viernes, 29 de junio de 2018

Comentario de Manuel Allasino (La tinta) sobre "El colectivo"



“El colectivo”, la alteración de la rutina rompe la armonía


Por Manuel Allasino para La tinta


“El colectivo” es la primera novela de la escritora cordobesa Eugenia Almeida publicada en 2009. Ambientada en un tranquilo pueblo a mediados de la década del setenta, el relato describe cómo un buen día el colectivo deja de parar y con ello viene la furia, la sospecha, la envidia y la pérdida de la armonía.

El colectivo, está amasada a partir de pequeños gestos, casi intranscendentes, pero con una prosa de frases cortas y rítmicas que calan bien hondo. Día tras día, el colectivo pasa de largo, eso inquieta a los pueblerinos. El chivo expiatorio es una pareja de jóvenes que están de paso y se hospedan en el hotel del pueblo. Con climas muy bien creados y logrados, Eugenia Almeida aborda los años de última dictadura argentina en un pequeño pueblo que no es ajeno a la violencia que se respira en el país.

“El primer día llegaron al hotel a tiempo para que Victoria tomara el colectivo de las ocho. Diez minutos antes de cumplirse la hora, Ponce vio los faros doblando por el camino que sale de la ruta. La luz anticipó la curva y el abogado bajó a la calle de tierra. El colectivo aceleró levantando polvo y quebrando la música eterna, incansable, agresiva, de las chicharras. Ponce se dio vuelta para ver las luces traseras del colectivo yendo hacia la ciudad. Las mujeres quisieron hablar pero el hombre marcó el silencio con un gesto. Esperen acá. Empujó la puerta del hotel y buscó a Rubén, que estaba por las mesas del fondo. -¿Quién maneja hoy? –Castro, el de Aguas Ciegas. –Ciego es él, que no me vio. Desde que Pérez se fue, andan todos mal. -¿No lo vio? –No, pasó de largo. Ponce gritó y salió del hotel. Las mujeres se callaron cuando la sombra de él se alargó hasta tocarles los pies. –Nenita, vas a esperar hasta mañana, ¿sabes? Victoria asintió con la cabeza y miró de reojo a Marta, que seguía sonriendo.  El abogado cruzó las vías y mientras oía el cuchicheo de su mujer y su hermana pensaba en las luces traseras del colectivo. “Este Castro es un idiota. Si no me hubiera visto no habría acelerado. No quiso parar”. Por la calle de la izquierda aparece Gómez en su bicicleta y al verlos volver les grita: -¿Qué, se arrepintieron? –y pedalea con fuerza mientras levanta la mano para saludar. Ponce quiere gritarle pero la voz le sale baja, leve, inaudible. –No, no quiso parar. Se da cuenta de que Gómez no lo oyó y ya ve su espalda y su nuca una cuadra más allá. Desde ahí no se ve la bicicleta negra y parece que el hombre pedalea en el aire. Ponce saca un cigarrillo del bolsillo y lo enciende. Al llegar a su casa espera a las mujeres para que entren primeras”. 

El colectivo, es una novela muy dialogada, pero al mismo tiempo tiene grandes espacios de silencio y reflexión. Posee la marca de la dictadura, dónde está ambientada, pero también del presente; una huella de la dictadura que está muy fresca y latente.

Todos los personajes tienen algo en común, prefieren ignorar el dolor, hacer de cuenta que no existe, pero eso como se sabe, es imposible. En un pueblo chico se nota más, las lenguas se sueltan con el mismo ímpetu con que el viento levanta el polvo.

“La cena era igual a otras tantas en las que Ponce se había mostrado cortés como una forma de agradecer a sus tíos el apoyo que le habían dado. Cortés pero molesto por dentro. Sabía que estaban orgullosos de él pero se sentía un animal de circo. Expuesto ante los ojos de los vecinos notables, mostrando lo que habían logrado hacer del huerfanito. Ponce oía tramos de la conversación, se concentraba sólo si alguien, con un gesto, decía una palabra que lo incluía. Sonreía y hacía un comentario. Cuando sirvieron el postre, el doctor Gallo le preguntó cuáles eran sus planes. Se sintió feliz. Detalló, palabra por palabra, la carta que le habían enviado desde un famoso estudio de abogados en Buenos Aires. Lo invitaban a formar parte del equipo y lo esperaban en quince días. Ponce se relajó y habló con los invitados como si fueran amigos desde siempre. Explicó que su sueño, desde el primer día en la facultad, había sido ése: trabajar en un estudio de Buenos Aires. Pero nunca pensó que podría hacerlo con abogados tan prestigiosos. El hecho de que fueran ellos quienes lo buscaran lo hacía sentir orgulloso. La carta decía que habían seguido su desempeño en la facultad y que estaban impresionados. Dos profesores habían enviado notas de recomendación a ese estudio sin que él les hubiera pedido nada. Ponce estaba transformado, sonreía y movía las manos al hablar. Parecía un chico. Nadie hubiera dicho que su sobrenombre era <<el fúnebre>>. Recibió felicitaciones de todos y sintió, con placer, los hilos de envidia que se cruzaban debajo de la mesa. Él iría a Buenos Aires, a la capital. Tendría su estudio, su nombre se iría convirtiendo en una palabra importante. Quizá llegara a senador. Ya estaban terminando el café cuando la señora de Camena dijo: -Doctor Gallo, su enfermera le comentó a mi cocinera algo que me sorprendió. -¿Sí? –Le dijo que usted había ido a la casa del juez Flores. –Ah, sí, a mí también me sorprendió cuando me llamaron. Ponce trató de recordar de dónde le sonaba ese apellido, por qué le resultaba familiar. –Martita estaba mal. Ponce empezó a sentirse sofocado. –Qué injusta es la vida, a esa criatura que es un ángel. ¿Y qué le pasaba? –La verdad es que no sé. Si no fuera Marta Flores yo diría que está embarazada. -¡Doctor! –gritó la señora Camena. ¿Cómo se le ocurre una cosa así? ¡Martita Flores! –Ya sé, ya sé, por eso estoy confundido. Me doy cuenta de que es imposible. Siempre ha sido el ejemplo de todos. Tan callada, tan correcta, tan bien educada. Ya lo sé, pero bueno, tuvo varios episodios de nauseas, ha estado muy pálida, con sudores y enfriamientos repentinos. No sé, quizás esté preocupada por algo y eso la ha afectado. -¿Preocupada? ¿De qué podría preocuparse Martita? Tiene todo. Acaba de volver del internado, ya terminó la escuela. Es hija del juez. Es bonita, muy culta. ¿Sabe que habla tres idiomas? Y toca el piano. Dicen que el padre quiere casarla con un médico de Buenos Aires. Un hombre elegantísimo, muy reconocido en la capital. Ponce ya no escuchaba. Miraba fijo un punto en su mano derecha. -¿Estás bien, Antonio? Reaccionó como si hubiera resbalado de un lugar demasiado alto y no tuviera tiempo de acomodarse antes del golpe contra el suelo. –Sí, tía. Pero estoy muy cansado. Si ustedes me disculpan, quisiera retirarme. -¿Cómo, no tomás una copita en el escritorio? –No, tío, gracias, el viaje fue muy largo”.

