viernes, 30 de diciembre de 2016

Entrevista a Guillermo Saccomanno




En tránsito y en trance


Seis cuentos certeros, precisos, filosos. Seis modos de asomarse a una complejidad difícil de nombrar. Seis versiones del temblor, el límite, la soledad, el abismo, la ausencia, el borde. Ese es el territorio donde trabaja Guillermo Saccomanno. En Cuando temblamos, su último libro, el autor avanza un paso más. No es casual que la tapa ofrezca la imagen de un camino  perdiéndose en la oscuridad y la niebla. Un camino que nos lleva a un lugar irremediable, irreversible; un viaje que va a dejarnos su marca para siempre.

–Tus personajes tiemblan de miedo, de furia, de frío, de ese furor hueco que hay entre una cosa y otra. ¿Qué te hacía temblar mientras escribías estos cuentos?

–Durante años, en Villa Gesell, me confiné en la lectura de filosofía y poesía. Es verdad, estaba hastiado de la prosa. Y poco de lo que se publicaba me atraía. Encontraba una standarización de las prosas, salvo algunas excepciones. Gesell también suele enfrentarme conmigo y esto me pasó en los últimos años. Ahí me puse a leer Kierkegaard. Tratar de entender y aceptar la angustia como natural. Temblor ante el deterioro físico, miedo en lo social –por ejemplo este gobierno de derecha, neoliberal de pura cepa, que cercena libertades y devasta lo que encontró del anterior–, el temblor como componente de lo cotidiano. El temblor es parte de uno. No es sólo una metáfora. La escritura de estos cuentos me impuso escarbar el asunto. Uno tiembla ante lo que vive en lo social pero también por lo personal. Cuando estuve internado por una meningitis y más tarde por un accidente cerebral, pedía mi cuaderno de diario. Me aterraba perder la conciencia del día anterior. El diario, la escritura, me ayudaba a situarme en el presente. Me costaba reconocer mi letra. Pero me las ingeniaba para adquirir una cierta conciencia de la situación.

–Muchas de estas historias transcurren en territorios en los que se pierde toda referencia de tiempo y espacio. ¿Es inevitable pensar en territorios así si uno se enfrenta a la ausencia?

–La intemperie, esa es la constante de estos cuentos. Una intemperie que, vuelvo a repetirme, es lo social pero también, a menudo, la propia conciencia. Mi compañera Fernanda García Lao me pasó una conferencia de Derrida: “¿Por qué no temblar?” Fue un texto iluminador. Los personajes de estos cuentos están librados a su suerte en la inclemencia y el desasosiego. Por delante se encuentran con el desierto –y no sólo como categoría filosófica–. Se trata del desierto del alma, la pregunta dostieskiana de qué pasa si Dios no existe. ¿Está todo permitido? Aunque no se lo cuestionen explícitamente estos cuentos refieren la ausencia de Dios en ese sentido. En este aspecto la Patagonia, un territorio que recorrí bastante años atrás y que a menudo aparece en lo que escribo me atraía como posibilidad de paisaje. A la vez, siempre el camino, esa fusión del camino concreto con el camino existencial, llámese Tao o llámese elección de destino. Y los personajes de estos cuentos, todos, están en el camino, en tránsito y en trance.  

–“Escribo para olvidar” dice uno de tus personajes. ¿Para qué escribís vos, hoy?

–Los escritores mentimos y nos mentimos bastante. Hablamos de la memoria. Pero basta a veces escribir un hecho traumático vivido para pasarlo al sótano de los recuerdos. No creo ser una excepción. Me olvido de lo que escribí. No puedo volver sobre lo publicado. Ni quiero ver mis libros anteriores. Ya este mismo libro corresponde a lo anterior. Escribo hacia adelante, sin mirar demasiado atrás. Escribo como resistencia, escribo porque no encuentro otra forma de salir de mí mismo, escribo porque creo que del otro lado de la página hay otro, otro que es y no es mi doppelgänger, pero se le parece. Escribo porque me parece un acto de búsqueda de solidaridad. Escribo porque, siguiendo a Pavese, es un oficio, el oficio que elegí o me eligió. Y tiene que ver con el oficio de vivir.

–En algunas de estas historias está presente la idea del Mal. ¿Cómo definirías vos este concepto? ¿Dónde encarna hoy?

–El Mal, como absoluto, lo tenemos corporizado, a la vista, con sus pasitos de cumbia en el balcón de la Casa Rosada. Su doble discurso, su impunidad en el robo con una sonrisa buitre, la transferencia de recursos de los pobres a los ricos. Ese Mal que festeja su impunidad entre globos amarillos es el que hoy despide, hambrea, reprime como método de disciplinamiento. Ese Mal enquistado siempre en el poder de turno, pero que hoy se visibiliza en su impunidad mediática. Ese Mal que, no nos hagamos los distraídos, fue la elección de un 51 por ciento de votantes. El Mal ha sido, mal que nos pese, una elección existencial del prójimo que nos flanquea.

–¿Que estás leyendo?

–El último año, Marguerite Duras, casi todo Duras. Y los diarios de Kafka. Y como siempre, poesía. Mis lecturas pueden rastrearse a través de las notas que escribo para Radar. Una lista que comprende tanto a Pound como a Tranströmer, a Celan como a Strand. Cada vez más estoy convencido que los narradores debemos prestarle más atención a la creación poética. Por qué negarlo: la poesía es mi frustración secreta.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero






lunes, 26 de diciembre de 2016

Comentario sobre L´Échange ("La tensión del Umbral") - Lionel Besnier (Délibéré)




Les habits d’ombre 

Lionel Besnier 

Le genre idéal est noir. Comme un polar, un thriller, une enquête judiciaire ou un roman naturaliste. Et c’est de l’humain, de la tragédie grecque, du meurtre, en série, passionnel, accidentel, d’État, ordinaire parfois.


