miércoles, 22 de marzo de 2017

El azul de las abejas - Laura Alcoba




Descubrimientos 

Tiene ocho años y vive con sus abuelos. Su padre está preso en una cárcel de La Plata. Es 1976, su madre acaba de exiliarse en Francia y la está esperando. Comienza a estudiar francés como una forma de anticiparse a lo que vendrá. Cada quince días visita a su padre en la prisión y hace con él un pacto: cuando ella esté en Francia leerán los mismos libros y se escribirán una carta por semana. El viaje se demora. Cuando finalmente la niña parta, ya habrá cumplido diez años. Del otro lado del océano la espera la extrañeza ante aquello que imaginó durante tanto tiempo.

Acostumbrados a relatos que hablan del exilio sólo desde la pérdida, solemos olvidar que también puede implicar un descubrimiento. Descubrir el lugar al que se llega y encontrar a la vez una nueva mirada para lo propio: el lugar del que se partió, lo que quedó atrás, lo que permanece en uno. En El azul de las abejas, la voz que suena es la de esa niña que va reconociendo su identidad entre lo presente y lo ausente. No se trata de polos opuestos, por el contrario: la conversación epistolar que mantiene con su padre es una hermosa manera de hacerle lugar a quien falta. 

Lo cotidiano va tejiendo una armonía particular, hecha de dificultades y desafíos. La niña va y viene del español al francés, del idioma al cuerpo, de lo que permanece a lo que cambia, de lo autentico a lo “casi verdadero”, del silencio a las palabras. Se construye a sí misma en esas cartas que intercambia con su padre, en los libros que leen juntos, en ese idioma ajeno que se presenta como una promesa, en el encuentro con los nuevos amigos, en la delicada inclinación hacia lo diferente. Y en ese vaivén descubre que sólo lo falso permanece inmutable, todo lo vivo cambia y se transforma, se convierte en otro sin dejar de ser el mismo.

El azul de las abejas aborda temas complejos: el desarraigo, las separaciones, la persecución política, el exilio, la clandestinidad, las ausencias, los descubrimientos, las pasiones, el lenguaje, la discriminación, los reconocimientos, la posibilidad de cambiar, la curiosidad y el deslumbramiento ante lo desconocido. Un libro lleno de belleza, donde la simplicidad oculta y devela una profundidad que no puede aparecer en las palabras sino en los silencios, en aquello que queda bordeado por lo que se dice. Como si entre las palabras  surgiera lo innombrable, lo que no encuentra modo de decirse y, sin embargo, es dicho. El libro es, también, una declaración de amor a la lengua francesa, ese idioma extraño que “deja caer sonidos y al mismo tiempo los retiene, como si en el fondo no estuviera muy seguro de querer liberarlos.”

¿Cómo se construye un lazo? ¿Qué modos del amor pueden crearse desde la ausencia? ¿Qué trae aprender una nueva lengua? ¿Qué gestos cotidianos convocan la memoria? Afortunadamente, la novela no responde estas preguntas. Las detona. Y ese es uno de los  méritos del último libro de Laura Alcoba. La historia de esta niña y su modo de maravillarse ante el mundo y sus detalles ponen al lector en estado de pregunta. Lo invitan a suspender la costumbre de dar una sola respuesta a lo que sucede. 

En un momento la niña dice que para poder hablar bien en francés “hay que hacerles creer a los labios que uno dirá una cosa y de pronto decir otra.” Quizás en esa frase esté la mejor forma de explicar cómo esta novela expone la luminosa potencia de lo sencillo. 

En 2008 Laura Alcoba se hizo conocida en Argentina por la publicación de La casa de los conejos. Escrito originalmente en francés y traducido al español por Leonardo Brizuela, el libro tuvo una gran repercusión y se convirtió en un título insoslayable a la hora de hablar de la literatura que aborda la última dictadura militar. El azul de las abejas puede pensarse como la continuación cronológica de aquella primera novela. Se trata de la misma niña. Pero el tono, el estilo y el abordaje son tan diferentes que uno tiene la tentación de hablar de obras hermanadas más que de una continuación. Ambas historias tienen un sustrato biográfico: lo que allí se cuenta es parte de lo que vivió Alcoba durante su infancia. Sin embargo, no se trata de literatura testimonial. No hay aquí la intención de dar cuenta de una verdad sino la voluntad de crear una obra de ficción.  

Laura Alcoba es un caso particular: tanto Francia como Argentina la consideran una escritora nacional. Tal vez sea esta doble pertenencia la que le permite construir una obra que va más allá de las dicotomías y propone nuevas miradas.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




sábado, 18 de marzo de 2017

Corboland78 (Babelio): Comentario sobre la versión francesa de "El colectivo"



Le temps : 1977. Le lieu : un petit village argentin, « torturé alternativement par des inondations et des tempêtes de poussière et de sable », coupé en deux par la voie du chemin de fer qui en sépare les classes sociales. Les acteurs : Ponce, un avocat, Marta, sa femme, Victoria, sa sœur venue passer quelques jours avec eux ; Ruben, le patron de l’hôtel du village, le commissaire de police et deux ou trois autres personnages. Le pitch : Depuis trois soirs, l’autobus qui mène à la ville, traverse le village à toute vitesse sans s’arrêter, laissant Victoria en rade alors qu’elle voudrait rentrer chez elle. 

Roman très court, une novella, L’Autobus est une très subtile évocation de l’Argentine durant la période trouble débutée en mars 1976 quand un coup d'Etat dirigé par une junte de militaires (Jorge Videla) renverse Isabel, la troisième femme de Perón, ancienne vice-président de son époux, et sa veuve depuis 1974. Toute la finesse en réside dans le non-dit, aucun nom propre ni référence explicite à des dirigeants ou des faits précis, mais par petites touches comme le ferait un peintre impressionniste, un climat s’instaure, de la surprise à l’inquiétude. 