La alteración de la rutina, el colectivo que siempre pasa, pero ahora no se detiene en la parada prevista, desata la circulación de viejos rencores entre los vecinos del pueblo. Las diferencias de clase están muy bien subrayadas, las vías del tren son las que se encargan de dividir tajantemente: del “lado de acá”, las fuerzas vivas del pueblo, la gente bien, decente y trabajadora, y del “otro lado”, las putas, los delincuentes, los borrachos y los vagos.

“Cuando arranca la tardecita, en muchas casas familiares se bañan y se disponen a salir. Sin que nadie se haya puesto de acuerdo, muchos han pensado lo mismo: ir a ver el colectivo. Preparan las mejores ropas, lustran los zapatos, se hacen rodetes con spray o se peinan a la gomina. Se frotan con fuerza el cuello con agua de Colonia. A eso de las siete Rubén se asoma a la calle a ver qué pasa. Se ha ido juntando gente alrededor del hotel. El hotelero saluda y se pasea entre las familias. -¿Cómo les va? ¿Andan tomando fresco? –No –dice la señora González. Venimos a tomar el colectivo. Rubén mira a la gente que lo rodea. Treinta, cuarenta personas vestidas para salir. -¿Todos? –Se sonríe. No van a entrar. Cada uno de los que están ahí sabe que no vienen a tomar el colectivo. Van a verlo pasar a toda velocidad. Pero nadie quiere reconocer que está ahí para eso. –Qué bárbaro -dice el hotelero. Es la primera vez en mi vida que veo tanta gente esperando. Los de la empresa van a estar chochos. A las siete y media bajan de su cuarto el viajante y su pareja. Rubén los invita con una copa y les pide que esperen adentro. –Miren, hay tanta gente afuera esperando el colectivo que va a parar sea como sea. Ustedes quedensé acá y yo los vengo a buscar. –Pero esa gente vino hoy. Y nosotros esperamos desde anteayer. No vamos a ir parados. –No se preocupe, señor. Yo conozco al chofer. Voy hablar con él y le voy a explicar la situación. Les va a dar buenos asientos. Castro es un hombre muy correcto. Cuando Rubén se oye a sí mismo nombrar al chofer, siente la certeza de que el colectivo no va a parar. ¿Por qué dijo Castro? Hoy debería pasar Fernández. A Castro recién le toca mañana otra vez. Sale del hotel y se abre paso entre la gente. Desde la parada ve cruzar a los Ponce. El doctor está enojado, eso se nota de lejos. Apenas se acerca, finge tranquilidad. –Bueno, Rubén. Esta noche me va a ver. Para mí que antes no me reconoció. –Después hablamos, doctor. –No creo que hoy pase por el bar. No se ofenda, pero apenas mi hermana se vaya me vuelvo a descansar. –Después hablamos. –Me voy a poner bien en la ruta. Hoy traje mi sombrero. Esta mañana me di cuenta de que a lo mejor no me reconocieron porque estaba sin sombrero. Bueno, pero ahora lo solucionamos, cuando vean que soy yo… Se oye un grito. Hay chicos jugando en la ruta. La que grita es una madre.  En medio de la oscuridad, el colectivo acelera. Las ventanas cerradas y las luces apagadas. Ponce empieza a mover las manos con insistencia, se saca el sombrero y lo agita por arriba de la cabeza. –Soy el doctor, soy el doctor –grita en voz baja. Es un segundo en que el colectivo pasa como un disparo y todos quedan tapados de tierra. Victoria agarra su bolso preparándose para volver. De dentro del bar sale corriendo el viajante. –Pero es estúpido usted –le grita a Rubén. Acabo de ver cómo pasaba el colectivo y usted no hizo nada. -¿Y qué quería que hiciera? –Que lo parara. Éste es un pueblo de locos. Acá pasa cualquier cosa y nadie hace nada. Desde atrás se oye la voz de Ponce que dice por lo bajo: -no puede ser que me hayan confundido, no puede ser que no hayan visto que era yo”. 

El colectivo, la primera novela de Eugenia Almeida, cuenta con un lenguaje que puede parecerse a una maquinaria de opresión. La herida de la última dictadura está a flor de piel. Se muestra con una prosa exquisita, los hilos de la violencia que pueden surgir en los lugares menos sospechados.



*Por Manuel Allasino para La tinta




martes, 26 de junio de 2018

Le monde de Tran: comentario sobre la versión francesa de "La pieza del fondo"




La pièce du fond de Eugenia Almeida



Chronique d’Abigail
Publié le 24 avril 2018 par lemondedetran

Voilà un roman qui débute à la façon d’une pièce de théâtre. Le décor est posé, la grande place immobile sous le soleil, les pigeons et, accolé à cet espace commun, un bar. Celui-ci représente la scène où déambule une jeune serveuse, énergique, force de vie dans ce texte, animée du désir de percer les apparences, mue par l’envie de comprendre. Enfin, pour achever de fixer les éléments du décor, le commissariat, voisin de ce même bar, dispose de sa vue imprenable sur l’ensemble de la place. D’emblée, il pose un indice de surveillance et de contrôle.

Cette place, le lecteur se l’imagine aisément, coeur battant d’une petite ville de province en Argentine.

L’autre aspect théâtral réside dans la mécanique en apparence impeccablement rôdée des habitudes, des gestes, des heures qui passent remplies par l’arbitraire des décisions du gérant de l’établissement où travaille le personnage de Sofia. Ce dernier décide de rallonger à l’envie les journées de sa serveuse. Cela ne peut se discuter. Car chaque personnage, selon une volonté verticale et invisible, se voit attribuer sa place, son rôle.

