jueves, 28 de julio de 2016

Casa que arde - Emilio García Wehbi / Artaud: Lengua ∞Madre - Emilio García Wehbi y Gabo Ferro




Lenguas de fuego

Ediciones DocumentA/Escénicas acaba de publicar “Artaud: Lengua∞Madre”, un libro escrito  por Emilio García Wehbi y Gabo Ferro.  En agosto de este año, la editorial cordobesa ya había editado “Casa que arde”, una relectura de García Wehbi sobre “La casa de Bernarda Alba” de Federico García Lorca.

Emilio García Wehbi es un bicho raro. Está siempre al borde, jugando con los límites, borrando las fronteras. Va en busca de los puntos de encuentro de distintas disciplinas para hacer estallar las grietas de nuestra cultura. Su obra es compleja, cada paso puede leerse como un nuevo episodio de puesta en tensión de las certezas. Sus textos están hechos con lo que el mundo deja a un lado: los residuos, lo anormal, lo deforme; las cosas que han sido sofocadas, tapadas, censuradas. Wehbi va al choque. Su escritura no es amable. No es fácil. Que no vaya nadie a buscar en sus libros algo que lo serene o lo reconforte. Que sí entren aquellos que estén dispuestos a ser sacudidos. 

Gabriela Halac es un mirlo blanco. Alguien extraordinario y valioso por su rareza. Escritora, gestora cultural, editora. También ella sabe habitar los confines, ese espacio donde el riesgo se vuelve entusiasmo y manifiesto: un modo desprejuiciado de estar en el mundo. DocumentA/Escénicas, la editorial que dirige, se ha convertido en un sello que es garantía de singularidad. Hay algo único en su catálogo, es sencillo reconocer sus libros: cierta delicadeza, cierta precisión, un objeto perfecto y un contenido difícil de encasillar.

Halac y García Wehbbi han jugado juntos tres veces. La primera fue Luzazul, que recibió el Premio Alberto Burnichón al libro mejor editado en Córdoba en 2014. En 2015 publicaron Casa que arde y Artaud: Lengua∞Madre


Prisioneras

Casa que arde surgió como una obra de teatro estrenada en abril en el KonzertTheater Bern de la ciudad de Berna, en Suiza.Bajo el subtítulo “Teatro para niñas anarquistas y animales embalsamados”, el libro es una reescritura de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca. Bernarda es aquí una mujer que, a medida que habla, se va transformando en cuervo. Su voz soporta un monólogo perforado por voces ajenas. Una garganta ventrílocua que repite el discurso de otros. 

La vida familiar como “un campo de concentración modélico”. La relación –monstruosa, opresiva, dictatorial– de los padres con los hijos. Un Ejército de Liberación Femenina para combatir “el discurso y la dominación falocentrista”. Una discusión entre los animales del bosque. Imágenes y personajes que ponen en escena la opresión. La iglesia, la familia, la psiquiatría, la ley: fuerzas disciplinadoras. 

Wehbi recurre a diferentes elementos para armar su retablo. En estas páginas se mezclan la mitología griega,  la tradición judeocristiana, los nombres de un batallón de psicofármacos, citas de Kafka, Kropotkin y Cocteau, referencias a Mahler, ecos de Lewis Carroll. El machismo, las sociedades patriarcales y la arquitectura de los poderosos toman cuerpo en figuras disímiles: Mao Tsé-Tung, Robespierre, Picasso, Brad Pitt, el Papa Francisco, Bruce Lee, Reagan, Sartre, Federer, Walt Disney, Gengis Kan. Todo eso se cruza y se potencia para evidenciar que los siglos pasan pero algunas cosas apenas cambian. 

Casa que arde se completa con los dibujos de Elisa Canello. También allí entran en juego las citas, los homenajes y las recreaciones. La artista cordobesa hace una reescritura de la obra de Henry Darger, retomada por Wehbi en el texto. Juego de espejos que se reflejan, se deforman y muestran mucho más de lo que podría esperarse. El trabajo de Canello no puede llamarse “ilustración”. Hay dos artistas sobre el papel. Cada uno dialoga con el otro desde su experticia. Se logra una polifonía inesperada. 

