lunes, 29 de febrero de 2016

Dora Bruder - Patrick Modiano


La página en blanco del olvido

Un anuncio en un viejo diario de París. 1941. Una chica de quince años ha desaparecido. Una chica judía. Ese anuncio se convierte, muchos años después, en la primera pista de una reconstrucción, la punta del ovillo para desplegar una historia que habla de todos nosotros. El narrador comienza una pesquisa para saber qué fue de Dora Bruder. Por qué sus padres la buscaban, dónde estuvo, cómo era París en esos años. La búsqueda –casi una marca de estilo de Patrick Modiano– será atravesada por los recuerdos del autor. Un cruce permanente entre dos vidas que no llegaron a encontrarse en el tiempo. La propia biografía dejándose perforar por la del otro. Una red de cruces hecha, fundamentalmente, de geografías compartidas. De esos enclaves surgen, como fantasmas, las antiguas presencias. Y, como dice Adolfo García Ortega en el prólogo: “Lo que era una sencilla búsqueda, alimentada por la coincidencia de calles y de lugares comunes con la infancia del narrador, se convierte en el acta notarial de una masacre.”

El narrador descubrirá que Dora era hija de una costurera húngara y un peón austriaco, dos jóvenes que llegaron a Francia y tuvieron que enfrentar las penurias de los inmigrantes. Sabrá que cuando su hija cumplió catorce años la llevaron a un internado religioso, que pasó casi un año y medio allí, que finalmente un domingo de diciembre escapó. Y luego hay un lapso de tiempo en blanco. Un paréntesis. Meses después el nombre de Dora Bruder reaparece en la lista de personas incluidas en el convoy que salió en dirección a Auschwitz el 18 de septiembre de 1942. 

El Nobel francés vuelve otra vez sobre la lucha entre la memoria y el olvido. “Lleva tiempo conseguir que salga a la luz lo que ha sido borrado. Quedan pistas en los registros pero se ignora dónde están escondidos y qué guardianes los vigilan”. Modiano escribe cartas a los directores de los colegios de la zona, mira fotografías, conversa con una prima de Dora, recorre la ciudad, consulta partidas de nacimiento, archivos de la policía, circulares. El efecto que produce la exposición de la información proveniente de fuentes oficiales es escalofriante. Los decretos, los informes y las actas evidencian el horror de un modo más impactante porque ponen en evidencia el plan sistemático de aniquilación y sus circuitos administrativos y burocráticos. El medio tono –nunca dramático, nunca sobrecargado– se vuelve certero y doblemente perturbador. 

El trabajo de reconstrucción que hace el narrador nos muestra en una historia familiar un ejemplo más de la vida de muchos: hijos de inmigrantes nacidos en familias diezmadas por la enfermedad y la pobreza, siempre en riesgo por tener una identidad que no es totalmente aceptada por una sociedad que los recibe y los usa pero no los reconoce como pares y cuando tiene la posibilidad de  sacrificarlos lo hace sin dudar. 

Cuando en 2014 le otorgaron el Premio Nobel a Modiano, la  Academia sueca hizo hincapié en el trabajo del autor sobre la ocupación nazi en Francia. Pero limitarse a eso sería reducir su obra. No se trata sólo de Francia. Se trata de nosotros, una especie que se inclina a destruir lo que se aleja de lo aceptado, lo normal, lo conocido. Las grandes desgracias también están hechas por los complacientes que hacen o dejan hacer y aprovechan el clima para desfogar su odio privado. El antisemitismo, la islamofobia, la persecución del otro. 

Modiano habla de la opresión y de las posibilidades que tenemos de acatar o desobedecer. De colaborar con el mal o combatirlo. Pero no se trata sólo de aquellos que formaron parte de la maquinaria de la destrucción sino también de los que resistieron. Como aquel grupo de mujeres al que llamaban las “amigas de los judíos”, francesas “arias” que usaban la estrella amarilla caricaturizándola y denunciando al régimen y que fueron detenidas y llevadas, ellas también, a los campos de concentración. 

Dora Bruder –publicado originalmente en 1997– no es un libro de respuestas. Es pura pregunta. Uno de los puntos de partida habituales del escritor francés: el trabajo de reflotar aquello que ya no está. Un autor que, como dice García Ortega, siempre ahonda “en el pasado desde una situación de presente”. 

En su discurso al recibir el Premio Nobel, Modiano dijo que bajo la mirada del escritor “la vida corriente acaba por envolverse en misterio y adquiere una especie de fosforescencia que no tenía a primera vista, pero que estaba escondida en lo profundo. El papel del poeta, del novelista y también del pintor, es develar ese misterio que está en el fondo de cada persona (…) Sin duda, la vocación del novelista, ante esta gran página en blanco del olvido, es rescatar algunas palabras que estaban parcialmente perdidas, como esos icebergs a la deriva en la superficie del océano".

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



domingo, 28 de febrero de 2016

La distancia entre lo que está y lo que se ha ido




Irrepetibles

Desde que dejé de fumar tengo sueños muy extraños. Muy vívidos y, en casi todos sus aspectos,  verosímiles. No hay esos pases en los que alguien es una persona y luego otra o esas grietas en las que se viaja en el tiempo o el espacio. No hay transformaciones inesperadas, metáforas a gran escala, disfraces, máscaras, cosas que dicen todo el tiempo “atención, significo otra cosa”. No. Desde que dejé de fumar sueño lo posible. O casi. 

Cada madrugada, cerca de las cuatro y media, me despierto y tengo que quedarme un rato quieta, tratando de averiguar si eso que acabo de ver era un sueño, si estoy soñando todavía, si acabo de soñar que me despierto.

Anteayer soñé con un amigo. Mario. Un amigo que murió la víspera de Nochebuena de 1996. He soñado muchas veces con gente que ha muerto. Muchas, muchas veces. Lo inquietante esta vez no estuvo en el sueño sino en la vigilia. Durante casi una hora una parte de mí estuvo convencida de que Mario estaba vivo. O que yo estaba muerta. O que existe un territorio intermedio. Quién sabe qué fue. No sería exacto decir que soñé con él. Aunque sé que esas son las palabras que debería usar en una crónica en el diario. Digamos, entonces, “anteayer soñé con un amigo”. Pero dejemos asentado que ese verbo no es totalmente adecuado.

