sábado, 16 de septiembre de 2017

Antigüedades, derivas, ausencias y desafíos





Máquinas embrujadas

Nos avisábamos unos a otros, como una especie de cofradía secreta. Teléfonos públicos. Esos enormes rectángulos anaranjados que a veces fallaban y nos dejaban ser felices. Se corría la voz: la ubicación precisa de un teléfono “pinchado”.

En esa época, la palabra no hacía pensar en vigilancia, en espías, en controles estatales. Significaba la posibilidad de hablar, lo que quisiéramos, con una sola ficha. Fichas con una doble ranura que había que comprar en los quioscos y que siempre llevábamos en el bolsillo. Una sola ficha, todo el tiempo del mundo.

Mis amigos vivían en Buenos Aires o en el extranjero. Uno se imaginaba el timbre repicando del otro lado, se oía esa voz ansiada y se tenían horas para hablar de nada, porque sí, por el puro gusto de conversar.

Los amigos se iban de viaje o de aventura y uno ya no sabía cuándo iba a verlos otra vez. La distancia era, también, un modo nuevo de quererse. El que estaba lejos estaba lejos y había que traerlo de regreso en la memoria, en la suave reconstrucción del recuerdo, con música, con gestos, con perfumes.

Había que caminar las calles imaginando que el amigo, la amiga, podía aparecer sin avisar en uno de los bares donde nos sentábamos a conversar. No había planificación del encuentro. Sucedía. Y eso era algo estremecedor e imprevisible.

A Buenos Aires íbamos de colados en el tren, llegábamos hasta Rosario –donde los guardas pasaban a controlar los pasajes–, nos escondíamos en el baño o bajábamos y pagábamos sólo el trayecto que faltaba, como si acabáramos de subir. Y se llegaba de visita sin avisar.

No había celulares, ni internet, ni dinero para llamar por teléfono. Había el albur de alguna ubicación que señalábamos con entusiasmo contenido para no delatarnos. No había que hablar mucho tiempo si había gente esperando. Colgábamos, nos alejábamos, volvíamos a llamar. No había que divulgar el dato; eso podía significar una larguísima cola.

En cuanto pasaba, los operarios de Entel venían a arreglar el aparato. Y el arreglo consistía en destruir una situación perfecta: no teníamos con qué comer, pero hablábamos horas con los que estaban lejos.

Durante meses, el teléfono que estaba a pasos del Pabellón Argentina, en la Ciudad Universitaria, permitía hablar horas con una sola ficha. Nos encontrábamos ahí con los inmigrantes que venían, silenciosos, a aprovechar la oportunidad. Bolivianos, peruanos, chilenos. Nos sentíamos parte de algo, parte de una comunidad de desclasados que no tenían dinero para hablar con sus seres queridos. Fines de la década de 1980. Poco trabajo, mucho hambre. Preludio de los ’90.

A veces pasábamos por la peatonal, donde había un teléfono en cada cuadra, metiendo el índice y el dedo medio, en un gesto rápido para ver si había quedado ahí alguna ficha. Andábamos errantes, vagabundos, cachorros buscando amigos, buscando refugio, buscando un camino posible.


Grabameló

Prender la radio y esperar a que apareciera esa canción que uno quería aprender. El dedo índice apoyado sobre el botón REC, el casete TDK listo. La música era siempre ajena e irrepetible. Poder tenerla y oírla cuando uno quisiera era una fiesta. Un casete virgen, en lo posible de 90 minutos, la mano lista para tocar las teclas, el ruego interno de que el locutor no pisara el tema, las noches eternas oyendo los programas de la medianoche.

Cazadores de mariposas. Estar a la espera de la aparición de la belleza. Atentos, insomnes. Armar nuestra propia colección con el azar que nos ofrecían los caprichos del programador. Esperar meses hasta grabar una canción en especial. Las revistas Cantarock y Toco y canto sobre la mesa. La guitarra lista. Oír una y otra vez la música capturada para aprender el ritmo, el fraseo, la cadencia.

En la galería Santo Domingo, había un local donde vendían casetes y grababan a pedido. Uno llevaba una lista de las canciones, medía los tiempos, se aseguraba de que todo entrara y pasaba una semana después a buscar el resultado. Los “compilados”. Esas antologías únicas, que evidenciaban quiénes éramos, en esa mezcla de lo que la vida ofrece y lo que uno toma o sale a buscar.


Derivas

Pausa.

Aquí debería ir otro apartado que hable de alguna otra cosa que fue nodal en nuestras vidas y que ahora ha desaparecido. Desde hace una hora, uso WhatsApp para conversar con dos amigas que aportan posibilidades. Nos reímos, jugamos como si fuéramos chicos. Hay algo ahí de pura belleza. Me sincero. Les digo que me está costando escribir esta nota porque mi cabeza está en otro lado, porque quisiera escribir otra cosa. Decir, por ejemplo, Santiago Maldonado. Usar los nombres para nombrar una época. Decir que no dejo de observar el avance del odio. Un odio que sorprende y sacude. Un odio estereotipado, la respuesta preconstruida que siempre necesita el dolor ajeno.

Hace unos días, leí un artículo que Pablo Ramos escribió en Página 12. En “El sonido de la cortesía”, el escritor contaba que había decidido cerrar sus cuentas de Facebook e Instagram después de que alguien, atacándolo por su apoyo a Cristina Fernández, escribió un comentario terrible bajo la foto de su hija.

El comentario consistía en desearle una enfermedad espantosa a esa nena. Ramos dice haber sentido “el más profundo de los desamparos: la duda de que tal vez esto ya no valga la pena.” “Odiar es como tomar veneno y sentarse a esperar que el otro se muera.” Esa es una de las frases que más me impactó de esa nota.

