miércoles, 17 de octubre de 2018

Los regalos no se rechazan





“¿Por qué está en Spam este mensaje? Porque se parece a otros mensajes detectados por nuestros filtros de spam.”

Eso leo en la pantalla de la computadora. 

Eternamente desentendida de la carpeta de Spam, cada tanto recuerdo que debo entrar a ver qué hay. Me resisto a dejar que una fórmula matemática decida qué es interesante y qué no. 

Y sí, algo ha funcionado mal. La revista de filosofía a la que estoy suscripta ha ido a parar ahí, no sé por qué. Una nueva editorial que presenta sus títulos. Una promoción de tóner que me hubiera servido la semana pasada. 

Esta vez me detengo a mirar lo que siempre borro sin leer.Y a preguntarme cómo es que ha llegado a mi correo.

Una automotriz me invita a acceder al programa Primer Auto Argentina. Una financiera francesa me ofrece un préstamo; una casa de electrodomésticos, un televisor de 49 pulgadas. Una aseguradora me recuerda que debo proteger mi hogar. Me regalan una puesta a punto del aire acondicionado que no tengo.Un negocio de informática publicita “toda la tecnología que buscabas para el día del niño”.Una universidad privada me ofrece un posgrado de neurociencias y creatividad en el arte y un curso sobre “Herramientas para aplicar valores en la escuela”. De este último me llaman la atención las palabras elegidas. Me imagino una enorme máquina de producción de moral en una línea fordista de gente con guardapolvos. 

Promo especial para estudiar inglés en agosto.Chip gratuito de una nueva compañía telefónica. Travesías 4x4 para manejar en las dunas. 

Fuera de las publicidades, aparecen otras cosas.

Desde La Generatriz me escriben disculpándose por la demora en responder (yo nunca les he enviado un mail), justificando esa demora en las muchísimas consultas que han recibido en estos días y respondiendo a mi supuesto interés en solicitarles una campaña de marketing. 

El señor David Castel me escribe en francés para decirme que la Lotería Joker quiere informarme los resultados de la tómbola especial de cada trimestre. Y que soy la feliz beneficiaria del décimo premio. Me envían un documento adjunto con los detalles. Para poder cobrar el premio debo enviar un domicilio y completar un cupón.

Debo estar en una racha furiosa de suerte. No sólo gané el décimo premio en la tómbola francesa sino que, además, Trillonario me envía de regalo un ticket para la lotería Mega Millions. El premio es de quinientos millones de dólares y, por si estuviera dudando, me recuerdan que “los regalos no se rechazan”. Pero quizás no necesite ese ticket de regalo. Según me informan en otro mail, también gané la superlotería Euro Millions. Un premio de sesenta mil euros. No más preocupaciones.


Viuda, huérfana, en riesgo, enferma y solidaria

“Ten mucho cuidado con este mensaje. Nuestros sistemas no han podido confirmar que lo haya enviado gmail.com de verdad. Te recomendamos que no hagas click en ningún enlace y que no respondas dando tus datos personales.”

Esa es la leyenda que aparece en otro tipo de mensajes.

La señora Fátima Yusuf, de Costa Marfil, me escribe en inglés para decirme que su padre era director del servicio de exportaciones agrarias y que fue asesinado por sus socios. Antes de morir, depositó más de nueve millones de dólares. La señora me explica que a raíz de la crisis política y económica de la región, no hay garantías para las vidas ni para las propiedades. Y que por eso ella no puede invertir el dinero en su país. Por eso ha pensado en mí. Quiere que yo reciba esos fondos en mi cuenta bancaria, como una forma de asegurarlos. Luego ella invertiría en mi país, al que califica de estable en lo político y lo económico.  Es muy probable que no lleguen noticias argentinas a Costa de Marfil, me digo. A cambio de ese favor, Fátima me ofrece el veinte por ciento de sus ahorros. Debo decidirme rápidamente: ella está en riesgo de muerte. Su tío, que ya mató a su padre, ahora intenta asesinarla. Justamente por su seguridad, me pide que no hable de esto con nadie.

La señora Marthe Nguen Van Bau me escribe en francés a pesar de ser de Venezuela. Me cuenta que está casada con el señor Nguyen Van Bau, de Kuwait, antiguo funcionario de la embajada en Londres. Su esposo ha muerto después de una breve enfermedad que duró sólo cuatro días. Siguiendo convicciones religiosas ella ha decidido no volver acasarse ni tener hijos. Su marido, poco antes de morir, depositó en Londres unos diez millones de dólares. Pero son días difícilespara la señora Nguen Van Bau. Su médico acaba de informarle que tiene cáncer y que sólo le queda un mes de vida. Lo que ella quiere es donar su herencia para construir un hospital que atienda huérfanos. Pero en Inglaterra las cosas no van como ella quiere y ya casi no le queda tiempo. Su abogado le ha aconsejado compartir su herencia con personas cercanas. Y por eso ha decidido donar parte de su fortuna a quienes necesiten el dinero para cuidar a su propia familia y también para ayudar a los pobres. Yo soy una de las personas elegidas. La señora Marthe no dice por qué. Quiere enviarme una tarjeta de crédito (de una marca internacional) con el monto de tres millones y medio de dólares. Para poder hacerlo, necesita que le envíe todos mis datos. Lo único que ella quiere, escribe, es que yo sea feliz. Y que cuide a mi familia. Y que ayude a los pobres. Me bendice y firma “Tu hermana”. 

Algo extraño debe estar pasando porque también me ha escrito la señora Stella Ngole, que también estaba casada con un señor de Kuwait que ha muerto. También ella tiene un monto grande en el banco (seis millones y medio de dólares), también ella tiene cáncer, también a ella le han dado poco tiempo de vida. Lo que quiere es invertir el dinero en mi país. Su objetivo son los organismos de beneficencia, las escuelas y los hogares para gente desamparada. En este caso, la señora ha pensado en mí para ser quien se ocupe de administrar el dinero y hacer donaciones anualmente. Me pide todos mis datos. Y me recuerda que se trata de algo urgente porque de no tener noticias mías buscará otro beneficiario. 