Hay dos dibujos que se diferencian del resto por su estética. Reproducen una imagen de Juana de Arco basada en la famosa película de Carl Dreyer. Una película quefijó para siempre la iconografía en torno a esa heroína francesa y en la que actuó Antonin Artaud. Aparentemente, todo en la obra de Wehbi se convierte en la trama de una red que continúa de libro en libro.


Tótem y tabú

Artaud es la palabra clave que reunió a Wehbi con el músico e historiador Gabo Ferro. Juntos presentaron la performance Artaud: Lengua∞Madre en la Bienal que se hizo enBuenos Aires este año. De esa experienciasurgió el libro que acaba de editar DocumentA/Escénicas. Los autores se funden en lo escrito, no hay marcas que permitan saber qué escribió cada uno, se trata de un verdadero trabajo en colaboración. Y no es un dato menor ya que el libro aborda, justamente, las relaciones entre arte y poder. 

También en este texto se recurre a la mitología judeocristiana, fundamentalmente a Abraham, utilizado aquí para hacer alusión a Marina Abramovic, figura tótem del mundo de las performances. Wehbi y Ferro atacan el centro de la cuestión: en “Interferencia. Contramanifiesto del Método Abraham” proponen una serie de postulados que discuten el “Manifiesto de la vida de un artista”, de Abramovic. Los autores parodian a quienes han construido su propia industria enriqueciéndose y empoderándose en un sistema que dicen despreciar. Es un ejercicio interesante leer ambos textos (disponibles en internet) para acceder a una discusión –poblada de ironía, sarcasmo e inteligencia–  sobre las relaciones entre arte y mercado, obra y mercancía, impostura y vanguardia.  

El libro incluye poemas, registros de cuadernos escolares, dos conferencias (que usan el humor para desnudar el discurso científico) y un “Manual del usuario” escrito por Federico Irazábal.

Quizás lo más impactante de Artaud: Lengua∞Madre sea el primer encuentro. La editora decidió ofrecer a los lectores un “dispositivo editorial que se define como un libro intonso”. Los pliegos de papel no han sido cortados. Para poder hojear el libro es necesario cortarlo. Destriparlo, intervenirlo quirúrgicamente, tajearlo, abrirlo; cada uno elegirá la palabra que prefiera. Es una operación que lleva unos minutos, dependiendo de la pericia. La belleza está en que no habrá dos libros iguales. Cada lector, con su torpeza, su delicadeza o su impaciencia dejará huellas diferentes. 


Transformaciones

Puestas de teatro o performances que mutan en libros: lo que  comienza con música puede volverse pintura o puro cuerpo o tinta sobre la piel. Todo va de un lado a otro en la obra de Wehbi. Casa que arde y Artaud: Lengua∞Madre funcionan como libros individuales y, a la vez, como piezas de una misma herramienta. La tenaza que construyen juntos permite reflexionar sobre el poder y sus efectos. 

Wehbi es un gran lector y comparte sus recorridos sin hacer ostentación. Como señala Gabriela Halac: “Sus obras están llenas de citas, intertextosde muy diversa procedencia que no interfieren en la lectura parahacerse notar como portadores de sapiencia, sino que aportan al sentido para quien sea capaz de identificarlos. Es un autor que se apropia de lo contemporáneo, de lo clásico y que es capaz de mestizajes que en el cruce generan potencias nuevas.”

En una entrevista en Ciudad X, Wehbi definió a Halac diciendo que edita “como una artista”. Consultada sobre el proceso de trabajo con Wehbi, la editora dice que una de las ventajas de trabajar con él es que el autor “entiende perfectamente que el texto es un punto de partida para construir un dispositivo editorial donde la materialidad es un sentido y el libro es una pieza.”  Un escritor raro, una editora singular. Dos artistas que celebran la posibilidad de transformarse a través del trabajo con los otros. Los lectores, agradecidos.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




jueves, 21 de julio de 2016

La risa de las bandurrias - Ariel Magnus




La risa del misántropo

Fernando es un arquitecto porteño especializado en hacer casa-quintas que, después de haber sido abandonado por su mujer, decide dejar todo e irse a vivir al sur. Como si ese nuevo paisaje (desolado, ventoso, frío) pudiera hacer menos visible la propia desolación. En El Bolsón va a conocer a personajes de lo más diversos: un chofer de colectivo terco y malhumorado, una rara familia dedicada al turismo, una vaca, un chico que roba libros, un bibliotecario que se autodenomina corresponsal de policiales, un mecánico que engorda tres kilos por año, un ermitaño que juega al ajedrez, un gendarme que se prepara para un supuesta invasión chilena, la hija de un millonario y un grupo de hippies reafirmando lo más reaccionario del sistema.

