domingo, 31 de enero de 2016

Peor el remedio que la enfermedad



Un equilibrio precario

Como ya conté en una crónica anterior, hace unos años tuve un accidente en moto. La principal consecuencia fueron tres huesos rotos. Pequeños, mínimos, tres huesos del pie derecho. El médico que me atendió en la ART quedó impresionado por lo que llamó una 
“inusual tolerancia al dolor”.

Tuvimos una discusión algo extraña en torno de la posibilidad de una operación. Él dijo: “Vamos a evaluar”. Yo dije: “No”. Él dijo: “Quizá sea indispensable”. Yo dije: “De ninguna manera”.

–Señora, usted no está capacitada para decidir esto por su cuenta.

–El pie, ¿de quién es?

–Suyo –dijo él, suspirando.

–¿Entonces?

–Que usted no está en condiciones de elegir. Si la operación es necesaria, vamos a tener que hacerla.

–Si usted me dice que la mejor opción es abrirme el pie con un cuchillo y meter ahí tornillos, clavos o cualquier otra cosa no proveniente de la naturaleza, le aviso ya mismo que me levanto y me voy.

–Lo de levantarse le va a costar bastante...

–Entonces me arrastro y me voy.

El médico y yo contenemos una sonrisa. Nos hemos tentado, pero no podemos dejarnos ir en esta incipiente camaradería, no debemos abandonar nuestros roles. Él debe recordarme que es quien va a decidir qué es lo mejor para mí. Yo debo demostrar que, más allá de mi insoportable tendencia a hacer chistes tontos, voy a mantenerme firme en mi posición: el pie es mío y yo hago con mi cuerpo lo que se me da la gana.

Él tose. Sale del consultorio con mi radiografía. Vuelve unos minutos después.

–Le tengo una buena noticia.

Tiene una sonrisa demasiado jubilosa para lo que está pasando. Yo ya sé de qué se trata. Internamente, está festejando haberse librado de otra larga discusión conmigo.

–No hay que operar.

Luego va a explicarme que no necesito yeso sino sólo una bota de plástico duro. Me llevan a una sala contigua, me van probando botas, hasta dar con una que me queda bien. Soy una especie de Cenicienta posapocalíptica.

El médico me dice dos cosas.

–Una: bajo ningún aspecto apoye el pie derecho. Si lo hace, alguno de los huesos puede desplazarse y deberíamos reconsiderar la necesidad de operar. Dos: no se quite la bota. Ni siquiera para dormir.

Me quedo pensando cómo voy a moverme si no tengo permitido apoyar el pie. La mente es misteriosa cuando se niega a ver. Uno de los enfermeros se acerca con unas muletas. Eso era lo que mi mente tardaba en percibir.

Tengo que doblarme en dos para que las muletas encajen. Son para un niño. O para alguien muy bajito. Mi 1,72 sufre hasta llegar a ese sostén. Me dicen que no hay otras. Me explican que debo ir a la ortopedia y retirar unas de mi tamaño.

Salgo de la ART con movimientos que deben sugerir un ataque de epilepsia. Ya me cuesta coordinar con el cuerpo en buen estado; ahora golpeo a la gente cuando levanto una muleta, me resbalo para un lado; todavía no descubro la lógica de apoyos complementarios que son el fundamento del uso de muletas. Me paro en la vereda y espero un taxi. Por suerte llega pronto.


Clases particulares

El taxista ha tenido la gentileza de pararse bien pegado al cordón. Tarda dos segundos en entender que posiblemente yo me rompa la cabeza tratando de subir. Uno a veces olvida que los movimientos cotidianos están compuestos de miles de etapas complejas que hacemos sin pensar. Yo acabo de descubrirlo en toda su potencia. Y el taxista, también. Baja del auto, se acerca, toma las muletas, me da un brazo, me ayuda a bajar la cabeza. Mientras me siento, pregunta:

-¿Se las acaban de dar?

Yo cabeceo diciendo que sí. Él ya está sentándose y ahora me mira por el espejo retrovisor.

-Ya se va acostumbrar –dice–. Lleva unos días.

Pregunta qué me pasó. Cuando le digo que un taxista me atropelló, prácticamente tiene lo que parece una apoplejía. Se pone bordó y larga una cantidad tan enorme de insultos, a una velocidad tan inusitada y con una pronunciación tan precisa de las che, las erre y las pe que me dan ganas de aplaudirlo de pie.

El eje de su discurso es lo mal que algunos hacen quedar al gremio de los taxistas. El chofer tiene una teoría que podría resumirse así: una chapa la compra cualquiera, pero no cualquiera es taxista. Taxista es una especie de título honorífico que se consigue con millones de gestos cotidianos. Por ejemplo: bajarse del coche para ayudarme a subir.

Tan ensimismado está con lo que dice que nos pasamos unas cuadras. Cuando se lo hago notar, me aclara que ya mismo detiene el reloj, que va a descontar las fichas, que fue sin mala intención, que no vaya yo a creer que esto ha sido deliberado. Lo tranquilizo. Veo que está muy preocupado por mi opinión sobre los taxistas, en especial después de que uno me llevó por delante y se fue sin ofrecer ayuda.

Damos una vuelta a la manzana para volver a la ortopedia. Otra vez se baja del auto para ayudarme, pero ahora, en lugar de ofrecerme el brazo, lo que me da es una clase práctica de movimientos.

–Saque una muleta. Así. Sosténgala con la mano. Agárrese la pierna. Ayúdela a salir. Gire la cintura, saque la otra pierna. Baje la cabeza. Impúlsese con la fuerza de sus abdominales, haga apoyo en la mano que sostiene la muleta. Así. Ahora enderece la cintura. Gire. Busque la otra muleta. Apóyela. Nunca se mueva si no tiene una pierna firme. Nunca haga dos movimientos juntos.

En un minuto estoy de pie, en la vereda. Voy a acordarme del taxista a lo largo de dos meses. Siempre el recuerdo trae incluida una especie de bendición para él y su familia. Mientras me dice algo más, un zorro gris hace sonar su silbato y el taxista me señala como diciendo: “¿No ve que la situación es particular?”

Al zorro gris parece no importarle mi proceso educativo y hace un gesto con la mano, algo que podría traducirse como: “Se va ya o le hago una boleta”.


