jueves, 30 de junio de 2016

El invierno del lobo - John Connolly



La raíz de todo mal 

Jude lleva años viviendo en la calle. No soporta estar en un lugar fijo y evita los refugios para indigentes. Alguna vez tuvo otra vida pero dejó todo atrás. Aún así, trata de mantenerse informado sobre su hija. La última noticia que recibió fue que le habían ofrecido un trabajo en un pequeño pueblo de nombre prometedor: Prosperous. Y después, el silencio.

Una de las últimas cosas que logra hacer Jude antes de morir es contactarse con Charlie Parker para pedirle que encuentre a su hija. Y esa es la investigación a la que se enfrenta el detective: buscar a la hija desaparecida de un hombre muerto. 

Prosperous es un pueblo de reglas rígidas. Cualquier desafío implica el castigo inmediato. Un lugar en el que nada es privado; hasta lo más íntimo se vuelve material de debate para el Concejo que regula la vida en comunidad. En ese círculo se cultiva el poder, el terror, el silencio, la complicidad y la convicción de que el sacrificio es la herramienta perfecta para complacer a un dios hambriento. Un dios venerado en una iglesia traída -piedra por piedra- desde Inglaterra, a principios del Siglo XVIII. La “Santa Capilla de la Congregación de Adán antes de Eva y Eva antes de Adán”. 

Prosperous es el territorio donde anida la raíz de todo mal; un pueblo que parece un “ser vivo”. Y en ese punto, el nuevo libro de John Connolly alcanza una de sus virtudes: lograr que algo tan inasible como una población se convierta en un personaje omnipresente, ominoso y siniestro.

Connolly sabe jugar bien en los límites: desde hace años viene borrando la frontera entre  la novela policial y la novela gótica centrada en lo sobrenatural. El autor irlandés sabe que los miedos, a veces, provienen de fuentes más profundas que las que suele abordar la novela negra clásica. Connolly pone a sus personajes en el centro exacto de una lucha mítica: la más antigua, la más básica, la original: la lucha del Bien y el Mal con mayúsculas, dos potencias invisibles capaces de tomar forma y anidar en los seres humanos. 

El invierno del lobo es la última entrega en español de las novelas protagonizadas por el detective Charlie Parker. Es importante aclarar que, aún si los lectores de la saga podrán hacer una lectura más profunda, no es indispensable haber leído los libros anteriores para disfrutar de este nuevo trabajo de John Connolly.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




viernes, 10 de junio de 2016

Memoria por correspondencia - Emma Reyes



Aquel infierno de la infancia 


Cuando la pintora colombiana Emma Reyes murió en Francia en 2003, tenía 84 años. Argentina, Uruguay, México, Israel, Italia y Estados Unidos fueron algunos de los lugares en los que vivió. Podríamos decir que Reyes era nómade. O quizás sea más justo decir que su único equipaje era ella misma, una mujer inquieta que nunca dejó de buscar. 

En 1969, Emma escribe una carta a su amigo el historiador y escritor Germán Arciniegas. Allí, la pintora cuenta parte de su infancia. Arciniegas queda conmovido por lo que lee y pide más. Más cartas, más de esa voz única relatando de un modo singular los años espantosos de la violencia y el desamparo. Reyes accede. Entre 1969 y 1997 escribe otras veintidós cartas. 

En 2012, casi diez años después de su muerte, aquellas cartas se convirtieron en un libro editado en Colombia bajo el título Memoria por correspondencia. Hace unos meses, Edhasa tuvo la excelente idea de publicarlo en Argentina. 

Uno se queda sin palabras al leer a Emma Reyes. Es lo que pasa cuando se asiste a un uso nuevo del lenguaje. Un uso despojado y florido a la vez. Lúdico y terrible. Ingenuo y  desencantado. Reyes relata su infancia con la mirada de la niña que era. Y así nos devuelve una  forma de ver el mundo que, en su inocencia, desnuda lo que nuestros ojos han naturalizado para poder sobrevivir. 

En “Leona pura, leona oscura”, el impecable prólogo que abre el libro, Leila Guerriero señala que  Memoria por correspondencia es “la historia de una desgracia. Pero de una desgracia contada con la más alta gracia que se pueda imaginar”. No hay palabras más exactas para hablar de este libro. 

Las cartas de Reyes hablan de una infancia de infierno que transcurre en lugares cerrados bajo llave. Los adultos son sombras fugitivas o temibles. Hay separaciones, mudanzas, pérdidas.  Siempre hay algo que callar o alguien oculto y encerrado. Emma describe con precisión el abandono definitivo en una estación de tren, la esclavitud  institucionalizada en un convento y finalmente, la huida. Ahí se detiene el relato, que no se refiere a lo que vino después. Con eso colaboran las palabras que Arciniegas escribió en 1993 y que en esta edición aparecen como anexo. También se incluyen algunos dibujos y la versión facsimilar de la primera carta manuscrita que Reyes escribiera en París el 28 de abril de 1969.

Memoria por correspondencia no es sólo un libro necesario. Es, claramente, indispensable.


