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sábado, 19 de mayo de 2012

Chat: Entrevista de Emanuel Rodríguez


La chica que escribe porque está en el mundo 


¿En qué se parece un autor a su obra? En el caso de Eugenia Almeida en la delicadeza del trato, el cuidado en la elección de las palabras y las personas, y en la sensación de un tiempo como demorado, menos vertiginoso, un tiempo que permite una clase especial de conexión.

La autora de El colectivo La pieza del fondo comparte también con sus obras una posición definida respecto de la memoria y la política, qué recordamos cuando recordamos y qué decidimos tapar cuando olvidamos.

-¿Qué significa, para vos, tu apellido? 
-No mucho. Un cierto sonido, una cierta grafía que me hace reaccionar. Algunas personas que quiero mucho me llaman por mi apellido. En esos casos, se convierte en mi nombre.

-¿Por qué vivís en Unquillo?
-Las cosas me fueron trayendo aquí. Yo me fui trayendo. Y encontré un buen lugar. A veces, oigo los cascos de los caballos que pasan frente a la casa. Hay una lechuza que canta desde el poste del alambre. Hay un enorme silencio lleno de sonidos. Esas cosas me hacen bien.

-¿Qué hacés mientras viajás en colectivo? 
-Miro hacia afuera, pienso, escucho la radio. A veces me tomo el N5 sólo porque me gusta hacer ese recorrido.












-¿Qué te gustaría escribir pero no podés? 
-Libros que hagan reír. Libros que hagan que la gente se muera de la risa, que no pueda leer en voz alta porque es imposible reírse y hablar al mismo tiempo.

-¿A qué otra experiencia de la vida dirías que es parecido el acto de escribir? 
-A cualquier experiencia que involucre profundamente los sentimientos. A amar, a odiar, a proteger, a atacar, a estar presente, a retirarse.

-¿En qué se parecen tus sueños a tus novelas? 
-En el detenerme en los detalles, en los pequeños movimientos, en los gestos diminutos, en la sensación de que estoy persiguiendo una verdad, indispensable, que siempre se me escapa. En la certeza de que se puede vivir en muchos mundos. En la pregunta, inquietante, de qué es la realidad.

-¿Cuáles son las 10 palabras más hermosas de Córdoba? 
-Tardecita, cañada, cielos, risas, veintisietedeabril, cineclub, facu, amigos, café. La décima (o la primera) es un nombre.

-¿Cómo nombrás a tus personajes? 
-Yo sólo anoto el nombre que ya tienen. A veces me lleva mucho tiempo descubrirlo. Pero, en algún momento, se evidencia. He leído largos listados de nombres tratando de reconocer ahí a alguno de los personajes. Me doy cuenta del mismo modo en que uno recuerda algo que estaba muy escondido en la memoria.

-¿Qué dimensiones de lo humano te son ajenas? 
-Ninguna. Todos tenemos dentro cielo e infierno.

-¿Qué te gustaría aprender en los próximos años? 
-Me gustaría seguir aprendiendo francés. Cosas nuevas: cualquier idioma, dibujo, piano, física, matemática, criminología, carpintería, genética, mecánica del automotor.

-¿Qué gritarías frente al Senado de la Nación? 
-¡Hipócritas!

-¿Qué islas te llevarías a un libro desierto? 
-La isla en la que transcurre La piel fría de Sánchez Piñol.

-¿Cuál es la pregunta más difícil que te hayan hecho? 
-¿Cuál es la pregunta más difícil que te hayan hecho?

-¿Cómo te gustaría despedirte de esta entrevista? 
-No me gustan las despedidas, qué sé yo, no sé, no hace falta que te quedes hasta que se vaya el colectivo, me da tristeza verte desde la ventanilla, vos andá yendo, ya vuelvo.



Perfil. Eugenia Almeida (Córdoba, 1972) es escritora y periodista. Ganó en 2005 el Premio Internacional de Novela "Dos Orillas" por El colectivo (Edhasa), obra que tuvo cinco ediciones y apareció publicada en España, Portugal, Francia, Grecia e Italia. También es autora de La pieza del fondo (Edhasa). Integra el Grupo de Investigación sobre el Humor y se desempeña como docente de comunicación, lengua y literatura. 
Vive en Unquillo.

Publicado en La Voz del Interior. 19/05/2012

miércoles, 1 de junio de 2011

"La pieza del fondo" entre los finalistas del Premio Rómulo Gallegos

Juventud Rebelde

Definen en Venezuela ganador de premio internacional Rómulo Gallegos



Este miércoles determinarán al nuevo laureado entre las 12 que quedaron finalistas




1 de Junio del 2011 


El jurado del XVII Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos definirá este miércoles en Caracas a la obra ganadora entre al comienzo de las deliberaciones el lunes anterior, informa PL.

La mesa, integrada por la mexicana Carmen Boullosa, el colombiano William Ospina y el venezolano Freddy Castillo, recibió 194 trabajos de autores de 16 naciones hispanohablantes publicados entre 2009 y 2010.

Este miércoles determinarán al nuevo laureado entre los textos La Pieza de Fondo (Eugenia Almeida), Lengua Madre (María Teresa Andruetto), Lisboa. Un Melodrama (Leopoldo Brizuela, El Viajero del Siglo, (Andrés Neuman), Blanco Nocturno (Ricardo Piglia) y La Orfandad (Sylvia Iparraguirre).

