lunes, 29 de diciembre de 2014

Il tè tostato: comentario sobre la versión italiana de "El colectivo".






La sovversiva - Eugenia Almeida





Parlando di un libro di Juan Carlos Onetti  qui ho detto che i libri sudamericani che ho letto non mi sono piaciuti, ma ho dimenticato di fare riferimento a un libro argentino bellissimo, l'ho preso appena uscito in Italia, nel 2007, attirata dal titolo "La sovversiva". Sempre per rimanere, giusto per una frase, in ambito femminile, non c'è donna che non abbia avuto voglia, almeno per un giorno, di essere davvero sovversiva, ognuna con la propria realtà certo, ma sovvertire sarebbe stato grandioso, quindi libro scritto da donna su una donna sovversiva ed è così che l'ho scelto. Comprato per un motivo molto superficiale, ne ho poi scoperta la profondità e il valore. 

Ambientato nel 1977 in Argentina,  Peron era morto da due anni e la successiva ingovernabilità aveva portato alla dittatura militare, al "proceso de reorganizacion nacional", al genocidio, ai desaparesidos, ai bambini rubati e a Videla che in quell'anno disse 
«In ogni guerra ci sono persone che sopravvivono, altre che rimangono invalide, altre che muoiono e altre che spariscono. L’Argentina è in guerra e la sparizione di alcune persone è una conseguenza non desiderata di questa guerra»

Negli anni della violazione dei diritti umani e civili, negli anni in cui per moltissime vicende, senza quartiere e senza verità, le responsabilità di sapere, di conoscere, di non agire sono state attribuite e tolte, perché esiste l'inconoscibile per il popolo e il più o meno noto ai governanti di turno e l'inimmaginabile, in Argentina mentre "essere in disaccordo" si trasformava rapidamente in "non essere", c'era una pratica ricorrente, oltre certo alla tortura e alla violenza, ed era la segretezza.

E così gli abitanti di un piccolo paese, sperduto in un territorio arido e molto lontano da Buenos Aires, vedono passare la solita corriera che collega la loro vita al mondo, ma stranamente non si ferma a far salire i viaggiatori, anche il treno ignora la stazione e i passaggi a livello in uscita restano sempre abbassati. Un gruppo di case e di persone isolate dal resto della Nazione, i visitatori non possono tornare a casa, gli abitanti non possono raggiungere altri luoghi. In un villaggio, segnato da una ferrovia che separa i ricchi dai poveri, lo stupore si trasforma in dubbio fino a diventare paura. Si scoprirà che è stata una decisione della politica marziale quella di chiudere la via a ogni spostamento, perché si cerca qualcuno, una persona, una donna, il peggior nemico di un regime: una sovversiva.

L'atmosfera è claustrofobica e Eugenia Almeida è bravissima nel ricrearla, l'aridità dei luoghi, la dimensione del villaggio, l'ambiguità degli sguardi, il voler capire senza esporsi, la presenza di estranei bloccati tra gente nota e l'indifferenza con cui l'esterno sembra attraversare questa realtà diventata una gabbia con dentro persone che vivono di diffidenza. La meschinità con cui ci si osserva chiedendosi chi sia la causa di quei nuovi confini, la cattiveria e l'umanità.

Una lettura intensa e col pregio di evocare senza descrivere, di richiamare senza indicare date e nomi, di avvincere con la forza dei racconti inventati, ma plausibili.
Così si stimola la voglia di sapere e conoscere, così dalla lettura di un bel libro nasce la curiosità di conoscerne l'ambientazione, i luoghi e i tempi e questo è uno dei motivi, credo, per cui leggere sia veicolo per la libertà.






jueves, 25 de diciembre de 2014

Hablar con desconocidos - Ruth Rendell





En esta novela Ruth Rendell vuelve a demostrar su maestría para entretejer hechos aparentemente inconexos y construir una red inquietante. En cada uno de sus libros puede encontrarse cierto extrañamiento, cierta distancia que nos hace ver lo cotidiano de otra manera. La sensación, perturbadora, de que somos icebergs de los que solo es posible ver una pequeña parte.

Un grupo de adolescentes, un juego de espías, un hombre abandonado por su pareja, alguien que ha sido juzgado por abuso de menores, los peligros que se corren en los rituales de aceptación adolescentes, los abismos que puede traer un malentendido. Una historia escalofriante sobre las consecuencias que pueden acarrear la paranoia o la excesiva confianza. 

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



  


domingo, 21 de diciembre de 2014

Vladimir Nabokov. La realidad entre comillas. - Cristina Fernández Barragán





¿Quién es Vladimir Nabokov? 

Alguien que siempre cambia y siempre permanece igual a sí mismo.

El que creció en una familia de la alta burguesía en la que se hablaba inglés, francés, ruso, alemán e italiano. El que pasó su infancia en una casa con una biblioteca tan enorme que hubo que contratar a una bibliotecaria de tiempo completo. El que publicó su primer libro de poemas a los 15 años, pagándolo de su bolsillo. El que estudió en Cambridge, afrontando esos estudios con las joyas que su madre logró llevarse cuando huyeron de Rusia.  El que luego dio clases de tenis, box, inglés y francés para poder pagar la pensión. El que supo que su padre había sido asesinado en un acto político. El que trabajó de extra en varias películas. El que tradujo por primera vez al ruso “Alicia en el País de las Maravillas”. El que huyó de Berlín y luego de Francia. El que perdió a su hermano, asesinado en un campo de concentración nazi.

El que escribió su primera novela en inglés encerrado en el baño, apoyado en una valija encajada sobre el bidet. El que se escapó de un hospital, ayudado por sus amigos, para volver pronto a trabajar. El que aceptó el pedido de su esposa de no quemar la novela que tantas polémicas traería. El que, durante toda su vida, cazó, coleccionó y estudió mariposas.