En la misma exacta situación están la señora FareedaFarah y la señora MargarethBenoit. Parece una epidemia. Y es notable que todas hayan pensado en mí, sin conocerme. 

Más mails. 

En inglés, la señora Amor Somdame cuenta que su marido –ya fallecido– era el jefe de la delegación del Banco Mundial en África del Oeste. En su cuenta hay quince millones y medio de dólares. Por problemas difíciles de entender, el dinero no está a nombre de ella ni de su marido. Necesita reclamarlo y cree que yo puedo ayudarla. Me ofrece el cuarenta por ciento de los fondos por mi ayuda. Me asegura que no hay nada extraño en esto, que no es dinero sucio y que quiere aclararme que no puede hablar muy bien porque es tartamuda. Exceptuando el detalle de la tartamudez, casi lo mismo me dicen la señora Aicha Eme y la señora ZenabWarlord Ibrahim Coulibaly.

Marido muerto, enfermedad terminal y millones en el banco a transferirme inmediatamente se repiten en otrosmensajes. Todas quieren enviarme su dinero. 

Ha sido muy instructivo detenerme a leer estos mails. Investigo algo más. Aprendo que, en el rubro de las estafas, hay algo conocido como “El timo nigeriano” o el “timo 419”, haciendo alusión al artículo 419 del Código  Penal de Nigeria. Leo, descripta a la perfección, la matriz que se repite en cada uno de estos mails. ¿Hay gente que cae en esa trampa? Sí. Miles de personas en el mundo creen en esas cartas y, de buena o mala voluntad, aceptan el ofrecimiento. Y así se convierten en víctimas del robo de datos. Leo un poco más. Hay muchos otros tipos de estafas que –increíblemente– funcionan. Pero ese es tema para una próxima columna.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados

Ilustración de Juan Delfini





lunes, 15 de octubre de 2018

La respiración violenta del mundo - Ángela Pradelli





Reconstrucción de la memoria

La respiración violenta del mundo comienza con una delimitación de tiempo y espacio precisa. Burzaco, última semana de julio de 1976. Una calle. Una luz. Un Renault 12 negro estacionado en la esquina. Dos hombres, quietos, dentro del auto.

Emilia tiene 5 años. Es hija de una pareja de militantes. Su padre ha pasado a la clandestinidad y su madre ha buscado para ellas una nueva casa. La zarpa del horror está a unos pasos.

Cuando esos hombres entren y se lleven a su madre, Emilia quedará ahogada en un silencio que la salva y, a la vez, la condena.De ahora en más el silencio va a ser una muralla, una mole de piedra difícil de desmontar. Emilia recuerda y se ancla. La maquinaria cotidiana hace sobre ella la fuerza contraria; exige el olvido.En esa maquinaria trabajan ciertos sectores de la Iglesia Católica y de la Justicia, aliados de la última dictadura militar. En contrapeso: mujeres que se encuentran con otras en la desolación de ese peregrinaje incansable para recuperar a sus hijos y a sus nietos. 

La respiración violenta del mundo es la última novela de Ángela Pradelli. Una historia que sucedió cientos de veces en Argentina. Niños secuestrados que fueron criados por sus apropiadores, privándolos de su identidad. Niños que ahora son hombres y mujeres. Y que, en muchos casos, siguen secuestrados, sin conocer su verdad. 

La historia de Emilia y de su abuela Lina da cuerpo a muchas otras historias. Pradelli ofrece un tono de crónica a un relato de ficción que, sin embargo, está saturado de realidad.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero





Margaret Atwood



Distopías, revelaciones y compromiso

La escritora canadiense Margaret Atwood ha publicado más de cuarenta libros. Aunque hoy es reconocida principalmente como novelista, también ha escrito cuentos, guiones televisivos, obras de teatro, poesía, libros para niños, historietas y novelas gráficas.


Había comenzado la Segunda Guerra. El mundo cambiaba para siempre, evidenciando hasta qué punto el futuro dejaba de ser horizonte de utopías para convertirse en el escenario de la crueldad. 1939. 

En Canadá, en la casa de un entomólogo y una nutricionista, nacía Margaret Atwood, la chica que iba a crecer entre los bosques y los libros. La que iba a encontrar en la escritura un modo de decir lo necesario, lo imprescindible. La que iba a convertirse en una de las voces más potentes de la literatura contemporánea. La que hoy sigue destilando historias imposibles de ignorar. 


Botánica, periodismo, filología, literatura

Pasó su infancia en el norte de Quebec, rodeada de naturaleza. No había televisión, ni teatros, ni escuela. A veces lograban sintonizar una emisora rusa en la radio. Si el tiempo era bueno, la aventura estaba en el bosque. Si llovía, estaba en los libros. No sólo se trataba de leer. También entraba ahí la escritura. Junto a su hermano, Atwood hacía historietas y armaba sus propios libros plegando el papel y diseñando las tapas. El primero que hizo, a los siete años, contaba la historia de una hormiga. 

Su deseo inicial era dedicarse a la botánica. A los diecisiete años quería ser “una mezcla entre Katherine Mansfield y Ernest Hemingway”. Quería estudiar periodismo, pero un pariente le hizo cambiar de idea cuando le vaticinó que, por ser mujer, iba a pasarse la vida escribiendo necrológicas y artículos para las “páginas femeninas”. 

Su primer poema llegó por esos años. "Un día que iba de vuelta a casa desde la escuela por el furtivo camino de costumbre, un enorme pulgar invisible descendió del cielo y se apoyó en lo alto de mi cabeza, presionándome. Entonces surgió un poema.”  

Y esa es la sensación que uno tiene al leer a Atwood. Que algo ha venido desde arriba a presionar, a abrir, a buscar la palabra que lo nombre. Palabras que nos permiten abrir los ojos, ver de qué estamos hechos, cómo construimos nuestra realidad,  cómo manipulamos el lenguaje para defender y volver incuestionable lo que, sabemos bien, podría ser de otro modo.