Optan también por el galardón Impuesto a la Carne (Diamela Eltit), Señales que Precederán al fin del Mundo (Yuri Herrera), el Cadáver Exquisito (José Norberto Olivar), Todo es Silencio (Manuel Rivas), Tres Ataúdes Blancos (Antonio Ungar) y La Piel del Miedo(Javier Vázconez).

Al término de los análisis, el jurado sostendrá un conversatorio público acerca del proceso de selección y compartirán opiniones sobre la literatura contemporánea hispanoamericana, corrientes, estilos, temas y preocupaciones de las autores de las obras finalistas.

Divulgarán el resultado de las deliberaciones mañana en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y otorgarán el premio el 2 de agosto, día del natalicio del escritor, en esa misma institución caraqueña durante un acto público.

El galardón consistirá en la entrega de un diploma y 100 mil bolívares (más de 23 mil dólares).
Entre las naciones concursantes con mayor participación destacaron Argentina (35 obras), España (31) y Venezuela (28).

Rómulo Gallegos es considerado como el novelista venezolano más relevante del siglo XX y uno de los más grandes escritores latinoamericanos de todos los tiempos.

Algunas de sus obras, entre ellas Doña Bárbara, devinieron en clásicos de la literatura hispanoamericana.

El Premio fue creado en 1964 y entregado por primera en 1967, con el objetivo de honrar y perpetuar la labor del eminente novelista, además de estimular la actividad creadora de los escritores de habla castellana.

Es uno de los reconocimientos literarios de mayor prestigio del continente y se entregó a figuras insignes de las letras en la región como el colombiano Gabriel García Márquez (1972), el mexicano Carlos Fuentes (1977) y el venezolano Arturo Uslar Pietro (1991).


El escritor colombiano William Ospina fue proclamado ganador de la decimosexta edición del Premio en 2009 con su obra El país de la canela, cual se impuso entre 274 novelas de una veintena de estados.


http://www.juventudrebelde.cu/cultura/2011-06-01/definen-en-venezuela-ganador-de-premio-internacional-romulo-gallegos/




domingo, 10 de octubre de 2010

Los superdemocráticos: "El colectivo" en Alemania


Kapitäninnen

von Rike Bolte







Rike Bolte, Lateinamerikanistin und Organisatorin des mobilen Poesiefestivals Latinale, hat nach Autorinnen des Buchmesse-Gastlands Ausschau gehalten.

In den achtziger Jahren fragt Luisa Valenzuela mit dem Biss eines ihrer Nano-Texte – Titel: “Pregunta: ¿quién capitanea…”, im Jahrtausend zu einem bloßen “P&R” zurechtgefiedert – wer da einen herrschaftlich über gespiegelte Luft dahingleitenden Dreimaster anführe. Morgan ist’s, und an seiner Seite Señora la Fata Morgana. Valenzuela begeistert sich noch in anderen Minis für imaginäre Piraterie. Frankfurt 2010: Wer führt auf dem Zehnmaster, 578.000 qm Grundfläche, ins argentinische Meer der literarischen Illusionen? Da wird Valenzuelas Roman “Morgen” verschifft (Edition Milo). Es geht stromaufwärts, achtzehn dem textuellen Terrorismus verschriebene Damen sind an Bord. Der Morgen wird gekapert, die Texterinnen arrestiert, ihre Stimmen ausgemappt. Bleibt ein Laptop als kommunikative Insel und berichtet fortan von der residualen Odyssee, wenngleich die biblioklastischen Schärgen auch hier noch ihre Arbeit tun, bis Hacker und andere Agenten in wirkungsvolle Kontra-Aktion treten.

Wer eskortiert Valenzuelas Verschiffung nach Frankfurt 2010? Stechen weitere Fatas und Morganas in See? Ein spiegelnder Blick genügt, um festzustellen, Morgans gibt es einige, Piratinnen könnten es mehr sein. Doch die jungen darunter, sie mausern sich. Blick durchs Fernrohr: Samanta Schweblins “Die Wahrheit über die Zukunft” (Suhrkamp) verspeist lebendige Vögel, in Laura Alcobas “Das Kanichenhaus” (Suhrkamp) wird eine Flugblattdruckerei zur Kaninchenzuchtstätte umdeklariert. Maria Sonia Cristoffs Reportagen, “Patagonische Gespenster” (Berenberg): so reicht eine Chatwin die Hand! In Lucía Puenzos “Der Fluch der Jacinta Pichimahuida” (Wagenbach) klappert eine argentinische Twiggy delirant gegen die Gespenster einer virtuellen Vergangenheit an; in Eugenia Almeidas “Der Bus” (Stockmann) hält keiner mehr an, während in Lola Arias “Liebe ist ein Heckenschütze” (Blumenbar) motorisierte Amazonen sich das Herz aus dem Leibe heizen. In Mariana Enríquez “Verschwinden” (Hans Schiler) steht jemand schließlich am Rande des Strudels. Bordbucheintrag: den großen Fischen sei das Verschiffen, auch jenes der in Argentinien schon lange äußerst stimmkräftigen Morganas (Valenzuelas Ko-Texterinnen!) weiter empfohlen. Die wendigen Fische sichten ihre Beute auch ohne Empfehlung. Gratulation!


domingo, 29 de agosto de 2010

Presentación de "La pieza del fondo"













29 de Agosto, 19.30hs
Presentación del libro La Pieza del fondo, de Eugenia Almeida (editorial Edhasa).
Presentación a cargo de Carlos Schilling y Emanuel Rodríguez.
Lectura a cargo de Eugenia Almeida.
Bonus: música de Andrés Oddone.