“Tobias ne le sait pas encore. Si on est trop près, on ne voit rien.” Ainsi pense un journaliste de faits divers, revenu de nulle part après avoir sombré en hôpital psychiatrique et qui accompagne un novice sur les lieux d’un drame, une vie terminée sur un bout de trottoir sous la lumière en cône d’un lampadaire. Un rond jaune dans le noir, premier et dernier coup de projecteur sur une vie jusque là totalement anonyme et destinée à le redevenir dès le lendemain une fois le journal fermé.

Pourquoi ce corps désarticulé plutôt qu’un autre éveille-t-il une telle empathie chez le professionnel des âmes perdues ? Pourquoi s’arrêter un soir sur le Köln Concert de Keith Jarrett et le réécouter sans cesse jusqu’à en intégrer les notes dans le sommeil ? Recevoir une émotion demeure un mystère. Être bouleversé ne s’explique pas toujours. De la même façon, la laideur en politique qui détermine du destin des personnes, n’avance pas à découvert avec des pustules sur les paupières. Elle peut être habillée comme un cardinal en civil et condamner ensuite les exclus de son troupeau à n’être que des bannis économiques, des subversifs à matraquer, des “pointés du doigt” condamnés à l’errance.

L’Argentine Eugenia Almeida pose son récit à l’heure de la convalescence crépusculaire d’un pays martyrisé. L’espoir demeure dans le gris. Elle l’écrit, entre autres phrases : “Il existe toujours le risque que quelqu’un arrive et, de façon inattendue, devienne nécessaire.” Y compris dans le chaos, les brumes et les portes fermées d’une ville marquée par les non-dits. Ce quelqu’un est une inconnue de soixante ans dans un café. Une solidarité inattendue proposée dans une hémérothèque. Le courage gratuit d’un anonyme qui déchire une page. Il pourrait y avoir un peu d’Asphalt jungle dans ce roman par ailleurs servi d’une traduction si remarquable qu’elle donne l’illusion de le découvrir dans sa langue première. La poésie du sombre et des cœurs blessés y va de pair avec l’onirisme dans un pays jamais nommé. Cela pourrait être l’Argentine des enfants volés, la France restée après Vichy du côté de sa majorité silencieuse, l’Italie sous tutelle, la Pologne des pogroms refoulés ou l’Amérique post-dictature, mal guérie d’un triomphe des milices. Cela pourrait être une autre forme de Gotham city, les supers héros en moins ; l’équivalent en fiction de l’univers de Sokal où l’inspecteur traîne en imper, clope au bec, ses obsessions suicidaires ; un homme à tête d’animal issu des mêmes zones troubles et dangereuses que ceux qu’il traque, tous issus d’un passé les tirant de son poids vers le fond.

Cela pourrait être partout où, de l’histoire des dictatures et des coups tordus, remontent des créatures à la gueule grand ouverte. Comme un avertissement involontaire aux conséquences de l’ordre moral, du recul des égalités et de la tentation de l’autorité pour tous ceux qui, à force d’en manquer, rêvent de s’y soumettre.

Le drame ? Une jeune femme sans passé et sans famille, après avoir braqué un homme à la sortie d’un bar, retourne son arme contre elle et se tire une balle entre les deux seins. Sa cible lui a tourné le dos sans se retourner, ni même accélérer au bruit de la détonation. Personne ne sait. Personne ne parlera. Mieux vaut privilégier la thèse de la violence faite à soi-même en ultime désespoir. La facilité du chagrin d’amour. Le suicide d’une femme.

Guyot, lui, veut comprendre. Plus exactement, cela s’impose. Régulièrement des chapitres scandent sa propre enquête et renseignent sur les forces de l’ombre qui le suivent, comme des fantômes derrière les murs, prêtes à venir le prélever du monde des vivants. Un flic est renversé pour avoir ouvert un dossier. Un autre martyrisé. Une guirlande de morts violentes ajoute régulièrement à son serpent de nouvelles ampoules grillées. Nouveau suicide. Accident de la route. Exécution sommaire. Rixe. Guyot avance vers son propre destin tel un fantôme de lui-même plus fort que les menaces. Plus vivant que n’importe qui dans son refus de la défaite humaine drapée sous les traits de la raison. Si la peur est au centre de tout, elle ne le concerne plus. Ni la crainte physique de la torture, ni l’angoisse du licenciement, ni celle de la disparition ou cette terreur banalisée inscrite dans les subconscients, jusqu’au magma de l’être. Ce n’est même pas du courage. Guyot erre le soir dans l’espoir de finir dans un bar à écouter l’histoire d’un autre, la voix d’un autre, la réponse d’un autre. Pour s’oublier, mais aussi forcer la fin des solitudes.

“Si on est trop près on ne voit rien.” Certes. Et si on est seul, on ne va nulle part. Ne pas laisser tomber. Quitte à remonter le temps, quitte à se confronter au pouvoir quasi surnaturel d’un homme terrorisant les plus durs. Les portraits sont fulgurants. L’auteur convoque l’uchronie, l’enquête, le roman noir et la politique fiction et donne vie au genre idéal dans une maestria propre et nette comme la découpe d’une lame au diamant. Eugenia Almeida laisse passer une lumière féroce. C’est magnifique et glaçant. La fille avait un prénom. Des voix conspirent à l’oubli. Des hommes tombent comme des bibelots des étagères. D’autres, tirés de la vase, sèchent comme des anguilles laissées au soleil. La même impunité demeure pour celui qui ne veut que sa tranquillité et s’arroge un droit de vie et de mort. N’est-ce pas finalement le plus horrible ? Cette facilité de tuer les gens d’une phrase, d’un trait, d’un chiffre, d’une décision ? En laissant à d’autres le soin d’exécuter les ordres.

Lionel Besnier




viernes, 23 de diciembre de 2016

Disfrazado de novia - Carlos Schilling




El otro, el mismo

Disfrazado de novia es el último libro de Carlos Schilling; una colección de ocho relatos que ya desde el título señala su filiación con el camino que viene recorriendo el escritor de Sunchales. Metamorfosis, cuerpos que cambian, identidades que se replican y se deshacen para volver a transformarse. Estos cuentos –pequeñas miniaturas de un tiempo alterado– nos recuerdan que lo más interesante de un rostro enmascarado no es el rostro ni la máscara sino la particular relación que se establece entre ellos.

