lunes, 28 de noviembre de 2016

Piedra libre al policía bueno - Revista Ñ


Serie negra.  

En su nueva novela, Eugenia Almeida confronta las fuerzas del orden con el periodismo. Y ganan el suspenso y un realismo detallista.

POR MAURO LIBERTELLA

La policía, los grupos de tareas y las mafias detrás de las fuerzas de seguridad son los ejes de esta novela policial, la tercera de la cordobesa Eugenia Almeida. Es Licenciada en Comunicación Social, y el dato curricular no es azaroso: la novela La tensión del umbral es la reconstrucción de un hecho impactante (una chica muerta en la calle, con un arma en la mano), a cargo de un periodista que no sabemos muy bien por qué se involucra, por qué sigue buscando, por qué sigue preguntando cuando las cosas se complican cada vez más y las ollas que destapa muestran un trasfondo turbio y siniestro. Siempre hay en el policial alguien así.
Alguien que en algún momento debería parar e irse cómodamente a su casa, alguien que abre una puerta incorrecta y en vez de cerrarla con prudencia se mete, la atraviesa, y arranca la trama. Ese hombre en este libro es Guyot, un hombre lento y querible, que investiga qué pasó con esta mujer en una ciudad que podría ser Córdoba, como indica Almeida, pero podría ser también cualquier otra ciudad de la periferia porteña, porque el libro es un libro argentino que sin embargo no está saturado de referencias, que todo lo implica sin denotarlo: la época, el lugar, la subtrama histórica.

–Arranquemos con la génesis del libro. Contame cómo surge.
–Yo venía con una idea, que era antes que nada una primera escena. Las novelas en general se me presentan así, con una primera escena de la que no entiendo mucho, pero a la que me quedo mirando a ver qué pasa. No tenía en claro que iba a ser un policial, por lo pronto. En general no trabajo con un plan ni con una programática, lo cual es muy divertido para escribir, pero también en algún momento se puede volver desesperante porque no sabés adónde vas o si se te fue o si va a volver. No sé hacerlo de otra forma. En este libro, por lo pronto, a diferencia de los demás, tuve que volver en un proceso de corrección muy puntilloso; en otro me permitía que quedara algo flotando, un detalle, una imagen: acá todo tenía que tener un porqué y un lugar en la estructura general.

–¿Cúal fue esa primera escena?
–Una mujer tirada en el piso, en una calle, con un disparo en el pecho, con un arma en la mano y la certeza de que de esa arma había salido el disparo.

–¿Y el tono lo capturaste rápido?
–Sí, en general lo que espero para poder arrancar es un tono, que no necesariamente tiene que ver con el género. Un ritmo, cierto sonido. Eso es lo que te da la confianza; como dicen en la religión, la providencia traerá. Una vez que aparece eso, hay que mantenerse entusiasmado, trabajando, corrigiendo y no dudar en sacar lo que hay que sacar.

–Entonces, tenías esta primera escena. Y aparece luego el periodista, Guyot, que es un personaje pero por la cercanía con que se lo narra, parece casi el narrador. ¿Cómo aparece ese personaje?
–En esa escena que te contaba aparece alguien. Había mucha gente alrededor de ese cuerpo, pero había alguien que estaba particularmente afectado. Ahí es cuando lo veo a este personaje, que trabaja como un periodista pero esa no es su característica principal. Por diversas circunstancias él llega a ese trabajo, trata de hacerlo lo mejor posible, pero su principal afán no es llegar a la verdad o convertirla en noticia, hacerla pública, denunciarla. Lo suyo es más de la órbita de lo privado: quiere entender algo. Quizás es algo más acotado, qué pasó ahí, por qué esa mujer murió ahí. Necesita darse una respuesta privada. De hecho, cuando toda posibilidad de investigar sobre eso se cierra, el tipo sigue, pero sigue para él.

–Sí, es cierto, y no queda muy claro, cuando ya vemos que hay gente pesada implicada en todo eso, por qué el tipo sigue y se mete en complicaciones.
–Sí; y por otra parte él no tiene una extrema lucidez respecto del dominó que está provocando. Él percibe algunas señales de que hay mucho peligro, pero es como si dijera “a mí me importa lo que le pasó a la chica, y nada más que eso”, y no ve que lo que le pasó a la chica es el nudo de un ovillo que se conecta con todo lo otro.

–Los dos puntos de conflicto del libro podrían ser la policía y el periodismo, y allí parece estar también tu propia lectura sobre el presente y la coyuntura actual.
–No, eso empezó a aparecer en la historia y a mí no me extrañó en lo más mínimo. La historia transcurre aproximadamente en 2008. Vivo en Córdoba: que me digan que la policía tiene prácticas no de lo más nobles o que hay herencias del pasado que todavía trabajan ahí, no me sorprende. Que me digan que los medios de comunicación u otro tipo de empresas tienen comportamientos non sanctos, no me sorprende porque es algo que pasa. Esta novela, efectivamente, tiene un abordaje de la realidad en términos sociales, y yo no me puedo imaginar un texto en el que la policía sea algo impoluto, porque en efecto no lo es. Esas cosas juegan. En Córdoba hay una policía muy reñida con los derechos humanos. Ahí rige por ejemplo el código de faltas, que pena el merodeo, un policía te puede detener por merodear. Si nosotros merodeamos, estamos paseando, comprando cosas. Pero otra gente no puede pasear o no puede llegar a ciertos lugares del centro. Hace mucho tiempo los organismos de derechos humanos están reclamando que eso choca con la Constitución, con garantías individuales. Esa es la vida cotidiana. Hoy en esa provincia ser un pibe villero o pobre te deja casi sin garantías. Es tremendo. Esa es mi cotidianeidad, y eso se vuelca en el libro. A mi generación las fuerzas de seguridad le generan escozor, sabemos por qué, hay razones históricas. La historia que cuento es ficción pura, pero el escenario me resulta verosímil, digamos.

–Hablando de Córdoba, cuando escribís, ¿pensás en la posibilidad de plasmar un idioma cordobés? –un idioma muy marcado y particular.
–Deliberadamente no lo busco. Si el personaje es cordobés y dice una cosa cordobesa, yo la defiendo. Pero nunca he ido a buscar el cordobés típico. En esta novela no hay alguien así, pero por ejemplo, cuando ya estaba en la etapa de corrección, la correctora me señala con mucho tino que yo había puesto “un choro”, y ella me dice “quisiste decir chorro”. Y le dije que no, que nosotros decimos “choro”. Ahora se empieza a decir chorro porque los noticieros que nosotros vemos son de Buenos Aires, pero el cordobés diría choro. Pero simplemente en eso, en respetar esas cositas. Nosotros a veces usamos los tiempos compuestos, “he comido” en vez de “comí”. No aparece todo el tiempo eso, pero si el personaje lo dice y a mí me suena, queda. Pero en la novela, si te fijás, no hay nada que diga que esto es Córdoba.