Así son los sueños desde que dejé de fumar. Cuando duermo y cuando estoy despierta, las cosas parecen girar en torno a la distancia que existe entre lo que está y lo que se ha ido. 
Pienso en esos juegos que algunos adultos hacen con los bebés. Aquello de “está / no está”. Una rutina de mostrar y esconder (¿de perder y recuperar?) que, por alguna razón, resulta estimulante para muchos niños. Se ríen, festejan. ¿Qué es lo que les llama la atención? ¿Es sólo el hecho de que alguien juegue con ellos? ¿O hay algo en esa dinámica que nos sacude por dentro? Dice la filósofa francesa Simone Weil que la presencia de un muerto es imaginaria “pero su ausencia es muy real” porque ese es ahora “su modo de aparecer”.

Lo que hemos tenido, lo que hemos perdido. La añoranza y ese extraño equilibrio de recobrar en los sueños (o en el juego o en la escritura o en el ejercicio de la fe) lo que alguna vez tuvimos. Lo que nos fue dado. 

Pienso en Mario. Y en su forma de reírse. Eso es lo que me recuerda: las cosas son únicas. Irrepetibles. No importa qué diga la línea de producción de una cabeza embrutecida para ser  funcional. Las cosas son únicas. Por eso en estos días mis sueños son raros. No hay metáfora. Lo que es, es lo que es. Mario es Mario. No puede transformarse en nadie. Es él, incluso hoy. 


Ausencias, presencias, ausencias, presencias

Hace unos meses me regalaron una perra. Es difícil decir cuánta alegría trajo a mi vida. Los primeros días fueron raros. Ella acababa de mudarse, yo trataba de acostumbrarme a esa nueva compañía después de dieciséis años compartidos con otra perra que murió en diciembre de 2014. Son absolutamente diferentes. En el aspecto, en el carácter, en los juegos. Esa diferencia ha hecho más sencillo aceptar la ausencia de una y no atarla a la presencia de la otra. 

Voy a la veterinaria. Vemos el plan de vacunas con una de las doctoras. A la tarde vuelvo con una consulta y otra doctora busca mi ficha en su archivo. Saca un papel, mira a mi perra (negrísima), me mira a mí y dice “No es Colores”. No. No es Colores. Quién sabe por qué, la ficha de la perra que me acompañó dieciséis años todavía está ahí. Hay un segundo de zozobra. La doctora deja a un lado, en el escritorio, los papeles de Colores. Anota algo en un cuaderno. Responde a mis preguntas con la calidez de siempre. Me voy con la sensación de que hay algo en esa ausencia que se está desprendiendo. Seguramente van a romper ese papel. Ya no sirve. Sé bien qué puede pasar con las cosas que deja una persona cuando muere; los infinitos modos que hay de reaccionar ante una herencia, las minucias que a veces uno quiere guardar. Me pregunto qué pasa con los papeles administrativos. No los que tienen los deudos sino los que están en alguna de las oficinas en las que se asientan nuestros datos. ¿Cuánto tiempo se guardan? ¿Dónde quedan? 
Unos doce años después de la muerte de mi madre encontré su nombre en un padrón electoral. 

Ayer envié un mail a muchos destinatarios. Era información sobre una actividad cultural. Abrí mi lista de contactos y fui buscando, una a una, las personas a las que creía que esa invitación podía interesarles. Mis ojos pasaron por los nombres de cuatro amigos que ya han muerto. Me pregunté qué hacer. ¿Borrar esas direcciones de email? Ahí están. Los dueños de la ausencia que los mantiene aquí.

Alguien me comenta que existen cuentas, en Facebook, que funcionan como memoriales. Los perfiles de aquellas personas que han muerto. Algún ser querido tiene que pedir a la compañía que transformen ese perfil en un memorial. Parece que es algo que todos saben. Yo nunca había oído hablar de eso. 


Datos, intimidad, identidad y réplicas

Finalmente, todo se trata de la experiencia. De lo que efectivamente hemos vivido. Pienso en cosas extrañas de un modo extraño. Otro de los efectos de no fumar. Mi mente tiene un paso desconocido. Mío, pero nuevo. Y se me ocurren cosas como estas mientras desayuno. ¿Cómo se construye la experiencia? ¿Cómo juegan en eso presencias y ausencias? ¿De qué estamos hechos? ¿Qué dicen de nosotros nuestros datos? 

Hace unos meses, en una capacitación, un especialista en informática nos dijo que según un estudio de 2013, el 90% de los datos digitales existentes se recopilaron ente 2011 y 2013. Vivimos una creciente acumulación de datos. Pero no se trata de cualquier tipo de datos. Son datos recientes. Hay muchísima información (indispensable históricamente) que no forma parte de esa utopía ingenua que dice que ahora podemos acceder a “todo”.

La supuesta accesibilidad. Algunos no acceden a nada. Otros se intoxican. Los especialistas hablan de “infoxicación”. Personas atragantadas por un cúmulo inmanejable de información que no se puede sistematizar ni analizar. Asfixia. Hacernos creer que si no estamos conectados no tenemos existencia real. Asfixia. Dicen en la capacitación: “ansiedad, soledad, pérdida de identidad”. 

Pregunta el especialista: “Las aplicaciones que bajamos a nuestros dispositivos… ¿por qué son gratuitas?” Pregunta básica. Sin embargo, muchos de los presentes (casi todos profesionales y docentes) se sorprenden. “¿Cómo que se quedan con nuestros datos?” “¿Y para qué podrían quererlos?” “¿Para vendérselos?” “¿A quién?” El especialista dedica unos diez minutos a explicar algunos conceptos básicos del Capitalismo. Qué es una mercancía. Cómo se ha logrado que millones de personas entreguen sus datos como moneda de pago. Cómo esos datos se vuelven mercancía que ciertas  compañías venden a otras. Uno de los asistentes a la capacitación dice: “pero yo no tengo nada que esconder; entonces las aplicaciones me salen gratis.” Y comienza el debate. La intimidad, para muchos, parece haberse reducido a “algo vergonzoso que es necesario ocultar”. Siento un escalofrío. Pienso en una novela de Milan Kundera en la que el autor checo decía que cuando una conversación privada se vuelve pública sin que sus protagonistas lo hayan decidido, el mundo entero se transforma en un campo de concentración.

Pienso cómo se relacionan intimidad y experiencia. Cómo llegamos a nuestra singularidad justamente por la infinita cantidad de cosas que pertenecen al ámbito de lo íntimo. Ese territorio personalísimo.

