jueves, 28 de abril de 2016

Bitácora El Sosneado (Filba Nacional San Rafael)

Algunos escritores invitados al Filba Nacional San Rafael 
visitamos diferentes lugares y luego escribimos sobre esa experiencia. 

El poeta mendocino Gabriel Jiménez y yo viajamos hasta la 
Escuela albergue de El Sosneado, un pequeño pueblo de apenas 50 casas, 
en el interior de Mendoza. 

Esta es mi bitácora de ese día.





Nombres

Nunca deja de sorprenderme hasta qué punto la mirada condiciona el acontecimiento. Cómo lo que nos habita se pone en juego para develarnos una parte del mundo y dejar otras en la sombra. El neurólogo Gerald Edelman decía que “toda percepción es un acto de creación”. A eso me refiero: al modo en que lo que hay se nos revela, respondiendo a ciertas búsquedas que tenemos en mente. 

Desde que llegué a San Rafael estoy pensando en nombres. No sé explicar por qué. Nombres. Todo lo que cabe en ellos. Lo que implican en nuestra cultura. Las funciones, los usos. Lo intraducible de un nombre.

Segundo día del Filba en San Rafael. La tormenta de ayer dejó un soplo helado, la huella del granizo. Salimos para El Sosneado. Pablo, Caro, Juli, Gabriel y yo. Vamos a conocer la escuela del pueblo. Vamos a llevar unos libros y a colaborar con la  biblioteca.

La primera parte del camino se parece a las Altas Cumbres, en Córdoba. Pero en cierto punto las curvas se convierten en un llano infinito. Un llano de piedra, de cierta aridez. Un paisaje de montaña sin montaña. Trato de recordar si la geografía ofrece un nombre para esto.

La ruta: líneas blancas y amarillas. El mate. Las conversaciones. Juli me cuenta cómo dejó Buenos Aires para venir a San Rafael. Hago preguntas. La conversación es uno de los rituales más extraordinarios que conozco. Tan sencillo y tan complejo. Tan perfecto. Tan lleno de la intención de comunicarse y tan poblado de las imposibilidades del lenguaje.

Señalo algo afuera. Una máquina enorme, una especie de pájaro metálico que mete el pico en la tierra para extraer algo. ¿Petróleo? Pregunto el nombre de la máquina. Veo en la ruta los carteles verdes con letras blancas. Los kilómetros que faltan para llegar a algún destino. Nombres y recorridos.

Llegamos. Cortina de álamos sobre la ruta.

Al edificio lo habitan dos escuelas diferentes: durante quince días, la secundaria; luego otros quince días, la primaria. Los chicos y los maestros comparten esos quince días viviendo juntos. Una escuela albergue que hoy está casi vacía. Los chicos de la primaria se han ido a Malargüe. Una salida. Hoy sólo están en clase los chicos del jardín.

Nos recibe la directora. Norma. Los nombres importan. Siempre significan algo.

Norma nos cuenta algunos detalles de la vida cotidiana. Cómo se las arreglan para mantener a distancia murciélagos y ratas. Murciélagos y ratas. Una escuela albergue. Quince días de convivencia. El sol pero el viento frío. Un amarillo deslumbrante ahí afuera, un amarillo que no logro ubicar porque parece estar en todos lados. Pienso que todo esto podría ser parte de un cuento de Samanta Schweblin.

Viene a saludarnos Deo, la cocinera. No me animo a preguntarle de dónde viene ese “Deo”. ¿Deolinda? ¿Deodora? No me animo a preguntárselo porque hay algo en su sonrisa que me ha deslumbrado. Algo en ella me ha recordado mi propia infancia, un comedor con mesas de madera, un grupo de chicos, un almuerzo en bandeja de lata, el ruido de los cubiertos, una mujer que se secaba las manos en el repasador como lo está haciendo Deo, una mujer que fue amable conmigo cuando había desamparo. No recuerdo su nombre. Una cocinera de la escuela. No. Recuerdo. Su nombre.

Empezamos a trabajar con los libros. Parecemos chicos. Pablo se sienta en el suelo como un indio. Caro, Juli y yo nos pasamos lo que vamos encontrando. Gabriel ordena la sección de literatura. Hay un piano tapado con una manta. Hace un rato, uno de nosotros trató de sacarle unas notas. No vi quién.

Caro acomoda libros y, atrás de ella, una ventana donde aparecen las puntas de los álamos.

Juli me cuenta que ayer, en la biblioteca popular de San Rafael, por puro azar, se encontró con el primer libro que leyó en su vida. Un libro que era de su madre y, antes, de su abuela.

Mientras charlamos, entre las hojas de los libros vamos encontrando boletos de colectivo, tickets, papelitos. ¿Adónde iría la persona que recibió el boleto 64031 serie 449 de la línea 512?

Llega Charo, la delegada municipal. Sus hijos vienen a esta escuela. Tiene una forma de sonreír propia de los lugares de frontera, donde el viento limpia y castiga. No puedo describir eso. Pero cualquiera que conozca ese viento sabe de lo que hablo.

Camino por el patio de tierra. Los chicos están jugando con su maestra. Sobre una de las baldosas, antes de que el cemento se secara, alguien escribió “Duilio” con una letra recta y precisa.

Me acerco al aula. Oigo voces. Me da pudor quedarme ahí. Aunque no llego a escuchar bien, supongo que es una conversación privada. Pero hay algo, en los sonidos, que me llama. Me acerco a la puerta y pido permiso. Las voces siguen como si no me hubieran oído. Doy un paso. Entro. El aula está vacía. Desde un equipo de música un hombre y una mujer cuentan la historia de “El gato con botas”.

Estoy de pie, en la sala, cuando el cuento termina y, luego de unos segundos, empieza a sonar una canción. No es cualquier canción. Es muy importante para mí. ¿Qué hago en un aula vacía, en una escuela rural del interior de Mendoza escuchando los primeros acordes de “Zombie” de los Cranberries?