Cristina Fernández Barragán ha escrito un libro preciso e interesante en torno a la figura del gran escritor ruso. Estructurado en dos partes (“La vida” y “La obra”) este trabajo es igualmente valioso para quien admira la obra de Nabokov y para quien aún no la conoce. Una buena puerta de entrada para acercarse a uno de los escritores fundamentales del siglo XX.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X


jueves, 18 de diciembre de 2014

Todas las almas - Javier Marías




“Dos de los tres han muerto desde que me fui de Oxford, y eso me hace pensar, supersticiosamente, que quizás esperaron a que yo llegara y consumiera mi tiempo allí para darme ocasión de conocerlos y para que ahora pueda hablar de ellos.” Es la primera frase de la novela y el nudo de todo su recorrido: La muerte, lo que uno puede –o debe– recordar de los otros, los grados en que es posible conocer a alguien, de qué modo una presencia nos transforma y cuál es la importancia de poner en palabras las cosas o dejarlas hundirse en un silencio definitivo.

“El español” es un académico que durante dos años reside en Oxford y vive allí lo que luego llamará “la historia de una perturbación”. Un escenario ajeno lo llevará a participar en nuevos rituales: las simulaciones que sirven de sostén a ciertas instituciones; los chismes, los rumores y la maliciosa necesidad de desmenuzar la intimidad ajena; el turbio o delicado engranaje que suele poner en movimiento un engaño; la enfermedad y los miedos que trae con ella; las herencias; la sensibilidad con que pueden oírse los pasos que da la muerte mientras se acerca.

Como en otras novelas del autor español, de a ratos aparece un humor extraño, desplazado, que no hace reír pero lleva a un gesto de reconocimiento, de revelación, de deleite e incomodidad ante el absurdo y la ridiculez de ciertas cosas.

Sugerimos enfáticamente evitar el prólogo de Elide Pittarello antes de leer la novela. Por razones desconocidas, el habitual prologuista de los libros de Javier Marías no se ahorra ningún detalle del argumento y posiblemente robe algunos placeres que sólo debería ofrecer el texto.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X


martes, 2 de diciembre de 2014

Anne-Marie Métailié: Premio al Mérito Editorial en la Feria del libro de Guadalajara






Todos los que tenemos el privilegio de publicar en Editions Métailié celebramos que nuestra querida Anne-Marie haya recibido el premio al Mérito editorial en la Feria del libro de Guadalajara. Un reconocimiento totalmente merecido.














La palabra como arma - Emma Goldman






Nació en Lituania, en 1869. Huyendo de la persecución que sufrían los judíos en Rusia, emigró a los Estados Unidos. Profundamente impactada por lo ocurrido con los “mártires de Chicago” descubre el anarquismo y encuentra allí una filosofía que resume sus convicciones. Trabaja como operaria en una fábrica de corsés. Estudia de noche. Comienza a militar.   

La llamaban Emma la Roja. Recorría los Estados Unidos dando conferencias. Se dice que cada vez que debía hablar en público llevaba un libro, previendo que podían arrestarla y que necesitaría algo para leer en prisión. Era tan odiada que un tribunal condenó a un soldado a 5 años de trabajos forzados en Alcatraz por el enorme crimen de darle la mano a “una peligrosa mujer anarquista”. 

Siempre se la presentó como una persona violenta aunque hubo un solo episodio que podría asociarse con la lucha directa: apoyó a su pareja, Alexander Berkman, cuando éste decidió atentar contra la vida de un importante empresario. 

Emma Goldman fue detenida en muchísimas oportunidades. Fue condenada y encarcelada tres veces. Se la acusó de antipatriota por promover una campaña de control de la natalidad y por trabajar en la “Liga contra el reclutamiento de hombres para la guerra”. Era una mujer extraña, apasionada, capaz de oponerse a los propios para garantizarle a sus adversarios el acceso a la palabra.

Por esos años, Estados Unidos tenía la política de expulsar cualquier extranjero que fuera anarquista. En la audiencia para tratar su caso, Hoover (el oscuro personaje que luego sería director del FBI) dijo que Goldman era una de las mujeres “más peligrosas de América”. En diciembre de 1919 fue deportada junto a otras 248 personas. Regresó a Rusia. Aunque era partidaria de la Revolución descubrió muy pronto que la realidad estaba lejos del ideal. Comenzó a hacer críticas que la pusieron en peligro. También de allí tuvo que irse. Vivió en Suecia, Alemania, Francia, Inglaterra y Canadá. En mayo de 1940 sufrió una hemorragia cerebral. Perdió la capacidad de hablar: la más efectiva herramienta de su lucha política. Murió unas horas después. 

La palabra como arma reúne artículos y conferencias escritos entre 1906 y 1940. La autora pone en cuestión dos de los prejuicios más extendidos sobre el anarquismo: que se trata de un ideal impracticable y que siempre implica violencia. El eje de los textos está en denunciar de qué manera la religión, la propiedad y el Estado hacen vivir a las personas sometidas a condiciones inhumanas. Línea a línea, la pensadora se ocupa de las prisiones, el patriotismo, la guerra, la emancipación de la mujer, el puritanismo, la prostitución, el control de la natalidad, el matrimonio y la nueva pedagogía.

Se puede coincidir o disentir con Goldman. Como sea, conocer la historia de las ideas es indispensable para comprender que siempre existen otras opciones. Se sale así de la fatalidad de lo naturalizado a la responsabilidad de colaborar o combatir una cierta forma de organizar el mundo.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X


lunes, 24 de noviembre de 2014

Cuando Sara Chura despierte - Juan Pablo Piñeiro




Bolivia. 13 de junio de 2003, víspera de la Fiesta del Señor del Gran Poder. César Amato regresa a la ciudad de La Paz. Es un hombre que viste distintas pieles y tiene la capacidad de “ser muchas personas”. Ahora es un detective privado especializado en casos sin resolver. Recibe un llamado. Deberá buscar al “cadáver que respira”, una criatura misteriosa a la que Sara Chura necesita encontrar con urgencia, para poder despertarse.

