jueves, 31 de mayo de 2018

El rapto - Miriam Molero





Confabulaciones

La primera novela de Miriam Molero abre con una ausencia, con una detallada descripción de todo lo que no está, lo que no hay, lo que falta. 

Un profesor de semiología ha desaparecido. Su hijo lo comprende al ver su departamento. Demasiado limpio, demasiado prolijo, un escenario sin las huellas de la vida cotidiana. Ese hijo decide pedirle a ayuda a Catalina, una ex alumna de su padre, una amiga, una viuda que enfrenta, ella también, la ausencia. 

El rapto es una extraña “comedia policial”, como bien la define su autora. Un libro que conjuga, de modo encantador, el enigma, el humor y una mirada filosófica sobre la responsabilidad, el deseo, la justicia, el poder de la iglesia católica, la política, las clases sociales, la pornografía, el límite entre lo público y lo privado, el bien y el mal, la pedofilia.

Con capítulos cortos y un ritmo preciso, Molero demuestra su habilidad para abordar situaciones que se transforman completamente dependiendo de quién las viva y quién las relate. Un monasterio, una productora de cine porno, una conversación imperdible en la celda de un religioso, un prisionero que prefiere quedarse cuando se le pide que se vaya, una confabulación. Todo eso entrecruzándose en una red invisible.

Molero escribió la primera versión de El rapto en veinticinco días, mientras cubría como periodista dos festivales de cine. En 2012 esa versión fue finalista del Concurso Eugenio Cambaceres. Luego vendría una reescritura completa y un libro que provoca el deseo de que la autora siga dejándose llevar por sus historias.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero - La Voz del Interior





miércoles, 30 de mayo de 2018

Alrededor del fuego






Estamos en clase. Un grupo de estudiantes extranjeros cursando “Literatura argentina”. Hay un programa, una propuesta. Y sin embargo, como siempre, lo que transforma las cosas es lo no planeado, lo que llega, lo imprevisto.

Afuera hay un sol que rompe el otoño, es muy temprano, todos tenemos en el cuerpo una resaca dulce de estar aún medio dormidos. Decido dejar a un lado la Revista Contorno, la década del 50, el peronismo y el antiperonismo, la letra como pregunta y como resistencia. Les pido a estos chicos (diecinueve, veinte, veintiún años) que se reúnan de a tres para tratar de recordar sus libros de infancia. Algo cambia enseguida. En las caras, en las voces. Se levantan de sus sillas, se preguntan por un título, un autor, un dibujo, se ríen, se emocionan. Abandonan la regla de oro de hablar sólo en español. Se dejan caer libremente en la lengua materna, en esos sonidos que suenan a lo que son, a la música de la que están hechos. Los dejo, los dejo sin decir nada porque sé bien que cuando la lengua propia nos llama no hay nada que evite ese reencuentro, los dejo porque a veces es demasiado árido permanecer en la lengua extranjera, quedarse corto en un decir ajeno. Los dejo y me permito una de las delicias del oficio cuando en una clase sucede la belleza: personas que descubren y se descubren. 

Los libros de la niñez. Cada uno contará después: un ratón que cocina, jirafas que no pueden bailar, un niño que le pide cosas a un árbol, un pájaro que dice verdades maravillosas,  piedras que cantan canciones de cuna, nubes que llueven al revés. Llegan recuerdos de tapas, de texturas, de colores, de voces poniéndole cuerpo a esos cuentos; la necesidad de oír una y otra vez la misma historia; una madre que juega con su hija sabiendo que cada día va a ser alguien nuevo, una madre que cada mañana pregunta: ¿quién sos hoy? 

Algo pasa. Y es hermoso. Un trago de aire en un mundo difícil de habitar, tan hostil, tan filoso.



Búhos, loras, pueblos, poemas y piratas

Pregunto a alguna gente por sus recuerdos de lecturas de infancia. Llegan muchas respuestas. La mayoría de los mensajes agradecen que algo haya detonado esas memorias. Se van sumando nombres, nombres que se repiten como si fueran una marca de generación. Regalos, herencias, tareas para la escuela, lecturas robadas. De todas esas respuestas me quedo con algunos relatos:

Agustín me cuenta que siempre le leían Pequeño Búho y sus cuentos para la siesta. Un libro que le regaló su abuela. Un libro que, aún hoy, despliega un perfume que trae de vuelta a esa mujer.

Juan Carlos me habla de la siesta, de ese tiempo detenido que se poblaba de voces y cuentos clásicos. Cuando llegó su cumpleaños número siete, su tía Tita le trajo de regalo el primer libro, Bomba en el pantano de la muerte, publicado en la colección Robin Hood. La historia de un chico que se pierde en el Amazonas. La lectura es voraz. El libro se acaba en un día. El lector logra un compromiso: su madre va a comprarle un libro nuevo cada viernes. El primero fue Sandokán. Luego, con los años, llegaría otro hábito y otra colección: la mítica Séptimo Círculo, poblada de policiales.

Laura nació unos meses después de que sus padres tuvieran un accidente. Su padre murió; quienes sobrevivieron quedaron en ese territorio innombrable de la ausencia. La mamá trabajando todo el día, Laura en casa con sus hermanos. El mayor, de catorce, se hizo cargo de la óptica de la familia. Unos años después, cuando Laura tenía siete u ocho, las tardes se iban en ese espacio, leyendo poesía. De los recuerdos viene un libro de Benedetti que su hermano leía en voz alta. El título no quedó en la memoria pero sí un poema que hablaba de un roble. Ahí estaban también los versos de Armando Tejada Gómez. Las voces, las letras, las canciones.