En 1961 Atwood terminó sus estudios en filología inglesa e imprimió su primer libro ella misma. Se ocupó incluso de hacer la serigrafía que aparecía en la portada. 

Su primera novela, La mujer comestible, fue publicada en 1969. Luego vendrían El cuento de la criada, Ojo de gato, Alias Grace, El asesino ciego, Oryx y Crake, Penélope y las doce criadas, Por último, el corazón y La semilla de la bruja, entre otras.

Su estilo es único, personal. Un humor filoso que puede tallar por detrás del horror. Un interés constante en la pérdida de derechos, en el constreñimiento de las libertades individuales, en la progresiva corrosión de los lazos sociales, en los riesgos de todo proyecto que borre las diferencias, en lo político que yace en los gestos íntimos, en el poder del lenguaje, en el deterioro del medio ambiente.  

En el último tiempo, Atwood ha retomado la historieta (un género que trabajó en la década del 70, con el seudónimo de Bart Gerrard). La editorial Sexto piso acaba de publicar el primer tomo de AngelCatbird, la historia de un ingeniero genético que a raíz de un accidente mezcla su ADN con el de un búho y un gato.

Dos de sus libros más famosos (El cuento de la criada y Alias Grace) han sido reeditados por Salamandra a raíz del éxito de dos series basadas en estas historias. Atwood aparece brevemente en ambas series, haciendo un cameo, en un juego de estar dentro de sus propias obras.

Hacer el listado de premios que ha recibido la escritora canadiense sería tedioso. Baste decir que entre ellos está el ManBooker (que donó a asociaciones en defensa del mediambiente), el Princesa de Asturias, el Arthur C. Clarke, el Franz Kafka y el Premio de la Paz de los libreros alemanes.  

Cuando en 2013 Alice Munro ganó el Nobel, muchos dieron por sentado que Atwood ya no recibiría ese galardón. El casillero “mujer canadiense” era demasiado específico como para volver a repetirse. Y sin embargo, en el plano de las especulaciones, se  pronosticaba que 2018 era el año de Atwood para el Nobel. La enorme visibilidad que ha cobrado su obra hizo que su nombre sonara una y otra vez. Lamentablemente, la Academia Sueca decidió suspender la entrega del Premio, en repuesta a las acusaciones de encubrimiento de situaciones de acoso sexual. Una respuesta que, por supuesto, no repara ni resuelve nada. 


Hablemos de género

Muchas veces se ha situado a Atwood en la categoría de la ciencia ficción, un etiquetamiento que ella discute. La autora insiste en señalar que ese género inventa mundos fantásticos y que, por el contrario, sus novelas sólo exacerban lo que ya existe. Cuando escribía El cuento de la criada (en una máquina de escribir alquilada, en la ciudad de Berlín, en 1984), su decisión era “no incluir en el libro ningún suceso que no hubiera ocurrido ya en lo que James Joyce llamaba la “pesadilla” de la historia”.

Esta novela es quizás su obra más reconocida. Una distopía futurista donde la mayoría de las mujeres han perdido sus derechos y son utilizadas como “incubadoras” vivientes cuyo único rol es ser “reproductoras” de la especie. Una dictadura teocrática que, bajo la iconografía católica, ejerce un poder absoluto sobre los cuerpos de las mujeres. La autora dice que se trata de una “antiprofecía” porque aún estamos a tiempo de que no suceda. 

Desde el inicio de su carrera, se la ha señalado como una escritora feminista. Atwood, con su habitual ironía, alguna vez dijo que en realidad está a favor de defender la dignidad de las personas y que sostiene la revolucionaria idea de que las mujeres son, también, personas. 

Activista comprometida –y señalada por la revista Time como una de las cien personalidades más influyentes del planeta–, la escritora canadiense estuvo en las calles durante las protestas que hicieron miles de mujeres cuando Donald Trump asumió la presidencia  de los Estados Unidos. En muchas de esas manifestaciones hubo mujeres vestidas con uniformes similares a los de El cuento de la criada, protestando contra las políticas de recorte de derechos. También había carteles que decían “Hagamos que Atwood sea ficción otra vez”.

Cuando la escritora visitó Buenos Aires el año pasado, se contactó con el  colectivo Ni una menos y se informó sobre la situación de las mujeres en el país. 

Atwood está muy presente en las redes sociales y las utiliza para comprometerse públicamente. El 25 de junio, la mirada recayó sobre Argentina y sobre el debate en torno a la Ley de interrupción voluntaria del embarazo. La escritora recurrió a twitter para enviarle un mensaje directo a la vicepresidenta Gabriela Michetti: "No aparte la mirada de las miles de muertes que hay cada año por abortos ilegales. Dele a las mujeres argentinas el derecho a elegir". 

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero






“Magnetizado” - Carlos Busqued




Durante mucho tiempo, los lectores de su primera novela repetíamos con impaciencia una pregunta: ¿publicó algo más Busqued?

Hace un par de años, el escritor visitó la Feria del libro de Córdoba y leyó algunos párrafos de lo que estaba escribiendo. Eran parte de lo que hoy es Magnetizado.

En pocos días de septiembre de 1982, Ricardo Melogno asesina a cuatro taxistas. Su hermano lo entrega a la policía. Lo detienen. Va a vivir bajo esa condición más de treinta y cuatro años. Cárceles y pabellones psiquiátricos de establecimientos penales. Lo que más desconcierta de esos crímenes es la falta de un móvil. El no poder desentrañar un porqué.

Carlos Busqued conversó con Melogno durante más de noventa horas, de noviembre de 2014 a diciembre de 2015. La palabra clave aquí es “conversar”. No hay juicio, no hay interrogatorio. Dos hombres conversan. Se asoman a la complejidad.

En Magnetizado no hay morbo, no hay lecciones de moral, no hay categorías, no hay deseos de cristalizar al monstruo en el otro. Lo que sucede es exactamente lo contrario: uno llega a sentir cuán cerca está Melogno. Qué frágil es la frontera. 