Caen unas gotas. Los chicos vienen a refugiarse en el aula. Me ven ahí, con mi libreta verde en la mano, saltan, preguntan qué hago. De repente estoy sentada a una mesa, rodeada de diez chicos de cuatro y cinco años, que se ríen, que dicen sus nombres, que aceptan eufóricos mi libreta y mi lapicera, que allí van poniendo letras o líneas o círculos o huellas de esto que estamos compartiendo.

Algo se detiene y es perfecto. Gabriela, Jorge, Priscila, Silvana, Jerónimo, Fer, Valentina, Victoria, Guadalupe y Lupita. Algo que sólo puede decirse con estos nombres.


Eugenia Almeida


domingo, 24 de abril de 2016

Irène Némirovsky






En tiempo real


Tenía 39 años cuando la asesinaron.

Los últimos meses caminaba hasta alcanzar el bosque para sentarse allí a escribir. Aun con la certeza de que todo terminaba: escribir.

Su último proyecto era crear una obra que funcionara como música. Cinco partes, cinco movimientos que tomaban como modelo la Quinta Sinfonía de Beethoven. Llenaba cuadernos con su letra diminuta, sabiendo que el tiempo no alcanzaría. Llegó a escribir dos de esos cinco libros: “Tempestad en Junio” y “Dolce”. Hoy se los conoce como Suite francesa.

El 17 de julio de 1942 Irène Némirovsky es subida al convoy número 6 que parte en dirección a Auschwitz. Le queda exactamente un mes de vida. En octubre su marido es arrestado y asesinado. Sus dos hijas, Denise y Élisabeth, de 13 y 5 años, escapan protegidas por una nodriza que las hace ir de refugio en refugio, escondiéndolas, ayudándolas a cruzar Francia. Ya han ido a buscar a la madre de Irène, una mujer rica que disfruta de los beneficios de apoyar el régimen de Vichy. Golpean una puerta que no se abre. Del otro lado se oye la voz de la abuela, que grita. Les dice que si sus padres han muerto, deberían ir a un orfanato.

Siguen huyendo. Arrastran con ellas una valija con papeles de la familia. Entre esos papeles, viaja la Suite francesa. Un manuscrito que desnuda un aspecto de Francia que nadie quiere ver. No la Francia gloriosa, la resistente, la libertaria. La otra: la indiferente, la egoísta, la complaciente con el mal.

Todos los libros de Némirovsky son pequeñas joyas llenas de esquirlas. Una mirada sobre los seres humanos que no deja resquicio para la compasión. Sin un segundo de concesión a lo que quisiéramos ser. Hay que leer El baile, tan breve, para entender cómo, con casi nada, se hace todo. Allí, la autora alcanza la perfección en lo literario. Pero es en Suite francesa donde uno puede descubrir la lucidez de Némirovsky. Un libro que relata la ocupación alemana en Francia pero, sobre todo, la actitud de ciertas personas ante el desastre. La brutalidad de la que somos capaces. Una obra escrita durante la ocupación. En tiempo real. No hay un minuto de pasado que evaluar, no hay tiempo de reflexionar, no hay distancia  entre lo que se cuenta y lo que se vive. Ella estaba allí. Escribía lo que veía.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



jueves, 21 de abril de 2016

Un mundo con drogas - Emilio Ruchansky





Herramientas para el debate


El ex presidente uruguayo José Mujica lo dijo en 2012: “Mucho peor que la droga es el narcotráfico”. Es una frase sencilla pero marca una diferencia importante y permite pensar que quizás sea un error intentar combatir el narcotráfico prohibiendo el consumo de drogas. Por el contrario, las experiencias internacionales demuestran que el prohibicionismo no es el paradigma más eficaz. Mientras el narcotráfico se convierte en una preocupación mundial, con episodios de violencia incontenibles, con un poder tan enorme que, en algunos casos, reemplaza el accionar del Estado, es cada vez más necesario discutir políticas públicas sobre el consumo de drogas como un elemento central de la lucha contra el narcotráfico.  

En Un mundo con drogas, el periodista Emilio Ruchansky presenta seis ejemplos concretos de regiones y países que no participan del paradigma del prohibicionismo. Con el subtítulo “los caminos alternativos a la prohibición: Holanda, Estados Unidos, España, Suiza, Bolivia y Uruguay”, el autor expone el modo en que la prohibición alienta el consumo reduciendo la oferta y generando “una plusvalía enorme del servicio de distribución”.

Sea cual sea la opinión que uno tenga al respecto, el libro de Ruchansky es extremadamente valioso para obtener información indispensable si se quiere debatir seriamente sobre el tema. Es importante destacar que este no es un libro sobre drogas sino un mapa de las políticas públicas y privadas que se han tomado con respecto a su consumo. 

El actual paradigma prohibicionista se basa en la Convención Única sobre Estupefacientes de las Naciones Unidas de 1961. Claramente, es una política que ha fracasado. Algunas de las alternativas propuestas se basan en promover un consumo regulado y responsable del cannabis, quitándole poder a las mafias. No se trata de legalizar todas las sustancias actualmente prohibidas sino de diferenciar las drogas duras (como la heroína y la cocaína) de las blandas (como la marihuana) y utilizar esta diferencia como una herramienta que desarticule el narcotráfico.  

Ruchansky viaja y recorre el territorio de las experiencias que presenta. Una sala de consumo supervisado en Suiza; las clínicas de mantenimiento con metadona; los clubes sociales de cannabis en algunas regiones de España; la legalización y regulación  de la marihuana en Uruguay; las consecuencias del Plan Nacional de Desarrollo Integral con Coca implementado en Bolivia; el esfuerzo de Evo Morales por combatir la ignorancia de los que confunden la coca con la cocaína; los bares en los que se puede comprar y consumir hachís o cannabis en Holanda, un país con una política particularmente interesante si se tienen en cuenta los resultados obtenidos.

