jueves, 6 de febrero de 2020

En viaje (Días contados)




En viaje


La invitación llega y trae alegría, sobresalto, ansiedad. Formar parte de los escritores que van a estar presentes en la 33ª Feria del Libro de Guadalajara. Hace mucho que sueño con eso, con asistir a una de las ferias literarias más importantes del mundo, de la cual todos los colegas hablan maravillas. 

Anticiparse al viaje también implica anticiparse al placer. Prepararse, disponer el cuerpo y el alma  a lo nuevo. Buscar una mirada que descubra sin juzgar, sin aplicar categorías. Reconocer que uno no sabe y contener la interpretación, la decodificación de lo nuevo en los propios términos. No es verdad que un unicornio es un caballo con un cuerno. 

Se trata de un ejercicio difícil pero a veces funciona. Hay un refucilo y uno descubre algo, se maravilla, vuelve a sentir esa alegría gozosa de la absoluta novedad. Así trato de viajar.

Me gusta leer -o releer- a los colegas que voy a encontrar y recorrer la literatura del lugar que me recibe. Desde hace meses visito textos de Rulfo, Sor Juana Inés de la Cruz, José Emilio Pacheco, Elena Garro, Homero Aridjis, Guadalupe Nettel, Valeria Luiselli y Cristina Rivera Garza. Anoto nombres de autores que todavía no he leído. Dibujo una especie de rayuela a la que llegarán próximas lecturas.

Es el primero de diciembre y salgo al aeropuerto con una novela de Jorge Volpi. Va a acompañarme en la espera entre vuelos. Unas ocho horas en Ezeiza a las que les temo por el efecto que puedan tener sobre mi columna. Pero encuentro una cafetería, una mesa con sillas cómodas, una sonrisa amable cada vez que pido otra taza de té. Y las horas pasan mientras  entro en una historia real, la del montaje mediático y policial en torno a la detención de una pareja acusada de varios secuestros: el mexicano Israel Vallarta y la francesa Florence Cassez. México, 2005 y una trama de corrupción y noticias falsas que estremece. Volpi leyó las más de diez mil paginas del expediente judicial, entrevistó a diferentes personas e investigó durante años.

Lamento subir al avión. No puedo leer durante el vuelo y sé que voy a tener que esperar nueve horas hasta retomar el escenario que he estado habitando toda la tarde.

Despegamos y enciendo la pantalla que ofrece música y películas. Encuentro una serie que me llama la atención. Castle Rock. Al elegirla no sé que voy a pasar casi siete horas en una historia que combina cárceles, psiquiátricos y secretos. 

Me duermo en la última hora de vuelo y sueño con un paisaje en el que se mezclan los secuestros en México, una francesa que jura ser inocente, el rostro de Sissy Spacek y pájaros que caen del cielo. Cuando las ruedas del avión impactan contra el suelo tardo un rato en recuperar las coordenadas. Pero es comprensible, la verdad se parece a un sueño: acabo de llegar a México por primera vez, voy a participar de la Feria del Libro de Guadalajara, todo parece promisorio. 


Modos de decir

Cuando pienso en un país extranjero, pienso en lo que trae estar rodeada y atravesada por una lengua que no es la mía y que implica, también, un cierto modo de ver y contar el mundo. 

Pero esta vez estoy en México, territorio donde compartimos el castellano. Y en ese estar allí surge un nuevo placer: descubrir -no en los libros sino en la vida real- otros modos que pueden existir en la propia lengua. Otra manera de armar las frases, otras palabras para referirse a las cosas. Me siento una especie de coleccionista poniendo el oído aquí y allí a la pesca de esos modos de decir. 

Dos amigas se encuentran y una pregunta cómo salió todo. La otra responde: "ah, no, eso es de dos tequilas". La forma bella para decir que necesitan determinado paisaje para conversar lo que tienen pendiente.

Un chico limpia los vidrios de los autos en un semáforo. Cuando recibe unas monedas dice "gracias, patrón". Yo no puedo evitar pensar en el cuento que Abelardo Castillo tituló así. Patrón. Cuánto esconde esa palabra. 

He notado que aquí, cuando uno pide ayuda, las personas suelen responder con una palabra: "mande".

Dos viejitos se cruzan en un pasillo de la Feria. Uno pregunta "¿Cómo está, caballero?". El otro responde: "Estoy, que ya es ganancia".

Mario es la persona que me acompaña en la mayoría de mis traslados. Responde todas mis preguntas con detalle, con dedicación. Mucho de lo que aprendo de México viene de ese gesto suyo, tan generoso.

Recorremos las calles y va mostrándome cosas. El arco que señalaba la entrada a la ciudad y que ahora está muy cerca del centro. Un casino que desata una charla sobre gente que hace cola para entrar, gente que -como en Argentina- necesita jugar a cualquier hora del día. Hablamos de la estructura narrativa que proponen las adicciones. Ese "yo puedo controlarlo cuando quiero" que todos repetimos y que es justamente la señal de alarma.

Pasamos frente a la fábrica de cerveza Corona y Mario me cuenta que la conoció por dentro en una visita con la escuela. 

En una de esas charlas alguien me cuenta que le robaron cosas del auto. La frase con la que lo expresa tiene tanta música que sonrío ante un relato que no debería provocar sonrisa. Dice "la delincuencia me abrió el cofre del carro".

Al día siguiente voy a ir a un canal de televisión para hacer una entrevista. Mientras espero, el camarógrafo avisa algo sobre el tiempo, la productora da las últimas indicaciones. Una de las conductoras entra al set cantando "y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía". Cruzamos miradas y hay una sonrisa. La canción que estos días ha recorrido el mundo como un gesto más de la lucha por nuestros derechos. Me quedo pensando en todas las voces que la han cantado en diferentes ciudades de todo el planeta. Algo me conmueve y he visto, en ese cruce de miradas, que lo que nos toca nos hermana. Cuando alguien me pregunta qué es la sororidad, esas son las imágenes que tengo en mente.