Par ailleurs, chacun se conforme à ces rituels tacites, à ces coutumes régies par la brutalité, la dureté des rapports qui paraît couler de source. Ainsi, Freias, policier doté d’humanité, enclin à manifester celle-ci incarne-t-il « une fiotte », une anomalie dans le système de l’autorité policière incarnée par son collègue, Palacio, paré de manières brutales, avide de cogner, gonflé de colère pour qui toute tendresse équivaut à une faille dans un rouage parfait.

Ainsi en va-t-il de l’accueil au sein de l’hôpital psychiatrique de Santa Lucia, établissement sous la bonne garde de deux femmes cerbères, incarnation de l’obéissance à la règle administrative, inflexibles jusqu’à l’absurde, tatillonnes jusqu’à la bêtise. L’hôpital ne saurait s’ouvrir à aucune curiosité… Ainsi, depuis des décennies, le vieux psychiatre Resquon y débite ses théories, immuables, les anecdotes anciennes, règne sans discussion sur le fonctionnement de l’hôpital.

Hors champ se devine l’allusion au souvenir par si vieux de la force de l’arbitraire, celle du régime dictatorial qui corseta l’Argentine. De cela découle cet esprit des personnages gardiens d’institutions publiques, formatés, encore aliénés par l’obéissance. Il est d’ailleurs souvent fait mention de la violence ordinaire appliquée par certains policiers aux méthodes sorties de l’ère de la dictature, dépeints comme obtus, corrompus.

Or, un beau jour, voilà qu’entre en scène l’élément perturbateur. Un homme âgé, qui ne prononce aucun mot, assis sur son banc au beau milieu de la place. Est-il un clochard? Nul ne sait. Mais cet être à la marge, muet, qui peut-être juge et se tait, va enclencher la mécanique de l’intrigue. Bien malgré lui.

Chaque jour, il s’assied, figé. Attentif, il écoute ceux qui se posent prés de lui, le prennent en commisération. Sofia le nourrit. Frias le croit un ami bienveillant au regard doux et chargé d’une compréhension muette. Tous les deux se l’approprient, décrètent de facto que ce personnage doit être protégé, pris en charge. Qui est-il? S’il ne dit rien, c’est peut-être qu’il refuse? Qu’il résiste. C’est un symbole de l’oppression qui demeure. Or, cet homme ne peut décliner son identité à ceux qui la lui demandent. Alors le voilà marionnette, pâte molle qui reçoit les désirs de chacun; un ami, un malheureux. Un Fou qui ne se trouve pas à sa place, par conséquent un aliéné ou un perturbateur…

Un autre personnage vient bouleverser l’ordre en place. Une psychiatre, Elena, nouvellement nommée. Mais que peut bien désigner ce titre énigmatique La pièce du fond? Est-ce le bureau retiré de la psychiatre, la pièce dévolue aux archives oubliées dans la maison abandonnée qu’elle loue, résidu des souvenirs de ses précédents propriétaires, mémoire qu’il s’empressent de laisser en arrière. Ou est-ce la chambre où le vieil homme se voit interné? Cette pièce tenue au secret, ce lieu à l’écart c’est peut-être la conscience collective, son refoulé d’après la dictature.

L’homme mutique enclenche une quête, une mise en mouvement, un remue méninge qui, en vérité, contraint le regard à aller vers cette pièce du fond. Celle de l’inavoué. Mais il tisse aussi un lien entre des anonymes, des inconnus, réveille leur humanité. Et si cette porte était le secret accès vers la liberté?






domingo, 24 de junio de 2018

El secreto y no - Claudio Magris




Guardianes de un secreto

¿Qué es un secreto? ¿Un arma? ¿Un refugio? ¿Un consuelo? ¿Una traición?

Estas son algunas de las preguntas que puede detonar la lectura de El secreto y no, de Claudio Magris, primer título de la colección Nuevos cuadernos de Anagrama. Un libro de formato pequeño, de pocas páginas, un artefacto que recuerda una libreta de notas. 

En esta obra, Magris se pregunta en qué consiste un secreto. Para qué sirve. Qué implica. A quiénes involucra y cómo lo hace.

En ese recorrido, el autor italiano aborda diferentes aspectos del secreto (como herramienta de poder, como elemento religioso, como mecanismo de la literatura y como un espacio personal de libertad). Para ello, va desgranado reflexiones sobre lo que oculta y calla el poder político, el modo en que la religión construye un misterio, el momento en el que custodiar un secreto personal puede ser una “humanísima defensa de la propia libertad”. ¿Qué es lo que late en esa libertad? ¿Por qué solemos pensar que el secreto tiene la carga negativa de ocultar? ¿Es necesario poner todo a la luz? Magris nos recuerda que, a veces, guardar algo para sí es proteger un espacio propio, íntimo, en el que estamos libres de todo y de todos.

Partiendo de raíces tan diferentes como los juegos de niños, conferencias, cultos mistéricos, episodios históricos y obras literarias, Magris abre algunas puertas. Quizás la más bella sea la de pensar que es posible que “todos seamos espías, guardianes de un secreto, aunque no sea otro que el de nuestra identidad más profunda. Tan secreta que nosotros mismos la desconocemos.” 

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero





viernes, 22 de junio de 2018

Lecture / Ecriture: Comentario de la versión francesa de "La tensión del umbral"





L’échange - Eugenia Almeida
Prix Transfuge du meilleur roman hispanique – 2016 


 Corruption en Argentine


   "Une gamine s’est suicidée. Voilà ce qui s’est passé. C’est triste. Plus triste que la pluie. Tu as eu la malchance de la voir. C’est tout." 

   La version officielle d’un fait divers que l’on situera dans une ville argentine ne laisse guère planer le doute sur cette mort devant témoins. Après avoir parlé avec un homme, puis l’avoir mis en joue, une jeune femme a subitement retourné l’arme contre elle. 
    
    Appelé sur les lieux, le journaliste Guyot va toutefois trouver cette affaire un peu bizarre, notamment parce que les autorités ainsi que son rédacteur en chef décident très vite qu’il ne s’est rien passé. La consigne est claire : "Ne fais pas de vagues, Guyot. Si tu deviens gênant et qu’on te chope en train de poser des questions, ça va mal tourner pour toi." 
    