Solana menciona “La luz es como el agua”, el cuento de García Márquez que su hermano Sebastián le leía en una casa de barrio. Navegantes de la luz, náufragos que escapaban –o no– de esa hermosa y terrible línea de flotación.

Claudia, que creció en Villa Dolores, me habla de Misia Pepa, el personaje de Constancio C. Vigil. Claudia criaba loras, les enseñaba a hablar, jugaba con ellas. Claudia dice que la Misia del cuento era “un personaje imaginativo charlatán y fabulador, que envolvía a sus congéneres pájaros con historias maravillosas de su vida y sus viajes, los embaucaba prometiéndoles regalos y así lograba la atención de unos bichos mediocres que nunca habían salido del terruño, y que lo único que hacían (como el hornero) era planificar una vida tranquila y sin sobresaltos. Por supuesto, era muy criticada por sus formas excéntricas, acusada de mentirosa presumida y que yo recuerde la terminan echando (¿exiliando?) a los picotazos. Yo creo que necesitaba relatos de la gran ciudad, de otras vidas posibles por fuera de la chatura del pueblo, y esta Misia era una aliada para mi imaginación. Me enojaba bastante con el final (moraleja explícita de cómo hay que ser: prudente, sobria, con los pies en la tierra) y me daba pena que siendo Misia tan divertida y audaz la maltrataran los otros pájaros.”


Arneses, autobiografías, citas furtivas

Virginia recuerda un verano inusual. Doce años. El primer enero en el que no pudo ir a la pileta o al río. Un tratamiento para la escoliosis basado en un aparato, una especie de corset de cintura a cuello, hecho de cueros y hierro; un aparato que atrapaba el cuerpo cada día. Y todas esas horas se llenaban de libros. “La literatura me salvó, de la autocompasión y de la vergüenza”, me dice Virginia. 

Pablo escribe: “No leí, ni me leían. Pero gracias a Billiken recibía por episodios Las aventuras de Tom Sawyer, que me impactó al punto tal que en sexto grado empecé a escribir y una novela mimetizada con ese formato llamada “La dulce vida de Michael Wilson”, que no era otra cosa que mi infancia echada con otros escenarios que le daban aquel tinte: por ejemplo, el Mississippi o el Missouri. Esos eran los ríos donde se desplegaban las escenas y no el de Villa del Rosario, que era el más cercano. Había llenado dos cuadernos a mano, de esos doble espiral de ciento noventa y ocho hojas. Mis padres se preocupaban porque pasaba horas encerrado escribiendo en las siestas varillenses. También me investigaban lo que escribía. Así fue que un buen día, ese material despareció de mi casa. Nunca lo admitió públicamente  pero sé que fue mi madre quien lo hizo desaparecer, tal vez porque al ser autobiográfico,  muchas de las escenas eran una crítica al padre. Y ella, directora de escuela primaria, no iba a permitir que alguna maestra mía leyera y supiera.”

Ana María sacaba monedas de su alcancía para comprar libros. Aventuras de piratas, la fiebre y las enfermedades acompasadas por la bolsa de agua caliente y los barcos en el mar. Silvia rescata un viaje en colectivo de Santiago del Estero a Córdoba en el que su mamá le enseñó a recitar “Pajarito Brujo”. Yanina recupera la voz de su abuela detallando los viajes de Gulliver, Melisa deja que el recuerdo detone una búsqueda de algunos textos que leía hace años, Marta me cuenta que en su pueblo pasaba el viajante a vender libros y que sus padres compraron una colección que se llamaba El tesoro de la juventud. Cristina tenía seis años cuando entró a escondidas en una biblioteca que tenía prohibida. Buscó algo, lo que fuera, y encontró un ejemplar de Las mil y una noches. Una tapa hermosa, ilustraciones. Y el hábito secreto de buscar ese libro, furtivamente, cada vez que visitaba esa casa y se escondía para leerlo. 

Relatos sobre relatos. La clase que detonó esos recuerdos terminó en una suerte  de ronda, que se fue armando sola, recuperando algo de la vieja costumbre de reunirnos alrededor del fuego para contarnos historias. Una costumbre que siempre sostiene, que siempre consuela.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior
Ilustración: Juan Delfini

8 de julio de 2017



lunes, 28 de mayo de 2018

Recuerdos: Mi última entrevista a Abelardo Castillo.




“Hasta teníamos la sospecha 
de que el futuro del hombre era posible”

Abelardo Castillo presenta “Del mundo que conocimos”, una colección de cuentos donde dibuja su “mapa  personal”. En charla con Número Cero, el gran escritor argentino habla de su último libro.


En las primeras líneas del prólogo, Abelardo Castillo advierte: este no es un libro nuevo; “es apenas un nuevo libro”. Se trata de una aclaración especialmente dirigida al “lector atento” pero, al mismo tiempo, es un gesto relacionado con la ética. Cuentas claras, ningún engaño que pueda sumarse a ese género tramposo que Castillo llama las “sobras completas”. Del mundo que conocimos no incluye cuentos nuevos y sin embargo tiene la potencia de ser un dibujo del autor: el artista traza un recorrido propio, íntimo, “un mapa personal”. Quince relatos que construyen una constelación. Cada quien  imprimirá sobre ese conjunto una imagen diferente, con la certeza de que la trama que los une es, en cierto modo, un secreto que Castillo comparte con sus lectores en una lengua que aún está por descubrirse.