Pourquoi ce bus ne s’arrête pas ? Pourquoi la barrière du passage à niveau est-elle condamnée à rester baissée ? Et ce wagon qui bloque le passage du train ? Qui est ce couple, résidant à l’hôtel et qui veut lui aussi partir du village, un couple adultère disent les commères… Petit à petit des rumeurs ou des informations non vérifiées remontent, un homme et une femme seraient recherchés par l’armée mais déjà la peur s’est abattue sur tous, même le commissaire ne pose pas de questions, il ne fait qu’obéir aux ordres sibyllins de ses supérieurs, « Le silence, c’est la santé ». La réalité de la dictature militaire atteint le fin fond des campagnes. 

Il y a aussi le personnage central de Ponce, respectable en apparence, bonnes études et brillant avocat mais qui par dépit et rigidité morale épousera Marta, avant de la condamner à expier sa propre erreur en l’envoyant croupir dans ce bled perdu. Effroyable comportement macho auquel la malheureuse ne pourra survivre qu’en perdant partiellement la raison, seule arme à sa disposition. Ce ponce qui ressentira l’humiliation quand malgré ses grands gestes pour l’arrêter, le bus le frôle à tombeau ouvert, au vu de tout le village, symbole d’une autorité bafouée. 

Un bien bon roman.






martes, 14 de marzo de 2017

Villa del Parque / Jorge Consiglio



¿Quién es ese que escribe como si fuera detallando las oscuras maravillas que rugen en el mundo? ¿Quién es ese que va buscando las minucias de los días? Migas de algo que sabemos enorme pero que se manifiesta ahí, en los pequeños rincones de la experiencia. ¿Quién es ese que cuando escribe nos recuerda que cada ínfimo movimiento construye o destruye realidades?

La voz de Jorge Consiglio avanza haciendo lo que pueden parecer mínimas proezas pero luego se revelarán como huracanes, tsunamis, terremotos que sacuden aquello que dábamos por establecido. Y lo hace como un monje zen: su habilidad le permite pasar como una sombra que sólo se detecta cuando ya ha hecho su trabajo.

Una mujer lee un informe científico en un bar de una ruta mientras el ruido del tráfico se transforma en un mantra. Un hombre se recupera de su convalecencia y descubre “un debilitamiento de las cosas”. Una niña confiesa “tenerse miedo”. Dos mujeres se dejan ir en “esa grata pesadez de la siesta”. Una lluvia altera “la lógica del espacio”. Alguien usa “las obras de Chejov como si fueran los hexagramas del I Ching”. En cada uno de los siete cuentos de Villa del Parque hay una mirada que se apoya en las personas con una sensibilidad especial, con una firmeza tenue: la de quien acepta lo terrible y lo frágil de nuestra especie.

Jorge Consiglio es, además de narrador, poeta. Narra pero también dice cosas como “imito a las plantas en eso de crear el mundo”. Y uno debe hacer una pausa porque algo nos ha cegado, detenidos en un camino que se ha iluminado bajo un relámpago inesperado.
En uno de los cuentos, alguien dice “me gusta pensar que hay vínculos misteriosos entre las cosas de la vida. Cualquier acto, por razones que ignoro, puede asociarse con cualquier otro”. Esa es la sensación que recorre todo el libro.

Hay algo de oriental en la minuciosidad de la paciencia y la belleza que Consiglio pone en juego en sus relatos. Algo que es imposible poner en palabras y que, por eso, sólo puede revelarse en el fuego del entusiasmo. Lean Villa del Parque. Déjense tomar por eso que está allí, entre las letras, entre una escena y otra, eso que se abre como una puerta. Entren. Van a encontrar algo tan sencillo como una colección de cuentos. Pero también algo infinito, poderoso: una forma  singular de experimentar el mundo.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero




viernes, 10 de marzo de 2017

Sophronie (Babelio): Comentario sobre la versión francesa de "El colectivo"




L'autobus de Eugenia Almeida




"Un roman où l'on se croirait dans un western, à attendre de savoir qui va dégainer en premier, ou qui va déclencher les hostilités. Très théâtral aussi. Des phrases courtes qui distillent l'action. Une fresque où chacun tient son rôle sans savoir pourquoi, ni oser sortir du rang. Car dans ce petit village retiré d'argentine, loin du régime de terreur politique qui règne en ville, la chasse aux "insurgés" arrive quand même. Les habitants en sont témoin de loin, sans rien y comprendre."






domingo, 5 de marzo de 2017

"Dame Letra": un año en el aire




El equipo de "Dame Letra" celebra su primer año. 
Estamos felices y muy agradecidos por tantas muestras de afecto. Gracias por la compañía.


Un agradecimiento muy especial a los que pasaron por nuestro estudio o, de alguna manera, hicieron posible este año de lecturas compartidas: 

Hernán Ronsino, Juan Forn, Gabriela Halac, Lilia Lardone, María Teresa Andruetto, Cristina Bajo, Perla Suez, Eloísa Oliva, María Negroni, Sandra Comino, Magela Baudoin, Nelson Specchia, Natalia Viñes, Carlos Schilling, Laura López Morales, David Voloj, Fernanda Pérez, Miguel Russo, César Barraco, Celeste Aichino, Jorge Consiglio, Christian Kupchik, Ariel Ingas, Gabriela Adamo, Esther Cross, Perla Suez, Ana Cacopardo, Paula Mónaco Felipe, Ana Prada, Pata Kramer, Stella Galazzi, Fernando López, Javier Mattio, Revista La Balandra, Alejandra Laurencich, Maumy Gonzalez, Barbara Couto, Agustín Minatti, Rosa López, Natalia Monasterolo, Marina R. Pérez, Marcelo Casarín, Virginia Rozza, Emiliano Fessia, Pate Palero, Daniela Spósito, Lepka, Fanue, Javier Folco, Karina Fraccarolli, Carlos Gazzera, Juan José Gorasurreta,  Librería del Palacio, Editorial Leteo, Riverside Agency, Anagrama, Edhasa, La Brujita de Papel, Ediciones Documenta / Escénicas, Editorial Comunicarte, Eduvim, Editorial Planeta, Tusquets,  Editorial Limonero, Babilonia Literaria, Penguin Random House, Sebastián Lidijover, Victoria Cotino, Gloria Rodrigué, Alberto Mateu, Paola Lucantis, Magdalena da Porta, Cecilia Sánchez, Ediciones de la Terraza, Rubén Libros, Librería Universitaria, Filba.