   Il n’en fallait bien entendu pas davantage pour exciter la curiosité de notre homme. Au début de son enquête, il ne cherche qu’à comprendre l’enchaînement des faits. Qui était cette Julia Montenegro ? Pourquoi n’a-t-elle pas tué l’homme qu’elle avait au bout de la gâchette ? Quelle raison supérieure a conduit les autorités à étouffer l’affaire ? Au fil des chapitres, on va voir le puzzle se mettre en place. Témoignages, bribes d’informations, coupures de presse, visite au domicile de la défunte vont permettre à Guyot de retracer la vie de Julia. Dans sa quête, il va être secondé par Vera, une psychanalyste à la retraire. Ensemble, ils vont dresser le profil d’un personnage peu recommandable qui voudrait retrouver sa virginité en confiant sa biographie à la jeune femme. Sauf que cette dernière n’entend pas non plus servir de porte-plume sans essayer de creuser un peu dans la vie de son commanditaire, "ajouter des détails à se rappeler, des idées à explorer." 
    
   Erreur funeste ! Alors qu’"il serait très simple de résoudre le problème en pensant que Julia n’était qu’une femme chargée d’écrire des autobiographies". le journaliste s’entête et provoque de nouveaux drames. Après un chien, ce sont des interlocuteurs de Guyot qui sont retrouvés morts. C’est alors que la peur s’installe. C’est alors que l’on comprend que la dictature a laissé derrière elle quelques habitudes nauséabondes, que le "système" fonctionne toujours et que certaines vérités ne sont pas bonnes à dire, quand bien même elles émanent des bourreaux eux-mêmes. 
    
    Au fil des chapitres qui se succèdent avec leur lot de révélations, le dossier devient de plus en plus lourd, l’image de plus en plus nette et le combat de plus en plus inégal. De la police à la justice, la corruption continue à gangréner le pays et à étouffer ceux qui voudraient y mettre un terme. 
    
    Bien plus qu’un récit historique ou un essai politique, c’est une entreprise de salubrité publique racontée comme un polar que nous livre Eugenia Almeida. Pour que les loups ne finissent pas par envahir le pays, pour que les personnes de bonne volonté puissent échapper à la peste qui n’a pas été éradiquée.


critique par Le collectionneur de livres 







martes, 19 de junio de 2018

LE BLOG DU POLLEN IODÉ: Comentario de la versión francesa de "El colectivo"



"L’AUTOBUS" - EUGENIA ALMEIDA



13 JANVIER 2018

Rédigé par Pollen Iodé et publié depuis Overblog



            En Argentine, un coup d’Etat a lieu, mais les habitants du petit village où se déroule le récit (à l’exception des retours dans le passé des personnages) ne sont pas au courant de ce qui se passe, du fait de leur état d’isolement et de la censure de la presse écrite et radiophonique – la télévision n’ayant pas cours. Ils sont avertis indirectement du changement par des évènements inhabituels : on reçoit l’ordre de bloquer la voie ferrée, l’autobus qui dessert habituellement l’endroit ne s’y arrête plus et des livres sont mystérieusement abîmés dans la bibliothèque. La tension à laquelle sont soumis les personnages révèle des facettes jusque là dissimulées de leurs personnalités.

            Le livre veut montrer en quoi une personne peut assez facilement avoir l’air du contraire de ce dont elle est réellement : Marta est sans cesse joviale, en public, en dépit de sa vie conjugale désolante, Antonio Ponce se veut correct (il a épousé Marta pour lui éviter le déshonneur, après qu’elle soit devenue enceinte de lui) mais il n’est que despotique et effrayé par le qu’en dira-t-on (il se marie par peur d’un éventuel scandale autour de Marta, mais il n’aime pas celle-ci, qui ne veut pas l’épouser, il ne tient pas compte de sa volonté et il la traite cruellement), sa sœur Victoria a un caractère perspicace et affirmé mais elle est très réservée, le coursier Gomez a l’air porté sur le commérage et un peu frivole mais est en fait sensible et avide de savoir en général (pas seulement de ragots), le commissaire semble être un homme fort à première vue mais est en pratique servile et décontenancé, et ainsi de suite. Le secret est par ailleurs un thème important du roman ; le gouvernement tient secrètes ses activités, le voyageur de commerce et sa petite amie ont des identités mystérieuses, le régime militaire du pays veut les faire passer pour de dangereux révolutionnaires mais ils ne sont vraisemblablement rien de tel, et assassinés sous un faux prétexte, les gens sont invités à tenir leur langue s’ils veulent éviter les ennuis et la question de savoir à qui on fait confiance devient évidemment d’autant plus importante sous un régime d’oppression.

            Le texte est court mais efficace, il suscite en peu de mots des sentiments assez nets chez la personne qui lit, vis-à-vis des personnages. L’auteur a pris le parti de la brièveté contre celui du long documentaire pour dénoncer la prise de pouvoir dictatoriale, choix qui lui réussit assez bien. Le personnage de Marta, devenue en apparence une grande partisane du conformisme pour mieux cacher la blessure que lui a causée l’emprise indésirable de celui-ci sur sa vie, est particulièrement intéressant pour son ambiguïté. L’ouvrage suggère plutôt qu’il ne décrit et c’est ce qui fait sa force. Il contient plus d’indignation implicite que de réflexion philosophique ou autres prétentions du même ordre, mais justement compte tenu de son peu de prétentions il est pour finir assez percutant. Son début est un peu lent mais la suite l’est bien moins. C’est un bon exemple du genre laconique mais efficace.*







lunes, 11 de junio de 2018

Notas del mundo




La mañana ha empezado algo turbia, como si una tormenta quisiera descargarse pero no lograra hacerlo. El viento es pesado, un viento norte que pone los cuerpos alertas, listos a una tensión que no va a desatarse. Hace días que el cielo se oscurece y luego el sol vuelve a castigar el suelo.

Es martes; tengo que hacer un trámite. Me encuentro con alguien en la cola de una oficina pública. Alguien que alguna vez estuvo muy presente en mi vida y ya no. Alguien con quien compartimos muchas horas de clase en la Ciudad Universitaria. Mates, cerveza, cigarrillos, confidencias de los 18, 19, 20 años.

El encuentro me sorprende y me alegra.

Ella apenas hace un gesto breve con la boca, un movimiento casi clandestino. Nos saludamos. Por lo escueto de ese gesto, me contengo de abrazarla. Pero cuando me acerco, me abraza. Y ya no me suelta. Hay algo ahí, algo que reconozco, algo de lo que habla Simone Weil: para aquel que se ahoga, cualquier cosa es un madero.
He sido quien se ahoga y he sido el madero en distintos momentos de mi vida. A veces, he sido ambas cosas a la vez.