Unos días después, me asomé a la cuenta de Twitter de la escritora Samanta Schweblin. El 31 de agosto, Samanta escribía: “Acá en Berlín ya es 1° de septiembre. Pasó un mes y seguimos preguntándonos: ¿dónde está Santiago Maldonado?”. Ese tuit ha tenido, al momento de escribir esta columna, 44 respuestas.

Schweblin es, a mis ojos, la escritora argentina que más huella está dejando. Es, también, una buena persona, por más ingenuas y anacrónicas que suenen esas palabras. Comprometida, sensible, generosa, discreta. Con una fuerza y una suavidad que la vuelven singular.

No voy a reproducir los comentarios porque suponen una violencia que no estoy dispuesta a replicar. Pero el ataque fue descarnado. Que no tiene derecho a hablar desde Berlín, que unos valen más que otros, que la palabra “negro” usada como insulto, que se la acusa de hipócrita, que busca visibilidad.

Se apela a lo más brutal para ofender a una persona y, especialmente, a una mujer. ¿Por qué? Por hablar. Por decir su palabra. Que ni ofende ni lastima. Xenofobia, racismo, machismo. Odio. Cualquiera que conozca personalmente a Schweblin siente un escalofrío, percibe la espantosa distancia entre esos insultos y lo que ella es.

Dice Pablo Ramos en su artículo: “¿Cuál es el límite de esta supuesta libertad de decir y hacer cualquier cosa detrás de un perfil de computadora?” Aflora en las redes lo que se palpa en las calles. El odio. La imposibilidad de algunos para convivir con quienes piensan de otra forma. La necesidad de algunos de eliminar a otros.


Presencias

Y me pregunto cómo fue que me deslicé de los teléfonos públicos a las cosas que han cambiado, a lo que falta, a Santiago Maldonado, a su ausencia, al odio que veo latir como si fuera un animal hambriento.

Y me pregunto si no debería volver a escribir esta nota. Me lo pregunto. Y digo no. Digo que la escritura, como los sueños, impone su propio ritmo y su propia voz. Que no hay forma de torcerla, de escaparse de lo que uno es. Y que hay algo vivo en dejarse llevar por aquello que es auténtico en uno.

Vuelvo a leer la nota. Pienso en mi editor. Pienso que, finalmente, he estado hablando de comunidad, de amistad, de lazos. Pienso que en un mundo atravesado de odio, tengo refugio en la gente que me rodea. Pienso en la filósofa francesa Simone Weil cuando dice “La amistad no se busca, ni se sueña, ni se desea; se ejerce (es una virtud)”.

Ejercer esa virtud es nuestro desafío en el desierto.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en la sección "Días Contados" de La Voz del Interior.
Ilustración de Juan Delfini








lunes, 28 de agosto de 2017

Nunca más es Nunca más.







Presentación de libros y relatos de experiencias






Presentación de libros y relato de experiencias 

La Escuela Isauro Arancibia (Ed. Noveduc) 
Talleres de lectura y escritura en espacios de salud (Lugar Ed.)


Con Mariana Gorosito & Susi Aselle 
+ conversadoras: Claudia Huergo - María Caglieris - Eugenia Almeida.



Músicos Invitados: Manu Ceballos & Tadeo Lemme Huergo.

Miércoles 30 de agosto- 19:30hs (puntual) 
En L'ecole Bon Appetit. Ayacucho 333





sábado, 15 de julio de 2017

El negro corazón del crimen / Marcelo Figueras






Un fusilado que vive


En la primera página, una foto de Rodolfo Walsh. Joven. Una imagen que se imprime sobre la iconografía más conocida del escritor. No están aquí los lentes gruesos, no está aquí la calvicie que avanza, el rostro de un hombre de cincuenta años, la mirada que quedó para siempre en nuestra memoria. La foto que abre el libro ayuda a recordar que Walsh hizo un camino; que era así de joven cuando escribió Operación Masacre.

Porque de eso se trata El negro corazón del crimen, la última novela de Marcelo Figueras: del  detrás de escena de un libro que inauguró el género de la no ficción y dejó una marca indeleble en la literatura argentina.

La novela de Figueras arranca en La Plata, en junio de 1956. Un grupo de hombres juega al ajedrez. Se oyen ruidos afuera. Uno de ellos reconoce el sonido de los Máuser. Es Erre. Le gusta estar ahí, ante el tablero, frente a un adversario. Le gusta establecer relaciones entre ese juego y la política. Tiene una hermana monja y un hermano militar. Es escritor. Es traductor. Es un antiperonista convencido.

Unos meses después, en una oficina llena de máquinas de escribir, comienza una historia. Alguien le ha dicho a Erre una frase que funciona como germen: “Hay un fusilado que vive”. De esas palabras nace Operación Masacre. Walsh y la española Enriqueta Muñiz se asoman, por primera vez, al laberinto de secretos que va a convertirse, tiempo después, en un libro irrepetible. El libro que contó la verdad sobre los fusilamientos de José León Suárez. 

El negro corazón del crimen tiene a la literatura como una presencia omnipresente. Erre lee escenas bajo la cuadrícula de los géneros literarios y se apoya en las palabras de Shakespeare, Chandler, Brönte, Poe, McCullers, Kafka, Conan Doyle, Eliot, Melville y Dickens, entre otros. Erre no deja de plantearse a sí mismo la pregunta clave de todo escritor: ¿cómo contar?

Marcelo Figueras pone en clave de novela una historia real. La historia de una investigación. Pero también aparecen allí las transformaciones, los cambios, las pérdidas, el amor, el compromiso. La figura de Rodolfo Walsh recupera un tamaño real, lejos del mito. Ese “detective que escribe” y esquiva las balas para decir su verdad, lo hace a pesar de sus mezquindades, sus ambiciones, sus miedos, sus puntos ciegos.