Sobre el libro
Un hombre viejo pasa cada día en un banco de plaza. En silencio, quieto, como si la vida se hubiera terminado para él. Las palomas lo rodean, las miradas lo evitan. Salvo una; la de una moza que intenta recuperarlo. Sin éxito, hasta que un día ese hombre desaparece. Su ausencia desencadena la trama de La pieza del fondo.
Como si fuera una ficha de dominó, una ficha fantasma que cae y empuja a todas las otras, que estaban paradas aunque no necesariamente firmes. La búsqueda de ese hombre llevan a la historia a una comisaría, a un hospital, y sobre todo a una galería de personajes que estarían en el margen de la sociedad si fueran capaces de saber que la sociedad tiene un centro y también una periferia. Ignoran eso, ligeramente aturdidos por la pena y la soledad, y no obstante aun tiernos, aun capaces de socorrer al otro, de olvidarse de sí mismos con naturalidad e incluso con satisfacción.
Igual que en El colectivo, Eugenia Almeida escribió una novela hecha de atmosferas y sugerencias, con diálogos punzantes que no renuncian a la poesía de la escritura, con una aguda sensibilidad para captar la luz y la sombra de sus protagonistas y para mostrarlos en un estado de conmovedora pureza.


http://ccec.org.ar/2010/08/la-pieza-del-fondo/

martes, 24 de agosto de 2010

Aires Impalpables. Comentario sobre "La pieza del fondo"


EUGENIA ALMEIDA - LA PIEZA DEL FONDO 

Un hombre viejo que pasa el día en el banco de una plaza es la imagen inicial de "La pieza del fondo", una novela de Eugenia Almeida que trata sobre los otros, una dirección cruzada por el desasosiego de la vida, los silencios, las palabras, y también la soledad.

"Sí, no hay otra cosa en el mundo más que la relación con los otros y ese desasosiego que aparece en la novela, ese silencio, esa imposibilidad del lenguaje para decir lo que es más necesario decir, es un poco mi experiencia en la vida, la forma en que miro el mundo en general", dice Almeida en una entrevista con Télam.

Ese viejo de la plaza, silencioso y que pasa desapercibido para la gente que transita indiferente por el lugar llama la atención de una moza de bar, empeñada en darle de comer, en ayudarlo.


Y esa situación desencadena otras que se sostienen a partir de personajes unidos por la casualidad, por lazos familiares o de trabajo.

"Siempre cuando escribo algo se va dando, no tengo la necesidad de armar un plan y llevarlo a cabo. Parece que el plan está en otro lado y me obliga a mí a respetarlo. Los personajes aparecen -incluso algunos no me gustan- pero bueno están en la historia", menciona la autora cordobesa de "El colectivo" (2005), novela ganadora del Premio Internacional "Dos Orillas", publicado en España, Portugal, Francia, Grecia, Italia y este año en Alemania.

"Me interesa el énfasis en la relación con el otro, cómo cada uno se va enlazando al otro y cómo a veces no somos conscientes de cuán enlazados estamos: incluso con gente de la que no tenemos idea que pueda ser influida por nuestras acciones", remarca.

Una imagen que surge espontáneamente en la novela es la del buen samaritano y la inutilidad de algunos gestos: "El buen samaritano tiene una intención limpia de todo interés personal, ahora si hablamos de eficacia, siempre la eficacia de toda acción humana es frágil ante la perdida de un hijo, de una madre, de una pierna".

Frente a las pérdidas de los personajes de la novela recién publicada por Edhasa, "es precario lo que puedan hacer los demás por nosotros, pero es indispensable: no cura, no salva, no cierra, no soluciona, a veces ni siquiera alivia, aunque sin eso el mundo sería el desierto más horroroso".

"No hay nada más que la relación con los otros y al mismo tiempo estamos absolutamente solos. Es un desafío aceptar esta precariedad que es la experiencia de la vida humana", reflexiona Almeida.

¿Por qué hay tantas alusiones al agua? "Es algo que descubrí después de terminar la novela -confiesa-. Se la di a leer a dos amigos y uno me mencionó que el agua atraviesa toda la historia: En el agua uno descubre que las cosas pueden pesar de otra forma, uno se mueve a otra velocidad.

Tiene que ver, creo, con todo lo que no se dice, no se termina de nombrar, quizá porque es imposible".

Otra idea "muy inquietante" es cómo uno detecta al otro.

Mientras escribía estaba leyendo a Simone Weil, la filósofa francesa, y ella dice que el mandato de amar al prójimo consiste en ver al otro como un mundo diferente y no como parte del mundo que uno es".

"Y eso es indispensable decírnoslo todos los días. Porque la tendencia es creer que conocemos a los demás y manejarnos como si fueran parte de nuestro mundo y no mundos apartes", aclara.

Para la escritora el lenguaje está en todo lo que ve. "Una experiencia tan radical que afecta nuestra manera de ver el mundo, de explicar las cosas; uno se puede destrozar la cabeza contra los límites del lenguaje, decía Wittgenstein".

En nuestra cultura "siempre el lazo con el otro tiene algo del lenguaje ahí enganchado", afirma y menciona una escena "donde Elena -uno de los personajes principales- le reprocha al médico que haya utilizado su nombre. Cuán fuerte es decir el nombre de otra persona. Y si decimos el nombre de alguien ausente -vivo o muerto- no sabemos hasta qué punto se está creando algo".

Almeida alude al silencio "como un embrión que está en cada palabra, el silencio es constitutivo del lenguaje, sin él no habría palabra. Siempre está cargado de algo, nunca está vacío".