Un grupo de amigos, un prostíbulo, una navidad siniestra, un mendigo, la propuesta de un suicidio colectivo, un tren a un destino definitivo, un regreso imposible, un gesto de venganza. El alcohol y sus caminos, los desbordes, el arrepentimiento, la brutalidad, la conciencia, la mentira, la hipocresía, la muerte, la escritura, la locura, el miedo, la memoria, la pasión, la soledad, el fracaso, el desengaño, la crueldad. Islas del archipiélago Castillo que se van entrecruzando con menciones, ecos u homenajes a Discépolo, William Blake, Shakespeare, Kierkegaard, Edgar Allan Poe y Kafka. Todo eso cabe en Del mundo que conocimos.

–Usted define este libro como “un mapa personal” ¿Cuál es el territorio que releva? ¿Su vida? ¿Su obra? ¿Su modo de leer?

–Los tres. Yo puedo dar cuenta sólo de uno, mi vida, que es el que menos importa en un libro de ficción. Los otros dos, las relaciones con mi obra y mi modo de leer pertenecen más bien a la crítica, al análisis crítico, que no es el terreno más feliz para un autor.

–Sus “Diarios” y “Del mundo que conocimos” ¿son mapas del mismo territorio o cartografías de paisajes diferentes?

–Para decirlo con tus mismas palabras, son una cartografía de paisajes diferentes pero del mismo territorio: el territorio, por decirlo así, vengo a ser yo.

–El número de cuentos a incluir ¿lo descubrió al terminar la selección o era algo ya decidido?

–Empecé pensando en trece cuentos, que es mi número cabalístico: el número de relatos que tenía la primera edición de Las otras puertas. Me pidieron dos más. Entonces le dije a Sylvia Iparraguirre que ella me eligiera esos dos. Fueron “Por los servicios prestados y “El hermano mayor”; coincidían con mi propósito y los incluí. ¿Cuál era mi propósito? No era un propósito estético, y por eso no llamo antología a este libro. Hay por lo menos dos o tres cuentos míos que en una antología estricta quizá deberían estar y sin embargo no están. Uno es “Noche para el negro Griffiths”. Otro es “Vivir es fácil, el pez está saltando”, y otro “El decurión”: incluso me gustan más que algunos de los publicados, claro que el gusto del autor nunca tiene mucha importancia. Yo elegí cada cuento por lo que significó para mí en el momento de escribirlo. “Los ritos”, por ejemplo, significó la posibilidad de seguir escribiendo la novela Crónica de un iniciado. Hay relatos que están porque yo necesito que estén. No me interesa qué se piense de una historia como “Crear una pequeña flor es trabajo de siglos”, ese cuento necesitaba publicarlo.

–Usted dice en el prólogo que en este libro hay “páginas que son como mojones; otras, como saltos al vacío”. A sus ojos ¿hay  más de unas que de otras? 

–No soy capaz de juzgar de ese modo, estadísticamente, mi propio libro. Puedo, sí, señalarte algunos de mis mojones personales: “La madre de Ernesto”, “Patrón”, “La mujer de otro”, y algunos de mis saltos al vacío: “Los ritos”, “Crear una pequeña flor es trabajo de siglos”, “La fornicación es un pájaro lúgubre”.   

–Es interesante la distinción que hace entre un “libro nuevo y un “nuevo libro”. ¿Cómo saber cuándo el orden de las palabras puede cambiar el sentido de las cosas?

–Siendo escritor, es lo primero que se sabe. Ya he dicho muchas veces que la sintaxis no pertenece a la gramática, que toda sintaxis es en el fondo una visión del mundo. No es lo mismo decir: “Ahí está María”, que “María está ahí”. En el primer caso se privilegia a María, a la mujer. En el segundo, el espacio, la distancia que hay entre María y el que la observa. Es casi un salto de la filosofía a la física. Lo raro de todo esto es que el mínimo juego de palabras “libro nuevo” o “nuevo libro” tal vez sea posible sólo en nuestro idioma.

–Al mencionar al “lector atento” usted se pregunta si “esa especie, como tantas otras, no se ha extinguido en la Argentina”. ¿Qué especies extinguidas son las que más añora?

–La de los escritores y periodistas cultos, la de los políticos honrados y desinteresados. Te doy un solo ejemplo, que abarca las dos especies. Cuando Sarmiento dejó la presidencia de nuestro país tuvo que irse a vivir a la casa de su hermana porque se había olvidado de que no tenía casa propia. No sé si me explico bien...

–Los “Cuentos Completos” que publicó en 2008 llevan como subtítulo “Los mundos reales”, un nombre que –según la dedicatoria– eligió Sylvia Iparraguirre, su compañera. ¿Quién eligió el título de  “Del mundo que conocimos”?

–Sylvia Iparraguirre, otra vez. Cuando una tarde le pregunté cómo se podría titular esta selección, me dijo: “Llamala El mundo que conocimos que es el título que querías para los cuentos completos”. Lo único que hice yo fue cambiar “el” por “del”.

–Ya no son “mundos reales”. Ahora es un solo mundo, uno que ya no está, uno que fue conocido –experimentado– por un “nosotros”. ¿Podría hablarnos de ese desplazamiento?