El libro cierra con un epílogo en el que, veinte años después, reencontramos a Walsh arriesgando la vida (y perdiéndola) para decir su verdad. Esta vez, mediante la indispensable “Carta de un escritor a la Junta Militar”, donde denunció la magnitud del genocidio que la dictadura llevaba adelante. El 25 de marzo de 1977, Walsh se convertía, él también, en un fusilado que vive.

Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero





miércoles, 12 de julio de 2017

El miedo y su sombra




Lo que nos hace temblar  

Lo que el cuerpo presiente pero el ojo no llega a ver, lo que obliga a retroceder cuando es alcanzado por la luz, lo que destruye la posibilidad del lenguaje.  

El miedo y su sombra es una antología de cuentos clásicos de terror escritos entre 1814 y 1914. Una colección al cuidado de Leslie S. Klinger, un reconocido especialista en Sherlock Holmes. En el prólogo, Klinger señala que, si bien este tipo de relatos se remonta a tiempos antiguos (hay brujas en La Odisea y fantasmas en La Biblia), el “florecimiento” del género se dio en el siglo XVIII y desde entonces se ha ido consolidando hasta nuestros días.

En muchos de estos cuentos hay un relato dentro del relato y ese mecanismo recupera algo de la tradición oral, recreando el ambiente de esas historias que se cuentan en torno al fuego. Uno de los aspectos más interesantes de esta antología es la inclusión de cinco escritoras, cinco pioneras que, gracias a la decisión de Klinger, escapan a esa rutina de invisibilizar el trabajo de las mujeres a la hora de recuperar recorridos históricos. 

En estos relatos van a aparecer seres sobrenaturales, lo artificial como elemento de horror cuando se asemeja demasiado a lo humano, las cosas que pueden hacernos enloquecer; fantasmas, apariciones, pesadillas, las sombras que cobran forma. Y sin embargo, el horror no siempre se enlaza a lo sobrenatural; quizás lo más espantoso es lo que podemos provocar los humanos, como sucede en el contundente relato “El bebé de Desirée”, de Kate Chopin.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero







domingo, 9 de julio de 2017

Mapas para andar a la deriva





Salvataje 

No sé por qué, tengo muy presentes las cifras de los mejores y los peores años de mi vida. A veces me cuesta recordar mi edad (tengo que sumar o restar un año, a veces dos) pero nunca fallo en el calendario de la felicidad y la desgracia. Si tuviera que hacer una lista, 2004 sería el nombre de la zozobra. Pero no es de dolor que quiero hablar sino de los hilos de una trama que me puso a salvo. Libros. Los libros a los que me fui agarrando porque, como dice Simone Weil,  “cualquier cosa es como una rama para quien se ahoga”. 
En 2004 me dediqué a leer tres libros por semana. Después del trabajo, antes del trabajo, en los espacios libres de cada día. Lo que me mantuvo enlazada, aunque fuera levemente conectada a la especie humana, fueron los libros. 
Durante meses retiré cada semana tres libros de la biblioteca de la Facultad. Uno de los accesos posibles al catálogo es por palabras claves ordenadas alfabéticamente. Decidí empezar por la A, detenerme cada vez que la palabra clave me interesara y recorrer los títulos catalogados allí. El resultado fue un cruce de ficción y no ficción, historia, filosofía, literatura –con una variedad absoluta de géneros literarios, países, épocas y lugares–. 
Desde hace años llevo un registro de lectura. Un cuaderno donde anoto qué leo, la fecha, los datos bibliográficos y, en algunos casos, citas o algún comentario. Ese hábito me permite revisitar etapas o momentos determinados. Como otros miran fotografías, yo recorro esas hojas. Con ese soporte es que puedo reconstruir, mientras escribo esta nota, las lecturas de aquel experimento. O de aquel salvataje.



Bitácora 

Julio de 2004. Adivinos y oráculos griegos, de Robert Flacelière, publicado por Eudeba en 1965. Leo mis notas y recupero algunos datos: 
Plutarco sostenía que los pájaros podían ponerse al servicio de las divinidades. Eurípides los llamó, justamente, “mensajeros de los dioses”. La ornitomancia es el arte de adivinación que se basa en leer el mensaje que dan los pájaros con su vuelo. Un ejemplo sencillo: si alguien mira hacia el norte y un pájaro cruza el cielo desde la derecha, la respuesta  a la consulta es “favorable”; si lo hace por izquierda, “desfavorable”.
La Hieroscopia o Extispicina es el examen de la entrañas de animales degollados a fin de obtener respuestas. Otras posibilidades: piromancia, hidromancia, catoptromancia, cleromancia. Algunos autores enlazan locura y capacidad de adivinación; hablan de seres particularmente emotivos que se transforman en  receptores de información latente y luego se ven impelidos a convertir eso en signo, para poder transmitirlo a su vez.
Según mi cuaderno, ese mismo mes leí La ética del silencio, de Françoise  Fonteneau. Entre mis anotaciones hay preguntas referidas a las características del silencio. ¿Es la ausencia de algo o una presencia absoluta que lo llena todo? Hay una cita escrita en tinta azul: “la repetición se encarniza en no encontrar la cosa perdida”.
Algunas líneas sobre lo indecible y una pregunta: ¿lo primero fue el sonido o el silencio? ¿Cuál fue la interrupción de cuál?
El siguiente libro es Historia del tiempo. Del Big Bang a los agujeros negros, de Stephen Hawking, publicado por Crítica. Allí hay muchísimas notas: el libro detonó en mí preguntas que trajeron más preguntas.
De julio también es Las enfermedades de la memoria, de Ribot. Un libro publicado en 1927. Ahora me detengo en una cita: “la torpeza es el resultado de una mala memoria orgánica”. Algunos relatos de casos: el hombre que se olvidó de la letra “f”; el que se olvidó de los números 5 y 7; la amnesia del escritor Walter Scott (que alguna vez olvidó haber escrito Ivanhoe).
Así, las lecturas de julio se fueron tejiendo en preguntas que enlazaban el lenguaje, el silencio, los agujeros negros, la memoria, la fuerza de gravedad y la capacidad de sentir el dolor ajeno o de conocer cosas por vías alternativas.
Veo que en agosto de 2004 leí algunos de los libros nodales en mi vida: Días enteros en las ramas y Moderato Cantabile, de Marguerite Duras; Introducción al budismo Zen, de Daisetz Teitaro Susuki y La gravedad y la gracia, de Simone Weil. No lo recordaba, no lo tenía presente; esa cercanía me revela algo que no logro poner en palabras. 