El título "La pieza del fondo" tiene sentidos múltiples: "Una pieza ubicada en las profundidades de cada ser humano, una celda en la comisaría, el consultorio de Elena, el cuarto al final de la casa que ella alquila, repleto de cosas ajenas. Somos eso también: un depósito de cosas ajenas que tenemos que empezar a reconocer, y no sé si ese trabajo no tiene que ver con la locura", desliza.

Comentario aparecido en noticias.terra.com.ar el 19/08/2010





sábado, 22 de mayo de 2010

La versión francesa de "La pieza del fondo" en France Inter con Paula Jacques



Cosmopolitaine             Paula Jacques









"La Pièce du Fond, le deuxième livre de la romancière argentine, s’ouvre sur un personnage assis sur un banc, un vieux clochard dont le mutisme et l’immobilité dérangent les habitudes, délient les langues et les secrets des habitants d’une petite ville corsetée dans sa routine". 


http://www.franceinter.fr/em/cosmopolitaine/91314

viernes, 11 de diciembre de 2009

Lecturas: "Los muertos no mienten" de Luis Gusmán


Visita de sombras


Sí. Como dice Guillermo Cabrera Infante, “todos los muertos están ahí, vivos”.
Luis Gusmán convierte esa cita en 157 páginas. Allí van a aparecer los muertos, sus voces y sus mensajes. Esos muertos que golpean las cosas, los cuerpos, los ojos de aquellos que se dejan atravesar.
Cuando la madre de Gusmán muere, él recibe sus libros de espiritismo. No es un material ajeno, ese mundo lo ha rodeado desde niño. Pero ahora es una herencia que quema.
Lee. Y después suelta su propia voz.
Surge un libro extraño. Una cruza hereje entre el ensayo, la autobiografía y el relato. Un espacio en el que se mueven, naturalmente, el espiritismo, la literatura, las historias familiares y las coincidencias.
En este pequeño, maravilloso tratado se habla de los muertos, los médiums, la escritura y la lectura. De la enfermedad y el duelo. Se habla de la identidad, del doble, de la fragilidad. De la filosa desnudez que muestra el que agoniza. De  las herencias, el enigma y las profecías. De la construcción de un lenguaje posible.
Los muertos no mienten no sólo es un libro atravesado de belleza. Es, además, certero e inquietante. Liberador. Necesario.




Publicado en La voz del interior. 11/12/2009

domingo, 1 de noviembre de 2009

"La Argentina en su literatura". Mempo Giardinelli. Frankfurt 2009.


El Santo Oficio

En la última Feria del Libro de Frankfurt, Mempo Giardinelli ofreció una mirada en perspectiva de la literatura nacional en un discurso que tituló “La Argentina en su literatura”. Bajo la idea central de que la literatura argentina goza de un momento extraordinario en los últimos años a pesar de no contar con figuras excluyentes o por eso mismo, se repasan aquí los caminos de la prosa, la poesía y hasta la literatura infantil.


Por Mempo Giardinelli

Desde la recuperación de la democracia, la literatura argentina pasa por uno de sus mejores momentos. Las últimas dos décadas han sido extraordinarias, si bien no tuvimos (y acaso por eso mismo) ninguna figura excluyente. Muertos Borges, Cortázar, Bioy Casares y Silvina Ocampo, y con personalidades emblemáticas más cercanas como Manuel Puig, Osvaldo Soriano, Olga Orozco y otros grandes narradores y poetas, quienes venimos a representar a esa literatura en esta Feria pertenecemos a una literatura que no vacilo en definir como mucho más plural y abarcativa.

Me agrada decir aquí en Alemania, una de las cunas del romanticismo, que la literatura argentina fue fundada por nuestro primer romántico –Esteban Echeverría– quien llevó de Europa a América las ideas que conmovían el pensamiento occidental de la época y sembró esas ideas en el Río de la Plata.

Su poema La cautiva y su cuento “El matadero” constituyen a Echeverría no sólo en iniciador de la literatura moderna en mi país, sino también en pionero del romanticismo social. Línea que confirmaron después López, Mitre, Mármol, Sarmiento, Hernández, Lugones, Arlt, Borges, Cortázar y muchos más, incluso hasta hoy. Podría decirse que la literatura de toda Latinoamérica nació bajo la impronta del romanticismo. El social y el sentimental.

Desde entonces la ciudad de Buenos Aires impuso su sello a toda esa literatura, como escenario total, casi único de la poesía, el cuento, la novela y el ensayo. Es la ciudad letrada, la ciudad europea transplantada por los inmigrantes, la ciudad civilizada que se impone a la barbarie gaucha. Eugenio Cambaceres y Lucio Vicente López primero; Lucio Victorio Mansilla, Miguel Cané y Fray Mocho después, afirman literariamente a una ciudad orgullosa de sí misma, que se autoconvence de su destino de capital cultural americana, y cuyas expresiones son decididamente urbanas, aunque representativas de un enorme territorio que casi todos creen vacío. Sobre los apenas cuatro millones de habitantes censados que tiene la República Argentina al empezar el siglo XX, un millón se concentra en el único puerto, y su gentilicio, “porteño”, será sinónimo de “argentino” en todo el siglo que viene.