Un mundo con drogas presenta testimonios de consumidores, médicos, enfermeros, científicos, penalistas, vendedores de semillas, sociólogos, políticos, dirigentes sociales, psiquiatras, economistas, agricultores y abogados. Esa diversidad de voces pone en evidencia lo más valioso de este libro: el intento de abordar el tema respetando su complejidad y prestando atención a ciertos factores que muchas veces son puestos en una zona de invisibilidad: la realidad socioeconómica que obliga a muchas personas a participar del tráfico de drogas como único camino de supervivencia; el interés de los conglomerados farmacéuticos; la intervención de bancos internacionales en el circuito de lavado de dinero; los procesos de dominación de unos países sobre otros; y la enorme industria de la seguridad y la represión. 

En este sentido, Ruchansky hace alusión a los usos medicinales del THC (un componente activo de la marihuana) en remedios actualmente en el mercado farmacéutico. El autor señala que, en algunos casos, son los mismos laboratorios los que  prefieren que la planta sea ilegal como un modo de proteger sus  ganacias. Otras variables a considerar son la industria de las cárceles privadas en los Estados Unidos y los agentes policiales que, en algunos países, ganan más dinero si aumentan su “productividad”, deteniendo a más personas. También es necesario tener en cuenta la intromisión de la DEA y la CIA en la política pública de países en los que no tienen jurisdicción. El modo en que la lucha contra el narcotráfico se cruza con la dominación política internacional fue explicitado por Evo Morales cuando dijo que “la guerra a las drogas no puede ser un instrumento o un pretexto para que sometan a países de la región andina; para dominarnos, humillarnos o tratar de sentar bases militares en nuestro países”.

Uno de los momentos más interesates del libro es la increíble historia del Proyecto Cocaína que la OMS desarrolló entre 1990 y 1995, un episodio que demuestra que la ciencia es considerada valiosa sólo cuando confirma los prejuicios de los poderosos.

Desafiando aquel slogan que planteaba la posibilidad de vivir en “un mundo sin drogas”, Ruchansky cierra su trabajo con una frase que es conclusión y a la vez  propuesta: “El desafío de los paradigmas alternativos explorados en este libro reside justamente en aplicar una política eficaz y respetuosa de los derechos humanos en un mundo con drogas.”


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X




domingo, 17 de abril de 2016

El misterio del otro





¿Cómo se construye una entrevista? ¿Es una conversación o la puesta en escena de una conversación? ¿Cuánto de lo que sucede allí puede reflejarse? ¿Cómo prepararse? ¿De qué modo juegan los interlocutores? ¿Qué hace falta para lograr que algo único suceda?

En estos días, las preguntas resurgen mientras leo Las mil caras del autor, el libro en el que Paula Varsavsky presenta sus conversaciones con escritores estadounidenses y británicos. Y no se trata sólo de conversaciones, sino de la meticulosa reconstrucción de cada encuentro. Despachos universitarios, habitaciones en casas con jardines donde cae la nieve, mesas en restaurantes, rincones en un café.

Esa lectura me lleva a buscar otros libros en mi biblioteca. Aparece Danubio Torres Fierro y sus entrevistas a escritores latinoamericanos en Memoria plural. Voy recorriendo páginas y recupero las voces de José Bianco, Alberto Girri, Manuel Puig, el relato de Guillermo Cabrera Infante contando cómo su abuelo mató a su abuela, y la espléndida Olga Orozco hablando con la misma belleza y profundidad que usaba para construir un poema.

Los libros de entrevistas se van apilando en mi escritorio. Hojeo. Cuando me doy cuenta, han pasado dos horas.

Primera persona, en el que Graciela Speranza entrevista a 15 narradores, entre los que están Héctor Tizón, Fogwill, Osvaldo Soriano, Ricardo Piglia y Alberto Laiseca. Silvia Hopenhayn y sus conversaciones con 16 escritores argentinos en torno de las Ficciones en democracia.

Dos títulos de la colección “Grandes reportajes”: Los libros de los argentinos, de Alejandro Margulis, y Voces de la cultura argentina, de Cristina Mucci. Mona Moncalvillo y su Entrelíneas. Liliana Heker y los Diálogos sobre la vida y la muerte. Alberto Catena charla con 12 artistas en Puertas entreabiertas.

Las Confesiones de escritores que, en diversos tomos, recopilan algunos de los reportajes de la revista The Paris Review. Rodolfo Braceli y el libro Escritores descalzos, una colección de lo que el autor llama “azares conversados o conversaciones”; Braceli y su búsqueda de “alumbrar el fenómeno literario hablando lo menos posible de literatura”, guiado por la convicción de que “con la entrega del entrevistador, es posible conseguir otra clase de entrega del entrevistado”.

Y en esa pila de libros, mi preferido: un volumen finito que compro para regalar cada vez que lo veo. Una tapa blanca con el dibujo de una lechuza parada sobre un reloj de arena. Retazos de la memoria. Reportajes en Buenos Aires, de María Esther Gilio. A cualquiera que quiera saber qué es una entrevista, habría que entregarle, en perfecto silencio, ese libro.


Un salto sin red

En el artículo “Hacia una poética del reportaje”, Rodolfo Braceli reflexiona sobre el arte de la entrevista. Las primeras frases guardan la clave de su trabajo: “Todo reportaje que se precie es sin red. Un salto hacia el misterio del otro”.

Me hubiera gustado leer ese texto antes de hacer mi primera entrevista. Debo de haber hecho otras antes, más informales, más centradas en el objetivo de obtener información, conversaciones como fuentes de datos y no como un objetivo en sí. Pero la primera que recuerdo es una en la que comencé con un tropiezo. Un aprendizaje rápido de lo que nunca hay que hacer, impartido por el personaje más impertérrito que me tocó entrevistar. Un día congelado en mi memoria.