La Feria de Guadalajara permite momentos preciosos. Caminar entre stands y encontrarse con la escritora Margo Glantz que, generosa y dispuesta, conversa con quien se acerca. Sentarse un rato con Laura Niembro, directora de contenidos de la Feria, charlar, saber algo más de cómo se construye ese universo, interrumpir la charla porque ella me muestra un hombre que baja de un auto y me dice que ese es el nieto de Gandhi. 

Una noche, tarde, Mario y yo cruzamos el predio ferial para llegar a la playa de estacionamiento. Vamos por el primer piso y la altura nos permite ver los pasillos vacíos de gente, después de la hora de cierre. Él  señala los libros y dice "quién sabe cuántas historias hay ahí". Esa frase me acompaña el resto del viaje.

Días después vuelvo a casa. Todo ha sido precioso. Aquí sólo he podido contar algunos fragmentos. Quizás siga recorriendo esos días en México en la próxima columna.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La Voz del Interior

Ilustración: Juan Delfini



domingo, 2 de febrero de 2020

Entrevista a Esther Cross




"Para poner en palabras la memoria, 
hay que traicionarla"


Tres hermanos es un libro difícil de encasillar. ¿Es una novela? ¿Una colección de cuentos? Esther Cross logra enlazar relatos de modo tal que esa pregunta deja de ser importante. Construye una realidad hecha de fragmentos. Lo que podríamos llamar “una experiencia”. Y lo hace con una maestría admirable.

El libro se abre con unos versos de José Emilio Pacheco: “Ocúltate en la zarza./ Que no te atrapen. El mundo / sólo tiene un lugar para los corderos: / los altares del sacrificio.” El epígrafe funciona como sostén y anuncio de lo que vendrá: un relato de infancia que no se puede dejar. 

Tres hermanos, el campo, los animales. El paisaje se va imponiendo. Los bichos, el barro, los perros anunciando presencias, una gallina que duerme sobre el borde de una bañera, los tábanos, un caballo desbocado, una muerte, una desgracia, el silencio de todo lo que queda sin decirse, una niña sonámbula, una tormenta de tierra, un intento de suicidio, un escopetazo, una paloma que cae, una mujer tuerta que teje crochet mientras cuida los baños de la terminal, un comisionista, un tanque australiano, el desborde de un río. Todo se encadena en un libro que deslumbra por su belleza. 

–“Tres hermanos” exhibe una economía de recursos que sorprende por su potencia. ¿Cómo fue el proceso de escritura?

–La idea fue ésa: economizar recursos. Cuando escribía las historias en general descubría que las oraciones largas, las vueltas, marcaban los lugares donde algo había fallado. Donde las historias se alargaban, o la escritura se volvía más cargada, en general tenía problemas, disimulados por esos retoques más o menos hábiles. Retrocedía y trataba de enfocar. Es lo mismo que pasa siempre: la idea es afinar lo que una quiere decir, saber qué es, en la medida de lo posible. Parece lo más fácil y a veces es lo más difícil.

–El libro habla de vínculos, de memoria, de herencias, de pérdidas, de silencios.

–Creo que sí. Esos vínculos podrían ser los lazos que unen  las historias del libro. Todas las historias pasan en el mismo lugar. Pero lo que une las historias hasta formar una historia más grande no es ese factor común, obvio, esa casualidad geográfica. Estos vínculos, con sus acercamientos y sus tensiones, con sus evoluciones, no siempre buenas, son los que unen las historias, espero. 

–Hay un trabajo muy delicado en torno a los detalles, una construcción minuciosa.
–Cuando alguien está adentro de una situación en general no ve el cuadro grande, ve los detalles, y las historias del libro están contadas por una chica que estuvo ahí, fue parte de ellas.  Creo que los detalles sobresalen por eso, como señales indicadoras, cuando esa chica cuenta lo que vivió. Así funciona la memoria a veces: rescatamos  detalles sueltos y los editamos de la mejor manera posible en un todo. Quise mirar con lupa algunos detalles, pero resaltar sólo algunos sin escribir en cámara lenta, es decir, sin detenerme en todos.

–La naturaleza es un personaje más, una fuerza omnipresente que atraviesa a cada personaje de un modo diferente.

–Los lugares determinan algo. La naturaleza no es ese recreo apacible, pasivo, inofensivo, que salta como una imagen ideal en cuanto la nombramos. La naturaleza es fuerte, tiene sus equilibrios y rupturas, sus violencias. Las personas, con nuestras rarezas, también somos parte de ella. Aquí el lugar, el segundo plano, cobraba importancia.  No era una decoración.  

–Para construir esas escenas de la naturaleza creás algo que se asemeja a una “banda sonora” de la novela. Ladridos, zumbidos, “un revuelo seco que se desata en el monte”. Hay mucho de poesía ahí. Imágenes y sonido. ¿Cómo juegan tus estudios de cine en tu proceso de escritura? 

–Banda sonora de la novela: no lo había pensado, es cierto. Lo visual gana siempre, ¿será porque las imágenes visuales perduran más? Dicen que lo primero que perdemos, olvidamos, de una persona, es su olor, su voz, pero su imagen visual se sostiene, en cambio, en el tiempo.  A lo mejor por eso sentimos un impacto tan fuerte cuando soñamos con la voz de alguien que no vemos hace años. Los sonidos implican una cercanía. Mientras escribía el libro, leí más poesía que en otros años. La poesía es una buena guía, siempre, por la condensación, por el balance entre dominio y salto constante que tienen los buenos poetas.  Leés mucha poesía y algo de eso queda, aunque sea como aspiración. 