Eugenia Almeida



martes, 7 de junio de 2016

El niño 44 - Tom Rob Smith




Sangre en la nieve 

Moscú, 1953. En las vías del tren aparece el cadáver destrozado de un niño de 4 años. Su familia dice que ha sido asesinado. El gobierno necesita que sea un accidente: en la Rusia de Stalin no existen ese tipo de crímenes, la Revolución los ha hecho imposibles. Algo así sólo puede ocurrir en la decadencia del sistema capitalista. Leo Stepánovich Demídov, miembro del Departamento de Seguridad del Estado, es enviado a informarle a la familia el resultado de una investigación que confirma esa teoría. 

Demídov, ferviente defensor del régimen, aceptará ver y hacer cosas terribles en nombre de lo que considera un bien mayor. Detenciones masivas, tortura, asesinato. Tareas cotidianas de la policía secreta. Sin embargo, su compromiso será puesto en cuestión y se le ordenará  seguir a su propia esposa, sospechada de “actividades antisoviéticas”. La estructura comienza una lenta implosión. Demídov abre los ojos y ve el otro lado; lo que implica convertirse en presa del sistema en el que, hasta ahora, ha trabajado como predador.  Aunque salva la vida por la confusión que trae la muerte de Stalin, es castigado, degradado y enviado a una pequeña población alejada de la capital. Allí se encontrará con muertes muy similares a la que tuvo que investigar en Moscú y descubrirá las huellas de un asesino serial. 

Mucho más que un policial, El niño 44 es una novela que muestra los lazos que los poderes políticos lanzan sobre los individuos para obligarlos a aceptar sus mandatos y a olvidar que son los gestos de sumisión o de rebeldía los que construyen el mundo. El ambiente que pinta Smith no por conocido deja de ser escalofriante. La policía secreta trabaja con una lógica basada en el terror. La culpabilidad surge en el mismo momento que la sospecha y se invierte el principio de inocencia: todos son culpables hasta que se demuestre lo contrario. La única prueba necesaria es la confesión; la herramienta es la tortura. El horror no está sólo en las salas de interrogatorio. Está en las calles, en las escuelas, en lo que aprenden los niños, en lo que se dicen entre sí los vecinos. Un mundo en el que la paranoia es “una virtud que entrenar y cultivar”; una habilidad indispensable para la supervivencia.

Tom Rob Smith nació en Londres en 1979. El niño 44 es su primera novela. Traducida a 37 idiomas, fue elegida como “uno de los cien mejores thrillers” de todos los tiempos. Es interesante destacar que parte de la novela está inspirada en la figura de Andréi Chikatilo, “el carnicero de Rostov”. El acierto de Smith es haber trasladado esos hechos a una de las épocas más tenebrosas de la historia europea. 




Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




sábado, 4 de junio de 2016

El desapego es una manera de querernos - Selva Almada




Escenas de la vida familiar

Una niña y su primo. Un velorio. Los preparativos antes de ir al baile. Un accidente en la ruta. La llegada de un circo al pueblo. El asesinato de una chica. Un obrero que muere al caer de un poste. Una noticia que se comparte a la hora de la cena. Una empresa de energía eléctrica. Los trabajadores golondrinas. Un parador de camioneros. Un capataz herido, tirado en una cama, con una pierna deshecha. Un prostíbulo. Una cámara de fotos. Un acordeón. Un incendio. Un camión que transporta un cadáver. Una madre que espera a su hijo. Una fábrica procesadora de pollos. Una llamada desde un teléfono público. Un frigorífico. Un partido de futbol. Un regalo traído de lejos. Una mujer que fabrica piernas ortopédicas. Un padre y una hija devolviendo un pez al río. La vejez. La memoria que se va o que vuelve de una manera feroz. Un suicidio. Cartas y fotografías. Ausencias. Esperas. Vigilias. La muerte. Lo pequeño y lo desmesurado. El mundo, infinito, como una manta que puede cobijar o asfixiar. Las mentiras, los secretos, los viejos rencores, las cuentas pendientes. La trampa en la que nos encierra la mirada ajena.  

Todo eso se cruza en El desapego es una manera de querernos, el último libro de Selva Almada. Una colección de cuentos en los que el centro de gravedad parece ser la familia. Y la infancia, claro: esa enorme extensión de tiempo en la que somos absolutamente vulnerables a lo que nos ha tocado en suerte.

En una entrevista, Almada dijo: “Yo no creo en la familia. Me parece una institución tremenda: todos los abusos, las mentiras, la hipocresía se aprenden ahí, en esos primeros años, en el seno de algo que supuestamente tiene que cuidarte y llenarte de amor. Y no hablo de mi familia en particular, sino de la familia en general, de la familia argentina de clase media, los domingos en familia, lo primero es la familia… todo eso lo critico, lo pongo en cuestión, no me interesa como forma de vida, pero sí como materia de la ficción.”