El narrador es un bicho de ciudad que traduce lo que ve a los términos de lo que conoce. Un poco como hacemos todos. Pero aquí, eso se vuelve risa y esa risa, revelación, descubrimiento de lo que estaba escondido bajo el disfraz de lo naturalizado. Claramente no es la risa alegre que celebra sino el gesto burlón del que ha perdido toda ingenuidad, el rugido del que ha visto el revés ridículo de las cosas: la risa del misántropo. Como muestra, basta un botón: Fernando viaja y va leyendo los nombres de las chacras. Harto de ver cosas como “Un Sueño Realizado” o “Mi Esperanza”, fantasea con que si tuviera una la llamaría “La pesadilla” o “Leucemia”.

Este libro se ríe de todo y de todos: de los hippies, de los profesionales, de las fuerzas de seguridad, de los paranoicos, de los ecologistas, de los porteños, de los provincianos, de la clase alta, de la psicología, de las teorías conspirativas, de la política, del mundo académico, del Peronismo, del etnocentrismo, de la literatura, de los servicios de inteligencia, de los nazis vernáculos, de la izquierda que opera para la derecha, de los suicidas, de la iglesia, de las nuevas tecnologías, de la xenofobia, de la globalización, de los medios de comunicación, de la escuela, del capitalismo y del anticapitalismo. En definitiva: este libro se ríe de nosotros.

Aquí lo que manda es el humor negro, la ironía, el sarcasmo. Como si Magnus fuera jugando con estas formas discursivas, probando unas y luego otras, logrando que cada una funcione en su esplendor. La risa de las bandurrias es una novela pero también podría servir como manual de ejemplos para estudiosos del humor. Sobre el final del libro, el narrador se preguntará si “la carcajada no será el lenguaje perfecto, el que lo dice todo con un solo sonido.”

Ariel Magnus es uno de los escritores más singulares de la literatura argentina. 

El humor no es un territorio sencillo: son pocos los que saben jugar ese juego. Magnus es uno de ellos.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero

martes, 12 de julio de 2016

Observada - Renée Knight



Secretos de familia 

Una mujer lee un libro. La lectura funciona como una grieta, una fisura, un quiebre que la pone frente al abismo. La novela que está leyendo habla de ella. Y se refiere a un secreto que ha guardado durante veinte años. Lo escrito bordea lo que pasó pero da una versión diferente, malintencionada, llena de furia. El libro es una trampa. Un peligro que sólo ella sabe advertir. ¿Con quién hablar de algo que hemos preferido callar? Catherine vuelve a repasar las primeras hojas. Alguien ha tachado con una línea roja la típica aclaración que advierte que la obra es ficción y que cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. No hay datos del autor. La editorial se llama “Ramnusia”, otro nombre de Némesis, la diosa de la venganza.

El acoso, el hostigamiento y la falta de respuestas conspiran para que Catherine desespere. El punto de quiebre llega cuando su hijo le comenta, al pasar, que él ya ha leído ese libro, que alguien se lo llevó de regalo a su trabajo.

Observada, la primera novela de la guionista inglesa Renée Knight, propone una estructura que va combinando dos historias. Por un lado, Catherine y su zozobra. Por el otro, un profesor retirado, viudo, que trata de acomodar los restos de una vida destruida. Las escenas se van sumando: una mujer corre por un cementerio, un hombre encuentra escondido algo que pertenecía a su esposa muerta, un departamento en ruinas, un ratón pudriéndose; los recuerdos y las fantasías. Los rumores, las calumnias, las mentiras; el modo lento, corrosivo e irreparable en que se instala el odio. 