Hasta aquí uno podría pensar en una novela policial. Pero hay mucho más. Tanto que es difícil explicarlo. Juan Pablo Piñeiro ha escrito una novela de una belleza inusual, inclasificable. Un libro que se lee de un tirón y que nos deja en ese umbral en el que hemos entendido algo pero no podríamos decir qué es.

La primera frase dibuja el mapa: “El mundo es la casa embrujada que todos habitamos”. Hay un embrujo, hay una construcción, hay algo que surge de los lazos. A veces un relato mágico es la herramienta más eficaz para hablar de lo real. Piñeiro sabe recorrer esa línea, contar lo increíble, volverlo verosímil y, lo que es más importante, verdadero.

El autor boliviano expone algo innegable: entre todos creamos eso que llamamos “realidad”. Pero hay mucho más ahí afuera: lo misterioso, aquello que solemos considerar sobrenatural solo porque nuestros ojos están domesticados. Cuando Sara Chura despierte nos recuerda que vamos tejiendo el mundo y que al mismo tiempo somos los hilos que forman esa trama. La historia pone en juego algo esencial de los pueblos originarios de América Latina: otro modo de ver las cosas, otra manera de reconocerse parte del universo, otras formas de conocimiento, otra relación con el tiempo, otro tipo de vida. 

La novela es tan diversa que posiblemente este comentario no pueda hacer justicia a su enorme heterogeneidad de voces. Hay humor, hay aventuras, hay un uso poético del lenguaje, hay una cosmovisión completa. Podría decirse que este libro es heredero de las obras de Juan Rulfo y Manuel Scorza. Pero se trata de un legado renovado: Piñeiro tiene voz propia, una voz que viene a decir lo suyo de modo único.

Cuando Sara Chura despierte habla de la identidad, los cambios, el tiempo, el lenguaje, el sentido de comunidad y, fundamentalmente, de esa ficción llamada realidad.

Celebramos este primer libro publicado por la nueva editorial cordobesa Portaculturas. Ojala vengan muchos más.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



jueves, 20 de noviembre de 2014

La fiesta de la insignificancia - Milan Kundera





En 1967 Milan Kundera publicó su primera novela. El libro se llamaba La broma y contaba un infierno kafkiano: alguien hacía una broma que llegaba a oídos del aparato estatal y era leída como una amenaza a ser combatida. La novela tuvo un éxito inmediato y fue premiada por la Unión de Escritores Checoslovacos. Poco tiempo después, cuando la Unión Soviética invadió el país, el texto se volvió peligroso. Kundera fue expulsado de la universidad, sus libros fueran retirados de las bibliotecas y su nombre fue borrado de la historia de la literatura checa. Once años más tarde lo privarían incluso de su nacionalidad.

El interés por el carácter subversivo del humor está presente en toda la obra del autor. En El libro de la risa y el olvido se define la risa como un gesto que delata el sinsentido y expone que los órdenes del mundo no son tan naturales como creemos. En El arte de la novela, la ironía es presentada como una herramienta que revela la ambigüedad y nos quita toda posibilidad de certeza. El autor rescata la palabra “agelasta”, que alguna vez utilizara Rabelais. Los agelastas son los que no ríen, los que no tienen sentido del humor. Los que “están convencidos de que todos los seres humanos deben pensar lo mismo y de que ellos son exactamente lo que creen ser”.

Cuarenta y siete años después de la publicación de La broma, Kundera vuelve a poner en escena aquella primera preocupación desde un enfoque diferente. 

En La fiesta de la insignificancia cuatro amigos viven pequeñas escenas en diferentes lugares de París. Alguien quiere ver una exposición de Chagall pero se resiste a hacer la cola para entrar al museo. A un hombre acaban de confirmarle que no tiene cáncer. Hay un encuentro casual y una mentira inexplicable. Alguien lee las memorias de Nikita Jruschov. Un presidente del soviet supremo sufre problemas de próstata. Un niño ve a su madre por última vez y conserva de ese encuentro una extraña obsesión por los ombligos. Una mujer trata de suicidarse y debe luchar para que no se lo impidan. Una foto habla con quien la mira. Un actor desocupado inventa un idioma ficticio mientras trabaja en un servicio de catering. Una lluvia de ángeles cae del cielo después de que Stalin da un puñetazo sobre la mesa de la sala de reuniones del Kremlin. El mundo es un lugar en el que “las bromas se han vuelto peligrosas”. 

Mínimas fotografías que apenas esbozan una historia mientras vuelven una y otra vez sobre la fiesta –la triste alegría, el buen humor, la levedad– que puede traer asumir la poca importancia que tiene todo lo que pasa. El reconocimiento de la insignificancia como modo de resistencia. Lo dice uno de los personajes: “ya no era posible subvertir el mundo, ni remodelarlo, ni detener su pobre huida hacia adelante. Sólo había una resistencia posible: no tomarlo en serio.” 

El absurdo. La sonrisa. Lo cómico. Todo eso surgiendo de un sinsentido básico, de una insignificancia que alivia y libera. Nada importa. O sí. No está claro. El peso de los sentidos que tienen las cosas se trastoca en una especie de juego. Otra vez Kundera nos advierte sobre  momentos históricos en los que todos parecen haber olvidado qué es una broma. Épocas en las que el discurso único se vuelve monolítico y expulsa al humor, el mayor cuestionador de lo que hemos naturalizado.