Variaciones de un juego

Cada vez que llego a un lugar nuevo (un barrio, un pueblo, una ciudad) me gusta vagabundear. Andar a la deriva. Perderme un poco. Salir de los trazados previsibles. Romper cuadrículas, límites, fronteras. Con las lecturas es igual. Me gusta jugar en el azar, con la convicción de que hay ahí ciertas fuerzas que se acomodan de un modo revelador. No pretendo explicarlo. Sólo lo menciono. Y al mencionarlo, lo reconozco.
Algunos juegos posibles:
Uno: Continuar la lectura de un libro con el primer libro (o el segundo o el tercero) que se menciona en esas páginas. Si no se mencionan libros, autores; si no se mencionan autores, temas.
Dos: Continuar la lectura con alguno de los libros mencionados en la bibliografía (o en la solapa o bajo el título “publicados en la misma colección”). Dejar que sea ese libro el que nos indique el siguiente. 
Quizás el mejor territorio para practicar estos juegos sea una biblioteca pública. Aunque también puede hacerse en la biblioteca de algún amigo. E incluso en la propia. No conozco ningún lector que pueda decir que ya ha leído todos los libros que tiene. Se puede empezar, entonces, desde los libros que aún no hemos leído. Decido hacer el experimento ahora mismo.
Tomo el primer libro aún no leído que encuentro en mi biblioteca. Monstruos, de Eduardo Angulo. Voy a la bibliografía. Elijo los primeros tres títulos que me llaman la atención: El libro de los animales misteriosos, de Frenz; Criptzoología: el enigma de los animales imposibles, de González y Heylen; Animales desconocidos sobre la Tierra, de Barceló.
Otra versión del juego: cruzar lecturas y relecturas dejando que el territorio se construya con libros ya leídos y libros aún por leer. Parto de un libro leído, que me gustó mucho: El nuevo pensamiento, de Franz Rosenzweig, publicado por Adriana Hidalgo en 2005. Aquí no hay bibliografía como un apartado así que recurro a las solapas. Elijo: Historia de la nada, de Sergio Givone; La felicidad, el erotismo y la literatura, de Georges Bataille; La imposible amistad.  Maurice Blanchot y Emmanuel Levinas, de Marta López Gil y Liliana Bonvecchi.
Una última opción es tomar algún libro que hable sobre escritores. Elijo cuatro.  Juan Forn (desde el Tomo 1 de Los Viernes) me lleva a Anna Ajmátova, Viel Temperley y Natalia Ginzburg. Javier Marías (desde Literatura y fantasma) me lleva a Isak Dinesen, Turgueniev y George Steiner. Elsa Drucaroff (desde Los prisioneros de la torre) me lleva a Beatriz Actis, Osvaldo Aguirre y Pilar Calveiro. Josefina Ludmer (desde Aquí América Latina) me lleva a Martín Kohan, Tamara Kamenszain y Elfriede Jelinek.
Uno de mis lugares de trabajo es, justamente, en una biblioteca pública. Antes de terminar esta nota decido hace el mismo experimento que hice tantos años atrás. Abro la búsqueda temática. A, AA, AACR, AARON, ABA. Aquí entro. Busco. Elijo. El libro del gan eidn: las maravillosas aventuras de shmúel aba ábervo, de Itsik Manger. Voy por el segundo libro. ABADON, ABADI, ABAJO. Entro. Elijo: Cuentos de arriba y de abajo, de Margara Áverbach. Última búsqueda. ABALOS, ABALSAMO, ABANDONA, ABANDONADO. Entro. Elijo Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Un náufrago en una isla. 
Leer es algo serio, dicen muchos. Yo digo que sí, que es cierto. Pero eso no impide que pueda ser un juego. Un juego infinito y siempre nuevo. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días contados
Ilustración: Juan Delfini





jueves, 6 de julio de 2017

Por qué leer “El arresto”, de Perla Suez




Habría que mencionar algunas palabras. Y que sean ellas las que hagan el dibujo. Decir, por ejemplo: herencia, silencio, sangre, naturaleza. Decir: lazos, cadenas, persecuciones, huellas. Decir: fronteras, diáspora, inmigrantes, tierra. Decir: animales, furia, desencanto, guerra. Habría que hablar de un cuerpo que trata de sostenerse en pie bajo una tormenta infinita. Una tormenta que puede venir de la naturaleza o de la especie humana; ellos, los otros, el mundo extraño que se construye usando las identidades como excusa para la violencia. 

Habría que resistirse a la tentación de explicar. Limitarse a mostrar. Poner frente a los ojos una escena que vuelva innecesario el lenguaje. Y después decir sólo dos palabras: Perla Suez. Y así, dejar que sea eso lo que hable de esta escritora que desde hace años viene dejando su huella en nosotros. Hacerle un pequeño homenaje recurriendo a su herramienta más feroz: un lenguaje increíblemente económico que se vuelve pura densidad. Un puñado de palabras que se hacen  invisibles a causa de su poder.