En la capacitación nos dicen que si consideráramos a cada usuario de Facebook como un habitante, esa red social representaría el tercer país más poblado del mundo. Millones de usuarios. No todos suben la misma cantidad de información (no todos “pagan” con la misma cantidad de intimidad). En el ranking de países que mayor cantidad de datos suben a Facebook, Argentina ocupa el segundo lugar. Pienso en miles de computadoras, teléfonos, tablets, titilando con sus luces en la oscuridad de las ciudades, cuerpos inclinados sobre pantallas, agregando datos a una inmensa nube que ni es nube ni está en el cielo, aun si la gente insiste en decir que “sube” archivos a la red. El paraíso de los católicos, al menos en los cuentos infantiles, también participa de ese paradigma de “algo comunitario y extraordinario allá arriba”. Uno de los especialistas en la capacitación dice que, en realidad, la nube implica la pérdida de control sobre los propios archivos. 

Dice el especialista que en nuestro país, el 80% de las personas que acceden a internet tienen al menos un perfil en Facebook. Hace años vi un hermoso chiste de Daniel Paz publicado en la serie “F.Mérides Truchas”, en el diario Página 12. La viñeta mostraba un grupo de personas reunidas. Eran representantes de diversos servicios de inteligencia. Uno de ellos preguntaba algo así como “¿Qué podemos hacer para que la gente, voluntariamente, nos diga quién es, dónde vive, dónde está, qué hace y qué opina?”. Abajo se leía: “El día en que inventaron Facebook”. Busco en la red aquel chiste para corroborar que mi memoria no esté fallando. No lo encuentro. Infoxicación. Miles de páginas que no son lo que busco. Pero encuentro una nota cuyo título es “El holograma de una famosa cantante taiwanesa fallecida dará una gira virtual por China.” Vuelvo a leer. No hay error. Eso es lo que dice. Teresa Teng, muerta en 1995 cuando tenía 42 años. Una de las artistas más importantes en China y Taiwán. Una  compañía estadunidense, Digital Domain, ha desarrollado un holograma de la cantante. Ya ha dado un concierto en Taipéi.  Según dice la nota, para “recrear” a Teng “se usaron miles de vídeos de sus actuaciones y también otros tomados a una fiel imitadora de la artista, para poder captar expresiones lo más humanas posibles.” 

Imagino a miles de ciudadanos chinos reservando por internet las entradas para el concierto que dará la imagen duplicada y virtual de una persona ausente. La repetición de algo. Algo que no está y que se trastoca por otra cosa. No es un fantasma. Un fantasma es único. Un holograma es repetición. Réplica. Prefiero los sueños que tengo desde que dejé de fumar. Aquellos en los que cada cosa, cada gesto, cada nombre es singular. Irrepetible.


 Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días contados
La voz del interior




sábado, 27 de febrero de 2016

La multitud errante - Laura Restrepo





Siete por Tres llega a un refugio para desplazados buscando a la mujer que ha perdido: Matilde Lina, lavandera de un caserío arrasado por la violencia. Esa búsqueda lleva años. 

Siete por Tres ha sido carnicero, enfermero, chofer de colectivo, bracero, desguazador de autos, afilador de cuchillos, recolector de papa. Ha atravesado Colombia, siguiendo la huella de los que migran buscando oportunidad o huyendo del horror.

Una hermosa novela de Laura Restrepo que sabe bien cómo hablar de lo político y lo histórico a partir de las vidas individuales. Una reflexión sobre el nombre que le damos a nuestras búsquedas y sobre los posibles caminos de resistencia ante el desastre. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



viernes, 26 de febrero de 2016

Entrevista de Daniel Gigena para Damiselas en apuros



La escritura es errancia, vagabundeo, pérdida

Por Daniel Gigena


En 2015, Eugenia Almeida (Córdoba, 1972) publicó una novela, La tensión del umbral (Edhasa), policial que guardaba alusiones inquietantes al proceder de las fuerzas de seguridad nacionales, a la actuación de los medios y del poder económico como árbitros del bien, la verdad o la vida. Almeida contó que durante la escritura de esa ficción no había pensado en el género de la novela negra, sino que la premisa de la historia la guió hacia allí, a ella y a sus lectores. También el año pasado publicó su primer libro de poemas, La boca de la tormenta (DocumentA/Escénicas), donde por medio de una escritura reflexiva y mesurada, se alcanzan notas dramáticas sobre la memoria, el duro oficio de existir y el presente. A diferencia de otros libros de poemas, los textos aparecen en la página par, y la impar (la que capta primero la atención del lector) devuelve el blanco a la mirada. Ese uso del silencio, las elipsis y las elisiones cuidadas refuerzan el sentido de las obras de Almeida. La escritora cordobesa responde las preguntas desde Unquillo, un pueblo en las Sierras Chicas situado a menos de una hora de la ciudad de Córdoba.

¿Cómo evaluás el desarrollo de tu escritura narrativa, ya con una tercera novela publicada?

Esa es una pregunta muy difícil de responder. No tengo una visión externa de mi trabajo. Solo puedo dar cuenta de mi esfuerzo, de mi voluntad, del deseo de darle cada vez más tiempo y más espacio a la escritura. No sé si eso se ve en los libros o no. La escritura no puede pensarse como una carrera en la que hay un desarrollo que va de menor a mayor. La escritura es errancia, vagabundeo, pérdida. Lo que puedo decir es que hago ese vagabundeo cada vez con mayor felicidad.

¿Hay correspondencias entre tu narrativa y tu poesía, préstamos, temáticas comunes, afinidades no visibles?

Creo que sí. Me parece que las temáticas y el tono (el modo de ver el mundo, el modo de estar aquí) son las mismas en la poesía o en la narrativa. Creo que es la misma voz, cantando canciones diferentes. Con respecto al género, debo decir que la poesía es un desliz. Si alguien me pregunta qué escribo, mi respuesta, sin dudar, es que escribo narrativa. El libro de poesía fue un pequeño regalo que me di: la posibilidad de publicar con una editora a la que admiro. Es un enorme privilegio publicar en DocumentA/Escénicas. Y fue hermoso el proceso de armar el libro. Para mí, es un libro comunitario.

¿Cuál es el peso de los estragos de la dictadura militar en tu obra?

Imposible de dimensionar. Inmenso. Enorme. Infinito. En mi obra, en mí y en nuestra sociedad. Lo sepamos o no. Lo veamos o no.

Contanos algo sobre tu relación con la música, el canto y la escritura de letras de canciones.

La música, para mí, es fundamental. Hubo una época en que trabajé cantando. Fue hace muchos años. Fue hermoso y quedó atrás. No toco desde hace mucho, mucho tiempo. Canto, a los gritos, dentro del auto. Suelo provocar risas en otros conductores cuando compartimos la espera previa a que el semáforo dé paso. Compuse canciones en esos años. Y están ahí. Como fotos viejas en un cajón.