Un libro de asesinos tradicional respondería a la pregunta de quién es ese asesino. Magnetizado no responde. Sólo pregunta. Pero pregunta otra cosa: ¿Quiénes somos? 

El libro de Busqued despliega ante los ojos el derrotero de alguien cuya única expectativa hoy es “ser una persona”. Justamente la palabra que usa para referirse a sus víctimas. No dice “hombre” ni “taxista”. Dice “la persona”. Entonces: ¿Qué es una persona?

Lo que queda en el aire es la ferocidad del sistema penal y psiquiátrico. Una maquinaria que castiga. Un dispositivo que  se permite lo indecible en la legalidad del horror. Alivia escuchar la conversación con M.R., la médica psiquiatra que atendió a Melogno durante siete años en la Unidad 20 del Borda. Mientras haya gente así, dispuesta a asomarse a su propia oscuridad sin deseo de catalogar la oscuridad ajena, habrá algo salvable en el verdadero monstruo que presenta este libro: nosotros.  

Leer Magnetizado hace pensar en la frase de la filósofa Simone Weil sobre los muertos: su ausencia es su nuevo modo de aparecer. Lo que ha hecho Busqued es borrarse de su propio texto, dar un paso atrás, dejarse en la niebla para que todo el libro sea ocupado por la conversación. Y, haciendo eso, ha hecho aparecer un nuevo modo de su escritura.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero


viernes, 12 de octubre de 2018

La Frantumaglia - Elena Ferrante




El deseo de narrar

En 1991, Elena Ferrante publicó su primer libro y, antes de hacerlo, les advirtió a sus editores que no estaba dispuesta a hacer nada que supusiera el “compromiso público” de su persona. Ni fotos, ni relato autobiográfico, ni giras de promoción. La obra debía sostenerse por sí misma. Ella estaba presente, por completo, en su narración; no había nada más para agregar. 

Han pasado veintisiete años de aquella decisión. A la par del reconocimiento mundial por su tetralogía Dos amigas, hubo innumerables pesquisas para “revelar” su identidad. La tozudez de buscar en un nombre “real” algo que es absolutamente innecesario para disfrutar los libros de Ferrante y ese ritmo seco y sincopado que habla del abandono, la violencia, el patriarcado, los derrumbes, la amistad y la locura.

La madre de Ferrante usaba una palabra precisa para nombrar “cómo se sentía cuando era arrastrada en direcciones opuestas por impresiones contradictorias que la herían”. Una palabra napolitana: “frantumaglia”. Una sensación que sacudía el cuerpo hasta lo insoportable. La cabeza llena de fragmentos dispersos, divergentes, en tensión. 

Esa palabra arraigó en Ferrante, condensando en su memoria muchas escenas de infancia y convirtiéndose luego en un modo de llamar a un estado intrínsecamente relacionado con la escritura. 

La Frantumaglia es ahora el título del último libro de la escritora italiana publicado en español. Una extensa recopilación de entrevistas y cartas que ha intercambiado con sus editores, sus lectores y diversas personas que han trabajado sobre su obra. 

De algún modo, son varios libros en uno. Quienes hayan leído a Ferrante podrán saber mucho más del detrás de escena de sus relatos. Quienes aún no la han leído, probablemente sientan el impulso de hacerlo. Para quienes están interesados en los procesos de escritura en general, el libro es un bellísimo dispositivo que vuelve una y otra vez a los secretos del oficio para desentrañarlos, para enrarecerlos, para iluminarlos en su complejidad.

La voz de Ferrante es, sin dudas, la de una gran escritora pero, también, la de una lectora sensible que sabe leerlibros, personas, paisajes, épocas y modos de ver el mundo. En La Frantumaglia se habla de política, de feminismo, de psicoanálisis, de cine, de literatura y de los singulares modos en los que nos relacionamos como especie.

Como casi todos los entrevistadores insisten en torno al tema de su “reserva”, el libro es también un ejemplo de paciencia casi oriental que se despliega en las mil formas de decir lo mismo: “deseo que el rincón de la escritura siga siendo un lugar oculto, sin vigilancias ni urgencias de ningún tipo.”

En una de las entrevistas, a Ferrante le preguntan qué le gustaría que no cambie. La respuesta es certera: “El deseo de narrar”.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero




miércoles, 10 de octubre de 2018

El silencio está ahí





Es jueves 31 de mayo. Hace frío. La garúa aparece y desaparece. Lo que queda de ese vaivén es un paisaje borroso, enrarecido. Camino por Barrio Güemes. 

Hace tiempo un amigo me invitó a participar de una charla que tuviera como eje el silencio. Es algo que nos convoca. A veces tomamos mate en su librería y hablamos de eso. Del silencio. De los límites del lenguaje. De la belleza innombrable que hay en las cosas. La idea va cobrando forma y, muchos meses después, la invitación se convierte en una charla con el poeta Hugo Mujica.

Ahí es donde voy. 31 de mayo. Campera, bufanda y un viento que se mete entre la ropa. La zona parece bombardeada. La municipalidad dice estar revitalizando el barrio y por ahora las obras parecen más un proceso de demolición. Me digo que entre el frío y la dificultad de llegar, corremos el riesgo de que haya poca gente. Me apeno por Mujica, que hace el esfuerzo de venir desde otra ciudad. 

Afortunadamente, el lugar está repleto.

Fumo un cigarrillo en la vereda, tomo un té para entrar en calor. 

Me presentan a Mujica. Le pregunto cómo estuvo su vuelo y nos cuenta que la partida del avión se demoró porque había un pasajero de más. Nunca he oído algo así. Vuelos demorados por pasajeros que faltan, a montones. ¿Vuelos demorados porque alguien que sobra? Nunca. 

Mujica tiene el tono de un monje algo malhumorado. Como nunca lo he visto antes, trato de no hacer una inferencia creyendo que él es eso. Me digo que hoy está así. O que a mí me parece que está así. Pongo en suspenso mis juicios sobre lo que me rodea. Hace apenas unas horas he sabido de la muerte de un amigo de la adolescencia. La noticia me ha dejado aturdida, algo desplazada del eje de las cosas.

