jueves, 24 de marzo de 2016

24 de marzo de 1976 / 24 de marzo de 2016 - 40 años / 40 historias



1977. Tengo cinco años. Mi madre me lleva “al centro”. Vivo en un barrio de la periferia y una salida como esta es prácticamente una fiesta. Caminamos por avenida General Paz. Oigo el chirrido de unas ruedas.

Algo me hace sentir un pánico helado. Una sensación que no sé nombrar pero que reconozco como familiar. Levanto la vista. Hay un auto, en medio de la calle, cruzado, las puertas abiertas. Han bajado dos o tres hombres. Uno tiene un arma en la mano. No sé qué es. Un arma larga.

Al volante, un tipo de bigotes con un cigarrillo en la boca. Los que bajaron persiguen a alguien que está corriendo. Lo atrapan. Lo arrastran. Lo van golpeando. Lo suben al auto. Todo eso, en un instante.

Miro alrededor. La gente en la calle está congelada. Inmóvil. Una multitud de estatuas de sal. Todos miran al suelo. Mi madre también. Siento cómo su mano aprieta la mía. Con una fuerza casi insoportable.

¿Me está diciendo que no me mueva? ¿Que no hable? ¿Que no tenga miedo? ¿Qué me dice en este momento en que asisto a la espantosa ferocidad del mundo? No lo supe entonces. No lo sé hoy. No dijimos nada al volver a casa. Nunca pregunté.

Once años después, mi madre murió. Parte de la herencia de aquella época es un silencio (indescriptible, repleto) y una mano que dice algo intraducible. A ese silencio y a ese gesto vengo tratando de ponerles palabras desde entonces.


Eugenia Almeida






Estela. La biografía de Estela de Carlotto - Javier Folco



Maestras de vida

Estela, del cordobés Javier Folco, aborda la figura de Estela de Carlotto 
como puerta de entrada para comprender la importancia y la vitalidad 
de la lucha de Abuelas de Plaza de Mayo. 


Estela de Carlotto no necesita presentación. Su nombre, su rostro y su voz han marcado para siempre la historia de los derechos humanos en el país y en el mundo. Conocerla es una manera de comprender los modos en que podemos resistirnos a la injusticia. Conocerla –y descubrirla como “una de nosotros”– ayuda a dimensionar nuestra propia responsabilidad ante los embates que puede sufrir una comunidad.

Leyendo una biografía de Mandela, a Javier Folco se le ocurrió escribir un libro que abordara la figura de Carlotto. Cuando se encontró casualmente con la Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo le contó su idea. Al principio, Estela dijo que no; luego, que lo iba a pensar. Su temor era que se personalizara una lucha que es intrínsecamente colectiva. Unos meses más tarde, después de recibir algunos detalles por parte de Folco, Carlotto aceptó. Así llegarían los encuentros, las entrevistas y la investigación.

Después de años de trabajo, a principios de 2014, Javier Folco publicó en Italia Estela Carlotto. Una nonna di Plaza de Mayo. El 5 de agosto de ese año, la Historia argentina y la vida de Estela dieron un vuelco feliz: la jueza Servini de Cubría le informaba a la Presidenta de Abuelas que su nieto, Guido, había sido encontrado después de 36 años de búsqueda. Algo cambió en todos nosotros. Y algo debía cambiar en el libro de Folco. Ahora podía incluirse en el relato la alegría del reencuentro. En la edición argentina, publicada hace unos meses en la colección “Historia urgente” de Editorial Marea, el autor pudo actualizar esta historia que nos involucra a todos. 

El eje que estructura Estela. La biografía de Estela de Carlotto es la identidad. No sólo en lo referido a los nietos apropiados durante la última dictadura sino también en relación a los cambios que una persona debe atravesar para luchar por sus convicciones y abrazar una causa colectiva.

Estela de Carlotto nació en 1930, el año en que Argentina sufrió el primer golpe de Estado. Una chica que se casó joven y tuvo cuatro hijos. Una mujer que se transformó para llegar a ser ese enorme símbolo de ética, perseverancia y justicia que conocemos hoy. 

Laura Carlotto nació el 21 de febrero de 1955, cuando Estela tenía 24 años. Como muchos jóvenes en la década de 1970, Laura repartía su tiempo entre la facultad, donde estudiaba Historia, y su participación en política. Su labor  en Montoneros estaba centrada en el área de prensa. El 31 de julio de 1977 Laura fue secuestrada. Tenía 22 años. El 1 de agosto Guido Carlotto –esposo de Estela– también despareció. Hospitales, comisarías, la indiferencia, la crueldad. Estela ya no dormía en su casa. Sabía que estaba en peligro. Sin embargo, no dejó de ir a  trabajar a la escuela. Su esposo reapareció 24 días después. Volvió deshecho. La tortura había dejado marcas definitivas.   

La búsqueda siguió, nunca se detuvo. En abril de 1978, una mujer que había estado detenida con Laura le dijo a Estela que su hija estaba embarazada y que el nacimiento del bebé estaba previsto para junio. Ahora sabía que los militares, además de robarle su hija le habían robado un nieto. En agosto la policía se comunicó con la familia para informarle la muerte de Laura. Les entregaron el cuerpo. No hubo noticias del niño que había nacido dos meses antes.

Rompiendo el previsible orden cronológico, Javier Folco aborda esta historia  recopilando testimonios y voces que dibujan no sólo la vida de Carlotto sino, fundamentalmente, la larga lucha de las Abuelas. A pesar de su título, Estela es mucho más que una biografía. Carlotto es aquí –como en la vida– el rostro visible, la puerta de entrada a una realidad nodal de nuestro país. 

El testimonio de los hermanos de Laura quizás sea lo más impactante del libro. Allí se evidencia la carnadura humana de Carlotto: en la mirada de sus hijos que, sin idealizarla, pueden ver todo lo que tuvo que atravesar para convertirse en la Estela que todos conocemos: una “mujer común” –como a ella misma le gusta definirse– que fue capaz de superar todo para hacer cosas extraordinarias.