El compadrito que luego consagró Borges en los años ‘20 y ‘30, el guapo y el malevo, son productos de la mixtura de sangres. Emanan de ese fervoroso mestizaje que consagra su propio ritmo, el tango, una de las pocas músicas populares del mundo (si no la única) que no nace en el campo, ni en cafetales o algodonales; que no se origina en paisajes bucólicos ni junto al mar; que no se refugia en las montañas ni es parida por los dolores de la explotación o la esclavitud, y que ni siquiera conoce cabalmente su verdadero origen.

El tango –fenómeno urbano– tiene poetas y narradores que hablan de la ciudad y sus arrabales, sede de inmigrantes de todo origen y laya. Rosario es el único otro polo con personalidad urbana, puerto también. Los inmigrantes desembarcan en ellos, provenientes de decenas de países de todos los continentes. La ciudad los asimila, a la vez que acepta sus peculiaridades (a regañadientes de los xenófobos que toda sociedad contiene). Y mientras la oligarquía se recluye, espantada, en sus estancias, la ciudad es escenario de extranjerías. Se imprimen y leen diarios en docenas de idiomas; hacia 1930 más de la mitad de la población porteña no habla el castellano. El tango, primero resistido por la aristocracia, de la mano de Carlos Gardel (un uruguayo, quizá nacido en Francia) se impone en el mundo y acaso por esnobismo deviene identidad de ese sujeto difuso, imprecisable y tantas veces engreído que es el “porteño”.

Hacia 1930 ciudad letrada e inmigración coexisten en la obra de Roberto Arlt, y también en Macedonio Fernández, Leopoldo Marechal, Ulises Petit de Murat y Raúl González Tuñón. Sin cesar, texto a texto y hasta por lo menos los años ‘70 y ‘80, literatura e inmigración amasan nuestra literatura: de Ezequiel Martínez Estrada a Enrique Wernicke, de Borges a Beatriz Guido, de Cortázar a Sabato, Guillermo Martínez y Eugenia Almeida.

Desde luego, nuestra literatura contiene todas las tradiciones que enlazan ciudad, historia, inmigración, política, dictadura, violencia y exilio como asuntos claves y como claves de todos los asuntos.

Vislumbré estas ideas durante los años de exilio, en México, cuando advertí que ninguno/ninguna de nosotros podía evitar que en sus obras la Argentina y sus tragedias fuesen convocadas. Por eso cuando escribía mi novela Santo Oficio de la Memoria lo que gobernaba mi trabajo era una idea de reparación. Sólo hacia el final de casi nueve años de labor entendí que había escrito una novela que simplemente yo quería que leyeran mis hijas.

Toda introspección habilita una retrospección: mirar para atrás, en sereno recogimiento, para entender lo que nos pasó. Ante el derrumbe de las utopías se impone una actitud solitaria y silenciosa –tal la del escritor/ora– para revisar nuestra historia y la de nuestros padres y abuelos, los inmigrantes. Esto no tiene parangón en el resto del continente, donde hay muchísimas obras históricas pero sin el sello inmigratorio que nos recorre a los argentinos/as de la generación que algunos llaman Postboom o Posmodernidad, y que yo prefiero llamar Escritura de la Democracia Recuperada.

Es la Democracia Recuperada la que nos ha parido. Y en tanto fenómeno plural e inacabado es por eso, conjeturo, que resulta tan difícil hablar en “representación” de la literatura argentina. No obstante, intentaré ahora señalar algunos de los rasgos distintivos que a mi entender informan hoy sobre lo que se escribe en la República Argentina. Y yo diría que son, básicamente:

1) la irrupción de la mujer. Como sujeto de escritura y como escritoras. El papel predominante que tienen hoy las mujeres en nuestra escritura es algo que hubiera parecido inimaginable hace sólo veinte años. Ahora ha cambiado todo: la mujer como protagonista de la escritura y como sujeto literario; las mujeres que escriben y lo que escriben las mujeres; y también las mujeres que leen lo que escriben otras mujeres y cómo las mujeres son escritas. Punto esencial del fin de las dictaduras en la Argentina, con la democracia hemos recuperado la palabra y quien más la había perdido –así fue siempre– era justamente la mujer. Hoy sujeto central del proceso democratizador, ése es –qué duda cabe– el cambio más revolucionario de la democracia latinoamericana y obviamente de nuestra literatura.

2) la recuperación de la Historia Nacional. La democracia habilitó y estimuló el retorno a la Historia y a la indagación de sus posibilidades narrativas. La novela histórica, mediante la reconsideración de episodios y personajes, devino necesidad, experimento y también –es cierto– moda. Por un lado, los que trabajan la historia profunda. Por el otro, quienes se ocupan de hechos recientes (el exilio, los desaparecidos, la memoria en la democracia). Unos y otros reescriben la tragedia nacional, buceando en los orígenes como posible relato de un destino aún incierto.

3) la indagación sobre las corrientes inmigratorias que formaron la Argentina de los siglos XIX y XX, a la vez que el exilio como tema y condena, y en general toda transterración, son parte insoslayable de la cultura argentina y latinoamericana. Inmigrantes, exiliados, transterrados (por voluntad o por fuerza), todos alguna vez perdimos un país, una cultura, un sueño, una utopía. De todo eso se nutrió y se nutre todavía el relato argentino. Que conlleva una paradoja evidente: esta literatura de la inmigración se escribe en un país cuyos jóvenes emigran. ¿Cómo se explica eso? Acaso contradicción sólo aparente: la literatura siempre da cuenta de lo que pasó, no de lo que está pasando.