–Pensaba recién, en otro orden, en los modos que tiene Guyot de investigar, que son un poco analógicos, a la vieja usanza.
–Él es un poco así, está un poco descolocado con el tiempo, tiene una forma más antigua de averiguar. Al mismo tiempo, lo que él tiene para buscar sólo lo puede buscar así, chamuyando con alguien, no son datos duros. Y lo que él busca en papel es de una época en que no está digitalizado todavía. El otro día tuve que ir a un juzgado a hacer un trámite y cuando terminé les pedí si me podían dar un papel que indicara que yo había estado ahí haciendo un trámite. Y el tipo metió un papel en una máquina de escribir y se puso a tipear. Una máquina enorme, pesada. Yo estaba fascinada. Pero también es verosímil, no me terminó de descolocar, es algo que todavía subsiste en ciertos lugares. Y en la novela, pensemos que la mayoría de los personajes ya están crecidos, son grandes, vienen con otros registros.

–¿Cómo ves la actualidad de la literatura cordobesa?
–En mi provincia hay una vitalidad literaria tremenda. Y lo bueno, me parece, es que es todo muy diverso. Podés encontrar popes como Perla Suez o María Teresa Andruetto, Cristina Bajo; algunos escritores de mi generación, o más jóvenes, como Federico Falco, Martín Cristal, David Voloj, Sergio Gaiteri. Hay recorridos muy diferentes. Hay mucha producción de poesía y buenas editoriales que están haciendo un trabajo a conciencia. Es un muy buen momento para la literatura de Córdoba. *



sábado, 26 de noviembre de 2016

Un aire de familia



En la Historia de la Literatura existen muchos casos de padres e hijos unidos por la escritura. ¿Qué es lo que está en juego cuando eso sucede? De los Dumas a Los King, un repaso por algunos casos famosos.

Padres e hijos. Lazos de por vida que no hemos elegido y que no podemos deshacer. Si hubiera que elegir una sola palabra para definir esa relación quizás la más adecuada sería “compleja”. A ese vínculo y su complejidad se les puede agregar una variable más. ¿Qué pasa cuando padres e hijos eligen la misma profesión? ¿Y qué pasa si ese punto en común es la literatura?

Familias de escritores. Existen muchísimos ejemplos y diversas posibilidades, correspondidas o no: la admiración, el desprecio, la indiferencia, la competencia, el enriquecimiento.

Tessa y Roald Dahl; Carol y Mary Higgins Clark; Auberon y Evelyn Waugh; Mary Shelley y su madre, la escritora y filósofa Mary Wollstonecraft;  David y John Updike; John Steinbeck  y sus hijos John IV y Thomas; Christopher y J. R. R. Tolkien; Klaus y Thomas Mann; Elvira Orphée y  Flaminia Ocampo; Benjamin y John Cheever; Seepersad y VS Naipaul; Esther Tusquets y Milena Busquets. Apenas se comienza a buscar, la red de “padres e hijos escritores” viene llena de nombres. Y, a veces, de un solo nombre que sirve para designar a dos personas. 

A partir de 1840, hubo cierta confusión en el ambiente literario francés. Había dos Alejandro Dumas escribiendo. El mayor, autor de Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo. El menor, autor de La dama de las camelias. Dumas hijo nació cuando Dumas padre tenía 22 años. La madre era una modista. Dumas padre se negó a reconocer el bebé. Siete años después, cuando nació su hija, la madre de la niña, la actriz Catherine Lebay, le exigió que reconociera también al primogénito. Dumas aceptó. “Hacerse cargo” significó separarlo de su madre para dejarlo en un colegio, algo que marcaría la obra literaria del hijo, en la que muchas veces aparecen mujeres que sufren injusticias. Quizás haya sido Dumas hijo quien mejor resumió esa relación cuando confesó: “Mi padre es un niño grande que tuve cuando era pequeño”.


Herencia pesada

John Fante nació en 1909, en Estados Unidos. Familia pobre. Inmigrantes italianos. Padre alcohólico. Escribe. Vende su primer cuento. Cuartos de pensión, empleos precarios. A los 29 años publica su primera novela. No logra el reconocimiento que espera. Cada día es más pobre y está más furioso. Hasta que llega una oferta de Hollywood y el alivio económico. Pero también la sensación de “haberse vendido”. Fante se refiere a sí mismo y a otros colegas como “mercenarios de la pluma”. En 1937 conoce a la poeta Joyce Smart. Tienen 4 hijos. Dan es el segundo. Para Dan, el viejo sólo está interesado en sus amigos, el juego y el alcohol. John replica sus experiencias de infancia: alcohol y violencia. Su hijo dirá años después: “Nuestra vida familiar era un infierno”. Para él su padre es un tipo despreciable y, a la vez, un escritor insuperable.  

Cuando Dan era chico recibió correo de su padre, desde Roma. Decía: “Me escribiste una carta muy bonita, limpia, clara, directa al grano. Tal vez seas un escritor, como yo. Piénsalo.” Dan lo pensó durante años. Cuando su padre murió decidió dejar el alcohol y escribir. Su primera novela recibió más de treinta rechazos. Pero siguió. En uno de sus libros, Dan dejó de lado todo eufemismo y se centró en lo autobiográfico. El título es muy descriptivo: Fante, un legado de escritura, alcohol y supervivencia.

Dan escribe. Como su padre. Autodestrucción, alcohol y esa mirada vuelta hacía sí misma tan característica de cierta literatura norteamericana escrita por varones blancos. Registros autobiográficos de hombres que se perciben  a sí mismos como una especie de catástrofe genial que fracasa exitosamente. Una selfie del desastre. Ensalzamiento del yo con un gesto de asco. Tanto asco que parece amor. No sorprende que a Bukowski le haya fascinado la escritura de John Fante.

Dicen que cuando Dan le contó a su padre que quería escribir, John le dijo: “Una buena novela puede cambiar el mundo. Recuerda eso cuando te sientes delante de la máquina de escribir.”