Observada es el séptimo título de la colección Salamandra Black, dedicada al género negro. Una novela de suspenso psicológico que hace crecer la angustia hasta un punto casi insoportable. El libro es un thriller perfecto. Aquí, lo agobiante no es un crimen sino la maquinaria de negación y justificación que funciona incansable en ciertas familias: nadie quiere ver lo que está a la vista, el sistema de percepción se desvirtúa para que cada signo corrobore que todo está bien. Una historia que establece cierto parentesco con la película Tenemos que hablar de Kevin, de  Lynne Ramsay. Renée Knight sabe hablar de la oscuridad. Algo en su estilo recuerda a Ruth Rendell, aquella maestra en contar historias que nos advierten que lo inquietante no está lejos, no está afuera, no es ajeno.  


Eugenia Almeida

Publicada originalmente en Ciudad X





jueves, 7 de julio de 2016

Y tú no regresaste - Marceline Loridan-Ivens





La superviviente

“A pesar de lo que nos sucedió, yo he sido una persona alegre; tú lo sabes. Alegre a nuestra manera, para vengarme de estar triste riéndome de todos modos.” 

Esas son las primeras frases de Y tu no regresaste, el segundo libro de la cineasta francesa Marceline Loridan-Ivens. Y en esas palabras están las coordenadas de esta historia: una larga carta que una mujer escribe a su padre, muerto setenta años atrás. Ambos, víctimas del horror nazi en la Segunda Guerra Mundial. Él, nunca regresó. Ella, la niña detenida a los 15 años, pudo resistir. La carta se abre hablando de cierto tipo de alegría, la que se usa como un arma, como un escudo contra la tristeza. Comienza diciendo “tú lo sabes”; busca en el otro el testigo que sostenga; no sólo el interlocutor sino el que puede comprender, el que da existencia. Una carta al ausente. El que falta pero, al mismo tiempo, está presente.

Por esos años Marceline Loridan-Ivens se llamaba Marceline Rozenberg. Era una adolescente. Cuando los nazis llegaron hasta su casa y la detuvieron junto a su padre, ella trató de conservar la calma. En la estación de trenes dijo: “Trabajaremos en ese lugar y volveremos a encontrarnos el domingo”. A esa frase su padre respondió: “Tú sí volverás porque eres joven, pero yo no regresaré”. 

Fueron llevados a los campos. Él, a Auschwitz; ella, a Birkenau. Dos territorios separados por sólo 3 kilómetros que resultaban inconmensurables porque padre e hija estaban perdidos en “la insoportable incertidumbre sobre lo que le ocurría al otro”. 

78750. El número que le graban en el brazo. Marceline es convertida en víctima pero también en obrera de esa espantosa línea de producción: revisar la ropa de los muertos, cavar zanjas donde quemar cadáveres y construir rampas en las entradas de los crematorios. Los prisioneros pasan a formar parte de una maquinaria que, cuando agote su fuerza de trabajo, va a destruirlos con la misma estructura que fueron obligados a perfeccionar. Una maquinaria que aplasta hasta que logra hacerle decir a una chica de 15 años “ya no había humanidad en mí (…) yo estaba al servicio de la muerte”. 

Luego de contar parte de su experiencia en el campo de concentración, Loridan-Ivens aborda un momento histórico muchas veces omitido en los relatos de los supervivientes: el regreso. El intento de volver a encajar en una sociedad que –por acción u omisión– permitió el horror y luego prefirió olvidar. Una sociedad a la que cualquier recordatorio le resultaba amenazante porque vivía una “posguerra amnésica y antisemita que se regodeaba en el cuento de una Francia heroica.” 

Marceline aprende una nueva forma de la supervivencia: el silencio. Su propia madre está entre aquellos que no quieren saber; ni siquiera va a buscarla a la estación de trenes cuando le dicen que ha sido liberada.

Es su tío Charles el que la alerta sobre la soledad que trae la incomprensión de los otros, los que no quieren oír, los que “no entienden nada”. Marceline tiene 17 años. No volverá a la escuela. Va a convertirse en cineasta; en una mujer que, ante los papeles administrativos relacionados con la guerra, dice: “yo no me creo nada de la historia oficial escrita por Francia”.

