lunes, 11 de junio de 2018

Notas del mundo




La mañana ha empezado algo turbia, como si una tormenta quisiera descargarse pero no lograra hacerlo. El viento es pesado, un viento norte que pone los cuerpos alertas, listos a una tensión que no va a desatarse. Hace días que el cielo se oscurece y luego el sol vuelve a castigar el suelo.

Es martes; tengo que hacer un trámite. Me encuentro con alguien en la cola de una oficina pública. Alguien que alguna vez estuvo muy presente en mi vida y ya no. Alguien con quien compartimos muchas horas de clase en la Ciudad Universitaria. Mates, cerveza, cigarrillos, confidencias de los 18, 19, 20 años.

El encuentro me sorprende y me alegra.

Ella apenas hace un gesto breve con la boca, un movimiento casi clandestino. Nos saludamos. Por lo escueto de ese gesto, me contengo de abrazarla. Pero cuando me acerco, me abraza. Y ya no me suelta. Hay algo ahí, algo que reconozco, algo de lo que habla Simone Weil: para aquel que se ahoga, cualquier cosa es un madero.
He sido quien se ahoga y he sido el madero en distintos momentos de mi vida. A veces, he sido ambas cosas a la vez.

Desarmo el plan de mi mañana y la invito a tomar un café. Ella acepta. Buscamos una mesa, un rincón donde conversar. De todo lo que se habló entonces, no voy a decir nada; pertenece al territorio de ese encuentro. Pero sí puedo decir que, en un momento, mi antigua compañera me dijo algo que funcionó como un detonador.

Dijo que ya no soportaba que todo fuera siempre igual. Algo que seguramente yo también hubiera dicho si estuviese en su situación. Algo que sentí en otro tiempo. Algo que nos acecha, lo sabemos, está ahí, un enemigo. Aquello que el escritor alemán Michael Ende describió como la Nada ocupando la tierra de Fantasía.

Pienso en ese libro, La historia interminable. Pienso en eso: cómo los libros, las historias, las canciones y los encuentros me han salvado una y otra vez. El evento del encuentro: la posibilidad de participar de algo inédito, algo que nunca hubiera sucedido si no fuera por ese cruce de vidas.

Conversamos. Le hablo a mi compañera de estos libros, de esas canciones, de esa caja de herramientas que siempre me ha sostenido. Le cuento que, durante una época terrible, me salvé escribiendo cada noche en una libreta lo que ese día tenía de irrepetible, de único. La tentación es definirlo como lo “mejor” del día.

Pero a veces no había nada que encajara en esa definición. A veces era simplemente algo que me llamaba la atención. A veces era un detalle por la negativa. Por ejemplo: “No estamos en guerra”.

El ejercicio me ayudaba a recuperar el día en sus detalles. Un cierto color, un perro que pasó corriendo, dos mujeres que se reían en la calle, un perfume. Ese hacer me abrió los ojos. No sé por qué lo llamé “Notas del mundo”.


Efectos

El encuentro con mi compañera deja un eco, una reverberación. Me lleva de nuevo a ese ejercicio. Lo he seguido haciendo desde la primera vez, cuando empecé, hace casi 30 años. Pero casi siempre lo hago en silencio, sin palabras, dejando que flote como una imagen antes de dormir.

Ahora, el deseo de volver a hacer una huella en el papel. Algunas notas que tomé en estos días:

–Un amigo nos cuenta la historia de una mujer que conoció en México. Lo que ella decidió hacer para proteger a su nieto en tiempos de dictadura.

–Sueño que una planta me habla. En el sueño, yo sabía que esa planta ya me había hablado antes, hace años.

–Alguien querido dice “no confío en las palabras, pero sí en la conversación”.

–Una compañera de trabajo me cuenta sus tiempos en un call center. Seis horas diarias, siete minutos para ir al baño (la disciplina para partir esa nada en dos), 15 minutos para almorzar. Un sistema operativo que funciona como un reloj carcelario. Toca un botón cuando sale al baño, el reloj empieza a correr, toca de nuevo el botón para detenerlo cuando vuelve a su puesto. Un jefe cuyo trabajo es reprocharles a los empleados los segundos que usaron de más.

–El gobierno de Polonia quiere llevar a juicio a aquellas personas que, al hablar de la Segunda Guerra Mundial, difieran de la versión que ellos se autoimpusieron. Los discursos únicos, la censura, George Orwell y su 1984 siempre presentes.

–Alguien me cuenta cómo funcionan los protocolos médicos en un hospital público. Siento un escalofrío. Cobayos humanos.

–La guitarra suena destemplada pero se disfruta. Un patio, una enredadera, la comida picante, una cerveza y cigarrillos.

–Victoria Mendizábal cuenta en la radio la historia del médico húngaro Ignác Semmelweis. Aunque hacía mucho tiempo que las mujeres que atendían los partos sin ser médicas venían diciéndolo, fue a partir de Semmelweis que los obstetras entendieron que debían desinfectarse las manos antes de atender a sus pacientes. Lo entendieron muchos años después. En su momento, lo acosan, lo hostigan y lo persiguen. Semmelweis empieza a sufrir problemas nerviosos. Sólo habla del tema médico que lo preocupa. Empieza a desbordarse. Tres colegas redactan un informe para que lo internen en un psiquiátrico. Ninguno de ellos es psiquiatra. Lo internan engañado. Él entiende lo que está pasando y trata de escapar. Paliza, camisa de fuerza, celda. Dos semanas después, muere, a los 47 años, por una herida gangrenada. La leyenda dice que antes de ser internado irrumpió en el hospital y que, deliberadamente, se cortó con un bisturí sin desinfectar para probar su teoría frente a todos. Otros dicen que la herida fue producto de los golpes que le dieron los guardias en el psiquiátrico. Pienso en el diagnóstico de locura como un dispositivo disciplinador. Castigo a quien viene a decir, como la poeta Wislawa Szymborska, “no deliran los sueños, delira la realidad”.

–Muere Menéndez. Se lleva todo lo que sabe. Todo lo que necesitamos saber. Dónde están los que nos faltan. No puedo decir una palabra más.

–Un presidente saluda a una plaza vacía, como si hubiera alguien ahí. Lo ridículo, lo grotesco, lo terrible de ese gesto.

–Una llamada telefónica en la noche. Un amigo me avisa que nuestra amiga en común salió del quirófano. Está bien. Eso que tanto nos aterrorizó ya salió de su cuerpo. Entre sus amigos, armamos una cadena de comunicaciones para darnos, uno a uno, la buena noticia.

–En la radio, Gabriela Estofán entrevista a Matías Mormandi, que canta en el estudio Tu soledad. Una canción perfecta.

–Paso por una librería, acepto alegremente las sugerencias que me hace Guillermo. Salgo con tres libros: una novela de la cubana Marta Rojas, una crónica de viajes en torno del café y una novela policial escrita por una antropóloga británica. Ese momento de descubrir los libros. Ese entusiasmo, ese sobresalto encantador.

