión, Robin dirá que quiere ejemplificar contando una anécdota. Esos relatos son como esquirlas, núcleos concentrados de sentido. Demuestran muchísimo a través de la economía de una sola escena. No alcanzaría el espacio de estas líneas para contar esas anécdotas que hacen brotar del público murmullos, suspiros, incluso risas.
Algunos de los defensores siguen conversando. El registro corporal es de indiferencia. Una de las abogadas se ha girado completamente para poder charlar con su colega con mayor comodidad.


Un nombre

Por último, le toca el turno a la defensa. Las preguntas que plantean no son tales; son aseveraciones formuladas en frases difíciles de entender. No sólo para Robin –que más de una vez pide que le repitan la pregunta– sino para todos nosotros.
El presidente del tribunal se ve obligado a preguntarle al abogado defensor cuál es la pregunta luego de un largo párrafo lleno de afirmaciones por demás cuestionables.
Robin también declara con el cuerpo: no se gira para responder a la defensa. Mantiene la posición que le ha pedido el tribunal, pero esta vez no tiene el gesto de intentar mirar a la persona que la interroga.
El abogado defensor pregunta por las diferencias entre una guerra anticolonialista como la de Argelia y lo que sucedió en Argentina, que él mismo define como “una guerra entre hermanos”. En la sala corre un murmullo. Otra vez la vieja teoría de los dos demonios.
Robin no cede a ese juego. Ella ha sido clara: lo que pasó aquí no fue una guerra sino puro terrorismo de Estado, implantado a través de un plan sistemático preparado durante años.
Ya ha dicho antes que en Francia también hay gente que quiere saber dónde están sus seres queridos desaparecidos. Pero que ella cree que eso nunca va a pasar en su país. “Lo que está haciendo Argentina, Francia nunca lo hizo. Por eso me encuentro muy bien estando aquí”.
Un rato después, el tribunal agradece a la testigo su declaración y anuncia que habrá un pequeño receso. Vamos a pasar parte de la tarde charlando con los alumnos. Es poco lo que puedo decirles.
Ellos han visto todo con sus propios ojos. Son conscientes de que han vivido un día histórico. Uno de ellos me dice: “Ahora sé por qué dijo que su nombre se escribía como Robin Hood”.


Eugenia Almeida
Publicado originalmente en Días Contados
Ilustración original: Juan Delfini