Dos de sus hermanos se suicidan; dos personas a las que también “mataron los campos sin haber estado nunca en ellos”. Quizás porque, como dice Loridan-Ivens, “siempre les faltaron las palabras que pudieran acompañarlos, que les indicaran cuál era su lugar en esta historia y en este mundo”. Ella, por el contrario, supo encontrar esas palabras y ahí se afirma, aun en la tempestad, cuando dice: “Soy la superviviente”. Una mujer de 86 años que escribe una carta postergada; una de las 160 personas “que todavía viven de entre los 2500 que regresaron”. Una de los 76.500 judíos de Francia llevados a Auschwitz y Birkenau. 

Y tú no regresaste es un libro breve y extremadamente potente. El lenguaje no alcanza para expresar lo indecible; posiblemente por eso Loridan-Ivens se limita a narrar, a describir, a detallar. Y es en esa sobriedad que las palabras se vuelven efectivas. El relato parece anular el tiempo transcurrido entre el momento en que padre e hija se vieron por última vez y el instante en que lo vivido se vuelve escritura.

Libros como este son necesarios no sólo para conservar la memoria sino también como un modo de llamar la atención sobre situaciones actuales que implican el sometimiento, la opresión y la ejecución de miles de personas en diferentes partes del mundo.



Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Ciudad X



sábado, 2 de julio de 2016

Delirios y ficciones



Convalecencia y fantasías

Me enfermo. La cuenta final dirá que han sido 12 días en cama, con dolores –de a ratos– insoportables. Lo más inquietante fueron los primeros días, con una fiebre altísima. Recuerdo solo tramos. Momentos en que un paño frío en la frente funcionaba como una especie de salvavidas; el aturdimiento; la sensación de estar atrapada bajo un piso de hielo, un hielo desconocido que quemaba y dejaba la boca seca.
La fiebre cedió y sólo quedó un dolor permanente en cada hueso, en cada articulación. Y la certeza de que alguien me había vaciado la cabeza. No es metáfora. Sobre el cuello sentía un globo lleno de aire turbio, repleto de palabras que no significaban.
Imposible leer. Imposible fijar la vista en algo. Como un modo de hacer correr ese tiempo detenido, un televisor al que apenas miro trae algunos sonidos a la pieza. La extraña cadena de sinsentidos que pasan por televisión. Todo mezclado en mi cabeza vacía. Un cocinero que grita frenéticamente. Un noticiero en el que hablan de animales y anécdotas familiares. Una publicidad con una cabra corriendo en una pileta, compitiendo con perros. Un panel de gente muy extraña que discute sobre una separación, los que acaban de separarse acusándose mutuamente, supuestos periodistas que hablan uno encima de otro. Una presencia amable se acerca hasta mi cama, acomoda las almohadas, me tapa, trae un té, un plato de sopa, pregunta algo, me abriga: todo lo contrario a la gente que sigue hablando en la pantalla.
Duermo. Más tarde (u otro día, no lo sé) en la televisión hay historias repetidas: aunque cambie de canal siempre es lo mismo: mujeres sometidas, forzadas a hacer cosas que no quieren. Una nena obligada a casarse con un desconocido. Una mujer obligada a casarse con el hermano de su esposo muerto. Una mujer agonizante obligada a atender a su marido. Novelas extranjeras que parecen filmadas hace cuarenta años; historias en las que un hombre, para seguir la tradición, debe asesinar a su hermana si ella deja de ser “virtuosa” pero en las que se pixela la imagen si alguien bebe una botella de alcohol. ¿Es la fiebre? No.  A la mujer agonizante la viene a ayudar la señora Ingalls. ¿La familia Ingalls? ¿Cuántos años tengo? Me duermo.