Esa materia de ficción es el entramado en el que se construyen muchos de los cuentos de la escritora entrerriana. Algo hace eco y trae a la memoria la atmósfera de algunos relatos de Silvina Ocampo. Esa sombra siniestra presente en lo cotidiano, en la mirada extrañada ante lo que hasta hace un minuto nos resultaba familiar. Hay algo inquietante en los cuentos de Almada. Y así como recuerda a Ocampo, hay ciertos sonidos, ciertas opresiones, ciertas sombras que traen a Horacio Quiroga, a Haroldo Conti o a Joseph Conrad. Uno dice nombres como si diera coordenadas. Sólo mojones para hacer un boceto inicial del territorio. Ese territorio que tiene la marca de Selva Almada y que dibuja redes que la ponen en relación con otras escritoras contemporáneas como Samanta Schweblin, Alejandra Costamagna, Ester Cross o Fernanda García Lao.

La capacidad de Almada para retratar ambientes y paisajes es admirable. Con pocos elementos puede recrear en detalle la vida de un pueblo. Bailes, chacareros, trilladoras, tractores. Las calles y las bicicletas. Los televisores en la vereda, iluminando la oscuridad de la noche. El olor a la tierra mojada después del paso del camión regador. El calor sofocante. Un horno de ladrillos. Un sulky. Rutas, campo, animales, gomeras, conejos, perros, murciélagos, pasto. El basilisco, la Luz Mala, las almas-mula. La especie humana luchando contra sí misma rodeada de una naturaleza que cubre, sostiene y aplasta a la vez. 

En El desapego es una manera de querernos hay relatos autobiográficos, postales de la memoria que la escritora trabajó desde la ficción. Hay un abordaje preciso en el uso del lenguaje; diálogos y voces que se sostienen perfectas en su sonoridad. Y hay personajes, lugares y objetos que se repiten y van enlazando las historias en un escenario compacto.

Estos cuentos, escritos entre 2004 y 2014, fueron publicados originalmente  en diversos libros, revistas, diarios y antologías. Es para celebrar la idea de recopilarlos en un solo volumen.

Selva Almada nació en Villa Elisa, Entre Ríos, en 1973. Ha publicado Mal de muñecas (2003), Niños (2005) Una chica de provincia  (2007), El viento que arrasa (2012) Ladrilleros (2013) y Chicas muertas (2014). Algunos de sus libros han sido traducidos al holandés, el italiano, el portugués y el francés.

Actualmente trabaja escribiendo crónicas sobre el rodaje de Zama, la película de Lucrecia Martel basada en la novela de Antonio di Benedetto.




Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





miércoles, 1 de junio de 2016

Hasta que te conocí - Luis Gusmán




Mentira la verdad 


Existe algo que podríamos llamar la “cosmogonía Gusmán”, una red de puntos sobre los que el autor vuelve una y otra vez, versionándolos, transformándolos a la luz de una nueva historia. No se trata sólo de ciertos temas (los dobles, los muertos, el duelo, la identidad, los fantasmas, las réplicas) sino, fundamentalmente, de cierta atmósfera. Una clima siniestro y familiar, un eco que vuelve a sorprender, un permanente deslizamiento de sentidos. Si uno recorre la obra del escritor argentino podrá reconocer, aquí y allí, esas líneas que van atravesando cada uno de sus libros. Y sin embargo, ninguno de ellos se parece entre sí. 

Hasta que te conocí comienza con una marca de agua propia de Luis Gusmán: un sueño en el que un muerto habla. El soñador es Walenski, un ex pesista que trabaja en un gimnasio de Avellaneda. El muerto es Smith, su viejo amigo y compadre. Dos personajes heredados de Tennessee, un libro que Gusmán publicó en 1997.

Walenski sobrevive como puede, convertido en “un hombre solo” que repite su rutina cotidiana. Algo cambia cuando una chica viene a buscar a uno de sus clientes. Ella está embarazada, él ha desaparecido. Walenski se siente convocado por esa historia. Decide ayudar. A su manera.

Poco después aparece un cadáver en una zanja. Cerca del cuerpo, un perro muerto. Ambos han recibido una bala en la cabeza. El inspector Bersani es el encargado de investigar el caso.

Un comisario, dos mujeres, un ex pesista, el dueño de un boliche, un stripper, cuerpos tatuados, un féretro cargado por un grupo de patovicas, la Asociación Protectora de Animales, un viejo en un geriátrico, una veterinaria, las zonas liberadas, las peleas clandestinas de perros, las fábricas abandonadas, una carta, una urna con cenizas y el Riachuelo. Todo se cruza en este policial en el que lo central no es el enigma sino las reacciones de cada personaje ante una realidad turbia que se presenta como confusión, como malentendido o como mentira. 

Estructurada en ocho capítulos, la novela va recorriendo diferentes escenarios de la Capital federal y el Conurbano bonaerense. Son muchos los temas que Gusmán hace jugar en este libro: los cuerpos como mercancía, la vejez, el paso del tiempo, el desgaste, los celos, la corrupción, la soledad, los amores desencontrados, la violencia y los fracasos. Pero finalmente todo eso confluye en una palabra: duelo. Lo que experimentamos cuando algo nos falta. Algo que se hace presente desde su ausencia. Como los muertos. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X