Hacemos "Dame Letra": 

Eugenia Almeida (Conducción y producción) 
 Cecilia Cortés (producción y musicalización)

Nuestras columnistas de LIJ: Florencia Ortiz y Valeria Daveloza.

Gracias especiales a los operadores, locutores y colegas de Radio Universidad que nos han acompañado este año. 




sábado, 4 de marzo de 2017

La dictadura ilustrada / Carlos Sampayo




Artistas, locos y criminales

La dictadura ilustrada, el nuevo libro de Carlos Sampayo, ofrece una trama de trece cuentos que tejen una constelación de historias enlazadas. Un taller mecánico donde se trabaja y se conversa; un paquete olvidado en un viejo colectivo; un avión sin paracaídas; cerdos “enfermos de tristeza”; una ferretería, una óptica y una farmacia convertidas en “territorio de caza”; una luz cegadora; la tortura en los calabozos de la policía; los militares tomando la ciudad mientras dos boxeadores pelean. 

Un espía industrial; un antiguo afinador de pianos; un marido que persigue a su esposa; un hombre misterioso que aparece en una serie de fotografías; un desertor convertido en sereno; una artista que relaciona color y tonalidad para pintar la música; un expatriado acusado de colaboracionista; alguien que cuenta baldosas o balcones en su recorrido; dos amigas tomando el té antes de visitar a un contrabandista. Una larga troupe de protagonistas que vienen marcados por el pasado y destinados a un futuro que se anticipa oscuro en los signos del presente. 

En los cuentos de Carlos Sampayo la Historia no aparece como tema directo sino como parte de las vidas de los personajes. Lo que sucede a nivel social se funde con lo que pasa a nivel íntimo. En estos relatos surgen –suavemente– referencias históricas a hechos fundamentales: el fusilamiento de dos anarquistas italianos, el ascenso de Hitler, el fin de la Guerra Civil Española, el Genocidio Armenio, el bombardeo de Plaza de Mayo. Aparece la violencia política, la complejidad de la experiencia humana y, fundamentalmente, el pasado y su herencia oscura o luminosa. 

Quizás “Imagen de fondo” (el cuento sobre “un hombre con una sombra que no era la suya”) ofrezca una clave de lectura de todo el libro: los protagonistas de cada historia pueden reaparecer (como comparsas, como detalles, como recuerdos, como promesas) en otros relatos. Como si esta colección de cuentos fuera un enorme edificio en el que los pensionistas salen de un cuarto para entrar a otro. Se construye así una red similar a la que dibujamos cada día cruzando nuestras vidas. Y esa red, en manos de Sampayo, se convierte en un trabajo de orfebrería que emparenta La dictadura ilustrada con otro magnífico libro de cuentos: Últimos fuegos, de la chilena Alejandra Costamagna. 

El autor sabe hablar en imágenes. Quizás una herencia de su largo trabajo como guionista de novelas gráficas. En la contratapa, Marcelo Cohen anuncia: “Piedad, risa, furia, clasicismo y delirio: bienvenidos al gabinete de Carlos Sampayo. Prepárense para emociones infrecuentes.” Y esa última palabra es la que permanece. Porque la escritura de Sampayo siempre produce algo del orden de lo infrecuente. 


Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Número Cero





martes, 28 de febrero de 2017

BMR & MAM: Comentario sobre la vesión francesa de "El colectivo"

 

 En regardant passer les trains

Un livre étrange venu d'Argentine.
L'autobus de Eugenia Almeida.

Dans un petit village perdu loin de Buenos Aires, l'autobus qui habituellement dessert le village tous les soirs ne s'arrête plus ... un soir, le lendemain, trois soirs ...
Le passage à niveau reste fermé et le train ne passe plus ...
Que se passe-t-il donc ?
En fait peu importe, l'essentiel est dans les répercussions de ces évènements d'apparence anodins sur les comportements des habitants.
Ces perturbations du train-train (ah !) forcent les langues à se délier, les secrets à se dévoiler, tout doucement, peu à peu.
Dans une ambiance proche du Rapport de Brodeck même si le contexte est tout différent.

[...] - Tu as vu que cela fait deux soirs que l'autobus ne s'arrête pas ?
Les hommes s'attardent au bar, à un coin de rue où ils fument une cigarette, à la sortie de l'usine, de la coopérative. Tous disent la même chose.
- Tu as vu que cela fait deux soirs que l'autobus ne s'arrête pas ?
La chose parvient jusqu'à l'école. Les élèves du cours moyen discutent, étendus par terre sur le petit terrain de sport.
- Mon père dit que l'autobus ne s'arrêtera plus jamais.
- Il faudra bien qu'il s'arrête quand il n'aura plus d'essence.
- Mais non, idiot, c'est dans le village qu'il ne s'arrêtera plus jamais.
- Et alors ? De toute façon, nous on ne va jamais nulle part.


Dans ce village où la voie de chemin de fer sépare les nantis des autres, dans ce pays où se succèdent les régimes militaires, la lâcheté des uns fait écho à l'aveuglement des autres.
Finalement, l'Argentine n'est peut-être pas si loin du pays de Brodeck ...




viernes, 24 de febrero de 2017

Entrevista de Rogelio Demarchi (Ciudad X)






“Me gusta el policial que indaga 
el momento en que alguien 
se asoma a un abismo”


Por Rogelio Demarchi


En pleno centro de la ciudad, a la entrada de un bar, una mujer joven le apunta a un hombre algo mayor con una pistola. Él primero la mira, y luego comienza a caminar, tranquilo, dándole la espalda. Ella dispara, pero no le dispara a él, sino que invierte la dirección del arma y se suicida. Esa es la escena que está detrás de la noticia que un periodista deberá cubrir por orden de su jefe, y es el comienzo de La tensión en el umbral (Edhasa), la nueva novela de la cordobesa Eugenia Almeida.