–¿La memoria es siempre fragmentaria?

–A lo mejor es un continuo, como un sueño, y para contarla una la fragmenta, la edita, como se hace al contar un sueño. Es una especie de sacrificio.  La memoria debe transcurrir con esa lógica loca de los sueños, que ruedan incesantemente, y para ponerla en palabras, para compartirla o entenderla,  hay que traicionarla, fragmentarla, como al contar un sueño.

–Hay un trabajo muy interesante en torno a lo no dicho. ¿Qué lugar le das al silencio en tu obra?

–El mismo que en la vida.  Siempre está ahí. Tiene que estar ahí.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La Voz 



jueves, 30 de enero de 2020

Hoja de ruta (Días contados)




Hoja de ruta

Me despierto justo antes de la madrugada. La luz azul entra por una rendija de la ventana. No sé dónde estoy y hay un instante de zozobra. Un entrepiso de madera, la mano que busca a tientas los lentes, el cuerpo que se incorpora con un miedo impreciso. Alerta. 

Es un segundo. Pero allí se abre todo lo que uno pone en juego cuando se cobija  bajo cierto techo.

Es 2016. Estoy en un pequeño departamento de Rue des Grands Augustins, el lugar que la editorial francesa ha alquilado para mí en París mientras acompaño la salida de mi última novela. 

Cada día parto de ese centro de operaciones a alguna otra ciudad. Para dar una charla, para presentar el libro, para participar de algún festival.Si la ciudad está relativamente cerca, vamos y volvemos en el día. Tren a primera hora y tren, otra vez, llegada la noche.

Soy distraídamente feliz en esos traslados. Me gustan los trenes, las estaciones, la voz de los altoparlantes que –sumando palabras– anuncia llegadas y partidas. Suena en mí la canción de Chico Buarque: “Manden noticias del mundo de allá a quien se queda / denme un abrazo, vénganme a buscar, voy llegando. / Lo que me gusta es poder partir ya sin miedo, / mejor ahora es poder volver cuando quiero.”

Adoro esos momentos de trance en los que todo se transparenta y entiendo que sólo soy lo que llevo conmigo, que no hay más equipaje que lo que pueda cargar, que prefiero estar liviana, que hay algo de viajera en mí, algo que me hace recuperar mi verdadero peso.

Si la ciudad en la que debo trabajar no está cerca, dormiré en algún hotel. El desayuno luminoso y solitario que siempre me han ofrecido los hoteles.Esos días que se muestran como un tesoro inesperado. Lo que puede deparar un lugar desconocido, un idioma que no es el mío.

La contracara de ese ir de ciudad en ciudad es que a veces el tiempo se despliega y muestra su cara oculta. Es un instante, una revelación, una epifanía. No cabe en las palabras. A veces es liberadora, a veces tiene una carga sombría. Pero siempre llega, de una forma u otra. Puede ser al despertar; esa imposibilidad de reconocer, la abrupta ausencia de los olores que nos son familiares. Puede ser de noche, en ese camino que se abre en el paso de un día a otro. ¿Cuántas veces, en cuántos hoteles, de cuántas ciudades he estado oyendo dentro de mí la pregunta que no llega a formularse? Una pregunta que, quizás, por aproximación, podría plantearse así: ¿Dónde estoy?


En casa

No se trata de coordenadas geográficas. Eso es fácil. Toda duda en torno a lo real se disipa con la hoja de ruta que me envía la editorial y que siempre imprimo en doble copia: una para la mochila, otra para el bolsillo del pantalón o la campera. Ese papel que se va ajando y que me dice, cada día y cada hora, dónde estoy, con quién y qué se espera de mí.

No. Es algo mucho más profundo. Algo que aflora porque puede, porque encuentra cobijo. ¿Dónde estoy? La pregunta que quizás deberíamos hacernos cada día. Pero ¿quién soportaría el ejercicio de contestarla con tanta frecuencia?

El sobresalto cede, ya lo he encontrado, estoy en este departamento de la rue des Grands Augustins, la mancha negra allí abajo es mi valija, he dejado el teléfono cargando para poder oír una voz que viene desde otro continente, me he ido durmiendo mientras leía algo sobre la historia del lugar al que tengo que viajar mañana.

Estoy aquí, claro. Pero mi vida está a diez mil kilómetros. El interurbano que demora en llevarme a casa, las garrafas que están en falta, la leña que hay que encargar para pasar el invierno. 

Mi vida también está acá, pienso. Y en el espacio abierto entre los dos países que siento propios. En los momentos de suspensión cuando viajo de uno a otro.

Pienso: uno siempre es distinto cuando el territorio es nuevo.

Pienso: mi voz no suena igual cuando hablo en francés.

Es 2016 y todavía no sé que en 2019 voy a escribir sobre esto, sobresaltada por un sueño que me hará creer que estoy en Francia.

Esa extrañeza de ir a la deriva confiando en que el viaje se desenvuelve solo y, al mismo tiempo, que hay en uno una fuerza y una consistencia que no habría podido imaginarse antes de la travesía.

Ese no ser de ningún territorio y, a la vez, poder habitarlos todos.

Ese modo mío que siempre causa cierta extrañeza, cierta gracia, cada vez que digo “vengo de casa” o “vuelvo a casa” para referirme a un lugar –un cuarto de hotel, un paisaje efímero– en el que quizás he pasado una sola noche.


Miniaturas

Es 2019 y me despierto creyendo que estoy en Francia. Y cuando miro lo que me rodea descubro esos objetos que nos hacen casa. Cierta disposición de las cosas. Y me acuerdo de aquella madrugada de 2016 en que, en Francia, busqué con los ojos algo que me hiciera hogar. Algo que me recordara que hasta lo más fugaz hace huella y que lo más nodal puede volverse efímero.