Es la década de 1990. Entramos al cineclub El Ángel Azul. Una chica nos pregunta qué queremos. Somos cuatro o cinco estudiantes de primer año de Ciencias de la Información. Tenemos que hacer un trabajo práctico; una entrevista a Daniel Salzano.

La chica nos hace pasar a una sala. Nos sentamos. Salzano nos saluda con una seriedad infinita. No sé por qué, pienso que lo estamos molestando, que le estamos quitando tiempo, que él está a disgusto.

Eso hace que me precipite, prenda el grabador y tire la primera pregunta. Salzano estira la mano, apaga el grabador, el ruido de la tecla que salta rompe un silencio de miedo, su voz grave dice: “No, no, no, empezaste muy muy muy mal”.

Siento un latigazo de frío. Él está tan serio que tengo la sensación de que nunca en su vida ha sonreído. Me mira. Mis compañeros me miran. Claramente lo hice mal. Lo que no puedo imaginar es cómo vamos a salir de esto. Silencio. Salzano resopla. Después dice: “No podés entrevistar a alguien así. Llegás, saludás, conversás un poco, vas charlando y, cuando la cosa marcha, prendés el grabador. De a poco”.

Miro la madera de la mesa como si tuviera cinco años y me hubieran puesto en penitencia. Cuesta remontar. Me siento un gato que acaba de ser apaleado.

Salzano –siempre inmutable, siempre dueño de una seriedad pasmosa– hace algún comentario sobre sus propias torpezas y el clima se afloja. Salgo de ahí pensando que aprendí más de esa llamada de atención que de todos los manuales de periodismo que he leído en la facultad.


El tiempo es veloz

Muchos años después, en 2013, recibo una llamada del diario. Generalmente colaboro comentando libros. Ahora, mi editor me propone hacer una entrevista. Ricardo Piglia acaba de publicar El camino de Ida. Leo la novela esa noche, releo algunos de sus libros anteriores.

Mi editor me pregunta si tengo la tecnología necesaria para grabar desde casa una conversación telefónica. Miro el doble casetera que está al lado de mi escritorio y digo que no. Me ofrece usar las instalaciones del diario.

Hay algunos boxes desde los que puedo hacer la llamada, un colega me va a prestar un grabador digital. Por las dudas, llevo mi viejo grabador periodista. Dos pilas chicas y un casete. Me pregunto si todavía se venden casetes. En mi casa, tengo tres de 90 minutos. Llevo dos al diario.

He acordado por correo electrónico el horario de la llamada. Respiro hondo, marco el número. Hay que mencionar un detalle: detesto los teléfonos. Todos los que me conocen saben que es mejor enviarme un e-mail o un SMS.

No he logrado acostumbrarme a hablar por teléfono. Y ahora estoy a punto de tener una conversación. Con alguien a quien no conozco. Y tengo demasiadas expectativas: quiero hacer una buena entrevista (mi editor ha confiado en que puedo hacerlo); quiero que Piglia se sienta cómodo; quiero que los lectores se entusiasmen con el libro tanto como yo.

Agreguemos a eso las limitaciones personales ante los teléfonos y la mirada clavada en las rueditas del grabador, para ver si el casete gira o no. Suena una vez, suena dos veces, suena tres veces, responden. Digo mi nombre, explico quién soy. La voz de Piglia es extrañamente jovial y alegre.

Primera sorpresa. No sé por qué, lo había imaginado como alguien solemne. Voy por algunas preguntas que había planeado. Rápidamente la charla camina sola.

Hay un momento en el que olvido qué estoy haciendo en ese pequeño box : Piglia acaba de revelarme que lo que yo creía una invención (una persona que tiene un tiburón en su sótano) es un dato de la más estricta realidad. Me cuenta algunas cosas y nos quedamos charlando sobre el tráfico ilegal de tiburones y orcas en los Estados Unidos.

En algún momento he oído el ruido del casete que se acaba y lo he dado vuelta. El entrevistado se ríe, hace chistes, el tiempo pasa rápido. Le agradezco, nos saludamos, cuelgo.

Lo difícil llega después, cuando escucho la grabación disfrutando de las ocurrencias, el ingenio, la generosidad y la lucidez de Piglia y me enfrento al desafío de reflejar eso en 2.500 palabras. Lamento todo lo que ha quedado en el casete y no podrá llegar a los lectores. Al menos, no esta vez.


La experiencia fundamental

El mismo box en el diario. Seguimos en 2013. Ya hice varias entrevistas. Algunas más sencillas que otras; algunas más profundas que otras.

El teléfono suena. Espero que del otro lado atienda Mauricio Rosencof, que acaba de publicar su libro Diez minutos. Estoy algo nerviosa. No he dormido bien pensando en construir un equilibrio entre la necesidad de hablar del libro y, a la vez, conversar sobre la vida de Rosencof.

Tengo dudas sobre cómo abordar un tema tan delicado. El escritor uruguayo estuvo 11 años en un pozo. Literalmente: los militares que lo detuvieron lo tiraron en un pozo en el que se acostumbró a conversar con un balde.

La voz parece la de un chico de 20 años. Pero, al momento de la charla, Rosencof tiene 80. 80 años de una vida difícil e intensa. Seguramente él sólo avalaría uno de esos dos adjetivos.

Lo que voy a aprender conversando con él es algo que quizá nunca pueda dimensionar. Sólo sé que es enorme, que no tiene que ver con el periodismo y que tengo mucha suerte de que el trabajo me haya traído aquí, a este box , a esta siesta de verano, a este rincón donde veo un campo sembrado mientras una voz uruguaya me habla por teléfono y lo primero que dice es: “Esperame que me voy a sentar en un sillón así charlamos cómodos”.

Rosencof habla como si nos conociéramos desde siempre. Me cuenta algo de su amigo “el Pepe” y da por sentado que no hace falta aclarar que habla de José Mujica, el presidente de Uruguay en aquel momento.