4) la literatura argentina no cayó en el exotismo y supo rehuir del realismo mágico de los ‘60 y del llamado Boom. Una peculiaridad, sin dudas: no caímos en aquella insoportable necesidad de llamar la atención de la crítica norteamericana o europea a través de caracteres exóticos inmersos en el realismo mágico, necesidad que fue común –y letal– para generaciones anteriores. Lo real maravilloso no es impronta de nuestra narrativa y, contrariamente, lo que hay es una fuerte necesidad de alcanzar lenguajes diversos, inesperados, en el camino de búsquedas formales renovadoras, sin las excentricidades ni el exotismo que identificaron al llamado Boom de los años ‘60.
En contrario, la experimentación fue y sigue siendo una tendencia atemporal. De Macedonio en adelante (si es que Macedonio fue experimental, lo que yo discutiría aunque en otro texto), la Argentina tuvo en Juan Filloy a uno de sus más audaces creadores, pionero de novelas como las que luego trajinaron Marechal, Cortázar, Osvaldo Lamborghini o Héctor Libertella.

5) la reivindicación de los Derechos Humanos y la denuncia de la Dictadura. En 1985 el mundo entero vio cómo se juzgaba a las Juntas Militares por sus múltiples crímenes. No se sabía que la flamante Justicia de la Democracia iniciaba un período atroz de avances y retrocesos, que desdichadamente no ha terminado, pero se inauguraba un relato inexplorado que mezcla dolor con denuncia y meditación, memoria colectiva con horror individual, y la firme reivindicación de los Derechos Humanos. Era lógico: ¿dónde iba a quedar instalada la Memoria y, mejor aún, la posibilidad de revisitarla para que fuese docencia cívica y ejerciera magisterio sobre el porvenir? Respuesta: en la Literatura. Y ahí está: en decenas, centenares, miles de poemas, cuentos, novelas y ensayos que fueron paridos en todos estos años y que hoy constituyen el impresionante –sí que irregular– corpus de la Memoria de los Argentinos. Porque decir memoria o decir olvido, en mi país, es decir Derechos Humanos.

Nuestra literatura, que acompaña la tragedia escribiéndola una y otra vez, ha creado para siempre personajes y textos de ética irreprochable, decencias inolvidables y épicas justicieras. No es casual que “El Matadero”, cuyo tema es la brutalidad, sea el cuento fundador de nuestra narrativa. Después vendrán Facundo y el Martín Fierro, los Cuentos de amor, de locura y de muerte de Quiroga, Los siete locos de Arlt, Estafen, La Potra, Op Oloop y Caterva (las cuatro novelas fundacionales de Filloy), Sobre héroes y tumbas y El Libro de Manuel y cualquiera de las novelas de Soriano. Todas esas obras narran la tragedia de una sociedad en la que la violencia está asociada al cuestionamiento de la Justicia. De ahí que en cierto modo los Derechos Humanos, y por lo menos desde diciembre de 1983, son nuestra literatura nacional.

6) la renovada escritura de lo que se llama el “interior”, más precisamente el vasto texto de extramuros que poco y mal se ve desde la ciudad de Buenos Aires. Si el centro gravitacional de la Argentina está, como siempre ha estado y en todos los órdenes, en el puerto, en la literatura argentina eso es obvio y marca determinante.
La literatura argentina canonizada desde, por lo menos, la colección Capítulo de los años ‘60 y sobre todo la de los ‘80, consagra la mirada etnocéntrica porteña y eso –que no ha dejado de consolidarse– hoy determina una concepción a mi juicio equivocada de lo que en democracia viene siendo nuestro quehacer. Como empeñada en que la literatura argentina siga siendo municipal y cortita, corporativa y sectaria, y al contrario de otros cánones literarios amplios, inclusivos y verdadera y orgullosamente nacionales, la visión canonizadora argentina siempre tendió a la exclusión. Quizá por esa manía clasemediera de dejar afuera a los que no pertenecen al club. O por esa obsesión periodística –y académica– de ocuparse casi excluyentemente de los que suelo llamar EMA: Extranjeros, Muertos y Amigos.
Por fortuna la democracia y las nuevas tecnologías van quebrando esa concepción comunal de nuestra literatura y hoy se aprecia un horizonte más abarcativo, menos etnocéntrico. De hecho en el mundo ya no se lee nuestra producción como exclusivamente porteña. Hoy nuestra literatura habla de una nación plural, geográficamente amplia y unida culturalmente en su diversidad.

7) la reafirmación de la inocultable y poderosa tradición del cuento como el género literario más popular de la Argentina. Quizás una de las riquezas del cuento argentino contemporáneo, el que se escribe en Democracia, reside en que contiene en muchísimos casos una reflexión sobre el género. La mirada, directa o sesgada, sobre la realidad, interactúa con el misterio mismo de la creación. Patrimonio colectivo tanto de vida nacional como de preceptiva del género, produce un curioso efecto: el de que en cada uno/una de nosotros parecen estar siempre sutilmente presentes –más allá de sanos parricidios– Quiroga y Arlt, Borges y Cortázar, Mujica Lainez y Silvina Ocampo, Kordon y Blaisten, Mariani y Puig, Denevi y más acá Manauta, Castillo, Luisa Valenzuela, Angélica Gorodischer y el recordado Negro Fontanarrosa. Esto, conjeturo, es constitutivo de la buena salud del cuento en la Argentina.
Párrafo aparte merece la extraordinaria creación cuentística que se ha dado en el género mal llamado “infantil”. Por los caminos marcados por Constancio C. Vigil y desde las fábulas modernas de Javier Villafañe y María Elena Walsh, hay que anotar las preciosas sagas de Graciela Montes, Elsa Bornemann y, sobre todo, Graciela Cabal. También Laura Devetach, Perla Suez, Ema Wolf, Ani Shúa, Luis María Pescetti, Graciela Bialet y Gustavo Roldán, entre muchos otros/as, quienes han desarrollado una producción de una riqueza y variedad impresionantes.