Me ha tocado desarmar la casa de alguien querido después de su muerte. Recorrer su ropa, sus papeles. Preguntarme qué significaba cada cosa para esa que ahora quedaba para siempre ausente.

Hablo con Marcos. Durante cuarenta años ha trabajado como anticuario, yendo casa por casa a mirar, a tasar, a buscar, a comprar esas pequeñas herencias que quedan de los que parten. Escritorios, estatuillas, miniaturas. Cosas que él siempre toma con respeto porque sabe que ahí, ante sus ojos, está el duelo y su ausencia, la codicia o el desprendimiento, la evidencia de que todo termina.

Marcos que tiene un gesto tan suyo, el dedo índice recorriendo algo que lo llama, la mano casi acariciando, como si las yemas pudieran leer lo que guarda ese objeto, como si llevara en sí lo vivido, el tono de la casa en la que estuvo, el compás de una vida.

Marcos que me habla del tiempo. De lo que pasa y de lo que queda. 

Quizás los dos sabemos esa tarde de otoño que algo de lo que comprendemos y compartimos no podría ser puesto en palabras. Y él, sin embargo, mientras prende un cigarrillo me mira, sonríe y dice: “Tendrías que escribir sobre esto”.

Y ahora, en mi cuaderno. ¿Qué sería escribir sobre esto? ¿Decir qué?

Y escribo: 

Si supiéramos qué efímeros, si pudiéramos preguntarnos con levedad y sin miedo “¿dónde estoy?” Si fuéramos conscientes de los encuentros, si pudiéramos valorar la belleza y el afecto que se concentra en los objetos que nos hacen casa.

Si pudiéramos.

Eso pienso, apenas incorporada en una cama que está aquí y no en Francia. Bajo un techo que me ha permitido confiar y dormir.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La Voz del Interior




domingo, 26 de enero de 2020

El río de la conciencia - Oliver Sacks




El misterio de la vida

En 1991 Oliver Sacks recibió una invitación para participar –junto a otros cinco científicos– en un documental donde se hablaría de “el origen de la vida, el significado de la evolución y la naturaleza de la conciencia”. Sus compañeros eran expertos en Física, Biología, Paleontología, Historia de la Ciencia y Filosofía. Sacks deslumbró a todos por su capacidad de abordar los temas desde diferentes disciplinas. Es algo que el neurólogo inglés siempre hizo muy bien. De aquella invitación surgió la idea de hacer este libro, el último que escribió antes de morir, en 2015. Ahora llega su edición en español, con esa rara atracción que ejercen las obras póstumas. 

“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río”, escribió alguna vez Jorge Luis Borges. Esas son las palabras en las que se inspiró Sacks para titular un libro en el que retoma los puntos de interés que ha recorrido en toda su obra. La conciencia, la evolución, los modos de percepción, la memoria, el aprendizaje, la historia de la ciencia, el movimiento, el tiempo, la necesidad de narrar, la educación y la creatividad. Para abordarlos, el autor se sirve de su propia experiencia como neurólogo y de sus múltiples lecturas. Una marca de su estilo es trabajar también con la literatura. Por aquí se mezclan los nombres de escritores como H.G. Wells, Doris Lessing, Dostoievski, Mark Twain, Coleridge, Susan Sontag, Conan Doyle y Harold Pinter con científicos como Darwin, Einstein, Poincaré, Luria o Freud. 

El modo en que Sacks se acerca a la ciencia está marcado por el placer y la alegría. En ese tono, son especialmente interesantes los capítulos que hablan de Darwin y de Freud. La ciencia también puede ser vivida como un juego: el juego serio de desentrañar el ritmo de algunos misterios. Darwin y sus cinco hijos trazando las rutas de vuelo de los abejorros machos; la eufórica fascinación que sentía por las plantas carnívoras. Un joven Freud y su investigación sobre las células nerviosas de los cangrejos de río; los veinte años que trabajó como neurólogo y anatomista, cuando sus avances lo dejaron muy cerca de descubrir la existencia de las neuronas.

El río de la conciencia puede leerse alterando el orden previsto. Es uno de esos libros que tienen la potencia de un artefacto lúdico. Para quien quiera profundizar algunos de los temas propuestos, en las últimas páginas encontrará una detallada bibliografía y un índice analítico. 

Oliver Sacks nos recuerda que todos somos únicos y, a la vez, compartimos un “parentesco biológico con todas las demás formas de vida”. El tener plena conciencia de eso nos ofrece una suerte de arraigo y un espacio de pertenencia en ese misterio que es la vida. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La Voz del Interior



jueves, 23 de enero de 2020

Todos somos raros - Días contados




En el piso de arriba vivían dos hermanas. Dos mujeres grandes. Una de ellas salía a hacer las compras y solíamos cruzarnos en algún negocio. Tenía siempre un gesto amable y cansado. El gesto de alguien que se ha resignado –con cierta alegría o alivio– a no estar a la altura de las circunstancias.

Una vez, en la panadería, la chica que atendía la señaló apenas salía y me dijo: “¡Pobre! Toda la vida cuidando a la hermana.”

Aunque no dije nada y no hice ningún gesto, ella siguió. 

Me contó que la más chica había nacido “con algunos problemas”. Que los padres habían muerto cuando ellas eran adolescentes. Que toda la vida se había ido en una hermana mayor cuidando a la hermana menor. Algo de lo que dijo me hizo recordar un cuento de Federico Falco, “La niña tonta”. O quizás no, quizás lo leí después y puse el rostro de mi vecina sobre ese personaje.

Entró otra clienta y la vendedora, a cuento de nada, le dijo: “Estábamos hablando de las López”.