Las novelas de Suez recuerdan las marcas que van dejando algunos caminantes cuando recorren un sitio desconocido. Una piedra, una apacheta, dos ramas secas cruzadas sobre un sendero. Algo que nos oriente en la inmensidad; algo que señale el recorrido que hemos hecho,  que nos permita saber si ya habíamos pasado por allí, sí ya habíamos sabido alguna vez lo que luego olvidamos. 

Suez escribe y activa un dispositivo de detonación retardada. Hay algo en esas frases breves, en esos espacios en blanco, que pueden hacernos creer que estamos a salvo. Y sin embargo ahí  está, en alguna entrelínea, el estallido que puede iluminarnos o dejarnos ciegos. Y, como en los sueños, es casi imposible decir qué es lo que nos ha sacudido, por qué, qué significa. Pero uno sabe.  

Por estos días vuelve a las librerías El arresto, la segunda novela de Perla Suez, publicada por primera vez en 2001. Una historia que luego formaría parte –junto a Letargo y Complot– de la Trilogía de Entre Ríos. Es ese el territorio que elige la escritora para hablar de una familia de inmigrantes –judíos rusos– que busca acompasar sus recuerdos de nieve y trineo al clima tenso del litoral. Cantos cosacos y arroceras entrerrianas, lluvias temibles y ríos que se desbordan. Dos hermanos que se asoman al odio. Y el más joven que decide irse a Buenos Aires, donde se encontrará con ese estallido de violencia conocido como la  “Semana trágica”. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Número Cero

http://www.lavoz.com.ar/numero-cero/por-que-leer-perla-suez





lunes, 3 de julio de 2017

Hallazgos, curiosidades y fantasmas






Hay un lugar exacto en la ciudad que, para mí, funciona como una puerta. Una  librería* a la que voy cuando quiero encontrar lo que no sabía que estaba buscando. 

Allí sólo se venden saldos; libros que –por diferentes razones– fueron quedando en depósitos, sin llegar a manos de los lectores. En general, los libros de saldo se repiten de una librería a otra. Salvo que alguien decida ofrecer pequeñas joyas rescatadas. Y eso es lo que pasa en este rincón de Córdoba, un local con vidriera a la peatonal. 

Allí encontré La bestia del corazón, de Herta Müller, muchos años antes de que ese nombre apareciera en los diarios como Premio Nobel de Literatura. Allí conocí a Amalia Jamilis, Mark Strand, William Ospina, Claude Lanzmann, Sara Gallardo, Luisa Mercedes Levinson, Roberto Juarroz, Peter Nádas, Margaret Atwood, Joyce Carol Oates, Bruce Chatwin, Colum McCann, Lorrie Moore, Ryszard Kapuscinski, Rodrigo Rey Rosa, María Esther Gilio, Muriel Spark, Iris Murdoch, James Salter, Annie Proulx y muchos más. 

Cada uno de esos encuentros fue azaroso; mi visita semanal a esa librería, mi circuito alrededor de las mesas, levantar libros, recorrer las tapas, las solapas, elegir en silencio o aceptando una recomendación. Y volver a casa con algo que siempre funciona como un regalo sorpresa.   

Desde hace catorce años visito ese lugar regularmente. Pero el pulso se acelera en noviembre, cuando por unas semanas el equipo de trabajo saca dos mesas a la calle y ofrece una selección de títulos a precios increíbles. De allí vienen los regalos de Navidad; especialmente porque disfruto el ritual de ver todo lo que hay hasta encontrar el libro justo para cada persona. 

Allí estuve los primeros días de diciembre, frente a esas mesas donde se ofrecían libros a veinte pesos, haciendo una pila, codo a codo con otra gente que también iba separando sus elegidos. Y después de encontrar regalos (para otros y para mí), me dediqué a las “pequeñas curiosidades” y agregué a mi bolsa dos libros más.



Cambalache informativo

Una tapa blanca con la figura de un toro negro. El título, en letras rojas: Nunca te acostarás sin saber dos o tres cosas más. Autores: Hermanos Cortijo. Subtítulo: “Un libro en el que encontrarás los datos más curiosos e insólitos de nuestra cultura”. Una edición española, doscientas cuarenta páginas donde todo se mezcla y los datos se acumulan.

Leo que:

– El primer tsunami registrado en España ocurrió en el año 218 A.C.

– Hay ocho reliquias de santos católicos “disponibles en la actualidad para su veneración” (una extraña colección de miembros: un corazón, un brazo, una mano y un dedo, entre otras cosas escabrosas). 

– Una meiga es una señora que hace “filtros y pócimas” para “obtener dinero, amor, venganza o curar enfermedades”.

– El tirano Francisco Franco guardaba en su mesa de luz “la mano incorrupta de Santa Teresa de Jesús”.

– En el Siglo XV una dama arrancó de un mordisco “el dedo pulgar del pie derecho” del cadáver de San Isidro porque quería “llevarse una reliquia del santo”.

– Las víctimas estimadas de la Inquisición son 341.021. Las personas que murieron en la hoguera: 31.912.

– Es sencillo reconocer a una bruja: es la mujer incapaz de salir de la iglesia si el sacerdote deja el misal abierto. Por si hubiera dudas, los Hermanos Cortijo ofrecen otra pista: las brujas “suelen colorearse las cejas con azafrán”.

– Clemente Domínguez Gómez (conocido como “la Voltio”) creó, en la década de 1960, la “Orden de los Carmelitas  de la Santa Faz” con el apoyo económico de la extrema derecha española. Al morir Pablo VI se autoproclamó Papa (bajo el nombre de Gregorio XVII) y designó santo a Francisco Franco. Domínguez Gómez murió en 2005 pero su orden sigue existiendo.

– La naranja es originaria de China y llegó a Europa gracias a los árabes.

– San Vicente Ferrer, a quien se le adjudican 860 milagros, fue “el primer santo que necesitó guardaespaldas para protegerse del fervor”.