8) la indeclinable producción poética. De hecho, es un empecinamiento nacional: la poesía semioculta y tantas veces irregular que se manifiesta hoy en una trama intensa y acaso no debidamente explorada –es sólo mi opinión– quizá por la prolífica y despareja actividad de centenares, miles de aspirantes a poetas como los hay en todo el territorio nacional. Pero afortunadamente la Argentina tiene –y es innegable– poetas consulares vivos: Gelman, sin dudas, y por lo menos Diana Bellessi en Santa Fe y Luisa Futoransky en París.

9) el ensayo devenido ya género emergente. En el plano literario no faltan las disputas internas, las comidillas y la picaresca que caracteriza a toda literatura. Esos minúsculos asuntos, no obstante, suelen distraer talentos y generan cierto alejamiento de los lectores, ese tesoro que todos y todas anhelamos conquistar. En cuanto al plano político y sociológico la creación es, podría decirse, tan vasta como variada, y tan lúcidamente escrita como a veces tendenciosa y oportunista.

10) un canon mezquino, que además de etnocéntrico es excluyente. A la señalada vocación municipal del canon literario argentino hay que añadir su rara capacidad de recortar nuestra literatura hasta la amputación. Porque lo hace y lo renueva cada tanto, la consideración académica no suele pasar de tres, cuatro o media docena de nombres consulares, lo que nunca representa a cabalidad el totum de nuestro cuerpo textual. En el fondo ficción maliciosa, es por eso que el canon argentino ignora, por caso, a Filloy y a Moyano, a Demitrópulos, Kordon y a Orozco, y la lista es larguísima.

La Literatura es mucho más importante que lo que habitualmente se reconoce. Por eso con el paso de los años es en la Literatura donde encontramos las respuestas a casi todas las preguntas, el sentido de los comportamientos y la explicación a las conductas. Es en la Literatura donde vemos lo que sucedió en cada Tiempo y cada Lugar. Es en García Lorca donde sufrimos el dolor de España, así como entendemos a Alemania en las obras de Goethe, de Brecht, de Mann y de Grass.

También la Argentina fue soñada antes de existir, y la soñaron poetas, escritores, periodistas, filósofos, artistas e intelectuales. Posiblemente desde Mariano Moreno (1778-1811), el primer pensador argentino con una visión progresista-liberal de la Independencia, durante todo el siglo XIX fue decisiva la contribución de los poetas, narradores y ensayistas que al tiempo que escribían animaban la vida del país.

¿Dónde podemos comprender más lúcidamente todo esto? ¿Dónde se encuentra, y dónde encontrarán las generaciones futuras, la explicación a esta tragedia? En la Literatura. Y en el Cine, que es el hijo moderno y tecnológico de la Literatura. Y es que de toda esa tragedia, y no de otra cosa, viene hablando la Literatura Argentina de los últimos, digamos, treinta años. De todo esto habla ahora mismo.

MEMPO GIARDINELLI


Publicado el DOMINGO, 1 DE NOVIEMBRE DE 2009

domingo, 6 de septiembre de 2009

Letras y celuloide: comentario sobre "El colectivo"

El vacío de lo que ya no es

 

 

 
 
 
 
 
No pocos creen que lo más complejo de conseguir para los escritores de ficción es la creación de mundos ajenos y aun así verosímiles. Mucho más para los dedicados a la literatura fantástica. Sin embargo el verdadero desafío se encuentra todavía más allá: el éxito es completo cuando consiguen tender puentes escondidos entre sus fantasías y la realidad; sendas abiertas a través del texto, a partir de las cuales el lector intrépido descubre esa luz que ilumina de un modo distinto alguna imagen de su propio mundo. Esa es justamente la virtud de El colectivo, primera novela de Eugenia Almeida: se lee como ficción, pero puede ser contemplada como retrato lúcido de una época.

Un colectivo pasa y no se detiene. Es el único que llega hasta ahí, sólo una vez al día, y su repentino capricho se convertirá en costumbre. Ya no volverá a parar en el pueblo. Al principio seguirá de largo, acelerador a fondo, con la soberbia de sus luces encendidas, eludiendo al grupo de curiosos que comienza a juntarse cada tarde noche para verlo pasar. Después a oscuras, entre fantasmas que levanta del camino. Ritos de silencio y desconfianza comienzan a cavar una red de huecos y agujeros: da miedo un pueblo tan vacío, del que no puede salirse y al cual no se puede entrar; donde el que sabe calla y el imbécil es la tierra fértil donde arraiga el horror. Esa parálisis, la inmovilidad de ese pueblo al que sólo le queda ser espectador de su propio escenario, se convierte en la paradójica evidencia de aquello que ocurrirá entre máscaras.