Son muchos los policiales que tienen a un periodista en el papel del investigador. Y en cada caso, el devenir de la historia depende de los motivos que lo llevan a involucrarse hasta poner en riesgo, por lo general, su propia vida. Aquí, a Guyot no le interesa eso que llamamos verdad, tampoco pretende hacer justicia; él quiere comprender por qué una mujer decide suicidarse en esas circunstancias. Y como todo suicidio, una vez que se establece como causa de muerte, no es investigado por la Policía ni por un juez, él cree que no molestará a nadie si trata de seguir las huellas que esa mujer ha dejado sobre lo que hizo en los días previos. Obvio: no sabe que se equivoca, y mucho.

–Tus novelas anteriores no hacían prever que escribirías un policial, y sin embargo lo hiciste. ¿Cómo se fue gestando la decisión?

–Apareció con la historia. No había previsto escribir un policial pero, en algún momento, el género se impuso. Y yo me dejé llevar. Lo que más me gusta de escribir es, justamente, no tener planes, andar un poco a la deriva y dejar que las cosas decanten solas.

–¿Cuál es tu relación con el género? ¿Lo leés mucho, poquito, nada? 

–Mi relación con el género es el de una lectora ferviente. Posiblemente es el género que más me gusta. No el policial negro norteamericano, sino un policial algo descentrado. Diría la palabra “psicológico”, pero no es eso justamente. Me refiero al tipo de policial en el que uno ya sabe lo que ha pasado. Y aun así sigue leyendo, atrapado por la necesidad de entender el “cómo”. No en el sentido de una metodología del crimen, sino el “cómo” una persona ha llegado a un punto límite. 

–¿Qué autores te interesan, y por qué?

–Los policiales que me gustan son los que indagan eso: el momento en el que alguien se asoma a un abismo. Mi autor preferido es Georges Simenon. Él era un maestro en hablar de cómo pequeños cambios a veces se convierten en una avalancha que lo arrasa todo. En esa línea hay también algunas novelas de Ruth Rendell. Un juicio de piedra, por ejemplo. O Me parecía un demonio. Son libros de una potencia deslumbrante. La llave maestra, de Masako Togawa, también es una novela que me impactó mucho. Pero siempre vuelvo a Simenon, que es inagotable.


Escribir con los ojos

–Algo que llama la atención es que tratás de esquivar los puntos clave del policial, como la descripción meticulosa del ambiente urbano, los sucesivos pasos de una investigación, sus deducciones, las trampillas en las que suelen caer quienes la llevan adelante...

–No trabajo con una programática, así que no puedo jactarme de haber logrado algo. Salió así. Lo que escribo es lo que voy “viendo”, lo que se me va apareciendo ante los ojos. Y trato de describirlo con el mayor detalle. La investigación en sí, me parece, no es tan central como para ir desgranándola en pasos o etapas. Si bien hay un enigma que sólo se resuelve al final (o al menos yo espero que sólo se resuelva al final), lo que más me importaba era hablar de estos personajes llevados al límite.

–Hay mucha escena “visual”, como si fuese una película, pero el lector lee y no hay por lo general una voz narrativa que contextualice. Tu lector entiende y relaciona “después de” leer, no “mientras” está leyendo, lo que implica un juego narrativo que agrega cierta tensión.

–Sí, es posible que eso que decís agregue algo más de tensión. Quizás porque me gusta transitar eso como lectora fue que me salió así a la hora de escribir. Pero debo decir que mi trabajo de escritura se parece mucho a leer. Tampoco yo sé qué va a pasar, tampoco yo entiendo del todo las puertas que se abren o se cierran, y también yo descubro después (después de escribir) qué es lo que realmente se jugaba en las sombras. Por supuesto, este tipo de trabajo requiere muchísima corrección a posteriori. Pulido, digamos. Sacar todo aquello que se convierte en superfluo (una vez comprendido lo que realmente pasa).

–¿Y ese método no te pone, de nuevo, a cierta distancia del policial? Porque el género, de múltiples maneras, obliga a que el escritor sepa de antemano qué va a pasar y juegue entonces con esas ambivalencias que sólo al final aclararán su verdadero valor.

–Quizás sí, no lo sé. Quizás no. No estoy tan segura de que el género exija que el escritor sepa de antemano qué va a pasar. Lo que sí sé es que, si uno no lo sabe, después tiene que trabajar como una hormiga laboriosa, tensando los hilos que se cruzan hasta llevarlos a un punto determinado. Hubo momentos en que estaba desesperada, sin la menor idea de cómo iba a seguir esa historia. Perdida. Con la sensación de que era mejor dejarla así, como estaba, sin terminar. Y de repente, unos días después, algo se iluminaba. Una idea que llegaba justo antes de dormir, algo que soñaba, una frase oída al pasar y la cosa se encaminaba de nuevo. Supongo que sería mucho más eficiente y productivo saber bien cómo va a ser toda la historia. Pero si lo supiera, seguramente no la escribiría. ¿Qué sentido tendría pasarme años frente a una historia que ya conozco? El impulso para poder seguir escribiendo viene justamente de ese no saber.

–Hay algo que es muy de la novela negra de este tiempo, y es que en la resolución del crimen se descubre una tenebrosa trama política. Entonces, en algún sentido, uno puede decir que no escribiste una novela negra sino una novela política.

–Creo que sí. Para mí es una novela profundamente política, en el sentido en que todos nuestros actos tienen una carga política. Y lo que decimos o callamos va construyendo el mundo. Al mismo tiempo, me interesa cómo algunos gestos que siempre se han visto como algo de la órbita de lo privado (como un suicidio) pueden responder, también, al orden de lo público. Cuando digo que “todo es político” me refiero a que no estamos solos. Aun si uno decide no volver a salir nunca de su casa, aun así, sigue formando parte de una comunidad.





miércoles, 22 de febrero de 2017

Los subterráneos - Jack Kerouac







Leo Percepied está en San Francisco, rodeado de escritores que viven una fiesta continua de drogas, música y alcohol. Acaba de conocer a Mardou. Los subterráneos es la historia que vivirán juntos: una detallada bitácora de desencuentros y desamor que transcurre en pequeños cuartos, en la puerta de bares donde se toca jazz, en autos que van de un lugar a otro. Suena allí una voz que siempre se refiere a sí misma y que concibe ese amor como “ser seguido a todas partes por un perro bonito y conveniente”. Vendrá un largo recuento de las desatenciones, las crueldades, las violencias, las mezquindades que tiene Leo con Mardou. 