–Me gustaría, pero nos llevaría páginas enteras. Hay, sin embargo, por lo menos un cuento en este libro donde ese desplazamiento está expresado simbólicamente, que es la mejor manera que tiene la literatura de ficción para expresar ciertas cosas. Ese cuento es “El tiempo de Milena”. 

–¿Cómo es (o cómo era) el mundo que conocimos?

Un mundo más menos así: cantaban juntos Los Beatles, todavía no habían muerto Einstein o Thomas Mann; estaban perfectamente vivos Hermann Hesse, Borges, Mishima, Faulkner, Hemingway y Henry Miller; Jean-Paul Sartre polemizaba con Albert Camus; pintaban Bacon y Pollock, bailaba Galina Ulánova, se discutía si Marlon Brando era un fraude o era lo que efectivamente fue, un genio; uno podía llamar por teléfono a la casa de Piazzolla o verlo tomar whisky en una bañadera a Vinicius de Moraes; y por el otro lado, no menos esencial, se creía en el despertar revolucionario de los pueblos del África, en la liberación latinoamericana, en el pasaje del estalinismo totalitario al verdadero humanismo socialista; se creía que las palabras podían dar testimonio de la verdad y hasta teníamos la sospecha de que el futuro del hombre era posible. Esta sospecha, por lo menos, algunos todavía la conservan.



Eugenia Almeida

Publicado en La Voz del Interior.
26/03/2017

viernes, 18 de mayo de 2018

"La tensión del umbral" en la prensa francesa







"L'écriture peut vaincre le silence." 
Marián Semilla Durán - ESPACE LATINOS



"Histoires morcelées, voix fragmentées, vies fragilisées, êtres à la dérive : par la grâce d'une écriture économe et juste, Eugenia Almeida poursuit son chemin littéraire dans la hantise de ce souvenir pas si lointain où l'Argentine vivait ses heures les plus noires" 


Laurence Péan - LA CROIX



"L’auteur convoque l’uchronie, l’enquête, le roman noir et la politique fiction et donne vie au genre idéal dans une maestria propre et nette comme la découpe d’une lame au diamant. Eugenia Almeida laisse passer une lumière féroce. C’est magnifique et glaçant." 


Lionel Besnier - DÉLIBÉRÉ



"Mené avec une intensité fulgurante, ce roman noir, politique et métaphysique réveille les fantômes de la dictature militaire." 


Claire Julliard - L'OBS



"Il y avait la peur, et personne pour nous expliquer pourquoi il fallait avoir peur. C'est resté enfoui tres longtemps."
Pierre Boisson et Stéphane Régy
SOCIETY



"On sort d’une lecture, dont on ne peut à aucun moment s’arracher, l’esprit fiévreux et l’âme broyée." 
Albert Bensoussan
EN ATTENDANT NADEAU



"En tant qu'intellectuelle, rien ne peut me rendre plus heureuse que d'avoir un impact sur la situation politique que nous traversons actuellement." 

Entretien d'Elise Lépine
TRANSFUGE



"Comprendre est impossible. Parce que la vérité est impossible. C’est un paradoxe total, mais c’est précisément sur cette idée que s’appuie le roman." 


Entretien mené par Thomas Bleton
ZONE CRITIQUE



"Un art très maîtrisé de l'atmosphère et de la tension. Une écriture épurée au possible. Sous les habits du roman noir, se niche une réflexion métaphysique sur le besoin de vérité." 
Alexandre Fillon
LIRE



"Ce qui m'intéresse, c'est de comprendre comment un crime nous parle d'une société donnée." 
Entretien de Tatiana Dilhat
VOCABLE



"La narration habilement construite permet de maintenir l’enquêteur dans un labyrinthe, tout en dévoilant au lecteur, en une peinture sombre et puissante, les séquelles du terrorisme d’état de la dictature." 
CHARYBDE 27 : LE BLOG



"L'Argentine n'en a pas fini avec ses démons des années noires de la dictature." 


Delphine Peras
L'EXPRESS STYLES



"Ce nouveau roman de l'Argentine Eugenia Almeida est habité d'une ambiance particulière accaparante et en même temps perturbante dans laquelle le lecteur plonge dès les premiers mots." 


Cécile Pellerin
ACTUALITTÉ


"Ce roman magistralement construit fait la part belle aux dialogues secs, tendus, sans fioritures, et enchaîne les chapitres, assez courts, en alternant les points de vue, et crée ainsi une impression d’urgence à peine respirable." 


BLOG VOYAGES AU FIL DES PAGES



"Très noir, le troisième roman d'Eugenia Almeida cisèle les rapports de force entre police, médias et politique à travers les conversations glaçantes des différents acteurs de ce microcosme du pouvoir." 


Esther Sánchez
QUÉ TAL PARÍS



"Un roman vif, viscéral, efficient où les chapitres courts s'alternent très rapidement nous faisant suivre différents protagonistes sur la même intrigue" 


BLOG LÉA TOUCH BOOK


"Le roman noir permet à Eugenia Almeida de donner forme à cette angoisse terrible qui étreint les fils et les filles de la dictature, enfants perdus dans les décombres d’un vaste mirage" 
Claire Mazaleyrat
LA CAUSE LITTÉRAIRE



"Un mal nécessaire, porté par une très belle langue." 
Elise Lépine
TRANSFUGE



"Un drame étouffant, intensément mené." 