Lo que he venido a hacer es a servir de puente. Cierta dinámica que se da en las charlas en las que uno presenta a un autor: tratar de abrir caminos, de generar espacios, de crear tonos. 

Todavía no lo sé pero ésta va a ser una de las veces que más me cueste llevar a buen  puerto ese trabajo. Me siento alguien que acaba de aprender a caminar y que hacen entrar a un camerino de bailarines del Bolshoi. 


Monasterios

Mujica abre la noche leyendo poemas. Eso es lo que hemos acordado un rato antes, cuando le he preguntado cómo quiere hacer esto. Él dice “primero leo poemas, después conversamos, después vuelvo a leer”. No hay una sola sonrisa. Gestos secos y tajantes.

Mujica lee y ahí se despliega esa relación extraordinaria con las palabras. Hay algo que se va construyendo de un modo indescriptible. La sala llena. Gente de pie. La voz va haciendo mojones en cosas nodales, cosas que se escapan a las palabras pero que se evidencian ahí, en el juego de decir lo imposible en lo posible.

Cuando el poeta termina de leer, mi sensación de torpeza aumenta. ¿Cómo utilizar el lenguaje ahora? Zozobra.

Saludo, agradezco y hago la primera pregunta. Del recorrido vital de Mujica, me interesan especialmente sus siete años como monje trapense. Le pregunto si su búsqueda en torno al silencio era algo que estaba en él antes de conocer ese monasterio o si surgió allí.

“El silencio vino después del ruido”, responde, y recupera algo de su historia hablando de la década de los sesenta en Nueva York. Cuando comenzaban los setenta, Mujica había buscado otros territorios y vivía en un monasterio yoga. Un día acompañó a su gurú a un monasterio trapense, donde debía dar una conferencia. Allí sucedió lo que el poeta describió como un “encuentro estético con el silencio”. 


La intemperie

Cuando Mujica termina sus respuestas hay una especie de vacío. Vuelvo a hablar. La pregunta que hago es demasiado larga. Me interesasaber algo sobre el momento en el que salió del monasterio. De todo lo que digo –errático, confuso– Mujica se ancla en una palabra que usé y me corrige. “El silencio no se construye”, dice. “El silencio está ahí. Es uno el que lo destruye. La palabra descubrir quiere decir “quitar lo que lo cubre”. La vida y la realidad y el silencio; está todo ahí. Es uno el que se interpone. Al separarse, al replegarse en sí.”

A Mujica le gusta desentrañar, exponer, el sentido de las palabras. Menciona la palabra “angustia”. “Determinadas vivencias, creo que hay que tener coraje para darse cuenta cuando ya dieron la vitalidad que podían dar. Y en realidad uno siente la estrechez. La angustia, que es una palabra tan denodada entre nosotros y hay que ir al psicólogo para que la cure. La angustia es la conciencia de la angustura. La que nos avisa que determinadas situaciones ya no dispensan vida. Y es entonces la invitación a salir”.

Eso dice Mujica. Y yo pienso. La angustia como aliada. Como alerta. 

El poeta ha hablado de las posibilidades que trae la vida. Yo pregunto cómo abrir los ojos para reconocerlas. Mujica dice “no hay recetas”. 

Parece un maestro zen agobiado por la pequeñez y la necedad del discípulo que le ha tocado en suerte. Al terminar la charla, el comentario entre varios de los presentes es ese: qué difícil ha sido sostener un diálogo. Sin embargo, todos acordamos que lo que dice Mujica bien vale esa tensión. 

Tomo algunas notas:

“El llamado de la realidad es a través de la belleza”.

“La vida todo el tiempo está trayéndote una novedad que es ella misma. Lo que pasa es que nos resulta más fácil agarrar cuatro pedazos, darle un beso y llamarlo un todo. Instalarse ahí”.

“En general hay tiempos de lo que ya no es y lo que todavía no llegó. Que son los tiempos más creativos porque es cuando uno está más atento, casi por necesidad”.

“Estar abierto es dar el paso sin saber.”  

Mujica dice que la verdadera existencia es estar fuera de uno, en el todo de la realidad. Estar abiertos ante un mundo. Eso es estar vivos. Una intemperie. Exponernos a ser transformados, a ser afectados. La intemperie, dice el poeta, exige el coraje de la desnudez, de no arroparse, de hacernos vulnerables a la alteridad. Y es la alteridad la que altera aquello que creemos ser y tratamos de defender, encerrándonos.  


Sonidos del mundo

Hablamos del silencio. 

Mujica dice: “El silencio no existe. Es una abstracción. No hay un lugar donde haya silencio. Lo que nosotrosllamamos silencio es que podemos escuchar. La transformación, disponerse a un cierto ejercicio del silencio, es que uno aprende a escuchar. Pero no a escuchar en el sentido cotidiano de que “me callo”. Sino que es el cuerpo entero el que se vuelve sensibilidad que acoge y que recibe. Y uno se percata de cuando hay silencio no es que haya silencio. Es que uno lo que ve en el silencio es que todo habla.”

“El silencio busca en nosotros el decirse. Cuando uno conecta el silencio, el silencio habla”, dice el poeta en un cuarto lleno de gente, en Bario Güemes.

Mientras lo escucho, pienso en John Cage. 

En 1951, Cage entra en la cámara anecoica de la Universidad de Harvard. Un habitáculo absolutamente aislado de toda onda sonora. Puro silencio. Eso espera el músico. Sin embargo, oye dos sonidos: uno agudo y otro grave. Al salir de la cámara lo comenta con uno de los ingenieros. Le explican que el sonido agudo es su propio sistema nervioso. El sonido grave, su circulación sanguínea.