– El silbo gomero es “un sistema de comunicación prehispánico” introducido en la isla La Gomera “por beréberes norteafricanos y sirve para que los pastores se puedan comunicar” estando a distancia.

– En 1922 el toro Pocapena, en plena corrida, introdujo su cuerno en el ojo derecho del torero Manuel Granero. 

– La primera aparición escrita de la palabra “arroz” fue en 1251, en la traducción de un libro árabe.

– El animal que tiene las cinco vocales en su nombre es el murciélago.

– En España, otra forma de decir “agarrase una borrachera” es “pillar una llorona”.

– En 1941 un cortocircuito en una casa de Santander  provocó un incendio que destruyó 400 edificios. La única víctima fatal fue una viejita que tuvo un infarto. 

– Durante la epidemia de cólera de 1853 a 1856 en España murieron doscientos cincuenta  mil personas. 

– Hubo reyes europeos con sobrenombres muy curiosos (“El cabeza de estopa”, “El Curvo”, “El Ceremonioso”, “El Hechizado”, “La de los Tristes Destinos”).

– El modo en que una dama movía su abanico podía significar cosas tan dispares  como “tenemos que hablar”, “estoy prometida” o “te quiero pero sufro mucho”.

– En algún momento la industria farmacéutica española ofreció una solución a las “sacudidas nerviosas e ideas tristes” y un tónico para los hombres “gastados por abusos de Venus, solitarios y alcohólicos” que necesitaran recobrar “las fuerzas de la juventud”.



Las últimas palabras

Otra tapa blanca, la silueta de una cruz dibujada con una línea irregular de color rojo. Dentro de la cruz, con letras negras, el título (El libro de los finales) y el autor (Albert Angelo). En la contratapa, un adelanto: “una recopilación de epitafios, despedidas solemnes, diatribas conclusivas y exclamaciones crepusculares dignas de recordar”. 

El libro se divide en tres apartados: “Últimas palabras”, “Epitafios” y “Notas de suicidio”. En cada una de ellas se señala un nombre (hay artistas, pensadores, filósofos, criminales, políticos y personajes históricos), las fechas de nacimiento y de muerte y sus últimas palabras (o su epitafio).

 Algunas curiosidades:

– Cuando María Antonieta caminaba hacia la guillotina, sin querer pisó el pie de su verdugo. Lo último que dijo fue: “discúlpeme, señor”.

– El matemático Arquímedes de Siracusa, molesto con el soldado romano que irrumpió en su casa para asesinarlo, gritó: “¡Espere hasta que haya solucionado el problema!”

– Beethoven, repitiendo la frase que se usaba en las obras de la Comedia dell´arte, dijo: “Amigos, aplaudid, la comedia ha terminado”.

– El dramaturgo Henrik Ibsen, al oír a la enfermera comentarle a una visita que él estaba mucho mejor, usó sus últimos segundos para decir dos palabras: “al contrario.”

– Goethe, justo antes de morir, le pidió a un amigo que abriera la ventana para que entrara más luz.

– El escritor Henry Thoreau, ante la sugerencia de que hiciera las paces con dios, respondió: “No sabía que nos hubiéramos peleado”. 

– La actriz Joan Crawford, oyendo rezar a su ama de llaves, le dijo “Maldita sea… no se te ocurra pedir a dios que me ayude”.

– Kafka, asomándose a la paradoja más nodal de su vida, agonizante y en completo sufrimiento, increpó a su médico diciéndole: “¡Mátame, o de lo contrario serás un asesino!”

– Juana de Arco, ya en la hoguera, gritó: “Mantén la cruz en alto, así la veré a través de las llamas”.

– El actor Bela Lugosi, fundiéndose con su personaje en sus últimas palabras, dijo: “Yo soy el conde Drácula, el rey de los vampiros, soy inmortal”.

– La artista mexicana Frida Kahlo nos dejó una frase perfecta: “Espero que la salida sea radiante y espero no volver jamás”.

Recorro las últimas palabras de Emily Brönte, Ana Bolena, John Keats, Chejov, Simón Bolívar, Charles Darwin, Che Guevara, Freud, Emily Dickinson y Voltaire,  entre otros. Me pregunto cómo fueron registradas, quiénes fueron los testigos, cuáles son ciertas y cuáles invención. Me digo que ya no importa: la frontera entre ficción y realidad está dentro de uno, no afuera. 

Me prometo que pronto, quizás mañana, voy a volver a visitar mi librería favorita en la ciudad. 


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días contados


* Macao está en Obispo Trejo 29, Córdoba




viernes, 30 de junio de 2017

Hablar del silencio: una paradoja





1
El dios que aparece en los libros creó al mundo a través de la palabra. ¿Qué hubiera sido capaz de crear si hubiera permanecido en silencio?



2
Si se persigue la extrema claridad, la nominación perfecta, se llega al silencio. Ese paraíso desolado.



3
Callarse. Hacer silencio. No son en absoluto comparables. 



4
Una gramática del silencio. Una sintaxis del silencio. Lo imposible. Una serie de reglas en un territorio repleto de vacío. Estalla de tan lleno.



5
Hay gente que se defiende con sus palabras. Hay gente que se protege con su silencio. Ni unas ni otro merecen ser fruto de esos miedos.



6
El escritor francés Alphonse Allais compone la Marcha fúnebre compuesta para las exequias de un célebre hombre sordo.  El pentagrama está en blanco. 



7
Por escrito, el silencio es bidimensional. En el aire, el silencio tiene cuerpo, volumen. A veces llega a aturdir.



8
El músico John Cage estudió con Arnold Schönberg. La leyenda dice que el maestro decidió no cobrarle siempre y cuando  prometiera dedicar su vida a la música. Schönberg descubre, tiempo después, que su discípulo carece de lo que él llama “talento natural para la armonía”. Le dice algo así como: “No vas a poder escaparte de esto. Es como si fuera un muro que nunca vas a poder saltar”. Cage le contesta que, entonces, va a dedicar su vida a golpearse contra ese muro.