Marihuana, morfina, alcohol. El ser escritor como definición primordial de una persona. El movimiento de la manada. Vagabundos aturdidos que dan vueltas sobre sí mismos. Megalomanía y autocompasión. Los relatos que cada uno monta para convencer a los demás de que es de cierta manera. 

Los subterráneos es un libro para los amantes de la literatura autorreferencial, aquella que juega en los terrenos de la ficción a establecer guiños con la vida real. La historia es autobiográfica y en el relato aparecen –convertidos en personajes, y bajo otros nombres–: William Burroughs, Allen Ginsberg y Gore Vidal, entre otros.

Jack Kerouac es uno de los autores fundamentales de la Generación Beat. Pasó gran parte de su vida viajando. Su obra más conocida es En el camino, adaptada al cine por Walter Salles. La leyenda dice que Los subterráneos fue escrita en tres días. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



sábado, 18 de febrero de 2017

Un juego para toda la familia - Sophie Hannah



La máquina de fabricar historias



Justine Merrison ha dejado su trabajo y la ciudad en la que vivía. En plena mudanza, pasa frente a una casa que le provoca algo inexplicable. Una casa desconocida, en el número 8 de Panama Row. ¿De dónde viene la certeza de que pronto vivirá ahí y que ese lugar será su refugio?  



Cuatro meses después Justine descubre en uno de los cuadernos de su hija adolescente un relato en el que se describe detalladamente un crimen. Se alerta, se pone en guardia. ¿Por qué Ellen ha escrito algo tan truculento? ¿Por qué ha situado esa historia en su propia casa? Dos niños de trece años: una asesina y su víctima. 

El manuscrito irrumpe en la novela como una nueva voz. Lo que se narra es terrible pero el registro cruza horror y humor negro de un modo que tensa y alivia a la vez.

Convencida de que a Ellen le pasa algo, Justine indaga hasta que su hija le cuenta que su mejor amigo ha sido expulsado de la escuela por un malentendido. La madre decide ir a pedir explicaciones y allí se encuentra con una maraña de mentiras. ¿Qué está pasando? ¿Cuál es el secreto que todos parecen compartir? ¿Y quién es la mujer que amenaza a Justine por teléfono?

Como una caja china que siempre tiene algo más para revelar, Un juego para toda la familia pivotea sobre un ley omnipresente en toda historia de suspenso: “No hay ningún peligro mayor que el de no saber exactamente a qué o a quién te enfrentas.”

De algún modo, el nuevo libro de Sophie Hannah dialoga con otro de los thrillers destacados de este año: Observada, de Renée Knight, publicado en la colección Salamandra Black. Ambas novelas se ocupan de los complejos lazos entre mentira, ficción, interpretación y realidad. Como dice uno de los personajes de Hannah: “las mentiras pueden crear hechos, y también las ficciones”.

Sophie Hannah nació en Inglaterra en 1971. Hija del académico marxista Norman Geras, comenzó su carrera literaria como poeta. Ya era una escritora conocida cuando supo que la familia de Agatha Christie estaba buscando a alguien que pudiera escribir una nueva novela protagonizada por Poirot, uno de los personajes insignias de la “dama del crimen”. Hannah hizo un boceto, anotó algunas ideas, se reunió con los herederos y llegó a un acuerdo. Así nació, en 2014,Los crímenes del monograma. A partir del éxito de aquel libro, comienzan a llegar a nuestro país otras obras de la escritora inglesa. Un juego para toda la familia es su última novela.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X






jueves, 16 de febrero de 2017

Literatura negra hispano-americana: El luminoso grito de la desesperanza


Por Néstor Ponce




Un repaso de lo más relevante de la novela policial en nuestro idioma.

El escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán, creador del célebre detective Pepe Carvalho, solía decir que la novela policial era el último refugio de la literatura realista. Y lo decía con un dejo de orgullo. Es cierto que luego de un período dominado por las prácticas formalistas y de vanguardia, los años 70 vieron aparecer un fenómeno particular, tanto en España como en los países latinoamericanos: la novela negra. El argentino Mempo Giardinelli, uno de los líderes de ese movimiento de renovación, entonces exiliado en México, decía entonces que, sin ponerse de acuerdo, autores de lengua hispana o portuguesa empezaron a escribir, en el mismo momento, el mismo tipo de literatura. ¿Cómo se puede explicar ese maremoto policial por razones tanto literarias como sociales? Por un lado, los narradores experimentaban la necesidad de quitarse las pelusas de la onda formalista y producir obras que se clavaran en la realidad; por el otro, las condiciones políticas habían cambiado profundamente con la irrupción trágica de dictaduras sangrientas, y su cohorte de persecuciones y censura. Muchos de estos escritores pioneros habían ejercido la profesión de periodistas, actividad sospechosa a los ojos de los censores. 

En los años 50 y 60, algunas publicaciones fueron antecedentes luminosos en este diálogo entre el periodismo y la ficción –un poco a la manera de Truman Capote en los Estados Unidos-: Operación masacre de Rodolfo Walsh en Argentina o Los albañiles de Vicente Leñero en México.

Volvamos a los años 70 y a la eclosión fértil de esta nueva producción. Hiber Conteris (Uruguay) publicaba en España una novela policial que se había aprendido de memoria -por falta de papel- en la prisión política de Libertad; Osvaldo Soriano (Argentina), radicado en Francia, dio a la luz en España sus novelas censuradas en Argentina; Mempo Giardinelli fue el primer extranjero que ganó el Premio Nacional de México con una novela que juega con los hilos del policial negro y el fantástico, Luna Caliente. Entre tanto, a miles de kilómetros, Paco Ignacio Taibo II (mexicano nacido en Gijón, Asturias, e hijo de republicanos exiliados), comenzaba la saga que tenía como protagonista a Héctor Belascorán Shayne -hijo de exiliados vascos e irlandeses., detective privado en el Distrito Federal de México, selva en la que dominaban la corrupción y la miseria. Tal vez encontremos en estos comentarios una explicación para entender la amplitud de la ola policial en estos últimos años: a partir de una estructura codificada, es decir un enigma, una pesquisa, una solución, que moviliza regularmente al mismo elenco de personajes (investigador, confidente, delincuente, víctimas, cómplices), los relatos despliegan un programa narrativo que permite comprender la situación social y política de los países de la región. Todo ello hecho con dinamismo, sin caer en el esquematismo y el panfleto. 