Escribís para La Voz del Interior reseñas y una columna semanal. ¿Cómo es tu relación con el periodismo y con el hecho de escribir por encargo?

El periodismo cultural me permite leer mucho y comentar aquello que leo. Eso me gusta. Y me da de comer. Hasta hace pocos años tuve que trabajar en cosas que no me hacían feliz. Trabajos duros, desagradables, difíciles. No gano más dinero que antes, gano lo mínimo para vivir y pagar las cuentas. Pero me gusta lo que hago. Creo que eso es algo muy poco común. No todo el mundo tiene esa suerte. Escribir por encargo me gusta. Es un desafío. Es algo diferente de lo que hago cuando escribo novelas o cuentos. Tener una fecha límite, tener un espacio acotado. Es un buen  ejercicio para cualquier escritor. Las exigencias del periodismo hacen que la mano se afloje.

Fuiste primero reconocida en el exterior, con el premio internacional Dos Orillas en 2005 por tu novela "El colectivo", que se convirtió en un éxito en España, Portugal, Italia y Francia. ¿Qué te posibilitó ese premio?

Muchos viajes. Mucha gente. Muchos gestos generosos. Pero sobre todo, la posibilidad de viajar. Viajar te saca de eje, te recuerda que no sos nada, que la vida se pasa demasiado rápido, que no hay que distraerse. Viajar te muestra claramente cuál es tu casa y quiénes son los tuyos.

¿Cómo se expresa el humor en tu obra?

Durante años formé parte del Grupo de Investigadores del Humor (GIH), que trabaja en el marco de la Universidad Nacional de Córdoba. Disfruté y aprendí muchísimo con ellos. Es un grupo extraordinario. Hicimos un Diccionario crítico de términos del Humor que se publicó como libro virtual en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC. Yo siempre trabajé el humor político; el chiste gráfico como un género del periodismo de opinión. Es un grupo interdisciplinario, hay muchas miradas diferentes. Salí del grupo hace dos años con la intención de darle más tiempo a la escritura. Pero extraño mucho ese espacio de encuentro, de discusión y de trabajo. Si bien hay muchísimo humor en mi vida cotidiana, creo que no está muy presente en mis libros, salvo en algunos cuentos. En el último tiempo, he escrito algunas columnas en un diario de mi ciudad y ahí se ha colado algo de humor. Pero no sé. Me encantaría poder escribir cosas que hicieran reír a la gente.

¿Cuál es tu visión sobre la política cultural del kirchnerismo y la que asoma en la nueva gestión?

Coincidí en muchas de las acciones de política cultural llevadas a cabo durante los gobiernos kirchneristas. Y cuando no coincidí, fueron diferencias de matices, cosas menores.  No tengo una militancia partidaria pero celebré, acompañé y colaboré, cuando pude, con muchas de esas políticas, fundamentalmente con aquellas relacionadas con la promoción de la lectura. Trabajo haciendo capacitaciones docentes y en estos años he estado, muchas veces, en lugares a los que llegaban cajas con libros enviados por el Ministerio de Educación y veía a chicos de 12, 13 y 14 años que tenían un libro en sus manos por primera vez.  Catorce años. Un libro en sus manos por primera vez. Por primera vez se los consideraba sujetos de derecho. Se les reconocía su derecho a participar, a disfrutar y a producir cultura. Esas cosas son las fundamentales, las que construyen un país, las que no se ven pero crean comunidad. Veo con mucha tristeza y con dolor, con un profundo dolor, las medidas que está tomando la nueva gestión. No solo a nivel de política cultural. Entiendo que la democracia no se limita a votar cada cuatro años. En ese contexto, como ciudadana, mi participación política, mi forma de colaborar con el sistema democrático, es decir que estoy muy preocupada. Hasta hace unos meses podía escuchar en los medios de comunicación voces muy distantes entre sí. Eso siempre me pareció valioso. No soy de las que se asustan cuando hay discusiones políticas. Las celebro; eso habla de la salud de la democracia.

Hubo medidas hostiles: despidos, declaraciones antipáticas, cuestionamientos a la política estatal de derechos humanos…

Desde diciembre, esa variedad de voces de la que hablaba se ha ido acotando y uniformando. A eso hay que sumarle los miles de despidos; muchos de ellos basados en la persecución ideológica. El desconocimiento del trabajo que se ha venido haciendo. Las horrorosas declaraciones de Darío Lopérfido, el hecho de que todavía siga siendo ministro de Cultura de la ciudad de Buenos Aires. Estoy muy triste. Estoy muy preocupada. Creo que hasta hace poco vivimos una época de enorme libertad de expresión, para todos. Aparentemente, las cosas han cambiado.

¿Cuál es tu relación con el género policial?

Es un género que me encanta leer. Ahí están mis maestros. Georges Simenon, a la cabeza.  Ojalá pudiera provocar en algún lector lo que Simenon me provoca a mí.

Por último, ¿cómo influye el entorno en tu obra?

Creo que el entorno influye más en mí que en mi obra. Laboralmente, la vida para mí es todavía citadina. Todos los días debo viajar a Córdoba, que es una ciudad cada vez más ruidosa, más recargada, más agobiante. No muy diferente a Buenos Aires, salvo en el tamaño. Por suerte, los fines de semana puedo quedarme bajo un árbol, con el aire un poco más fresco, recordándome que no estamos hechos para vivir en la línea de sacrificio de un matadero. Pero no sé cómo eso se refleja en mis libros. Algunas novelas, como El colectivo, transcurren en un pueblo y otras (La tensión del umbral o La pieza del fondo) son historias de ciudad. Personalmente, si pudiera irme más lejos (si pudiera vivir perdida en un pueblito de montaña, por ejemplo) lo haría sin dudar. Lo que me mantiene cerca de una ciudad es la necesidad económica de trabajar. No otra cosa.





jueves, 25 de febrero de 2016

Nos vemos allá arriba - Pierre Lemaitre



La gran estafa  


Dos de noviembre de 1918. La Primera Guerra Mundial está a punto de terminar y los combatientes saben, cada uno en su bando, que todo va a cambiar. Los hombres se dividen entre quienes sienten el alivio y preferirían no moverse hasta que se firme el armisticio y aquellos otros que desean su último trago de sangre, desesperados ante la idea de que el escenario de la batalla desaparezca. El teniente d´Aulnay–Pradelle quiere aprovechar hasta el minuto final su posibilidad de volver con honores. Está dispuesto a sacrificar a sus hombres y a provocar él mismo un tiroteo que justifique la ofensiva. 