El libro de Javier Folco también permite conocer otros actores sociales y políticos y saber cuál fue el rol de cada uno de ellos en relación a la lucha por los derechos humanos. El autor  ha cumplido cabalmente con el deseo que explicita al decir que el libro “nació con pretensiones de homenaje y de agradecimiento, pero también como un acto de simbólica compañía y de humana provocación.”


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




martes, 22 de marzo de 2016

Irène - Pierre Lemaitre



Homenaje al policial


El comandante de la Brigada Criminal parisina Camille Verhoeven siempre ha llamado la atención por su tamaño. Mide un metro cuarenta y cinco centímetros. Desde su infancia ha luchado contra esa característica física construyendo una presencia que haga olvidar su estatura.

El 7 de abril de 2003 Camille recibe una llamada. Le avisan que ha habido “una carnicería”. Lo que se describe es algo que sólo los lectores no impresionables podrán soportar. Dos cadáveres destrozados y una pared en la que alguien ha escrito con sangre: “He vuelto”. La escena del crimen recuerda al famoso cuadro de Goya “Saturno devorando a sus hijos”.

El Comandante enlaza intuiciones y encuentra algunas respuestas en su biblioteca. El crimen parece tener relación con La Dalia Negra, de  James Ellroy; un clásico de la novela negra. Poco a poco surge la imagen completa: un asesino reproduce, con sus crímenes, escenas de diferentes novelas policiales. La prensa lo bautiza como “El novelista”.

Verhoeven comienza una investigación que va a llevarlo a diferentes escenarios. Su único espacio de descanso son los momentos que pasa con Irène, su esposa embarazada. En ese cotidiano late una paz mansa y serena que permite tomar aire antes de volver a hundirse en la oscuridad.

Los personajes se entrecruzan en una historia atravesada por la literatura. Los miembros de la Brigada, el responsable de la policía científica, un especialista en perfiles criminales, un informático, un periodista de policiales, una jueza, un profesor de literatura y un librero rodeados por la presencia fantasmagórica de autores como Bret Easton Ellis, William McIlvanney, William Irish, Georges Simenon, John Connelly, Ross MacDonald, Maj Sjöwall y Per Wahlöö. 

Camille lleva a cabo una investigación que implica estar en la calle pero también leer novelas. En un gesto arriesgado, buscará el modo de ponerse en contacto con el asesino. Habrá un intercambio de cartas. Y en uno de esos papeles, “El Novelista” dirá: “Me gustan esos bucles perfectos que enlazan con tanta precisión la literatura y la vida”. 

De eso se trata esta novela. De la extraña relación que puede construirse entre ficción y realidad. O, más precisamente, de los modos en los que la realidad puede reproducir la ficción. 

Seis asesinatos que recrean los escenarios de cinco novelas. El juego que sólo puede construir un escritor que es, fundamentalmente, un gran lector. Irène es, en cada página, un homenaje que Pierre Lemaitre hace al género policial. En ese sentido, la cita de Roland Barthes que abre la novela (“El escritor es una persona que encadena citas quitando las comillas”) funciona como un indicador de lectura.

Hay algo en este libro que recuerda a un guión. Un encadenamiento de frases cortas que presentan un escenario. Lugar, hora, los datos indispensables para que la imagen se haga presente. Una economía de palabras que precipita la historia.

En una decisión extraña, la editorial Alfaguara cambió el título original de la novela. Lo que aquí conocemos como Irène, en Francia se llamó Travail soigné, una expresión que sirve para designar algo que se ha hecho con mucho cuidado, con mucho detalle. Claramente, un título mucho más ajustado a la historia de un asesino que comete sus crímenes como si fuera un artista creando una  obra maestra.

Pierre Lemaitre nació en Francia en 1951. Empezó a escribir a los veinte años pero tardó mucho tiempo en decidirse a mostrar lo que hacía. Criado en una familia que sacralizaba la literatura, creció rodeado de lecturas gracias a su madre que, en cuanto aparecieron los libros de bolsillo, llenó la casa con todos los títulos que se iban publicando.

Lemaitre estudió Psicología y trabajó durante años dando clases de literatura a bibliotecarios. En una de esas clases conoció a la que luego sería su esposa. Ella le preguntó por qué no escribía y ese gesto abrió las puertas. Él le mostró un manuscrito; ella lo leyó e inmediatamente le dijo que tenía que hacer todo lo posible para publicarlo. 

Aquel manuscrito –la novela que hoy conocemos como Irène– fue enviado a diversas editoriales. Su autor tuvo que soportar que le dijeran veintiuna veces “no”. Hasta que un día uno de los editores que había rechazado la novela lo llamó para decirle que lo había reconsiderado y estaba dispuesto a publicarla. Lemaitre tenía cincuenta y seis años. En poco tiempo se convirtió en un escritor de policiales reconocido en toda Francia. En 2003 redobló la apuesta y, alejándose del género negro, publicó Nos vemos allá arriba, una novela que ganó el premio Goncourt, posiblemente uno de los reconocimientos más importantes de la literatura europea. 

Irène es la primera historia protagonizada por el Comandante Camille Verhoeven, un personaje que reaparece en otros tres libros del autor francés.

Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Ciudad X


viernes, 18 de marzo de 2016

Palabras clave






Migraciones

Todavía no estoy segura de cómo llegué hasta aquí. Es un cuarto cerrado, sin ventanas, con una luz artificial que desorienta. Un hombre me hace preguntas que tardo en comprender.

Dos horas antes estaba en el aeropuerto de Madrid, a punto de embarcar hacia Portugal. La felicidad era absoluta: invitada a un congreso de literatura en una  ciudad al borde del mar.

Cuando el avión llegó a Portugal yo tenía el típico dolor de cabeza de los viajes cortos. Creo que eso colaboró con la sensación de estar viviendo un sueño en el que algunos encadenamientos lógicos desaparecían.