Siete de estos cuentos están escritos en primera persona. Y hay algo en ese recurso que nos lleva a un relato oral, una historia que alguien desgrana, un sonido que nos atrae y nos mantiene alertas. Es uno de los muchos méritos del libro: fluir con la naturalidad del agua.

Los personajes transitan esa brecha siempre dolorosa, siempre sorprendente, entre lo ideal y lo posible. Algunas escenas quedan en la memoria por su construcción serena y sensible: un chico levanta una corona de novia después de que alguien es atropellado; un hijo se viste furtivamente con el traje de su padre muerto; un hombre tira trofeos y medallas en un camino rural. Herencias,  lenguaje, lazos.

Schilling retoma aquí algunos elementos que ya habitaban su libro anterior, Experimentos con seres humanos. Reaparece ese humor  irónico, tierno en su búsqueda de lo ridículo porque lo ridículo –en este caso– revela fragilidad: en nuestra torpeza se evidencia nuestra humanidad. Reaparece el interés por los dobles, los guiños, las claves. Schilling ofrece su propia vida a ese juego: pone a trabajar ficción y autobiografía cuando la figura del autor se superpone, se confunde, se desdibuja en la figura de algunos de sus personajes. Disfrazado de novia se mueve también entre el homenaje y la parodia. ¿A quién homenajea y a quién parodia Schilling? A los colegas –escritores, filósofos,  periodistas–, a sí mismo y, quizás, a un viejo amor, siempre nuevo en su hacerse presente.

Disfrazado de novia juega a cruzar el tiempo. “El futuro duele como si ya hubiera pasado”, dice un personaje. De eso se trata. Imaginar, proyectar, clavarse aquí para hacer tracción de un futuro que ya huele a viejo porque todo lo soñado ha sido engendrado en los sótanos del pasado. Sólo nos queda cambiar de máscara o arrancarnos el rostro o transformarnos hasta convertirnos en otro y ser, finalmente, el mismo.

Schilling está haciendo una obra. Los suyos no son libros aislados. Se trata de una constelación,  un sistema, casi un ser vivo. No hay repetición aquí. Son reflejos, ecos. Fuerzas que pasan de un cuerpo a otro: fallidos clones que –felizmente– fracasan porque, aun buscando ser idénticos, exhiben su diferencia. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero



miércoles, 21 de diciembre de 2016

Notable recepción francesa de “El intercambio” (Gabriel Ábalos - Diario Alfil)




Notable recepción francesa de “El intercambio”

La novela de Eugenia Almeida “L’Échange”, a un mes de su aparición, es favorita entre críticos y libreros galos. En una charla, la autora se refiere al premio que acaba de otorgarle la revista Transfuge.

Por Gabriel Ábalos


La novela policial L’Échange de Eugenia Almeida, recién publicada en Francia -traducción de La tensión del umbral-, acaba de ser distinguida por la publicación francesa Transfuge, que cada año anticipa la temporada de grandes premios literarios develando sus favoritos en once categorías dentro de las novedades bibliográficas. La novela de la escritora cordobesa fue lanzada hace un mes al mercado francés por la editorial Metaillé, la misma que tradujo y editó sus dos libros anteriores.

Eugenia Almeida se manifiesta muy honrada por la distinción: “Un premio como este es un enorme privilegio –dice-. Hay muchísimos libros en el mercado editorial francés. Que Transfuge haya reparado en esta novela es un honor”; al mismo tiempo, la autora declina especular con las posibles consecuencias del galardón, que no posee una retribución económica: “Más allá de eso, decir qué puede provocar sería casi imposible. Los libros hacen su propio camino y muchas veces ese camino es misterioso.” Cuenta Almeida que ya tenía conocimiento de la publicación que le acaba de otorgar un importante voto de confianza a su novela, y destaca el hecho de que “Francia tiene una tradición de revistas de calidad realmente envidiable. Soy periodista de profesión y siempre me fijo en eso: diarios y revistas de cada ciudad y país al que puedo acceder. Pararse frente a un quiosco de revistas en una ciudad francesa es una experiencia deslumbrante. Por la variedad y la calidad”.

Transfuge comenzó a aparecer mensualmente en 2004 y se focalizó en cubrir la actualidad cultural, particularmente la literatura y el cine. Sus “corazonadas” anuales son respaldadas por el prestigio que se le reconoce a la publicación en los ámbitos literarios; entre sus categorías se incluyen distinciones a la mejor novela norteamericana, a la mejor novela francesa, a la mejor novela europea y a la mejor novela hispánica. Precisamente esta última es la categoría por la que le fue otorgado el premio a Eugenia Almeida. La escritora comparte así el podio de Transfuge 2016 con los autores franceses Léonora Miano, Olivier Py y Santiago Amigorena, con los estadounidenses Chris Kraus y Emma Cline y con el sueco Steve Sem-Sandberg.

L´Échange es la tercera novela en edición francesa de Almeida. “Se publicó en agosto. Es el tercer libro que publico en Francia, siempre en Editions Métailié. Anne Marie Métailié fue una de los jurados que le otorgaron el Premio Dos Orillas a mi novela El colectivo, en 2007. De allí surgió nuestra amistad y nuestro trabajo en equipo. Para mí es un privilegio tener a madame Métailié como editora. Saber que ella confía en mí es un enorme aliciente.”

El traductor de L’Échange fue François Gaudry, el mismo que “ya tradujo al francés mi segunda novela La pieza del fondo. Si bien el título original del libro premiado era La tensión del umbral, el de la traducción francesa se titula El intercambio. Comenta al respecto, Eugenia que “a veces, de una lengua a otra, se toma la decisión de cambiar el título. Creo que L´Échange es un título perfecto para la historia que cuenta la novela. Fue una sugerencia de Anne Marie Métailié y a mí me pareció que iluminaba una zona diferente a la que ilumina el título en castellano.”