Laura Daniel
SANG FROID




miércoles, 16 de mayo de 2018

TEBAS LAND / Entrevista a Sergio Blanco




“El teatro es un espejo oscuro en donde venimos a mirarnos”

La editorial DocumentA/Escénicas publicó “Tebas Land”, una obra clave del dramaturgo y director teatral Sergio Blanco. En esta entrevista, el artista franco-uruguayo, habla de este nuevo trabajo que profundiza su lazo con Córdoba.

Tebas Land es una obra de teatro. Una novela construida a puro diálogo. Un tratado sobre la representación.

S es un dramaturgo que visita a Martín, un parricida en la cárcel. Federico es un actor que recibe indicaciones de S para construir un personaje basado en Martín. En esos lazos se construye una historia que pone en tensión los conceptos de tiempo y espacio y, por lo tanto, las ideas de “presencia” y “ausencia”. ¿Qué son esas charlas entre los personajes? ¿Combates? ¿Cortejos? ¿Encuentros? ¿Sesiones  de psicoanálisis? ¿Ejercicios de mayéutica?

Tebas Land puede ser todo eso. Y más: un testimonio, un desafío, una revelación. ¿Qué es ese dispositivo incómodo y liberador? ¿Qué maquinaria extraña ha construido Sergio Blanco? 

Sobre esas preguntas gira la charla con el dramaturgo uruguayo.


–A lo largo de la historia hay un juego de engranajes, de tensión, de espejos, entre lo real y lo ficcional. ¿Cómo se da en usted la relación entre ficción y realidad?

–Las concibo como dos experiencias que suceden al mismo tiempo y que pueden acontecer en un mismo instante. Creo que se trata de una relación en la cual ambas se retroalimentan en forma permanente. No creo que se trate de dos cosas distintas que van por carriles paralelos y separados, sino que ambas se entrelazan la una en la otra hasta llegar a ser una sola cosa. Cada día creo menos en la supuesta frontera que habría entre la ficción y la realidad. Un día en que estaba discutiendo con Gabriel Calderón –que además de ser un inmenso dramaturgo, director y actor, es un gran amigo–, en un momento él me dijo: "Sergio vos mentís la verdad como nadie". Y esa fue una mirada notable de mis procedimientos que finalmente consisten en hacer que la realidad y la ficción figuren como una misma cosa. Harold Pinter sostenía que "una cosa no es necesariamente verdadera o falsa, sino que puede ser ambas: verdadera y falsa". Para Pinter no había distinción firme entre lo real y la ficción. Y creo que tenía razón. De alguna manera, Tebas Land teoriza sobre esto mismo.

–A primera vista, Tebas Land parece un tratado sobre el parricidio pero creo que es un ensayo sobre la representación como posibilidad humana. ¿Es también un tratado teórico sobre el teatro?

–Sin lugar a dudas que es un tratado sobre la representación, el teatro y el arte en general. Al teorizar sobre el vínculo entre lo real y la ficción, la obra está problematizando el asunto del mundo y de su representación. Yo a lo que usted dice, le cambiaría justamente algo: no creo que se trate de un tratado "teórico" sobre el teatro, sino de un tratado "práctico" sobre el teatro. Tebas Land es un texto que piensa el teatro desde el escenario y desde el cuerpo de los actores que interpretarán a los tres personajes.

–Parece, también, un posicionamiento político: qué hacer con las jaulas, con los relatos de los que no pueden circular, cómo crear condiciones de igualdad a la hora de tomar la palabra.

–Es cierto que el texto también plantea todos estos temas, pero sin posicionarse, ni dar respuestas, ni plantear soluciones. Cualquiera de estas tres cosas implica reducir y simplificar el problema. Y Tebas Land no busca nada de eso. El teatro a mi entender no está para buscar soluciones, ni dar respuestas, ni posicionarse, sino que está para plantear problemas, reconociendo lo complejo que los mismos son. Cuando un texto se posiciona políticamente, empieza a perder fuerza y vitalidad. El teatro es un espejo oscuro en donde venimos a mirarnos y no a dónde venimos a buscar soluciones. Y no puede dar soluciones ya que a mi entender y como todo acontecer poético, el teatro es una pasión que no tiene ninguna utilidad. 

–Lo que sucede en la historia, sucede en una jaula. En una cancha que es una jaula. ¿Es una definición del teatro como espacio?

–No, para nada. Pero si para usted es una definición del teatro, ¿por qué no? Ahora que lo pienso no está nada mal: un espacio de encierro y de juego... Es cierto que podría ser una buena definición del teatro como espacio.



Un uruguayo en Córdoba

La relación de Blanco con nuestra ciudad es de vieja data. Desde hace más de una década, el artista nos visita para participar en eventos y festivales, dictar talleres y poner en escena performances que cruzan espectáculo y procesos creativos. Esa relación se profundiza hoy con su primer libro publicado en Argentina, un proyecto pensado y creado en Córdoba. Además de la obra, un prólogo de Federico Irazábal y un postfacio de Marco Antonio de la Parra, el libro incluye fragmentos de la bitácora de escritura. Allí se ven imágenes de la libreta de notas de Blanco donde desfilan nombres, palabras e ideas que fue tejiendo para construir Tebas Land. Es una de las marcas de DocumentA/Escénicas, esa delicadeza para acceder a lo nodal. Otra huella del estilo de la editorial es recurrir hasta el último detalle para construir un objeto artístico pleno de sentido. Por ejemplo, haber elegido en la mención del lugar de impresión nombrar los talleres gráficos de Báez agregando el dato de que están ubicados “frente a la Ex Cárcel de Encausados”. 