Me dice que cada día trabaja como “un albañil de la memoria”. Me dice: “La vida es una fiesta. Con todas las copas que se rompen y los vidrios y las puñaladas y lo que quieras, pero no conocemos otra cosa mejor que esa”.

Rosencof es alguien que se ha asomado al horror. Ha estado bordeando la locura en esos lodazales adonde lo tiraron los militares. Y ha sabido conservar su alegría. Su entusiasmo. Eso me deslumbra.

Me pregunto qué milagro permite que entre nosotros haya gente como este hombre o como Estela de Carlotto. Me pregunto cómo transmitir esta sensación, cómo ser fiel a la emoción que Rosencof provoca. Cómo escribir para reflejar el tono en el que me dice que no, que no sintió la tentación de dejarse caer, que “el ser humano se prende a la vida como la hiedra al muro”.

Cuando responde, se ríe, me cuenta una anécdota, me insiste, me dice “piba”. Una y otra vez. Esa voz me enseña.

Pienso que las entrevistas, finalmente, son un encuentro. Y, como decía Ryszard Kapuscinski, “el encuentro con el Otro, con seres humanos diferentes, constituye desde siempre la experiencia fundamental y universal de nuestra especie”.

Pienso que tengo mucha suerte de que algo así sea parte de mi trabajo.



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en "Días contados" 
La voz del Interior
Ilustración de Juan Delfini







viernes, 15 de abril de 2016

Filba Nacional / San Rafael: Cuatro días para debatir sobre literatura y política - Silvina Friera



Cuatro días para debatir sobre literatura y política

La dicotomía civilización y barbarie –encarnada en el conflicto docente en la provincia de Mendoza– atravesó el encuentro, con un público ávido por escuchar a los escritores invitados, que participaron de lecturas, charlas y talleres.


Por Silvina Friera - Desde San Rafael


El viento ruge su rabia y dobla la copa de los álamos. Verlos agitarse, como si estuvieran a punto de desplomarse, impresiona. La naturaleza es mucho más salvaje –y hermosa– de lo que se percibe a simple vista. La belleza de la ciudad de San Rafael, al sur de la provincia de Mendoza, fue perturbada por la lluvia y las piedras que cayeron el jueves por la tarde, cuando empezó la quinta edición del Festival Nacional de Literatura (Filba), que terminó ayer. Quedan los fragmentos de escenas y debates de cuatro días de literatura y política –con la dicotomía civilización y barbarie encarnada en el conflicto docente en la provincia de Mendoza–, con un público ávido por escuchar a los escritores invitados, que participaron de lecturas, charlas y talleres, como Eduardo Sacheri, María Teresa Andruetto, Luis Chitarroni, Jorge Consiglio, Gabriela Massuh, Eugenia Almeida, Mariana Enriquez, Oliverio Coelho, Mercedes Araujo y Gabriel Dalla Torre, entre otros. “Todos tenemos una historia en la punta de la lengua, seamos escritores o no”, dice Eduardo Belgrano Rawson durante la apertura del Filba en el aula magna de la Universidad Nacional de Cuyo, una de las sedes del festival.


Noches al límite

“Tomar cocaína me había gustado mucho cuando empecé a hacerlo, en la adolescencia. Me gustaba la falsa energía, esa luminosidad de neón en el cerebro, la charla histérica, la bestialidad de la situación, especialmente la física. Pero a esa altura, y desde hacía rato, no me daba ningún placer”, revela Mariana Enriquez en el panel Al Límite, que compartió con Iván Moiseeff y Tálata Rodríguez. “Una noche tan intrascendente e intensa como las demás, me metí en el baño del Búkaro a tomar un tiro. Cuando iba a encender la luz, me di cuenta de que no hacía falta. En el baño era pleno día. No tenía techo, el baño, y el sol brillaba en el cielo de otoño totalmente solo, sin nubes, en medio del azul más límpido que se pueda imaginar. Yo creía que, como mucho, serían las cuatro de la mañana. Ese sol fue mi límite. Recuerdo que me sentí muy patética, muy sola y muy triste. Y la diferencia entre lo que de verdad pasaba y mi reloj tóxico resultó en una especie de shock”. Esa fue la última vez que la escritora tomó cocaína. “El Búkaro cerró. Creo que mataron a un chico ahí adentro, a cuchilladas, y nadie encontró el cuerpo hasta muy tarde, o les dio miedo llamar. Ahora me pregunto, sin embargo, si ese muerto habrá existido. Si el lugar de verdad se llamaba Búkaro o nosotros lo llamábamos así. Y me impresiona cuántas vidas perdí y olvidé en mi propia vida”, confiesa la autora de Las cosas que perdimos en el fuego y Los peligros de fumar en la cama. “Me parece que últimamente hay una línea delicada entre la literatura del yo y hablar de uno mismo. Hablar de uno mismo es interesante literariamente y al mismo tiempo roza con un poco de narcisismo. Mi abuela decía ‘se está mostrando’. Yo elijo mostrarme, pero con medida”, aclara Enriquez.