Pese a su reciente aparición en las librerías parisinas, L’Échange ha cosechado comentarios muy alentadores: “Ya han salido algunas críticas y estoy muy conmovida con eso porque la recepción es muy buena. Estoy atenta no sólo a lo que dice la prensa especializada sino a los comentarios de los libreros (hay una tradición francesa que consiste en que los libreros señalen aquellos libros por los que tienen una corazonada) y también de los blogueros que se dedican especialmente a la literatura”, dice Eugenia Almeida.

Entre las críticas de la prensa especializada, Cécile Pellerin de la revista ActuaLitté escribió que L’Échange es una novela “aspirada por una mecánica rítmica, rigurosa y seca, verificada en una tonalidad dura aunque fascinante, un silencio perceptible y sostenido, profundo y opresivo, una historia política compleja y aterradora, que no afloja, literalmente magnetizada por el poder de una escritura ajustada de forma magistral a la intriga.”

Entre los comentarios de libreros, se destaca uno de Vincent Ladoucette, de la librería Privat de Toulouse, quien escribe: “Acabo de terminar L’Échange, que encontré magnífica (…). La hermosa escritura de de Eugenia Almeida, a la vez factual y extremadamente poética, sirve perfectamente a la negrura implacable de esta novela. Los pasajes que constan exclusivamente de diálogos aportan mucha profundidad a la historia y a la intriga, que a primera vista parece simple, pero que se revela rápidamente como rica y compleja, gracias a las numerosas ramificaciones que el lector va descubriendo”.

En lo referente al acompañamiento a la circulación de la edición francesa, cuenta Eugenia que tiene “previsto un viaje en unos días. Era algo que estaba planeado antes del premio. Voy a visitar diferentes ciudades de Francia acompañando el libro en festivales, charlas y encuentros con los lectores.” Reflexiona la galardonada escritora que “un libro es algo que surge del esfuerzo y el acompañamiento de muchas personas. Para mí, la gran alegría ha sido compartir esta noticia con ese puñado de personas que saben que son imprescindibles. Para el libro y para mí.” Aunque no tomó aún contacto con la revista Transfuge, afirma Eugenia que “cuando lo haya, me gustaría decirles que estoy feliz. Y que agradezco enormemente esa distinción.”

5 septiembre, 2016




lunes, 19 de diciembre de 2016

Basura para unos, tesoro para otros





Hambre, hambre, hambre de verdad, por primera vez, a los 16 años. Antes, la comida había sido siempre suficiente. Pero ese año la suerte cambió y yo empecé a dar otro valor a las cosas materiales.

Muchas eran superfluas. Pero el abrigo y la comida entraron en la categoría de tesoros. Cuando había suerte, caminaba por la avenida Vélez Sársfield –en el centro de Córdoba, que en esa época estaba llena de bares– y siempre encontraba a alguien que me invitaba algo.

Mis amigos tenían un par de años más que 
yo, la mayoría estudiaba teatro y solían habitar La Tramoya, el Bar de Rodi, el Castelar. Lugares que ya no existen.

Después de las 22, era fácil encontrarlos ahí. Tomaban cerveza y comían pizzas a las que siempre me sumaban. A veces se reían cuando yo prefería pedir un café con leche y criollos. Pero me daban con el gusto. Yo era una especie de mascota, alguien demasiado joven para ellos, alguien a quien cuidar.

Cuando no había suerte, cuando no había amigos a la vista, la cosa se volvía más complicada. Pero me las arreglaba. Adquirí una habilidad bastante inusual. Al paso, sin detenerme, cuando estaba al lado de una mesa en la vereda en la que alguien acababa de levantarse para irse, con un gesto velocísimo era capaz de levantar –sin que nadie lo viera– los bordes de las porciones de pizza­ que habían quedado en el plato. ¿Por qué la gente dejaba eso? ¿Por qué no los comía? Para mí, siempre fue un misterio y, en esos días, un misterio que agradecía.

Fue entonces cuando empecé a preguntarme cómo lo que alguien desecha puede convertirse en lo que otro desea. Cómo las cosas pueden ser tan extrañas. Nunca volví a ver la basura del mismo modo. En esas noches, las bolsas que había 
en la calle se convirtieron en la materialización de las paradojas. Después la vida mejoró. Pero la mirada ya había cambiado.


Peatones

En 1994, viví un tiempo en el extranjero. Suiza. Un país rarísimo, donde el orden puede llevarte a la locura. Digo “un país”, pero quizá sea una exageración. Sólo conocí una pequeña ciudad del sur. Hice amigos que me fueron contando cómo era la vida ahí. Yo miraba todo con ojos de ex­tranjera. Preguntando, preguntando, volviendo a preguntar.

Una tarde, mi amigo Luca me avisó que en unos días sería la jornada para la basura especial y que eso era algo que yo tenía que ver. Comíamos bien. Pasta, arroz, pan. Pero en cantidad suficiente. No pasábamos hambre. Lo que Luca me invitaba a ver era otra cosa. Algo que yo no había imaginado.

Se llamaba basura “ ingombranti ” y era aquello que no podía sacarse todos los días. Luca me dijo que saldríamos a la noche, pero no muy tarde, antes de que pasaran los camiones que se llevarían lo que la gente había tirado.

La ciudad parecía deshabitada. Nunca había salido a esa hora, la actividad terminaba temprano, casi todos estaban en sus casas. Quizá por el frío, quizá por la cultura.

Ahora caminábamos solos por las calles vacías y yo me acordé de “El peatón”, un viejo cuento de Ray Bradbury. El relato narra la historia de Leonard Mead, un hombre que por las noches camina solo en una ciudad en la que todos están en su casa mirando televisión. Es 2052.

“La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles”. Eso dice Bradbury.