En Cuba, el género conoció también un desarrollo considerable en los años 70, pero en un contexto diferente. Bajo el control del Ministerio del Interior -que creó incluso un premio literario en 1972- y con la intervención de intelectuales reconocidos, como el poeta Luis Rogelio Nogueras o el narrador Guillermo Rodríguez Rivera, el relato policial se confunde con la novela de espionaje. En efecto, en un país socialista, en el que el pueblo ha tomado las riendas del poder y donde la delincuencia ya no existe, los delitos son cometidos por todos aquellos que se oponen a la Revolución. Una figura destaca en ese panorama algo pobre: Ignacio Cárdenas Acuña, quien encontró una fórmula original para salir del cuadro impuesto por las autoridades: situar sus aventuras en los años 50, lo que le permitía denunciar al imperialismo norteamericano y pintar un cuadro de la situación cubana de la época. Habrá que esperar la década del 90, como veremos más abajo, para que la situación cambie. En este punto, una nueva vez, los contextos literarios y políticos se entrelazan: la influencia de la producción policial de otros países hispanoamericanos y los cambios que intervienen en la isla luego de la caída del muro de Berlín. 

En todos estos casos, la influencia del hard-boiled norteamericano de los años 40 y 50 (en particular de Dashiell Hammett y Raymond Chandler), pero también del polar francés de Jean-Patrick Manchette o Thierry Jonquet desempeñaron un papel importante -al menos al comienzo- para la constitución del género en América Hispánica. Recordemos por ejemplo que Soriano era un cronista relevante de literatura policial y que su primera novela, Triste, solitario y final (1973) pone en el escenario a Chandler y a su detective icónico, Philip Marlowe. Tampoco hay que olvidar la influencia del cine de Hollywood de 1940-50, que llevó a la pantalla numerosas adaptaciones del policial. Uno de sus guionistas estrella era nada más ni nada menos que William Faulkner… En América Latina, también fueron -y rápidamente- adaptadas varias novelas del género: Luis Buñuel con Ensayo de un crimen (a partir de la novela homónima de Rodolfo Usigli) y Jorge Fons con Los albañiles.

La diversificación
A partir de los años 90 la novela negra supera las fronteras de Argentina y de México y se instala en la mayoría de los otros países de América Latina y del Caribe. Escritores provenientes de otros horizontes -como el mexicano Jorge Volpi con En busca de Klingsor, Ricardo Piglia en Argentina con su serie alrededor de Ricardo Renzi, o incluso el chileno Roberto Bolaño con Los detectives salvajes- transgreden el género e introducen elementos eruditos y meta-literarios. Sin embargo, la rama negra tradicional no ha perdido sus hojas. En Chile, a los primeros trabajos de Poli Délano se le agregan, entre otras, las novelas de Roberto Ampuero, de Luis Sepúlveda, de Bartolomé Leal, de Ramón Díaz Eterovic. Este último es el creador del detective privado Heredia, cuyo confidente es un gato que habla, un tal Simenon. Bartolomé Leal, por su lado, ha lanzado una saga cuya acción se ubica en Kenia -país en el que Leal residió varios años- y que presenta el universo contradictorio y violento de ese país. La crítica ha hablado, refiriéndose a su obra, de “novela etnológica”, es decir una literatura que revela el flujo identitario y cultural de una población a partir de la ficción.

En Uruguay, después Hiber Conteris -sin olvidar a Juan Carlos Onetti, autor de cuentos con una marcada influencia del género policial-, aparecieron Milton Fornaro y Mercedes Rosende (que dice que ella no eligió la novela negra sino, que, al contrario, fue el género negro el que la escogió a ella). En Colombia, Óscar Collazos, Gustavo Forero Quintero y Santiago Gamboa se apoyan en la estructura de la novela negra para trazar un panorama de la situación de violencia ligada a los grupos paramilitares y a los traficantes de droga, pero también a la represión estatal. En México, la narco-novela se ve, de la misma manera, atravesada por la narración policial, como se observa en las obras de Juan Hernández Luna y Elmer Mendoza; y de los “argen-mex” (argentinos residentes en México) Myriam Laurini, Roberto Bardini o Rolo Diez. Este último sitúa algunas de sus novelas “catastróficas” en Argentina, un territorio devastado por la corrupción de los dirigentes políticos, sindicales, la Policía y por los efectos del neoliberalismo. En Paraguay, en 1995, Andrés Colmán Gutiérrez publicó la primera novela policial de la historia del país: El último vuelo del pájaro campana, donde presenta con ironía la influencia del Brasil en la economía y la cultura de su país, la situación de los indígenas “globalizados” y la alianza de los militares con los traficantes de droga. En el Perú, luego de las incursiones de Mario Vargas Llosa en el género, con su personaje Lituma -relatos policiales andinos-, Diego Trelles Paz retoma la antorcha negra con Bioy, magnífica novela que prosigue la temática lanzada por el excandidato a la presidencia de su país, tratando el doloroso tema de los desastres provocados por la acción de Sendero Luminoso y por la represión salvaje del Estado. Por su lado, el panameño Osvaldo Reyes dio a conocer tres novelas negras, entre las que figura la reciente El efecto Maquiavelo, historia de un médico tenebroso que trabaja en un hospital de Ciudad de Panamá y cuyas presas son los pacientes. En Cuba, la renovación emerge de la pluma de Leonardo Padura y de Lorenzo Lunar. Padura es el creador de la saga del expolicía y actual vendedor de libros Mario Conde. En sus novelas, traza sin ambigüedades la situación de la isla a partir de los años 90, período clave luego de la caída del muro de Berlín. Lorenzo Lunar es el otro nombre importante del cambio. Escribe sobre su barrio en la ciudad de Santa Clara y cuenta los periplos de Leo Martín. Por fin, en Bolivia, el género comienza a cobrar importancia, como se constata con la irrupción de Gonzalo Lema, creador de la saga del expolicía y nuevo detective Santiago Blanco, o del narrador Wilmen Urrelo Zárate, autor de Fantasmas asesinos. Lema decía recientemente: “Bolivia es propicio para escribir cuentos y novelas policiales”.