Está lloviendo en San Rafael

La construcción literaria de una región y cómo traducir el paisaje son instancias de reflexión para Mercedes Araujo, poeta y narradora mendocina que vive en Buenos Aires; el puntano Eduardo Belgrano Rawson y la dramaturga y narradora mendocina Sonnia De Monte. “Mi proyecto literario me llevó a buscar el territorio fuera de Buenos Aires. El paisaje me resultaba equivalente a los personajes”, confirma Araujo, autora de La hija de la cabra, novela ganadora del primer premio de fomento a la producción literaria del Fondo Nacional de las Artes en 2011 y agrega que para escribir la novela necesitó volver a Mendoza para “sentir el paisaje”. “El volver a la naturaleza es lo que hemos perdido en la ciudad. Cuando volvemos, cuesta embarrarnos. Yo creo que estar ahí me dio el ritmo para llevar adelante un proyecto narrativo. Yo soy una lectora de historias, necesito que me las cuenten y necesito devolverle al relato su potencia”, reconoce Araujo. De Monte, oriunda de Bowen, autora de la novela Está lloviendo en Vitorica, admite que no podría vivir en una gran ciudad y que no le gustan las grandes aglomeraciones. “Yo elijo el campo, elijo un poco más de paz, si es que se puede conseguir en este mundo”, plantea la escritora. “Nosotros, los que no pretendemos estar en esos lugares rimbombantes de cartel, simplemente hacemos una literatura de forasteros”, invoca la frase de Haroldo Conti. La escritora no puede entender un paisaje “si no hay un ser humano”. Belgrano Rawson, con su histrionismo con acento puntano, evoca la geografía natal. “Cuando era chico, en San Luis, éramos tan pobres que ni paisaje teníamos. De obra pública ni hablar. Hemos vivido a la sombra de Mendoza”, ironiza el autor de Rosa de Miami. “Una maestra decía que en San Luis terminaba la Argentina. Y tenía razón: San Luis era la Siberia del país. Yo tuve una especie de embrujo con el desierto, que creo que Sarmiento definía como ‘una franja incierta en el horizonte’”.

Está lloviendo en San Rafael. Diluvió el jueves. Llovió el viernes. Llovió el sábado. Llovió el domingo... Nunca cayó tanta agua por estos pagos. No cae la polémica del cielo como un meteorito ajeno al cuerpo social. La disputa es constitutiva en la conformación y devenir del país. Más en estos momentos. El Filba no es una burbuja literaria. La primera discusión emerge cuando la traducción del paisaje como tema declina. “La caída de lectores es imparable en la medida en que sigamos resignados a ser un pueblo analfabeto. En Argentina se practica una política cultural para minorías. El 90 por ciento de la población jamás va leer un libro ni va a ir al cine o al teatro”, afirma Belgrano Rawson y sugiere que “hay que poner a todo el mundo a alfabetizar; pero es más fácil repartir netbooks”. Desde el público se escuchan murmullos y conversaciones, apenas audibles, que pueden ser traducidos como el ruido que provoca el desacuerdo o también como los comentarios que suscitan las adhesiones. María Teresa Andruetto pide el micrófono para aclarar que “Argentina no tiene casi analfabetos”. Belgrano Rawson le retruca, a la autora de Lengua madre y Los manchados, porque está hablando de “un universo sofisticado” que lee; pero él se refiere al 80 por ciento que nunca leerá un libro. A diferencia de lo que sucede con la inflación en el país, el porcentaje de analfabetos bajó, en unos pocos minutos, un 10 por ciento. La escritora cordobesa vuelve a la carga con más argumentos. “La distribución de libros en las escuelas creció en todo el país, aunque entiendo que faltan cosas por hacer. En los 60, el gran momento de la edición argentina, yo vivía en un pueblo y si quería un libro tenía que ir a encargarlo al bazar”.

La barbarie y los otros

El mal clima obliga a cambiar una de las sedes al aire libre: el laberinto Borges, creado por el diplomático y arquitecto inglés Randoll Coate (1909-2005), en la estancia Los Alamos, de la familia de la escritora Susana Bombal (1902-1990). Mejor estar protegidos, entre libros, en la bellísima Biblioteca Popular Mariano Moreno. La China, una gata gris y blanca de cuatro meses, corre de una punta a otra de la sala, alterada por la cantidad de chicos que participan del Filbita en una intervención poética con susurradores. “Desde Sarmiento para acá, podemos leer bajo la clave de civilización y barbarie, el devenir de nuestra sociedad y a la vez de nuestra literatura”, postula Andruetto durante el panel Civilización y Barbarie Hoy, en el que participó junto con Hernán Ronsino y Gabriela Massuh. “Lo mejor de nuestra literatura es una experiencia de lenguaje profundamente política; una literatura que va más allá del entretenimiento, aunque los avatares políticos tan intensos entre nosotros nos entretengan a veces tanto como una tragedia shakesperiana”, advierte la escritora cordobesa. “La barbarie está en el otro, en ese desconocido de nosotros cuya subjetividad preferiríamos nunca conocer. Se trata de un nosotros que puede mutar de clase y condición”, analiza Andruetto y enumera esas metamorfosis: los bárbaros pueden ser los indios, los gauchos, los provincianos, también los luchadores sociales, los guerrilleros, los “cabecitas negras” o simplemente los pobres y explotados de la tierra. “Tanta civilización asfixia y un poco de barbarie permite la salida de eso otro, menos controlado, algo de aquello que Kush llamó el hedor de América”, asegura, y propone tirar del hilo de un complejo interrogante: cuánta barbarie hay en la civilización y cuánto impulso de verdadera civilización hay en la barbarie.


El sufrimiento del otro

Gabriela Massuh, autora de las novelas La intemperie, La omisión y Desmonte, alerta sobre la destrucción del espacio público en la ciudad de Buenos Aires y objeta que el progreso se mida exclusivamente por el negocio inmobiliario. Walter Benjamin decía que el “capitalismo es la más fundamentalista de las religiones”. En El robo de Buenos Aires, Massuh desenmascara los tejes y manejes de la destrucción de la ciudad y desmenuza los grandes negocios realizados en Puerto Madero. “Juan Manuel de Rosas limpiaba la tierra de indios para darles la tierra a los terratenientes. Esto que pasa con Buenos Aires hoy es como una Campaña al Desierto. La barbarie actual se llama acumulación de capital”, explica la escritora que cuestiona el “afán higienista” de Mauricio Macri y recuerda un concepto de Hannah Arendt para subrayar que “la barbarie es la ignorancia del sufrimiento del otro”. Hernán Ronsino, narrador y sociólogo, prefiere empezar con un pequeño relato del guatemalteco Augusto Monterroso, “La oveja negra”, que viene como anillo al dedo de la cuestión. Una oveja negra llega a un país común y corriente y es fusilada. Después de un tiempo, el rebaño arrepentido decide hacerle un homenaje y se construye una estatua ecuestre. Llegan nuevas ovejas negras al pueblo y las vuelven a fusilar para entrenarse en el arte de la escultura. ¿Cómo se actualizan las tensiones entre civilización y barbarie? Ronsino, autor de Glaxo y Lumbre, procura pensar el lugar del peronismo y la tensión entre las clases dominantes y los sectores populares, siguiendo las ideas del artista plástico Daniel Santoro. “El peronismo es más peligroso que el marxismo porque el marxismo te pide que te sacrifiques por la revolución. En el peronismo, lo que importa es el goce de la clase trabajadora. Pero después vienen a cobrarte la fiesta, después hay que pagar”, compara Ronsino y señala que el bárbaro es una construcción que hace alguien, “una lucha por la dominación de un grupo sobre otros que ocurre en el plano de la lengua”. “La literatura nos permite imaginar lo otro –declara Ronsino–. A través de la escritura, uno puede desarmar la barbarie”.