Y así me sentía yo. Salvo que no estaba sola: a mi lado caminaba Luca que, como siempre, venía haciendo chistes. Le hablé del cuento. Él no lo conocía. La historia después se complica: a Mead lo detiene un coche de policía. El precio que paga por ser el único en salir a caminar en lugar de estar viendo televisión en su casa es ser encerrado en el “Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas”.

–Pero nosotros no somos los únicos –dijo Luca, señalando una sombra que cruzaba la calle unas cuadras más adelante. Y ahí vi a muchos otros que, como nosotros, caminaban en silencio, zapatillas blandas, recorriendo las calles y deteniéndose en las esquinas.

Y en esas esquinas, lo increíble. Heladeras, com­putadoras, sillones, cocinas, equipos de ­músi­ca. Di por sentado que nada de eso funcionaba, pero Luca me dijo que sí, que lo más probable era que todo estuviera en buen estado.

Me quedé inmóvil frente a una caja de cartón. Una colección perfecta de discos de música clásica. Me senté en la vereda a verlos uno por uno. No podía creer que alguien se hubiera desecho de ese tesoro. Como si fuera el país de las maravillas, recorrí esas cuadras buscando un tocadiscos que no encontré.

A medida que caminábamos, Luca me dijo 
que la mayoría de los que estaban recorriendo 
las calles eran inmigrantes. Que incluso a 
veces la gente venía desde Italia a buscar algo, pero que era complicado atravesar el control en la frontera.

No vi una sola cosa rota. O sucia. Yo solía comprar ropa y libros en Cáritas. Un salón donde la organización vendía aquello que la gente donaba. Nunca había visto ropa usada en tan buen estado. Si ese local no hubiera existido, me hubiera tocado un invierno muy duro. El hecho de que la gente donara lo que ya no usaba me parecía bastante lógico. Pero la basura “ ingombranti ” me dejaba perpleja. Una vez al mes, la gente sacaba lo que le “sobraba”. Seguramente porque habían comprado cosas más nuevas.

Yo había visto en Italia a personas que habían escapado de Yugoslavia. Pedían monedas en la calle y tenían el rostro que sólo puede producir el horror. Y unos cientos de kilómetros más al norte la gente dejaba en la basura cosas impe­cables. ¿Por qué eso no se redistribuía de otra forma?

Tiempo después, un estudiante de Economía trató de explicarme las fundamentos más duros del capitalismo, el juego de la oferta y la demanda, la necesidad de consumo ininterrumpido, el lazo indisoluble con el incremento de la producción. Entendí las palabras que decía. Pero no logré entender lo que está en la base. Que hay gente que paga más por algo si ese algo es inaccesible a la mayoría.

Una amiga me contó que en una famosa cadena de comida rápida se toman recaudos especiales para que la gente no abra las bolsas y coma lo que ellos han desechado bajo la premisa de “comida siempre fresca”. No lo entendí entonces, no lo entiendo hoy.


Verdulería

Cuando volví a Córdoba, viví un tiempo con unas amigas y después alquilé un departamento para mí sola. El trabajo alcanzaba exactamente para el alquiler y la comida. Nada más. No me preocupaba, porque había ganado una beca que cubría mis apuntes en la facultad y tenía una hermosa bicicleta que me llevaba y me traía a todos lados.

Cuando el contrato de alquiler iba por el tercer o cuarto mes, el trabajo decayó y el dinero dejó de alcanzar. Tenía que vigilar muy bien el gasto de comida. Los amigos venían de visita con criollos y facturas en una cantidad sospechosamente desmesurada. Alguien insistía en que “probara una nueva yerba” y me traía dos o tres kilos “para ver si me gustaba”.

En una verdulería del barrio, tenían un cajón especial donde dejaban la verdura que no estaba muy buena. En realidad, estaba pasada. Pero no era nada que no pudiera solucionarse con la ayuda del horno o la sartén. Había que ir a una hora determinada, porque éramos muchos los que apuntábamos directamente a ese rincón, donde lo que se vendía era mucho más barato.

Era lo que la mayoría de los vecinos no estaban dispuestos a comprar. Pero nosotros estábamos felices de que alguien no lo aceptara, porque ese desprecio era lo que hacía bajar la cotización de tomates aplastados, papas con enormes manchas negras o duraznos que se deshacían en la mano.

Mi principal problema consistía en que a la hora en que ese cajón se ofrecía, a la tardecita, yo tenía clases. La opción era faltar a la facultad y no estaba dispuesta a eso. Al día siguiente, bien temprano, encontraba lo que quedaba de la tarde anterior. Digamos que el desecho del desecho.

Supongo que el chico que atendía la verdulería entendió lo que pasaba y tuvo la silenciosa y solidaria gentileza de separarme, cada tarde, algo de ese cajón. Por las mañanas, me ofrecía un bolsa surtida con cosas que estaban bastante bien.

Sospeché que esa bolsa había sido preparada es­pe­cialmente para mí. Un día me contó que le de­cía a su patrón que era para llevárselo a su casa y que lo pagaba él, de su bolsillo, cada noche. Se llamaba Carlos y era unos años más joven que yo. Siempre me acuerdo de él. Esa verdulería ya no existe.


Ricota y galletas de limón

Otra vez, la cosa mejoró. Hasta que 2000 trajo la falta de trabajo y la preocupación por conseguir el dinero indispensable para el alquiler.

La convicción de que uno puede apretarse en todo pero no en tener un techo seguro. A la vuelta de casa, había un supermercado mayorista que, sobre la fecha de vencimiento de las cosas, bajaba muchísimo los precios.

Recuerdo haber comprado baratísima una horma de ricota creyendo que era queso. Recuerdo haber comido ricota (fundida, asada, tostada, aplastada, molida, con sal, con miel, con pan) durante dos eternas semanas. Recuerdo haberme jurado no volver a probar ricota en mi vida.

Unos meses después, un conocido que trabajaba en la empresa de recolección de residuos de la ciudad comentó que los supermercados sacaban en bolsas especiales aquella mercadería que había vencido pero que, aunque no podía venderse, todavía podía ser consumida.