 –¿Qué significó para usted la publicación de este libro en DocumentA/Escénicas?
–Significó un inmenso orgullo seguido de una gran responsabilidad. DocumentA/Escénicas es una editorial que sigo desde hace años y por la que tengo una inmensa admiración y respeto. Cuando surgió la posibilidad de trabajar con Gabriela Halac sentí una gran felicidad porque sabía que era trabajar con una persona de un profesionalismo y un rigor como hay pocas. Gabriela me citó en su editorial y a los pocos minutos me estaba haciendo pensar sobre Tebas Land desde un lugar que yo nunca la había pensado, me la estaba haciendo pensar en tanto que objeto. Es una editora brillante a la que le fascina esa alquimia que consiste en convertir la verdad incorruptible de las palabras en cosas concretas, con peso y que pueden ser corrompidas, por eso mismo Gabriela siempre está inquieta en que sus libros puedan ser dañados o afectados o maltratados. Yo creo que en el fondo le fascina ese poder que tiene para hacer que la idea se vuelva materia expuesta a la contingencia del mundo. Gabriela Halac además de ser editora es poeta y eso se ve en su forma de trabajar. Y eso para mí fue muy placentero. No siempre se encuentran poetas de esta altura.

–En los fragmentos de tu bitácora hay una anotación que dice “la dinámica del desvelo” ¿podrías hablarnos de eso?
 –Se trata de un juego de palabras. Le llamo dinámica del 'desvelo' al arte de ir develando de a poco algo, de ir retirando uno a uno los velos como hace Salomé, hasta que quede el último velo que es la piel. Lo señalé en la bitácora porque era una duda que me planteaba en un momento en que me preguntaba: ¿cuál era la posibilidad entre la encarnación profesada por Grotowski y la distancia defendida por Brecht?


Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Número Cero
La Voz del Interior






martes, 15 de mayo de 2018

"La pieza del fondo" en la prensa francesa







« "Qu’est-ce que nous sommes capables de faire pour les autres ?" Cette question est l’axe central de ce second roman d’Eugenia Almeida. Qu’il s’agisse de Sofia, qui s’inquiète de la disparition d’un clochard muet, ou d’Elena, jeune psychiatre qui vient d’arriver dans la ville où se déroule cette histoire, les protagonistes de cette Pièce du fond tissent entre eux des liens fragiles. Méfiance, passé trouble, souvenir d’un état totalitaire, manipulations, abus de pouvoir... les éléments qui empêchent les personnages d’être en confiance les uns avec les autres ne manquent pas. Savoir lâcher prise dans ce contexte sera difficile, et le résultat pas forcément à la hauteur de leurs espérances. Mais leur quête pourra avoir plus de sens qu’elles ne le croient. »
Christine Salles
PSYCHOLOGIES MAGAZINE




"[…] l’auteure fait sortir ses personnages de l’ombre. Elle fait briller leurs histoires, les entoure de sa langue délicate et particulière, avant de les donner en cadeau à ses lecteurs."

Elisabeth Jobin
LE TEMPS




« Ecriture à l’économie terriblement efficace, aux dialogues nerveux, pour une remarquable version argentine de l’absurde condition humaine. »
Jacques Sterchi
LA LIBERTE


« Un homme silencieux, mystérieux et apparemment sans le sou élit domicile sur la place du village. Son étrangeté attirera une petite serveuse qui lui apportera, dans le dos de son patron, des plats cuisinés. Mais son côté plus ténébreux intriguera aussi deux policiers. Et c’est à l’intérieur d’un hôpital psychiatrique qu’il les conduira. Là, les personnages semblent sortir d’eux-mêmes et on ne sait plus vraiment qui doit être enfermé et qui doit être libéré. L’ambiance est lourde, épaisse ; le récit lent. Peu de rebondissements dans ce récit mais un dynamisme apporté par les caractères singuliers des personnages. »

Jennifer Simoes
NOUVELOBS. COM



lunes, 14 de mayo de 2018

Natalia Ginzburg



Todos estos años de gente

Celebrando los cien años del nacimiento de Natalia Ginzburg, Lumen reedita algunas de sus obras clave. Datos para redescubrir a una de las escritoras más singulares de la literatura italiana. 

Los pequeños detalles de la vida, la familia como refugio pero también como cárcel, los lazos como redes donde sostenerse o ser atrapados, las voces cotidianas que se cruzan en el aire construyendo realidad. Una visión de carne y hueso de la Historia. Gente. Esa es la materia básica de cada línea escrita por Natalia Ginzburg. Como si hubiese comprendido que no hay nada más. Que, siempre, la medida de lo que pasa está en las personas.

Natalia Ginzburg nació en Palermo, en 1916. Su apellido era Levi. Hija de un profesor de anatomía judío ateo y de una católica socialista. Su padre estaba convencido de que la escuela era un hervidero de microbios y bacterias y por eso Natalia fue educada en casa, tutelada por profesores particulares. Una casa antifascista a la que empezaban a llegar las presiones, los aprietes, las detenciones.

También llegaron los amigos, como Leone Ginzburg, ese intelectual de origen rumano que daba clases de literatura rusa. Leone había pasado dos años preso y era uno de los fundadores de la mítica editorial Einaudi. Natalia Levi se casó con él a los veintidós años.


No nos curaremos nunca de esta guerra. 