Una esquirla de incomodidad. Yo no estaba hablando de nadie. Sólo había sido la destinataria de un monólogo. Pero la recién llegada no sentía la misma incomodidad y convirtió el monólogo en un diálogo sostenido por frases que empezaban diciendo “oí que…”, “me dijeron que…”, “me contaron que…” Todo se anclaba en la vida de las López. En la supuesta monstruosidad de la hermana menor, en la abnegación de la mayor.

Pero de a poco la conversación, recurriendo a esos decires de fuentes anónimas, fue variando hasta alcanzar una nueva versión: la santidad de la hermana menor (“un alma de niña encerrada en un cuerpo de vieja”, dijo la clienta) y la perversidad de la mayor (“la tiene encerrada y la obliga a hacer todas las tareas de la casa”).

Lo que decían era cada vez más oscuro. (“¿Qué se cree? ¿Qué tiene un animal de tiro? ¡Claro! Se consiguió una esclava”).

Todo se había estirado hasta lo imposible. La vendedora no me entregaba lo que yo había pedido. Quería salir de ahí, recortarme de una charla que me repelía.

“Tengo que irme”, dije.

La vendedora tiró el pan en la bolsa como si fuera un animal que la asqueara, recibió los billetes y dijo en mal tono: “Todo el mundo apurado, hoy…”

La clienta pareció no oír. Y agregó leña a la maquinaria de chismes que estaba construyendo. Escuché la frase cuando salía. “Quién sabe  qué le hace para que grite así”.

Entonces supe, finalmente, qué eran esos aullidos que a veces me despertaban de madrugada. Tantas noches, con el cuerpo tenso, a medio incorporar en la cama, tratando de distinguir si eran de un animal o de una persona. Gritos espantosos, algo parecido a un llanto, un ulular que era casi imposible atribuir a un ser humano. 

Entonces supe. Y fue incluso peor. Tener la certeza de que era una persona. 

Y ya no pude dejar de pensar en cómo sería esa escena. Qué posiciones de los cuerpos había cuando llegaban los gritos. ¿Una aullaba y la otra la consolaba? ¿O quizás había aprendido a dejarla sola, a darle espacio al dolor?


La libertad o el afecto

Pasó mucho tiempo hasta que conocí a la menor de las López. 

Los domingos me levantaba temprano, iba hasta el quiosco de la plaza, compraba el diario y lo leía de punta a punta sentada en un banco a la sombra. Era mi modo de combatir el invierno en un departamento. Me gustaba ver a los perros que paseaba la gente. Los movimientos de la calle. Los otros que, como yo, atravesaban el barrio para disfrutar del verde.

Estaba leyendo cuando llegó ese alarido. Y lo primero que sentí fue una enorme desorientación. Esos eran los ruidos de la noche, de la oscuridad, del desvelo, del cuerpo envuelto en las mantas. Eso no podía habitar la mañana. El mundo se trastocaba, se volvía frágil, se desgranaba. ¿Cuánto nos estructuran las asociaciones que surgen en nuestra imaginación? 

Giré y vi a la menor de las López, corriendo en la enorme fuente seca de la plaza. Tenía el gesto de alegría más desenfrenada que he visto en mi vida. Corría con los brazos abiertos, como si jugara a ser un avión. De su boca salía ese ulular que siempre me había estremecido. Y que ahora mismo se transformaba en otra cosa.

Pude ver a la gente alrededor de mí. Todos con un cierto gesto de espanto, de terror, de conmiseración. Menos el quiosquero, que seguía la carrera con una sonrisa y un cabeceo. Quizás porque le era una escena  familiar. Quizás porque ya había dejado que sus juicios se deshicieran.

Para mí, la imagen era aliviadora. Lo que siempre había imaginado fruto del dolor ahora aparecía bajo el arco de otra emoción, otro sentimiento.

Me quedé pensando en lo feroces que somos al dar por sentado que todos expresamos las emociones del mismo modo. Que es fácil reconocer qué está sintiendo el otro en base a una suerte de grilla de gestos. 

Me quedé pensando en la rapidez con que se señala como loco a alguien que encuentra otros caminos para la expresión. Como si todo se tratara de construir una “normalidad” que nos incluya y deje afuera a aquellos que se alejan de un patrón del que somos modelos.

Trato de buscar en la memoria: un viejo cómico español que explicaba cómo funciona eso. No encuentro el texto pero queda flotando la idea: si alguien es más detallista que uno, es obsesivo; si es más diplomático, es un pusilánime; si es más expresivo, es un maniático; si es más generoso, es un manirroto. Y así. Todo parámetro de normalidad está dado por quien habla. 

¿Realmente podríamos ir hasta el espejo, mirarnos, y tener la certeza de que representamos lo normal? Y sin embargo funcionamos dando por cierta esa imaginería de la “normalidad”. 

Me quedé pensando hasta qué punto somos “adiestrados” para expresar las emociones bajo ciertos formatos. Y si no lo hacemos en perfecta concordancia, somos puestos bajo sospecha. Recuerdo varios casos de asesinatos en los que la “opinión pública” (sea lo que sea eso) cuestionaba a los padres de las víctimas por no haber expresado el dolor y la desesperación del modo esperado. 

Nuestras manías, nuestras marcas, nuestros modos puestos como vara para medir a los demás. Nada más pobre que tomar como valor la homogeneidad y estigmatizar todo lo que se aleje de ella. 

Eso pensaba hoy, al despertarme, después de haber soñado con la menor de las López. De haber pasado la mañana recuperando esa historia, imaginando a qué fantasías me hubiera aferrado de no haber estado ese día en la plaza.

Quién sabe si las López vivirán todavía. 

Quién sabe si en ese departamento de Barrio General Paz, una viejísima hermana menor todavía corre en círculos mientras grita. La menor y la mayor, haciéndose compañía en un mundo con reglas, códigos y lazos propios. 

Quizás eso sea el afecto. Quizás sea la libertad. 