Un año después, compone la pieza 4´ 33´´. El intérprete no debe tocar ni una sola nota. La palabra “tacet” indica que hay que hacer silencio. Tres movimientos: el pianista que estrena la obra marca la duración de cada uno de ellos cerrando y abriendo la tapa del piano. Todo eso dura cuatro minutos y treinta tres segundos.  El público está desconcertado. Algunos, incluso, se enfurecen. Van a tardar en descubrir lo que Cage les ha ofrecido: recuperar aquellos sonidos del mundo que la música hubiera hecho desaparecer.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados

Ilustración de Juan Delfini







lunes, 8 de octubre de 2018

Pequeño país - Gaël Faye




La música trunca de la infancia


Uno de esos libros que se deben dejar por un momento para soportar la conmoción, el temblor, la  sensación de estar ahí, en medio de una historia que nos sacude. Eso es Pequeño país. No se trata de un libro perfecto. Pero a quién le importa la perfección cuando experimenta una lectura que conmueve. Y en ese sentido, la novela de Gaël Faye tiene algo difícil de conseguir: que el lector sienta lo que viven los personajes. Su estilo trae a la memoria la frase que alguna vez dijo la escritora Liliana Bodoc: “que lo poético transforme la acción, no que la adjetive”.  

¿Cómo relata un niño el fin de la alegría y el inicio de una guerra étnica que va a destrozar todo paisaje conocido? Pequeño país narra ese proceso sin apelar a golpes bajos pero sin ahorrar nada en la descripción del horror. Un horror que está ahí, en las calles de siempre, en los amigos de siempre, en los vecinos de siempre. Esos que, ahora, ya nunca serán los mismos.

Gaby vive en Burundi. Es hijo de un francés y una tutsi. De apoco, el mundo cotidiano se va deshaciendo por la violencia. La guerra en Ruanda –de donde emigró su madrehace años–comienza a desplegar un genocidio que va a crecer hasta llegar a Burundi. Hutus y tutsis matándose mutuamente. Una furia imposible de contener. Una región que se cubre de sangre y pierde todo sesgo habitable. 

De mangos, ríos, lagos, bicicletas y juegos a pandillas que toman la calle y conducen  linchamientos públicos. Todo se cruza en esta historia. Los problemas comunes de una vida serena –un divorcio, un desengaño–y los extremos que trae la violencia –caminatas de la locura  buscando familiares en los campos de refugiados–.El racismo, las huellas del colonialismo, la construcción del enemigo. El odio, que va creciendo imparable hasta tomar incluso los cuerpos de los niños. 

La escritura de Faye es impecable, leve y grave a la vez, soltando de a poco el sonido de un mundo que se derrumba. No es sólo un país, una región, un grupo lo que desaparece. Es la posibilidad de una cierta vida. Aún si algunos sobreviven, el espanto los persigue para siempre, de un modo u otro. 

Gaël Faye nació en Burundi en 1982. Como su personaje, es hijo de una ruandesa y de un francés, y debió salir del país cuando tenía trece años. Después de estudiar economía, decidió dedicarse a la literatura y a la música. Un buen modo de continuar este libro extraordinario es escuchar las canciones de Faye disponibles en YouTube.


Eugenia Almeida

Publicado en Número Cero





viernes, 5 de octubre de 2018

La aventura - Giorgio Agamben




Aventurarse a lo propio

Desde hace tiempo, la editorial Adriana Hidalgo se ha ocupado de publicar en español los trabajos del filósofo italiano Giorgio Agamben, posiblemente uno de los pensadores más importantes de nuestra época. Enmarcado en la colección “Fuera de serie” llega ahora La aventura, un libro brevísimo y sorprendente en su potencialidad. 

Recurriendo a diversas fuentes, Agamben va definiendo el término “aventura” mientras despliega, línea a línea, los múltiples significados que habitan esa palabra. Aparecen aquí los antiguos egipcios, un caballero medieval, Goethe, la poetisa María de Francia, Hegel, Simmel, Oskar Becker, los estoicos, Deleuze, Heidegger y otros. De cada uno de ellos, el autor toma algo para acercarse al nudo del concepto. 

Poniendo en suspenso las concepciones modernas de “aventura”y presentando un rastreo etimológico, Agamben delinea su significado diciendo que se trata de “algo misterioso o maravilloso, tanto positivo como negativo”, que le sucede a una persona determinada. 

La aventura implica siempre un compromiso, una entrega, el gesto de dejarse tomar. Es un encuentro con el mundo pero tambiénconsigo mismo. Para que suceda, es indispensable el reconocimiento de algo propio para aquel que ha sido convocado. De eso se trata, justamente, aventurarse.

Así como este breve tratado se ocupa de la aventura, también abre otros caminos cuando el filósofo establece relaciones con la narración, el destino, el amor y el azar.

Agamben se asemeja a un orfebre que pule y trabaja hasta evidenciar lo que late, oculto, en las palabras. Como ejemplo, baste mencionar la hermosa recuperación del origen del término “trovador”: aquel que, componiendo poesía, puede encontrar en ese mismo acto algo de la maravilla. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero




miércoles, 3 de octubre de 2018

Ante el dolor






Lo invisible. Lo invisibilizado. Con eso estoy. Con lo que está a la vista y sin embargo no vemos. Con lo que socialmente construimos o reforzamos. Los mandatos de la jaula que hemos creado  juntos. ¿Qué pasa cuando alguien quiere salirse de esa jaula? Qué pasa cuando uno ve, por primera vez, barrotes que antes no veía. Lo naturalizado. Lo que damos por hecho. Lo establecido. “Así son las cosas”, dicen algunas voces sin ver que las hacen posibles con su aceptación. Con la falta de protesta. Con la falta de empatía. Con la imposibilidad de preguntarse si no puede ser de otro modo. 


El futuro es hoy

Un uso perverso del lenguaje. Un uso  retorcido. Tomar palabras y frotarlas hasta que pierdan todo significado. Cargarlas con otro sentido, doblaras hasta lo imposible.