Un señor pide la palabra. Pronto la dicotomía encarnará en el público para ejemplificar, si alguna duda quedaba, la potencialidad de una divergencia inagotable.

–La peor pobreza es la ignorancia. Y la mayor riqueza es el conocimiento –dice.

–No estoy de acuerdo, señor –refuta una mujer–. La mayor pobreza es no tener nada en la panza.

“¡Escuchá a los docentes, Correas!”, grita un maestro que es voluntario del Filba y tiene la remera del festival más roja que nunca, la garganta irritada, la voz arrasada. ¿Habrá oxímoron más siniestro que una paritaria por decreto? El macrismo –para espanto y sufrimiento de la ciudadanía– puede desafiar los límites de la imaginación. “Correas” es el escritor Jaime Correas, titular de la Dirección General de Escuelas de Mendoza (DGE). Correas está en una de las charlas en la biblioteca popular Mariano Moreno, el sábado por la tarde, como uno más entre el público, cuando un grupo de docentes lo ve y se acerca para plantearle cara a cara las quejas y problemas sin resolver que arrastra su errática gestión. La relación del SUTE (Sindicato Único de Trabajadores de la Educación) con el gobernador de la provincia de Mendoza, Alfredo Cornejo, un radical macrista, es mala después del fracaso de las paritarias y la imposición por el decreto 228/16 de un aumento del 7 por ciento de marzo a julio y del 7,7 a partir de agosto; decreto que incluye el cuestionado “ítem aula”, un adicional salarial en blanco que reconoce la labor docente frente a los alumnos, y que 10.498 docentes no lo cobraron por el simple y elemental derecho de hacer paro y movilizarse durante el último mes.

Un fragmento de “Esperando a los bárbaros”, un poema de Constantin Kavafis, que lee Andruetto, resuena en los intersticios de la política argentina: “¿Por qué no acuden como siempre nuestros ilustres oradores/ a brindarnos el chorro feliz de su elocuencia?/ Porque hoy llegan los bárbaros/ que odian la retórica y los largos discursos,/ ¿Por qué de pronto esa inquietud/ y movimiento? (Cuánta gravedad en los rostros)./ ¿Por qué vacía la multitud calles y plazas,/ y sombría regresa a sus moradas?/ Porque la noche cae y no llegan los bárbaros,/ Y gente venida desde la frontera/ afirma que ya no hay bárbaros./ ¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?/ Quizá ellos fueran una solución después de todo”.





jueves, 14 de abril de 2016

Al descubierto - Nicola Barker







El escritorio de Nicola Barker. Foto de Eamonn McCabe



Un encuentro algo extraño –un hombre que baja de su auto para hablar con un desconocido que ha logrado intrigarlo– detona el encadenamiento de historias que van sumándose para dibujar un mapa complejo, muy complejo, de lo que puede unir a las personas. Unas cartas que parecen buscar su destinatario, la oficina de objetos perdidos, una madre que considera a su hija “un mal bicho”, un niño que vive con alivio el nacimiento de su hermano, una mujer que tiene la costumbre de besar objetos, un fotógrafo, una playa nudista.

En 1993 la prestigiosa revista Granta incluyó a Nicola Barker en su lista de los mejores novelistas jóvenes británicos.


Eugenia Almeida


Publicado originalmente en Ciudad X

viernes, 8 de abril de 2016

Historias de fotógrafos - Marcos Zimmermann




Si uno va a una librería y pide algo de Marcos Zimmermann es muy probable que lo primero que le ofrezcan sea alguno de sus hermosos libros de fotografía. Sin embargo, desde hace unos meses, la obra de este reconocido fotógrafo también puede encontrarse en la sección de literatura.

Historias de fotógrafos es una colección de 14 cuentos en los que se cruzan la fotografía y la identidad argentina. El juego que propone el autor es tomar una imagen como detonante para abrir el juego a un relato de ficción. 

Un ingeniero rumano buscando oro en Tierra del Fuego. Un asesino, un cazador de hombres. La masacre producida por la Guerra de la Triple Alianza. Un fotógrafo que va testimoniando el horror, cargando su equipo en una carreta, acompañando a un grupo de hombres y mujeres destruidos por la violencia. La terrible imagen que muestra un “montón de cadáveres paraguayos”. Un joven leyéndole poemas de Alejandra Pizarnik a una fotógrafa temporariamente ciega. Una soldadera contando sus días en el ejército, testigo del genocidio que la Historia ha bautizado con el paradójico nombre de “La conquista del desierto”. El general Roca, siempre protegido por las cuatro divisiones de soldados que “limpiaban” el territorio antes de que él llegara. Un hombre durmiendo de pie. Una mina en Jujuy y la presencia inquietante de El Coquena, el ser mítico que se ocupa de proteger los tesoros de la tierra. La imagen turbia de un fantasma.