Eugenia Almeida 

Publicado originalmente en La Voz del Interior





martes, 21 de enero de 2020

Texto de presentación de "Inundación" - Camila Sosa Villada




Aquella noche de agosto en que presentamos "Inundación", la querida Camila Sosa Villada dijo estas palabras. Las dijo, las actuó, las cantó, les puso el cuerpo. Le estoy infinitamente agradecida.



"Antes que nada, quiero pedir disculpas porque aquí no están los escritores o las escritoras que deberían, a mi entender, bautizar un libro como este. En primera porque están muertos. Pensé inmediatamente en Borges, porque una piensa en libros y piensa inmediatamente en Borges. Porque era un tipo sabio el Jorge Luis y la sabiduría es un bien de la humanidad. También pensé en Marguerite Yourcenar, en que posiblemente ella podría decir las palabras que acaricien un bautismo como este. Me invade cierta impotencia, ante las cosas bellas como este libro, que además me figuro, es el arte de la belleza, verdad, recordarnos cuán pequeñas, impotentes y vanas, somos a veces.

Pero una escritora se sienta y escribe. Una escritora dedica un tiempo a eso, siempre incómoda, no hay manera de hacer de este oficio, un oficio cómodo, siempre mal sentada, porque además nadie puede sentarse bien para escribir, porque como dice Eugenia Almeida: se escribe con todo el cuerpo. Nuestro cuerpo es la escritura más que cualquier otra cosa, porque nuestro cuerpo es un relato. Y la escritora, lo sabe, puede escribirlo, que además es otro cantar, porque hay mucha gente que lo sabe, pero muy poca puede escribirlo, nos dice que se escribe con el cuerpo. Y una entiende la forma del lenguaje, porque es nuestro relato este cuerpo, este cuerpo que es capaz de soñar, de sentir envidia, de sentir placer. Es el cuerpo capaz de un pensamiento, de interpretar un pensamiento, de entenderlo.

Una escritora es humilde, en su forma de vestir, en el tono de su voz, se escucha el vuelo de la humildad, que le permite hablar así sobre las palabras.

Inundación es un diccionario. El diccionario de Eugenia Almeida.

Pero es también la forma en que vemos el cuerpo de Eugenia Almeida, los trazos que hay en ese cuerpo, como los círculos de un árbol, como la forma de una espalda que es moldeada por la vida. En este momento, escribir sobre este libro, Inundación, me hace sentir miedo. Es complejo acercarse a libros que se leen con fiebre, porque el cuerpo está como un cernidor, todo puede pasarnos. Tengo un fallido al escribir esto y cambio Inundación por Invasión, porque estoy invadida por reflexiones que no había hecho hasta ahora. Y es porque he leído el libro estando enferma y con fiebre. Me ha tomado por completo y me ha reconocido, como una enfermedad, se ha puesto dentro de mí. Ha reconocido de lo que estoy enferma. Entonces una encuentra que se habla sobre el suicidio. Y una sabe que la vida no es soportable sin esa última posibilidad de decidir cuándo terminarlo todo. Poder hablar con ternura de esa posibilidad, es quizás el logro más transgresor de sus páginas. Hablar de las cartas de los suicidas.

Por eso me da miedo.

Este libro es, además, un deseo. Entonces hay que andarse con cuidado porque es el deseo de una escritora lo que está en juego. El cuerpo de una escritora. Y es una responsabilidad hermosa, no meterse con el deseo de una escritora.

Sin embargo, me pregunto de dónde proviene el deseo de esta escritora en particular. De dónde abreva una mujer como ella cuando se sienta a escribir, que es como mirar el mundo. Es del baño de la sabiduría, de ese arroyo que muy pocos se cruzan en el camino de la vida. Y encontrarse con personas sabias, es una fiesta. Porque el lenguaje, que es una forma de saber, es una fiesta. Y estamos constituidos de él, manos, bocas, pelo, axilas, pies, uñas, todo es lenguaje. Todo es el infinito poder del lenguaje, porque es silencioso y lento, porque invade todo el cuerpo.

Pienso que el tesoro más grande del lenguaje, son sus diccionarios. Tan sólo con eso basta. Basta para hacer vivir al lenguaje.

Este diccionario es un tesoro del lenguaje. No porque defina nada, si no porque nos siembra la curiosidad de pensar en palabras como las que Eugenia eligió como puntos de partida.

Por ejemplo: “(…) Mi vida. La vivida. No parece parece mía (…). “

O: “(…) Pero escribir es un acto de fe. De fe en el lenguaje (una fe mil veces destruida y vuelta a levantar), fe en que existe una posibilidad de encuentro (…).”

O: “(…) Como en todo paisaje de supervivencia, el que se queda quieto es el que muere primero (…).”

O: “(…) De todas las palabras que podrían ser dichas, las que finalmente llegan a la boca son las que -por su inoperancia- saben sortear los caminos de la prohibición (…).”

Es decir que deseo con todo el cuerpo que este libro tenga una vida larga y alegre, que se agote una y otra vez, que las personas lleguen a él y lo tengan entre sus manos, que lo lleven consigo para leerlo en los ascensores y las colas de los bancos o las guardias en los hospitales, que nos llegue el trabajo de esta escritora que un día se sentó a escribir cosas como éstas.

Y más allá, celebremos tener un libro bello y posible, entre las manos. Es posible la belleza de los libros, todavía, a pesar de Mauricio Macri. A pesar de nuestra traición a los libros, es posible que una editorial del culo del mundo, haga un libro como éste. Una colección como ésta en la que celebro la bienvenida de una mujer como Eugenia Almeida, que sólo puede enriquecer a sus compañeros y a su compañera. Darle vuelo, profundidad, hondura, análisis, una desnudez, una desnudez tan femenina.