Dos soldados salen de las trincheras y caen muertos. Albert Maillard va detrás de ellos y descubre que las balas han venido del lado francés. Entiende, en un destello, que el teniente les ha disparado. Todo se vuelve un momento confuso, una guerra privada dentro de la Gran Guerra. Albert queda enterrado vivo, tapado por la tierra, enfrentado a la cabeza de un caballo muerto. Édouard Péricourt, uno de sus compañeros, logra sacarlo del pozo y revivirlo. Justo en ese momento, una metralla alcanza la cara de Édouard, le arranca la mandíbula inferior, lo deja marcado de por vida. 

Quien fue salvado se convertirá en el cuidador de quien ha perdido el rostro. ¿Cuál es el lazo que los une? No se trata de agradecimiento. Es más bien la necesidad de sostener al otro como único testigo de lo que han sufrido. También juegan su papel la culpa, el rencor y el remordimiento.

Mediante documentos falsos, Albert logra que su compañero herido sea evacuado. Tiempo después lo busca y lo lleva a vivir con él. La relación entre los dos se construye en los límites de lo posible. Hay algo en el personaje de Édouard que recuerda a los mutilados del cuento “Los sin cara” de Marcel Schwob. Algo terrible y tierno a la vez. 

Así comienza esta historia en la que se cruzan miles de muertos anónimos, la alta burguesía francesa, un adicto a la morfina, una niña que decora máscaras de pasta de papel, una fotografía inesperada, un perro huyendo con un hueso,  un hombre anuncio que se pasea por las calles de París, un cuaderno como herramienta de conversación, un aristócrata sin fortuna que está dispuesto a hacer cualquier cosa para recuperar su status social, un grupo de senegaleses corriendo bajo la lluvia y dos enormes estafas.

Una vez terminada la guerra, los buitres llegan a alimentarse con lo que queda. Buitres de uniforme; antiguos mandos dedicados a la recuperación y venta de stocks militares; empresarios que buscan generar negocios a gran escala. La rapiña, el robo, el soborno, la corrupción, la especulación, la codicia. Desde la esfera estatal surge el proyecto de exhumar y reagrupar en nuevos y enormes cementerios los cadáveres de los soldados caídos. La maquinaria económica que implica ese operativo es escalofriante: exhumaciones, traslados, ataúdes, nuevos enterramientos. Una macabra cadena productiva que pone en evidencia los negociados que puede ofrecer la guerra y la conversión de los cadáveres en mercancía. 

Nos vemos allá arriba se ocupa de mostrar ciertos aspectos de la posguerra. El regreso de los soldados y el lugar que encuentran en la sociedad. Un lugar de desplazados, de marginales a los que se ha estafado  pidiéndoles todo a cambio de nada. Los muertos son rápidamente convertidos en héroes; los sobrevivientes son vistos con recelo, con desconfianza, con incomodidad. Su presencia recuerda constantemente la otra cara de la guerra, lo que nunca podría ser disfrazado de gloria o heroísmo. Al mismo tiempo, la novela parece decir a cada momento que nada ni nadie puede mantenerse oculto para siempre.

Pierre Lemaitre nació en Francia en 1951. Psicólogo de formación, durante muchos años se dedicó a enseñar literatura a bibliotecarios. Una de sus alumnas –que luego se convertiría en su esposa– le preguntó por qué no escribía y Lemaitre le dio un viejo manuscrito para que lo leyera. En cuanto terminó la lectura, ella lo convenció de que debía publicarlo. Esa primera novela fue enviada a veinte editores y tuvo como respuesta veinte rechazos y un arrepentimiento: uno de los que inicialmente había dicho que no llamó por teléfono a Lemaitre para decirle que se había equivocado y que estaba dispuesto a publicar el libro. Era 2006 y el autor tenía 56 años. Un comienzo de carrera que muchos describieron como “tardío”. Siete años después, Lemaitre dejaría los policiales que lo hicieron famoso en Francia para jugar más allá de los géneros y escribir Nos vemos allá arriba. La novela ganó el prestigioso premio Goncourt en 2013 y fue elegida como  la mejor novela francesa del año por la revista Lire.  


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





miércoles, 24 de febrero de 2016

5ª EDICION DEL FILBA - SAN RAFAEL, MENDOZA






Literatura federal y de buena cepa

María Teresa Andruetto, Eugenia Almeida, Gabriela Massuh, 
Hernán Ronsino e Iván Moiseeff serán algunos participantes 
de este encuentro, que se desarrollará del 7 al 10 de abril.



Por Silvina Friera

La frontera, ese caótico tejido de lo vivo, es el lugar de cruces y hibridaciones, de deslizamientos y mezclas, de movimientos y tensiones, de afinidades y divergencias. El concepto de frontera, tan elástico a la hora de modular y extender el campo de las interpretaciones, será uno de los hilos conductores del quinto Filba, el Festival Nacional de Literatura organizado por la fundación Filba, que se realizará en San Rafael (Mendoza) del 7 a 10 de abril, en la Biblioteca Mariano Moreno y en el Laberinto Borges ubicado en la Finca Los Alamos, entre otras sedes de esta ciudad mendocina que cuenta con 200 mil habitantes. “Poné pausa. 4 días de literatura” es el slogan de esta edición que tendrá como invitados a las escritoras cordobesas María Teresa Andruetto y Eugenia Almeida; María Cristina Ramos –nacida en San Rafael, radicada desde fines de los años 70 en Neuquén–, Gabriela Massuh, Hernán Ronsino e Iván Moiseeff, entre los primeros confirmados, y en la que no podrán faltar actividades vinculadas con la formidable obra de Antonio Di Benedetto (Mendoza, 2 de noviembre de 1922 – Buenos Aires, 10 de octubre de 1986), a treinta años de la muerte del autor de Zama.