Familia de terror

Stephen King no comulga con las visiones edulcoradas de la paternidad y se atreve a decir públicamente que su tercera novela, El resplandor, fue su “confesión” de que los hijos a veces se perciben como una carga agobiante. La novela estaba dedicada a su hijo, un niño que en ese momento tenía 5 años. El chico creció y, en 2005, publicó su primer libro. Eligió hacerlo en un país extranjero (Gran Bretaña) y con seudónimo. Joe Hill. Nada de recurrir a la fama del padre. 

El libro fue bien recibido y Hill decidió, dos años más tarde, publicar una novela. Fue el momento de dar a conocer su secreto: era el hijo de Stephen King. 

Hill reconoce ser un admirador de la obra de su padre y resume su desafío en unas líneas: “Lo más difícil para mí fue crear una identidad, especialmente como escritor. No en contra de él, no en lucha con él, sino a un costado: la pregunta era cómo encontrar mi carril.”

El escritor Peter Straub –amigo de la familia– cuenta que Stephen King solía jugar con sus hijos a inventar historias. Planteaba escenarios y luego les preguntaba cómo seguir. Quizás aún estén jugando: la última novela del hijo entabla un diálogo con un libro clásico del padre; el padre retoma en uno de sus libros las criaturas que ha creado el hijo. Como bien dice Joe Hill: “Todo escritor es hijo de otro escritor. Puede que no lo sean de sangre, pero son hijos literarios. (…) yo luché con algo muy excepcional y extraño, que es ser hijo de sangre de mi padre literario.”


En el nombre del padre

Kingsley Amis escribió novelas, poesía, cuentos, ensayos, crítica y guiones para radio y televisión.  En su juventud fue parte del grupo de escritores conocidos como “Los iracundos”. 

Martin nació en 1949, cuando Kingsley tenía 27 años. Alguna vez el padre dijo que su hijo “era demasiado listo para resultar tan mediocre como escritor.”

La relación nunca fue sencilla. Martin cuenta que sintió un “intenso e instantáneo dolor” cuando Kingsley le dijo que "no pudo" con su segunda novela. Su libro Experiencia parece ser el territorio que el autor utilizó para hacer cuentas con su padre. Allí, Martin describe con detalle la vida de Kingsley y su relación con el alcohol.

Es curioso cómo Martin vuelve una y otra a su padre. En diferentes reportajes, hablando de diferentes temas, una estructura se repite: “mi padre tal cosa, yo tal otra”. Como si siempre estuviera atrapado en una dinámica de separación, de distinguirse de ese otro que también lleva su apellido. Le preguntan si el ritmo editorial lo presiona y dice que no; que él no publica un libro por año aunque su padre sí lo hacía. Cuando le preguntan sobre poesía, Martín cierra su respuesta diciendo: “Mi padre escribía poesía. Yo no.” Le preguntan sobre la crítica y vuelve a mencionar a su padre. Le preguntan cómo ordena su biblioteca y responde: “Mis libros están divididos en dos áreas. Ficción y no ficción. Luego los ordeno por autores. Mi padre y yo, sin embargo, estamos juntos en un estante.”
Martin vive en el mismo barrio donde vivió Kingsley.



Ciertas resonancias

Luisa Valenzuela nació cuando su madre, la escritora Luisa Mercedes Levinson, tenía 24 años. A la casa de infancia llegaban de visita escritores como Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, María Emilia Lahitte, Conrado Nalé Roxlo, Siria Poletti y Ernesto Sábato. Valenzuela recuerda que cuando Borges y su madre escribieron juntos el cuento “La hermana de Eloísa”, ella oía las risas que venían de la habitación en la que estaban trabajando. Un recuerdo que agradece porque eso le dejó la convicción de que escribir era una actividad llena de alegría.

Al hablar de la relación con Levinson, Valenzuela cuenta una escena inaugural. Sexto grado. La maestra le pide a la madre que ayude a la hija con sus “composiciones”. La niña tenía algunos problemas con esas tareas. Levinson hace lo suyo: escribe pensando “en la mentalidad de una nena de once años”. A la hija esa redacción le parece “bochornosa”. Decide escribir su propia historia.

Cuando le preguntan a Valenzuela qué opinaba Levinson de sus libros responde que no sabe. Ella siempre leía todo lo que escribía su madre porque la ayudaba a corregir sus manuscritos. Pero no sabe si su madre leía lo que ella escribía. Aunque recuerda un detalle, una anécdota. 1980. Valenzuela, que vivía en Nueva York, había llegado a la Argentina de vacaciones. Estaba escribiendo Cola de lagartija. Levinson escribía El último zelofonte. Madre e hija se iban leyendo tramos de lo escrito y, según cuenta Valenzuela, “surgió una especie de afinidad porque las dos teníamos alguna escena sobre el cuerpo de Evita. Las novelas no tienen nada que ver, pero esas páginas tenían algo extraño en común, como una resonancia.”  


Juegos de infancia

En la casa de los Martínez no había televisor porque Julio no quería que nada distrajera a sus hijos de la lectura. Cada domingo había un ritual inalterable: reunía a los hijos, les leía un cuento y les pedía que cada uno escribiera. Luego había un “certamen literario de entrecasa” en el que los textos eran evaluados según “Originalidad, Resolución, Redacción, Prolijidad y Ortografía”. El cuento ganador era pasado en limpio en la máquina de escribir del padre. Su autor recibía un chocolate como premio.

Guillermo Martínez siguió con esos juegos ya por fuera de la familia. Participó de muchos concursos, publicó sus primeros libros, se convirtió en un nombre clave de la literatura argentina. 

Julio también escribía. Y era el primer lector de lo que escribía su hijo. Lo ayudaba pasando a máquina sus borradores. Cada vez que el hijo visitaba la casa paterna en Bahía Blanca, intercambiaban los cuentos que habían escrito. Los cuentos que el padre guardaba en un cajón esperando el momento del encuentro, ese espacio en el que el juego de infancia continuaba.

Después de su muerte, sus hijos decidieron publicar Un mito familiar, un libro que recopila historias inéditas escritas por ese ingeniero agrónomo que pasó toda su vida escribiendo, sin pensar en publicar. En el prólogo, Guillermo Martínez cuestiona el “cliché” (propuesto por el psicoanálisis y la crítica literaria) de la necesidad del parricidio en la literatura. El escritor rompe con ese lugar común al decir que nunca quiso matar (ni siquiera simbólicamente) a su padre escritor porque fue justamente él quien le acercó lecturas fundamentales y “el ejemplo sostenido de su tecleo en el cuartito”.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero



jueves, 24 de noviembre de 2016

Comentario sobre L’échange (La tensión del umbral) - En attendant Nadeau





La jungle de Buenos Aires

par Albert Bensoussan

Ce roman d’Eugenia Almeida, qui fait mener l’enquête conjointement par un journaliste et une psy, nous plonge dans le labyrinthe de la mégapole argentine, dans les ultimes soubresauts de la dictature déchue et défunte mais qui survit encore sous forme de sanglantes nostalgies.