Invisible a los ojos

He quedado sobre el cordón, al borde de la vereda, mirando la calle. De repente me siento infinitamente sola: el taxista no me explicó cuál es el procedimiento para girar sin caer. La gente pasa y me mira. Como si pensaran: “Qué rara esa señora, qué movimientos más extraños”. Algo que se va a repetir: a la gente, en general, le importa muy poco que no puedas caminar, que uses muletas, que estés en silla de ruedas. En general, reaccionan como diciendo: “Ay, sí, qué triste, pero no es mi problema”.

Me doy por vencida. Hay una señora en la parada del colectivo. Hace rato que me mira, pero cada vez que pongo mis ojos en ella, desvía la mirada. La llamo. Se hace la distraída. Apenas vislumbro algo que antes sólo comprendía de lejos: lo difícil que debe ser la vida cotidiana para alguien que necesita pedir ayuda a desconocidos.

Finalmente, me mira como si acabara de notarme. Y, sin embargo, hace 10 minutos que estoy haciendo una torsión de cintura digna de una bailarina árabe. Se acerca. Le pido que sostenga una muleta y, ahora sí, por fin, puedo darme vuelta.

Agradezco, encaro la puerta de la ortopedia y ahí están. Cuatro escalones. Cuatro. ¿A qué genio se le ocurrió habilitar una ortopedia en un local con escalones? A un lado, hay una rampa. Un metro y medio con una inclinación de 45 grados. Algo digno de un levantador de pesas. Si en una superficie horizontal me cuesta mantener el equilibrio, en una inclinada la catástrofe es prácticamente inevitable. Enfrento las escaleras. Y lo logro. Después de 10 minutos, con miradas aterrorizadas a la superficie de mármol de los escalones y a la goma gastada de las muletas.

Nuevo desafío: la puerta es pesadísima. Otra genialidad del que habilitó el local. Como si las personas que no pueden moverse fácilmente fueran condenadas a estar siempre acompañadas y debieran resignarse a ceder su autonomía.

Tengo una pierna doblada hacia atrás, estoy inclinada para poder encajar en las muletas y, por un misterio de la física, tengo que balancearme para no caer hacia adelante. En esas condiciones, es muy difícil abrir una puerta. Golpeo apenas el vidrio y sonrío. Un empleado se apiada y viene a abrirme. Le doy el papel, me mira de arriba a abajo y pregunta:

–¿Por qué le dieron esas muletas?

–No había otras. Era sólo para llegar hasta aquí. Ahora tengo que devolverlas.

No estoy segura, pero juraría que ha sonreído y no con esas sonrisas amables. Más bien, una de las maliciosas. Quizá él sí sabe lo que implica haberme dejado a solas con unas muletas que apenas me sobrepasan la cintura.

Busca otras. Me las entrega, me hace firmar un papel y se va a atender a una señora que acaba de entrar. Ahora hay que girar, abrir la puerta, bajar los escalones y llegar hasta la vereda.

Pero con el hermoso agregado de usar las muletas nuevas y llevar las viejas encajadas bajo el brazo. Cuando termino, me siento una atleta de alto rendimiento. Alguien listo para competir por una medalla olímpica.


Un misterio resuelto

Paro un taxi. Este chofer parece el negativo moral del que me trajo. Mientras yo lucho por entrar al auto, él resopla como un toro, dejándome saber que estoy haciéndole perder el tiempo. Cuando le digo adónde vamos, contesta:

–Si hubiera sabido, no la levanto, son unas cuadras.

–Se imaginará que para mí unas cuadras significan lo mismo que mil kilómetros...

Resopla otra vez.

Al llegar a la ART, le pido que me espere un minuto. Me dice que no puede perder otros clientes. Le digo que esta vez voy bastante más lejos, le doy la dirección. Me dice:

–A mí lo que me conviene es la bajada de bandera.

Le contesto con una frase de la que no me enorgullezco, pero que era claramente inevitable. La frase comenzaba diciendo “Lo que a vos te conviene es...”

Entro a la ART, entrego las muletas viejas. El muchacho que me vio antes, mira las nuevas y dice:

–Estas están bien.

Voy a recordar perfectamente esa frase, porque una semana después –siete largos días de dolor de espalda, de brazos, de manos, además del esperable dolor en el pie–, cuando vaya a la consulta de control, apenas el médico me vea entrar va a preguntar:

–¿Por qué las usa así?

–¿Así cómo?

–Así –dice mientras afloja una tuerca y estira la madera alargando las muletas.

Me las da. Son perfectas. Por fin las reconozco como un instrumento que sirve para ayudar y no como una herramienta de tortura.



Eugenia Almeida

Ilustración: Juan Delfini
Publicado originalmente en Días contados 

La voz del Interior

jueves, 28 de enero de 2016

Comentario de Daniel Riera (Página/12) sobre "La boca de la tormenta"




Irreversible

Revelaciones sin salida, la materia de los sueños y una reflexión sobre la poesía se despliegan en "La boca de la tormenta", de Eugenia Almeida.