“La verdad que es todo un desafío para una fundación chiquita, desde Buenos Aires, tratar de movernos lo más lejos posible por el país. San Rafael es lo más lejos que llegamos con el Filba por una cuestión básica de presupuesto: las distancias en Argentina son enormes y cuanto más lejos te vas, más caro es todo”, plantea Gabriela Adamo, directora del Filba, encuentro literario que en anteriores ediciones tuvo como escenarios a Mar del Plata (2015), Azul (2014), Santa Fe (2013) y Bahía Blanca (2012). “En esta edición contamos con el apoyo de la fundación Williams, que trabaja mucho en la zona de San Rafael. Nosotros teníamos ganas de ir a Mendoza y lo que teníamos claro era que no queríamos que fuera en la capital. Nos interesa el aspecto descentralizador que tiene el festival de no ir a las grandes ciudades que tienen más acceso a la literatura, sino buscar un segundo nivel de ciudades que tengan una población importante, con un circuito de escuelas, bibliotecas y librerías. El acceso a los escritores y las propuestas que podamos llevar a San Rafael, una ciudad que tiene dos librerías, marca una diferencia muy grande”, agrega Adamo que ya hizo dos viajes a la ciudad mendocina para visitar diversos espacios culturales y relevar información.

“Uno de los temas de esta edición es la frontera, no sólo la frontera del país, qué significa Mendoza y la cordillera, sino también la frontera entre las grandes ciudades y los pueblos más chicos. El concepto de frontera nos está dando mucha tela para cortar porque tenés fronteras de géneros y de estilos, fronteras lingüísticas y fronteras de todo tipo –cuenta la directora a Página/12–. Los Filbas nacionales no pretenden ser un festival de literatura local. Noso- tros no seríamos los más indicados para llegar a San Rafael y decir: ‘el tema de ustedes es tal cosa’. El Filba es un festival de literatura nacional que toca temas literarios que están en discusión en todo el país. La geografía de los lugares adonde vamos haciendo el festival muchas veces nos dispara un montón de ideas. Así como el año pasado se nos ocurrió hacer las caminatas playeras en Mar del Plata, en San Rafael nos interpeló de entrada la cuestión de la frontera.” Adamo anticipa que están diagramando la programación –lecturas, charlas, performances teatrales y musicales– y entre las actividades que están desarrollando como novedad intentarán cruzar la cata de vinos con la cata de libros, pero también destaca la importancia que tienen, en cada una de las comunidades por donde circula el festival, el menú de talleres que suelen ofrecer. En este quinto Filba habrá talleres de narrativa, de crónica, de poesía y de gestión cultural.

“No encontramos editoriales en la ciudad en los dos viajes que hicimos. Sí descubrimos que hay una escena muy fuerte de cine y de guión, por eso estamos pensando incluir alguna de estas actividades en la programación. Si hay editoriales en un lugar, eso genera movimiento y las librerías se ven muy estimuladas. Si podemos poner un granito de arena, una semillita para que San Rafael tenga una editorial o más librerías, vamos a tratar de hacerlo”, promete Adamo.







martes, 23 de febrero de 2016

Umberto Eco. Detective de la cultura



En su libro Confesiones de un joven novelista, Umberto Eco cuenta que empezó a escribir cuando era un niño. El proceso era siempre el mismo: primero, un título; después, todas las ilustraciones que iba a contener el libro; por último: el primer capítulo. Y entonces llegaba el cansancio. Un par de páginas, la fatiga, el aburrimiento y el deseo de una nueva historia. Así, el niño Umberto coleccionaba principios.

En 1978, una amiga que trabajaba en una editorial les pidió a él y a un grupo de teóricos sin experiencia en ficción que escribieran un relato de detectives. Eco declinó la invitación diciendo: “Si tuviera que escribir una novela negra, esta tendría por lo menos quinientas páginas y estaría ambientada en un monasterio medieval”. La respuesta, dicha como una broma, encendió algo: esa noche volvió a su casa, se puso a revisar viejas notas y empezó a darle vueltas a un argumento: monjes, una serie de asesinatos, un libro perdido, una biblioteca.

Dos años después publicó El nombre de la rosa. Para ese entonces Eco tenía un gran reconocimiento como académico. Publicar su primera novela a los 48 años parecía un capricho. Pero el libro se convirtió en un éxito mundial. Vendió millones de ejemplares. 

Eco decía que sus novelas surgían de una imagen, una escena que se le imponía y a partir de la cual escribía. Mientras la idea se desarrollaba, comenzaban a aparecer ciertas restricciones. A veces relacionadas con la estructura (El péndulo de Foucault debía tener 120 capítulos y la historia debía dividirse en 10 partes) y otras con ciertos detalles que imponían los datos históricos involucrados.

Si uno recorre sus libros irá descubriendo cómo se mezcla en ellos el trabajo minucioso, propio de un investigador, con la mirada descentrada y un tanto alucinada de un escritor de ficción. Hay algo allí que parece burlarse de la veneración que nuestra cultura tiene por el concepto de la verdad. No hay certeza posible en la ficción. A lo sumo la persecución de algo que siempre se escapa.

En la obra de Eco aparecen también los grandes secretos, las conspiraciones, las teorías que pretenden explicarlo todo, los códigos, ese hambre infinito de descubrir la clave que arrastre todas las piezas y nos libere de nuestra incertidumbre; es decir, de nuestra condición humana.

Ambientadas en espacios cerrados como museos y monasterios o en espacios abiertos como una isla desierta; en la Edad Media o a fines del siglo 20; desgranando los misterios de sociedades secretas o los detalles de una memoria personal borrada; reflexionando sobre el tiempo, el espacio y el modo en el que afectan nuestra percepción del mundo; poniendo a la literatura y los relatos en el centro de la escena, las novelas que escribió Eco dibujan una obra compacta que vale la pena visitar.

El nombre de la rosa (1980), El péndulo de Foucault (1988), La isla del día de antes (1994), Baudolino (2000), La misteriosa llama de la reina Loana (2004), El cementerio de Praga (2010) y Número Cero (2015). Siete estaciones para asomarse a un escritor que amaba los libros y las bibliotecas. 

A Eco le gustaba jugar en los límites, atreverse a la mezcla, a la mixtura. Cuando presentó su tesis doctoral, uno de los integrantes del tribunal le dijo que el trabajo adolecía de algo que llamó “falacia narrativa”. Eco escuchó a su examinador decirle que un estudioso debía investigar y presentar sus conclusiones; que la historia de los desvíos, los derroteros y las errancias que lo llevaron a esas conclusiones no era importante y que él había presentado su investigación “como si fuera una novela de detectives”.