En 1942 Natalia publica su primera novela: El camino que va a la ciudad. El libro aparece bajo el seudónimo Alessandra Tornimparte. Los apellidos Levi y Ginzburg delataban un origen judío que implicaba persecución. Natalia y Leone tienen tres hijos. Por órdenes del gobierno fascista, la familia es obligada a vivir en Pizzoli. En 1943, luego de la caída de Mussolini, regresan a Roma. Una noche, tarde, un amigo trae una noticia insoportable: la Gestapo acaba de arrestar a Leone. Hay que escapar. Leone muere poco después en uno de esos calabozos, con la mandíbula partida en plena tortura, abandonado por sus verdugos.

Las marcas son imborrables. Natalia escribe: “No nos curaremos nunca de esta guerra. Es inútil. No seremos nunca más gente serena, gente que piensa y estudia y compone su vida en paz. Mirad lo que han hecho con nuestras casas. Mirad lo que han hecho con nosotros.”
¿Qué fue lo que le permitió sobrevivir? Quizás ese terco gesto de seguir escribiendo. Natalia resiste. Va a la Editorial Einaudi y pide trabajo. Allí corrige, asesora y traduce a Flaubert, Maupassant, Proust y Duras. 

Vuelve a casarse en 1950. Esta vez, con un especialista en literatura inglesa. Tiene con él dos hijos. Publica Todos nuestros ayeres

En 1963 actúa –interpretando a María de Betania– en El evangelio según San Mateo, la película de Pier Paolo Pasolini. Ese mismo año gana el Premio Strega por Léxico familiar, quizás su obra más conocida. En 1983 es elegida diputada por el Partido Comunista Italiano.


Sobre nosotros

Ítalo Calvino decía que la literatura de Natalia era “ejemplarmente bella pero tristísima”. Cada vez que él terminaba de escribir algo, se acercaba al escritorio de ella para pedirle su opinión.

Si uno se asoma a las fotografías de Ginzburg sorprende recuperar casi siempre el mismo gesto, la misma postura: un rostro levemente inclinado, una mirada dura, de quien ha visto, de quien aún sigue, de quien ha resistido y está aquí para hablar de eso. Sin concesiones, nombrando detalladamente los mojones, el inventario de los detalles que nos hacen quienes somos. No tenía vanidad pero sabía cuál era su terreno. “Mi oficio es escribir, y lo sé bien y desde hace mucho tiempo. Espero que no se me interprete mal: no sé nada sobre el valor de lo que puedo escribir. Sé que escribir es mi oficio”. Murió  en octubre de 1991.

En 2016, cuando se cumplieron cien años de su nacimiento, Lumen decidió reeditar algunas de sus obras clave. En 2017 aparecieron A propósito de las mujeres y La ciudad y la casa. En el primero encontramos un puñado de cuentos tallados con voz afilada. Lazos. La hipocresía, el engaño, la traición. Niños que se atreven a asumir que no quieren a su madre. Matrimonios sin amor, desesperación, suicidio, la paz entendida como la falta de deseo. Fragilidad.

La ciudad y la casa es una novela epistolar donde se tensionan los territorios de lo público y lo íntimo. Lo personal y lo social. La vida pasa y los hijos se transforman, los amantes se convierten en amigos o en desconocidos. Se atraviesa la muerte de los seres queridos y el peso de los secretos. Uno de los personajes dice: “Mires a donde mires encuentras infancias difíciles, insomnios, neurosis y problemas”. La novela está habitada por ese ritmo tenaz del que está lejos, del que da y pide noticias, siempre mordidas por un lenguaje escueto y elemental. 

La obra de Ginzburg ha sido encasillada en un extraño territorio que algunas personas llaman “libros para mujeres”. Quizás porque el eje de su escritura está en el microcosmos de las relaciones más cercanas. Desentrañar la estupidez de ese encasillamiento es innecesario. Ginzburg habla de personas. Habla de nosotros.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero
La Voz del Interior



domingo, 13 de mayo de 2018

Comentario sobre la versión francesa de "La tensión del umbral" en Daily Passions (Noé Gaillard)




Attention, voilà un livre qu’il est très difficile d’abandonner une fois que l’on en a commencé la lecture. Mais sa lecture ne devrait pas prendre beaucoup de temps.

Imaginez une jeune femme qui menace un individu devant un bar et qui retourne l’arme contre elle pour se suicider… La police mène une enquête rapide qui donne l’impression qu’elle étouffe le tout et surtout cache des pièces intéressantes. Mais un journaliste ne laisse pas tomber l’affaire malgré les conseils de son ami policier. Il s’appelle Martin Guyot. Nous sommes en Argentine. Martin va découvrir l’identité de la jeune suicidée, son travail – elle aide à rédiger des biographies. Il va aussi découvrir où elle logeait… Martin enquête et, au fur et à mesure qu’il s’approche de la vérité, les choses tournent mal et il perd des amis. Mais on en apprend aussi beaucoup sur sa vie à lui. Il est devenu ami avec une psychanalyste à la retraite. C’est elle qui obtient la vérité…

Si j’ai pris la liberté de vous donner beaucoup d’informations c’est que le fait de les connaître ne diminue en rien l’intérêt du livre. C’est raconté sous forme de plus ou moins courts dialogues qui distillent les informations utiles à la compréhension, à l’avancée du récit. Et chaque personnage est attachant parce que dense. Une densité qui ne se mesure parfois qu’au simple fait que l’homme ou la femme sait préparer le maté ou s’inquiète pour un chien. Nous sommes presque en présence d’une écriture poétique. Il me semble que, si quelqu’un devait transposer ce roman à l’écran, il devrait tourner en noir et blanc et chercher une esthétique à la Salgado… Vous voyez ?