Por Daniel Riera


“La primera piedra cae en la frente. Duele tanto que/encandila. Los ojos se abren y ves las cosas./ Quedan pegadas a los párpados.” Así empieza todo. Los sueños, entonces, dejan de ser tales y se convierten en pasadizos por donde se ve lo insoportable, la muerte. Tener poderes: alguien va a morir y yo lo estoy viendo y sintiendo. “Yo me he dormido sintiendo el vuelco en el cuerpo,/sin saber a quién decírselo.” Y no es sólo que lo veo, sino que las visiones “quedan pegadas a los párpados”. Quiere decir que pesan. Quiere decir que es imposible despegarlas. ¿Qué puedo hacer con eso que vi? Nada. ¿Qué clase de poder es, entonces? Bueno, algo se puede hacer. Algo: describirlo. “Interpretar es decir no”, dice. Habla de los sueños. ¿Habla de la poesía? Veremos. La boca de la tormenta es un poema fantasmagórico y existencial a la vez donde las revelaciones se van sucediendo y de la mano de las revelaciones sucede una cierta frustración; porque las revelaciones desconciertan en la medida en que no se puede hacer casi nada con ellas; porque las revelaciones no se buscan, sino que simplemente acuden. No parecen tener un propósito definido excepto, tal vez, el de perturbar a quien las recibe. “Los que están por morir, los que vienen a buscar en/mí algo que ni yo sé que tengo, esos, suelen ser/desconocidos. Rostros cejas bocas cierta forma de/mover los dedos. Cicatrices. Arrugas./Signos de algo que yo podría haber amado./Sin embargo: desconocidos. Tan familiares.” ¿Por qué tan familiares si son desconocidos? Tal vez porque van a morir, tal vez porque los une (nos une) ese mismo sino trágico. Todxs tenemos la certeza de lo irreversible: sólo que aquí hay información precisa respecto de cómo, de cuándo y a quiénes. Presagios. Tener algo que nadie tiene y descubrir fatalmente que es mejor no tenerlo, que se sufre menos. El abismo de ver lo que nadie ve: la condena a la soledad y a la incomprensión. Las posibilidades de la lengua, siempre relativas, aquí son bien escasas: porque no se puede nombrar lo que no se entiende, lo que no se soporta, lo que, por otra parte, nadie quiere escuchar. Y sin embargo hay un texto que trabaja, precisamente, sobre esas limitaciones, sobre esas imposibilidades. Los sueños son intraducibles. “El sueño viene en lengua extranjera, dicen./Yo digo: viene sin lengua, es la lengua, la falta de lengua./No viene a decir nada. En el sueño no hay decir o no/decir. No hay callar.” El sueño se parece bastante a la poesía, entonces: hay un lugar inaccesible, un lugar donde no puede llegar la cárcel del sentido. Y en este caso el sueño mismo no se atreve a ser nombrado del todo como sueño, porque los límites entre la ensoñación y lo real son bien difusos, porque el sueño es también presagio, recuerdo de lo porvenir. “Nada es traducible”. Todo el poema consiste en eso: la búsqueda de ese sentido que se escapa una y otra vez y que tal vez se encuentre en esa misma búsqueda imposible. Los ojos que ven hacia adentro y hacia afuera. “...Caen/ los dedos bajo los ojos, yo estoy viendo esto.” El encuentro con lxs muertxs y la locura inevitable. “A esto voy a pagarlo con locura”, dice: es un presagio sobre el efecto que surtirá tanto presagio junto. Y la mirada de lxs demás, lxs que se encargan de censurar el desvío. Ella ve lo que se supone que no debería ver. “¿Van a lapidarme? ¿Eso significa?” La visión como el primer paso hacia la condena. “Van a decir que veo demasiado signo.” ¿Cómo se mide ese “demasiado” si no es comparando con lo que ven lxs demás, con la proporción que lxs demás estiman correcta? ¿Cómo se mide ese “demasiado” sino en términos de condena ajena? La visión que convierte en culpable, ante los ojos de los que no ven, al que ve. “Me he acostumbrado a la brutalidad de los que están/seguros. Y sin embargo, nunca he sido tan torpe.”

Daniel Riera

Las 12 - Página/12






lunes, 25 de enero de 2016

Las buenas intenciones - Amity Gaige




El camino del infierno

El problema de una mentira –aunque sea inocente– es que, una vez dicha, exige ser sostenida y se vuelve cada vez más difícil salir de ella.

Erik Schroder está en prisión. Desde su celda, siguiendo el consejo de su abogado, escribe una larga carta a su exesposa. Es “una especie de alegato”, una disculpa, una explicación. Un escrito en el que le contará, por primera vez, parte de su vida: su infancia, la relación con sus padres, los inicios de la mentira con la que quiso transformarse en otro.

Erik tratará de rastrear cómo comenzó aquello que lo ha llevado a esa celda. Y, para hacerse entender, tendrá que ir prácticamente al origen, a 1970, en Alemania, cuando nació; a 1979, cuando llegó con su padre a los Estados Unidos; a 1984, cuando decidió firmar un documento con un nombre falso y así empezó a convertirse en Eric Kennedy, una identidad hecha en base a lo que hubiera querido ser. Sí, la carta es una confesión. El intento de ser comprendido. Él, el niño inmigrante que hace todo lo posible por olvidar lo que dejó atrás, esconder su acento y ser uno más.

El nombre falso que comenzó como una necesidad de pertenecer a un mundo nuevo queda finalmente aceptado gracias a una “serie de falsificaciones” que lo instalan como verdadero.

Bajo ese nombre lo conoció su esposa, ese es el apellido que recibió su hija, una hija que él secuestró. Pero esa palabra, “secuestro”, no explica lo que quiso hacer. Y ni siquiera se trata de deseo. Esa palabra no explica lo que le pasó, lo que lo fue llevando a cometer error tras error hasta que ya no hubiera salida.

En pleno divorcio, envuelto en una pelea por la custodia de su hija, Erik rompe el acuerdo de las visitas y “huye hacia adelante”. La ruta, un auto robado, un viaje sin rumbo guiado por la inconsciencia y la incapacidad de tomar decisiones. Huir, huir, lo único que puede hacer este hombre. Huir llevándose a Meadow, su hija de 6 años –claramente la más madura de los dos–, ir pensando a medida que maneja, dejar que se lance su pedido de captura. Su falsa identidad ya ha salido a la luz y ahora es un loco que viaja por la ruta con una niña robada.

Huir. Autojustificarse. ¿Puede hacer otra cosa? Erik, en su confesión, le cuenta a su esposa que una vez, cuando era chico, un compañero de escuela quiso golpearlo y en lugar de enfrentarlo él salió corriendo. Cuando llegó a su casa y se lo dijo a su padre, aquel alemán lacónico le respondió con una frase que quizás sirva para explicar todas sus acciones: “lo natural es huir”.

De eso trata esta hermosa novela. De la memoria y el olvido, de las trampas y las mentiras, del modo en que construimos nuestra identidad.  

“El olvido no existe”, se repite una y otra vez Erik. Ha tratado de ser otro, ha buscado eso en la estrategia de cambiar su nombre. Sin embargo, siempre es él. 

Otro tema que atraviesa la historia de Las buenas intenciones es el de la paternidad. Erik es alguien que desea ser padre pero que descuida completamente a su hija. Un negligente, un irresponsable, un negador. Un impostor, un fabulador, un egocéntrico. Un personaje que, por sus acciones, debería generarnos rechazo. El increíble logro de la escritora Amity Gaige es haber conseguido que la voz de Schroder genere empatía, que uno llegue a comprenderlo a la vez que se horroriza de ese hombre irremediablemente inmaduro.

Dice el refrán que “el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”. Esa es la historia de Erik Schroder, alguien que difícilmente pueda ser catalogado como una “mala persona” pero que construye un infierno apilando sus deseos.