Me quedé parada al lado de la cinta transportadora. La gente iba levantando su equipaje y cada vez éramos menos. Me preocupaba la demora, afuera me esperaba alguien enviado por los organizadores del congreso. Se hacía tarde.Finalmente, mi pequeña valija roja apareció en la cinta.

Alcancé a los últimos pasajeros que iban hacia el control de aduana. El hombre que caminaba delante de mí hizo saltar las alarmas del detector de metales. Tres policías se acercaron corriendo. Una señora gritaba “¡tiene marcapasos, es mi esposo, tiene marcapasos!”. La mujer buscó un papel en su cartera y lo entregó a los oficiales.

Cuando pasé yo, el sensor de metales no sonó pero un policía se acercó, me pidió el pasaporte, lo miró y me ordenó que lo acompañara.

Caminamos unos pasos y nos quedamos en medio de un pasillo. Desde el fondo venían caminando cuatro policías más. Tuve la sensación de que todos estaban pendientes de mí. 

En ese momento me di cuenta de que el policía aún no me había devuelto el pasaporte.Lo noté porque él golpeaba la palma de su mano con mi documento. El dolor de cabeza había desaparecido pero empezaba a sentir zozobra. Una lenta opresión en el pecho; una sombra por dentro.

Respiré hondo. Seguramente era un control de rutina. Con la voz más serena que pude, estiré la mano y dije:
–Mi pasaporte, por favor.

Él desprendió el botón del bolsillo de su camisa y lo guardó. Cuando vi como sus dedos cerraban el botón con una leve presión sentí que, definitivamente, algo estaba mal.

Los cuatro policías que venían caminando nos alcanzaron y el oficial que estaba conmigo le entregó el pasaporte a uno de ellos.

–Señora, le voy a pedir que me acompañe.

Pensé que si protestaba todo podía complicarse. Me atuve a la lógica ingenua de “mientras más colabore, más tranquilos van a estar, más fácil va a solucionarse lo que sea que esté pasando”.

Caminamos por un pasillo larguísimo. Atrás, como una especie de escolta de seguridad, venían los otros tres oficiales. Giré apenas la cabeza para verlos y uno de ellos hizo un movimiento brusco. Tuve la sensación de que había llevado la mano a la cadera y que había rozado la culata de un arma. Pero no estoy segura. La única certeza era que me consideraban su presa y que el hombre que caminaba conmigo era el jefe.

Casi sobre el final del pasillo había una puerta abierta. Me indicaron que esperara ahí. Una mesa. Unas sillas. Sin ventanas, con una luz potente que venía de un tubo en el techo.

Me quedé de pie, sola, después de que la puerta se cerró. Miré la hora. Esperé, esperé, esperé. Me resistía a sentarme. No sé por qué, se me ocurrió que cuando el oficial volviera era mejor que yo estuviera de pie. Mi valija estaba sobre la mesa.

Unos diez minutos después llegó el hombre al que le habían dado mi pasaporte. Se sentó, hizo un gesto con la mano señalando una de las sillas.Me senté.

–¿Qué la trae a Portugal?

Preguntas

Empiezo a explicarle, en español, que soy escritora y que he sido invitada a un congreso de literatura. Le pregunto si puedo sacar de mi mochila unos papeles. Se pone de pie. Dice que sí. El sólo hecho de que él esté de pie mientras yo sigo sentada es amedrentador. Pero ¿qué puedo hacer? ¿Pararme yo también? Busco la carpeta que he presentado en la oficina de Migraciones de Madrid. Fotocopias de la carta de invitación, fotocopias del programa donde consta mi participación. Se la entrego. Apenas la mira. La deja sobre la mesa.

–¿Y qué la trae a Portugal?

Creo no haber entendido. El acento de los portugueses no se parece en nada al de los brasileros.

–¿Perdón?

–¿Qué la trae a Portugal?

Es un diálogo de sordos. Sonrío. Es la sonrisa desesperada del que descubre que no conoce las reglas del juego. Señalo la carpeta.

–Esto ya me lo mostró. Usted ¿por qué viene?

Digo algo confuso. Que el intercambio con los colegas, que el encuentro con los lectores, que la posibilidad de visitar Portugal.

Su cara es imperturbable. Hay un silencio. Todo detenido.

–¿Y qué escribe?

–Novelas.

–¿De qué?

“¿Novelas de qué?” Ni siquiera entiendo el significado de la pregunta.

El hombre me pide que le cuente el argumento de alguna de mis novelas. De repente el tono es casi amable. Me desconcierta. ¿Qué hacemos en este cuarto? ¿Qué quiere averiguar?

Trato de explicarle en dos o tres frases de qué trata mi primera novela. Entre las cosas que digo está la palabra “dictadura”.

Él la repite:

–Dictadura…

Le pregunto por qué estamos ahí.

Levanta la mano, con el mismo gesto que un adulto le hace a un niño para que se calle.

Insisto. Le digo que afuera hay alguien enviado por los organizadores del congreso y que si no salgo va a preocuparse. Que necesito avisarle que estoy ahí.

El policía me pregunta el nombre y el apellido de la persona que me espera. Le digo que no lo sé.

Silencio.

Él pregunta cómo pensaba reconocer a esa persona. Le digo que lo habitual es usar un cartel con el apellido del pasajero que se espera.

–Almeida –dice él.

–Sí.

–Almeida es un apellido muy común en Portugal…

Vuelvo a apoyar la mano sobre la fotocopia del programa.

–¿Por qué un congreso de literatura en Portugal invita a una escritora argentina?

Es el tipo de preguntas que me desconciertan. Le digo que lo mejor sería que él llame por teléfono a los responsables del congreso.

Se pone de pie. Señala mi valija. Toma entre sus dedos el candado que cuelga a un costado del cierre. Busco la llave en mi mochila.

Ropa, libros, cigarrillos. Eso es todo. Un viaje de cuatro días.

–¿Dónde escribe?

La pregunta es tan amplia que es imposible dar con la respuesta correcta.

–Donde puedo.

El policía me mira con fastidio.

–¿Dónde está su computadora?

–No tengo.

–¿Y dónde escribe?