–Me siento en una panadería a comer un sándwich antes del trabajo. Una barra de madera y una banqueta. Me encuentro con un amigo al que hace muchísimo que no veo. Celebramos ese azar. Nos ponemos al día. Me cuenta que hace unos años le dieron un balazo en el pie, durante un robo. Me cuenta el trabajo constante para mejorar, la lucha con una maraña administrativa que lo hostigaba. Sonríe. Su sonrisa es una de las más hermosas que he visto en mi vida. El regalo de encontrarlo sin buscarlo.

–Llamo a mi antigua compañera de facultad. Ahora tengo su teléfono. Me dice que está mejor. Que ha empezado a anotar algunas cosas en un cuaderno y que eso la ayuda. Le digo que nuestro encuentro ha provocado en mí el mismo efecto, que también estoy tomando notas. Le pregunto si puedo escribir sobre eso. Contar que la encontré, contar que está en un momento difícil, contar que hablamos de las “Notas del mundo”, contar lo que estamos haciendo. Me dice que sí, que claro, que por supuesto. “A lo mejor a alguien le hace bien leer eso”, dice. Nos quedamos un rato largo charlando. Afuera, un relámpago parece prometer la tormenta que ayude a limpiar las penas.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior
Ilustración: Juan Delfini

17/03/2018





viernes, 8 de junio de 2018

Modos de amar





Es 24 de enero. Leo las noticias. Ha muerto Ursula K. Le Guin. Hay un momento de zozobra, de súbito reconocimiento y desconocimiento del mundo, ese vahído que suele traer la muerte de alguien que nos ha acompañado aun sin conocernos personalmente.

Le Guin escribió narrativa, ensayos y poesía. Era hija de un antropólogo y de una escritora. Tenía 11 años cuando mandó su primer cuento a un concurso. Tradujo obras del chino y del español.

Creó mundos, territorios fantásticos donde los aprendices de magos debían enfrentar su sombra, su lado oscuro, su otra cara. Lo hizo mucho antes de que asociáramos “aprendiz de mago” con Harry Potter. Lo hizo sin concesiones, escribiendo un fantástico que hablaba todo el tiempo de la realidad, nuestra realidad.

En 1969 publicó La mano izquierda de la oscuridad. El protagonista, un embajador humano en una Liga Planetaria, es negro. En el planeta Guden, encontrará habitantes hermafroditas que “toman” el género femenino o masculino indistintamente. Hay que volver a decirlo: 1969.

Detalles –o nodos– que permiten comprender cómo la escritora, a través de la fantasía, ponía en tensión problemáticas sociales que aún hoy nos ocupan. Le Guin era considerada la maestra de la ciencia ficción y del fantástico.

En una entrevista, ante la pregunta sobre el lector esperado, Le Guin respondió: “El público de la fantasía es en realidad cualquiera de cualquier edad a partir de los 10 años, excepto los tristes puritanos que no leen fantasía.”

Ecologista, pacifista, comprometida con las causas sociales, su escritura abría los ojos desde la extrañeza, sin adoctrinar. Alguna vez dijo: “Si una feminista es alguien que piensa que el género es en gran medida una construcción social y que nada justifica el dominio social de un género sobre otro, entonces soy feminista”.

El lazo de Ursula K. Le Guin con Argentina era fuerte. El afecto con Angélica Gorodischer; el libro compartido con la poeta Diana Bellessi, The Twins, the Dream: Gemelas del sueño, en el que cada una de ellas traducía poemas de la otra; la admiración por Liliana Bodoc, de quien dijo que su escritura traía “por primera vez, un punto de vista realmente sudamericano a la fantasía puramente imaginada, a diferencia de la fantasía borgeana y la semi-fantasía de los realistas mágicos”.

En 2011, alguien querido me acercó la Saga de Terramar. Sabía que ahí había algo que podía acompañarme mientras atravesaba un momento escarpado, difícil, árido. Y esa fue mi compañía. ¿Cómo agradecer ese regalo? Esos libros que se volvieron sostén en la tormenta. Libros escritos de noche, sobre la mesa de la cocina, mientras los hijos de la autora dormían.

La noticia de su muerte me impacta pero no me sorprende. Le Guin tenía 88 años. Pienso enseguida en Liliana Bodoc. Para mí son dos nombres que vienen juntos. Por lo que cada una de ellas significa para la otra. Por lo que como escritoras significan para mí.

Pienso en Bodoc porque la quiero, porque me resulta una persona entrañable, porque cada vez que me encuentro con ella o la escucho hablar en público, me voy pensando en la enorme fortuna de haberla leído, de ser su contemporánea, de haber podido compartir charlas y encuentros. Como una niña que se cruza azarosamente con su heroína. Así me siento cada vez.

Pienso en mandarle unas palabras por WhatsApp. Me acerco al teléfono, abro la libreta de contactos. Me quedo mirando un segundo la foto de perfil. Ella, sentada en una silla, con dos niños en la falda, una pared de madera al fondo, unas máscaras sobre la pared, una ventana, un termo negro sobre la mesa, una planta. Esa cotidianidad tan íntima. Pienso que escribirle quizá sería irrumpir en esa intimidad. Dejo el gesto para hacerlo unos días después.

Esos días pasan. Es 6 de febrero. Llega, en la radio, en la voz de un colega, la noticia terrible. La muerte de Liliana Bodoc. Una muerte que arrasa, sorprende, rasga el mundo en su belleza y nos deja en desamparo. No sólo por lo que Bodoc era como escritora. También por su modo, su signo, su forma de estar en el mundo. Su presencia deslumbrante. Pero no puedo hablar todavía de lo que implica esta muerte. Duele demasiado. Una orfandad nos ha cubierto. Puede que no todos lo vean, pero sucede.



Los compañeros

Cuando llegue el momento de hablar de lo que significan la presencia y la ausencia de Bodoc, llegarán las palabras. Pero aún no es tiempo. Vuelvo entonces a ese 24 de enero en el que supe que había muerto Ursula K. Le Guin.

Leo entrevistas, tomo notas de los autores que ella menciona y yo no conozco. Uno de esos nombres me llama la atención. Le Guin habla de una escritora galesa y hace mención a una transformación. Copio y pego el nombre sobre el buscador. Jan Morris.

El primer párrafo de la primera página sugerida dice: “Escritora, periodista y viajera británica de amplio reconocimiento internacional. Además de una pródiga carrera en la literatura, fue militar y corresponsal de guerra, y sus innumerables viajes, que trasladó a sus libros, la llevaron a coronar la cima del Everest”.

Es en el segundo párrafo donde se alude a la transformación mencionada en la entrevista: “Jan Morris nació varón”. Un varón que a los 4 años descubrió que “había nacido en el cuerpo equivocado, que en realidad debía ser una niña”.