Por detrás del relato aparece la Historia con mayúscula. Cómo la división de Alemania y el Muro de Berlín pueden haber marcado las vidas de las personas. Cómo la infancia en una ciudad dividida y la huida a un país extranjero pueden dejar huellas imposibles de remontar.

Amity Gaige nació en Estados Unidos en 1972. Las buenas intenciones es su tercera novela. La autora declaró en una entrevista: “Alguien me dijo una vez que todos mis libros tratan sobre la identidad. Es cierto. Quién sabe por qué. Fui consciente, de manera temprana y turbadora, de que el yo es una construcción. Y por desgracia no he podido quitármelo de la cabeza. En gran medida ‘decidimos’ quiénes somos. Nos enseñamos a nosotros mismos a tener ciertas cualidades. Pero quién sabe si, incluso a pesar de eso, se trasluce un yo con el que nacemos, que es mejor o peor del que proyectamos. Supongo que eso mismo está en la novela”.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




viernes, 22 de enero de 2016

Comentario de Cezary Novek (Marcha) sobre "La tensión del umbral"




Ante el abismo

Por Cezary Novek

Reseña de la tercera novela de Eugenia Almeida,
 en la que se indaga sobre el reciclaje de los grupos de tareas.

Con frases cortas y un estilo parco, la última novela de Eugenia Almeida le da varios ajustes de tuerca al policial con La tensión del umbral, publicada el año pasado por Edhasa. A pesar de que la violencia social y el espectro de la última dictadura militar siguen planeando sobre su obra, en La tensión en el umbral, se ha desplazado el centro de interés a los mecanismos de poder y ya no a sus efectos en la comunidad, a qué pasa cuando un aparato represivo queda huérfano, cómo se reciclan sus componentes.

La novela puede hablar de grupos de tareas, de la Triple A o de cualquier grupo de sicarios, pero también de todos los sectores que permiten y avalan la existencia de grupos parapoliciales. Es, en este sentido, no solo una novela policial, sino una reflexión sobre cómo el crimen impregna de moho todas las instituciones, civiles, no civiles, estatales y privadas.  

Carlos Gamerro, en su ensayo Para una reformulación del género policial argentino dice que el policial anglosajón clásico siempre comienza con un cuerpo. Contrapone el policial argentino, donde la acción comienza con la desaparición de un cuerpo y donde el investigador no suele ser un miembro de la institución policial (casi siempre la ejecutora del crimen), sino un periodista o un civil particular que apenas se conforma con saber la verdad, con entender y punto. Ni pretensiones de hacer justicia o judicializar lo que se sabe que será cubierto por la misma mano invisible que causó el primer delito. En La tensión del umbral, la historia comienza con un suicidio en plena vía pública. Y con un periodista que quiere entender. Con apenas esos dos elementos, Almeida va tejiendo una trama que desciende a los infiernos como un espiral de pesadilla.

Los primeros capítulos recuerdan en cierta forma a Los suicidas, de Di Benedetto, en el sentido que parece apuntar a una investigación de archivos. El protagonista está interesado en saber el por qué del suicidio de una chica a la que ni siquiera conoció y eso lo llevará a meterse con fuerzas que exceden su capacidad de comprensión. Las reflexiones que se hacen sobre el suicidio, así como la re construcción de la personalidad de la víctima es otro de los puntos fuertes del libro. Al comienzo las voces se mezclan y uno siente que se está perdiendo algo importante, pero los diálogos van calibrando la historia de forma tal que Almeida casi nunca necesita aclarar quién dijo tal cosa. Así de naturales las conversaciones.

Aunque lo más interesante es cómo se va retratando al antagonista, sobre el que nada se dirá para evitar spoilers involuntarios. Es muy raro que la literatura argentina contemporánea –en especial, la literatura que toma como disparador períodos de violencia histórica reciente– indague en el alma o la mente de los verdugos. Por lo general, se limita a gritar lo espeluznante que es el verdugo, pero rara vez se le acerca. Mucha de esta literatura envejece apenas publicada debido al error recurrente de demonizar al represor como un ser tan malvado, que de puro malo termina siendo una caricatura, un villano de opereta con carcajada estruendosa, que se retuerce la punta de los bigotes mientras ata a la chica a la vía del tren. Nada de eso pasa aquí. Tenemos un personaje complejo, atormentado a su manera y con dilemas existenciales. De algún modo –y al igual que el protagonista– el titiritero que mueve los hilos desde las sombras también busca entender cosas. Aunque los caminos sean muy diferentes, igual que los objetivos del periodista, la experiencia de lectura termina sugiriendo que tal vez sea el malo el verdadero protagonista de esta historia. Un malo que es la personificación de la impunidad entendida como una serpiente que muda la piel con cada gobierno y se mantiene perenne, trascendiendo a estos en su permanencia. Es este tratamiento excepcional, poco frecuente, lo que amplifica el alcance de la novela más que su tema. Son contadas las ocasiones en que el autor escarba en el alma del malvado y busca entender con él. Uno de los pocos casos fuera de la presente, es La soledad del mal, de Horacio Convertini.

Una comparación odiosa, para evitar adelantos en la trama: en su última película, un telefilme titulado Down came a blackbird (Jonathan Sanger, 1995, aquí se la conoció como El ocaso), Raúl Juliá interpretó a un supuesto profesor de literatura que asiste a una terapia grupal para víctimas de la tortura. El grupo es dirigido por una sobreviviente de Auschwitz. El supuesto profesor conoce una periodista, que había sido secuestrada por los escuadrones de la muerte. Se enamoran, la ayuda a superar su fobia al agua y abre su corazón a ella: es un hombre atormentado que lee a Rilke y la trata con dulzura paternal. Sobre el final, nos enteramos que él no había sido un secuestrado sino un torturador, que también se consideraba víctima y que estaba en el grupo porque quería entender. Sin llegar al nivel de melodrama de Down came a blackbird, y aunque el tema no es tanto la tortura como la apropiación de menores, La tensión del umbral presenta un tratamiento jugado y original al nivel de esa película.