Busco en la mochila mi cuaderno.

–En esto.

Él abre el cuaderno y va pasando las hojas como si acabara de descubrir una herramienta primitiva.

Lo deja sobre la mesa. Mueve apenas la ropa, recorriendo el contenido de la valija como si buscara algo en especial.


Idiomas

–¿Lleva algún arma?

–¿Un arma?

–Sí.

–No, claro que no.

–Ajá.

Silencio. Su mano sigue moviéndose entre mis cosas.

–Pero la escritura es un arma.

–¿Perdón?

–¿Usted no cree que la escritura es un arma?

No logro descifrar si la frase es una ironía o si ha sido una verdadera pregunta.

Me duele la nuca. Pregunto qué es lo que pasa, por qué estoy ahí. Quiero irme.No sé qué está buscando. Mientras hablo, él saca de mi valija un pequeño libro cuyo título resalta en letras rojas: “¿Quiere usted saber portugués en diez días?”

–¿Usted cree que puede aprender la lengua portuguesa en diez días?

Digo que no, que el título es engañoso, que sólo trataba de aprender algunas frases.

–¿Cómo cuáles?–pregunta él.

Estoy bordeando la desesperación.

–Frases comunes, cotidianas.

–¿Por ejemplo?

Tengo una sola frase en la cabeza. Con la voz quebrada digo:

–“Tive muito prazer em conhecê-lo”.

El hombre arrastra su silla hasta quedar muy cerca de mí. Abre el libro en una página determinada.

–A ver –dice–. Lea esto.

Su dedo índice señala una oración. No soporto estar un minuto más en este cuarto sin ventanas. Necesito fumar un cigarrillo. Necesito salir.Tengo un mínimo arrebato de valentía y digo que, en mi país, cuando uno es detenido tiene derecho a hacer una llamada telefónica.

El hombre sonríe por primera vez.

–En Portugal también. Pero usted no está detenida. Estamos conversando. Lea.

El dedo vuelve a señalar una frase.

–Lea.

–“Senhor, quere fazer o favor de despachar a mina bagagem?”

–No. Eso no se pronuncia así. Lea.

Vuelvo a leer la frase. Él corrige la pronunciación de la palabra “despachar”. Me mira y hace un gesto con el mentón. Yo repito la palabra tratando de imitarlo.

–No compre estos libros. La lengua portuguesa no se aprende en diez días.

Se pone de pie. Con voz seca, dice:

–Puede guardar sus cosas.

Meto todo en la valija lo más rápidamente posible. Él me mira hacer. Abre la puerta y me invita a pasar. Camino. Como en esas escenas estereotipadas de las películas de terror, oigo que a mis espaldas el hombre grita:

–¡Señora Almeida!

Me doy vuelta. Tiene algo en la mano.

–Su pasaporte.

Hago unos pasos, lo recibo y, sin saber por qué–nunca sabré por qué– digo:

–Gracias.

Cuando voy atravesando puertas, algo del aire me despeja. Llego a la sala de arribos. Hay sólo dos mujeres. Una de ellas tiene un papel en la mano. Alcanzo a leer “EIDA”. Me acerco.

Ya en el auto, de camino a la ciudad en la que se hace el congreso, me dicen que estaban a punto de irse, que creían que había perdido el vuelo.Preguntan por qué tardé tanto en salir. Les cuento lo que pasó. Veo que cruzan una mirada.

–Cocaína –dice una de ellas–. Hace una semana descubrieron un cargamento importante. Los pasajeros eran argentinos.

Supongo que el único motivo para demorarme era mi país de origen. Sin embargo, hubo algo más –algo difícil de explicar– en esa conversación extraña que planteó aquel policía en ese cuarto sin ventanas.Muchas veces me acuerdo de él. Del dedo índice que señalaba una frase en un libro y de su voz diciendo: “lea”. No hay nada más inquietante que ser sospechoso de algo que uno desconoce.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en "Días contados" - La voz del Interior
Ilustración : Juan Delfini




martes, 15 de marzo de 2016

Pureza - Jonathan Franzen



Relaciones de poder 


Jonathan Franzen nació en Estados Unidos en 1959. Hijo de un ama de casa y un ingeniero,  cuando era adolescente les prometió a sus padres que si no publicaba un libro antes de los 25 años dejaría la escritura y se dedicaría a estudiar Derecho. Tardó tres años más en cumplir su promesa: en 1988 publicó Ciudad veintisiete. En 1996 la revista literaria Granta lo incluyó entre los veinte mejores novelistas jóvenes de su país. En 2001 su novela Las correcciones causó un revuelo en el ambiente literario norteamericano y Franzen se convirtió en una figura pública. Nueve años después, cuando publicó Libertad, la revista Time lo puso en tapa con un título taxativo: “El gran novelista estadounidense de nuestro tiempo”. 

No debe ser fácil ser Jonathan Franzen. Quizás esa tapa y ese título lo han dejado solo ante el peso de semejante distinción. Hubo una época en que las expectativas se repartían entre él y su amigo David Forrest Wallace. Cuando éste se suicidó, Franzen quedó en el incómodo rincón del que debe cumplir un mandato demasiado ambicioso. Esa utopía de escribir la “gran novela americana” que acosa a tantos escritores estadounidenses y que suele convertirse en un calvario. El hambre de “contarlo todo” puede derrapar en un exceso que es sólo acumulación.

La última novela de Franzen, Pureza, ha recibido críticas elogiosas y otras despiadadas. Entre estas últimas hay un abanico amplio que va de acusaciones de misoginia a la lapidaria definición del Gawker Review of Books: “es un irrelevante pedazo de mierda”. 



Secretos de familia

Es casi imposible contar el argumento de las novelas de Franzen. Son tantos los personajes, los escenarios y los temas que, escriba uno lo que escriba, siempre parecerá poco. Una marca de estilo que vuelve a repetirse en Pureza.