Bonne lecture.


http://www.daily-passions.com/lechange/




sábado, 12 de mayo de 2018

Nací para ser breve - Gabriela Massuh




El buen modo 

En 1981, durante seis meses, la escritora Gabriela Massuh conversó con María Elena Walsh sobre su vida y su obra. “Nací para ser breve” presenta parte de esas conversaciones enmarcadas en un relato que las ilumina.


Es enero de 2011 y Gabriela Massuh está pasando un mes en una quinta prestada en la que debe cuidar el jardín, mantener el agua de la pileta y combatir las hormigas como un modo de corresponder la hospitalidad. Los días pasan mientras trabaja en una novela. La escritura, el recogimiento, una perra setter que habita esa soledad construida por el deseo. Como cada mañana, las voces de Radio Nacional llenan el aire. Y desde ahí, desde ese murmullo, llega la trama de sonidos que irrumpe, que rasga las cosas de un modo irreparable, señala un mojón y divide el tiempo en dos. Se oye la voz de un locutor anunciando la muerte de María Elena Walsh. Para todos nosotros, la juglar incomparable, única, irrepetible. Para  Massuh, además, una de las personas a quien más ha querido en su vida; la otra punta de un lazo de amor.

Massuh relata ese once de enero con la maestría ya demostrada en sus novelas. Vuelve a esa prosa limpia y singular que lleva su marca. Pero esta vez se trata de contar lo vivido. Darle espacio a una voz amada, creando un ambiente. La descripción del paisaje (fuera de uno, dentro de uno) tiene una fuerza insospechada: las imágenes permiten comprender la minuciosa contundencia de esos momentos nodales. 

A mediados de 1981, cuando a María Elena Walsh le diagnosticaron cáncer, Massuh decidió hacerle una larga entrevista. Seis meses atravesados por conversaciones que sirvieron  de apoyo en un momento turbulento y que hoy, treinta y seis años después, llegan como un regalo para aquellos que podemos participar –de un modo desplazado– de aquellas charlas. Testigos privilegiados de esa red de palabras por la que Walsh camina para contar parte de su vida, siguiendo (o eludiendo) los caminos dibujados por Massuh. No se trata sólo de un intercambio de preguntas y respuestas sino de esa ceremonia prodigiosa  que es quererse dejando que intervengan las palabras. Se trata de un arte, sin dudas; una construcción amorosa de la fe en el otro, en sus historias, en sus relatos, en su modo de decir. Esas conversaciones fueron grabadas y luego transcriptas para que Walsh las leyera, las corrigiera y diera su visto bueno. Cuando todo estaba listo, Massuh sintió que quizás ella no estaba a la altura del desafío. El proyecto esperó, suspendido. En 2017 se transformó en el libro Nací para ser breve.


Tengo tanto que agradecer

Massuh escucha a la Walsh por primera vez a los trece años, cuando ve “Doña Disparate y Bambuco”, el espectáculo a dúo con Leda Valladares. Cinco años después verá “Recital para ejecutivos”, el concierto en el que Walsh da el salto a las canciones “para adultos”. La fascinación está ahí, en esa mujer que se para en el escenario y ostenta una versatilidad sorprendente. Luego se conocerían personalmente en París.

Además de la conversación con María Elena Walsh, Massuh ofrece tramos de su propia vida. Para quienes admiramos a ambas escritoras, el libro tiene un doble valor. Massuh va reconstruyendo no sólo su lazo con Walsh sino también una época, un clima, un ambiente: el paisaje en el que surgió esta artista inclasificable. 

En Nací para ser breve aparecen los gatos, las cartas, la lectura, los amigos, los libros, la infancia, la adolescencia, el golpe de 1943, la Escuela de Bellas Artes, la complejidad del Peronismo, los primeros amores, la publicación de Otoño imperdonable en 1947, un libro elogiado por  Borges, Rafael Alberti, Ángel Rama y Pablo Neruda, entre otros. Walsh habla de su relación con Juan Ramón Jiménez, del entierro de Evita, de los cabarets de Paris en los que cantaba junto a Leda Valladares, de la poesía infantil y sus desafíos, de la poesía como juego, como travesura.

Los detalles del oficio brillan de un modo perfecto (“Un poema se anunciaba previamente a partir de una indeterminada sensación, una especie de punta de hilo inconsciente.”). Y brilla también lo sugerido, lo no dicho, lo protegido en la intimidad, el sentido del humor, el placer por las palabras, la  capacidad de anticiparse a los tiempos, la conmovedora relación con Sara Facio (“un amor que no se desgasta sino que se transforma en perfecta compañía”).

Leyendo este libro, resuena una de las más hermosas canciones de la Walsh: “El buen modo”. Aquellos versos en los que la poeta agradecía los gestos de aquellos que nos ofrecen agua cuando arrecia la sed, pan cuando asola el hambre, consuelo ante las lágrimas, hospitalidad frente a la intemperie. Una canción que comienza diciendo: “Tengo tanto que agradecer”.

¿Cuándo se termina una conversación? ¿En qué momento esa delicada construcción del amor se detiene? Leyendo el libro de Massuh, es evidente: ni siquiera la muerte nos interrumpe. Sigue la voz amada sonando dentro de uno.  


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero - La Voz del Interior