Siempre hay algo extraño en los textos del autor checo. Se atraviesa un párrafo sencillo y se descubre algo vital. Se lo descubre pero no se lo identifica. Como si fuera un sueño. Uno sabe que es importante pero no puede decir qué es. Quizás porque se ha comprendido algo que no puede ser explicado. Algo que sólo puede ser mostrado, puesto ante los ojos. Lo que la filosofía llama “definición ostensiva”: señalar aquello que se quiere definir. ¿Cómo explicarle a alguien qué es el color violeta? No se explica, se muestra.

Uno de los personajes dirá que a veces una verdad “es hasta tal punto trivial, y a tal punto esencial, que ya ni se la ve ni se la oye”. Esa sensación puede tener el lector al cerrar el libro. Que la verdad que se le ha dicho es imperceptible. Y sin embargo, está ahí.  

Esta novela puede ofrecer placer y también desconcierto. Sin embargo, no se trata de un desconcierto estéril. Es más bien la sensación de que es imposible aprehender un sentido unívoco. ¿Cómo definir La fiesta de la insignificancia? ¿Se trata de un acertijo sin solución? ¿Es una definición ostensiva? ¿O es quizás la gran broma final que hace el maestro, a sus 85 años, antes de retirarse del escenario?


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X

viernes, 14 de noviembre de 2014

Comentario de Bruno Caussé (Le Monde) sobre la versión francesa de "El colectivo"






« Dans son premier roman, Eugenia Almeida revient sur les années noires de l’Argentine. Un récit sobre aux phrases sèches sur le quotidien d’un pays qui a peur. »


Bruno Caussé
LE MONDE





http://www.editions-metailie.com/fiche_livre.php?id_livre=895&decouvrez_aussi&presselivre






lunes, 10 de noviembre de 2014

El quinto hijo - Doris Lessing





Harriet y David se encuentran en una fiesta empresarial. Se reconocen como suelen hacerlo los que no encajan, los que siempre están a un lado, los que asisten distanciados a un espectáculo en el que no se sienten incluidos. Parecen estar hechos el uno para el otro: ambos se definen como “emocionalmente escrupulosos y sobrios”.

Totalmente ajena a la liberación sexual de los años sesenta, la pareja desea una casa enorme y una buena cantidad de hijos que llene ese espacio. Una fantasía de cuento de hadas, algo en lo que todo tendrá perfume de hogar, un escenario que sólo puede traer plenitud y felicidad.

El sueño se pone en marcha y al principio parece funcionar. Una casa en las afueras de Londres, los hijos que llegan uno tras otro. Grandes reuniones familiares que se extienden indefinidamente porque nadie quiere irse de la casa de los Lovatt. Una familia feliz. Y sin embargo ya se oye latir cierto malestar. Algo ominoso que va a tomar cuerpo con la llegada del quinto hijo.  

A partir de aquí, todo se transforma en una historia de terror sin recursos sobrenaturales. Un terror sordo, escalofriante, cotidiano. Terror ante lo que pasa y terror de asumir los propios sentimientos. Todo da miedo: la muerte de algunos animales; una furgoneta negra; la impaciencia, la ansiedad, la irritación; un embarazo que se vive como una guerra; alguien que va perdiendo la cabeza; la pesadilla de ciertos psiquiátricos que sólo sirven para ocultar y eliminar a aquellos que son considerados indeseables.

Doris Lessing habla de muchas cosas que suelen ocultarse en nuestra cultura. Se atreve a tensar el mito de la maternidad y a verlo con otros ojos. No todas las madres son iguales; no todos los hijos son iguales. La autora no termina de decir qué es lo que hay de diferente en Ben, el quinto hijo. No lo dice pero lo muestra. Un bebé que produce sentimientos difíciles de aceptar. Alguien que genera una “inquietante y espantosa curiosidad”. Escalofríos, temor, rechazo, perplejidad, miedo, incluso terror. Eso sienten quienes se acercan al niño. 

La autora británica no es complaciente con nada ni con nadie. Es tan implacable que hace daño. Pero esa mirada descarnada y despiadada quizás nos muestre algo sobre los tabúes y las hipocresías de nuestra sociedad.

Por  momentos, mientras se lee el libro, es imposible no establecer un lazo con “Tenemos que hablar de Kevin”, la extraordinaria película de Lynne Ramsay protagonizada por Tilda Swinton. Ambas obras se ocupan de poner en escena los mecanismos de silencio que impone la sociedad –y que cada uno de nosotros se impone, reproduciendo el mandato–. Hay cosas que no está permitido decir. Hay cosas que nadie quiere escuchar. Hay silencios que explotan de tan llenos. Y hay artistas –como Lessing, como Ramsay– que se atreven a posar sus ojos justo allí. En aquello que preferiríamos no ver.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X


jueves, 6 de noviembre de 2014

El lápiz del carpintero - Manuel Rivas






  


Un bar en la ruta. Un grupo de mujeres extranjeras, sombras sin papeles que han quedado atrapadas en el negocio de la prostitución. Un territorio custodiado por un hombre silencioso que, sin embargo, comienza a contarle su historia a una de esas mujeres. Mientras Herbal despliega su relato su mano va dibujando las servilletas con un lápiz de carpintero; un objeto precioso en el que se concentra el pasado. Quien habla ha sido fuerza de choque de los falangistas, guardia de prisión, torturador, asesino. 

Herbal trae a su voz toda la oscuridad que provocó el Franquismo. Las listas negras. Las persecuciones. Los fusilamientos. Los eventuales sobrevivientes que vuelven a la cárcel perdidos para siempre en una bruma indescriptible. La iglesia católica como cómplice indispensable; el Papa Pio XII celebrando el triunfo de “la católica España”.  La temible cárcel de Santiago. 