Purity tiene 23 años. Sobrevive a base de trabajos precarios. Tiene una deuda de ciento treinta mil dólares con la universidad donde estudió. Sabe que es imposible conseguir ese dinero. Comparte una casa con una serie de personajes marginales. Purity, a quien todos llaman Pip, está enamorada de Stephen. Para ella resulta terrible escucharlo decir que la quiere “como una hija”. Hay algo ahí que duele más de lo esperado. Pip no sabe quién es su padre; su madre nunca ha querido decírselo. Sobre ese silencio y esa ausencia gravita gran parte de su vida. La falta de dinero, la falta de padre y la falta de amor se atan en un solo eje cuando decide buscar a su padre para exigirle que se haga cargo de su deuda universitaria.

Pip conoce a una mujer alemana que trabaja en la defensa de los derechos de los okupas. Es ella, Annagret, la que le habla de Andreas Wolf, un activista que ha encontrado refugio en Bolivia después de ser acusado de piratería y espionaje en diferentes países. Allí ha fundado el Sunlight Project, una organización que saca a la luz los secretos de los poderosos, mediante la filtración de documentos. Annagret hace todo lo posible para reclutar a Pip y convertirla en parte del equipo que trabaja en Bolivia. Cuando todos sus argumentos fracasan, logra interesarla ofreciéndole ayuda para descubrir  quién es su padre y dónde está. 

Pip pasará un tiempo en esa especie de granja que es el Sunlight Project, donde se reproducen  ciertas estructuras que basculan entre una comunidad, una secta y un partido político. Edificios llenos de jóvenes que trabajan como si cumplieran una misión; pivoteando alrededor de Wolf, una especie de padre, modelo, mesías y gurú. El poder del carisma personal en su expresión más extrema. 


Totalitarismos

Wolf nació en Alemania Oriental en 1960. Durante su juventud se opuso, como pudo, al gobierno comunista. Sin embargo fue una oposición frágil, narcisista, hecha a su medida: un “niño bien”, hijo de funcionarios supuestamente ejemplares, héroes del Partido Comunista. Wolf luchará más contra su familia que contra el régimen. Un gesto de rebeldía que podría leerse casi como un capricho infantil le hará romper definitivamente los lazos con sus padres. Alejado de su entorno, en cierto momento Wolf cometerá un crimen. Durante la caída del Muro de Berlín, la necesidad de proteger su secreto lo pondrá en un escenario particular y lo dejará ante los ojos del mundo como un ejemplo de resistencia. Con el tiempo, Wolf sabrá ir torciendo la realidad para crear un relato épico de sí mismo. Lo que fue oportunismo o salvataje individual se disfraza de  acto de heroísmo. Poco a poco va haciéndose conocido y convirtiéndose en un referente para aquellos que luchan por la transparencia. Su pasado es cada vez más pesado. ¿Quién confiaría en alguien que se jacta de exponer a la luz  los secretos más oscuros y sin embargo oculta algo tan grave sobre sí mismo?

El relato de la vida de Wolf es, quizás, lo más interesante de Pureza. Allí el autor expone el modo en que ciertos regímenes que pretendían ser equitativos y postulaban la igualdad como valor tenían en realidad una doble moral, permitiendo y propiciando privilegios para unos pocos que terminaban convirtiéndose en una suerte de aristocracia.

Wolf no sólo es consciente de esa doble moral sino que, con el paso de los años, tendrá una mirada crítica sobre Internet y la comparará con el Régimen comunista de Alemania Oriental. En este punto, el personaje y el escritor comparten una mirada. Franzen ha declarado en múltiples entrevistas su desconfianza hacia las nuevas tecnologías. Alguna vez dijo: “Hubo una época, la del comunismo, en la que la respuesta a todas las preguntas era: socialismo. Hoy esa respuesta es: redes sociales, internet. Damos un enorme poder a las grandes corporaciones que pretenden definir y dirigir todos los términos de nuestra existencia. Hay algo totalitario en internet, porque el totalitarismo no son solo los desfiles, la policía secreta, la ideología, es que te impongan algo que no tienes opción de rechazar.”


La apuesta

Franzen hace una jugada ambiciosa. Los temas que ocupan su novela son muchos y muy profundos: la búsqueda de identidad, los secretos familiares, la violencia de género, los movimientos contestatarios, las persecuciones políticas, los regímenes totalitarios, la relación entre padres e hijos, la infidelidad, los problemas de pareja, el abuso de poder, las relaciones entre hombres y mujeres, la culpa, el deseo de maternidad, los servicios sociales, la adolescencia, el deseo, las frustraciones, las nuevas redes sociales, la pérdida de intimidad, la discapacidad, la pobreza, la uniformidad de los discursos, la contaminación, la vigilancia estatal, el espionaje, la carrera armamentista, la corrupción, el consumo de drogas, la obediencia, la paranoia, la manipulación y el rol del periodismo como actor social y político. Finalmente, todo se resume en un punto: el poder.

Es importante destacar que casi todo se aborda desde la esfera de lo individual. Aun cuando se habla de lo social, se está hablando desde un ángulo individual. Da la impresión de que lo social es aquí sólo la superposición y acumulación de individuos. Quizás en ese aspecto Franzen sí haya podido reflejar algo nodal de la idiosincrasia estadounidense: la primacía de los individuos por sobre la idea de comunidad.

En gran parte del relato hay una mirada conservadora. No sólo en el tipo de estructura narrativa sino también en lo ideológico: por ejemplo, en el rol que se le otorgan a hombres y mujeres. O en ciertos residuos freudianos que insisten en presentar las relaciones con los padres como matriz fundacional de las relaciones amorosas. 