Pienso en 1984, la novela que escribió George Orwell en 1948. Una distopía futurista en la que el mundo es un enorme campo de concentración con una maquinaria perfecta de invisibilizar su violencia. Un territorio gobernado por El Gran Hermano, que todo lo ve y todo lo escucha. Un sistema controlado por la Policía del Pensamiento, para el que salir de lo establecido –incluso pensar por fuera de lo establecido– es considerado un  “crimental”. Palabras nuevas que reúnen significados en una nueva forma. En ese territorio se habla la Neolengua, una  adaptación del inglés en la que se reduce y se transforma el vocabulario con fines represivos. ¿Reprimir qué? Todo lo que el lenguaje contiene dentro de sí. Lo decía el filósofo Ludwig Wittgenstein: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

La Neolengua ofrece nuevas definiciones, nuevos modos de nombrar para invisibilizar. El apartado estatal se divide en diferentes ministerios. El Ministerio del Amor se ocupa de castigar, torturar y “reeducar” a los disidentes. El Ministerio de la Paz mantiene en curso una guerra constante con otras potencias. El Ministerio de la Abundancia se encarga del racionamiento. El Ministerio de la Verdad manipula, destruye o tergiversa documentos para que el pasado concuerde con las necesidades del presente. Quien fue enemigo ayer no puede serlo hoy y viceversa. Se reescribe la Historia permanentemente. Se lavan cerebros y se doblegan voluntades. En el Ministerio de la Verdad trabaja Winston Smith, el protagonista de la novela. Alguien que empieza a ver los barrotes que el poder invisibiliza. Su resistencia comienza con la escritura. Escribe todo aquello que debe callar. La escritura: resistencia.

En 1984, pensando en aquel libro de Orwell,  la canadiense Margaret Atwood escribe El cuento de la criada. Otra distopía. Otro apocalipsis en curso, asentado en la naturalización del horror. Esta vez, una dictadura teocrática especialmente ensañada con las mujeres. Gran parte de ellas ha perdido todo derecho. Se las confina a diferentes categorías relacionadas con un tipo de “trabajo”: están las “Marthas”, las econoesposas, las esposas de los comandantes, las criadas, las viudas y las no mujeres. 

Muchas jóvenes son adoctrinadas (domesticadas) en campos controlados por guardianas munidas de una especie de picana. Se las entrena para ser  incubadoras de los matrimonios que no pueden tener hijos. Se las mantiene en habitaciones en las que no hay cristales ni nada en lo que puedan atar una cuerda. Llegado el momento, serán llamadas para una horrenda ceremonia de reproducción que incluye a la esposa y al Comandante (un cargo que implica el derecho a poseer una criada). 

También aquí, como en la novela de Orwell, cualquier gesto que suponga un cuestionamiento al régimen implica la persecución y la desaparición. Las criadas tienen prohibido leer y escribir. La lectura, la escritura. Germen de resistencia.

Después de Orwell y de Atwood, es imposible no pensar en Bradbury y su novela Fahrenheit 451. Cuadrillas de bomberos cuyo trabajo es quemar libros. La lectura como actividad revolucionaria. Personas que se convierten en libros parlantes para que no se pierda lo que alguna vez fue escrito. 

Pienso en estas novelas, en estas historias que ponen a la lectura y la escritura como actividades potencialmente revolucionarias. Pienso en la naturalización de la jaula. Pienso en cómo el lenguaje es distorsionado hasta lo imposible. Pienso en el debate en torno a la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Pienso en la falta de empatía. En los mandatos que se quieren imponer a los demás en nombre de razones íntimas. Pienso en mucho de lo que dijo la escritora Claudia Piñeiro en torno a este debate y a un uso engañoso –y malintencionado– del lenguaje. Del uso perverso de la palabra vida para invisibilizar otras vidas (la de las mujeres que mueren a raíz de abortos clandestinos, las de las nadie, las de las pobres, las de las invisibles). 


Otros mundos

Y pienso en eso: libros, lenguaje, falta de empatía. Pienso en eso desde hace días arrinconada por un dolor físico que me inhabilita casi totalmente. Un dolor que no da respiro y que pone las cosas más tensas aún. Un dolor conocido, que cada tanto me visita y renueva su horror. 

Y pienso en eso porque desde hace una semana mi cuerpo ha estado bajo acecho y he buscado  todas las soluciones posibles para encontrar alivio. Y siempre que paso por esto, algo de nuestra especie se me revela. El abismo entre quien siente empatía por el otro y quien no.

Quien sí: el osteópata, que responde haciendo un reajuste en sus horarios y que insiste en que no hay que dejarse estar en el dolor. La médica que me explica, en una guardia, que hay otro nivel de medicación para este tipo de dolores, que hay que probarlo, que es inhumano pasar por esto. Las compañeras de trabajo que se ofrecen a bajar las escaleras por mí, que se ofrecen a llamar a la oficina de personal por mí. Los seres queridos que se acercan,ayudan, contienen. Los que me creen cuando digo que el dolor es insoportable. 

Quien no: los empleados de la farmacia de la obra social que miran un partido de futbol a todo volumen y, aunque son cinco, dejan que sólo una empleada –jovencita, sonriente– atienda a la gente que espera.  Los médicos que a lo largo de los años de convivir con episodios de dolor como este nunca me dijeron que había un nivel más de medicación y se detuvieron en frases como “esto es así, va a tener que acostumbrarse”, “ya va a pasar”, “tampoco debe ser para tanto”. La enfermera que rompió mi invicto de enfermeras amables poniéndome una inyección de modo tal de hacerme saber su molestia por haberme impacientado después de casi una hora de espera. El taxista que resopla porque tardo demasiado en bajarme del auto. El tipo que toca la bocina frenéticamente porque el semáforo ha cambiado, me quedan tres metros para llegar a la esquina, y no puedo correr. Los que no me creen cuando digo que el dolor es insoportable.

Ante el dolor de los demás. Qué hacemos. Cuánto estamos dispuestos a comprender. Cuánto vale la palabra del otro. Cuánto podemos ponernos en la piel del otro. Imaginar qué siente. Detenernos en eso. Comprender al otro. Verlo, como decía la filósofa Simone Weil, no como parte de nuestro mundo sino como un mundo en sí.