Podríamos multiplicar los ejemplos que ilustran en nuestra época el vigor de la novela negra hispano-americana, así como la calidad de la producción. Que sirvan como muestra las numerosas traducciones en el mundo entero. Somos injustos, indudablemente, en la elección de los nombres citados, pero el espacio es avaro…

Quisiéramos terminar con dos comentarios. El primero se refiere al gran desarrollo del género negro en Argentina, fenómeno acompañado por la aparición de numerosas pequeñas editoriales, que tratan de luchar contra el monopolio de los imperios españoles, que compraron viejos sellos del país para imponer modelos comerciales, una literatura estándar tipo best-seller. En ese marco, cabe citar el aporte de autores que luego del regreso de la democracia en 1983 -y hasta la época actual- han contribuido a alimentar colecciones luego de la caída de la dictadura: Juan Sasturain, Vicente Battista, Enrique Mallo, Javier Chiabrando, Guillermo Orsi, Leonardo Oyola, Kike Ferrari, Fernando López, Daniel Sorín y, también, fenómeno particular, la irrupción en la escena literaria de un gran número de mujeres, que producen una literatura de alto nivel, que relata los cambios de la sociedad argentina, la vida en las provincias del interior, en el Cono Urbano, la desesperanza de la población y de los jóvenes, la violencia que sufren las mujeres y los gays: Mariana Enríquez, Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara, Alicia Plante, Eugenia Almeida, Florencia Etcheves, Claudia Piñeiro, María Inés Krimer.

El segundo comentario se refiere a la importancia de los festivales de literatura que le dan una amplia visibilidad a la producción policial. Como haciéndose eco del éxito del género, los festivales se multiplican: Córdoba mata (Argentina, dirigido por Fernando López), BAN! (Buenos Aires Negro, bajo la égida de Ernesto Mallo), Panamá Negro, Azabache (Mar del Plata, coordinado por Javier Chiabrando), Semana Negra Uruguay, Medellín Negro (dirigido par Gustavo Forero Quintero). Lorenzo Lunar prepara un festival para 2017, en la ciudad cubana de Santa Clara (que recuerda de manera irresistible la canción “Che Comandante”). Por otro lado, los festivales organizados en España (Gijón, creado por Taibo II, Barcelona, Getafe, Aragón) invitan regularmente a numerosos escritores hispanoamericanos cuyas obras circulan en España. 

La novela negra actual produce un testimonio de la evolución de las sociedades hispanoamericanas, muestra las grietas sociales y pone de realce los cambios operados a causa del neoliberalismo que afecta a la mayoría de los países. Lejos de limitarse al uso de un lenguaje sin relieve, el policial de América Hispánica muestra imaginación y renovación, cuida la construcción del relato, trabaja la lengua. Para iluminar la desesperanza.


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martes, 14 de febrero de 2017

Impunidad - Eva Joly









Eva Joly escribe en una pequeña cabaña en las montañas de Noruega. Necesita contar lo que ha vivido. Algo que la ha marcado, que le ha abierto los ojos y que ahora la empuja a poner en común lo que ha descubierto: un entramado perverso de corrupción que está más allá de los Estados, que crece como un veneno atravesando fronteras, que encuentra su sostén en los grupos de poder.

Al momento de escribir tiene 70 años. Su trabajo más importante ha sido ser la jueza de instrucción que en la década de 1990 investigó a la petrolera francesa Elf, un grupo empresarial que, en aquel momento, tenía 800 filiales en más de 100 países. 

¿Quién es esta mujer nacida en Noruega que emigró a Francia a los 18 años? ¿Quién es esta que pagó sus estudios de Derecho trabajando como empleada doméstica y que parece dispuesta a enfrentar al monstruo de mil cabezas? 

Apenas iniciada la investigación en torno a Elf llegarán las amenazas de muerte, la vigilancia por parte de los servicios secretos, las trabas desde el Poder Judicial, las escuchas telefónicas, las pruebas que desparecen, los registros bancarios destruidos, las órdenes de registro informadas con anticipación a los implicados, las cerraduras forzadas, los teléfonos convertidos en micrófonos. 

Un día la jueza encontrará en su despacho un listado de magistrados franceses asesinados en el que alguien ha agregado su nombre. Diferentes autos se estacionan frente a su casa; todos tienen la misma patente. El Presidente del Tribunal de Apelación la llama para aconsejarle que no se acerque a las ventanas. Durante seis años la jueza deberá vivir custodiada por guardaespaldas.

Los ataques no sólo se relacionan con la intimidación física. También hay un largo proceso de desacreditación. Se la acusa de aceptar sobornos, de actuar bajo presión, de romper el secreto de sumario, de filtrar información a la prensa. Se la presenta como una “jueza mediática”, como una arribista, como alguien que quiere llamar la atención. Se la llamará mitómana, paranoica, ambiciosa. Un reconocido abogado parisino dirá una frase lapidaria: "No es más que una sirvienta que se la da de burguesa".

En Impunidad, Joly detalla los pormenores de su investigación. El relato es prácticamente un thriller judicial. Quizás sea pertinente recordar que Elf fue fundada por Pierre Guillaumat, el jefe de los servicios secretos franceses en Londres durante la Segunda Guerra Mundial. Se dice que la empresa siempre tuvo empleados especializados en petróleo y espionaje. 

En la segunda parte del libro la ex magistrada describe el circuito de ciertos delitos financieros internacionales, hace un breve repaso a los casos de corrupción más notables y reflexiona sobre las políticas públicas que servirían para combatir este problema.