Los empleados se ocupaban de hacer llegar esas bolsas a gente que las necesitara. Era algo irre­gular, pero fue un gesto que sostuvo a varias familias.

Recibí dos o tres veces algunas bolsas con latas –a las que había que investigar bastante y abrirlas con un oído entrenado–, fideos convertidos en polvo e innumerables paquetes de galletas. Y ese fue el menú durante un tiempo.

Hermosas, pequeñas, redondas galletas de ­limón.


Eugenia Almeida

Ilustración Juan Delfini
Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior




viernes, 16 de diciembre de 2016

La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile / Gabriel García Márquez







El relato de una hermosa hazaña que se burló de Pinochet y de su régimen. 
Después de 12 años de exilio, el cineasta Miguel Littín decide volver a su país, camuflado y protegido por grupos de resistencia dentro y fuera de Chile, para filmar una película que mostrara los efectos y las consecuencias de la dictadura.
Poco tiempo después, García Márquez escribió esta historia verídica que se lee como si fuera un cuento. Para ello, entrevistó a Miguel Littín durante una semana. El libro narra, en primera persona, los preparativos, el desarrollo y el final del arriesgado viaje. Un año después de su publicación, el gobierno de Pinochet reconoció haber quemado 15.000 ejemplares de la primera edición. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X


sábado, 10 de diciembre de 2016

Ciudades





Sueños

Viví un tiempo en el extranjero. Durante unos meses me quedé en una ciudad del sur de Suiza; una ciudad pequeña rodeada de montañas. La estación de tren estaba en lo alto y para llegar al centro había que bajar por eternas escaleras de piedra o subir al funicular.

En esa ciudad, encontré refugio en la casa de una amiga. Tenía libre una pequeña buhardilla donde cabían una cama, una caja que cumplía la función de mesa de luz y una ventana que daba a un patio interno. Tercer piso de un viejo edificio con pisos de mosaicos que parecían un inmenso tablero de ajedrez.

La buhardilla estaba en el rincón exacto en el que el techo inclinado prácticamente se tocaba con el suelo. Una habitación mínima donde el espacio impedía ponerse de pie. Ahí leía, ahí escuchaba música, ahí dormía y ahí soñaba con Córdoba.

Era un sueño recurrente: primero veía La Cañada desde arriba. Después, esa imagen se acercaba, como si yo fuera un pájaro que acababa de apoyarse sobre las veredas rojas y rotas, entre las flores amarillas de las tipas. Siempre era la cuadra que va de bulevar San Juan a Duarte Quirós.

No hay nada en mi biografía que explique por qué esa cuadra y no otra. Pero era así. Soñaba que caminaba por La Cañada y veía pasar a la misma gente: desconocidos, extrañamente familiares. Eran rostros de gente real, personas que he visto cientos de veces en las calles de Córdoba.

Las dos señoras delgadas y elegantes –seguramente hermanas– que durante años vi caminar por la esquina de Jujuy y 9 de Julio. Traje sastre, pelo blanquísimo y corto, una distinción salida de otra época. Cuando alguna vez se las mencioné a una amiga, me dijo que tenían una mercería muy cerca del lugar con el que yo soñaba.

La mujer de los perros, a la que no he vuelto a ver. La capitana de una jauría mansa que la seguía por la peatonal, detrás de su carrito de supermercado cargado de bolsas, ropa y cartón.

El hombre ciego que cantaba de cara a la pared de la Legislatura. Él, su banquito, su guitarra, una voz estridente que se oía desde lejos.

Un grupo de chicos a los que durante un año vi sentados al borde de la fuente de plaza Colón. Nerviosos y eufóricos, fumando sus cigarrillos sin tragar el humo, dándose pequeños empujones, uno de ellos acariciando las manos de una compañera con una torpeza y una dedicación infinitas.

El hombre de la zapatería que siempre fumaba en la puerta del local. La mirada perdida en la calle Tucumán, como si esperara que alguien viniera a reemplazarlo y lo liberara de ese rol de centinela.

La señora que preparaba panchos electrónicos en la calle San Martín y que nunca levantaba la vista, ni hablaba, ni sonreía.

El canillita que corría por la calle Alvear con un bolso azul lleno de diarios.

La señora que vendía hilos, agujas, alfileres y dedales en la peatonal. La que se enfurecía si no le comprabas, la que te insultaba a los gritos, la temida.

La chica con ese hermoso rostro de india que pedía cigarrillos en la zona del Neuropsiquiátrico en barrio Juniors. La que sólo te miraba, levantaba dos dedos en V, se los apoyaba en los labios y estiraba la mano esperando que pusieras ahí un cigarrillo. O dos.

Con esa gente soñaba. Una y otra vez. A veces pasaban caminando unos, a veces otros.

Una de esas mañanas en las que me despertaba tratando de ajustarme a una realidad extraña –reconocer esa buhardilla en Suiza, recordar que La Cañada estaba del otro lado del océano–, me di cuenta de que esos rostros y esa cuadra eran mi representación de Córdoba. Eran mi ciudad.


Los desconocidos 
de siempre

Cuando tenía 15 o 16 años, me gustaba charlar con mi amigo Rodrigo. Él tenía 18, era muy amable y compartíamos la fascinación por los libros de Georges Simenon. Cada vez que nos encontrábamos, hablábamos de eso. Me encantaba escucharlo.

Rodrigo tenía una teoría sobre los accidentes. A mí me parecía incomprobable, pero altamente plausible. Decía que la gente que se aglomera –los “mirones”– es siempre la misma. Como si hubiera una claque de artistas, un elenco estable de personas que rodean al accidentado.

Decía que no nos damos cuenta porque es improbable que estemos expuestos al número suficiente de accidentes como para poder hacer una generalización. Y, cuando nos toca, somos víctimas (y no estamos como para andar reparando en la gente que nos mira) o somos curiosos (y nuestra atención está enfocada en el accidente).