Pero en la historia también aparece la resistencia, la lenta construcción de gestos que impide el objetivo de los verdugos: hacer que sus víctimas pierdan su condición de humanos. Un grupo de prisioneros desata una tormenta de toses como protesta ante una misa. Las lavanderas transmiten mensajes con el color de la ropa que cuelgan de las sogas. Un hombre defiende su alegría y su esperanza. 

Un barco naufraga y los mil acordeones que lleva en su bodega llegan a la orilla. Durante toda la noche el viento y el agua hacen sonar esa orquesta fantasma. Quizás esta sea la imagen que mejor resume el espíritu de El lápiz del carpintero. De todo lo que ha sido perdura un sonido: una voz que habla y nos recuerda que el pasado siempre está presente.

Manuel Rivas es uno de los escritores gallegos más importantes de su generación. Nacido en 1957, hijo de un albañil y una lechera, siguiendo el consejo de su madre –conseguir un trabajo en el que no se mojara–, a los quince años comenzó a colaborar en un diario de su región. Periodista, poeta, dramaturgo, narrador y ensayista, el autor siempre se ha ocupado de luchar por el reconocimiento y la permanencia de la lengua gallega.

El trabajo de Rivas se ancla en la memoria para decir que es necesario poner en palabras aquello que fue silenciado. En una entrevista que le hiciera Silvia Hopenhayn, el escritor dijo que la memoria “tiene un movimiento que se desplaza hacia adelante. Es el movimiento del barquero y el buen barquero sabe que para remar tiene que ponerse de espaldas al destino. Es la mejor forma de impulsarse y la mejor forma de ver, porque si quiere ir hacia una isla en medio de la niebla, tiene que tener la referencia en el pasado, en lo que deja atrás. Tiene que trazar coordenadas a partir de un faro o un cabo. Eso le permite seguir un rumbo. La forma de andar de la literatura se parece mucho a la de ese barquero.”

El lápiz del carpintero –ganador de los premios Crítica de Narrativa y Amnistía Internacional– fue publicado originalmente en 1998. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



domingo, 2 de noviembre de 2014

Qué es ser escritor








Publicar un libro es azaroso, siempre. Puede depender del lugar, de la situación económica, de las políticas editoriales, de la capacidad de insistencia, de tener el dinero para pagar la edición, de ser “descubierto”. Quizás podemos poner en tensión la costumbre de asociar, directamente, la obra de un autor con los textos que ha publicado. ¿Dónde está el verdadero trabajo de creación literaria? ¿En el manuscrito o en el libro? ¿El libro como objeto no es acaso otra creación, mucho más colectiva, que involucra a editores, diseñadores, diagramadores, correctores, ilustradores y traductores?


Esta confusión genera una frontera extraña: de un lado, los escritores que han publicado; del otro, los que no. Y en algunos ambientes se niega el reconocimiento de escritores a éstos últimos. ¿Por qué? Escribir es una actividad. Tiene un resultado. No siempre ese resultado es un libro.

Ante alguien que dice ser escritor, suele aparecer una pregunta: ¿Qué publicaste? Lo lógico sería preguntar: ¿qué escribiste? No conozco el mundo de los pintores pero me parece poco probable que para conocer la obra de un artista se le pregunte ¿Qué vendiste?

¿Qué nos convierte en escritores? ¿Haber publicado? ¿Ganar premios? ¿Que nuestros libros se estudien en la universidad? ¿Que nos inviten a congresos? ¿Salir en las revistas culturales?

Alguien que escribe, que dedica un tiempo sostenido a lo largo de su vida a trabajar –o a jugar– con las palabras, con la intención de crear mundos ¿no es un escritor?

La frontera mencionada tiene también otras versiones: diferenciar a quien pagó su edición de quien publicó a través de una editorial que compró los derechos de ese trabajo. Los fanáticos de la frontera suelen decir que quien pagó para ser editado no es un verdadero escritor. Se dice así, por lo bajo, como una pequeña clave entre conocedores: “pero... es una edición de autor”. Se olvida, quizás, que Marguerite Yourcenar publicó su primer libro de ese modo.

Por supuesto, no estoy negando que escribir es un trabajo y que debe ser remunerado justamente. El libro como objeto es una mercancía que debería generar ganancias a todos los involucrados en su producción. Entre ellos, el escritor. Lo que estoy diciendo pertenece a otra esfera: la de reconocernos, unos a otros, nuestro hacer en el mundo más allá de los espejismos del mercado. La de recordarnos que, en algún momento, todos los escritores que admiramos fueron inéditos.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



jueves, 30 de octubre de 2014

La analfabeta que era un genio de los números - Jonas Jonasson




La historia comienza en un escenario desolador: la vida cotidiana de los vaciadores de letrinas de Soweto, uno de los lugares más pobres de Sudáfrica. Entre ellos camina, balde en mano, Nombeko Mayeki, una niña de catorce años, huérfana, analfabeta, con una extraordinaria capacidad para hacer cálculos y con el deseo de aprender todo lo posible sobre el mundo. Cuando el jefe de letrinas es reemplazado, elige como sucesora a esa pequeña niña que lo ha venido ayudando en el último tiempo cada vez que él fallaba en resolver alguna situación. La decisión es una molestia para el Departamento de Sanidad de Johannesburgo. Negra. Mujer. Menor de edad. Analfabeta. ¿Cómo es posible que sea capaz de llevar las cosas tan bien? ¿Cómo soportar esa presencia que, con su eficiencia, vulnera los principios ideológicos del apartheid? La tensión se resuelve fácilmente: Nombeko es despedida. Allí comienza un periplo que ejemplifica a la perfección la vieja Ley de Murphy: “si algo puede salir mal, saldrá mal”. 