Desde su primer libro, El colectivo, Almeida cultiva un estilo sobrio y austero, que hace rendir sus recursos al máximo. La tensión del umbral sigue el hilo de sus obras anteriores en el sentido de que continúa indagando en la lógica del aparato represivo, pero a su vez es diferente porque en este caso hay varios giros que redoblan la apuesta en pos de una universalización del tema. Y pese a la complejidad de la trama –incluso, por cómo está presentada–, la experiencia de lectura es vertiginosa, adictiva. *


Cezary Novek





martes, 19 de enero de 2016

Los últimos 10 días del año que pasó





Lunes 21 de diciembre

Busco la nueva agenda. Debería pasar algunos datos. Pequeñas anotaciones que he ido haciendo en la contratapa de un cuaderno que siempre llevo en la mochila.
Voy recorriendo la agenda vieja y me detengo en algunas cosas que no tenía presentes. Enero parece pertenecer a un año lejano. Pienso en el modo en que los días van pasando, acumulándose, superponiéndose. Descubro que lo que recordaba sin dudar es un error: el viaje de trabajo a Neuquén no fue en junio sino en septiembre. 
Y fue por ese entonces cuando empecé a llamar incansablemente al techador para que terminara el arreglo que dejó por la mitad. Aquí estamos: las goteras y yo. El causante de esto sigue ausente de los lugares que solía frecuentar.
Pienso que mi memoria es generosa: achica los malos ratos y extiende los buenos.
Ahora sé por qué algunas personas escriben un diario personal. Quizá se trata de llevar un registro de aquello que el recuerdo transforma. Decido observar estos últimos 10 días de 2015. Fijarme en las minucias, los detalles. Darles espacio a las cosas que pueden suceder –o no– en un día.


Martes 22 de diciembre

Voy a Córdoba a hacerme un análisis. Cuando la enfermera prepara la aguja, miro a otro lado. Ver eso me impresiona. Ella se ríe.
Anoche, a las ocho, tomé el último mate. Cuando salgo del laboratorio me siento lánguida como si llevara una semana sin comida. Complacerme: un desayuno completo en un bar con vidriera a la calle. El diario. Café. Manteca. Un placer que es siempre nuevo y perfecto.
Al llegar a mi casa, en Unquillo, prendo el televisor. Veo en la pantalla la protesta de los trabajadores de un frigorífico en Buenos Aires. Corridas, balas de goma, represión. La nueva ministra dice que la decisión se tomó porque no podía impedirse el paso de los hinchas de River que iban al aeropuerto de Ezeiza a recibir a los jugadores de su equipo. Me digo que el sentido del humor de la ministra está en el límite de lo grotesco. Pero no, no ha sido un chiste. Lo ha dicho en serio.
Salgo al patio.


Miércoles 23 de diciembre

Hay un vallado en la Legislatura de Córdoba. Recorte a las jubilaciones. Palabras clave de las noticias: intervenciones, decretos, despidos. Apago la radio.
Todos los veranos, a esta altura del año, en Unquillo suenan los tambores. Los chicos se juntan en las plazas y en los patios a tocar, esperando los días de Carnaval. Este año es diferente. Se oyen bombos. La ciudad está convulsionada.
Después de más de 10 días de reuniones y asambleas, los empleados municipales declaran el paro. La nueva gestión ha anunciado que va a despedir personal. Hay marchas, protestas, apoyos. Se habla de 180 personas que pierden el trabajo en vísperas de Navidad. Aún no han cobrado el sueldo de noviembre. La mayoría son monotributistas, así que la palabra “aguinaldo” es algo que siempre se aplica a los otros.
El verano pasado, Unquillo sufrió las inundaciones más terribles de su historia. Todavía no nos hemos recuperado. Ahora se suma otro verano que va a dejar marcas, desesperación, tristeza.
Acompañando a los empleados que protestan están los chicos que van a la Escuela Popular de Arte, un espacio en el que aprenden, disfrutan y crean lazos. Se dice que el nuevo intendente ha decidido cerrarla.
Acomodo libros, tiro papeles, trato de ordenar las cosas en mi escritorio. Hago un mal movimiento y un dolor espantoso me aparece en la espalda. Me paso el día enfurecida, en un sillón, con una almohada doblada que va cubriendo los pozos que siento en la columna. Me quedo pensando en el extraño mecanismo que nos hace olvidar lo extraordinario que es sentirse bien. Me prometo no olvidar eso cuando el dolor ceda.


Jueves 24 de diciembre

Un día de asueto. Las imágenes desde el Litoral. La gente mirando el río que se lleva todo.
Oigo una sirena. Me asusto. Después de las inundaciones de febrero en las Sierras Chicas, alguien me comentó que iba a instalarse una sirena como señal de alarma en caso de que hubiera problemas. Me pongo un jean , las zapatillas y agarro mi mochila. Cuando salgo a la calle veo, a lo lejos, el camión de los bomberos. Arriba del techo, un señor disfrazado de Papá Noel mueve los brazos como si fuera la reina de la primavera. No encuentro adjetivo para describir la imagen. En medio del conflicto por los despidos de los empleados municipales, los bomberos voluntarios recorren los barrios haciendo sonar la sirena de la autobomba y repartiendo golosinas. De fondo, se oyen los bombos de la marcha.
A la tarde viene una amiga y trae pastaflora. Su esposo ha hecho humus y envía una cazuela. Los dos saben que el gesto de preparar comida para otro se anuda directamente con el afecto. Las cosas sencillas.
El dolor ha ido cediendo pero vuelve de una puntada cuando alzo a mi perra que, de un salto, ha tratado de entrar por la ventana y ha quedado encajada en la reja. Dejo que busque el rincón de la casa donde se sienta mejor. Todos los perros del barrio aúllan. Pirotecnia: fuera de mi comprensión. En la casa de la esquina un bebé llora a gritos. Seguramente también está asustado.


Viernes 25 de diciembre

Un silencio fresco en el momento en que amanece.
Las noticias de ayer dicen que Chicha Mariani encontró a su nieta. Clara Anahí. Una alegría luminosa.

Sábado 26 de diciembre

La noticia del 24 se deshace. Chicha Mariani aún no ha recuperado a su nieta. A aquella alegría le sigue una tristeza turbia.
Nunca dejo de pensar cómo será el día en que podamos festejar el encuentro de Sonia Torres con su nieto.


Domingo 27 de diciembre

Hago malabares para acomodar los nuevos horarios de trabajo. Dibujo en una fichita de cartón un cuadro donde voy acomodando las clases, los talleres, las capacitaciones.
Equilibrio de una monotributista que, cada diciembre, mira el cielo a ver si viene tormenta. En algunos diciembres con más zozobra que en otros.
En Unquillo, el Concejo Deliberante se reúne. ¿Un domingo? Sí, un domingo. Hay grupos de vecinos que protestan. Intervención policial. La sesión se suspende.