9
1951. John Cage entra en la cámara anecoica de la Universidad de Harvard. Un habitáculo absolutamente aislado de toda onda sonora. Puro silencio. Eso espera  el músico. Sin embargo, oye dos sonidos: uno agudo y otro grave. Al salir de la cámara lo comenta con uno de los ingenieros. Le explican que el sonido agudo era su propio sistema nervioso. El sonido grave, su circulación sanguínea.



10
No es tan importante lo que somos capaces de decir. La verdad se construye en lo que somos capaces de oír.



11
1952. Cage compone 4´ 33´´. El intérprete no debe tocar ni una sola nota. La palabra “tacet” indica que hay que hacer silencio. Tres movimientos: el pianista que estrena la obra marca la duración de cada uno de ellos cerrando y abriendo la tapa del piano. Todo eso dura cuatro minutos y treinta tres segundos.  El público está desconcertado. Algunos, incluso, se enfurecen. Van a tardar en descubrir lo que Cage les ha ofrecido: recuperar aquellos sonidos del mundo que la música hubiera hecho desaparecer.



12
Hay quien sostiene que el silencio pertenece a la esfera del lenguaje. Podría decirse todo lo contrario: el lenguaje como un intento de liberación fallido; la libertad estaba en el lugar que se quiso abandonar.



13 
“El que calla otorga”, dice el refrán. Una falsa conclusión de los que creen en el lenguaje. Los fervorosos de la nominación. Los perseguidores de categorías, asustados en un mundo sin sentido.



14
El silencio es una forma  discursiva que no admite refutación.



15
El silencio no es ambiguo; es complejo. La ambigüedad está en el lenguaje. En esa insistencia tan humana de usar un martillo para sacar un tornillo.



16
Nuestra especie suele creer que el lenguaje es una de sus características. Enternecedor. En realidad, la especie es una de las funciones del lenguaje.



17
El lenguaje es una religión. Es necesario creer en él para encontrarle sentido. La fe es su única condición de existencia.



18
Lo importante no es qué se calla sino cómo se calla.



19
Lo implícito. Ese supuesto híbrido que camina entre el lenguaje y el silencio.



20
El hacer silencio es condición indispensable para escuchar. Lo uno implica a lo otro. Una verdad desatendida.



21
Ejercicio para comprender qué es el silencio: leer la obra de Herta Müller. Leerla en voz alta. Poner el oído en lo que no dice. 



22
La vieja frase: dueño de lo que callas, esclavo de lo que dices. Una falsa oposición. No nos pertenecen ni las palabras ni los silencios. Nos atraviesan.



23
Arno Penzias nace en un momento difícil para ser judío en Alemania. 1933. Sus padres lo sacan del país cuando cumple seis años. En 1940, la familia reunida llega a Estados Unidos. A los 21 años Arno se recibe de Físico. Se dedica a la Radioastronomía. A mediados de la década del 60, él y su colega Robert Wilson están desconcertados: han captado una radiación cuyo origen no puede detectarse porque parece venir de todos lados. Constante. Uniforme. No importa hacia dónde orienten la antena. 
Comienzan a conversar con otros científicos. A partir de estos intercambios comprenden que lo que han descubierto es la radiación de fondo: los ecos de la explosión que todos conocemos como el “Big Bang”. El retumbar del inicio del universo. Omnipresente. Inaudible para nuestra especie. En 1978 ambos reciben el Premio Nobel de Física.



24
 ¿Qué es el silencio si nada está en silencio? ¿Es el nombre que le ha dado nuestra cultura a aquello que no podemos oír?



25
El silencio que producen las dictaduras. Eso es totalmente otra cosa. Eso es puro lenguaje: lenguaje acechado y amordazado.  




Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Docta – Revista de Psicoanálisis
Año 13 N° 11 – Primavera 2015



sábado, 20 de mayo de 2017

Enciende los candiles





“En la casa de la esquina vivía una mujer a la que le decían la Señora de La China. No sé de dónde salió eso. China no era. 
Casi no hablaba. Casi no salía. A veces, cuando pasábamos por la vereda, se veía su sombra atrás de los vidrios. Yo siempre la imaginaba en batón. Un batón de flores mínimas y viejas, gastadas en su pequeñez. En una casa vecina había pájaros. Se oía el ruido desde la calle. El grito frenético y nervioso de los canarios.
Los chicos andaban siempre con tramperas. Maquinarias desoladas destinadas a transformar una reina mora en un animal que tiembla en la semipenumbra. Prisiones donde se lastimaban las alas los cardenales, buscando responder el llamado de otro prisionero. Todos tenían las mismas tramperas. Una cárcel de tres cuartos. En el del medio, un pájaro encerrado que servía de llamador. Y, a cada lado, pequeñas celdas con un mecanismo que abría el techo para dejarlo caer cuando un pájaro entraba a buscar el agua y la comida que se usaba como señuelo. El resorte saltaba y el techo caía con un golpe de hierros y huesos. Vi muchos pájaros destrozados por esa violencia. Pájaros agonizantes que algún chico sacudía en la mano haciéndolo bailar en el sonido de la siesta. Somos una especie terrible, a veces. 
Ahí iban los chicos, tramperas en mano, a meterse en el monte. Jugaban a cazar, a destruir, a desguazar. A eso nos enseñaban a jugar en esos años espantosos. Jugaban a atrapar bichos y a meterlos en frascos repletos de formol. Ese color verde azul de los cuerpos atrapados. Uno aprende mucho del horror de los años de infancia.”