Con un homenaje explícito a la obra de Charles Dickens y referencias a personajes reales como Markus Wolf, Julian Assange, Ted Kaczynski y Edward Snowden, Pureza da la impresión de ser muchos libros en uno. Cada lector decidirá si eso es algo para celebrar o para lamentar. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



sábado, 12 de marzo de 2016

Mujeres que (se) escriben - Daniel Gigena

En los últimos quince años, de la mano de nuevas voces de escritoras, aparecieron en la literatura argentina personajes femeninos más audaces e innovadores

Daniel Gigena 
para LA NACION


¿Cómo se transformó la representación de las mujeres en la literatura nacional? ¿Cómo pasaron de ser meros agentes pasivos (si no figuras ausentes) a protagonistas exclusivas, como sucede en los libros de Ariana Harwicz y Sylvia Molloy, por nombrar a dos autoras contemporáneas de distintas generaciones? Los cambios en el contexto social, por supuesto, acompañan e impulsan nuevos circuitos, dinámicas y consumos literarios, pero la relación entre realidad y ficción es reticular. En los últimos quince años, junto con el despliegue de nuevas subjetividades femeninas en la ficción aparecieron más voces de escritoras.

"Creo que es evidente que hay una mayor edición y circulación de escritoras mujeres tanto a nivel nacional como regional e internacional -comenta Nora Domínguez, doctora en Letras, directora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (UBA) y autora de libros clave como Lazos de familia. Herencias, cuerpos, ficciones y Fábulas del género-. Me interesan Margarita García Robayo (Colombia), Lina Meruane (Chile), Fernanda Trías (Uruguay), Verónica Stigger (Brasil). Ellas saben mirar los mundos en que viven y extraer los personajes, los conflictos, las voces más desafiantes que los hagan hablar; trabajan en los límites y eso me seduce mucho porque están probando qué decir, cómo narrar, cómo levantar capas de sentidos. La mexicana Valeria Luiselli tiene una imaginación sofisticada y un manejo extraordinario de la prosa."

Sobre el trabajo de las autoras nacionales, Domínguez agrega: "La vida doméstica, los lazos familiares, los encuentros afectivos y sexuales son los aspectos que tal vez más han cambiado a lo largo del siglo XX y en lo que va del XXI. La literatura, aunque puede anticiparse o ir detrás de las transformaciones, siempre va con ellas a su lado, ofreciendo perspectivas y colocando voces diferentes en esas series. Los temas proliferan: las marcas de la enfermedad, las versiones inéditas de las violencias políticas aún sin narrar o de las violencias sobre el cuerpo de las mujeres, los viajes y exilios. Pero lo interesante es la emergencia de modos de narrar más desprejuiciados, más críticos, más experimentales, que alteran nuestras certezas sobre las representaciones de género y las múltiples relaciones imaginarias, reales, políticas que establecemos los humanos." Domínguez adjunta en su respuesta una larga lista de autoras: Perla Suez, Sylvia Molloy, Gabriela Cabezón Cámara, María Martoccia, Mariana Docampo, María Moreno, Matilde Sánchez, Romina Paula, Gabriela Massuh, Tununa Mercado. "Y leí con mucho interés a María Sonia Cristoff, Selva Almada, Lucía Puenzo, Samanta Schweblin, Vanesa Guerra y Mercedes Araujo. Hay otras que también vienen pisando fuerte: Eugenia Almeida, Ariana Harwicz, Virginia Cosin."

¿En la literatura escrita por varones en los últimos años esas modulaciones e intensidades también aparecen? Domínguez sostiene que sí. "Difícilmente me vaya a olvidar de la mucama enamorada, abandonada y espiada de cerca en Rabia de Sergio Bizzio, o del personaje de Helena, en la nouvelle de Eduardo Muslip Plaza Irlanda, o de las jóvenes lesbianas de Iosi Havilio en Opendoor o en Paraísos. No me parece un factor determinante que sus autores sean varones; dieron en el clavo con una construcción del mundo afectivo y sensible de los personajes, que los vuelve muy creíbles. Supieron encontrar para esos personajes femeninos las herramientas perfectas que ofrecen el estado actual de la cultura, de sus lenguajes y de su imaginación. Los personajes de las tres novelas de Gabriela Cabezón Cámara también concentran personajes potentes, espacios de lo marginal en carne viva y una lengua a un mismo tiempo controlada y desquiciada que los domina. Con esos textos sí que ganamos."


El lugar de las fantasías

Mariana Docampo es licenciada en Letras, narradora y directora de la colección Las Antiguas, del sello Buena Vista, que rescata textos de autoras argentinas del pasado, como Emma Barrandeguy o Elvira Aldao. Para la autora de La fe, los cambios más interesantes en la representación de personajes femeninos se dan en la literatura escrita por mujeres. "Ahí aparecen los personajes femeninos más originales, por la libertad con la que se expresan ciertos aspectos de algunas mujeres, ante los cuales la mirada masculina es sesgada, muchas veces por desconocimiento, por desinterés o por prejuicio. Personajes sobre los que no cae la mirada o pregunta moralizante de un autor hombre, o que no ocupan el lugar de sus fantasías, algo que lamentablemente sigue siendo muy frecuente en la literatura argentina contemporánea." Sobre este último aspecto, basta repasar títulos best sellers de autores locales en los que aparecen variaciones insufribles de la femme fatale, la arpía o la ninfómana.

"Son muy interesantes las dos novelas de Harwicz, La débil mental y Precoz, que muestran una sexualidad de los personajes femeninos un poco incómoda para los lectores -apunta Docampo?. Madres con una fuerte carga incestuosa, que ponen en jaque el estereotipo de la maternidad y que extreman el rol hasta lo indigerible. Otra escritora que trabaja en un borde muy particular para representar a sus protagonistas mujeres es Cabezón Cámara, que está inmersa en las aguas de lo queer. Sus mujeres están como estalladas por dentro (y por fuera también), un poco más allá del género, son y no son mujeres; podríamos decir que son transmujeres. También me parece innovadora la representación de mujeres que aman o desean a otras mujeres en La intemperie de Gabriela Massuh, o en Desarticulaciones, de Sylvia Molloy. El tratamiento de lo autobiográfico les da un plus de valor a estas novelas porque eso desborda los límites textuales y extiende lazos hacia las protagonistas reales."