Lunes 28 de diciembre

Voy a la radio a trabajar. Cada lunes, hago una columna sobre libros. Llevo mi ejemplar de La casa de los conejos , de Laura Alcoba. La historia de una niña viviendo en la casa de la que secuestraron a Clara Anahí. Siento que esa novela debería encontrar algún lector entre los oyentes. La sorteamos.
Ya volviendo a casa, oigo los mensajes de aquellos que quieren el libro. Una mujer llama desde un pueblo de las Sierras. Explica por qué le gustaría leer a Alcoba. En dos o tres frases cuenta algo de su vida. Dice la palabra “dictadura”, dice que perdió a su marido, dice que llegó a ese pueblo de Córdoba buscando “una paz difícil de conseguir”.
No sé transmitir hasta qué punto me conmueve ese llamado. Esa voz detona un recuerdo: hace unos días, un amigo que vive en Inglaterra me contó algo de su adolescencia en la década de 1970. Una aventura, una excursión a unas barrancas que había en un barrio del norte de Córdoba. Él y otros chicos llegando a una casa abandonada. Sobre la mesa, un plato servido. Los rastros de lo cotidiano interrumpidos por el horror. La postal de cómo es desaparecer en medio de la vida de todos los días. Cuando me cuenta eso, nos quedamos un rato en silencio.
Nos vemos una vez al año. Cada diciembre, compartimos una tarde de mate. Después él vuelve a su laboratorio en la ciudad de York y yo espero el próximo encuentro.


Martes 29 
de diciembre

Llegan de visita unas amigas de Corrientes. Una de ellas cuenta que el 24 de diciembre toda su familia fue a la casa de la abuela para sacar las cosas que podía llevarse el agua.
Su abuela hizo el gualicho que podía detener la crecida: se paró frente a la línea del agua y la señaló con su bastón.
Cuando oigo eso pienso en las imágenes infantiles de Moisés haciendo un gesto para abrir el Mar Rojo. Un rato después de ese ritual, la abuela brinda y dice que el río ha venido a visitarlos para Navidad.
Pasamos parte del día tomando mate, compartiendo cigarrillos, charlando.
Hablamos del año, de lo que ha traído, de lo que se ha llevado.
Una de mis amigas trabaja en el área de salud mental de un hospital. Hace unas semanas, llegó a la guardia una mujer que oía voces. Ella se quedó varias horas ofreciéndole alternativas hasta que se sintiera mejor. Escuchándola. En medio del relato, la mujer que ha llegado a la guardia dice una frase que brilla. La mujer dice: “falto a mi despertar”. “Falto a mi despertar”. Unos días después se tira de un puente.


Miércoles 30 de diciembre

Escucho la radio. Una catarata de decretos de necesidad y urgencia. Me acuerdo de mi profesora de Historia de la secundaria. Mercedes Albornoz. Una mujer mayor, un rostro bellísimo, rasgos indígenas. Una voz potente. Una dulzura firme, algo dura. Recuerdo sus clases con una nitidez inusitada. El peronismo. El artículo 14 bis, los derechos del trabajador. La división de poderes. Siempre decía que la Historia sólo sirve si nos ayuda a entender el presente.
En el noticiero dicen que ha llegado al país una nueva droga sintética. Una especialista habla de los riesgos físicos y las consecuencias psicológicas. Dice que, dado que esta droga produce un estado disociativo, uno no sabe si después “la mente vuelve a encajar en el cuerpo”. La frase me llama mucho la atención. Me pregunto si mi mente está “encajada” en mi cuerpo.


Jueves 31 de diciembre

Treinta mil evacuados en el Litoral.
Confirmado: 180 personas menos en la Municipalidad de Unquillo.
Recibimos el año nuevo con amigos. Pizzas, patio, vino y charla. A las 2.30, me acuesto.

Pienso en cómo lo público y lo privado se cruzan, siempre, para construir una vida. Pienso en aquellos versos de Theodore Roethke: “En una época oscura, el ojo empieza a ver”. Pienso en Rodolfo Kusch y su concepto de “estar siendo”. Estar presente, todo uno, en el lugar en el que está. Estar despierto. Estar vivo.

En unos días tengo que mandar la columna al diario. Me duermo pensando en las primeras líneas: “Lunes 21: Busco la nueva agenda. Debería pasar algunos datos”.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en la columna Días contados.
Ilustración de Gustavo Dagnino





sábado, 16 de enero de 2016

Las olas del mundo - Alejandra Laurencich




Relatos en la tormenta

Es el verano de 1976. Andrea tiene 12 años. A su alrededor, los adultos repiten una y otra vez lo que parece inexorable: el gobierno de Isabel termina, los militares están a punto de tomar el poder. El cambio que se avizora es celebrado por muchos con fervor y entusiasmo. La vida familiar es la estructura en la que van encajando las piezas de la historia: una abuela eslovena “de misa diaria”, una madre anglófila pero peronista, un padre silencioso, un hermano con inquietudes políticas.

Durante sus vacaciones en Mar del Plata Andrea conoce a Malena Kunster, una chica dos años mayor que ella por la que se siente atraída con la potencia y la fascinación que tienen algunas amistades en la adolescencia. Malena fuma sin esconderse de sus padres, tiene seguridad, soltura y una extraña mezcla de encanto y crueldad que deslumbra a Andrea. La mención de Spinetta se convierte en un lazo que las une; el músico es una suerte de figura mítica, inalcanzable, casi divina.

El 24 de marzo de 1976 Andrea cumple 13 años. Y ese día se desata la tormenta que venía anunciándose: las botas, las persecuciones, la gente que desaparece, las huidas, el exilio, el silencio, las delaciones, las sospechas, la desconfianza, los rumores y el miedo. Los autos con las luces apagadas recorren las calles de los barrios; en las casas, las familias buscan en las bibliotecas aquellos libros que van a tirar al fuego. En el colegio también reina el autoritarismo; las monjas reproducen un orden que se vuelve asfixiante y destruye la frontera entre lo social y lo íntimo.

Andrea habita su cotidiano con un personaje que ha inventado uniendo retazos de Spinetta, Don Diego de la Vega, Paul Getty III, Cristo y Mick Jagger. “Él” se va convirtiendo de a poco en una herramienta que ayuda a procesar todos los cambios que impone el mundo. El trabajo detallado de construir un relato es, quizás, lo que sostiene a esa adolescente en un cotidiano que se derrumba y se deshace. ¿Cuántas historias debemos contar(nos) para poder soportar la realidad? ¿Cómo nos salva esa construcción de aquello que no puede ponerse en palabras?