Me asomo a la historia. Como varón, Morris ingresó en una academia militar inglesa y se convirtió en oficial de Inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras estudiaba en Oxford, se casó con Elizabeth Tuckniss. Se habían conocido después de terminada la guerra, cuando alquilaron habitaciones contiguas en una casa de Londres. Él nunca le ocultó la tensión que sentía por el abismo que había entre su cuerpo y su identidad. Ella entendió. Se casaron y tuvieron cinco hijos.

Como periodista, Morris cubrió hechos importantísimos como la escalada del Everest en 1953 y el juicio a Adolf Eichmann. En cierto momento decidió dedicarse exclusivamente a escribir libros. También decidió llevar a cabo los pasos necesarios para disolver la tensión que lo consumía. El relato de esa transformación se convirtió en un libro: El enigma.

Lo primero fue un tratamiento hormonal. Y ahí aparece lo que me deslumbra de la historia de Morris. Su esposa Elizabeth decide apoyarlo, acompañarlo, estar ahí a medida que él avanza en ese camino. Unos años después llega una operación quirúrgica. 1972, Casablanca. Morris se decide por Marruecos porque los médicos ingleses plantean como condición indispensable que, primero, se separe de su esposa.

Terminada la operación, Jan vuelve a su país y, junto a Elizabeth, descubre que están obligadas a divorciarse porque la ley no permite el matrimonio entre personas del mismo género. Acatan la ley: se divorcian. Pero siguen viviendo juntas. Casi 60 años después, cuando la nueva legislación les reconoce el derecho a la unión civil pese a ser dos mujeres, Jan y Elizabeth vuelven a casarse en 2008.

Morris ha dicho que, cuando mueran, les gustaría ser enterradas cerca de la casa con un epitafio que diga: “Aquí hay dos amigas, al final de una vida juntas”.

Modos de amar. La fortuna de encontrar maestros que nos iluminen, que nos descubran un mundo, que desafíen nuestra mirada.

Modos de amar. La fortuna de encontrar alguien que ame en nosotros aquello que escapa a toda definición. Alguien que pueda asumir, aceptar y acompañar cambios tan nodales como el que hizo Morris. Alguien que pueda apoyarse en un amor más allá de las definiciones que nos imponemos.

¿Cómo es el amor cuando decide sacudirse las categorías del mundo?

Un amor siempre cambiante quizá sea lo único que pueda honrar lo que somos: seres cuya única invariable es la variación.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior

17/02/2018






miércoles, 6 de junio de 2018

Un modo de estar despiertos






Hay canciones que toman ciertas épocas de nuestra vida. Una o dos piezas que describen el tono en el que estamos. Quizás por eso cuando escuchamos alguna canción vieja, lo que nos conmueve no es tanto esa música y esa letra sino lo que detona en nosotros, las cosas que pone a bailar en el recuerdo para agitarlas, para moverlas, acaso para resucitarlas.

Las canciones llegan de un modo extraño, sin que uno las haya convocado. Aparecen como un murmullo, algo que se balbucea al empezar el día, al armar el mate, al asomarse a la ventana a ver el mundo. Aparecen en esos gestos diminutos que hacemos al descubrir que hay un día más.

Desde hace un tiempo  la palabra que podría describir mis días es “hospitalidad”. Y la que describe mis sentimientos es “gratitud”.  Alguna vez le oí decir a la escritora Gabriela Massuh que la gratitud es una forma de la felicidad. Y así es. Algo indefinible que consiste en reconocer las pequeñas felicidades cuando están ocurriendo, la plena conciencia de ser afortunados.

Y, desde hace meses, la canción que me habita es “El buen modo”, de María Elena Walsh. Una canción que oí por primera vez en un viejo casete que aún tengo. En la tapa se ve a la cantante, de pie, frente a un micrófono, vestida de negro. La postura hace pensar en alguien que tiene algo que decir y la fuerza necesaria para hacerlo. La fecha: 1975. Lo compré en 1986, cuando tenía catorce años, en un local que había en la peatonal. Enormes bateas de discos y casetes desde las que me llamó la atención ese cuerpo de pie, listo para decirme  cosas que yo necesitaba oír. 

La primera canción de ese disco es “Orquesta de señoritas” (“Quien no fue mujer / ni trabajador / piensa que el de ayer / fue un tiempo mejor “). Después están “El buen modo”, “La clara fuente”, “Angelito mexicano”, “Vidalita porteña”, “Alba de olvido”, “Sin señal de adiós”, “No mires fotografías”, “Endecha española”, “Postal de guerra”, “Palomas de la ciudad” y la “Balada del ventarrón”. Doce canciones perfectas que, para mí, se abrieron como un mundo que giraba en torno a “El buen modo”. Porque ahí, en esos treinta y dos versos, se despliega un modo de estar despiertos, conscientes y agradecidos.


Kioscos, café, arroz

“Tengo tanto que agradecer / al que me dio de beber / cuando de sed me moría. / Agua en jarro, gusto a pozo, / pero río caudaloso / me parecía.”

El kiosco que estaba hace años en la esquina de Deán Funes y Avellaneda. El rincón donde íbamos a desayunar, de pie, ante un mostrador en el que Sebastián servía café caliente en taza y una servilleta con dos criollitos. El lugar al que volvíamos –las caras eran siempre las mismas– porque había ahí alguien que nos recibía. Y nos daba mucho más que un desayuno. Sebastián (algunos lo llamaban por su otro nombre: Ramiro), sabiendo un poco de cada uno de nosotros y haciendo siempre la pregunta justa, el silencio a medida, la palabra precisa. Hay gente que tiene ese don: acompañar a otros, sin grandes aspavientos pero con una concreción del afecto que deslumbra.

“Estos ojos no olvidarán / al que una vez me dio pan / cuando el hambre me afligía. / Miga dura, pan casero, / que trigal del mundo entero / me parecía.”

La señora que atendía el kiosco del colegio y que, sin preguntar, me daba dos facturas cuando yo pedía una y me hacía pasar para que tomara el café dentro, en una mesa, en una silla. Laura, sus hermanas y su madre, que en una casa de Cofico hicieron más suave una época de errancia y desamparo, ofreciendo arroz y abrigo cuando no tenía casa. Todos los anfitriones que a lo largo de muchos, muchos viajes, se ocuparon de ofrecer la comida que permitía el sueño. Los hombres y mujeres en los negocios, que al ver una mochila enorme, una cara curtida por el sol y un andar lánguido, agregaban a la compra más fruta, más pan, más queso. 


Conversaciones

“Hoy me acuerdo de aquel que ayer / se supo compadecer / cuando lágrimas vertía. / Era parco su consuelo, / pero Dios con un pañuelo / me parecía.”