Desarmo el plan de mi mañana y la invito a tomar un café. Ella acepta. Buscamos una mesa, un rincón donde conversar. De todo lo que se habló entonces, no voy a decir nada; pertenece al territorio de ese encuentro. Pero sí puedo decir que, en un momento, mi antigua compañera me dijo algo que funcionó como un detonador.

Dijo que ya no soportaba que todo fuera siempre igual. Algo que seguramente yo también hubiera dicho si estuviese en su situación. Algo que sentí en otro tiempo. Algo que nos acecha, lo sabemos, está ahí, un enemigo. Aquello que el escritor alemán Michael Ende describió como la Nada ocupando la tierra de Fantasía.

Pienso en ese libro, La historia interminable. Pienso en eso: cómo los libros, las historias, las canciones y los encuentros me han salvado una y otra vez. El evento del encuentro: la posibilidad de participar de algo inédito, algo que nunca hubiera sucedido si no fuera por ese cruce de vidas.

Conversamos. Le hablo a mi compañera de estos libros, de esas canciones, de esa caja de herramientas que siempre me ha sostenido. Le cuento que, durante una época terrible, me salvé escribiendo cada noche en una libreta lo que ese día tenía de irrepetible, de único. La tentación es definirlo como lo “mejor” del día.

Pero a veces no había nada que encajara en esa definición. A veces era simplemente algo que me llamaba la atención. A veces era un detalle por la negativa. Por ejemplo: “No estamos en guerra”.

El ejercicio me ayudaba a recuperar el día en sus detalles. Un cierto color, un perro que pasó corriendo, dos mujeres que se reían en la calle, un perfume. Ese hacer me abrió los ojos. No sé por qué lo llamé “Notas del mundo”.


Efectos

El encuentro con mi compañera deja un eco, una reverberación. Me lleva de nuevo a ese ejercicio. Lo he seguido haciendo desde la primera vez, cuando empecé, hace casi 30 años. Pero casi siempre lo hago en silencio, sin palabras, dejando que flote como una imagen antes de dormir.

Ahora, el deseo de volver a hacer una huella en el papel. Algunas notas que tomé en estos días:

–Un amigo nos cuenta la historia de una mujer que conoció en México. Lo que ella decidió hacer para proteger a su nieto en tiempos de dictadura.

–Sueño que una planta me habla. En el sueño, yo sabía que esa planta ya me había hablado antes, hace años.

–Alguien querido dice “no confío en las palabras, pero sí en la conversación”.

–Una compañera de trabajo me cuenta sus tiempos en un call center. Seis horas diarias, siete minutos para ir al baño (la disciplina para partir esa nada en dos), 15 minutos para almorzar. Un sistema operativo que funciona como un reloj carcelario. Toca un botón cuando sale al baño, el reloj empieza a correr, toca de nuevo el botón para detenerlo cuando vuelve a su puesto. Un jefe cuyo trabajo es reprocharles a los empleados los segundos que usaron de más.

–El gobierno de Polonia quiere llevar a juicio a aquellas personas que, al hablar de la Segunda Guerra Mundial, difieran de la versión que ellos se autoimpusieron. Los discursos únicos, la censura, George Orwell y su 1984 siempre presentes.

–Alguien me cuenta cómo funcionan los protocolos médicos en un hospital público. Siento un escalofrío. Cobayos humanos.

–La guitarra suena destemplada pero se disfruta. Un patio, una enredadera, la comida picante, una cerveza y cigarrillos.

–Victoria Mendizábal cuenta en la radio la historia del médico húngaro Ignác Semmelweis. Aunque hacía mucho tiempo que las mujeres que atendían los partos sin ser médicas venían diciéndolo, fue a partir de Semmelweis que los obstetras entendieron que debían desinfectarse las manos antes de atender a sus pacientes. Lo entendieron muchos años después. En su momento, lo acosan, lo hostigan y lo persiguen. Semmelweis empieza a sufrir problemas nerviosos. Sólo habla del tema médico que lo preocupa. Empieza a desbordarse. Tres colegas redactan un informe para que lo internen en un psiquiátrico. Ninguno de ellos es psiquiatra. Lo internan engañado. Él entiende lo que está pasando y trata de escapar. Paliza, camisa de fuerza, celda. Dos semanas después, muere, a los 47 años, por una herida gangrenada. La leyenda dice que antes de ser internado irrumpió en el hospital y que, deliberadamente, se cortó con un bisturí sin desinfectar para probar su teoría frente a todos. Otros dicen que la herida fue producto de los golpes que le dieron los guardias en el psiquiátrico. Pienso en el diagnóstico de locura como un dispositivo disciplinador. Castigo a quien viene a decir, como la poeta Wislawa Szymborska, “no deliran los sueños, delira la realidad”.

–Muere Menéndez. Se lleva todo lo que sabe. Todo lo que necesitamos saber. Dónde están los que nos faltan. No puedo decir una palabra más.

–Un presidente saluda a una plaza vacía, como si hubiera alguien ahí. Lo ridículo, lo grotesco, lo terrible de ese gesto.

–Una llamada telefónica en la noche. Un amigo me avisa que nuestra amiga en común salió del quirófano. Está bien. Eso que tanto nos aterrorizó ya salió de su cuerpo. Entre sus amigos, armamos una cadena de comunicaciones para darnos, uno a uno, la buena noticia.

–En la radio, Gabriela Estofán entrevista a Matías Mormandi, que canta en el estudio Tu soledad. Una canción perfecta.

–Paso por una librería, acepto alegremente las sugerencias que me hace Guillermo. Salgo con tres libros: una novela de la cubana Marta Rojas, una crónica de viajes en torno del café y una novela policial escrita por una antropóloga británica. Ese momento de descubrir los libros. Ese entusiasmo, ese sobresalto encantador.

–Me siento en una panadería a comer un sándwich antes del trabajo. Una barra de madera y una banqueta. Me encuentro con un amigo al que hace muchísimo que no veo. Celebramos ese azar. Nos ponemos al día. Me cuenta que hace unos años le dieron un balazo en el pie, durante un robo. Me cuenta el trabajo constante para mejorar, la lucha con una maraña administrativa que lo hostigaba. Sonríe. Su sonrisa es una de las más hermosas que he visto en mi vida. El regalo de encontrarlo sin buscarlo.