Escrita entre 2002 y 2006, la obra incluye un epílogo de Baltazar Garzón y el texto completo de la Declaración de París –impulsada por Joly y firmada por prestigiosos juristas de todo el mundo– en la que se propone “una serie de medidas primordiales destinadas a hacer retroceder la impunidad”.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




domingo, 12 de febrero de 2017

Novelistas policiales por conocer




Daniel Gigena 


Presentamos seis títulos de escritores jóvenes que han sabido resignificar el género con influencias locales

En la Argentina, el policial pasó de ser un género menor a una especie de franquicia en la que tanto los autores consagrados como los noveles intentan darle una especificidad local, una idiosincrasia a veces vinculada con las temáticas, con la coyuntura social o el modo de hablar de los personajes. Este año, varios escritores aún poco conocidos, algunos de ellos sin embargo con una obra extensa, publicaron nuevas novelas que confirmaron que poseían un perfil propio e interesante. Del vasto panorama de la novela policial autóctona -que combina las estrategias de las novelas de enigma con las tramas noir, la parodia del género con el caso político-policial y la infiltración de nuevos actores sociales en los argumentos- elegimos deliberadamente seis títulos cuya difusión ha sido aún escasa. Una constante aciaga: las víctimas suelen ser mujeres.



Asfixia, de Elisa Bellmann (Ed. Aquilina)
"Pero lo imprevisto arrolla sin advertencia. La inquietud que me suscitó la mujer, que hasta allí era sólo una señal de fastidio, cedió lugar a un viejo y sincero interés dado por perdido." Al consultorio de un psiquiatra viudo, situado a orillas del río Paraná, llega una mujer que regresa a la ciudad tras treinta años de ausencia. Se presenta como la hermana de una víctima y trae consigo una oscura historia de apropiaciones ilegales de niños. Asfixia fue finalista del premio Clarín Alfaguara e integra la colección Negro Absoluto de Aquilina, que también ha publicado novelas de María Inés Krimer, Leonardo Oyola y Ricardo Romero.



La tensión del umbral, de Eugenia Almeida (Ed. Edhasa) 
A partir del suicidio de una mujer en la calle, ante la vista de varios testigos, el periodista Guyot desoye los consejos de la policía y de sus jefes en el diario e investiga las causas de ese desenlace violento. Narrada de manera sucinta y veloz, la novela superpone a la trama policial otra política, recurso ya habitual de la ficción local pero resuelto por Almeida de un modo poco convencional. "Me gustan los protagonistas que no son súper brillantes, sino gente común. Guyot no sabe todo, no es vivo, muchas veces es ingenuo y no logra ver que está desatando un dominó en el que las balas no le pegan a él pero le dan cerca", sostuvo la autora sobre el protagonista de su tercera novela.



Paraná, de Pablo Forcinito (Ed. Metalúcida)
En tu mundo raro y por ti aprendí fue el debut de este joven narrador bonaerense. En esa novela aparecía un personaje tan convincente como estremecedor, Paraná, un adolescente que ejecutaba con frialdad asesinatos en descampados del sur del conurbano no sólo para sostener un tren de vida sino para saciar un ansia turbia. Esa pulsión mortífera continúa en la novela que lleva su nombre, donde a la historia del protagonista se suma la recreación de una lengua cuya perspicacia y vivacidad aportan algo más que color a la trama. Tan sangrienta como una tragedia griega (pero ambientada en el litoral argentino), Paraná cuenta la historia de una venganza y la cifra de un nombre.



Petite Mort, de Matías Bragagnolo (Ed. Del Nuevo Extremo) 


Con recursos de la novela de terror, del guión cinematográfico y del realismo hardcore, la segunda novela de Bragagnolo narra una historia desbordante de impudicia y maldad. Eduardo Silver, un vendedor de películas pornográficas clandestinas, recibe un pedido extravagante por parte de un cliente. Sin embargo, está dispuesto a cumplir con el encargo. "En mis novelas no hay enigma, no hay una figura que pretenda hacer que los malos paguen. De hecho, casi todos los personajes son villanos. También hay dosis de sexo y violencia que superan el equilibro de temas y situaciones que suele imperar en una novela policial, sin contar la aparición ocasional de elementos fantásticos propios de la literatura de horror", dice el autor. Para lectores temerarios.




Fantasmas del desierto, de Guillermo Orsi (Ed. Almuzara)
Pablo Martinelli, policía retirado, se dedica en sus largas horas libres a vender sanitarios en un pueblo de llanura. Pero acepta sin dudar el encargo de investigar la muerte de una mujer, que ha sido grabada por las cámaras de seguridad de la vivienda de un ricachón en un barrio privado. En la pesquisa lo acompaña Solanas, hija de un antiguo compañero de Martinelli que fue asesinado. Corrupción política, policial y eclesiástica, machismo y violencia son retratados de manera impávida por el autor. Guillermo Orsi es un autor de novela negra aún poco conocido en la Argentina, y sus novelas, que han sido premiadas en varias ocasiones, merecen una lectura atenta por el modo de fusionar temáticas universales de la novela policial con un acento local.


Con la sangre en el ojo, de Alejandro Parisi (Ed. Grijalbo)  

Un ex policía uruguayo, Álvaro Balestra, se gana la vida en Buenos Aires como detective privado que acepta trabajos de poca monta: espiar a maridos infieles, seguir el rastro de personas extraviadas o de marginales. Extraña a su hija exiliada en España, cuida a su madre, aquejada de Alzheimer. En cumplimiento de las reglas del género de la novela negra, una mujer aparece para quebrantar la rutina. Le pide algo en apariencia inocuo: investigar a su marido. A partir de entonces, Parisi desarrolla una intriga que entrelaza un asesinato misterioso con el espionaje industrial y la codicia. "Yo no hago literatura sobre la literatura; es una postura que respeté en los cinco libros que escribí. A mí me gusta mucho Pepe Carvalho, que quema libros para prender la chimenea. Pero los leyó todos. No me interesa la literatura para literatos", ha declarado el autor en una entrevista. ¿El inicio de una serie de novelas protagonizada por un detective rioplatense?