Rodrigo decía que ese también es un punto importante: siempre hay alguien que se suma de forma espontánea. Entonces, el “cuerpo estable” de curiosos pasa aún más inadvertido.

A mí me gusta esa teoría. No hemos vuelto a charlar de eso desde aquella época. Ahora, ese chico de 18 años es un enorme fotógrafo, un artista sensible que cada vez que usa su cámara, nos revela un mundo.

A veces fantaseo con que, en algún momento, pensando en su vieja teoría, empiece a recorrer las calles buscando accidentes y, mientras todos sus colegas se enfocan en las víctimas, él gire la espalda y haga los perfectos retratos de la troupe de curiosos.

Pienso ahora que debería llamarlo. Quizá podríamos hacerlo juntos. Él con su máquina de fotos, yo con mis cuadernos; etnometodólogos locos tratando de comprobar lo inverosímil.

Pero no. Me doy cuenta enseguida de que quizá sería un error. Develar la identidad de ese elenco pondría en riesgo a esa cofradía.

No dejo de pensar en que, de algún modo, la teoría de Rodrigo y los rostros con los que soñaba cuando estaba en Suiza tienen un punto de contacto.

Quizá esas personas son siempre las mismas, en todos los sueños de los cordobeses que en cierta época estuvieron en un país extranjero, tratando de decidir si permanecer allí o volver a casa; soñando una y otra vez con esa ciudad que dejaron atrás.


Ventimiglia

Pienso en las ciudades que han sido importantes para mí. En algunas he vivido; en otras, sólo he estado unos días.

Ventimiglia es la que escapa a esa serie. Una ciudad fronteriza en la que sólo pasé algunas horas. Un lugar del que sólo conocí la estación de tren.

Era 1994 y un amigo vasco me había invitado a conocer a su familia. Yo vivía en Suiza, el viaje era corto y él me ofrecía pagarlo.

Tomé un tren que salía de Lugano. Me enfrentaba a esa extraña y precisa estrategia de los trenes combinados. Bajar de uno para subir al otro; un enlace que apenas daba 10 o 15 minutos para buscar el nuevo tren y subir. Había que estar atento a las estaciones, saber dónde bajarse.

En medio de la noche, alguien me despierta hablando un idioma extranjero. Tardo en darme cuenta de que es italiano. No entiendo qué es lo que me pregunta.

Sacudo la cabeza, busco mi boleto. Él me señala una y otra vez los horarios y me dice que perdí el tren que debía tomar. Que todos los pasajeros ya han bajado, que el próximo tren pasa en unas horas.

Estamos en Ventimiglia, el último punto italiano antes de llegar a Francia. Bajamos a un andén desierto. Hay viento. Una lámpara que cuelga del techo se mueve con un ritmo lento.

El guarda llama a un policía. Me piden el pasaporte. Los dos van caminando hasta una oficina. Vuelven un rato después. Me dan mis papeles y me dicen que debo esperar en una habitación. Cuando la puerta se abre, veo a un grupo de gente que también espera. Todos parecen conocerse, quizá viajan juntos. Hablan en árabe.

Pasa un cierto tiempo. Es de madrugada. El viento que sopla afuera hace un ruido agudo cuando sacude los burletes de la puerta. No estoy aquí ni allí. Ni en un país ni en el otro. En el territorio difuso de una frontera. Oigo la música del árabe, siempre limpia, siempre hermosa, pero sin entender de qué hablan.

Uno de los hombres que está en el grupo se acerca y me dice algo. Sonrío. ¿Qué hacer sin el lenguaje? Sonreír. Me ofrece un caramelo. Digo una de las pocas palabras que sé, algo que suena parecido a “shukran”. Gracias. Todos se ríen. Una mujer le dice algo al oído a una nena. La nena me señala. Alguien repite “shukran”.

Unas horas después el guarda nos avisa que en un rato va a llegar el tren. Salimos al andén. Me siento como si hubiera entendido algo vital, algo nodal. Pero no sé qué es. Me digo que quizá en algún momento entienda cuál es el extraño movimiento interno que se produjo esa noche, en una sala de espera de una estación de tren en una ciudad fronteriza.

Hace un tiempo tuve un sueño. Estaba en un lugar con mucha bruma. Y en un momento veía a mi madre, que murió cuando yo era una adolescente. Me invitaba a conversar. La escena estaba atravesada de extrañeza. Me sentaba al lado de ella. Hacíamos silencio. 

En un momento me dijo que tenía que irse. 
Me preguntó si quería saber algo. Yo le miraba las manos. No sé por qué. 
Y entonces pregunté: “¿Cómo es?”. Ella sonrió. “¿Cómo es morirse?” 
Hizo una pausa, como si estuviera pensando. 
Y dijo: “Al principio, es muy parecido a Ventimiglia”.

Me desperté con un alivio casi físico. Aunque nunca he podido explicar qué sentido puedo darle a esa frase. ¿Cuál de todos los significados me serenó? No lo sé. Pero esa ciudad se volvió una especie de palabra clave para mí.

Cuando ocurre algo del orden de la maravilla, cuando el mundo se despliega o se desdobla y me muestra otra realidad –una realidad más serena, más reconfortante–, yo me digo a mí misma: “Ventimiglia”.



Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Días Contados
Ilustración: Juan Delfini

http://www.lavoz.com.ar/opinion/ciudades




miércoles, 7 de diciembre de 2016

Con tonada cordobesa: una literatura plural y muy viva (Daniel Gigena)

Visibles y premiados, los autores "mediterráneos" reivindican la diversidad de temas y estilos; la nueva generación después de Teresa Andruetto, Cristina Bajo y Federico Falco

Daniel Gigena


Realismo sucio, autobiografías enmascaradas, narrativa de género, thrillers metafísicos ambientados en una ciudad sorda, regionalismo fantástico, novela romántica, la literatura cordobesa actual se define por la diversidad. Varios autores ya consagrados nacional e internacionalmente, como Federico Falco, Eugenia Almeida y María Teresa Andruetto, le dieron visibilidad a una nueva generación de escritores. "La narrativa en Córdoba tiene una larga tradición -dice Almeida, que este año ganó el premio de la revista francesa Transfuge por su novela La tensión del umbral (Edhasa)-. Lo que me parece más valioso en esta tradición es la heterogeneidad." Es verdad que, como señala Almeida, en nada se parece el trabajo de Bajo al de Falco, por mencionar a dos autores de calidad indiscutible. "Somos diferentes y convivimos. Esa pluralidad me parece lo más valioso."