En esos territorios de frontera puede inscribirse gran parte de la obra de Eco. La académica y la literaria. Quizás lo que subyace a todas sus novelas es la necesidad de poner el ojo sobre la cultura para descubrir allí lo que está oculto, aun si siempre está a la vista: qué es la verdad, qué es la ficción, qué es la memoria, qué es un secreto y cómo la suma de los silencios y los relatos construye lo que somos. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




lunes, 22 de febrero de 2016

Comentario de Adolfo Barrera sobre "La tensión del umbral"




"El nuevo y aclamado libro de la escritora cordobesa, radicada en Unquillo, tercera novela publicada por editorial Edhasa, genera una empatía inmediata.
Es una escritora que está contando con naturalidad y frescura el horror cotidiano.
Nos lo hace entender con la gran metáfora de la literatura inventada en el siglo XX llamada policial negro.
Intensa y exacta en los diálogos, impecable a la hora de retratar los ambientes policíacos (esto ya era una de sus marcas personales en sus dos novelas anteriores: El colectivo y La pieza del fondo).
En las sombras de Córdoba todavía está intacto el aparato represivo infernal que legó la última dictadura militar.
No es una novela sobre la memoria. En todo caso es sobre las consecuencias que tiene en el presente la falta de justicia, el triunfo de la violencia, su permanente demanda para resolver los conflictos, y la preservación del poder a cualquier costo.
Aparece en primer plano el tema del suicidio.
Su terrible impronta.
Otra cuerda que se corta cuando no resiste más, que aguanta hasta dónde puede.
Un clima de ahogo nos envuelve.
Y con el humanismo decisivo que la caracteriza, una vez más, Eugenia Almeida nos invita respirar por sus palabras."


Adolfo Barrera
Escritor - Librero



domingo, 21 de febrero de 2016

Mefisto - John Banville






“Yo supe desde el principio que era el superviviente de alguna pequeña catástrofe, las ondas de choque aún seguían reverberando débilmente dentro de mí”. 

Gabriel Swan arrastra una ausencia permanente: un gemelo muerto. De esa ausencia va a brotar una necesidad imperiosa de encontrar sentido en el mundo. Un sentido que quizás esté en la matemática, en los números. Accidentes, encuentros, desgracias, desencuentros, incendios, lazos que nunca decantan hacia algo que pueda explicarse con palabras. 

Un libro extraño, difícil de definir. Alguna vez el autor dijo: “El mundo es siniestro y perturbador, basta con mirar a nuestro alrededor; a la gente que dice que mi obra es gótica y oscura le replicaría: Hay que ver el mundo.” 

Una puerta de entrada para conocer a John Banville, considerado uno de los más grandes escritores de lengua inglesa. 


Eugenia Almeida
Publicado originalmente en Ciudad X



sábado, 20 de febrero de 2016

Jorge Leonidas Escudero



Un humilde buscador de piedras

Discreto. Según sus palabras, “de perfil bajo”. Un hombre de provincia que pasó su vida construyendo una obra conmovedora. Jorge Leonidas Escudero. Un nombre que suena en estos días ante la despedida.

Alguna vez, hace años, hubo un pequeño revuelo ante una entrega de premios que ubicó a Escudero como primera mención. ¿En qué cabeza cabía darle a este hombre otra cosa que no fuera el Primer Premio? Se habló de los privilegios de vivir en Buenos Aires (Escudero vivía en San Juan); se habló de pertenecer a ciertos círculos (Escudero desconocía a los autores de su generación y decía que apenas había leído algo de poesía); se habló de los circuitos académicos (Escudero escribía una poesía viva, de la calle, que retomaba los decires de ciertas regiones periféricas para ese centro que parecía ser Buenos Aires); se habló de ninguneos. La escritora Ivonne Bordelois lo puso como ejemplo de un poeta "que hunde sus manos en las raíces del lenguaje y no en su propia vanidad". Se discutió. Se protestó. Escudero hizo lo que había hecho siempre: siguió escribiendo con esa potencia tan suya, tan propia, tan única y, a la vez, tan colectiva.

Jorge Leonidas Escudero. El poeta. El que va y viene de la montaña. El que busca minerales, piedras, vetas. El que se deja tentar por los juegos de azar y se pone a cazar la suerte. Lo mismo con las palabras. Como si el lenguaje fuera el puente para llegar a la experiencia. El camino, nunca la meta.

A Escudero no le preocupan las normas del idioma. Le interesa el giro, la grieta, el recodo. Aquello que la lengua hace en su región. Un decir como marca de identidad. “Agazapada casa m' está sperando”, dice en su poema “El vino triste”. Y hay algo en los sonidos que no puede limitarse al significado. El idioma está vivo. Se escribe como se habla, como se oye. Se reconoce existencia a la gente del pueblo. Son lo mismo: el poema, la gente del pueblo, nosotros, ese decir cansino, ese morder ciertos sonidos, ese apretar palabras. Hacía falta un poeta para nombrar el modo en el que el lenguaje se usa todos los días, aquí abajo, en el mundo. 

Jorge Leonidas Escudero. El hombre que murió hace poco más de una semana, a los 95 años. El poeta enorme, el secreto bien guardado, el escritor de culto. El que  tuvo a San Juan como cuna, territorio y tumba. Uno que de chico, en cuarto grado, se sintió sacudido cuando su maestra le hizo aprender de memoria “Caballito criollo”, de Belisario Roldán. Uno que se dijo “así como ahora aprendo este poema de otro, algún día voy a aprender uno escrito por mí.” Uno que estudió para ser ingeniero agrónomo pero abandonó la carrera. Uno que fue oficinista hasta que un amigo le propuso ir a trabajar a una estancia “buscando minerales”. Uno que aceptó y empezó, entre las piedras, su búsqueda. “Salgo a cazar, si puedo, la palabra única / Esa que me desvela / y no aparece”, dice en un poema.
Uno que publicó su primer libro a los cincuenta años, gracias a la ayuda de una sociedad de fomento. Amante del juego, empleado público, minero en Calingasta, compositor de zambas y cuecas, jubilado, poeta.

Uno al que le decían “el buscador de oro”, no como metáfora si no como dato biográfico. Uno que anduvo por los cerros, entrenando el ojo, caminando, escuchando silencios, viendo lo que vale cada sonido en el desierto. “Veo algo externo, una hoja, un gato, una piedra y me quedo mirándolo, un largo rato y luego escribo. En silencio escribo. Necesito estar conmigo mismo. A solas.”

Los libros van a decir: Jorge Leonidas Escudero. San Juan, 1920 – 2016. Poeta. Señalarán su Poesía Completa, publicada por Ediciones en Danza en 2011. 