Con este punto de partida, es difícil imaginar que lo que Jonas Jonasson ha escrito es una novela divertidísima. Las peripecias que vivirá Nombeko son desopilantes. El novelista sueco sabe jugar al borde de lo verosímil, como lo hacen los cuentos que deslumbran a los niños. Nombeko aprenderá a leer, sufrirá un accidente, quedará prisionera de la hipocresía del sistema judicial, será obligada a trabajar gratis para pagar los daños que su cuerpo hizo en la carrocería de un auto, aprenderá chino, intervendrá en el programa de armas nucleares del gobierno sudafricano y escapará a Suecia donde la esperan más y más imprevistos.

En la historia aparecen un puñado de diamantes, tres hermanas chinas, dos agentes del Mossad, un desertor de Vietnam que se esconde de la CIA, el Primer Ministro y el rey de Suecia, un hombre obsesionado con destruir la monarquía, una bomba nuclear, una estatua de Lenin, el  Grupo de Operaciones Especiales de la policía sueca, una revista política financiada por una plantación de papas; dos hermanos gemelos y mucho más.

Si uno dice que esta novela habla de la violencia policial, el racismo, la corrupción, la homofobia, el sufrimiento de los indocumentados, el Terrorismo de Estado y que, al mismo tiempo, es extremadamente graciosa quizás cueste creerlo. 

Muchas personas dividen los libros entre los que son para divertirse y aquellos que reflexionan sobre la condición humana. La analfabeta que era un genio de los números es un buen ejemplo de que ambas cosas no son irreconciliables.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



domingo, 26 de octubre de 2014

Notas de prensa II - Gabriel García Márquez





Hemingway, Di Benedetto, Kapuscinski, Arlt, Eloy Martínez, Borges, Orwell, Monsiváis, Alejandra Costamagna, José Donoso, Leila Guerriero, Pedro Lemebel, Onetti, María Moreno, Vargas Llosa, Alfonsina Storni, González Tuñón, Truman Capote, Rodolfo Walsh, Elena Poniatowska, Osvaldo Soriano, Carlos Fuentes, Eduardo Galeano, Juan Gelman. 

Escritores periodistas. Periodistas escritores. Son muchos los que han ido moviéndose entre esas dos profesiones. E infinitas las discusiones que tratan de señalar dónde está la frontera entre una y otra.

Como tantos de sus colegas, también García Márquez se dedicó al periodismo. Vale la pena conocer este otro lado del Nobel colombiano y descubrir cómo su obra puede variar cuando se dedica a la ficción o cuando relata en primera persona ciertos aspectos de la realidad.

En Notas de prensa II se incluyen artículos publicados entre 1961 y 1984. Y allí se encuentra un poco de todo.

Para empezar, la literatura: El proceso de escritura, los “desastres ortográficos”, la traducción y sus misterios, la rutina laboral de escribir una columna, las reflexiones sobre la propia obra, algunos bocetos o ideas que no llegaron a convertirse en cuentos, la lectura.

Luego, los viajes: Roma, Grecia, Ámsterdam, París, Madrid, Moscú, las visitas a Neruda en su casa de Normandía. García Márquez viajaba tanto que, para conjurar el malestar de despertarse sin reconocer el lugar donde estaba, se acostumbró a dejar junto al teléfono un papel con el nombre de la ciudad en la que se acostaba a dormir.

Finalmente, la política. Las persecuciones que sufrió en Colombia; sus encuentros con líderes del  Movimiento Diecinueve de Abril; sus gestiones ante Fidel Castro para lograr la liberación de prisioneros colombianos en las cárceles de Cuba; su condena al Premio Nobel de la Paz otorgado a Menájem Beguin; la negativa de Estados Unidos a dejarlo entrar a su territorio por considerarlo comunista;  las relaciones con figuras poderosas de la época (Mitterrand, Torrijos, Olof Palme, Felipe González); su viaje a Washington como integrante de la delegación panameña en la firma de los tratados sobre el Canal; la CIA y la intervención en Nicaragua; la muerte de Monseñor Romero y Maurice Bishop; los horrores silenciados de la Guerra de Malvinas; Juan Pablo II y su incapacidad de comprender a realidad latinoamericana; la Revolución de los claveles en Portugal. 

De esta mezcla de reflexiones, testimonios y confidencias quedan algunas imágenes que vale la pena mencionar: Juan Rulfo buscando nombres para sus personajes entre las lápidas de un cementerio;  Nicolás Guillén, asomado al balcón de su habitación en París, voceando a gritos las últimas noticias latinoamericanas para que pudieran oírlas los paisanos que se habían refugiado en Francia; Fidel Castro calculando las posibilidades de morir que había enfrentado Graham Greene las cuatro veces que había jugado a la ruleta rusa cuando tenía 19 años; el día del Nobel: el teléfono que suena en la madrugada de México, su esposa Mercedes que lo atiende semidormida y se lo pasa diciendo: “Te llaman de Estocolmo”.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



miércoles, 22 de octubre de 2014

Entrevista a Abelardo Castillo




El hombre es el único animal inconcluso

Los diarios siempre han sido un misterio. ¿Qué lleva a una persona a dejar por escrito pequeñas señales de su vida cotidiana? La pregunta fundamental es para quién se escribe. Posiblemente la respuesta más sencilla sea “para uno mismo”. Sin embargo, muchos de esos diarios se convierten en libros. Y asistimos entonces a una escritura que, teóricamente, fue pensada para la intimidad pero luego alcanzó estado público. La voz privada en medio de la comunidad, diciendo cosas como si las contara en confidencia.

Quizás ese es el elemento que vuelve tan atractivo un diario personal: la reconstrucción de un escenario íntimo al que se nos permite ingresar. 

Siempre se trata de una ficción. Siempre que hablamos sobre el mundo construimos una escena, dibujamos personajes, desplegamos un guion: la historia de nuestra vida.