En estos cuentos también aparecen los nombres propios: Ernesto Guevara, en México, con 27 años, haciendo retratos en las plazas, tratando de ganar algo de dinero para completar el sueldo de médico; Grete Stern yendo de Formosa a Ingeniero Juárez al volante de un Plymouth 47 a buscar el rostro del Doctor Maradona; el desopilante viaje de Sara Facio a Japón.

En su abordaje de la identidad nacional, estos relatos rompen el estereotipo malintencionado que dice que los argentinos “descienden de los barcos”. Hay inmigrantes, claro. Pero también hay gauchos, pilagás, collas, selk’nams. Historias que van de la Puna a Tierra del Fuego. Cuando Zimmermann menciona a las “naciones aborígenes”, las nombra como “los pueblos olvidados”. Justamente es a través de libros como éste que se puede contrarrestar la invisibilización que han sufrido los habitantes originarios de nuestro país.

Marcos Zimmermann nació en Buenos Aires en 1950. Su obra fotográfica forma parte de colecciones de diferentes museos en Argentina, Japón, México, Francia y Estados Unidos. Es una suerte que podamos disfrutar, también, de su trabajo como escritor.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X



martes, 5 de abril de 2016

En movimiento. Una vida - Oliver Sacks




Las muchas vidas de Oliver 

El 19 de febrero de 2015 Oliver Sacks publicó un artículo en el diario The New York Times. Allí contaba a los lectores que sufría la etapa terminal de un cáncer y que sólo le quedaban unos meses de vida. No era la primera vez que el famoso neurólogo ponía en común un padecimiento. Pero ya no se trataba de una pierna rota, una migraña o los efectos del uso de ciertas drogas. Lo que Sacks estaba diciendo era que se moría. En ese artículo celebraba su vida y se definía como  "un ser dotado de sentidos, un animal pensante en este hermoso planeta”, algo que consideraba “un privilegio enorme y una aventura". 

En junio, dos meses antes de que Sacks muriera, se editaron sus memorias en Inglaterra. La versión en español, publicada por Anagrama, llegó después de su muerte, como una especie de legado para aquellos lectores que admiramos su trabajo. Bajo el título En movimiento. Una vida, el reconocido divulgador científico recorre parte de su historia, permitiéndonos asistir a los caminos inciertos que construyen una personalidad y, en este caso, una obra.

Un niño que creció en un internado, sufriendo el acoso y la violencia. Un chico que jugaba a hacer experimentos químicos. Uno que apenas tenía doce años cuando su maestro escribió en un informe: “Sacks llegará lejos, si no va demasiado lejos”. ¿Qué es “cerca” y “lejos” en la vida de un hombre que se dedicó a revelarnos las ilusiones de la percepción? Quizás lo que quiso decir aquel maestro era que a Sacks lo deslumbraban los límites, las fronteras; que era una de esas personas que no aceptan las categorías preestablecidas; que nunca dejaba de preguntarse qué se esconde detrás de lo obvio. 

Siendo adolescente descubrió que se sentía atraído por los varones y lo reconoció ante su padre. No sabía que, al día siguiente, oiría a su madre gritándole que era “una abominación”. Su hermano y su cuñada, preocupados por su inexperiencia sexual, lo llevaron a ver a una prostituta. Oliver y la señora terminaron compartiendo charla y una taza de té. 

Empujado por una ley tácita que decía que los Sacks debían ser médicos, Oliver empezó sus estudios universitarios en Oxford gracias a una beca. Fue en esa época cuando comenzaron a surgir los intereses que luego tomarían forma en sus libros. 

Ese era Sacks. El que se sentía incómodo y asustado frente a los arranques imprevisibles de un hermano diagnosticado como esquizofrénico. El que adoraba andar en moto. El que se pasó un verano en un kibutz cerca de Haifa. El que viajó a Holanda. En la década de 1950, en Inglaterra, ser homosexual era convertirse en blanco de persecuciones. Eran los años en que Alan Turing fue obligado a sufrir una castración química; cuando aquellos que no encajaban en los prejuicios de una sociedad conservadora iban a parar a la cárcel. En ese contexto, conocer Ámsterdam –donde la homofobia era considerada el verdadero mal– implicaba  descubrir un mundo diferente.

En movimiento. Una vida conmueve por muchas razones. Una de ellas es el alejarse de aquellas imágenes impolutas de las “grandes personalidades de la humanidad”.  No todo comienzo es un triunfo. A veces la puerta de entrada es, justamente, un fracaso. Es 1965. Sacks está especializándose en Neuroquímica y Neuropatología en Nueva York. Después de una serie de eventos desafortunados, decide terminar su breve carrera como investigador cuando sus jefes le dicen que es “una amenaza para el laboratorio” y que cometería menos desastres si se dedicara a visitar pacientes. Así relata Sacks “el innoble comienzo” de su carrera clínica. Una carrera en la que va a destacarse enseguida por su capacidad de escucha, por su deseo de comprender qué siente el otro, por la insistencia en hacer preguntas extrañas y tratar de explicar el fascinante funcionamiento del cerebro. La carrera de un científico que fue capaz de ver a sus pacientes no como enfermos sino como los protagonistas de “formas de vida diferentes y extraordinarias”. 

En movimiento reúne textos autobiográficos, fotografías, cartas, diarios de viaje, casos clínicos, divulgación científica, narraciones y reflexiones. En la tapa, una foto rompe con la imagen estereotipada de Sacks. No es ese viejito canoso y sonriente con un gesto que parece de infinita bondad. No. La foto es la de un hombre joven, montado en una moto, abrigado con una campera de cuero, uno que no mira a cámara sino al camino. Eso es lo que le interesa. Rodar. Moverse. Viajar. Cambiar. El título de estas memorias es un homenaje al poema “En movimiento”, de Thom Gunn, aquel que parece resumir el espíritu de Oliver Sacks en uno de sus versos: “siempre estás más cerca si no te detienes.”


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X