Celebro una editorial dirigida por una mujer porque cuando se tiene un libro de su sello, una sabe que se encontrará con literatura. A veces, cuesta diferenciar los libros debido a cierto mal gusto de sus editores, no se sabe si una tiene en sus manos una novela, una autoconfesión o un libro sobre derecho penal. Entonces, permítaseme la vanidad, yo agradezco este papel, esta dedicación, la mirada de Demian Orosz, ¡otro!, otro inexplicable entre nosotros.

Y es una pena ser una tan bruta y no encontrar palabras más acertadas respecto al sentido de un libro como este, que habla de una pausa. Que habla de un silencio donde sea posible escuchar el murmullo de nuestro sistema nervioso. O el eco del primer estallido del universo.

Más allá del lenguaje, hay una sanación. Es posible, atravesando el lenguaje, encontrar un lugar donde reposar alguna vez, que es tan necesario como esta pausa en la vida de una escritora. Porque una vez el libro está escrito, la vida sigue y hay que presentarlo, decirlo, explicarlo, hay que vivir la vida y seguir comiendo, encontrarse con que una no está sola en el mundo como le hizo creer el espíritu diabólico del libro. Pero antes, una escritora, se sentó a escribirlo, atravesó el lenguaje, con humildad y hasta me atrevería a decir, despojada, hasta el final, despojada de ella misma, aunque no sea menor que se atreviera a usar la primera persona.

Trabajemos con elegancia, dijo Rita Cortese mientras filmábamos La viuda de Rafael. Nunca más bello un deseo. Así, como trabaja Eugenia Almeida."


Camila Sosa Villada






domingo, 19 de enero de 2020

Los testamentos - Margaret Atwood



Diarios de resistencia

En 1984 Margaret Atwood escribía El cuento de la criada, posiblemente su obra cumbre. El libro se publicó en 1985 y, si bien en su momento tuvo mucha repercusión, en los últimos años se convirtió en una referencia literaria imprescindible de la lucha por los derechos de las mujeres en diferentes partes del mundo. 

Treinta y cinco años después llega Los testamentos, una novela que se promociona como la continuación de El cuento de la criada. La pregunta es inevitable: ¿es necesario haber leído aquella obra para disfrutar este nuevo libro? En lo absoluto. Los testamentos se sostiene por sí misma y vuelve a poner en evidencia la singularidad de Atwood: desmenuzar los nudos oscuros de nuestras sociedades sin renunciar a la destreza de atraparnos con una historia.

El escenario es el mismo: Gilead, lo que antiguamente era Estados Unidos ahora convertido en un régimen teocrático totalitario cuyas principales víctimas son las mujeres. Allí están los Comandantes, los Ángeles, los Ojos, las Tías, las Suplicantes, las Perlas, las Esposas, las Marthas y las Criadas. La sumisión, la censura, la esclavitud, la delación, las purgas y los linchamientos.

La escritora canadiense despliega un relato coral en el que se van intercalando tres voces. La de la hija de un Comandante; la de una adolescente que vive del otro lado de la frontera, en Canadá; y la de Tía Lydia, una de las temibles guardianas del orden que impone y sufre a la vez. Quizás esta última voz sea la más perturbadora porque pone en escena de qué modo las víctimas pueden convertirse en verdugos y cómo los procesos de sublevación no son lineales ni inmediatos. Lo que cuenta Tía Lydia permite ver cómo era la vida antes de Gilead, desnaturaliza lo establecido y nos recuerda que siempre hay en ciernes la posibilidad de otro mundo. Y que en esa idea puede esconderse el horror o la esperanza. “Se supone que toda mujer tiene los mismos motivos o, si no, es un monstruo”, dice George Eliot en una de las citas que abren el libro. La pregunta en cada historia será ¿un monstruo para quién?

Los testamentos es, también, un dispositivo de reflexión. ¿Qué es la libertad? ¿Cómo se ejerce? ¿Cómo liberarse uno y, a la vez, destruir la condición de esclavitud para todos? ¿De qué modos nuestros gestos combaten o colaboran con la opresión?

Contar más detalladamente los puntos de enlace entre El cuento de la criada y Los testamentos implicaría quitarles a los lectores parte de la potencia del libro. Hay que descubrirlo en la lectura.

Los testamentos obtuvo el Premio Booker, uno de los más importantes en lengua inglesa. Atwood ya lo había ganado en 2000 por su novela El asesino ciego y estuvo entre los finalistas con Alias Grace en 1996 y Oryx y Crake en 2003.

Eugenia Almeida

Publicando originalmente en La Voz del Interior




jueves, 16 de enero de 2020

Los efectos del mundo (Días contados)

Una columna que escribí cuando todos hablábamos del eclipse




Los efectos del mundo


Es 2 de julio. 

Desde hace días todos parecen hablar de lo mismo: prepararse para el eclipse. 

Un viaje planeado con antelación me deja en territorio copado por esa fiebre. Busco soledad, silencio. Estoy en medio de la montaña, en la curva de un camino, en un rincón lejano a todo movimiento.

Una y otra vez escuché en estos días cómo debía protegerse la gente para mirar el sol. Me llamó la atención: en ningún momento he pensado en mirar el cielo. Me interesan más los efectos que las cosas. Siempre ha sido así. 

Y ahora que estoy perdida en la montaña me dispongo a mirar qué es lo que pasa a mi alrededor en ese momento en que la tarde va a volverse noche. 

Mientras camino evito mirar hacia arriba. Justo cuando encuentro el lugar en el que me voy a quedarme, comienza el cambio. 

Es casi como si atardeciera. Pero hay algo raro. Algo diferente. 

Después, mi amigo Emiliano, contándome lo que vivió en Salsipuedes, va a decirme: "Había una oscuridad fría. Dura". Él va a encontrar las palabras precisas para lo que yo hubiera querido decir. Una oscuridad inusitada. Fuera de lugar. Desplazada.