Trabajo

Cuando la fiebre bajó pude empezar a responder algunos de los mensajes que hacían vibrar el teléfono. Leer, sólo unos minutos. El dolor de cabeza seguía ahí. La sensación de una realidad distorsionada, algo familiar que se va transformando hasta lo desconocido o viceversa. 
Agotamiento. Una amiga médica me explica que tengo muy pocas plaquetas, que los glóbulos blancos han bajado muchísimo. Todo lo que oigo y lo que veo se acomoda en una especie de cuarto acolchado y, a la vez, filoso: mi propia cabeza. 
En uno de los mensajes que llegan, una amiga pregunta cómo estoy. Cuando menciono la fiebre, el aturdimiento, la sensación de alucinar, me dice que todo delirio puede ser creativo, que escriba, que aproveche. 
Miro el portalápices que hay siempre al lado de mi cama. Miro el block de papel sobre la mesa de luz. La pila de libros. Suspiro. La sola idea de incorporarme y agarrar un lápiz me ha dejado exhausta. Duermo. De a ratos se meten en mis sueños todas esas mujeres brotadas de las novelas de la siesta. El resto de los sueños repiten siempre lo mismo; hago dormida lo que no puedo hacer despierta: doy clases, corrijo los prácticos de mis alumnos, elijo lecturas para los talleres, escribo reseñas sobre libros, pienso en preguntas para entrevistas en la radio, atiendo gente que llega a la biblioteca. Sueño que trabajo. Pienso en esa educación que me tocó en suerte. Trabajar, como sea. Sin quejarse. Caló tan hondo que incluso enferma parte de mí cumple con el mandato. Me duermo pensando en cuántos años puede llevarnos liberarnos de las prisiones construidas en la infancia. 


Materia prima

Me siento un poco mejor. Eso quiere decir que no tengo energías para moverme pero que, al menos, la cabeza puede hilar algo. Cuento los días que llevo sin poder leer. Siete. Me quedo pensando en el mensaje de mi amiga. Aprovechar el delirio de la fiebre como materia creativa. Una escritora a la que admiro (¿Marguerite Duras? ¿Patricia Highsmith?) dijo alguna vez que para un escritor toda experiencia es valiosa. Siempre me dejó perpleja esa frase. ¿Por qué “para un escritor” y no para todos? Supongo que la idea base es que para un escritor (o para un actor) lo vivido puede convertirse en materia prima. No lo sé. Puede inferirse de esa frase que todo lo que uno escribe tiene un sustrato autobiográfico, una idea con la que estoy totalmente en desacuerdo. 
Mi perplejidad no se basa sólo en el rechazo a enlazar autobiografía con escritura (la literatura sería mortalmente pobre si sólo escribiéramos sobre lo que hemos vivido) sino también en que la frase tiene una suerte de espíritu de abnegación: soportar algo desagradable en nombre de una supuesta productividad creativa.  “Por lo menos esto puede servirme para escribir después”. 
Mi cabeza sigue moviéndose a los tumbos. Pienso en la pregunta más frecuente que recibe alguien que escribe: “¿De dónde saca sus ideas?” Infaltable en toda entrevista, en todo encuentro con los lectores, en toda charla. 


Otros mundos posibles

Si cada uno de nosotros tuviera que asomarse a una experiencia real para poder escribir sobre ella, no escribiríamos. Salvo que la experiencia que quisiéramos  vivir fuera, justamente, la escritura. 
Siempre ha habido gente que opone “vida” y “escritura”. Hace unos años, en una Feria del Libro, un escritor joven dijo que para él era muy sacrificado escribir porque tenía que renunciar a vivir las cosas que vivía la “gente común”. Alguien del público lo toreó preguntándole por qué, si era tan sacrificado, no abandonaba la literatura para dedicarse a hacer esas cosas a las que renunciaba con tristeza. Se armó una buena discusión. 
Lo que quedó flotando era una pregunta: ¿a qué renunciamos para poder escribir? Hubo muchas respuestas. La mía era sencilla: a las mismas cosas que renunciamos para hacer cualquier otra actividad: jugar a las cartas o trabajar o cocinar o ir al campo. Y no me imagino a nadie parado al lado de una parrilla explicándole a sus amigos que tuvo que sacrificarse y renunciar a “otras cosas” para poder estar allí, comiendo un asado. 
La escritura es parte de la vida. Una de las muchas posibles experiencias de la vida; una de las más ricas e intensas. ¿Por qué? Porque permite el ingreso del “hubiera”. De otros mundos posibles, de lo que no fue, de lo que habría podido ser. La escritura amplía las posibilidades. Eso, en mí, nunca puede leerse como sacrificio. Más bien es todo lo contrario.