–Llamo a mi antigua compañera de facultad. Ahora tengo su teléfono. Me dice que está mejor. Que ha empezado a anotar algunas cosas en un cuaderno y que eso la ayuda. Le digo que nuestro encuentro ha provocado en mí el mismo efecto, que también estoy tomando notas. Le pregunto si puedo escribir sobre eso. Contar que la encontré, contar que está en un momento difícil, contar que hablamos de las “Notas del mundo”, contar lo que estamos haciendo. Me dice que sí, que claro, que por supuesto. “A lo mejor a alguien le hace bien leer eso”, dice. Nos quedamos un rato largo charlando. Afuera, un relámpago parece prometer la tormenta que ayude a limpiar las penas.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior
Ilustración: Juan Delfini

17/03/2018





viernes, 8 de junio de 2018

Modos de amar





Es 24 de enero. Leo las noticias. Ha muerto Ursula K. Le Guin. Hay un momento de zozobra, de súbito reconocimiento y desconocimiento del mundo, ese vahído que suele traer la muerte de alguien que nos ha acompañado aun sin conocernos personalmente.

Le Guin escribió narrativa, ensayos y poesía. Era hija de un antropólogo y de una escritora. Tenía 11 años cuando mandó su primer cuento a un concurso. Tradujo obras del chino y del español.

Creó mundos, territorios fantásticos donde los aprendices de magos debían enfrentar su sombra, su lado oscuro, su otra cara. Lo hizo mucho antes de que asociáramos “aprendiz de mago” con Harry Potter. Lo hizo sin concesiones, escribiendo un fantástico que hablaba todo el tiempo de la realidad, nuestra realidad.

En 1969 publicó La mano izquierda de la oscuridad. El protagonista, un embajador humano en una Liga Planetaria, es negro. En el planeta Guden, encontrará habitantes hermafroditas que “toman” el género femenino o masculino indistintamente. Hay que volver a decirlo: 1969.

Detalles –o nodos– que permiten comprender cómo la escritora, a través de la fantasía, ponía en tensión problemáticas sociales que aún hoy nos ocupan. Le Guin era considerada la maestra de la ciencia ficción y del fantástico.

En una entrevista, ante la pregunta sobre el lector esperado, Le Guin respondió: “El público de la fantasía es en realidad cualquiera de cualquier edad a partir de los 10 años, excepto los tristes puritanos que no leen fantasía.”

Ecologista, pacifista, comprometida con las causas sociales, su escritura abría los ojos desde la extrañeza, sin adoctrinar. Alguna vez dijo: “Si una feminista es alguien que piensa que el género es en gran medida una construcción social y que nada justifica el dominio social de un género sobre otro, entonces soy feminista”.

El lazo de Ursula K. Le Guin con Argentina era fuerte. El afecto con Angélica Gorodischer; el libro compartido con la poeta Diana Bellessi, The Twins, the Dream: Gemelas del sueño, en el que cada una de ellas traducía poemas de la otra; la admiración por Liliana Bodoc, de quien dijo que su escritura traía “por primera vez, un punto de vista realmente sudamericano a la fantasía puramente imaginada, a diferencia de la fantasía borgeana y la semi-fantasía de los realistas mágicos”.

En 2011, alguien querido me acercó la Saga de Terramar. Sabía que ahí había algo que podía acompañarme mientras atravesaba un momento escarpado, difícil, árido. Y esa fue mi compañía. ¿Cómo agradecer ese regalo? Esos libros que se volvieron sostén en la tormenta. Libros escritos de noche, sobre la mesa de la cocina, mientras los hijos de la autora dormían.

La noticia de su muerte me impacta pero no me sorprende. Le Guin tenía 88 años. Pienso enseguida en Liliana Bodoc. Para mí son dos nombres que vienen juntos. Por lo que cada una de ellas significa para la otra. Por lo que como escritoras significan para mí.

Pienso en Bodoc porque la quiero, porque me resulta una persona entrañable, porque cada vez que me encuentro con ella o la escucho hablar en público, me voy pensando en la enorme fortuna de haberla leído, de ser su contemporánea, de haber podido compartir charlas y encuentros. Como una niña que se cruza azarosamente con su heroína. Así me siento cada vez.

Pienso en mandarle unas palabras por WhatsApp. Me acerco al teléfono, abro la libreta de contactos. Me quedo mirando un segundo la foto de perfil. Ella, sentada en una silla, con dos niños en la falda, una pared de madera al fondo, unas máscaras sobre la pared, una ventana, un termo negro sobre la mesa, una planta. Esa cotidianidad tan íntima. Pienso que escribirle quizá sería irrumpir en esa intimidad. Dejo el gesto para hacerlo unos días después.

Esos días pasan. Es 6 de febrero. Llega, en la radio, en la voz de un colega, la noticia terrible. La muerte de Liliana Bodoc. Una muerte que arrasa, sorprende, rasga el mundo en su belleza y nos deja en desamparo. No sólo por lo que Bodoc era como escritora. También por su modo, su signo, su forma de estar en el mundo. Su presencia deslumbrante. Pero no puedo hablar todavía de lo que implica esta muerte. Duele demasiado. Una orfandad nos ha cubierto. Puede que no todos lo vean, pero sucede.



Los compañeros

Cuando llegue el momento de hablar de lo que significan la presencia y la ausencia de Bodoc, llegarán las palabras. Pero aún no es tiempo. Vuelvo entonces a ese 24 de enero en el que supe que había muerto Ursula K. Le Guin.

Leo entrevistas, tomo notas de los autores que ella menciona y yo no conozco. Uno de esos nombres me llama la atención. Le Guin habla de una escritora galesa y hace mención a una transformación. Copio y pego el nombre sobre el buscador. Jan Morris.

El primer párrafo de la primera página sugerida dice: “Escritora, periodista y viajera británica de amplio reconocimiento internacional. Además de una pródiga carrera en la literatura, fue militar y corresponsal de guerra, y sus innumerables viajes, que trasladó a sus libros, la llevaron a coronar la cima del Everest”.

Es en el segundo párrafo donde se alude a la transformación mencionada en la entrevista: “Jan Morris nació varón”. Un varón que a los 4 años descubrió que “había nacido en el cuerpo equivocado, que en realidad debía ser una niña”.