Mi amiga hace una pausa, prende un cigarrillo y mira hasta la calle. Veo cómo sube el humo con una sensación extraña. Quisiera estirar la mano para tomar yo también un cigarrillo pero hace más de un año que dejé de fumar. Este encuentro ha sido casi casual, inesperado. La alegría de volver a ver a alguien con quien hemos compartido los primeros años de la juventud. Es viernes. Es casi media noche. La mesa del bar está en la vereda, a la vera de una ruta por la que casi no pasan autos. Mi amiga prende ese cigarrillo y sigue diciendo lo que necesita decir.

“Los chicos iban al monte. Se oían sirenas, aviones, trenes. El mundo se movía. Todo se movía. Pero la Señora de la China, no. Trato de reconstruir los momentos en que la vi. Cómo era. Qué estaba haciendo. Trato de recordar las cosas que se decían de ella. Todo era medio dicho; medio callado. Hablo de unos cuarenta años atrás. Esos años.
En la escuela alguien decía “la bruja”. ¿Quién es la bruja?, preguntaba otro. La Señora de la China, decían. Y había un temblor nervioso, un miedo, algo incómodo. Sólo nombrarla producía eso. Conversaciones siempre terminaban en algún chillido, en un ataque de risa o en un cambio abrupto de tema. Una vez alguien dijo que se había robado un chico y se lo había comido. Otro dijo que no, que se había comido dos chicos pero que no eran ajenos, que eran sus propios hijos. 
Eso se decía en la escuela. En la calle. En la canchita. En la vereda. Una vez, dos se pelearon a trompadas y uno le dijo al otro: “a la noche vengo con mi primo, te busco y te tiramos por arriba de la tapia al patio de la China”. El amenazado no quiso salir de su casa una semana. A todos los chicos les pareció comprensible. Los grandes no preguntaron pero era obvio que sabían algo. Cuando los chicos nombraban a la Señora de la China, los grandes corregían. “No digan así, digan bien, la señora Funes tiene nombre”. Digo Funes por decir algo. Podría ser Pérez o López o Márquez. No me acuerdo el apellido. Tenía dos sílabas y se acentuaba en la primera. Funes suena bien. Las madres decían “no hablen así” o “basta de hablar” o “dejen a la señora Funes tranquila”. Y eso llamaba la atención. Que para los grandes el mencionarla ya era quitarle tranquilidad. Quizás porque eran ellos los que no querían nombrarla. Era una suerte de fantasma. Casi no salía, casi no se la nombraba. Alguna vez alguien dijo una frase que, en aquel momento, no entendí: “un manto de piedad”. Eso. Que dejáramos caer sobre ella un manto de piedad. Y cuando oí eso lo que me vino a la mente fue la tapa de los tramperos cayendo y aplastando un cuerpo.”

Mi amiga sirve en nuestros vasos lo que queda de cerveza.

“Una de las veces que vi a la Señora de la China fue una tarde en que me había quedado dormida en la vereda. Me sentaba, al sol, y me dormía. Tengo la rara habilidad de dormir con los ojos abiertos. El problema es que los otros pueden leer como desprecio o indiferencia lo que es pura ausencia. O peor aún, pueden asustarse. Eso era lo que tenía la Señora de la China cuando yo reaccioné: miedo. Miedo y un enorme alivio cuando contesté “sí” a la pregunta repetida de “¿estás bien?” Me ayudó a levantarme. Me acomodó la ropa. Hubo un momento de vacilación frente a la puerta hasta que ella dijo “¿querés entrar a tomar la leche?”
Las dos temblamos. Ella nunca tenía visitas. Yo tenía prohibido entrar a la casa de alguien sin pedir permiso antes. Dije que sí. Entré. Me senté a una mesa de madera con un camino tejido a bolillo. Una taza enorme de café con leche. Galletas en una lata. Una charla sobre cosas mínimas. Era como si las dos hubiéramos decidido no hablar de lo extraño que era estar ahí, juntas. Sobre una cómoda había dos fotos. Un hombre de traje, viejo. Dos hombres jóvenes apoyados contra una lancha, sonriendo al borde de un río. Mirar y no preguntar. Nunca. Así era nuestra infancia hace cuarenta años. No preguntar.
Cuando volví a casa no dije nada. Era mi secreto. A la hora de cenar a los grandes les molestó que casi no comiera. No dije por qué no tenía hambre.
Unas noches después, corridas, golpes, gritos. Una banda de sonido que no era  rara en esa época. Mis padres soltaban las persianas con un golpe para aislarse de lo que pasaba afuera. 
A la mañana siguiente, al ir al colegio, la puerta destruida, caída sobre el piso, en la casa de la esquina. Desde la vereda, apenas un vistazo de ese living, de esa mesa de madera, apenas un vistazo, el tironeo de los grandes para mirar al frente y apurar el paso.
A la Señora de la China se la llevaron, dijo alguien en la escuela. ¿Se la llevaron quiénes? No preguntar. ¿Se la llevaron por qué? No preguntar. ¿Se la llevaron a dónde? No preguntar ¿Cuándo va a volver?
Esa fue nuestra infancia. Así era. Hace cuarenta años.”

Mi amiga llora. Lloramos. No es un llanto gritado. Es una cosa fuertísima que deja caer lágrimas mientras construimos la fuerza para resistir.

Desde alguna casa llega el sonido de una radio. Aquella vieja canción de Charly García. Su voz diciendo: “enciende los candiles que los brujos piensan en volver / a nublarnos el camino”. 

Hay un silencio. Un momento en el que todo lo que queremos decir se dice ahí. En nuestra decisión, imperturbable, de resistir el retorno de la oscuridad. 

Encender los candiles, hoy, es estar juntos. Atentos. Alertas. Despiertos. Y juntos. Como nosotras dos, a medianoche, en la vereda de un bar, recordando el pasado, construyendo el futuro. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Días contados
Ilustración de Juan Delfini