El dolor ya está en retirada. Me refugio en un libro precioso en el que –con palabras e imágenes– se habla de la criptzoología, “la ciencia que estudia los animales cuya existencia se basa únicamente en evidencias testimoniales o circunstanciales, o en pruebas materiales que los científicos consideran insuficientes”. El libro, claro, se llama Monstruos. Leo sobre el Yeti, sobre Nessie, sobre el Kraken.

Hago una pausa para levantarme y hacer un té.  Mientras el agua se calienta, abro las redes y leo algunas noticias. A un día de la media sanción de la Ley de interrupción voluntaria del embarazo, un médico del hospital materno-infantil de La Rioja publica en una red social la siguiente frase: “En mi guardia los abortos se harán sin anestesia”.

No tuve fuerzas entonces para seguir leyendo. Apenas tengo fuerzas ahora para seguir escribiendo. Monstruos. De eso trataba el libro que estaba leyendo. De eso hablan los libros que mencioné. El futuro es hoy. Policía del pensamiento, totalitarismo, tortura, persecución, violencia, sometimiento, un uso del lenguaje retorcido y puesto al servicio del odio en todas sus formas. Monstruos.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados

Ilustración: Juan Delfini






martes, 2 de octubre de 2018

"Soledad & Compañía" - Silvana Paternostro




En 2001, la revista estadounidense Talk contrató a Silvana Paternostro para que escribiera una historia oral sobre Gabriel García Márquez. El artículo debía tener un máximo de 200 palabras. No era la primera vez que la periodista se ocupaba de la figura de su compatriota. Les propuso a sus editores buscar un nuevo enfoque: no entrevistar a las personalidades que se solían relacionar con el premio Nobel, sino charlar con personas que lo hubieran conocido antes de que se convirtiera en un mito literario. Aquellos que pudieran hablar de él desde un punto de vista que no fuera necesariamente el de la veneración absoluta.

Con ese artículo como norte, Paternostro viajó a Colombia y a México. La nota no llegó a publicarse porque la revista cerró antes de que esas voces pudieran llegar al papel. Parte de ese material fue usado para otros encargos –uno para la revista El Malpensante y otro para The Paris Review– pero aquellas cintas seguían funcionando como un centro de gravedad. En 2010 Paternostro volvió a escuchar las grabaciones con la idea de escribir un libro y, al descubrir que el material no era suficiente, decidió hacer una segunda ronda de entrevistas en la que también se hablara del García Márquez “premiado, celebrado e importante”.

Con el subtítulo "Un retrato a voces de Gabriel García Márquez", el libro se abre con una cita del escritor homenajeado en la que revaloriza la historia oral y la define como “la ficción de la ficción”. 

Ese fue el método de trabajo de Paternostro. En el prólogo, la autora advierte: “Para disfrutar este libro hay que dejar a un lado la noción de que todo en la vida tiene una sola verdad. La historia oral contrapone la verdad de cada uno. Es parte de su encanto.”

Los testimonios van recuperando diferentes aspectos de la biografía del escritor colombiano: la historia de amor de sus padres, la infancia con sus abuelos, las aventuras con su hermana Margot, los años de colegio, su viaje a Bogotá para estudiar Derecho, sus comienzos como periodista, los primeros rechazos editoriales y aquel editor argentino que le dijo que era mejor dedicarse a otra cosa porque no tenía talento para la literatura. 

También se relatan el primer viaje a Europa, el hambre y la pobreza, los tiempos duros del comienzo, los años de trabajo en Cuba y Venezuela, la intensa relación con su compañera Mercedes, la conmoción que produjo Cien años de soledad, el Premio Nobel en 1982 y el surgimiento de la “Gabolatría”. Como imagen final, se muestra la conmovedora intimidad de su esposa y sus hijos en el momento de su muerte.

Paternostro define su libro diciendo que es “un boleto de entrada para una fiesta en la que todos hablan, todos gritan, todos opinan y hasta dicen mentiras (…) Esta lectura es tan divertida como asistir a una fiesta y pararse a oír a los invitados hablar de García Márquez, y, como pasa en las mejores fiestas, algunos hablan más que otros.” 

Las imágenes y anécdotas que dejan estos relatos sobreviven mucho después de haber terminado el libro. Como aquella que cuenta el día en que los amigos colombianos, sabedores de los apuros económicos que estaba pasado en Francia, le enviaron un billete de 100 dólares escondido en una postal y poco después supieron que García Márquez, muerto de hambre, se había dado un festín de comida que lo dejó descompuesto por ocho días. 

El mérito de Paternostro –además de saber escuchar– es haber organizado estas entrevistas presentándolas de un modo coral, logrando el efecto de una charla en una reunión cotidiana. La música de las voces es tan potente que uno llega a sentir que está ahí, en una casa, en un café, en un patio, escuchando los relatos de lo que cada uno recuerda. Discusiones, debates, aclaraciones, desmentidas. Diferentes versiones de un mismo episodio. Periodísticamente el libro de Paternostro es una obra de orfebrería. Salvo en el prólogo, quienes hablan son los entrevistados. Pero el trabajo de edición logra el hermoso efecto de estar en presencia de un coro de voces. 

Es especialmente interesante el modo en que los relatos y testimonios se van cruzando con las ficciones de García Márquez. De dónde surgió el cuento “El ahogado más hermoso del mundo”, quiénes son realmente los protagonistas de El amor en los tiempos del cólera, por qué algunos personajes tienen ciertos nombres y cuánto hay de verdad en la historia de la Cándida Eréndira son algunos de los detalles que se revelan en estas charlas.

Entre los entrevistados hay amigos, examigos, parientes, un biógrafo, escritores, cineastas, vecinos, traductores, colegas, compañeros de redacción. Muchas de esas voces pertenecen a personas que ya han muerto. Ese es otro aspecto valioso de este libro: haber logrado resguardar memorias que, de otro modo, no hubiéramos conocido. 

Eugenia Almeida
Publicado originalmente en Ciudad X