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Para Docampo, la literatura anticipa o expresa cambios de época. "Lo importante es prestar atención a estas voces y a estas nuevas representaciones, porque son las que amplían el abanico de lo que se cuenta en la Argentina, lo enriquecen, y a la vez, modernizan la literatura, la adaptan a los tiempos que corren. Esto significa que ya sea que nos identifiquemos o no con los personajes representados, los lectores vamos a tener la oportunidad de abrirnos a nuevas subjetividades; esto trae implícito una posibilidad de reflexionar más y mejor sobre nosotros mismos y el mundo en que vivimos." Otras autoras, como Ariadna Castellarnau, Mariana Komiseroff, Giselle Aronson, Violeta Gorodischer, Natalia Brandi, Beatriz Vignoli, Paula Brecciaroli, Natalia Massei, Claudia Aboaf, Mirta Hortas, Marina Yuszczuk y Mariana Travacio suman espesor a la experiencia femenina desde ópticas domésticas trastrocadas, en medio de odiseas de inmigraciones y extravíos o de identidades en formación constante.


Pasajeras en trance

Julián López, autor de Una muchacha muy bella, novela organizada a partir de una figura femenina radiante, considera que el universo actual de la literatura argentina está escrito en gran medida por mujeres. "Puedo mencionar como potentes y diversas en el sentido de la representación y las voces de lo femenino a Gabriela Cabezón Cámara y a Inés Garland, dos escritoras que abordan universos de mujeres con niveles de intimidad que pueden sorprender por lo variado y en todo caso lo lejano, pero también por la veracidad y la voracidad como una característica de esas escrituras", dice López. "Además de ellas, me gustan mucho Alejandra Zina, me encanta la voz poderosísima que construyó Samanta Schweblin en la admirable Distancia de rescate, Selva Almada. Un descubrimiento personal fuera de este marco temporal fue Emma Barrandeguy, que como todo lo bueno viene de la mano de María Moreno, que fue quien la redescubrió. Su novela Habitaciones es fundamental en el contexto histórico y de género."

Gabriela Cabezón Cámara es una de las autoras más mencionadas por sus colegas varones y mujeres a la hora de evaluar la originalidad narrativa para diseñar personajes femeninos en la literatura local. "Lo que ahora está sucediendo es que muchas más mujeres escriben y publican; obviamente, lo hacen desde una perspectiva particular, diferente de la mirada hegemónica", dice. "Me interesa mucho lo que hacen Carina Radilov Chirov, cómo construye personajes de mujeres en momentos de clivaje; Zina, que explora vínculos de perturbadora intimidad entre mujeres; Harwicz, que piensa algo poco pensado como la relación madre-hija; Marina Mariasch, que construye un mundo familiar femenino en Estamos unidas; Havilio, con ese personaje fascinante de Opendoor, y Fernanda Laguna (alias Dalia Rossetti), que hace un trabajo impresionante en Dame pelota. Ahora ella trabaja sobre una mucama perversa, enamorada de su patrona y caliente con sus hijas adolescentes (las de la patrona). Rompe límites Fernanda. Me divierte mucho también la investigadora de María Inés Krimer, Ruth Epelbaum, una señora en sus cincuenta que, ayudada por su mucama y amiga, resuelve casos policiales en una Buenos Aires bastante pesadillesca."

Para Andrea Ostrov, doctora en Letras, docente e investigadora del Conicet, autora de El género al bies: cuerpo, género y escritura en cinco narradoras latinoamericanas y Espacios de ficción. Espacio, poder y escritura en la literatura latinoamericana, existen orientaciones claras en la narrativa escrita por mujeres en las dos últimas décadas. "Por un lado, persiste una continuidad fuerte en relación con la violencia dictatorial y el trabajo de la memoria, tal como lo evidencian las últimas novelas de Sara Rosenberg (Un hilo rojo y Contraluz); de María Teresa Andruetto (Lengua madre y Los manchados); de Susana Romano Sued (Procedimiento); de Nora Strejilevich (Una sola muerte numerosa) y de tantas otras narradoras. La representación del pasado traumático se realiza en forma fragmentaria, mediante el ensamblaje de voces, documentos, cartas, testimonios. Los personajes femeninos -muchas veces con una impronta autobiográfica- intentan una recuperación de lo acontecido que posibilite alguna reconstrucción de sentido, un ejercicio de la memoria que resignifique la historia a partir de los interrogantes del presente. Otras veces, la reconstrucción e indagación del pasado se refiere al linaje familiar, al desarraigo de los padres o abuelos inmigrantes, a las tradiciones, a la tierra perdida. Aquí, la recuperación de la genealogía y la historia familiar resultan decisivas en la configuración de la propia subjetividad de las protagonistas." En esta línea trabajaron María Rosa Lojo, Griselda Gambaro, Perla Suez, Ana María Shua y María Angélica Scotti, entre otras. Otra vertiente que Ostrov destaca es aquella que se refiere a la violencia de género y a la trata de mujeres. Trabajos recientes de Angélica Gorodischer (una pionera) avanzan por ese camino.

Más allá de las líneas temáticas o las tendencias más visibles, para Ostrov los nuevos personajes femeninos se alejan en gran medida de los estereotipos de género y de las representaciones tradicionales. "Podríamos decir que sus identidades se constituyen precisamente a partir de los desvíos, rupturas y disensos que son capaces de establecer respecto de los modelos hegemónicos y los roles sociales recomendados. En este sentido habría que inscribir también los relatos que problematizan las formas tradicionales de maternidad y proponen configuraciones familiares, afectivas y sexuales alternativas, como por ejemplo La Virgen Cabeza y Romance de la negra rubia de Cabezón Cámara; El niño pez de Lucía Puenzo; La intemperie de Massuh; No es amor de Patricia Kolesnicov y, por supuesto, Varia imaginación de Molloy."

Para Cabezón Cámara los nuevos personajes femeninos importan, y mucho, porque "están poco escritos, porque permiten pensar nuevos puntos de vista". "Recuerdo cuánto me fascinó leer Casandra de Christa Wolf, una lectura de Agamenón, la tragedia de Esquilo. Casandra tenía el don de ver lo que sucedería y la maldición de no ser escuchada nunca por nadie, narrando el final de la guerra de Troya y el del comandante en jefe de su ejército: hermoso -agrega-. Es un trabajo semejante al de Jean Rhys en Ancho mar de los Sargazos: cuenta una historia ya contada desde la perspectiva del personaje que no hablaba o que no era escuchado, de la mujer, de la loca".