Él dijo de sí mismo: “soy un humilde buscador de piedras” y “me complace buscar lo que no encuentro”.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





miércoles, 17 de febrero de 2016

Comentario en Des mots et des notes sobre la versión francesa de "El colectivo"








Un court roman, tendu comme un arc entre le premier soir où l’autobus ne s’arrête pas dans le village et le soir où Victoria, la soeur de l’avocat Ponce, peut enfin reprendre le bus pour rentrer chez elle en ville. 127 pages en compagnie de villageois qui vivent simplement et qui vont observer, subir, essayer de comprendre pourquoi ce bus ne s’arrête pas quatre jours de suite, pourquoi la barrière du passage à niveau doit obstinément rester baissée alors qu’il ne passe un train que deux fois la semaine.

Le fin mot de l’affaire ne nous sera jamais livré mais avec Gomez, le coursier et Ruben, l’hôtelier, le lecteur aura eu le temps de découvrir, bouche bée, comment les différents niveaux du pouvoir envoient les ordres, cadenassent les décisions, morcellent les relations, détruisent les rapports, désinforment la population. L’atmosphère est lourde, l’orage menace mais ne craque pas, le mystère est opaque, épais et le rythme de l’écriture est vif, le tout produisant un premier roman inoubliable.

Eugenia Almeida entrelace le compte-rendu de ces quatre jours étouffants avec le portrait de l’avocat Ponce, sa femme et sa soeur. Elle introduit subtilement un parallèle entre les personnages de cette famille si différents les uns des autres et l’opposition entre les deux côtés du village de chaque côté de la voie ferrée et celle, plus implicite, entre la ville et la campagne. On devine que les gens de la ville, les militaires au pouvoir, croient sans doute qu’ils peuvent mater de « simples » villageois comme Ponce a soumis sa femme.

Mais on ne soumet pas la sensibilité des gens. La fin du roman m’a laissée à la fois plein d’espoir et d’appréhension pour les personnages qu’Eugenia Almeida a réussi à faire vivre en quelques pages vraiment marquantes.

La première page contient tout en germe :

«Cela fait trois soirs que l’autobus passe sans ouvrir ses portes. Le village est sous une chape métallique. Grise et légèrement ondulée. Le seuil des maisons est maculé de terre et l’absence de pluie rend les chiens nerveux. Par la fenêtre de l’hôtel, Rubén se penche machinalement pour regarder les gens qui traversent la voie. Ce sont les Ponce, qui habitent de l’autre côté. Ils accompagnent cette fois encore la belle-sœur pour voir si elle peut retourner en ville. Avant qu’ils ne parviennent à l’emplacement où l’autobus s’arrête, Rubén sort sur le pas de la porte. De loin on aper­çoit sa main qui s’agite comme un pendule dans l’air, un battant de cloche accroché à rien, qui se secoue pour dire non.
Maître Ponce fait un autre geste, de la tête, pour l’aviser qu’il l’a bien vu.

Maître Ponce fait un autre geste, de la tête, pour l’aviser qu’il l’a bien vu.
– Il ne s’arrête pas, il faut rentrer.
Cela fait rire Marta. Victoria regarde vers l’hôtel et plisse à peine les yeux lorsque le vent soulève la terre sèche. Elle ne sait pas si elle doit secouer sa robe, ôter son chapeau ou faire demi-tour pour rentrer à la maison.
– Ne ris pas. 
Marta baisse la tête pour cacher la bouche qu’elle a superbe, ouverte, immense. 
Cela fait quatre jours que les Ponce rejoignent à la même heure l’arrêt situé près de l’hôtel. Lui met un costume, une cravate et des chaussures de ville. Il porte la valise de sa sœur en faisant mine de la trouver légère. Les femmes marchent à quelques pas derrière, en parlant et en agitant les mains.» (p. 11)



ANNE7500


martes, 16 de febrero de 2016

La monja alférez - Mis memorias - Catalina de Erauso




La novicia guerrera 

Nacida en San Sebastián en 1585, Catalina de Erauso fue llevada por sus padres a un convento de monjas cuando tenía sólo 4 años. Ya en el noviciado, y a raíz de una pelea, decide huir llevándose tijeras, hilo y aguja.Con esos elementos cambia su aspecto. El pelo corto, la vestimenta de un hombre. Tiene 15 años y comienza un viaje que dura toda su vida.

Aquellos que la conocen la toman por un varón. Con esa identidad irá recibiendo ayuda y ataques y respondiendo a unos y otros dominada por un carácter explosivo e iracundo. Años después vuelve a San Sebastián y nadie –ni siquiera su madre, con quien se encuentra en misa– la reconoce.

Su derrotero la lleva a diferentes regiones de España y luego a América, donde decide quedarse. Panamá, Perú, Chile, Argentina, Bolivia. Allí se repiten las peleas callejeras, los robos, las discusiones a las que reacciona a punta de cuchillo, los engaños, las muertes, las mentiras, la debilidad por las casas de juego y la participación como soldado en las fuerzas españolas arrasando tierra americana; una participación feroz y entusiasta en la matanza de araucanos que es recompensada con el grado de alférez. Catalina es “premiada” por demostrar la frialdad, el sadismo y la crueldad propios de un soldado eficiente.

Su vida seguirá atravesada de aventuras. Paje, mayordomo, grumete, soldado, alférez, arriero, comerciante, comisionado para impartir justicia. Muchas vidas en una vida. Y todas ellas, signadas por la violencia. En un momento Catalina decide revelar su secreto a un obispo. Unas matronas llegan a certificar que lo que dice es verdad. Se corre la voz, hay un desfile de curiosos y ella se convierte en una especie de celebridad a la que llaman “la monja alférez”.

Ya en Europa, el rey confirma su grado militar y el Papa le permite seguir vistiéndose de hombre (aunque le prohíbe ofender al prójimo y matar, una promesa que parece incapaz de cumplir).

Al comenzar el relato de su vida, Catalina se refiere a sí misma usando el género femenino, al que luego abandona designándose a sí misma en masculino.

¿Hay aquí una historia de lucha por la identidad de género o simplemente la convicción de que era más sencillo sobrevivir vestida de varón? Como sea, este relato viene a demostrar que tanto la postergación de las mujeres como la búsqueda del reconocimiento de la identidad de género no son, como muchos creen, un fenómeno de nuestra época sino que, por el contrario, parecen estar presentes en toda la historia de la humanidad.

Dividido en 26 capítulos, con prólogo de Gabriela Cabezón Cámara y una sección de notas finales, este libro es otro eslabón del importante trabajo que, desde 2005, viene llevando a cabo la Editorial Buena Vista. Un buen catálogo, con libros cuidados en su diseño, que busca rescatar voces, autores y relatos que el tiempo parece haber dejado atrás y siempre es interesante revisitar.

Eugenia Almeida

Publicado originalemnte en La voz del interior