Le roman policier a acquis, depuis des lustres, ses lettres de noblesse et ne saurait désormais s’inscrire dans une quelconque infralittérature. De Simenon à Nicci French (célèbre couple britannique, égrenant sa semaine policière, Lundi mélancolie, Sombre mardi…), nous affrontons une écriture, un portrait réaliste et social capables de rivaliser avec les meilleures constructions romanesques. Et d’ailleurs l’enquêteur(se) n’est plus l’inévitable commissaire, ou un détective lambda mais une personne qui normalement n’aurait pas voix au chapitre : chez Nicci French une psychothérapeute, par exemple.

Le présent roman, qui s’intitule L’échange en français, traduisant, sans le traduire, le titre original : La tensión del umbral (« la tension du seuil »), nous introduit sur le pas de la porte de l’enfer, celle-ci étant l’entrée du « Ministère de la Sécurité » – fallacieux programme où la corruption le dispute à la concussion : quelle justice ? quelle police ? quel maintien de l’ordre ? Le mauvais œil est partout et chacun, où qu’il soit, d’où qu’il mande ou commande, n’est jamais assuré du lendemain : règlements de comptes et achats du silence peuplent la morgue. Les rapports de police iront grossir ce qu’on a appelé les « archives de la terreur », qui bouleversèrent l’écrivain Ernesto Sábato, président de la Commission d’enquête sur les personnes disparues en Argentine pendant la dictature.

Ici, la donnée initiale tient en deux lignes : à la sortie d’un bar, une jeune femme met en joue un inconnu, qui, après avoir échangé deux mots avec elle (d’où le titre français), passe son chemin, et alors, au lieu de faire feu contre lui, comme on s’y attendrait, elle retourne le revolver contre elle-même et se tue. Affaire toute simple et vite classée par la police, tant l’évidence du suicide est criante. Et pourtant… et pourtant… En introduisant le doute et le mystère dans ce qui semblait si clair, l’auteure omnisciente nous plonge dans un suspense, une attente indéfinie et infinie qui, au fil d’une enquête aussi brouillonne que les choses de la vie, nous fera découvrir l’horrifiante cité de Buenos Aires – une mégapole traversée par le fleuve Matanza (« massacre ») où s’agitent encore, bien des années après, les fantômes « gravissimes » de la dictature (celle du général Videla et sa junte, de 1976 à 1983, mais jamais mentionnés) et de ce qu’on a nommé la « guerre sale », avec ses quelque trente mille « disparus ».

« La ville est une jungle », nous dit-on, mais cette ville n’est jamais désignée, juste évoquée à travers quelques artères, carrefours et quartiers, les indications se limitant à « Sur le pont », « À un carrefour », « Le kiosque à journaux », « Le bar », ou demeurant dans la vague localisation de ce district appelé « El Bajo », autrement dit les bas-quartiers. Et quelle importance, d’ailleurs, le texte est construit comme un dialogue et les descriptions sont à la portion congrue, apparaissant plutôt comme des didascalies théâtrales. Le fil conducteur est Guyot, un personnage de journaliste qui, traumatisé par le meurtre de sa femme, après un viol manqué, des années plus tôt, entend débroussailler l’écheveau de cette histoire où rien n’est vraiment dit, tout est suggéré en laissant le lecteur égaré dans le labyrinthe. Une psy, qu’on rencontre dans un bar, celui-là même qui fut le théâtre de cette tragédie, apportera de précieux commentaires sur le spectacle de la rue et sa violence. Le maître mot est « solitude ». Mais aussi absence d’amour, frustration, désespoir. Au cœur de l’intrigue, il y a ce couple sans enfant qui hérite d’une fille trouvée par la grâce d’un capo dei capi, qui fut un maître policier au temps des généraux et qui, pris d’amitié pour ce couple, en fait sa créature… jusqu’au meurtre. Jamais clairement nommé, il apparaîtra finalement sous un double nom, qui signe la duplicité de son caractère. Au fur et à mesure que l’enquête avance, les cadavres pleuvent. Plus on croit l’éclaircir, plus l’ombre s’abat sur les pages, sur les plages de l’intrigue.

Finalement, on est près de comprendre, on pense qu’à force de liquider à tout-va (par exemple : « On a tué deux prisonniers pour couvrir les autres ») la sanglante scène va se vider de ses acteurs, et c’est bien la seule chose positive : comme une étoile qui s’éteint peu à peu, le théâtre va plonger dans la nuit, et il ne restera plus que trois personnages : le grand meurtrier (qui a liquidé tous ses comparses, tous ceux qui savaient), le journaliste, encore miraculeusement en vie, mais à condition de tenir une bonne fois sa langue : « Tu écris un seul mot là-dessus et une heure après tu es mort », et la psy qui est tout à la fois l’intermédiaire agissant et le témoin de l’horreur, toujours vissée à sa chaise dans « ce bar », éclusant ses petits verres de vodka, et contemplant les consommateurs qui, parce qu’ils n’ont rien vu et ne savent que dire (« pas vu, pas pris »), sont qualifiés de « club d’aveugles ». C’est elle, en dernier lieu, qui demeurera et s’effacera en fondu au noir dans l’ultime ligne du roman, comprenant enfin « qu’elle vient d’entrer en enfer » et assumant cette malédiction. C’est ce qu’on pourrait appeler une fin ouverte. Mais ouverte sur le vide, le néant, la pauvre Argentine dépecée et sanglante, qui n’en finit pas de panser ses plaies.

Dans un style sec, bref, elliptique, haché, souvent haletant, Eugenia Almeida nous communique son angoisse, sa peur, sa colère, son désespoir. On sort d’une lecture, dont on ne peut à aucun moment s’arracher, l’esprit fiévreux et l’âme broyée. Mais le vertige n’est pas seulement dans la tête, il est dans ce pays, cette ville, cette histoire, quand tout a basculé. Et que rien n’est effacé, oublié, pardonné. Plus qu’un roman policier, cette écrivaine argentine qui s’est fait connaître en France par deux précédents titres (L’autobus et La pièce du fond) nous donne ici un roman politique. Implacable, glaçant et justicier.





domingo, 20 de noviembre de 2016

Navegar con la mirada en movimiento (Entrevista a Rodrigo Fierro)






Navegar con la mirada en movimiento


El escritor Ryszard Kapuscinski decía que el encuentro con el otro “constituye desde siempre la experiencia fundamental y universal de nuestra especie.” Quizás en esa experiencia esté condensado lo que nos ha sido dado: ir hacia el otro en ese río que es el encuentro.