Cuando esa oscuridad avanza, siento el ruido de un pájaro que se mete en el árbol bajo el que estoy parada. Como una flecha. Se oye el cuerpo velocísimo rozar contra las hojas. Entrar en lo que parece un nido. Queda parte de su cuerpo a la vista. Inmóvil.

Esa es la sensación que tengo. Que todo se ha detenido. 

Quizás porque busqué un lugar donde no hubiera nada que no fuera naturaleza. Quizás porque me alejé deliberadamente de los centros de reunión. De los lugares en los que, supe después, se hacía una cuenta regresiva por altavoz o se escuchaban bandas en vivo. 

Yo sólo escucho esto: el silencio que queda después del ruido feroz que hizo el pájaro al esconderse. 

Se hace casi de noche. 

Y es un segundo. 

Un segundo de una manta helada sobre el cuerpo. Un segundo de zozobra. 

Y aunque sé qué está pasando (o he aprendido a creer en las explicaciones científicas), es difícil asociar lo que creo saber con esta súbita oscuridad, con esta manta helada. Con el pájaro detenido. Con un silencio de algo roto. Es difícil pensar en órbitas y rotaciones, estrellas y satélites. El cuerpo sabe que está pasando algo inusitado. 

El momento clave no es el de la oscuridad. Es lo que sucede justo después. El inicio de una claridad cuando ya la percepción se había preparado a un oscurecimiento total, a una noche. 

Cuando la luz vuelve y, en menos de un minuto, el cielo está otra vez azul y claro  no puedo evitar pensar en las explicaciones que se daban los pueblos antiguos cuando sucedían cosas como esta. Qué historias se contaban a sí mismos para comprender, para procesar, para no temer la súbita interrupción de lo que les parecía natural.

Y en este momento me siento mucho más cerca de esos pueblos que de toda explicación científica. ¿No parece más alocado creer que la tierra es una esfera que gira en torno a una estrella? ¿Que forma parte de la Vía Láctea en un enorme universo lleno de algo que llaman materia oscura?

El cuerpo dice que ha pasado algo extraordinario. 

Después los amigos me van a contar que pensaron en su propia finitud, que algunos imaginaron cómo sería el fin del mundo, que otros hicieron chistes.

Meli y Vale –como yo– pensaron en los pueblos antiguos. 

Ahora es de noche y decido leer todo lo que encuentre sobre esas historias.


Las voces de los pueblos

Leo que:

La palabra “eclipse” deriva de una antigua expresión griega que significa “abandono”. 

El primer registro está datado en China en el año 2137 a.C. 

En muchas culturas se relacionan los eclipses con el ser devorado, con el comer. Los mayas los llamaban "chi 'ibal kin" (“comer al sol”).

En náhuatl se le dice "Tonatiuh cualo" ("cuando el sol es comido"). 

La palabra más antigua de China para nombrar un eclipse ("shih") significa, justamente, “comer”. 

En Vietnam se decía que una rana devoraba al sol. En ciertas regiones de América del sur el predador era un jaguar o un puma. En China, un dragón.

Los vikingos veían a la luna y al sol como dos hermanos que viajaban por el cielo en sus carros. Eternamente perseguidos por dos lobos, los eclipses eran los momentos en que esos lobos finalmente atrapaban a sus presas.

En Corea había una leyenda sobre un rey de otro mundo que deseaba  el sol y envió a su perro a que lo robara. Cuando el perro mordió al sol, se quemó el hocico y tuvo que soltarlo. Al no haber podido cumplir su misión, recibió la orden de volver a intentarlo. Cada eclipse es uno de esos intentos.

En India se hablaba de un demonio, Rahu, que quiso robar “el néctar de la inmortalidad” de los dioses. Fue descubierto por la luna y por el sol cuando el néctar estaba en su boca. Vishnu lo detuvo cortándole el cuello. La cabeza ya era inmortal y logró escapar. Desde entonces persigue a la luna y el sol para vengarse. Cuando los atrapa, los traga. Pero, al no tener cuerpo, éstos vuelven a aparecer al poco tiempo.

En algunas regiones de Asia se creía que un dios –apodado “El glotón”– intentaba comerse al sol. Para impedirlo, la gente debía sacrificar animales. En India las personas debían entrar a ciertos ríos y quedarse allí con el agua hasta el cuello, como un modo de ayudar al sol y acompañarlo en la lucha contra el dragón que intentaba devorarlo.

En Egipto, se creía que la serpiente Arpep –reina de la muerte– hundía el bote en el que viajaba Ra, el rey sol.

Algunos pueblos nativos de América del Norte hablan de un oso que, recorriendo el cielo, se encuentra con el sol y lucha con él para sacarlo de su camino. En la misma región había pueblos que veían los eclipses como los momentos de intimidad que encontraba la pareja formada por el sol y la luna. 

Los mexicas consideraban que los niños corrían peligro de convertirse en ratones durante el eclipse y por eso debían taparse la cara con máscaras para estar protegidos.

Los aztecas creían que en esos momentos aparecían las "tzitzimime" ("estrellas demonio"), esqueletos de mujeres que podían volar y devoraban a los hombres mientras el sol estaba oculto.

Los mayas relacionaban los eclipses con la dualidad de Kinich Ahua, el dios jaguar que representaba el día y la noche, la vida y la muerte.

Leo una descripción de un eclipse en la biblia. Leo que hay algo conocido como “eclipse de crucifixión”: el período de oscuridad de tres horas que se produjo mientras Jesús era crucificado.  Leo que Ibrahim, hijo de Mahoma, también murió durante un eclipse.

Sí. 

Más que las cosas, me interesan sus efectos. 

Las historias que nos contamos para darle forma a lo que sentimos. *


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en La Voz del Interior

Ilustración: Juan Delfini