Me asomo a la historia. Como varón, Morris ingresó en una academia militar inglesa y se convirtió en oficial de Inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras estudiaba en Oxford, se casó con Elizabeth Tuckniss. Se habían conocido después de terminada la guerra, cuando alquilaron habitaciones contiguas en una casa de Londres. Él nunca le ocultó la tensión que sentía por el abismo que había entre su cuerpo y su identidad. Ella entendió. Se casaron y tuvieron cinco hijos.

Como periodista, Morris cubrió hechos importantísimos como la escalada del Everest en 1953 y el juicio a Adolf Eichmann. En cierto momento decidió dedicarse exclusivamente a escribir libros. También decidió llevar a cabo los pasos necesarios para disolver la tensión que lo consumía. El relato de esa transformación se convirtió en un libro: El enigma.

Lo primero fue un tratamiento hormonal. Y ahí aparece lo que me deslumbra de la historia de Morris. Su esposa Elizabeth decide apoyarlo, acompañarlo, estar ahí a medida que él avanza en ese camino. Unos años después llega una operación quirúrgica. 1972, Casablanca. Morris se decide por Marruecos porque los médicos ingleses plantean como condición indispensable que, primero, se separe de su esposa.

Terminada la operación, Jan vuelve a su país y, junto a Elizabeth, descubre que están obligadas a divorciarse porque la ley no permite el matrimonio entre personas del mismo género. Acatan la ley: se divorcian. Pero siguen viviendo juntas. Casi 60 años después, cuando la nueva legislación les reconoce el derecho a la unión civil pese a ser dos mujeres, Jan y Elizabeth vuelven a casarse en 2008.

Morris ha dicho que, cuando mueran, les gustaría ser enterradas cerca de la casa con un epitafio que diga: “Aquí hay dos amigas, al final de una vida juntas”.

Modos de amar. La fortuna de encontrar maestros que nos iluminen, que nos descubran un mundo, que desafíen nuestra mirada.

Modos de amar. La fortuna de encontrar alguien que ame en nosotros aquello que escapa a toda definición. Alguien que pueda asumir, aceptar y acompañar cambios tan nodales como el que hizo Morris. Alguien que pueda apoyarse en un amor más allá de las definiciones que nos imponemos.

¿Cómo es el amor cuando decide sacudirse las categorías del mundo?

Un amor siempre cambiante quizá sea lo único que pueda honrar lo que somos: seres cuya única invariable es la variación.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior

17/02/2018






miércoles, 6 de junio de 2018

Un modo de estar despiertos






Hay canciones que toman ciertas épocas de nuestra vida. Una o dos piezas que describen el tono en el que estamos. Quizás por eso cuando escuchamos alguna canción vieja, lo que nos conmueve no es tanto esa música y esa letra sino lo que detona en nosotros, las cosas que pone a bailar en el recuerdo para agitarlas, para moverlas, acaso para resucitarlas.

Las canciones llegan de un modo extraño, sin que uno las haya convocado. Aparecen como un murmullo, algo que se balbucea al empezar el día, al armar el mate, al asomarse a la ventana a ver el mundo. Aparecen en esos gestos diminutos que hacemos al descubrir que hay un día más.

Desde hace un tiempo  la palabra que podría describir mis días es “hospitalidad”. Y la que describe mis sentimientos es “gratitud”.  Alguna vez le oí decir a la escritora Gabriela Massuh que la gratitud es una forma de la felicidad. Y así es. Algo indefinible que consiste en reconocer las pequeñas felicidades cuando están ocurriendo, la plena conciencia de ser afortunados.

Y, desde hace meses, la canción que me habita es “El buen modo”, de María Elena Walsh. Una canción que oí por primera vez en un viejo casete que aún tengo. En la tapa se ve a la cantante, de pie, frente a un micrófono, vestida de negro. La postura hace pensar en alguien que tiene algo que decir y la fuerza necesaria para hacerlo. La fecha: 1975. Lo compré en 1986, cuando tenía catorce años, en un local que había en la peatonal. Enormes bateas de discos y casetes desde las que me llamó la atención ese cuerpo de pie, listo para decirme  cosas que yo necesitaba oír. 

La primera canción de ese disco es “Orquesta de señoritas” (“Quien no fue mujer / ni trabajador / piensa que el de ayer / fue un tiempo mejor “). Después están “El buen modo”, “La clara fuente”, “Angelito mexicano”, “Vidalita porteña”, “Alba de olvido”, “Sin señal de adiós”, “No mires fotografías”, “Endecha española”, “Postal de guerra”, “Palomas de la ciudad” y la “Balada del ventarrón”. Doce canciones perfectas que, para mí, se abrieron como un mundo que giraba en torno a “El buen modo”. Porque ahí, en esos treinta y dos versos, se despliega un modo de estar despiertos, conscientes y agradecidos.


Kioscos, café, arroz

“Tengo tanto que agradecer / al que me dio de beber / cuando de sed me moría. / Agua en jarro, gusto a pozo, / pero río caudaloso / me parecía.”

El kiosco que estaba hace años en la esquina de Deán Funes y Avellaneda. El rincón donde íbamos a desayunar, de pie, ante un mostrador en el que Sebastián servía café caliente en taza y una servilleta con dos criollitos. El lugar al que volvíamos –las caras eran siempre las mismas– porque había ahí alguien que nos recibía. Y nos daba mucho más que un desayuno. Sebastián (algunos lo llamaban por su otro nombre: Ramiro), sabiendo un poco de cada uno de nosotros y haciendo siempre la pregunta justa, el silencio a medida, la palabra precisa. Hay gente que tiene ese don: acompañar a otros, sin grandes aspavientos pero con una concreción del afecto que deslumbra.

“Estos ojos no olvidarán / al que una vez me dio pan / cuando el hambre me afligía. / Miga dura, pan casero, / que trigal del mundo entero / me parecía.”

La señora que atendía el kiosco del colegio y que, sin preguntar, me daba dos facturas cuando yo pedía una y me hacía pasar para que tomara el café dentro, en una mesa, en una silla. Laura, sus hermanas y su madre, que en una casa de Cofico hicieron más suave una época de errancia y desamparo, ofreciendo arroz y abrigo cuando no tenía casa. Todos los anfitriones que a lo largo de muchos, muchos viajes, se ocuparon de ofrecer la comida que permitía el sueño. Los hombres y mujeres en los negocios, que al ver una mochila enorme, una cara curtida por el sol y un andar lánguido, agregaban a la compra más fruta, más pan, más queso. 


Conversaciones

“Hoy me acuerdo de aquel que ayer / se supo compadecer / cuando lágrimas vertía. / Era parco su consuelo, / pero Dios con un pañuelo / me parecía.”