¿De dónde saca sus ideas?

Y volvemos a la pregunta inicial. Todas mis ideas salen de pensar qué podría pasar ante determinada encrucijada; de preguntarme qué hubiera podido ser si las cosas hubieran sido de otro modo; de estar frente a una situación y continuarla, en la mente, por caminos que la realidad desechó pero que la literatura podría recuperar. 
Algunos ejemplos: 
Hace unos meses viajé a un encuentro literario. Los organizadores se ocuparon de comprar los pasajes de avión. Al llegar al aeropuerto de destino debía pedir un remís hasta la terminal y luego tomar un colectivo y viajar tres horas más. 
Llego al aeropuerto. Busco la agencia de remís. Pago, me acompañan hasta un auto lujoso de vidrios polarizados. Le digo al chofer que vamos a la terminal, él pregunta por mi destino final, digo el nombre de una ciudad a 300 kilómetros, él se ofrece a llevarme en coche, le agradezco, le digo que mi pasaje ya está  comprado, miro los vidrios polarizados, miro una ciudad desconocida, me digo que no sé hacia dónde queda la terminal, veo casillas de chapa bordeando una ruta provincial, reconozco que este es uno de esos momentos en que las personas pueden desaparecer: grietas de tiempo en las que nadie sabe dónde estamos. Mi cabeza está escribiendo. Dos relatos. Opción uno: una mujer (de mi edad), en esta misma situación, decide atravesar esa fisura que acaba de descubrir: alejarse para siempre de lo que hasta ese día ha sido su vida. Opción dos: una mujer (muy joven) en esta misma situación. El chofer no la lleva a destino. La secuestra, la hace “desaparecer”.
Llegamos a la terminal. Faltan tres horas para que salga mi colectivo. Camino. Hay un changarín sentado sobre una bolsa de arpillera, comiendo su almuerzo. Lo veo mirar a unas chicas que están unos pasos más allá, vendiendo copias piratas de discos de cumbia. Muerde. Mastica. Detiene la mirada en una de las chicas. Vuelvo a escribir en la cabeza: ¿quién es ese changarín?¿Por qué mira a esa chica? ¿Está enamorado? ¿Es otra cosa? ¿La conoce? ¿Ella lo conoce? ¿Qué pasaría si él se acercara y le hablara? Opción uno: un reconocimiento, un gesto de alegría. O de estupor. Opción dos: ella no lo reconoce, él se enfurece, alguien saca un arma, hay una corrida. Si hubo amor ¿de dónde salió? Si hubo furia ¿cómo empezó?
El mundo sigue igual. El changarín mira a la chica, la chica mira a sus amigas, ninguno parece imaginar que yo estoy escribiendo una historia a partir de ciertos  gestos que ellos han producido. Si finalmente escribo una historia de crimen y sangre ¿sería justo decir que me he basado en ellos? 
Subo al colectivo. La azafata controla los pasajes. Le cuenta a un pasajero que ayer hubo un coque en la ruta. Que una mujer policía incrustó su auto en la parte de atrás de un camión. Que seguramente se durmió, que debe haber estado de guardia y que cuando ya estaba volviendo a su casa se aflojó y se distrajo y se durmió y ahora está muerta, mirá, parece que tenía dos hijitos.
La escucho hablar y me pregunto si ella se da cuenta que está escribiendo una historia, aunque nunca la ponga sobre papel. Y pienso en todos los que, cada día, se lamentan o congratulan usando la palabra “hubiera”. También ellos escriben. Hacen ficción. 
A principios de abril, en San Rafael, en Encuentro Literario Filba Nacional, el escritor Iván Moiseeff lo dijo perfectamente: “La literatura es una máquina de ampliar fronteras. Casi como una entidad a la que uno se acerca, entre otras cosas, para ser transformado.”


Eugenia Almeida


Ilustración de Juan Delfini
Publicado originalemnte en "Dias Contados"