Poco a poco Andrea va perdiendo el mundo conocido: los amigos desaparecen o sus familias se mudan sin dejar la nueva dirección. Su hermano escapa a Italia, su abuela muere, su madre se enferma. En el relato de cada día se evidencia el modo en que las desgracias nos envejecen, nos debilitan, nos vuelven frágiles. Un secreto y un papel escondido en el bolsillo de una campera se vuelven los detonantes de largas preguntas sobre la responsabilidad, los errores, lo irreparable y la culpa.

28 años después, Andrea se encontrará en una encrucijada, en el momento impostergable de enfrentar quién fue y en quién se ha convertido. Los recuerdos,  escondidos y amordazados, reaparecen por cada grieta que ofrece el presente. Una vez más, la escritura le permitirá entrar y salir de ese laberinto.

“Un talento se construye en soledad; un carácter, frente a las olas del mundo”. Con esa frase de Goethe se abre esta novela que, justamente, pone en escena el mecanismo por el cual lo que somos surge de lo que hacemos frente a lo que sucede.

No sólo se habla aquí de la potencia del arte como catalizador de la experiencia sino también del modo en que nos relacionamos con los demás, la delicada red de lazos en los que se cruzan el compromiso, la lealtad, el perdón y la posibilidad de construir nuevas lecturas del pasado.

Alejandra Laurencich nació en Buenos Aires en 1963. Formada en Bellas Artes, es narradora, guionista y maestra de escritores, una faceta de la que puede disfrutarse en su libro El taller. Nociones sobre el oficio de escribir. A fines de  2011 creó La Balandra. Otra narrativa, una de las revistas literarias más interesantes que se publican actualmente en nuestro país. Todo el trabajo de Laurencich –como escritora, como maestra y como directora de La Balandra– evidencia una concepción democrática de la cultura y la convicción de que todos tenemos derecho a crear y a disfrutar los bienes culturales. 

Alguna vez contó que empezó a escribir siendo muy joven. Todos los días, con un promedio de trabajo de seis horas por jornada, la máquina Underwood repicaba pasara lo que pasara. Después de un trabajo sostenido de dos años y medio, terminó su primera novela: un enorme manuscrito de 800 páginas que no llegó a publicarse. Quizás en esos días ya estuviera latiendo el gérmen de ese carácter que se ha ido construyendo “frente a las olas del mundo”.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



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jueves, 14 de enero de 2016

El analgésico más potente del mundo


Un evento desafortunado

2011. Las 8 de la mañana. Hermosa moto azul. Pequeña. 100 centímetros cúbicos. El trayecto al trabajo se vuelve placentero. Hasta que en una esquina de la calle Italia, en Córdoba capital, un taxi dobla y, aunque vengo por su derecha y me corresponde pasar, acelera apenas me ve. Freno. El taxi me choca, la moto patina, vamos las dos rozando el asfalto hasta que, no sé cómo, la moto queda arriba de mis piernas y yo estoy mirando el cielo. Creo que pocas veces he sentido tanta furia.

Trato de incorporarme, pero algo me tira hacia abajo. Por la abertura del casco veo a un hombre, con un gesto de terror, que me pide que no me mueva. Oigo la puerta de un auto cerrándose. Alguien se acerca caminando. Hago que el hombre que me mantiene acostada se corra y me incorporo.

El que se acerca es el taxista, que viene sonriendo y dice: “¡Casi, casi!”.

Logro sentarme. La moto todavía está sobre una de mis piernas.

–¿Casi casi qué?

–Casi chocamos.

–¿Casi?

El taxista se da vuelta y se pone a frotar la puerta del auto, en el punto exacto en que golpeó mi cabeza.

–Por suerte, te vi a tiempo.

–Ah, me viste. ¿Y por qué aceleraste?

–Porque ibas frenando.

–Yo venía por la derecha.

–Pero venías frenando. Bueno, no importa. Por suerte no pasó nada.

El taxista se sube al auto y se va. Yo sigo en el suelo, con la moto sobre la pierna. He logrado sacarme el casco, pero estoy sentada en medio de la calle, acompañada por un señor que me dice: “No se mueva, no se mueva” y una señora que, desde la esquina, dice: “No puedo creer que se haya ido”.

Me ayudan a levantar la moto. Mi única preocupación es ver si puedo pararme y llegar a tiempo al trabajo. Me ofrecen llevarme al hospital. Digo que estoy bien. Pruebo si la moto arranca. Digo una frase que, me doy cuenta después, suena bastante rara: “Estamos bien”. Para mí, es claro que el plural habla de mí y de la moto, pero a las personas que me ayudan les suena mal. Insisto. Me siento bien. Llego tarde al trabajo. Supongo que el calor en las piernas es consecuencia de la bronca.

Me quedan unos cuatro kilómetros hasta el trabajo. La avenida está muy cargada de autos y eso me obliga a muchos cambios de marcha. En mi moto, los cambios se dan con el pie derecho. Tengo mucho, mucho calor. Aunque es invierno.


Fuego

Llego a la escuela en la que doy clases. Entro la moto en el jardín, como hago siempre, y, cuando apoyo el pie para bajarme, siento un hilo helado que va desde los dedos hasta la nuca. Es un segundo. Enseguida pasa.

Todavía tengo unos minutos antes de que se acabe el recreo. Tomo mate con dos amigos en la secretaría. Cuento lo que pasó. Me preguntan si estoy bien. Digo que sí. Me ofrecen llamar a emergencias. Digo que no. Me ofrecen un analgésico. Digo que no. Ya es hora de entrar.

La clase va bien. Los chicos trabajan en grupo y voy caminando entre los bancos para responder algunas preguntas. Como todo está en marcha, me siento en mi escritorio a corregir. Está a punto de terminar la primera hora. Uno de los chicos se acerca y se queda mirándome. Me pregunta si estoy bien. Le sonrío, le digo que sí. ¿Qué podría decirle? “¿Nunca en mi vida he tenido tanto calor?”. Todos están abrigados. Yo me he sacado la campera y el saco de lana.

Pasa un rato más. Me llama la atención que nadie pregunte nada. Hay un silencio inusual. Tengo una molestia en la pierna, no logro detectar dónde. Otro de los chicos se acerca y también me pregunta si estoy bien. Vuelvo a decir que sí. Entonces él pregunta: “¿Y por qué estás llorando?”.