Todas esas piezas de pensión, departamentos de estudiantes, bares, cafés, veredas, caminos, calles de tierra, cuartos, colectivos, rutas, montañas y campos habitados por un tiempo sin tiempo. El de la charla, el de la confidencia, el de la escucha. Todas esas palabras y silencios construidos para decir “estoy acá, esto va a pasar, estoy acá”. Todos esos amigos. Una mano que se apoya en mi hombro cundo vamos camino a un entierro. Una voz que trae el teléfono cuando apenas hay fuerza para hablar. Alguien que hace comida, porque hay que comer, porque la vida sigue, porque hay que encontrar las fuerzas. Una par de manos que arman un cigarrillo con tabaco rubio, para construir el ritual de la conversación. El sonido de una cuchara que bate el café mientras la pava suena. El amanecer que llega y se apoya sobre la charla, sobre las voces que siguen susurrando como si aún fuera de noche. Los amigos. 

“Nunca pude olvidarme yo / del que una vez me albergó / cuando techo no tenía. / Rancho pobre, catre chico, / pero caserón de rico / me parecía.”

Leonardo, que me dio casa y comida cuando no tenía lo uno ni lo otro. Que ayudó a que no dejara la escuela. Que me prestaba su bicicleta negra para salir  a dar vueltas por el Parque Las Heras. Que me daba libros de Joyce y ponía discos de Gal Costa en una pequeña casa azul que sirvió de refugio en tiempos de tormenta.  Esos meses viviendo en una pieza donde sólo cabía la cama y un pequeño walkman donde sonaba, una y otra vez, “Artaud”, de Pescado Rabioso. 

Los nombres que me vienen a la boca son una suerte de sortilegio. Los repito como quien invoca ese lazo, esa trama de afectos que  nos ha sostenido cuando no había otro sostén que la generosidad de los pares. Cuando se aprendía, en la adolescencia y aún hoy, que la familia verdadera se construye en el encuentro, que no tiene nada que ver con lo biológico sino con reconocer a quién, en el camino, es feliz si estamos a salvo y se preocupa si estamos a la intemperie.


Encuentros

“Seas siempre bendito /por tu buen modo, / porque al darme poquito / me diste todo. / Antes que la muerte / me robe la ocasión / para corresponderte / aquí te mando mi corazón.”

¿Cuánto nos unen a otros los gestos de generosidad que han cambiado el curso que traían las cosas? ¿Cuánto hay ahí de gratitud, de ese modo de la felicidad –como dice Massuh–, de ese  haber sido tocados, atravesados por la  inusual experiencia de la amistad? Los aliados. Los que están allí, siempre al alcance de la mano.

 No creo en la frase que dicen quienes creen ser el origen de su fortuna. “Yo me hice solo”, dicen algunos. Yo no. Sé que hice lo que hice gracias al amor y a los amigos. A cada uno de ellos, a los que nombro y a los que no. A los desconocidos que no miden sus gestos. A los que no han perdido la capacidad de conmoverse. A los que están dispuestos a escuchar sin juzgar. A los que admiten que no sabemos y se arriesgan a descubrir. 

No somos sólo maravilla. También está el horror. Esto que escribo ahora viene de un fondo turbio. Es mi modo de combatir ciertas noticias que se vuelven insoportables. Las noticias del odio y el coro de voces que celebra ese odio.  

A un gesto lo contrarresta otro gesto. A la desesperación la contrarresta la esperanza. No una esperanza ingenua del que niega la realidad. Digo la esperanza trabajosa, delicada, infinitamente construida. 

Al horror de algunos gestos, decir nuestra palabra. Poner ante los ojos que hay otros posibles. Otros caminos, otras formas, otros modos de estar en el mundo. 




Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior
Ilustración: Juan Delfini
13/01/2018





martes, 5 de junio de 2018

Onlalu: comentario de Aline Sirba sobre la versión francesa de "La tensión del umbral"





La vérité à tout prix. Vraiment ?


L’œuvre d’Eugenia Almeida est enracinée dans l’histoire de l’Argentine, son pays natal. « L’autobus », qui l’avait fait connaître en France en 2007, racontait à travers une anecdote presque surréaliste la prise du pouvoir par les autorités militaires à la fin des années 70. Tout aussi incisif mais plus noir, « L’Echange » montre que ce pays n’en a pas fini avec son passé.

Sur le seuil d’un bar, une jeune femme menace de tuer un homme avant de le laisser partir et de retourner son arme contre elle. A priori, un suicide ne nécessite pas une enquête bien approfondie, car on pourra toujours trouver de multiples causes à un geste désespéré comme celui-ci. Telle est la conclusion de la police locale qui a tôt fait de classer l’affaire.


Mener l’enquête envers et contre tous

Mais pour le journaliste Guyot, ce suicide en public a forcément une signification, d’autant plus que Julia Montenegro avait vraisemblablement l’intention de tirer sur quelqu’un d’autre avant de changer d’avis. En dépit des mises en garde de son rédacteur en chef et du commissaire, il est déterminé à mener l’enquête. Or, dans le coin, on n’aime pas trop les fouineurs, et Guyot se heurte à des témoins aveugles et muets. Il se tourne donc vers les carnets de la victime noircis de notes sibyllines, examine des photos floues, consulte des archives de journaux, mais plus il creuse, plus les cartes se brouillent, des éléments disparaissent, les menaces contre ses indics se multiplient et les morts s’accumulent autour de lui comme autant d’avertissements.


Une narration vertigineuse

Eugenia Almeida pousse l’art de l’efficacité à son plus haut niveau dans ce roman dépouillé à l’os, constitué en grande partie de dialogues secs, sans fioriture, voix sans visages et silences qui en disent long sur le poids d’une Histoire imprescriptible. Le lecteur est happé par une narration vertigineuse, constamment sous tension, qui progresse en mouvements concentriques, et dont la force tient au démontage minutieux des mécanismes d’une corruption pyramidale. Ce qui est brillant ici, c’est que les révélations réduisent les chances de la résolution de l’affaire, parce que savoir, comme dit un personnage, c’est « assumer d’entrer en enfer ». Et c’est bien l’enjeu philosophique de cette histoire intense : faut-il chercher la vérité à tout prix ? Une chose est sûre, « L’Echange » n’a pas usurpé son prix Transfuge 2016 du meilleur roman hispanique !



Aline Sirba



lunes, 4 de junio de 2018

Estar en el mundo







Es domingo a la noche. Mañana debo enviar al diario mi columna mensual. Ya está escrita.  Podría enviarla ahora, en esta noche que trae la promesa de una tormenta que aún no llega. Pero, otra vez lo mismo: la realidad estalla y no me deja opción que decir lo que siento que debería decir. El presente me empuja  a escribir otra cosa. Lo que no puedo sofocar.

Este fin de semana participé de una serie de charlas que se dieron bajo el nombre “La frontera es un colador”. El viernes por la tarde fui a escuchar a Diego Sztulwark. 

Sztulwark es un espécimen singular. Alguien que pone en tensión la categoría de académico con una militancia  –un estar en el mundo– sin tregua.  Voy a la charla porque en estos tiempos me resulta indispensable buscar espacios de encuentro y conversación. Espacios en los que pueda soltarse la voz para ir pensando juntos, dejando que la palabra se convierta en herramienta de búsqueda y no de certeza. 

Voy porque la filosofía para mí se ha convertido en un espacio libertario. Un discurso que, en su heterogeneidad, me permite dejar que la incertidumbre guie un proceso de demolición. La filosofía es mi refugio (me consuelo, tomo fuerzas, encuentro una trascendencia, me siento parte de una comunidad). 

Voy a la charla sin fines pedagógicos. Mis fines son libertarios. Casi cada cosa que hago en estos tiempos tiene fines libertarios. Liberarme de las propias jaulas. Lo que el mundo propone y uno acepta. Los modos de mutilar la pluralidad de la que estamos hechos. Ya desde fuera nos programan jaulas sin cesar. Creo que ni siquiera hace falta detallar cuáles son; están a la vista y cada quién verá las que por hora soporta ver. Hablo de la complacencia con ciertas opresiones, lo que aceptamos sin cuestionar, como si hubiera  una naturaleza en eso, una esencia y no una situación a la que uno se acomoda o a la que uno se resiste. 

Busco no ser cómplice, en mi interior, de las prisiones que nos propone el mundo. Abandonar las certezas y ver las cosas con el riesgo de hacerse preguntas sobre lo que uno cree, sobre lo que parecía inamovible y cierto. 


Vivir absolutamente

La pregunta sobre la libertad no trae serenidad. Trae, más bien, zozobra.  No hay serenidad en el riesgo. Esa libertad no es sencilla. Es costosa. Es, como dice  Alain Badiou, lo opuesto a la satisfacción. “Vivir es vivir absolutamente, y (…) desde ese momento ninguna cómoda objetividad puede garantizar esa vida”, dice el filósofo francés. Hay ahí algo inasible y precioso.

Si uno se abre a los gestos libertarios aparece, en algún momento, el peor de los temores: la desintegración, la disolución. El abismo de separar la esencia de lo que somos de todos los discursos sociales que nos atraviesan, nos toman la boca, usan nuestra lengua, sin darnos tiempo a pensar si acordamos o no con lo que nuestros labios dicen. Si nos separamos de esos discursos que hablan en nosotros, si nos permitirnos someterlos a revisión ¿con qué nos quedamos? ¿Seremos algo después de eso? Hay algo tranquilizador en lo que la psicología ha llamado el “yo”. La personalidad. Lo que creemos ser. 

El miedo a la disolución aterra de un modo difícil de explicar. Allí, en ese temor y en ese salto a un territorio donde no hay garantías, es donde los gestos libertarios encuentran lo que buscan.

Voy a la reunión con deseo y  con temor. Deseo de que lo que algo de lo que se diga rompa en mí estructuras cristalizadas que no me permiten ver. Temor de encontrarme con una jerga incomprensible. 

Sztulwark  viene a presentar  un libro de Gilles Deleuze. Lo poco que sé de Deleuze es por boca de otros. Más de una vez mi curiosidad me ha llevado a grupos en los que se usan jergas como puertas cerradas ante los que no son de la tribu. Yo no tengo tribu. No sé hablar en jerga. Creo que cerrar la puerta ante alguien sólo porque no ha leído ciertos libros es un ejercicio abusivo de poder.

El temor se deshace en los primeros minutos. Sztulwark es una máquina imparable de hacer preguntas y poner en cuestión categorías. Nunca había escuchado a alguien así. Es un verborrágico  maestro zen que juega con un campo de tensiones. No trae respuestas, trae la imperiosa necesidad de hacer preguntas. Pienso, mientras lo escucho, que la filósofa francesa Simone Weil debe haber hablado así en las reuniones en las que participaba. Con fiebre,  con ansia, con pasión. Gestos de rebeldía que se expresan en potencia. 

En esa charla se dice que pensar es hacer cartografías porque la tierra se mueve. Se propone poder atravesar el lenguaje de los demás para crear el propio. Se menciona  el terror de cada uno de nosotros, al interior, un terror que hace que no podamos enlazarnos a los otros. Se dice que la vergüenza es saber que tenemos que hacer algo y no saber qué hacer. 


¿Qué vamos a hacer?

El sábado por la tarde, el dramaturgo Silvio Lang habla de muchas otras cosas. Allí se dice, en algún momento, que el odio es “querer vivir y no poder”. No sé si la cita es exacta. Pero sé que esa exactitud, ahora, no es importante. Que lo que se va pensado es siempre comunitario. Que este ejercicio libertario se basa en eso. Ahí radica la potencia de la palabra “nosotros”. 

El tema del odio está presente porque eso vemos día a día. 

Se habla del odio como un deseo truncado, algo que no ha logrado expandirse, desarrollarse, desenvolverse. Algo envenenado de su propia potencia reprimida. Esa visión del odio me permite desmitificarlo y verlo como una posibilidad que está allí, disponible, para todo aquel que sofoque su potencia.  De eso se está hablando cuando Sztulwark entra en la charla –ha estado a un lado, desde hace un rato tiene los ojos puestos en el celular–. Nos dice que acaban de dar la noticia del asesinato de un mapuche a manos de las fuerzas de seguridad. Un muerto y dos heridos. La realidad se hace presente de un modo en el que es imposible sacarle el cuerpo. Lang ha venido hablando de qué es lo que él hace en su área de trabajo y de qué cosa puede hacer cada uno de nosotros. Sztulwark da la noticia y pregunta algo así como “¿qué vamos a hacer?”. 

Creo que es la pregunta fundamental de la especie. ¿Qué hacer ante el exterminio de otro ser humano? 


El gesto más libertario

Me voy sacudida por la pregunta. No puedo dormir. En la oscuridad de la pieza, en la enorme oscuridad de este tiempo, busco a tientas los anteojos y el celular. Leo la noticia en los portales de los diarios. Me rebelo ante las estrategias discursivas de los títulos y ante los muchos que van a tomar esas estrategias como si fueran un dato de la realidad. Me dejo caer –y caigo, en todos los sentidos– en la sección de comentarios. Allí, el odio se despliega de un modo espantoso. No voy a reproducir los discursos de quiénes celebran la muerte de un ser humano.  

Amanece. Desasosiego. 

Pienso en lo primero que dijo Sztulwark en su charla del viernes. Los riesgos del desánimo; los riesgos de dejarnos convencer de que no hay otro mundo posible. 

Me digo que el gesto más libertario, hoy, es seguir generando espacios de encuentro donde la potencia de cada uno encuentre un entorno para expandirse y desarrollarse. La potencia sofocada es lo que lleva a ese callejón de “querer vivir y no poder”. A ese callejón del odio.

Ya sabemos los monstruos que crea el odio. Deberíamos estar advertidos. Sólo el que odia paladea con placer la palabra “aniquilar”. 

El gesto más libertario hoy, creo, es poner nuestras bocas a decir cosas que quiten densidad al odio. No es delicadeza. Por el contrario: es un gesto de indecible fortaleza. Estar vivos, más vivos que nunca. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior
02/12/2017

Ilustración: Juan Delfini




sábado, 2 de junio de 2018

Sobre "Hecho en Argentina" - AAVV


Comparto el texto que escribió Osvaldo Aguirre 
en el blog "Las vueltas del camino"





Interferencias en la historia


Desde la Gente publica Hecho en Argentina, una antología que preparé con relatos de ficción sobre episodios históricos. El prólogo que escribí para el libro.

Desde sus orígenes a la actualidad, la Historia nacional atraviesa a la literatura argentina como uno de sus principales objetos de escritura. Los relatos sobre el pasado no están dados de una vez para siempre sino, por el contrario, en permanente debate, y la ficción ocupa un lugar central en ese marco, desde las posibilidades que plantea para reabrir cuestiones que parecían cerradas hasta los recursos y puntos de vista que ofrece a los propios historiadores, necesitados no solo de buenas fuentes para construir sus textos sino también de los procedimientos narrativos que tienen su banco de pruebas en la literatura.

La literatura aborda a la Historia sin las obligaciones del estudio especializado, y también sin ocultar que el relato no es una construcción objetiva, y tampoco inocente respecto a su oportunidad y al modo en que puede intervenir en las discusiones sobre los procesos históricos. El escritor se acerca a los hechos desde una posición singular: protagonista, testigo, cronista imaginario, las estrategias son inagotables; puede reavivar los acontecimientos con operaciones que un investigador formal no se permitiría, como ceder su voz a los personajes o hablar desde su propia intimidad, un dominio vedado para la historiografía.

No todo el pasado, además, interesa de igual manera en cualquier coyuntura, y los acontecimientos y los personajes que ocupan las preocupaciones actuales nos dicen algo, ante todo, del propio presente. Tampoco son las efemérides las que rigen el calendario, sino los procesos y las circunstancias de cada momento. La ficción es una línea conductora de las indagaciones, anticipándose con frecuencia a las búsquedas académicas, o contestándolas cuando parecen instalar una versión.

Hasta no hace mucho la relación entre literatura e historia era entendida como la oposición inconciliable entre la ficción y la verdad, dos registros que no podían tener ninguna contaminación. Desde que los relatos –los de la literatura, los de la historia- están conducidos por determinados procedimientos y recortes, y proyectados en función de generar ciertos sentidos, las distinciones y las jerarquías entre los registros se relativizan. Hay textos historiográficos que resultan bastante engañosos sobre los períodos que pretenden documentar, y ficciones que movilizan nuevas preguntas y reflexiones.

Hecho en Argentina propone un recorrido por el universo de las versiones literarias de la Historia nacional, en una línea que va desde “El veintiséis”, de Juan Sasturain, recreación de un episodio trasegado de la historia escolar, hasta “El grito”, de Florencia Abbate, una de las primeras versiones sobre la crisis de 2001. Los textos han sido ordenados de acuerdo a la cronología de los hechos históricos.

El cuento de Sasturain revisa la gesta de la Revolución de Mayo desde un punto de vista que combina el humor con la observación de un gusto por la intriga de larga proyección en la historia siguiente. Como si tuviera un poderoso lente de aumento, la ficción amplia un detalle mínimo, tal como está enunciado en el acápite, y de esa manera imagina circunstancias que rodean a un hecho histórico, no en un afán de mostrar un supuesto “detrás de escena” sino de tramar cierta reflexión en un juego entre el pasado y el presente. Los cruces de verdad y ficción son también uno de los temas de “El náufrago de las sombras”, donde Carlos Dámaso Martínez presenta a un historiador que transcribe un manuscrito sobre las causas de la muerte de Mariano Moreno. El misterio que nunca se pudo resolver parece a punto de alcanzar su resolución, pero una nota al pie indica que la autenticidad del documento no ha sido comprobada con lo que se redobla el interrogante original, y quizá la sospecha de que los enigmas, aunque parezcan impenetrables, son reveladores respecto al juego de fuerzas implicadas en su creación y en su persistencia.

Si las últimas palabras de Mariano Moreno son una de las citas predilectas de la historiografía tradicional, las de Cabral adquieren el sentido de apuntalar un proyecto de nación: el soldado que se sacrifica para salvar al general San Martín, el que da su vida por la patria, es uno de los emblemas de la causa libertadora. El relato de Martín Kohan retoma esa versión mítica desde las propias palabras adjudicadas al protagonista, para desmentirlas al cabo de una minuciosa reconstrucción en la que Cabral no alcanza a comprender la dimensión de los hechos y muere triste y confundido, pese a la declaración que la historiografía liberal puso en su boca.

“Las doradas colinas de octubre”, de Juan José Manauta, focaliza en un grupo de soldados entrerrianos que se repliegan después del desbande de las tropas de Ricardo López Jordan, derrotadas por Buenos Aires. La historia permite asomarse a las circunstancias de las guerras que surcaron la política argentina en la segunda mitad del siglo XIX, evocadas con pulsión lírica: “Buscábamos la tierra natal, la primavera y la niñez, las doradas colinas de octubre, por estupidez más que por añoranza. Nada que valiera algo teníamos allí que cobijar, nada que nos perteneciera. Éramos nosotros pertenencia de un pago arisco en esos días”, anota el narrador. Pedro Orgambide retrata personajes anónimos como Manauta, aunque en otro momento de la Historia: la semana trágica de enero de 1919, como se conoció a la feroz represión de un movimiento popular originado con la huelga en los talleres Vasena.

En ese sentido, “Caen los pájaros con el calor de enero” propone una especie de diálogo coral, en la que distintas voces traman la secuencia de los hechos y sus principales aspectos: los efectos de la represión, la acción de los huelguistas, la intervención de los carneros, la reacción popular ante el “maximalismo”. Las circunstancias no están dadas por la acción de un narrador, sino que se desprenden directamente de las palabras de los personajes. En “Buenos augurios”, con otros procedimientos, María Angélica Scotti también apunta a rescatar las voces de los protagonistas anónimos, en un texto que vuelve sobre otro de los grandes episodios que anuda la historia y el mito en los relatos sobre el pasado –las actividades de la Fundación Eva Perón, y a través de ella la obra social del primer peronismo- y pivotea en torno a las reacciones del pueblo, sus contradicciones entre la esperanza y el escepticismo y el descubrimiento de que la pobreza no es parte de ninguna fatalidad o naturaleza sino efecto de un orden social. “Inauguración”, de Jorge Yaco, remite a su vez al personaje de Evita, desde la figura del médico Ramón Carrillo, ministro de salud pública en la presidencia inicial de Perón, evocado en su momento de agonía. “Frente a la enfermedades que engendra la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como agentes de enfermedad, son unas pobres causas”, decía Carrillo en una reflexión característica de su perfil de hombre de ciencia comprometido con su tiempo y su país. “Cabecita negra”, de Germán Rozenmacher, condensa de manera ejemplar las tensiones sociales de la época, en la confrontación entre el señor Lanari, típico representante de la clase media antiperonista, y una prostituta que lo saca de la seguridad de su casa en mitad de la noche y lo vuelve oscuramente consciente de que algo ha cambiado para siempre en su vida.

En “El tero y la serpiente”, Rogelio Demarchi actualiza otra cita histórica, la de Camilo Uriburu, designado interventor en la provincia de Córdoba en marzo de 1971 por el presidente de facto Roberto Levingston: “Confundida entre la múltiple masa de valores morales que es Córdoba, por definición, se anida una venenosa serpiente, cuya cabeza quizás Dios me depare el honor histórico de cortar de un solo tajo”. La bravata quedó sepultada poco después por la insurrección popular que unió a obreros y estudiantes y se conoció, precisamente, como el Viborazo, secuela del Cordobazo de mayo de 1969. Demarchi sitúa su cuento en un pueblo del interior provincial, La Noria, cuya vida gira en torno al molino del ingeniero Pablo Echenique, quien “se siente depositario y custodio de los valores ancestrales de la localidad”. Una protesta gremial dispara una serie de hechos que progresan vertiginosamente y son narrados por distintos personajes, en un texto que se propone, en su desenlace, con el carácter de un documento.

La última dictadura cívico-militar dejó una fuerte impronta en la literatura argentina. En este libro, la selección del período comienza con “Descansar en paz”, un cuento publicado por Bernardo Kordon en 1984, cuando la recuperación democrática daba un nuevo impulso al reclamo por las violaciones a los derechos humanos. Fue uno de los primeros textos dedicados a la temática de los desaparecidos, en una ficción basada en un episodio real, el que sufrió Elena Belmont, una de las integrantes de las Madres de la Plaza 25 de Mayo de Rosario.

Eduardo Sguiglia, en “Operación Gaviota” (de su novela Los cuerpos y las sombras), vuelve sobre un episodio poco conocido en la historia de las organizaciones armadas: los planes del Ejército Revolucionario del Pueblo para atentar contra el dictador Jorge Videla. La ficción pone en escena a dos antiguos militantes, y a través de su conversación las cuestiones y los debates pendientes en el pasado, la valoración de las víctimas y de los sobrevivientes, la comprensión histórica de la lucha armada. “Yo me pregunto si ahora, después de tanto tiempo, vale la pena saber o discutir lo que ocurrió en aquellas circunstancias”, dice uno de los personajes, pero los interrogantes y los aspectos aun no resueltos son más fuertes que las dudas.

En “Siluetas”, Eugenia Almeida toma como personaje a un policía de la sección criminalística, encargado de trabajar en lo que habitualmente se conoce como escena del crimen. Aislado de las circunstancias concretas de las muertes de que le toca ocuparse, el protagonista se vuelve tan fantasmal como las propias siluetas que traza y cuya deliberada indeterminación refiere a la violencia policial en sentido amplio. “María de la güerra”, de Paz Georgiadis, presenta otro efecto de la represión de los años 70, el del exilio de los militantes políticos. El relato cuenta al modo de un diario personal el viaje de una madre con su pequeña hija a Europa poco después de la desaparición del padre; los hechos son narrados a través de la perspectiva de la niña, por lo que los sucesos históricos ingresan de modo lateral, a través de pocas y significativas menciones, que cargan de extrañeza el detalle de la vida cotidiana en el nuevo lugar. Las experiencias políticas de los años 70 tienen una visión crítica en el personaje de “El grito”, de Florencia Abbate, en contraposición al militante que trata de promover acciones en medio de la represión de diciembre de 2001 y la caída del presidente Fernando De la Rúa. El relato registra la convulsión de aquellos días y a la vez apunta a iluminar el período menemista y a reflexionar sobre el funcionamiento de la clase dirigente: “estaba muy equivocado en subestimar a los poderosos que en la última década habían logrado cosas bastante notables: corromper a la gente sin que nadie notase cuán mezquino y miserable se volvía, ahogar la ya escasa bondad del ciudadano en la avidez de placeres egoístas, y construirle la ilusión de que Argentina gozaba mundialmente de un lustre que, en realidad, no tiene en absoluto”, dice el narrador.

La guerra de Malvinas es el tema de “Niebla”, de Marcelo Britos, centrada en principio en un grupo de soldados argentinos en la inminencia de la batalla y que sobre el final se ubica sorpresivamente del otro lado de la línea de fuego, y también de “Clase 63”, de Pablo De Santis, en torno a dos amigos que hacen el servicio militar cuando se declara el conflicto. Los peluqueros que aparecen en el principio proporcionan una clave del cuento: “Luigi no hablaba nunca, excepto cuando decía su frase de cabecera. Gramaticalmente eran tres frases, pero podemos considerarla solo una. Todos los pequeños problemas y preocupaciones de los clientes quedaban aplastados por esa sentencia. ¿Quién se hubiera atrevido a discutirle? La charla interminable de Alberto nos hablaba de los pequeños placeres y percances que hacen nuestra vida. La frase única de Luigi nos recordaba el feroz peso de la Historia. Había que escuchar a uno y a otro para tener una mirada equilibrada sobre el significado de las cosas”. Ese tipo de atención, el contrapeso de lo grande y lo pequeño, definen quizá lo particular del saber literario, aquello que la ficción puede aportar para acercar y comprender mejor los hechos del pasado.



Osvaldo Aguirre


viernes, 1 de junio de 2018

La errancia del peregrino






Nos encontramos una vez por semana, en una casa antigua cerca del río. Nos encontramos para leer y compartir lo que nos sucede antes, durante y después: cierto azar o cierta consecuencia de querer estar, juntos, contrarrestando  los mandatos de un mundo cada vez más feroz.

Lo llamamos “taller de lectura”. Y aunque leemos textos, leemos también  una trama que se nos abre frente a los ojos. Sin quererlo, sin buscarlo, uno se revela ante sí (por lo que lee o por lo que siente con lo que lee), uno se revela ante  otros, uno se va deshaciendo de esa capa de sinsentido que nos cubre.

Y a veces leemos cosas que no son, necesariamente, textos. Y abandonamos por un rato la vieja casona y nos vamos a dar vueltas, a buscar algo más, a asomarnos a algunas ventanas.

Es sábado a la mañana. En el Museo de Fotografía Palacio Dionisi nos espera Rodrigo Fierro. La propuesta es compartir con nosotros su muestra “Contexto para la exhibición de un proyecto”, una suerte de pase libre al ojo del ciclón, ese vórtice del cual van surgiendo las cosas –bellas, conmovedoras– que Rodrigo sabe hacer  brotar.

La propuesta es ir a un museo y ver una exposición acompañados por el artista. Pero aquí, hay que decirlo, lo nodal es que se trata de Rodrigo Fierro. Ese hombre  alto y flaco que siempre me hace pensar en un árbol mecido por el viento. Lo miro,  ahora, mientras habla con la gente. Y veo, perfectamente, al chico de diecisiete años que era cuando lo conocí. 


Relatos de viaje

Fierro rompe la idea de muestra: ha convertido ese espacio en una zona que propicia el encuentro. Ahí convoca, ahí espera, ahí recibe. Ahí llegamos nosotros, unas veinte personas con ánimo de leer. 

Fierro inaugura esta nueva sala del Museo –una habitación pequeña, un espacio donde la luz se deja caer de un modo que conmueve¬–. Mientras habla, el sol le da en la cara. Me doy el lujo de quedarme mirando a los que están ahí. Disfrutando de ver cómo entran en el relato, cómo se dejan llevar. Aún hoy, una de las cosas que más me conmueven es presenciar un encuentro. Y mucho más si los involucrados son personas importantes para mí. Y este es el caso.  

En la muestra hay una enorme y hermosa colección de huellas. Papeles, objetos, cajas, dibujos. Huellas. Huellas que alguien deja en el mundo. ¿Qué huellas hemos dejado nosotros? ¿Qué fue trasformado a partir de nuestra presencia? Ese es el tipo de preguntas a los que uno se enfrenta después de pasar un rato con  Fierro. Y ese preguntarse puede ser un regalo liberador o un destello, de frente, en una ruta abandonada.

Entre las cosas que Rodrigo tiene en esa sala, están sus bitácoras. Así las llama. Cuadernos en los que escribió, en los que pegó fotografías, en los que bocetó aquello que luego surgiría. “Bitácora” era el nombre de un pequeño mueble donde el capitán de un barco guardaba todos los papeles relacionados con el registro del viaje. Bitácora: diarios de viaje. 

Fierro es un viajero, alguien que sabe que la única posibilidad es el movimiento, y que, aún en absoluta quietud, hay partes nuestras que se mueven. Esa palabra, para él, es central: “viaje”. Viene pensando y haciendo en torno a eso. Recorre el Río Bermejo. Se va para Cerro Colorado. Le gusta asomarse a caminos que lo llevan a ningún lado. ¿Adónde podría llevarnos un camino más que a nosotros mismos? Parece, a veces, que no hay otro destino posible.  

Puede resultar curioso que alguien cuyo hacer artístico es fijar imágenes –detener lo que no puede ser detenido en el ojo humano–, esté tan atravesado por la idea del viaje. Pero esas son las palabras que usaría para hablar de Fierro: el viajero. O mejor aún: el que viaja. Ahora mientras escribo, me acuerdo de una frase de Michel Foucault. Me pongo a buscarla. Me sonrío: Rodrigo vuelve  a hacer lo mismo que ha hecho siempre: abre caminos, te lleva, te impele a buscar, a ir ¿hasta dónde? Hasta donde te lleve tu alma. Cada uno sabrá –o descubrirá–  la distancia que le cabe en los huesos. Sonrío. Sí. 

Encuentro la frase: “Está prisionero en medio de la más libre y abierta de las rutas: está sólidamente encadenado a la encrucijada infinita. Es el Pasajero por excelencia, o sea, el prisionero del viaje.” 

Algo de esa cita me ha hecho pensar en Fierro pero ahora que la recupero veo que no, que él es, más bien, el habitante del viaje. O como lo llamo a veces –sin que él lo sepa–: el peregrino.


Andando se acomoda

Dicen que el mayor tesoro es un amigo. Fierro es uno de ellos. Esas personas que equilibran la balanza cuando el desasosiego nubla el ojo. 

Nos veíamos seguido hace unos treinta años. Después ya no nos vimos. Y hemos vuelto a encontrarnos hace poco. Sigue siendo el mismo chico con el que hablábamos horas de Simenon y sus historias policiales. Compartíamos ese placer. Ahora encontramos otras cosas en común. Por ejemplo: los diccionarios y sus definiciones. Quizás por eso me he puesto a buscar esa palabra. Y dice: “Peregrino. (Del latin, peregrinus, extranjero). Que viaja por tierras extrañas // Dícese de las aves pasajeras // Fig. Extraño, singular”.

Y eso es: el personaje singular que, como un ave pasajera, consciente de su condición, viaja por tierras extrañas. Y pone la mirada en juego.

Fierro convoca palabras que abren camino. El baqueano, le diría uno. Pero incluso el baqueano en tierra desconocida. Quizás porque sabe que el mapa es sólo el amuleto contra lo inesperado, un amuleto que desaparece en cuanto uno pisa el territorio. Un baqueano que sabe que no sabe. Y que no siente miedo por eso sino, más bien, la inquieta alegría de un niño.  

Todo lo que Fierro nos cuenta en este encuentro –primero en la sala, después en el hall del Museo, nosotros sentados en sillas o sobre los escalones de la enorme escalera, nosotros partícipes de una ceremonia única e irrepetible–, todo lo que nos cuenta podría hilarse en algunas palabras clave: intuición, confianza, deriva, errancia. Hay algo en el vagabundeo, en el andar sin plan, algo que permite que las cosas digan lo que tienen para decir. Hay un cierto silencio, una generosidad en la mirada que permite que las cosas se muestren. No es un manifiesto de artista, es un modo de ser y estar. Hace unas semanas, cuando le hablé de un viaje que necesitaba hacer, Fierro se sonrió y soltó esa vieja frase del refranero popular: “andando, en el carro, se acomodan los melones”. Nos reímos, en el umbral de esa vieja casona cerca del río. Y cuando lo vi subirse a su bicicleta pensé que andar cerca de Rodrigo es siempre pisar un umbral que nos recuerda el lado amable del mundo.

Podría decir, además, que en noviembre Fierro va a presentar una exposición en el Museo Evita. Podría decir que está preparando un libro que habla de la mirada en viaje. Podría darles coordenadas. Pero mi forma de señalar un lugar luminoso en un territorio devastado es, hoy, la breve crónica de cómo Rodrigo Fierro nos recibió, nos cobijó, compartió con nosotros su hacer, permitió que nos acercáramos a sus preguntas, nos escuchó, nos hizo confidencias, nos dio, nos agradeció. Atención a las palabras: recibir, cobijar, compartir, hacer, permitir, acercar, preguntar, escuchar, dar, agradecer. Todo eso pasó una mañana de sábado en un rincón de la ciudad. No es poco. Y es bueno recordar que no es poco. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días contados - La Voz del Interior
12/08/2017

Ilustración: Juan Delfini