Creados por la urgencia de la actualidad, la búsqueda de una ruptura con la tradición o el deseo de perfilar otras voces, los personajes femeninos alcanzan un relieve inesperado en la literatura nacional a la vez que la enriquecen y transforman.


Daniel Gigena 





jueves, 10 de marzo de 2016

Entretien avec Lise Belperron (Éditions Métailié)



Lise Belperron : "Les écrivains d’Amérique du Sud voyagent beaucoup, s’expatrient souvent"

MARIE TORRES

Les auteurs chiliens, argentins ou encore mexicains, Lise Belperron les connaît bien. Et pour cause, voilà cinq années qu’elle a rejoint les éditions Métailié, maison fondée en 1979 et spécialisée dans la littérature sud-américaine. 






Micmag.net : En quoi la nouvelle génération se distingue-t-elle de celle du fameux Boom littéraire des années 60/70 ?

Lise Belperron : En Amérique Latine, comme partout ailleurs, la nouvelle génération d’écrivains n’est pas du tout confrontée aux mêmes réalités que ses aînés : la culture se démocratise, la guerre froide est finie, la politique n’enchante plus personne et la littérature se devait d’emprunter d’autres chemins. Beaucoup de jeunes écrivains se lancent dans l’exploration du passé proche – celui qui ne passe pas – dictatures, disparus, guerres civiles…

M. : Une littérature de la mémoire ?

L.B. : Souvent, les pouvoirs en place ont décrété des amnisties générales sous prétexte de sauver la paix et ont ainsi entravé tout le travail de mémoire nécessaire ; la littérature permet de fouiller ces archives et d’entamer une réflexion sur ce qui s’est passé. C’est le cas d’Elsa Osorio, Raquel Robles, Diego Trelles Paz, Martin Kohan… pour citer les plus récents.

M. : Mais ce n’est pas le cas de tous…

L.B. : Beaucoup se sont aussi repliés sur eux-mêmes, et ont découvert les joies de l’autofiction - à la française, pour le dire vite -, en se lançant dans la description de leur vie de doctorants aux Etats-Unis, de leur vie de couple, de famille, etc. Les écrivains d’Amérique du Sud voyagent beaucoup, s’expatrient souvent, parfois pour toujours, du coup le territoire en tant qu’ancrage perd parfois un peu de poids.

A l’opposé, on trouve un certain nombre d’auteurs qui s’inscrivent dans la lignée du grand « journalisme littéraire », ou de la « narrative non fiction » : c’est du réalisme, certes, mais sans fiction ; une forme de documentaire. On raconte le réel avec toute sa subjectivité. Par exemple, Leila Guerriero, Selva Almada dans son dernier livre Les Jeunes Mortes…

On peut noter également l’immense influence du Chilien Roberto Bolaño, toujours au sommet des références pour les jeunes écrivains latino-américains, et bon nombre de trajectoires personnelles qu’on ne peut rapporter à aucun effet de mode ou de génération : des écrivains qui construisent une œuvre, tout simplement.

M. : Qu’en est-il du fameux « réalisme magique » attribué aux auteurs de la génération du Boom ?

L.B. : Le réalisme magique reste présent, parfois : les Latinos sont bien moins cloisonnés que nous et, par exemple, on y trouve un goût certain pour le fantastique, qui chez nous est plutôt considéré comme un genre mineur, peu digne d’intérêt – ces dernières années en tout cas.

M. : Concernant les femmes, peut-on dire que, depuis le succès international de « La maison des esprits » d’Isabel Allende au début des années 80, leur a ouvert la voie ?

L.B. : En réalité, certaines avaient gagné une évidente reconnaissance avant Isabel Allende, dans des cercles restreints il est vrai : Clarice Lispector au Brésil, les poétesses Alfonsina Storni ou Alejandra Pizarnik en Argentine.

Aujourd’hui, les femmes ont plus ou moins la même place qu’ailleurs sur la scène culturelle : plus rarement reconnues que les hommes, elles retournent parfois le préjugé comme un gant en s’aventurant dans des formes ou des thèmes beaucoup plus périlleux.

M. : C’est-à-dire ?

L.B. : Je pense à des thèmes féminins par excellence comme la maternité, la relation amoureuse, mais aussi la maladie ou la mort. Mais elles ne les abordent pas toujours d’une manière attendue ; beaucoup, par exemple, explorent des maternités tourmentées, compliquées ; elles sont souvent moins dans la forme, plus dans la sincérité…

M. : Des exemples ?

L.B. : Eugenia Almeida, dont nous publierons le dernier roman à la prochaine rentrée, utilise les codes du polar (un mort, des flics, des journalistes) dans un livre époustouflant qui est tout sauf un polar ! plutôt du côté du thriller métaphysique, pas très loin de Beckett !

On en voit quelques-unes s’aventurer du côté de la « narrative fiction », sur des sujets aussi divers que le malambo (une danse folklorique argentine), chez Leila Guerriero – elle sera publiée chez Bourgois-, la Patagonie, le sexe chez Gabriela Wiener, la Palestine pour Lina Meruane, le féminicide poue Selva Almada. Mais ceci n’est pas très important, et là encore on peut difficilement établir des généralités, pour moi, il y a les bons livres et les mauvais livres…

M. : En conclusion ?

L.B. : On peut dire qu’avec des auteurs comme Piedad Bonnett, Aurora Venturini, Lina Meruane, Selva Almada, Elsa Osorio, Eugenia Almeida, Adriana Lisboa, Ana Paula Maia, Lucia Puenzo… Les femmes sont vraiment entrées en littérature, même si elles restent minoritaires parmi les auteurs alors que, ne l’oublions pas, l’édition est un des milieux les plus féminins qui soient !



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