Todas esas piezas de pensión, departamentos de estudiantes, bares, cafés, veredas, caminos, calles de tierra, cuartos, colectivos, rutas, montañas y campos habitados por un tiempo sin tiempo. El de la charla, el de la confidencia, el de la escucha. Todas esas palabras y silencios construidos para decir “estoy acá, esto va a pasar, estoy acá”. Todos esos amigos. Una mano que se apoya en mi hombro cundo vamos camino a un entierro. Una voz que trae el teléfono cuando apenas hay fuerza para hablar. Alguien que hace comida, porque hay que comer, porque la vida sigue, porque hay que encontrar las fuerzas. Una par de manos que arman un cigarrillo con tabaco rubio, para construir el ritual de la conversación. El sonido de una cuchara que bate el café mientras la pava suena. El amanecer que llega y se apoya sobre la charla, sobre las voces que siguen susurrando como si aún fuera de noche. Los amigos. 

“Nunca pude olvidarme yo / del que una vez me albergó / cuando techo no tenía. / Rancho pobre, catre chico, / pero caserón de rico / me parecía.”

Leonardo, que me dio casa y comida cuando no tenía lo uno ni lo otro. Que ayudó a que no dejara la escuela. Que me prestaba su bicicleta negra para salir  a dar vueltas por el Parque Las Heras. Que me daba libros de Joyce y ponía discos de Gal Costa en una pequeña casa azul que sirvió de refugio en tiempos de tormenta.  Esos meses viviendo en una pieza donde sólo cabía la cama y un pequeño walkman donde sonaba, una y otra vez, “Artaud”, de Pescado Rabioso. 

Los nombres que me vienen a la boca son una suerte de sortilegio. Los repito como quien invoca ese lazo, esa trama de afectos que  nos ha sostenido cuando no había otro sostén que la generosidad de los pares. Cuando se aprendía, en la adolescencia y aún hoy, que la familia verdadera se construye en el encuentro, que no tiene nada que ver con lo biológico sino con reconocer a quién, en el camino, es feliz si estamos a salvo y se preocupa si estamos a la intemperie.


Encuentros

“Seas siempre bendito /por tu buen modo, / porque al darme poquito / me diste todo. / Antes que la muerte / me robe la ocasión / para corresponderte / aquí te mando mi corazón.”

¿Cuánto nos unen a otros los gestos de generosidad que han cambiado el curso que traían las cosas? ¿Cuánto hay ahí de gratitud, de ese modo de la felicidad –como dice Massuh–, de ese  haber sido tocados, atravesados por la  inusual experiencia de la amistad? Los aliados. Los que están allí, siempre al alcance de la mano.

 No creo en la frase que dicen quienes creen ser el origen de su fortuna. “Yo me hice solo”, dicen algunos. Yo no. Sé que hice lo que hice gracias al amor y a los amigos. A cada uno de ellos, a los que nombro y a los que no. A los desconocidos que no miden sus gestos. A los que no han perdido la capacidad de conmoverse. A los que están dispuestos a escuchar sin juzgar. A los que admiten que no sabemos y se arriesgan a descubrir. 

No somos sólo maravilla. También está el horror. Esto que escribo ahora viene de un fondo turbio. Es mi modo de combatir ciertas noticias que se vuelven insoportables. Las noticias del odio y el coro de voces que celebra ese odio.  

A un gesto lo contrarresta otro gesto. A la desesperación la contrarresta la esperanza. No una esperanza ingenua del que niega la realidad. Digo la esperanza trabajosa, delicada, infinitamente construida. 

Al horror de algunos gestos, decir nuestra palabra. Poner ante los ojos que hay otros posibles. Otros caminos, otras formas, otros modos de estar en el mundo. 




Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días Contados - La Voz del Interior
Ilustración: Juan Delfini
13/01/2018





martes, 5 de junio de 2018

Onlalu: comentario de Aline Sirba sobre la versión francesa de "La tensión del umbral"





La vérité à tout prix. Vraiment ?


L’œuvre d’Eugenia Almeida est enracinée dans l’histoire de l’Argentine, son pays natal. « L’autobus », qui l’avait fait connaître en France en 2007, racontait à travers une anecdote presque surréaliste la prise du pouvoir par les autorités militaires à la fin des années 70. Tout aussi incisif mais plus noir, « L’Echange » montre que ce pays n’en a pas fini avec son passé.

Sur le seuil d’un bar, une jeune femme menace de tuer un homme avant de le laisser partir et de retourner son arme contre elle. A priori, un suicide ne nécessite pas une enquête bien approfondie, car on pourra toujours trouver de multiples causes à un geste désespéré comme celui-ci. Telle est la conclusion de la police locale qui a tôt fait de classer l’affaire.


Mener l’enquête envers et contre tous

Mais pour le journaliste Guyot, ce suicide en public a forcément une signification, d’autant plus que Julia Montenegro avait vraisemblablement l’intention de tirer sur quelqu’un d’autre avant de changer d’avis. En dépit des mises en garde de son rédacteur en chef et du commissaire, il est déterminé à mener l’enquête. Or, dans le coin, on n’aime pas trop les fouineurs, et Guyot se heurte à des témoins aveugles et muets. Il se tourne donc vers les carnets de la victime noircis de notes sibyllines, examine des photos floues, consulte des archives de journaux, mais plus il creuse, plus les cartes se brouillent, des éléments disparaissent, les menaces contre ses indics se multiplient et les morts s’accumulent autour de lui comme autant d’avertissements.


Une narration vertigineuse

Eugenia Almeida pousse l’art de l’efficacité à son plus haut niveau dans ce roman dépouillé à l’os, constitué en grande partie de dialogues secs, sans fioriture, voix sans visages et silences qui en disent long sur le poids d’une Histoire imprescriptible. Le lecteur est happé par une narration vertigineuse, constamment sous tension, qui progresse en mouvements concentriques, et dont la force tient au démontage minutieux des mécanismes d’une corruption pyramidale. Ce qui est brillant ici, c’est que les révélations réduisent les chances de la résolution de l’affaire, parce que savoir, comme dit un personnage, c’est « assumer d’entrer en enfer ». Et c’est bien l’enjeu philosophique de cette histoire intense : faut-il chercher la vérité à tout prix ? Une chose est sûre, « L’Echange » n’a pas usurpé son prix Transfuge 2016 du meilleur roman hispanique !



Aline Sirba