Y sin embargo, solemos adjudicarle a los diarios un valor de verdad. Abelardo Castillo pone en cuestión esa costumbre cuando señala, en su propio diario, que la “verdad” no es algo que pueda encontrarse allí. “Los diarios íntimos son una farsa”, dice. “No hay memoria sincera”. 

Afortunadamente, Castillo decidió ir más allá de esa distinción binaria entre realidad y ficción y a los 18 años comenzó a llevar un diario que sigue escribiendo hasta hoy. Allí se registra el presente cotidiano pero también los recorridos, vacilaciones y decisiones a partir de las cuales un escritor construye su obra.

El primer volumen de los Diarios del escritor argentino abarca desde 1954 hasta 1991. Un segundo tomo aparecerá el año próximo.

–Publicar un diario es un modo de traer el pasado al presente. ¿Qué efecto ha tenido la publicación de estos diarios en su vida personal? 

–Ningún efecto, salvo el haberme engripado dos veces y una ligera desolación, como siempre que publico un libro. Ante un diario, la sensación de que el pasado irrumpe en el presente pertenece al lector, no al autor. Un diario, al ser escrito día a día, o con intervalos relativamente breves entre una entrada y la siguiente, sucede, para su autor, en una especie de presente perpetuo. A diferencia del lector, yo no he leído por primera vez, ahora, al ser publicadas, las palabras que escribí en 1959 o en 1980… ¿Cómo explicarlo bien? Me pasa exactamente lo mismo que con cualquier obra literaria: si se representa El otro Judas, que escribí hacia los 22 años y seguramente empecé a imaginar mucho antes, yo no pienso en cómo era el muchacho que escribió esa pieza; la veo, sencillamente como obra mía. No puedo dejar de verla en presente. El “Yo”, lo que nos establece como personas ahora y aquí, es siempre una continuidad indisoluble. El muchacho que anota sus reflexiones sobre el amor y la muerte en los años ’50 y el escritor que ahora habla sobre eso, no son dos personas distintas, son la misma: son yo. 


El juego de la ficción

–En su diario se menciona a Maryna, un “personaje imaginario” a quien usted le escribió cartas durante 1953 y 1954. ¿Por qué empezó a escribirle? ¿Por qué dejo de hacerlo? 

–Maryna era, en efecto, un personaje imaginario, hecho, como todos los personajes imaginarios, de una o más personas reales. Empecé a escribir esas cartas por las mismas íntimas razones por que empecé a escribir los cuadernos: por necesidad de aclarar, en mí mismo, mis ideas acerca del amor, de Dios, de la libertad, de la literatura. En realidad, no dejé de escribirlas; sencillamente las perdí. O las guardé tan bien que en los últimos 60 años no volví a encontrarlas. Eran, o son, mis primeros intentos de hacer ficción con mi pensamiento o de poner mi pensamiento en una ficción. Si las encontrara algún día, seguramente encontraría allí el fundamento de todo lo que escribí hasta hoy.

–En un momento, refiriéndose al diario, usted dice “estoy perdiendo la costumbre de escribir hacia adentro”. ¿Escribir ficción es escribir hacia afuera?  

–Escribir ficciones es escribir buscando la libertad del lector. El verdadero acto literario se consuma en dos movimientos: la escritura y la lectura. La escritura es un acto de libertad que va hacia el lector, quien juzga ese texto desde su propia libertad; en ese momento empieza el hecho estético y el sentido de la literatura. No sé si esto contesta la pregunta.

–En el diario habla de su pasión por el ajedrez. ¿Encuentra alguna relación entre ese juego y la escritura?

–Ninguna. Tengo, eso sí, una teoría algo arbitraria acerca de que la estructura de un buen cuento y la de una partida de ajedrez son análogas. La apertura, el medio juego y el final son los tres momentos de una partida, y esto puede ser la metáfora del inicio, el desarrollo y la resolución de un cuento. Lo mismo podría aplicarse a la forma sonata en música, a la obra de teatro en tres actos e, incluso, a la arquitectura de la tragedia formulada por Aristóteles. Lo más interesante de todo esto es que no sirve para nada.

–En muchos tramos se muestra la escritura como un trabajo de la voluntad, del esfuerzo; un trabajo minucioso, incluso interminable. ¿Qué lugar ocupa la inspiración en su obra?

–No creo en la inspiración. Edgar Poe ya explicó para siempre el malentendido que encierra esa palabra. La inspiración fue un invento de los poetas románticos del siglo XIX, y muchas veces es sólo una coartada: un modo de no aceptar los absurdos, los titubeos, las casi vergonzosas indecisiones que preceden a la construcción de una obra de arte. Existe, por supuesto, eso que Thomas Mann llamaba la idea súbita; existe, si queremos, algo así como aquel repentino furor sagrado lindante con la locura de que hablaban los griegos, pero nadie puede creer en serio que una novela de 500 páginas o una obra en cinco actos son el producto incesante de esa iluminación momentánea. La literatura sigue siendo, para mí, un trabajo de la voluntad, del esfuerzo. Un trabajo minucioso e, incluso, interminable. 

–En su cumpleaños 30 usted escribe “ni mi obra ni mi vida concuerdan con el Abelardo Castillo ideal que a veces vislumbraba”. ¿Eso ha cambiado? 

 –No ha cambiado en absoluto, de lo contrario tendría que decir la tontería de que “me siento realizado”. Y la condición de lo humano, para mí, es precisamente la irrealización, lo inconcluso. El hombre es, felizmente, el único animal inconcluso; solo lo concluye la muerte.


Córdoba, la Historia, las utopías

–Existen muchas referencias a Córdoba (algunos viajes, algunas relaciones, las primeras páginas de “Crónica de un iniciado”). ¿Cuál es su relación con Córdoba?