Algo de eso late en Embarcados, el libro - DVD publicado por Viento de Fondo. La primera película del fotógrafo Rodrigo Fierro, dos video-poemas basados en textos de Gastón Sironi, escritos de Emilio Garbino, Sironi y Fierro y una colección de fotografías que dan testimonio de un viaje; un trayecto sostenido en la amistad, la conversación y el interés por los modos en los que fluye la fe. En uno de los textos, Fierro se plantea “cuestionar los confines de la propia creencia” y señala que esa frontera, “la más difícil de atravesar”, muchas veces “se encuentra justo frente a nosotros: el otro, nuestro confín más cercano.” De eso se trata. De un estar siendo, en compañía. 


Detrás de cámara

Rodrigo Fierro es un hombre alto, de una amabilidad inusual, con un modo de decir manso pero decidido. Tiene una extraña mezcla de fuerza y serenidad. Recuerda a esas perfectas cañas de bambú que saben moverse al ritmo que marca el viento, sin dejar de ser lo que son. 

Presenta su primera película, un “ensayo documental” que transcurre en el Río Bermejo y en las calles de la ciudad de Embarcación, en la Provincia de Salta. ¿De qué habla este ensayo? De hombres que viajan en bote, charlan, se encuentran con gente del lugar y se asoman a celebraciones religiosas. Hay algo en el relato que tiene que ver con la entrega, con dejarse llevar, con admitir las transformaciones. La amistad, el arte de la conversación, el descubrimiento, las fronteras, la extranjería, la identidad, el cambio y el tiempo compartido.

Hay risas, silencios, un campamento, una fogata. Dos pescadores baqueanos. La fe, el ritual, la celebración, la procesión de la Virgen de Urcupiña. Una peluquería, las luminosas intervenciones de Flor Miranda, las caminatas, el Bermejo, una radio donde se mezclan el guaraní y el español, las fiestas de San Roque y San Cayetano. Un viaje: abrirse a lo que sucede, saber que todo plan es precario y provisorio, saber que el mapa no es el territorio, saber que uno va a ser otro si se deja atravesar por la experiencia. Saberlo y aceptarlo. O saberlo y resistirse. A veces las palabras funcionan como un modo de protegerse de la experiencia. Otras, como una manera de apropiarse de lo vivido.

Sobre eso pone el ojo Rodrigo Fierro. El cineasta sabe encontrar la belleza y revelarla. La imagen de la Banda de la Gendarmería Nacional interpretando un tema de Sandro se vuelve tan conmovedora como la de un torbellino que se alza sobre la arena, llenando de formas lo invisible.


El origen del viaje

–¿Cómo surgió el proyecto?
–Surgió de sendas conversaciones y complicidades con amigos. El primer chispazo fue conversando con Patricia Llaya, quien me comenta de su terruño, Embarcación, a orillas del Río Bermejo, y así enciende el deseo de esas aguas, algunas veces deseadas, y luego postergadas. Con Emilio Garbino, compañero de navegaciones y caminatas, varias veces conversamos sobre el Bermejo y sobre cómo se podría filmar algo de lo que experimentamos en nuestros agrestes derroteros, en torno a la conversación: entre nosotros y con otros. Estos fueron los primeros bocetos y, de a uno, los amigos se fueron sumando para darle forma y corazón al proyecto.

–¿Cuánto pasó desde ese momento a hoy? 
–Pasó mucho tiempo, una eternidad, varias vidas. Esos chispazos iniciales fueron en 2007 y 2008. Recién en 2010 y 2011 pudimos viajar a filmar. En estos años cambiamos sobre todo nosotros. En mi caso, nunca trabajé en un proyecto que me demandara tiempos tan largos. Y es un proceso muy extraño. Me reconozco con otros deseos, preguntas, pareceres, que cuando viajé a filmar. Y aún otro de cuando realizamos junto al “Sentidor” (Gastón Sahajdacny) el montaje. Son varias mudas de piel, y eso me genera una distancia, un no reconocerme del todo en el trabajo, viéndolo a la distancia. Es una sensación extraña, como que es un trabajo hecho por alguien que en varios aspectos se siente diferente hoy.

–¿Cuándo fue el viaje? 
–En agosto de  2010. Hay una escena filmada en un viaje anterior de reconocimiento, donde fui solo; y hay dos escenas de un viaje posterior, al que fuimos cuatro miembros del grupo en agosto de 2011. El viaje central duró unos 15 días, de los cuales tres fueron de preparativos, cinco días de navegación por el río y finalmente una semana más en Embarcación. Viajamos siete personas: Emilio Garbino y Juan Iosa como protagonistas, Gastón Sironi como escritor, Ezequiel Salinas como camarógrafo, Gastón Sahajdacny como sonidista, Patricia Llaya como productora y yo. Allá se sumaron al grupo Alfredo Iyesca y Pelado Mendoza como guías, navegantes y estimados nuevos amigos y protagonistas del proyecto en la etapa de río. Y en la etapa urbana se sumaron con participaciones Flor Miranda, Vicky Pacheco y Don Marcial.



Los ríos de la fe

–En uno de los textos del libro decís que desde 1990 has viajado por cursos de agua. ¿Qué hay ahí que te atrae?
–Me llevó varios años entender esa atracción por el agua, más allá de que siempre busqué seguir ese deseo. A veces navegando algunos ríos con amigos, o en caminatas en sus orillas, fundamentalmente con Emilio. Caminar con los pies en el agua, o navegar con la mirada en movimiento. Andar, discurrir en la naturaleza. Un libro sobre la naturaleza del paisaje fue un paso para entender esa atracción: El arte del paisaje, de Raffaele Milani. “Caminar, como dejarse resbalar sobre el agua en una barca, son instrumentos de la mirada encantada”, dice Milani. A pesar de que mis caminatas y navegaciones fueron sin cámara hasta el año 2007, esta mirada en movimiento, el contacto con la naturaleza, ha sido y es un fuerte estímulo. Los griegos clásicos no tenían la palabra “paisaje”, que aparece varios siglos después, pero describían al “Genius Loci”, el genio del lugar, como escenario donde los Dioses veían a los hombres y viceversa. Aquellos lugares de armonía en la naturaleza que de alguna manera se encuentran habitados por el “genio del lugar”. El diletante y la sorpresa de la mirada móvil son condimentos de esta experiencia que me gusta cultivar, y de donde nace el proyecto Embarcados. Y en ese contexto, el diálogo. La palabra, la reflexión en movimiento, que es la humilde manera en la que siento me puedo acercar a la filosofía en un sentido práctico, no intelectual ni académico, ya que es muy poco lo que yo conozco sobre filosofía. Caminar o dejarse resbalar por el agua con Emilio, quien sí se dedica al estudio formal de la filosofía, y poder gozar del privilegio de dialogar. Esa experiencia es la cuna de este proyecto.