Es inevitable ver en El colectivo una puesta en escena que tiene mucho de drama, un transcurrir casi teatral o cinematográfico que no desgasta su valor literario. La novela de Almeida hace de la elipsis su principal recurso: el lector compartirá la ignorancia con los personajes y junto a ellos irá reconociendo a partir de la acción –ecce drama-, los secretos y sobrentendidos que nadie se atreve a poner en palabras. Sabiamente, la autora tampoco lo hace: alcanza con ser argentino o humano para comprender qué esconde tanto silencio, para reconocer esos cuatro goles mencionados al pasar. Al final habrá retornos y pérdidas definitivas, y junto a los fogonazos de una tormenta que a lo lejos ilumina el llano, ilusión antes que certeza, la esperanza de la lluvia se abrirá como un deseo en carne viva: todo pasa, todo queda…

Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

http://letrasyceluloide.blogspot.com.ar/2009/09/libros-el-colectivo-de-eugenia-almeida.html 

sábado, 30 de mayo de 2009

Entrevista de Ariel Búmbalo en Diario Los Andes

Eugenia Almeida: “Esta novela fue como una gran tormenta”

La novela “El colectivo” de la cordobesa Eugenia Almeida, luego de obtener el prestigioso premio Las Dos Orillas, que otorga el Salón Iberoamericano de Gijón, se convirtió en un importante éxito editorial en la propia España, Portugal, Francia e Italia. Aquí, una entrevista con la joven autora.
Por Ariel Búmbalo
Diario Los Andes
Ilustración Eduardo González

 La editorial Edhasa acaba de publicar en Argentina la novela "El colectivo" de Eugenia Almeida, la cual obtuvo el premio mayor en la edición más reciente del certamen Las Dos Orillas, que organiza el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón y tiene el auspicio del narrador chileno Luis Sepúlveda.

"El colectivo" recrea con una historia sencilla -la repetida imposibilidad de un grupo de pasajeros de ascender a un colectivo que misteriosamente ha decidido no detenerse en cierto pueblo del interior argentino- la tensa, opresiva atmósfera de los años del Proceso.

Eugenia Almeida, autora de la novela, se ha convertido en poco tiempo en joven revelación de las letras argentinas. En la exclusiva entrevista que ofrecemos, Eugenia habla sobre su primera y exitosa novela, ofrece algunas claves y anticipa algo sobre su próxima obra.

-Contame un poco sobre el origen de la historia que narrás en "El colectivo". ¿Pensaste al escribirla en un lugar y personas precisas? -La verdad es que no pensé en nada en particular al comenzar con esta historia. Simplemente apareció, se fue presentando ante mis ojos como si fuera una película, algo que yo sólo debía limitarme a describir.
Ahora, a posteriori, puedo descubrir algunos rasgos de mi realidad que han servido de hebras para ir tejiendo. Pero no fui consciente de eso mientras escribía.

-¿Cómo fue el proceso de escritura? -Urgente, febril, casi desesperado. Escribía a cada rato, en cada momento libre, en cada descanso. Como si hubiera habido algo que me empujara. Sin ningún plan, sin saber adónde iba ni que iba a suceder con esa historia.
Fue una experiencia fuerte, como una gran tormenta que se gestó durante mucho tiempo, que se desarmó en una lluvia tremenda y que luego dejó un gran alivio: el olor de la tierra mojada.

-Sos del 72, de lo que se deduce que fuiste una niña durante los años de la dictadura, sin embargo tu reflejo de la época es muy veraz... ¿Cuál es tu conexión con ese tiempo y por qué lo elegiste como trasfondo de "El colectivo"?
- Bueno, agradezco tu opinión, ojalá el libro haya logrado reflejar algo de esos años. La dictadura fue el escenario en el cual atravesé mi infancia. Años de silencio, de una gran opresión, de agobio, de oscuridad. Los niños son expertos en detectar climas. Creo que algo de esa experiencia quedó dentro mío.
Con respecto a por qué elegí esa época para situar la novela, debo confesar que no lo elegí, fue algo que sucedió. Se dio así y yo traté de respetar el cómo y el cuándo de esa historia.

-¿Se trata realmente de tu "primera" novela?
-Sí, efectivamente es mi primera novela. Y eso la hace especial para mí. Fue la primera vez que sentí que podía compartir una historia escrita por mí, en un escenario que fuera más allá de mis amigos. Y fue una sorpresa cuando descubrí eso: que lo que tenía entre manos era una novela.

-¿De qué autores te sentís cerca al escribir?
-Creo que todo lo leído nos influye. Aun aquello que no nos gustó. Me gustaría poder decir que he aprendido algo de los escritores a los que admiro pero no lo sé, sería pedir mucho. ¿Nombres? Silvina Ocampo, Marguerite Duras, Georges Simenon, Marguerite Yourcenar, Di Benedetto, Marosa Di Giorgio. Son tantos los escritores que me gustan que temo hacer una lista interminable.

-¿Cómo te afectó el éxito que tuvo "El colectivo"?
-Habría que preguntarse qué es el éxito. Poder charlar con los lectores es algo que me apasiona, me conmueve. Ver cómo esta historia se transforma según quién la lee. Eso es algo extraño. Deslumbrante y extraño. Estoy feliz. Ojalá algún lector, en alguna página, haya logrado encontrar algo de lo que yo he encontrado en los libros que me han sacudido.

-Tengo entendido que estás trabajando o a punto de publicar una segunda novela ¿Podrías adelantar algo sobre esto?
-A principios del año que viene Edhasa editará mi segunda novela, "La pieza del fondo". Es una historia que transcurre a fines de los noventa. Creo que, en muchos aspectos, es muy diferente a "El colectivo". Y al mismo tiempo, vuelve a acercarse a algunas cuestiones que para mí son fundamentales. Cuestiones que podrían resumirse en una sola: ¿qué somos capaces de hacer por los otros?

http://www.losandes.com.ar/notas/2009/5/30/cultura-426609.asp