–No sólo las primeras páginas, toda la novela Crónica de un iniciado, así como El Evangelio según Van Hutten, transcurre en Córdoba. Mi relación con Córdoba debo buscarla en la infancia; solía ir en los veranos a la ciudad o a las Sierras con esa tía que aparece en los Diarios, que fue mi madre sustituta. Mientras escribíaCrónica de un iniciado, volví muchas veces a Córdoba. Todavía hoy puedo recorrer mentalmente la ciudad tal como era hasta los años ’60. El derruido balcón del Obispo Mercadillo, el Colegio Jesús María, la vieja terminal de ómnibus, el amarillo y algo siniestro departamento de policía frente a la Plaza mayor, los tranvías recorriendo a dos manos la calle Vélez Sársfield, la “casa del marqués”… Córdoba y Buenos Aires son mis dos ciudades; San Pedro, el pueblo que elegí como natal. 

–Estuvo en la ciudad durante el Cordobazo. ¿Qué efecto tuvo en usted ser testigo de lo que pasó?

–Esta pregunta ya está contestada en el diario, con fecha 30 y 31 de mayo de 1969. Hay ahí varias páginas donde digo qué fue y qué significó para mí el Cordobazo. Pero, si realmente les interesa, históricamente, el tema, no deberían preguntarme a mí, sino a cualquier cordobés que haya sido estudiante u obrero durante esos días. O a cualquiera de aquellos hombres y mujeres que, sin serlo, arrojaban muebles desde las ventanas y los balcones de sus casas, para que los chicos hicieran barricadas.

–En 1990 usted anotó que “no hay una sola de las ideas políticas, morales, religiosas, que parecían verdades en el ’60, o aun en el ’70, que hoy tenga la menor validez”. ¿Alguna de esas ideas ha vuelto a ser válida en los 24 años que pasaron desde que escribió eso?

–Pienso exactamente lo mismo que en 1990. Lo que no significa que no se puedan imaginar nuevas teorías emancipadoras, nuevos proyectos religiosos, nuevas utopías sociales. Y aún más: es moralmente necesario que lo hagamos. Cada época debe volver a darse sus nuevos valores. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/abelardo-castillo-el-hombre-es-el-unico-animal-inconcluso


sábado, 18 de octubre de 2014

Julio Cortázar y Abelardo Castillo





1973. Nueve y media de la mañana. Abelardo Castillo duerme. El teléfono lo despierta. Una voz pregunta por él. Contesta de mal modo. Pregunta quién es. Del otro lado, una voz dice “Le habla Julio Cortázar”. Castillo responde: “Ah, sí, qué bien”. Está seguro de que esa llamada es una broma de sus amigos. Se oye un silencio y luego la voz dice: “Pero, ¿hablo con la casa de Abelardo Castillo?”. Un leve patinar en las r despierta las dudas. Castillo vacila. Quizás no sea una broma. Insiste, vuelve a preguntar quién es. Cortázar vuelve a decir su nombre. El sonido de la r estalla. No es una broma.  

Unas horas después, Abelardo Castillo y Sylvia Iparraguirre (su compañera desde hace 45 años) reciben en su casa al visitante. En el momento en que abren la puerta, sucede un “mínimo milagro”: la radio transmite música de Charlie Parker, como si el mundo se hubiera ordenado para homenajear a Cortázar.





Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





martes, 14 de octubre de 2014

Diarios (1954-1991) - Abelardo Castillo





El que tiene sed


La sed de Abelardo Castillo es una desesperada necesidad de literatura. Leer. Escribir. Estar atento al mundo y a las cosas para volverlas palabra. Saber encontrar en los libros lo que modifica la vida. Ese es quizás el espíritu de estos Diarios (Alfaguara). Pero hay, también, mucho más: un diario íntimo, un cuaderno de bocetos, apuntes de filosofía, reflexiones sobre la escritura, una bitácora de lecturas, un plan de vuelo y una estrategia de combate o supervivencia. El mandato permanente, el desafío, es aquella vieja frase de “Ni un día sin una línea”. Una meta que aunque no pueda cumplirse sirve como brújula en un mundo caótico. Un imperativo lleno de belleza.

Quizás puedan pensarse estos diarios (sobre todo en los primeros años) como una suerte de taller literario en soledad; la lenta y esforzada construcción de un autor. 

Castillo se observa sin indulgencia. Va dejando testimonio de lo literario pero también escribe sobre sus relaciones, sus colegas, los encuentros y las distancias, sus preocupaciones, sus miedos, sus sueños, sus parejas, el alcohol, los estimulantes, la escritura y sus vaivenes, la música, el ajedrez, la idea del suicidio.

El autor vuelve una y otra vez sobre la larga y compleja relación con Ernesto Sabato, un lazo definido como “una amistad imposible”. Aparecen aquí sus charlas con Jorge Luis Borges; la mañana en que recibió un llamado telefónico de Julio Cortázar (ver aparte); el encuentro con Nicolás Guillén en un hotel de Buenos Aires; su fuerte discusión con David Viñas en torno a la relación entre literatura y compromiso político; la amistad con Leopoldo Marechal.

La Historia irrumpe. Castillo habla del Cordobazo, de la muerte del Che Guevara, del día en que un grupo parapolicial entró en su casa, de los levantamientos militares de 1989. Castillo también calla. Y ese silencio se vuelve increíblemente expresivo. “Desde hace cuánto, nada más que muertos. No hablar de esto. No permitir que el terror se meta en mi cuaderno”, dice en agosto de 1976.

Una heterogénea colección de anotaciones (en cuadernos, en libretas, papeles sueltos) que pueden resumirse en unas líneas escritas en 1956: “Estas páginas son, según he podido comprobar, un libro de amor”. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X