En esa pluralidad hay aún secretos bien guardados, como la literatura de Roberto Videla, que este año publicó dos libros en los que enlaza la autobiografía con la novela corta (o "rota", como la llama él): Dichas y quebrantos (Borde Perdido) y Maestros. Traiciones (Pasto Ediciones). Sobre las líneas estéticas de la narrativa cordobesa, Videla también celebra el carácter de mezcla. "No sé de estadísticas, sé de sensaciones: en Córdoba hay un movimiento grande, se suceden presentaciones, se le da un importante lugar a la poesía, se escribe mucho sobre literatura. Escribo desde 2008; este mundo es nuevo para mí, árido y fértil, inquieta y entusiasma."

Lamberti, que presentó recientemente la novela La maestra rural (Random House), no cree que hoy haya más escritores cordobeses que en el pasado. "Sí se les da más bolilla desde los medios y eso los vuelve más visibles. Tuve la suerte de estar en el lugar y en el momento indicados. Cuando todavía estudiaba en la Facultad de Letras, se dieron varios factores que influyeron en ese hecho: los talleres literarios de María Teresa Andruetto y Lilia Lardone, la aparición de pequeñas editoriales que se animaron a publicar inéditos y organizaron lecturas, y la proliferación de los blogs, que fue muy importante para que lo que pasaba en Córdoba se leyera en otras partes." Este escritor fue también editor en La Creciente. "Desde esa época conozco a Falco, compartí lecturas con él, pensamos en un proyecto narrativo desde el interior. Fue el primero que leí que no tenía vergüenza de representar su pueblo de origen en lo que escribía. A nivel literario la cuestión pasaba por escribir «desde Córdoba», utilizando todo lo que nos enseñó la literatura norteamericana, de la que éramos fans absolutos."


Póker de diferencias

Cuatro novedades editoriales de nuevos narradores cordobeses llegaron a las librerías porteñas. Dos de ellas pertenecen al sello Nudista. Natalia Ferreyra publicó El resto de los días, un conjunto de relatos que enfoca distintos tipos de vínculos. "No fue algo consciente, cuando me siento a escribir simplemente hay una historia o un personaje que me interesa abordar y a partir de ahí escribo. Simplemente veo por dónde me va llevando la trama y lo que el personaje necesita", dice la autora.

El otro libro de relatos publicado por Nudista pertenece a una figura clave de la "movida" cordobesa. Carlos Alberto Schilling, autor del celebrado Experimentos con seres humanos, presenta ahora Disfrazado de novia. "Casi todas las historias están marcadas por la imposibilidad de los protagonistas para salir del mundo que ellos mismos se han creado o que de algún modo se ha instalado en ellos como una obsesión que les distorsiona el sentido de la realidad."

Para Schilling, lo que se ve hoy de la literatura que se escribe en Córdoba sigue siendo la punta de un iceberg. Y aporta nuevos nombres para seguir la conexión cordobesa: Daniel Vera, Antonio Oviedo, Mary Calviño, Elisa Molina, Carlos Surghi.

Edhasa publicó recientemente el libro de cuentos de Nelson Specchia. La cena de Electra reúne relatos escritos en los últimos años por el narrador y editor. El cuento homónimo ganó el premio Max Aub. Specchia, dueño de una voz especial en el panorama de la provincia donde vive, nació en Chaco. Para Specchia, la tendencia al realismo coloquial urbano, que se contenta con un porcentaje limitado de expresiones y palabras, termina por marginar los recursos expresivos del texto. "El lenguaje es un fenómeno vivo, que se está armando y desarmando permanentemente, y yo busco, sondeo, me sumerjo en ese idioma que venimos construyendo generación a generación y tiro de un hilo cuando encuentro una punta", dice.

Augusto Porporato también habla de una visibilización de la narrativa de Córdoba. "Esto se debe a que en los últimos años ha conseguido una mayor presencia en Buenos Aires, una fuerte caja de resonancia capaz de trascender fronteras y de conquistar muchos más lectores. Y no hablo sólo de los escritores cordobeses jóvenes que han empezado a publicar en importantes editoriales porteñas, sino sobre todo de los sellos cordobeses que han logrado tener una presencia importante allá, ya sea en la distribución de los libros como en la alta consideración de la crítica y de los lectores."

En uno de esos sellos centrales para la difusión de la literatura local, Alción, Porporato publicó La isla. "Las alteraciones mentales, en este caso provocadas por la falta de sueño, y sus consecuencias tanto para el sufriente como para quienes están con él, son un tema que visité en mis dos novelas anteriores, Punto de fuga y La crisálida -adelanta Porporato-. Me siento muy en deuda con la tradición de grandes escritores psicologistas argentinos, como Antonio Di Benedetto."



Daniel Gigena




domingo, 4 de diciembre de 2016

Cartas / J.R.R. Tolkien.







Pocos autores han generado tanto fanatismo como J.R.R. Tolkien. 
Mundialmente reconocido por la saga de El señor de los anillos, el filólogo inglés fue un prolífico escritor de cartas. Esta recopilación permite conocer otros aspectos de su vida, haciendo un especial hincapié en el proceso de escritura.
Ordenadas cronológicamente, las cartas van develando una personalidad compleja (que se preocupa por igual del destino de sus personajes como de la cantidad de huevos que han puesto sus gallinas). Especialmente conmovedor es saber que la decisión de publicar El hobbit provino del hijo del editor, un niño de 11 años al que Tolkien seguiría consultando a lo largo del tiempo. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Otra vuelta