–La película también aborda el tema de la fe.
–Siempre me interesó la fe, y me interesa. Embarcados se nutre de esa curiosidad, aún sin compartir explícitamente los credos cristianos o sincréticos que se ven reflejados en el trabajo. Agradezco mucho en este sentido la buena disposición del grupo, en su disposición para acercarse a estas manifestaciones generosamente, ya que para varios compañeros es una experiencia ajena. En mi caso, tengo un acercamiento a la fe a través del Budismo, y poder compartir experiencias vinculadas a la fe en un sentido universal, más allá del credo en particular, me resulta movilizador. De alguna manera siento que todas las religiones tienen un punto en común de contacto, o en realidad los seres humanos compartimos una naturaleza vinculada a la experiencia de fe, aún los ateos o agnósticos... Puesto que la religiosidad o la fe puede manifestarse de maneras personales también, no ligadas a las religiones institucionales.

–¿Qué relación estableces entre el río y la fe?
–Todas, y ninguna de manera unívoca. Si se tratara de asociar la fe con la naturaleza, creo que tiene rasgos emparentables con el río, con el discurrir... con algo que fluye. Sin embargo la fe se vincula con la luz y el sol, con el ímpetu del rayo, con el mar o la montaña, con el sucederse de las estaciones donde siempre luego del invierno viene la primavera. Las metáforas de la fe y la naturaleza son muchas y cada una aporta lo suyo. Creo que en la película surgió esta asociación (un tanto ingenua, o infantil, o algo tosca pero bella a la vez), donde el río tiene que ver con la procesión en el marchar y el discurrir, en el caminar. Volviendo al comienzo, dos maneras de discurrir: caminar y navegar en silencio, desplazase atentos, escuchando, con el corazón y la mirada móvil.


Una investigación de objeto indefinido

–La película está estructurada en partes que remiten a términos propios de una investigación (“Marco teórico”, “Trabajo de campo”, “Evidencia empírica”). ¿Cómo apareció eso? 
–Surgió de manera espontánea mientras trabajábamos en el montaje con “Sentidor” (Gastón Sahajdacny). La trama de alguna manera es sobre dos investigadores y una investigación de objeto indefinido. Uno de los libros que sirvió de referencia previa del proyecto fue El antropólogo inocente, de Nigel Barley. En ese texto, se narran las desventuras de un antropólogo al adentrarse en una cultura desconocida, poniendo de manifiesto ciertos rasgos absurdos o contradictorios en esa pretensión clásica occidental de “saber - conocer” sobre otras culturas. Embarcados trata sobre este acercamiento nuestro a un contexto cultural y geográfico desconocido, aunque de manera menos estridente que un inglés en África. Mucho de las ciencias sociales y de la fotografía y el cine documental tiene que ver con el conflicto de acercamiento a “un otro”. Las maneras, las diferencias, las empatías como seres humanos universales salen a la luz. Durante mis trabajos de fotografía callejera comenzaron a tomar forma algunos cuestionamientos sobre esta problemática: uno, la cámara; el otro, el poder, la mirada, qué construcción de mundo y de vínculos surge de ese encuentro. La historia del colonialismo y de la fotografía (o la filmación) como instrumento de dominación se entrecruza en esas convergencias. Se habla y escribe de la necesidad previa de conocerse, de encuentros profundos previos como necesidad para validar ese proceso y ese “conocimiento”. Son terrenos donde me surgen muchas preguntas y Embarcados es un primer viaje donde registramos esos conflictos o choques y esos primeros encuentros y primeros pasos para “conocerse” en bruto. Y las torpezas, asperezas y  pliegues donde comienza a gestarse un vínculo. Al asumir el proyecto, con este carácter de ensayo y prueba en bruto sobre esta problemática, resultó natural apelar a estos conceptos de investigación social como “marco teórico”, “trabajo de campo”, cuando de alguna manera, al no estar precisados con las reglas y límites que el trabajo de investigación académico requieren, cobran un tono literario o algo fantástico... Invitan a una reflexión sobre cuánto de literario tienen algunos conceptos o paradigmas que solemos utilizar de manera estereotipada en ciertos campos.

–Más allá de lo técnico y lo que es propio de cada uno de los lenguajes ¿hay algo en vos que cambie al pasar de la fotografía al cine?
–Sí hay un cambio: en la fotografía juego de local y en el cine juego de visitante. Y asumo esa extranjería como una aventura, y este proyecto en particular aborda el carácter de “ensayo” en tanto prueba y error, como trabajo desde lo desconocido, con sus aciertos y desaciertos saliendo a la luz. Una aventura: entrar en la espesura de lo cinematográfico con cierto desconocimiento y desde la desprolijidad del borrador, de la primera prueba, del tanteo en lo desconocido.



PERFIL: Rodrigo Fierro nació en Córdoba en 1970.  Es Perito fotógrafo y Licenciado en Cine y Televisión. Ha recibido múltiples reconocimientos, entre otros el Primer Premio Salón Municipal Córdoba Artes Visuales (2013) y el Primer Premio Asociación de Amigos del Museo Caraffa “Fotografía Contemporánea Argentina”, Córdoba (2008). Parte de su trabajo puede verse en http://cargocollective.com/rodrigofierro/adminedit


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X


viernes, 18 de noviembre de 2016

Comentario sobre L´Échange (La tensión del umbral) - La livrophage. Lectrice en campagne




«L’échange» – Eugenia Almeida – Métailié, 
traduit par François Gaudry



Eugenia Almeida, auteure argentine, écrit ici son troisième roman. Pour moi, c’est avant tout la découverte d’une plume très originale dédiée à une histoire en forme de puzzle. En premier lieu, il faut dire que cette écriture et la construction du roman sont  absolument remarquables. Le lecteur est poussé dans un labyrinthe en quête d’une vérité tapie sous une chape de plomb, et il n’a de cesse d’avancer jusqu’à l’issue, revenant sur ses pas, hésitant, se heurtant aux impasses en compagnie du personnage principal, Guyot.

Bien que la dictature soit terminée, ses effets, ses résidus nauséabonds et ses mains armées hantent encore le pays. Une jeune femme braque son arme sur un homme à la sortie d’un bar, mais finalement la retourne contre elle. Suicide? C’est la réponse facile à une mort dans l’indifférence d’une personne ordinaire. Mais c’est compter sans Guyot, journaliste réchappé de la folie et de l’alcool dans lesquels il s’est enlisé après le meurtre de sa femme. Guyot intrigué par cet acte : viser quelqu’un et mettre fin à ses jours…Pourquoi? Que cache cette mort ?

Ici commencent les méandres de l’enquête sur laquelle se greffent de nombreux personnages de la police, des médias, et une psychologue à la retraite qui boit beaucoup de vodka au bar de Bruno. 

Chapitres courts, phrases sèches et brèves, mélancoliques – et même dépressives – énigmatiques, poétiques aussi :

« L’un après l’autre les jours s’enfoncent. des jours comme une lame qui empêche de bouger, de réagir, de se dégager.

Il est difficile de deviner laquelle de toutes les pièces a fait que cet éphéméride n’aura pas de terme. Peut-être que cela a commencé avant.

[…]Il arrive un moment où tout doit être mis en ordre. Les yeux s’ouvrent péniblement sur un monde sans signification. Juste une boîte obscure saturée d’échos.

Celui qui ne sait pas qu’il doit mesurer sa force entre en aveugle dans un monde régi par d’autres. Ce peut être beau ou terrible. C’est pareil. Les figures viennent du dehors, elles s’imposent à nous, nous dansons sur la musique d’un autre. »


Nous sont restitués ainsi les tâtonnements de l’enquête, la narration sautant d’un personnage à un autre; on se sent parfois égaré comme Guyot l’est par les secrets qu’il cherche à percer, comme il l’est par l’horreur de ce qu’il dévoile. Très beau personnage et j’ai particulièrement aimé ses rencontres avec Vera Ostots, la psychologue assez trouble qui n’exerce plus, mais si, encore un peu. Et qui a ses habitudes.


« Elle sourit.

-Le monde réel existe. même si on lui résiste.

En un geste identique au premier, elle vide son verre. Il s’écoule à peine une minute avant que Bruno lui en apporte un autre, par une sorte d’accord tacite qui semble avoir été passé depuis des années. Guyot doit avoir posé sur elle un regard déplacé, car elle reprend sa tasse où reste un fond de café froid et dit:

-Ne faites pas attention. On a tous nos petites habitudes. »


Dans ce roman politique et sombre, Eugenia Almeida triture l’histoire de son pays, la décortique par le biais de ceux qui l’ont faite – défaite – , l’armée, la police, la presse. Secrets intimes et vie publique mêlés, la monstruosité de ce régime surgit par bribes au détour d’une phrase. On comprend aussi que ce pays ne peut se dépouiller sans mal de ce passé encore très proche, et que celui-ci détermine encore et toujours la vie des Argentins. On ne peut jamais être sûr de rien, et l’écriture incisive génère une sorte d’angoisse fébrile, une appréhension sourde; quel talent ! 

Le roman est assez court, je l’ai lu d’une traite parce qu’on suit avec la même inquiétude que Guyot le fil ténu des indices, le double jeu des protagonistes, on veut savoir et dénouer cette sinistre affaire, où le passé démontre qu’il continue son œuvre comme un ver dans un fruit.

La fin éclaire le titre ( même si connaissant un peu l’histoire de la dictature en Argentine, j’ai compris assez vite celle de la jeune morte ), mais surtout cette fin est très très bien choisie, dans la même ambiance que le reste du livre c’est à dire angoissante à souhait :


« La pénombre s’est maintenant muée en complète obscurité.

-Je vous appelle dans quelques jours. tant que vous respecterez notre accord, tout ira bien.

Il sort en silence. elle n’arrive même pas à se lever pour le raccompagner. Elle restera assise dans ce coin de la pièce jusqu’à une heure avancée de la nuit, jusqu’à ce qu’elle puisse assumer qu’elle vient d’entrer en enfer. »


Quelle manière magnifique et intelligente de fermer le livre ! 






lunes, 14 de noviembre de 2016

Apuntes de una lectora anacrónica




La frase es conocida: no hay nada más viejo que el diario de ayer. Y aunque tiene cierta verdad también tiene algo de mentira. O de error. Las cosas no cambian tan rápidamente. La urgencia es un invento del sistema capitalista. Ir hacia la nada pero corriendo. Obsolencia programada: objetos que se rompen o se deshacen al cumplir cierto tiempo de vida. Modelos que caducan para obligarnos a comprar algo más moderno. En el ámbito de los medios de comunicación: el mito de “la necesidad de estar al tanto inmediatamente de lo que pasa”.  

La frase es conocida. Apela a personas sedientas de lo “nuevo”, una categoría que a mí no me desvela. A esa falta de interés se suma una debilidad –casi una adicción–: leer cualquier texto impreso que se me ponga delante. No es provechoso, es una pérdida de tiempo, es absolutamente inútil pero, desde que tengo memoria, siempre he sentido la tentación de leer todo lo que entre en mi campo visual. Fui educada en distinguir escrituras públicas de escrituras privadas y a no leer las segundas. Aprendí a hacer eso. Pero sigo deteniéndome ante cada cajita, paquete o papel impreso que veo. Por suerte, desde hace unos años, he tenido que renunciar a muchos de ellos porque la presbicia va hace su trabajo.

En mi casa hay un lugar donde se dejan diarios, revistas, papeles y folletos que “están siendo leídos”. El ritmo de trabajo obliga a leer de a tramos. Una vez que la lectura se completó, todo eso  va al lugar donde se guardan los implementos para prender la estufa. Redacción y fotografía se convierten en acelerador del fuego. El problema es la demora que puede acarrear que yo me detenga en cada papel y que a esa curiosidad se le agregue la contractura de estar horas en una posición no aconsejable. De cuclillas, leyendo con frío porque, claramente, todavía no prendí la estufa.

¿Qué es lo que me fascina? La imagen que surge en un remolino artificial que tiene mucho de azar. Pero no todo. Permite asomarse a parte de la información a la que está expuesto alguien si hojea ciertos medios gráficos. Y es justamente ahí donde se detiene la mirada:

1
Una nota informa sobre la existencia de una máquina “nueva” cuyo mayor avance es no tener conexión a internet. Un aparato pensado para personas que “pierden su tiempo en la web” y que, al parecer, no pueden controlarse. Cuesta quinientos dólares. Parece mucho para algo que, en mi infancia, se llamaba “máquina de escribir”. Es extraño pensar que hay gente que pagaría de más para tener bloqueado lo que en otras circunstancias sería un servicio. Alguien debería explicarles que para no tener conexión a internet basta con desconectarla o vivir en ciertas zonas de Sierras Chicas.

2
Mientras el título de una noticia advierte que los animales tienen lo que la ciencia parece definir como “rasgos humanos” (“uso de herramienta”, “autoconciencia” y “empatía”), en el cuerpo del texto un especialista  entra en tensión con lo dicho cuando denuncia el error de medir a los animales según estándares humanos. En un apartado, el mismo especialista señala la crueldad de ciertos experimentos como, por ejemplo, tirar ratas de laboratorio a una pileta para ver si recuerdan por dónde salir. La que no recuerda muere ahogada, claro. Un experimento diseñado por la especie que considera a la “empatía” una de sus rasgos fundamentales. 

3
Otra noticia. El PRO firmó un acuerdo con el titular del “Buró Político del Partido Comunista Chino” para que “las escuelas de formación política de ambos partidos” trabajen juntas en la “formación de sus dirigentes”. Rebobinar. El PRO firmó un acuerdo con el titular del “Buró Político del Partido Comunista Chino” para que “las escuelas de formación política de ambos partidos” trabajen juntas en la “formación de sus dirigentes”. Rebobinar. El PRO firmó un acuerdo con el titular del “Buró Político del Partido Comunista Chino” para que “las escuelas de formación política de ambos partidos” trabajen juntas en la “formación de sus dirigentes”. Rebobinar. Tengo un zumbido en la cabeza.

4
Otra noticia. Pokémon Go. Un amigo especialista en redes me ha explicado qué es. Una extraña aplicación que cruza mundo real y mundo virtual. Me dice que, bajo la fachada de un juego, hay un extraordinario método para obtener gratuitamente imágenes en vivo de diferentes puntos del planeta en simultáneo. No sólo eso. Esas imágenes se pueden direccionar a voluntad. Si quien tiene acceso a esas imágenes quisiera seguir los pasos de alguien, no tiene más que colocar pokemons en su camino, para que otras personas lo sigan y lo vayan filmando. “Es el sueño de los servicios de espionaje”, me dice. Un ejército de gente que ayuda a la cuadrícula y a la vigilancia global. Habría grandes conglomerados de poder dispuestos a comprar esas imágenes. “Los amos son invisibles porque el mundo está lleno de gente deseosa de ser ciega”, me dice. “Pagan para ser esclavos”.


5
El exlíder carapintada participa en el desfile militar por el Bicentenario. Rebobinar. El exlíder carapintada participa en el desfile militar por el Bicentenario. Rebobinar. 

6
Otra noticia. Dos dirigentes de Partido Bandera Vecinal (una agrupación neonazi) participaron de un encuentro organizado por el subsecretario nacional de Juventud. Mínimo escándalo, desmentidas, excusas, rumores. Juventudes nazis. Escalofríos. ¿Qué decían en otra nota sobre los rasgos humanos? Ah, sí: empatía. Auschwitz. Nada más que decir. 


7
En una casa de remates de Múnich se subastaron 169 objetos personales de Hitler y otros jerarcas nazis. Un señor –argentino– compró 56 cosas. Entre ellas: la última chaqueta de Hitler, uno de sus pantalones y una radiografía de su cabeza. También se quedó con el camisón y los calzoncillos de Göring. Pagó más de 600.000 euros en total. Parece una historia escrita por Carlos Busqued pero no. Es una más de las noticias de la prensa. 

8
Durante la masacre de Dallas ocurrida en julio, por primera vez en la Historia la policía estadounidense utilizó un robot para matar a una persona. Un robot que no había sido diseñado con ese fin. Pero los policías le pegaron unos explosivos, lo acercaron al agresor y lo detonaron. (“Uso de herramientas”, “conciencia”, “empatía”). 


9
En Texas acaban de legalizar la portación de armas en los campus universitarios. Estudiantes armados en las clases. 

10
Noticia sobre tecnología: Un empresa inglesa, especializada en algo llamado “soluciones financieras”, lanza al mercado Pavlok, objeto que se describe literalmente como “una pulsera que “castigará” a su portador con una descarga eléctrica de 340 voltios cuando incurra en gastos excesivos”. El zumbido en mi cabeza es casi insoportable. Vuelvo a leer. El comprador debe ingresar al sitio web de su tarjeta de crédito, registrar la pulsera y declarar cuál es el límite de gastos admitidos. Cuando se acerque a ese límite habrá una alarma. Si la persona sigue gastando, descarga eléctrica. Vuelvo a leer. Entiendo el juego de palabras en el nombre de la pulsera: estímulo - respuesta, el perro de Pavlov, etcétera. Lo que no entiendo es que alguien, voluntariamente, elija recibir una descarga eléctrica. Pienso en mi amigo especialista en redes. “Pagan para ser esclavos” también podría ser “pagan para ser torturados”. Zumbido. 


Última página
Ya no sé si es la posición de mi cuerpo, el frío o la desazón de pertenecer a una especie como la nuestra. Algo me duele. ¿La espalda? ¿La garganta? 
Empiezo a abollar sin leer. De entre las pilas de papeles aparece el rostro de una colega a la que aprecio mucho, una sonrisa, la costumbre del diario de incluir un retrato de los autores de cada nota. “El lado bueno de los cyborgs” dice el título. Releo algo que leí hace un mes atrás. La recomendación de ver “Inventos extraordinarios”, un programa televisivo de Nat Geo. El detalle de algunas emisiones y, allí, la mención de “prótesis que pueden ser controladas por el pensamiento y que les permiten a personas que perdieron sus piernas poder “imaginarlas” de nuevo para poder moverlas”. “Uso de herramientas”, “autoconciencia”, “empatía”. 
Prendo un fósforo. Los papeles se oscurecen y se tuercen. Hay una luz antigua que sale de la madera. El zumbido sigue. Quizás la especie es demasiado compleja para comprenderla. 




Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados
Ilustración: Juan Delfini