Me desconcierta. Me toco la cara. Es verdad. He estado soltando lágrimas sin ni siquiera darme cuenta. Ahora entiendo el silencio. Los chicos me miran, en ese equilibrio construido a puro afecto. Les digo que tuve un pequeño accidente y que me duele una pierna. Y eso, que he dicho como una explicación para tranquilizarlos, se revela como algo que debería atender. Pido que alguien me reemplace y bajo la escalera que subí hace hora y media.

En la secretaría, pido un analgésico. Deciden que es mejor llamar a emergencias. Protesto: emergencias es para cuando alguien está grave. No me hacen caso. Media hora después, llega la médica.

–¿Cuándo fue el accidente?

–Hace dos horas, quizá un poco más.

–Yo juraría que esto es una quebradura. Pero si el hueso estuviera quebrado, usted no podría aguantar el dolor.

–Un poco me duele.

–No, no, yo le estoy hablando de un dolor insoportable. ¿Qué hizo después del accidente? ¿Qué hizo con el pie? ¿Lo apoyó?

Trato de reconstruir mis movimientos.

–Me levanté, apreté el pedal de arranque, hice los cambios de marcha, apoyé el pie cada vez que detuve la moto, caminé, subí y bajé las escaleras.

–Entonces, no es quebradura. No podría haber hecho nada de eso. Le recomiendo que vaya a la ART enseguida. Le van a pedir una placa para estar seguros.


Carrera de obstáculos

En la ART, hay un mostrador donde un señor está hablando por teléfono.

–¿Vos te imaginás si nos vamos a la B? ¡El quilombo que se va a armar!

Yo estoy molesta. Molesta por tener que meterme en un mar administrativo de papeles y por este calor que no me da un minuto de respiro. Es como si estuviera parada justo arriba de una fogata.

–Y lo peor es que van y lo ponen al muerto ese, es un pecho frío...

Toso, carraspeo, como una forma de decir que estoy ahí, que el cartelito sobre el mostrador dice “mesa de entrada”, que no hay nadie más que pueda atenderme. El señor que está hablando por teléfono levanta los ojos y me fulmina con la mirada. Agarra una lapicera y finge que está escribiendo algo importantísimo.

–El mundo está lleno de boludos...

Supongo que, aunque se lo dice a la persona con la que está hablando, la frase está completamente dedicada a mí. Me cuesta estar de pie. Pero lo atribuyo al enojo, la furia, el malestar que está tapando el día.

Como sé que a ciertos empleados con vocación autoritaria es mejor no provocarlos, no insisto. Pero hago mi pequeña batalla. Me pongo a cantar, bajito, un tango. Aunque sea para perturbarle la conversación. Se ve que lo molesta. “Yo no quiero que nadie a mí me diga, que de tu dulce vida vos ya me has arrancao...”. Funciona. El tipo dice:

–Te llamo después, hay gente.

Estoy bastante satisfecha de haber pasado tan rápido de la categoría “boludos” a la categoría “gente”.

Entrego el papel que me dio la médica del servicio de emergencias, explico la situación, me da un número y me dice que tome asiento hasta que me llamen. Miro el número del llamador: 24. Miro el mío: 103.

Me siento y saco un libro de la mochila. Leo. Leo. Leo. Leo. Leo. Leo. El libro se termina. Me late la pierna. Van por el número 62. No se me ocurrió que debí salir de casa con dos libros. O con tres. Un par de horas después, alguien grita mi número y cuando quiero levantarme, ahí está, el frío, el fuego en la pierna.

Estoy cada vez más furiosa, quiero irme. Odio al taxista, odio a la escuela, odio al servicio de emergencias, odio al de mesa de entradas, odio a la ART y odio al capitalismo.

Voy caminando y, en el tiempo en que tardo en llegar, la médica repite tres veces mi número y luego salta al siguiente. Un señor se me adelanta corriendo y se mete en el consultorio. Tengo que golpear la puerta y decir que me toca a mí y explicar que me cuesta caminar, que vine lo más rápido que pude. El señor que tiene el número que sigue al mío me dedica la mirada más llena de odio que he visto en mi vida.

La doctora pregunta qué me pasó. Le explico. Ella examina, observa, revisa. Y dice una frase que ya he oído antes:

–Yo juraría que hay una quebradura, pero no. Usted estaría gritando de dolor.

Me mira. La miro. Estoy enojada. Quiero irme a casa.

–Vamos a hacer una placa, para estar seguros.

Paso a una sala de rayos x, un muchacho me mueve el pie derecho como si fuera plastilina. Se me cae una lágrima. No es dolor: es la furia que me da no poder irme ahora mismo.


Analgésicos 

Cuando unos minutos después la médica prende una pantalla y engancha la radiografía, yo me quedo mirando algo que no logro entender: un archipiélago de rayas y puntos blancos. No logro ver un pie en ese dibujo.

Es obvio que ella sí ve algo, porque se levanta de golpe y sale del consultorio. Un minuto después entra con otro médico y me dice que es un traumatólogo.

–Usted tiene tres huesos quebrados.

Silencio.

–¿Le duele?

–No.

Me explica que hay que evaluar si es necesario operar. Que quizá baste con usar una bota por un tiempo. Que, como sea, voy a tener que hacer rehabilitación y fisioterapia. Que va a hacerme los papeles para la licencia.

–No, no, ya mañana vuelvo al trabajo.

El médico me mira de un modo muy raro.

Quizá esté evaluando si el golpe que me di en la cabeza me ha dejado confundida.

–Usted no vuelve. Tiene licencia.

–¿Cuántos días?

–Dos o tres meses. Le voy a recetar unos calmantes. No entiendo por qué no le duele. Puede ser la adrenalina. Pero le va a doler. Y mucho.

Aunque parezco una señora extrañamente calma para tener tres huesos recién quebrados, por dentro tengo tanto enojo que podría llenar de dinamita todas las sedes de todas las ART del país y, si me sobrara algo, una agencia de taxis en particular.

El resto del día va a ser largo. Muy cuesta arriba. Cuando esa noche me despierto a las 2 de la mañana, desesperada por el dolor, entiendo que acabo de descubrir una verdad básica: el mejor analgésico del mundo es el enojo. Y siento un relámpago de solidaridad con aquellos que, alguna vez, se hundieron en la furia para salvarse del dolor.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados